Katherin Julieth Monsalve

Katherin Julieth Monsalve

“Desde hacía años se tiraban allí restos de ladrillo y cemento, tejas de asbesto, variadas estructuras de madera, tuberías de agua y gas, fieltros para techos, pedazos de acero, cobre y aluminio, cartones, papeles, y vidrios, y plásticos, y accesorios eléctricos; era como una pirámide de diferentes niveles moldeada sobre la ladera de la montaña, si se le miraba desde la distancia parecía camuflarse con una fábrica de arena; de hecho, su área se abrazaba con lo que eran varias canteras, de estas se extraía material para la edificación de casas y edificios en la ciudad, era una fuerza que hacía crecer la urbe, y resultaba curioso —por no decir paradigmático— que las canteras se abrazaran con los botaderos de escombros.

A Pedro Cadavid, esta doble circunstancia le parecía el cara y sello del verdadero Medellín: sobre una misma montaña, al occidente del Valle de Aburrá, el Estado y la empresa privada habían levantado un paraje donde confluían la destrucción y el nacimiento; al divisar La Escombrera, Pedro pensaba en una herida, un paraje montañoso que sangraba, un resquebrajamiento de la tierra, la naturaleza vilipendiada por el crecimiento desaforado de una urbe”.

Acabamos de leer un fragmento de La Escombrera, la nueva novela del escritor colombiano Pablo Montoya; lo leyó antes de terminar una entrevista en la que también habló de Pedro Cadavid, ese hombre que nos ofrece esta mirada del “verdadero Medellín”, un personaje ficticio creado por Pablo para proyectar muchas de sus ideas en la novela.

“En la medida que me fui acercando a este sitio geográfico que hay en la Comuna 13, me fui dando cuenta que era un territorio apto para la literatura, porque es un lugar simbólico de algún modo, es una especie de metáfora también de la violencia colombiana. Por un lado fue un acercamiento muy vivo, muy vivencial a este lugar de la Escombrera; pero al mismo tiempo fue un acercamiento literario, y un acercamiento donde mi imaginación, como escritor siempre estuvo como manejando este tipo de emociones, fue lo que yo quise imprimirle a la novela misma”, explica Pablo.

Ese lugar “apto para la literatura” tiene una historia que para los habitantes de la comuna antecede las seis operaciones militares del año 2002— y otras tantas que no tuvieron resonancia mediática, solo se quedaron en los relatos de quienes las vivieron—, se dice que allí hubo antes una especie de laguna, y después comenzaron los relatos de personas que aseguraban haber visto cómo camiones subían con personas que nunca más volvían a aparecer.

Luego sucedió la Operación Orión: en las primeras horas de la madrugada del 16 de octubre de 2002, se hizo el descargue de la tropa y se acordonó la zona —para impedir que los habitantes del lugar pudieran salir—. Esta operación no solo es recordada por el cubrimiento mediático que tuvo, por todas las investigaciones académicas, periodísticas y procesos artísticos y colectivos territoriales que generó, también es recordada porque más de 1.000 uniformados del Ejército, Policía, DAS, CTI, Fiscalía, Personería y Procuraduría General de la Nación, helicópteros arpía de las FAC (Fuerza Aérea Colombiana) llegaron con la consigna de pacificar la comuna y arrebatarle de las manos el control a los grupos guerrilleros asentados allí; y por aquella imagen de un encapuchado sin insignias militares que señalaba casas. Fue la entrada del paramilitarismo a la Comuna 13 de Medellín.

¿Pero qué relación tienen la Operación Orión y La Escombrera? Según informes del Tribunal de Justicia y Paz, en La Escombrera hay alrededor de 300 cuerpos, no solo de la Comuna 13, también de otros municipios.
Al respecto, Pablo dice: “Yo soy de los que cree que allí hay muchos cuerpos, y que encontrarlos va a ser muy difícil por lo que ha pasado allí, y porque ha habido remoción de escombros, porque eso pertenece a territorios de empresas privadas que se han negado rotundamente a detener sus labores. El Estado que ha tenido una presencia mínima allí, que muestra su gran vacío y su gran irresponsabilidad frente a este lugar”.

Pablo habla de una herida en la montaña, pero ese lugar no es el único con heridas; por eso mirar la dimensión espiritual y la condición humana de los habitantes de la Comuna 13 fue tan valioso:

“Lo que yo sentí es que: primero, hay una gran resistencia en ellas, en el sentido que son personas con una gran dosis de dignidad humana. Esa dimensión espiritual puede verse cuando yo conocí a estas señoras [Mujeres caminando por la verdad], yo dije: pero estas son las señoras que han logrado visibilizar el asunto de la desaparición forzada en la Comuna; son señoras humildes, sencillas, muchas de ellas no tienen una formación escolar, son amas de casa, son abuelas, son madres. Muchas de ellas escriben o están intentando escribir sus testimonios, muchas de ellas tejen, hacen trabajos con el arte, con la cultura para poder de alguna manera aligerar ese peso terrible que significa tener familiares desaparecidos hace años. Esa fortaleza la encontré particularmente en las mujeres, es un ejemplo de resistencia femenina.

Las excavaciones que se hicieron en 2015 obedecieron al trabajo de protesta del colectivo Mujeres Caminando por la verdad, si esas señoras no salen a denunciar lo que sucedió en la Escombrera jamás la Alcaldía de Medellín hubiera atendido estas reclamaciones, que terminaron durante la alcaldía de Aníbal Gaviria.

Pero por otro lado, hay un gran resentimiento, porque uno se da cuenta que el Estado no ha hecho nada, el Estado no ha reparado a esas víctimas; entonces hay una sensación de orfandad que desemboca inevitablemente en una especie de resentimiento sobre todo hacia las élites que han gobernado este país y sobre todo hacia esas élites que son las que han fundado eso que llamamos Estado colombiano, que es una cosa completamente anómala. Y eso está presente en la novela, el estado en La Escombrera es una entidad a la que se le fustiga constantemente”.

Cómo fue posible que un escritor colombiano radicado en la comuna francesa de Saint-Nazaire por una beca para escribir otra novela, la Escuela de música, sintiera el deseo de escribir sobre la Escombrera y la Operación Orión, ¿Cómo llegó a esa historia? ¿Qué fue lo que lo inquietó?

“Te lo voy a decir sinceramente: yo sentí que los fantasmas de los desaparecidos tocaban a mi casa, tocaban la puerta de mi casa. La primera llamada fue de esa índole, fue una llamada metafísica. Fue una llamada que obedece al mundo de los sueños, no sé, al mundo onírico; porque me despertaba a toda hora, ¡No me dejaban dormir!

Entonces ahí surgió el primer deseo de escribir esta novela, en el 2015, pero yo desde antes estaba pensando en ella continuamente, pensando en la ciudad de Medellín, pensando en ese enredo social que siempre hemos tenido, y que particularmente se ha agudizado desde los años 70´s que continúa hasta nuestros días. Viene del deseo de dar una especie de espacio en la literatura a esos desaparecidos que pertenecen especialmente a los sectores más bajos, más humildes, más desfavorecidos de la sociedad colombiana, particularmente de la sociedad de Medellín”.

Pablo termina su novela con un hecho muy importante para las Mujeres caminando por la verdad: el inicio de las excavaciones en La Escombrera.

“Entonces se cuenta un poco la historia de estas comunas desde los años cuarenta del siglo 20, y la novela termina cronológicamente hablando de las primeras excavaciones que se hacen ahí en la Escombrera, excavaciones que se hicieron en 2015, y que fueron completamente fallidas porque excavaron donde no era. Hubo un gasto inoficioso, porque se basaron en unos testimonios de un solo líder paramilitar que es 'Móvil 8', y con base en esos testimonios de este señor pues decidieron excavar en unos lugares donde evidentemente no iban a encontrar absolutamente nada”.

Esa inoperancia y errores a la hora de realizar las búsquedas por parte del Estado es algo que las víctimas de la desaparición forzada en la comuna llevan años demostrando. En un conversatorio que fue parte de la conmemoración Orión Nunca Más en el año 2015, una integrante del Grupo interdisciplinario de Derechos Humanos contó que “las organizaciones sociales comenzaron a decirle a la Fiscalía: hay que parar de tirar escombros, hay que hacer una buena investigación antes de que empiecen a cavar, pero ellos no lo hacen”.

Uno de los jóvenes asistentes habló de un foro en el que convocaron a la Alcaldía de Medellín, y le cuestionaron “por qué estaban buscando justamente allí, donde 'Móvil 8' les dijo que estaban, si 'Móvil 8' llegó mucho después de las grandes operaciones militares, ese pedazo de la escombrera era más nuevo que esas operaciones”.

Por su parte, Luz Elena Galeano, integrante de Mujeres caminando por la verdad, agregó: “Desde que se construyó el Plan Integral de Búsqueda nosotros sabíamos que no era específicamente para encontrar los desaparecidos de Comuna 13, precisamente se creó para buscar también a desaparecidos de otras comunas o veredas o subregiones. Para nosotros el solo hecho de encontrar un cuerpo, así no fuera los de nosotros, era una luz de que sí había personas enterradas ahí, y como poderle mostrar al Estado que había sido negligente por tanto tiempo; no teníamos certeza de que hubiera cuerpos ahí, pero como acá le creen más a los desmovilizados que a las propias víctimas. Nosotros sí sabíamos que ahí en la laguna hay personas enterradas”.

A la fecha no han iniciado las excavaciones en el segundo de los tres polígonos y a La Escombrera se siguen arrojando escombros. La continuidad de las excavaciones quedó perdida entre la poca claridad en cuanto al presupuesto y la ruta para continuar.

En muchas entrevistas, conversatorios y textos, he visto la fe de Pablo por la palabra, por tal motivo le pregunté ¿Con qué conjunto de palabras y símbolos salió de la Comuna 13?

“Yo como escritor creo en el poder de la palabra, pero también siento que antes las dimensiones de la crueldad y la violencia humana la palabra a veces se queda cortica. Eso está muy presente en la novela, el escritor, el protagonista, siente que se llega a un límite, la palabra de la literatura —Pablo sonríe perplejo, como si nunca hubiese esperado que algo pudiera superar la capacidad de la palabra— no puede llegar al meollo de la crueldad humana, y sobre todo no puede resarcirla. Entonces en mi novela hay una sensación ambigua: es un escritor que está tratando de nombrar todo esto a través de la palabra literaria, y al mismo tiempo siente que no logra, que no logra exorcizar la violencia”.

Así sale Pablo Montoya de este territorio y de esta historia, pero hay otro ser del cual es importante saber cómo salió de esta historia. Después de contarme que Pedro Cadavid comienza a conocer la historia de la comuna, las operaciones militares, habla con las víctimas de la desaparición forzada; después de eso hizo una reflexión que podría ser un poema, una metáfora de este país, de usted que me lee, del que no está leyendo, del que murió, de esta tierra nuestra: “Entonces Pedro Cadavid termina enfermándose de violencia, se vuelve una especie de fosa común en sí mismo”.

—¿Vos para quién hiciste esa película?
Le preguntó un poco perplejo Alejandro Herrera al cineasta Víctor Gaviria cuando se estrenó La mujer del animal.

Margarita Gómez, la mujer que una tarde le dio la mano a Víctor y le dijo “mucho gusto, yo soy la mujer del Animal”, decidió no ver la película. Tampoco quiso entrevistas ni cámaras sobre ella.

Víctor acudió a algunas proyecciones y vio a algunas mujeres intentando entrar a la sala de cine, vacilando una y otra vez, hasta que tomaban la decisión de irse. Él se atreve a lanzar una hipótesis después de escuchar tantos comentarios: “Se trata de un maltrato tan continuado en una película que nunca endulza el maltrato (mostrar la violencia como es la violencia), ni redime, ni hay un héroe”.

Vi La mujer del animal en una sala casi vacía en Armenia, Quindío; mi amiga y yo usamos de paño de lágrimas al amigo sentado en la mitad. La escena de la violación de Amparo por parte del Animal nos dolió como si nuestro propio cuerpo fuera el implicado.

Amigos y colegas descargaron sobre Víctor un sinfín de críticas en los momentos en que les comentaba la idea de esa nueva película, comentarios como: “ese personaje no se merece una película, una mujer tan tonta, una mujer que no es capaz de escaparse, pasiva”; “hermano, es que ella lo quería, era eso”.

Entonces él, en su rol de director, se tuvo que preguntar ¿qué poesía puede haber en una película de estas tan brutal? En la historia de Margarita y las escenas que tomó de su vida para la película: una mujer en la soledad absoluta, encerrada en lo que ella llamó “una casa para perros”, que le escribe en un cuaderno a un dios sin oídos ni ojos para ver lo que le sucede; pero sobre todo una mujer que sobrevive, y por eso cuando asesinan al Animal la gente le grita: “¡Qué viva la mujer del animal!”.

La gran mayoría de mujeres del barrio donde vivía Margarita (Amparo en la película) habían sido escogidas por algún animal, todas ellas habían experimentado el sexo mediante la violación, sus hijos eran los hijos del animal. Por eso la escena en la que Amparo toma de los brazos a la bebé mientras recibe los puños y patadas del Animal es su despertar, con ese acto arrebató a esa bebé del desamor al que estaba condenada y a la repetición del ciclo de violencia y maltrato; le arrebata de las manos a los bandidos del combo una niña que iban a violar; se corta el cabello para que el Animal no la vuelva a arrastrar por el suelo, y solo la cara de espanto que pone este nos puede explicar la magnitud de la pérdida de poder que experimenta. Ella, Margarita, la mujer que no merecía ser narrada, hizo eso.

—Pero lo que más me duele a mí es que nadie me ayudó.
—¿Cómo así? Nosotros no nos dimos cuenta.

No se acordaban. Esa fue una conversación recurrente entre Margarita, sus vecinos y familiares. Y entonces la aceptación del destino dispuesto por Dios para las mujeres es la explicación del maltrato en un lugar donde el silencio y la falta de preguntas se volvieron aprobatorios de la violencia machista. Y llega eso que la periodista Leila Guerriero llamó “las preguntas del destino como fatalidad” que se han hecho las mujeres en contextos de este tipo, Amparo (Margarita) escribía en su cuaderno: “Dios mío, ¿qué estoy pagando?”.

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¿De qué trata realmente esta película?
Daniel Rivera Marín responde en su texto “La mujer del animal”: la brutalidad de la indiferencia, que trata del “cómo se ha hecho del abuso de la mujer un tema común y corriente, cómo de puertas para adentro se convirtió en normal el acto abominable de pasar por encima del otro”.

¿Cómo se volvió posible el acto abominable de pasar por encima del otro? Víctor dio en el clavo cuando hizo este análisis en el programa de entrevistas Proyectados: “Lo que hemos derivado como ciudadanos colombianos es en un ciudadano que siempre pasa agachado, pasivo, que permite hacer, que siempre está pensando en que debe estar cuidando su pequeña vida, su pequeña integridad; pero que nunca ese aspecto de preguntar, de reclamar, siendo un ciudadano, teniendo una palabra; la historia de violencia ha desaparecido ese rasgo nuestro”. Y remató: “El testigo también es víctima del animal”.

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En alguna oportunidad leí que la compasión es acompañar la pasión de la otra y el otro, ese es el gran aporte de esta película: una compasión que permite sentir la humillación como propia, un dolor bajito en la escena de la violación, una incomodidad al vernos en ese silencio cómplice que permite, alimenta y avala la existencia del Animal.

Víctor cuenta que en los ensayos, Natalia Polo, la actriz protagonista, lloraba mucho. Cuando él le preguntaba qué le pasaba, ella respondía: “Víctor, ¿usted no ve esta humillación?”. Por su parte, ella le contó a Daniel Rivera Marín: “Se llora en casi toda la película. Me tocaba parar, me daban tiempo para trabajar interiormente”. Cuando leí esas palabras pensé que eso sería necesario para el país: tomarse un tiempo para trabajar interiormente, y allí dentro cuestionarse, cuestionarse mucho. Luego, Daniel es quien siente la compasión: “Es difícil ver a Natalia después de tanta violencia sobre su cuerpo, tanta violencia actuada, tanta violencia tan real”.

Y la pregunta ya no es para quién es la película, sino para qué: para que el país silencioso, de subjetividades magulladas a punta de bala, puñal y miedo extremo, el que tuvo que tomar el camino de la indolencia para no morirse de sí mismo, experimente la pasión de una mujer violentada en un lugar olvidado de Medellín.

Siendo adolescente Evelyn Loaiza se hizo la pregunta por el deber ser: “¿yo debería ser así o de otra manera?” Nació en Medellín, el 16 de enero de 1990 en el Hospital General. Una niña de estrato tres, que creció rodeada de sus primos, abuelos, abuelas, en la comuna nueve, “y eso hizo que de cierta manera viviéramos desde muy temprana edad el tema de las bandas, del narcotráfico, Pablo Escobar, y que los pelaos querían ser como él. De cierta manera nos empiezan a normalizar, o a mí —acentúa— me empiezan a normalizar esa idea de lo que era vivir en Medellín en esa época: no saque esas cosas a la calle, esté pendiente por si alguien lo va robar, esté pendiente por si en cualquier momento se arma una balacera”.

Pero esa pregunta era el eco de un planteamiento que había respondido su abuelo con su propia vida. Martín Emilio Quiceno Cuartas nació en Armenia, Antioquia, en 1941. Vivió el país de la Violencia, el de los movimientos sindicales, el de “la política de Pablo Escobar: ser mafioso y adueñarse del país”; por eso asegura que en Colombia no ha dejado de haber violencia desde 1948.

“Yo en el 48 tenía ocho añitos. Entonces yo era un inocente, porque al fin y al cabo campesino, teníamos mucha oscuridad en cuanto a lo mental que adquiere una persona; por una parte la niñez, por otra parte ser campesino, falta de comunicación, porque no podíamos participar en una reunión familiar donde hubiera mayores, nos retiraban y si preguntábamos alguna cosa nos daban en la boca. Papá nunca tuvo una palabra para nosotros. Yo pensaba que cuando tuviera mi familia iba darme a ellos”.
Se casó con Rosalba Berrio en 1966. Tuvieron seis hijos, de esos seis hijos cuatro fueron mujeres. Con ellos construyó una vida familiar que alternaba con las acciones en "la sociedad comunitaria". Martín participaba en el comité pro defensa de la escuela Santo Tomás de Aquino en el barrio Loreto, ubicado en las laderas orientales de la ciudad. Allí se tomaron unos kioscos que estaban siendo apropiados por las barras de fútbol manejadas por Pablo Escobar. Los kioscos fueron solo una excusa para quitarles un espacio activo en el que había un parque y una cancha. Trabajó en la empresa Tejicondor por 26 años. Fue dirigente sindical en 1967. Se volvió opositor del sistema capitalista, y en 1973 dirigió el sindicato de la Industria Textil de Colombia.

Martín recibe una llamada, y dice:

—Que coloque: me reservo el derecho a reclamar.
Y finaliza:
—Cuídese y váyase despacio.
Sospecho que era una de sus hijas.

"Eso sumado al hecho de lo que mi abuelo venía contando –agrega Evelyn sobre la pregunta por el deber ser–, mi abuelo siempre ha sido activo, hay un problema y él no se queda con el problema. Por ejemplo, en el barrio Loreto se necesitaba un pasamanos porque la gente se estaba cayendo a un hueco, entonces mi abuelo veía ese problema, todo el mundo se quejaba, toda la vida habíamos vivido con ese hueco ahí, y mi abuelo sencillamente fue, puso la tutela para que mandaran a poner el pasamanos. Esa idea de hacer acciones silenciosas, es decir: ey, hay algo qué hacer, cómo yo aporto a que mi entorno sea mucho mejor".

Evelyn también habla de su abuelo gestionando dinero con las empresas para dar regalos de Navidad a los niños del barrio. Cuando la reprendía a ella y a sus primos. Las invitaciones a las marchas del 1 de Mayo con la correspondiente explicación: ese es el día de los trabajadores.

Por eso, cuando entró a la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia, y se enfrentó a la pregunta ¿cuál va a ser su apuesta artística? Lo supo: el conflicto social. Evelyn ha trabajado el performance a partir del cuerpo, ha tocado el tema del valor de la vida en la ciudad, el asesinato sistemático de líderes sociales, la contaminación en las quebradas de Medellín. Ahora la pregunta por su deber ser está resuelta en su vida.

—¿Por qué mañana marcha un país? —les pregunto a ambos:
—Marchamos por la defensa de los intereses de las clases. Hay cinco puntos peligrosos: la reforma laboral, rebaja de impuestos a empleados con la farsa de que generen empleo
los jóvenes que no tienen acceso a la educación, el punto de las pensiones, la salud, entre otras —responde Martín.
—Creo que lo más fundamental es la defensa de la vida. También porque es el derecho a la protesta, de cierta manera ha generado un miedo, y es un miedo entre nosotros mismos. La posibilidad de defender la vida diciendo no estoy de acuerdo con ciertas cosas, que esas ciertas cosas se puedan cambiar, que podamos generar un gobierno al cual se le pueda cuestionar y las cosas puedan cambiar; que no esté ese miedo de salir a la calle, ese por favor déjennos salir, salga por la acerita y no haga absolutamente nada, sino que es un asunto de reclamación por la vida y por cosas que son necesarias. Y que de todas maneras tiene que haber compromiso por parte de las personas que estamos marchando y es hacerle veeduría a ese tipo de cosas para que esos procesos sí se sigan, y ahí viene el compromiso ciudadano: hacer esas exigencias pero que también trabaje con la comunidad —concluye Evelyn.

Ese 21 de enero, Evelyn y Martín se encontraron en la calle Junín. Luego fueron a marchar.

Wednesday, 14 August 2019 00:00

Ruiditos desde La Escombrera

Antes de llegar a La Escombrera hay una placa en honor a los desaparecidos durante y después de la Operación Orión; al frente queda la capilla. Cuando estás allí puedes sentir el silencio, pero si te quedas un rato más esa montaña se va poblando de ruiditos: el movimiento de las hojas de los árboles se acompasa con el sonido del viento pegándote fuerte en los oídos, algunos pájaros vuelan sobre ti y cantan entre ellos, el rezago sonoro de una quebrada, el murmullo de un caserío que escuchas más cercano cuando caminas hacia La Escombrera. Todo el tiempo un ruido que parece tragarse todos los demás te martilla la cabeza: el de las volquetas que van y vienen, descargan y regresan con más escombros.

Luego, un 17 de julio de 2019, estás en una audiencia pública de la JEP en el Palacio de Justicia, en la Alpujarra. Entonces Juan Diego Mejía se para frente al atril con la foto de Herney Mejía Gómez, un joven de ojos verdes, colgando en su pecho, y les dice a todos que él hace parte de Mujeres Caminando por la Verdad. "Al principio pensábamos que se trataba de casos aislados, que eran solo nuestros familiares y no sabíamos cómo nombrarlo. No sabíamos qué había pasado con nuestro familiar, decíamos que a mi hermano se lo habían llevado; más adelante nos dimos cuenta que no era solo uno, sino muchos, el miedo nos invadió, generalmente no denunciábamos. Y por años hemos visto cómo cada día con volquetas de escombros siguen enterrando a nuestros familiares".
Esas últimas palabras de Juan Diego están en una escena que describió el docente investigador de la Universidad de Antioquia y coordinador del Observatorio de Seguridad Humana, Pablo Emilio Angarita: "Recuerdo que hicimos un acto simbólico muy especial conmemorativo. Estábamos en una misa, fue en la capilla, y en los silencios que a veces había ahí se oía pasar las volquetas, eso era un dolor porque cada volqueta de esas era como sepultando la verdad. Eso parecía una metáfora de cine, pero era real: nosotros hablando de los desaparecidos y el ruido de las volquetas pasando".

Juan Diego estaba ahí, haciendo su ruidito, diciendo el motivo de tanto silencio, porque es ahí donde la incertidumbre se desarrolla, donde la cabeza se puebla de vocecitas que interrogan: ¿Habrá preguntado por qué? ¿Qué le hicieron? ¿Se defendió? ¿Cuál fue su pensamiento en ese momento? ¿Por qué? Juan Diego estaba ahí porque otros detrás también hicieron ruiditos:

Cada víctima lucha contra la impunidad apoyándose en las experiencias de resistencia de la Comuna 13. Los partidos de fútbol nocturnos que se realizaban como respuesta al encierro de la comunidad a causa de los toques de queda impuestos por los grupos armados, y la gente que se unió para reclamar su derecho a habitar la noche. Las constantes marchas convocadas en el 2002 contra las seis operaciones militares que hubo en el territorio. La niña de 12 años con una sábana atada a un palo, seguida por una multitud con trapos, cobijas y toallas, en la denominada marcha de los pañuelos blancos, pidiendo que no dispararan a los civiles durante la Operación Mariscal el 21 de mayo de 2002. Dos días después, la marcha silenciosa, rechazando la muerte de John Wilmar Ayala de 16 años, quien murió intentando auxiliar a un hombre herido en la calle durante la misma Operación. El Manifiesto por la vida y la dignidad humana dado a conocer el 13 de julio de 2002 en una marcha con el mismo nombre, y el Festival Hip Hop Revolución Sin Muertos (acciones registradas en el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica “La huella invisible de la guerra: desplazamiento forzado en la comuna 13”).

El 30 de agosto de 2018, Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, nueve familiares de personas dadas por desaparecidas y el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), presentaron una solicitud de medida cautelar sobre 16 lugares en el territorio nacional donde se presume yacen cuerpos de personas desaparecidas, ante la sección de Ausencia de Verdad y de Responsabilidad de Hechos y Conductas de la Justicia Especial para la Paz (JEP), entre los que se encuentran La Escombrera y La Arenera, ubicadas en la Comuna 13 de Medellín. Lo que se buscaba era el cierre inmediato de estos lugares.

Fue así como este 17 y 18 de julio la JEP hizo su primera audiencia pública en Medellín, en la que entidades como la Gobernación de Antioquia, la Alcaldía de Medellín, el Grupo interno de trabajo de búsqueda, identificación y entrega de personas dadas por desaparecidas (Grube) de la Fiscalía General de la Nación, y la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), hablaron ante los magistrados de la JEP y las víctimas de la Comuna 13, frente a la sistemática desaparición de personas.

Los antropólogos y topógrafos de la Fiscalía le mostraron a una foto satelital de La Escombrera, tomada en el 2001, al exparamilitar Juan Carlos Villada, alias Móvil 8. Él indicó los puntos con mayor posibilidad de hallazgo, pero cuando lo llevaron al lugar en el año 2014 ya no pudo identificar los lugares que antes marcó debido a las modificaciones constantes que sufrió el terreno.

Una de las preguntas que tenían las Mujeres Caminando por la Verdad fue por qué se suspendieron las excavaciones en La Escombrera, que iniciaron el 5 de agosto de 2015 y se dieron por terminadas el 14 de diciembre de ese mismo año. Ese “por qué” lo entregó Jhon Freddy Ramírez, antropólogo forense del Grupo de identificación humana del CTI de Medellín, encargado de coordinar el proceso técnico del llamado Polígono 1 de La Escombrera: "La utilización de maquinaria pesada era fundamental, dado que era un material bastante pesado: escombros, postes, basura. El 14 de diciembre a las cuatro de la tarde alcanzamos suelo natural, y los hallazgos para restos humanos fueron negativos. El agua que bajaba de la montaña y entraba al lugar de excavación y las lluvias no permitían trabajar. ¿Cuál era la solución? Un techo, un techo bastante caro, a lo que me decían: ¿y si se coloca ese techo hay garantías de que se encuentren cuerpos? Yo no pensé que me estuvieran haciendo esa pregunta, pero sí me la estaban haciendo. Yo dije: no, no hay garantías de encontrar, es garantía de hacer un buen proceso. En esas condiciones dimos por terminada la labor, ese 14 de diciembre".

Fue una de las pocas respuestas que se obtuvieron. Las preguntas de los magistrados y las víctimas eran poco satisfactorias. “No nos corresponde manejar esa información”, “vamos a consultar y traemos la respuesta mañana”.

Fue después de una respuesta de ese tipo que el magistrado Gustavo Adolfo Salazar preguntó:

–La Fiscalía ha señalado que la mayor parte de las desapariciones se da entre 2001 y 2003, a la fecha se presenta un número de víctimas de 114.

–Aproximadamente–, responden de inmediato los representantes de la Fiscalía.

–Yo me pregunto qué es necesario y qué ha sucedido para que no se haya consolidado una cifra de las víctimas de desaparición forzada en la Comuna 13.
Hay un silencio largo.

–Pregunta tan complicada... Para el año 2002 yo no hacía parte de quienes documentaban estos hechos. No todos los que tenían víctimas desaparecidas denunciaban. Cuando llega Justicia y Paz se presentan las denuncias, pero ya ha pasado muchísimo tiempo, esto dificulta no el proceso de documentación sino el de investigación, ya los victimarios no están, algunos han muerto. Pueden ser algunas de las razones por las que las cifras aún no están completamente realizadas.

La audiencia no arrojó un resultado inmediato, las víctimas deberán esperar que las instituciones reúnan la información que no le propiciaron a la JEP durante esos dos días, para que esta última pueda tomar una decisión respecto a las medidas cautelares.

Luz Elena Galeano, integrante de Mujeres Caminando por la Verdad, ofreció su opinión sobre esta audiencia: "Para mí es un proceso reparador el solo hecho de escuchar las voces de las víctimas, nosotros siempre nos hemos basado en exigir desde el año 2002 con el tema de las denuncias, los plantones, las movilizaciones sociales, las vigilias, haber tenido ese logro tan importante de las excavaciones en el año 2015. Pero también por nuestra lucha y resistencia. Son 17 años de impunidad, exigiendo verdad, justicia y garantías de no repetición, y sobre todo la búsqueda de nuestros familiares desaparecidos".

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