Luisa Fernanda Moscoso

Luisa Fernanda Moscoso

Wednesday, 24 February 2021 00:00

Una rutina a dos bandas: el cuidado del otro

El día apenas comienza, son las 8 de la mañana. Ana María está lista para dictar sus clases y dejó a Amalia en la sala, atenta al computador. Margarita da la última pasada con la trapeadora, deja el desayuno listo y se dispone a salir para la casa de su madre. Diana lleva tres horas y media levantada, ya estudió inglés, se alistó y está comenzando su jornada laboral. El Covid 19 parece solo estar presente en el tapabocas colgado detrás de la puerta y el alcohol en la entrada, las tareas de estas tres mujeres, sin embargo, están presentes en todas las partes de sus casas.

Las labores del cuidado son todas aquellas acciones vinculadas a la atención de otros, especialmente de niños y adultos mayores, así como el mantenimiento del hogar, la limpieza y la alimentación. Estas acciones no son remuneradas económicamente pero demandan grandes lapsos de tiempo al día, en el caso de las mujeres representan 7.14 horas diarias de trabajo extra, frente a 3.25 que tienen los hombres. Según el Dane este representaría el 20 % del PIB de ser cuantificado financieramente.

Desde el 2010, mediante la ley 1413, en Colombia se incluyeron las labores de cuidado dentro del sistema de cuentas nacionales. De esta forma buscaban medir la contribución que estas labores tenía en el desarrollo económico del país y el papel que ocupaba la mujer, ya que son ellas quienes realizan el 78 % del trabajo según el estudio Tiempos de cuidado: Las cifras de la desigualdad del Dane y ONU Mujeres.

Pero de manera imprevista, en marzo de 2020 estas dinámicas tradicionalmente establecidas sufrieron una variación. Se implementó como medida preventiva la cuarentena por la Covid 19, la mayoría comenzó a trabajar, estudiar y realizar todo desde casa. La separación entre espacios académicos, laborales y familiares se volvió difusa.

Diana Carolina se identifica como mamá, ama de casa, empleada y esposa, vive en Turbaco, Bolívar y es ingeniera civil. Durante la pandemia ha trabajado desde casa y además asumió los cuidados indirectos de su hogar: cocinar, lavar y realizar tareas que benefician al resto de miembros de la familia. Debido a la cuarentena los trabajos del hogar que antes realizaba solo los fines de semana, por el apoyo que recibía de su empleada, invadieron su jornada laboral. Como ella, a julio de 2020 un 54 % de familias que antes contrataba empleadas domésticas asumieron esta responsabilidad, según datos del Dane.

Debido a la contingencia, Diana se levanta una hora antes de lo normal y trata de optimizar el uso del tiempo, afirma sobre la cuarentena que “uno está mucho más cansado, no tiene tiempo. A mí me gusta mucho el orden entonces el hecho de tener que dejar de hacer las cosas de la casa por tener que cumplir lo del trabajo es un estrés”. Aunque su esposo realiza algunas labores del hogar, no lo hace si ella no se lo pide directamente. Para ella, el problema radica en las responsabilidades implícitas que tienen las mujeres y en el desconocimiento de los padres en temas como la educación de los niños y la compra de alimentos. Estas se siguen desarrollando independientemente de la situación de la pandemia y de estar compartiendo espacios en casa.

María Maya, Antropóloga de la Universidad de Antioquia, desarrolló un estudio con dos grandes empresas colombianas sobre la situación de los empleados que trabajaban en casa durante la cuarentena, allí identificaron una carga mayor sobre las mujeres: “Ellas sintieron con mucho más fuerza la dificultad de coordinar ese cuidado de los hijos con el trabajo y con cosas de las que no necesariamente tiene que ser la mujer la responsable”, explicó.

El nacimiento de Amalia la hija de la docente e investigadora de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia, Ana María Agudelo, coincidió con su inicio como docente en la universidad. En los que ella nombra como los 7 años más demandantes, dividía su tiempo entre sus nuevas responsabilidades laborales y familiares. Desde el principio estuvo acompañada de Ana, su empleada, pero esto no disminuyó la carga del cuidado pasivo, es decir, la vigilancia y atención de personas que requieren cuidado, en este caso su hija. Ante el colegio es su acudiente y es quien durante las noches le indica a qué hora cepillarse los dientes y dormir. Para Ana la cuarentena significó la mezcla de sus espacios.

El primer cambio que realizó en su casa fue el montaje de espacios de estudio aptos para ella y para su hija. Las investigaciones que venía desarrollando se adaptaron a la virtualidad y gracias a los acuerdos previos que mantiene con su esposo en la división de tareas y a la ayuda de Ana se han reducido las consecuencias de la cuarentena. Pero reconoce que ha perdido capacidad de concentración y no se siente igual de diligente para desarrollar sus labores. “Lo que más me ha invadido es que yo soy mamá, todo lo relacionado con el estudio de Amalia me preocupa. No solo es una invasión de tipo rutina y actividades, sino también mental porque me preocupa el tema de su ocio”.

Como se explicaba en el estudio del Dane y ONU Mujeres, esta desigualdad entre hombres y mujeres se traduce en una menor posibilidad de acceso a oportunidades laborales para estas últimas, sobrecargas y limitaciones para disfrutar del tiempo libre. Durante la pandemia estas problemáticas se hicieron más evidentes, como explica María: “Hay que tratar de garantizar que no se esté sacrificando ni la esfera personal, ni ese tiempo para estar en familia, para tener otras cosas, ocio; pero también que el trabajo no pierda sentido y no pierda calidad”

Margarita Blandón lleva 7 años desplazándose 5 cuadras desde su casa en Buenos Aires, Medellín, hasta la casa de su madre. Allí realiza labores de cuidado directo, con ella y su tía. Aunque no lo reconoce con este término, cuando la ayuda a comer, a vestirse y a desplazarse a las citas médicas está realizando este tipo de trabajo no remunerado. En Colombia al igual que ella otras 8.6 millones de personas de más de 10 años lo realizan. A diferencia de Ana María y Diana su rutina diaria no cambió significativamente en cuarentena.

Cuando la mayoría permanecían en casa Margarita salía a cuidar a su madre, tenía la justificación preparada en caso de ser detenida por no cumplir con el pico y cédula: “El día que me pararan yo diría que era cuidadora, pero nunca paso, me favorecía que no usaba transporte público”. Lo único que cambió en su rutina fue la presencia de sus dos hijas en casa, una estudiante universitaria y la otra trabajadora, además del aumento de medidas de precaución para evitar el contagio de su madre y tía. Reconoce que en muchas ocasiones no se trata de no tener ningún espacio de tiempo libre, sino de sentirse demasiado cansada para disfrutarlo.

Como explica el informe COVID-19 y la economía de los cuidados: Acciones inmediatas y transformación estructural para una recuperación con perspectiva de género de la ONU: las mujeres representaron un soporte importante en medio de la pandemia para las estructuras familiares. Ellas han asumido responsabilidades extras que quedan fuera del alcance por motivos económicos o sociales, pero se debe considerar que su tiempo “no es infinitamente elástico”. Es necesaria la ayuda tanto de miembros del hogar como la implementación de medidas desde distintos sectores para evitar que se llegue “a un punto de quiebre con consecuencias a largo plazo para la salud y el bienestar de las mujeres y sus familias”.

La oportunidad para generar cambios
Ana María, Margarita y Diana contaron durante la cuarentena, y antes de ella, con la ayuda de otras mujeres para el desarrollo de las actividades del hogar, con la limpieza, el mercado o el cuidado de los hijos. Estas ayudas no son remuneradas económicamente en todos los casos y a veces provienen de familiares cercanos, madres, hijas o hermanas. El fortalecimiento de estas redes de apoyo donde también se incluya a los hombres generaría una posibilidad para equilibrar cargas en el hogar, además de la posibilidad de pensarse en pro de las nuevas masculinidades.

Sin embargo, como lo explica Ana María en muchos casos es difícil delegar. Lo que se convierte, en lo que ella llama, un “Juego a varias bandas, estar pendiente aquí y allá”. Por ello considera importante la educación de los más pequeños desde el reconocimiento de alternativas y no repetición de patrones para así combatir ideas machistas heredadas. Además del establecimiento de contratos de convivencia en los hogares donde todas las partes adquieran una responsabilidad.

Como explicó la antropóloga María Maya, la contingencia generó espacios en algunos hogares para discutir e implementar acuerdos para equilibrar las cargas. El objetivo es volver estas conciliaciones definitivas: “tratar de mantener algunas de esas reflexiones o esos acuerdos a los que se había llegado, aprovechar ese momento de reflexión y ver que todo lo que se tuvo en ese momento puede concretarse”, afirmó María.

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