Liria Manrique

Liria Manrique

Tuesday, 10 March 2020 00:00

El país de las mujeres

Pagué un precio. No me atrevería a proponerlo como un requerimiento imprescindible para que la sociedad reconozca a las mujeres y las mujeres, sobre todo, se reconozcan a si mismas, pero lo que sí sé es que en mi país significó un cambio profundo que valió absolutamente la pena… Somos más ricos, sobre todo, porque hemos eliminado la más antigua forma de explotación: la de nuestras mujeres, y así nadie la aprende desde la infancia. Hay brotes, claro; no somos una sociedad perfecta. La verdad es que reconocernos humanos es saber que siempre habrá nuevas luchas y retos, pero bueno, avanzamos. Un pie delante del otro.
Gioconda Belli, El país de las mujeres

 

A propósito de la pregunta hecha por Periferia: ¿cómo se imagina a Colombia gobernada por mujeres?, recordé la capacidad imaginativa de una de mis escritoras favoritas, la Nicaragüense Gioconda Belli, autora del libro El país de las mujeres. En el materializó un país pequeño llamado Faguas, vigilado por el volcán Mitre, el cual tenía la capacidad de erosionar las vidas de sus habitantes al tiempo que lavaba su realidad con la elección de una mujer a la presidencia nacional.

Faguas era un país común, un país donde la corrupción campeaba, las oportunidades escaseaban y el gobierno enriquecía los bolsillos de la dirigencia política a costa de la pobreza del pueblo: un país como Colombia. En el libro, Gioconda ilustra la diversidad, la complicidad y la total sororidad de un grupo de mujeres que deciden a través de la creación de un partido político distinto llegar al poder. El “Partido de la Izquierda Erótica” (PIE) era una apuesta de mujeres para maternizar el país, lavarlo y limpiarlo hasta dejarlo brillante y sin manchas. Darle un vuelco a la realidad política del país. La propuesta incluía enviar a los hombres a los hogares para asumir las tareas domesticas, esas tareas que siempre despreciaron y calificaron con simplismos.

El Partido de la Izquierda Erótica estableció un subsidio para que los hombres estuvieran en sus casas, mientras nutria de mujeres la fuerza pública. Todo el país se transformó: se ejecutaron proyectos comunitarios que
colectivizaran los cuidados de los hogares, el Estado asumió el pago de la renta social, se disminuyó el presupuesto a las armas y al poder militar, mientras se ampliaban las coberturas educativas, alimenticias y sociales de quienes habían confiado en una apuesta feminista pero incluyente.

Enviar los hombres a sus casas con el fin de lograr transformaciones en el manejo del país, pretendía poner la administración de una nación bajo una mirada femenina. Las cabezas del PIE sabían que, de seguir los hombres en sus cargos, no permitirían a las mujeres desarrollar a profundidad sus habilidades, de seguro se mantendría el interminable debate patriarcal de la experiencia (masculino) sobre la improvisación (femenino).

La resistencia que afrontó el PIE es la misma que afrontamos las mujeres que nos peleamos en el día a día ser tratadas igual que los hombres. Tener posibilidad de definir sobre nuestros cuerpos y aquello que afecta nuestras vidas; ser vistas como actoras validas en una sociedad donde constantemente se juega con nuestras visiones y por supuesto con nuestros objetivos, sin que ello nos cueste la vida tal cual le ocurrió a la protagonista del libro, quien luego de lograr fortalecer la economía, bajar los índices de delincuencia, e incorporar de manera masiva las mujeres en la vida pública del país, fue víctima de un atentado sicarial, orquestado por hombres, cuando hablaba en plaza pública.


Intentando hacer un símil, el atentado padecido por Viviana Sansón, la presidenta de Faguas, es exactamente lo que ocurre cuando una mujer aspira ser tenida en cuenta para direccionar su hogar, su trabajo e incluso el Estado, la respuesta siempre ha sido la agresión. Matan a la mujer que no quiere estar más al lado de un hombre violento y maltratador (tal como sucedió hace poco con las estudiantes de la Universidad Industrial de Santander); matan a la mujer que intenta liderar espacios de gobernabilidad (como hicieron con Karina García, candidata del partido liberal a la alcaldía de Suarez, Cauca); y matan a la mujer lideresa que pelea por los derechos de sus comunidades (como sucedió con Cristina Bautista, gobernadora Indígena del Cauca).

Está claro que ningunear, violentar sexualmente, humillar, y matar, demuestra el temor que sienten los hombres de perder lo que ha sido siempre su zona de confort, esa capacidad de administrarlo todo, incluidas nuestras vidas. Ese miedo tiene sustento. Porque tienen razón caballeros, como en Faguas cambiaremos la realidad, convertiremos a Colombia en un país de afectos, de comprensiones, un país en el que se priorice la educación mientras le restamos importancia al trabajo esclavo, uno donde la solidaridad estará por encima de los egos, el individualismo y las venganzas en las que ustedes nos han tenido sumidas durante toda nuestra historia. Así exactamente me imagino esta nación gobernada por mujeres.

Tuesday, 11 February 2020 00:00

Una mujer de acero

No sos vos.
A veces, de tanta mierda que te embarran,
terminan convenciéndote de que esa mierda es tuya.
De algún modo, terminás creyendo que hay algo malo en vos,
una especie de falla, un defecto, que te hace merecer dolores,
tristezas, maltrato, desamor o malamor.
No es verdad.
Nadie se merece la violencia.
Por ninguna razón.
Bajo ninguna excusa.
Son odiadores seriales, recipientes llenos odio,
derramando su porquería, que ensucia todo lo que toca.
No es tu culpa.
No existe culpa, porque no hay delito en ser quien sos.


Dibeth María Quintana tiene un rostro que esconde muchos miedos, pero su sonrisa fugaz entre tanto dolor, embriaga a quienes la vemos. Su historia, es la historia de una luchadora. Una mujer que se identifica con la solidaridad como bandera y la reivindicación como bastón que la ayuda a soportar el dolor parecido por hacer parte de la organización sindical.

Sufrió todo tipo de agresiones en la industria petrolera. Resistió al programa de resocialización comportamental Mobbing, creado por Ecopetrol en el año 2003 cuando la empresa decidió encerrar por 6 meses a 44 trabajadores en un cuarto de adoctrinamiento en el que intentaba convencerlos de que ser sindicalista debía ser considerado un delito y por tanto merecía ser castigado.

Fue señalada como integrante de la insurgencia en los medios de comunicación de Barrancabermeja, lo que le causó el reproche hasta de su familia. Durante sus años de dirigenta de la USO (el sindicato de Ecopetrol), debió lidiar con ofrecimientos de dinero por parte de las empresas que pretendían comprar su dignidad sindical, también allanamientos a su vivienda, amenazas de muerte contra ella y su familia por parte de paramilitares que insistían en defender los intereses de las empresas petroleras, sumado a una constante lucha interna en el sindicato para ser reconocida como igual por parte de sus compañeros.
Durante los 10 años que ostentó el cargo en la organización sindical, denunció empresas corruptas que jugaban con la seguridad de los y las trabajadoras para ahorrar costos en materiales de trabajo, soportó permanentes hostigamientos y amenazas, y, debido a la presencia de hombres extraños cerca de su vivienda, debió cambiarse constantemente de domicilio para proteger a su familia. Dibeth cultivó una frustrante relación con la justicia colombiana, que jamás ha emitido una sentencia condenatoria a los agresores, manteniendo la impunidad que día a día la laceraba.

En el 2016 fue brutalmente golpeada por cuatro policías y por el jefe de seguridad de la Refinería de Barrancabermeja, quienes impidieron a toda costa su ingreso al sitio y el cumplimiento de sus compromisos sindicales. A Dibeth la agredieron para que se soltara de la reja de entrada a la instalación petrolera. El hecho, a pesar de estar documentado en video, se encuentra en total impunidad.

La justicia, esa que no ha fallado en ninguno de los procesos en los cuales ostenta la calidad de víctima, la convocó a una diligencia judicial el día 13 de febrero del 2019 en el municipio de Aguachica, Cesar, por una denuncia interpuesta por el jefe de seguridad de la Planta de Ayacucho de Ecopetrol, quien la acusaba de calumniarlo en el marco de las denuncias que Dibeth había interpuesto por los hostigamientos que recibía cuando intentaba ingresar a la planta para acompañar los trabajadores afiliados a la USO. Dibeth llegó en horas de la mañana desde Bucaramanga, donde prestaba sus servicios a la estatal petrolera. Al medio día, luego de una larga espera en la Fiscalía, salió a buscar un lugar dónde sacar unas copias. De un momento a otro sintió cómo se le iba la vida. Horas después despertó secuestrada, amordazada… Soportó los golpes, los gritos, los abusos sexuales y logró huir mientras sangraba, con parte de su ropa hecha harapos. Dibeth sobrevivió al ataque letal perpetrado por tres hombres, dos de los cuales fueron asesinados tres días después en un polideportivo. La noticia fue reportada por la prensa local como un ajuste de cuentas.

Esta tenaz mujer lidió luego con las posteriores amenazas, los señalamientos de incredulidad frente a lo narrado, y la desintegración de su familia que la convirtió en un ente que deambulaba, opacando la mujer valiente que siempre conocimos. Las lágrimas de Dibeth salían con la facilidad del dolor lacerante que no da tregua en la vida, ese dolor que se escondía detrás de unos ojos temerosos cuando habla de su caso.

Para formar parte de la USO, asegura, debió comportarse como hombre. Optó por posturas machistas: hablar fuerte e imponerse para ganar el respeto de los hombres que la rodeaban. Creó fama de mujer incapaz de sentir dolor, pero ese dolor permanecía vivo en ella, la apagaba, y le pasaba cuenta de cobro con sus hijos, su pareja, pero sobre todo con ella misma que en silencio recuerda a diario la marca de un conflicto que le niega la condición de sindicalista y le recuerda que su cuerpo se convierte en un campo de batalla cuando la mujer reta al sistema patriarcal.

Dibeth un día decidió irse del país. Renunció a su esquema de seguridad. Perdió los subsidios que recibía de Ecopetrol. Dejó de asistir a las audiencias judiciales y a mirar de frente la impunidad y la desconfianza a la que fue sometida. Asumió la condición de refugio forzado como medida extrema de protección, pero su vida misma ganó porque volvió a hablar con fuerza, se le oye sonreír entre líneas, ya no teme, ya no llora, ahora está reencontrando la mujer que ama.

Yo aprendí la profundidad de la sororidad a su lado, viéndola ayudar a los demás, viendo el poder de su corazón a través de su sonrisa. Desde el sitio dónde se encuentre, un año después del secuestro, aún espera que se haga justicia.

Wednesday, 13 November 2019 00:00

“Tengo una hija por quien ver…”


El feminicidio es la expresión más extrema de la violencia contra la mujer;

se trata del «asesinato de mujeres por hombres motivados por el odio,

el desprecio, el placer o la suposición de propiedad sobre las mujeres»
(Diana Russell, 2008: 27)


Evelin llevaba 45 días trabajando. Cinco meses después de su cumpleaños número 18 consiguió un trabajo, mientras Cristian, a pesar de tener 20 años y no estudiar, argumentaba no poder ayudarle con los gastos de la niña por la falta de posibilidades laborales. La única motivación que tenía Evelin para trabajar era sacar adelante a su hija. “Déjeme en paz, no me llame más, trabajo porque tengo una hija por quien ver”. Esas fueron las palabras que la guarda de seguridad de la empresa le escuchó pronunciar el día en que fue asesinada.

Evelin fue abordada por Cristian después de ser dejada por la ruta de la empresa al lado de su casa, no sabemos cuáles fueron los argumentos con los que él logró que ella accediera a conversar. El único testigo presencial de que estaban juntos fue un menor de edad que pasaba por el lugar y que por cosas del destino la conocía, porque crecieron en el mismo barrio. El testigo declaró que pudo escuchar cuando ella le gritaba que no quería tener nada más con él, momento en que vio cómo Cristian la agarraba del cuello y la metía a la fuerza en un vehículo, mientras el testigo se retiraba del lugar, afirmando lapidariamente que “no hice nada porque en peleas de pareja no se debe meter nadie”.

Evelin Dayana Blanco Prieto era una joven de 18 años de edad, trabajadora de la empresa petrolera estadounidense Nabors, y gracias al salario que devengaba lograba sacar adelante a su hija de 18 meses. Evelin creció en una casa de trabajadoras petroleras, su mamá es la única mujer que en el departamento del Meta ejercía el oficio de Cuñera, una actividad absolutamente masculina en la industria, pues requiere de fuerza y precisión para usar la boca de un taladro petrolero.

Evelin tuvo siempre el ejemplo de su madre, una mujer que se equiparaba sin miedo con los hombres, que sacaba adelante a sus hijos sin tener una figura masculina cerca, una mujer que estuvo incondicionalmente para su hija como madre y como amiga.

Gracias a la magia de las redes sociales, Evelin entabló una relación con un desconocido por Facebook. Cristian Navarro se mostró como un hombre maduro, comprensivo y amoroso. Su relación, a pesar de ser un torbellino de pasiones y dolores, terminó en una maternidad, en una oportunidad para renacer y establecer un hogar lejos de su familia.

La relación sentimental con Cristian fue descrita en el juicio como un verdadero ciclo de violencia: iba y venía de la casa de su madre con su hija en brazos, intentó huir de las agresiones, intentó cubrir con maquillaje los moretones que su cuerpo evidenciaba, intentó mentir a sus amigos y amigas cuando extrañados preguntaban por el comportamiento de su perfil de Facebook, el cual manejó Cristian como una medida más para controlar a quien consideraba que era de su propiedad. Evelin estaba sumida en un mundo de dolor, no podía ser ella, no podía compartir con sus amistades y cada vez estaba más lejos de su familia, motivos que la llevaron a tomar la decisión de dejarlo.

En Colombia, según el Instituto Nacional de Medicina legal, la violencia de pareja reportó 940 feminicidios en 2017; y en los dos primeros meses del 2018 se reportaron 149. Entre el 1 de enero del 2013 y febrero del 2018 se contabilizaron un total de 5375 mujeres asesinadas, de las cuales 163 fueron documentadas en el Departamento del Meta. En cuanto a las causas, la asfixia, método de muerte utilizado contra Evelin, fue el tercer factor de muerte con 468 casos.
Evelin murió el 10 de diciembre del 2017, el concepto del médico forense determinó Muerte Violenta por Comprensión Extrínseca del Cuello: “ella tenía hematomas en el cuello, visibles por lo grandes, estrangulamiento, compresión constante sobre el cuello, la cual debió durar entre tres y cinco minutos”, declaró el Médico Forense en una de las audiencias.


Tan grandes y violentas debieron ser las lesiones del cuello, que permitieron evidenciar el motivo de la muerte a pesar de que el cuerpo no tenía pelo, había perdido parte de su piel y estaba totalmente inflamado debido al alto grado de descomposición en que quedó, pues fue arrojado a una alcantarilla donde permaneció por cinco días. La intención de Cristian estaba clara, no solo quería que muriera como pago por la ofensa de querer dejarlo, un derecho que al parecer es exclusivo de los hombres; además se encargó de que el cuerpo que recibiría su familia estuviera desprovisto de dignidad, fuera irreconocible y tuviera la huella tatuada de lo que una mujer debía pagar por la osadía de retar la autoridad de su excompañero.

Evelin va a cumplir dos años desde que nos dejó. En septiembre de 2019, luego de sentir cómo se laceraba mi alma de mujer feminista cada vez que veía a Cristian reírse en las audiencias, o cada vez que escuchaba a su abogado usar la repugnante frase “ella se lo buscó, para qué lo llamaba”, logramos el fallo condenatorio: Cristian deberá reposar sus ímpetus de macho en una cárcel por los siguientes 39 años.

Ya te puedes ir Evelin, ya hicimos justicia, ya sabemos qué decirle a Luciana cuando crezca y pregunte por qué el victimario, su padre, paga por un daño irreparable. Ningún tipo de violencia es de poca importancia, ninguna situación amerita silencio… un grito, un simple grito hubiera salvado la vida de una joven de 18 años, y le hubiera permitido a una bebé de 18 meses crecer al lado de su madre.

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