Mary Luz López Henao - Malú

Mary Luz López Henao - Malú

Wednesday, 01 December 2021 00:00

Taxis y perlas

La fila para entrar a la cárcel era de kilómetros. Sandalias y bolsas transparentes con recipientes que dejaban ver los alimentos eran parte del paisaje, y mientras avanzaba me dedicaba a ver cómo unos portacomidas iban llenos de arroz, sudado de pollo, carnes, chicharrón. Bolsas con patacones los más gigantes que había visto en mi vida. La señora que los portaba hacia alarde de su modo poco convencional para que quedarán tan grandes y tostados. Decía que primero debía escogerse un buen plátano, y luego con la ayuda de los pies, unas botas y mucha fuerza, aplastarlos hasta conseguir el resultado final. Los pies eran su herramienta para la delgadez y lo crocante de los patacones. Toda esta gastronomía llena de olores y sabores era la mejor para alimentar a esposos, hijos y abuelos en el reclusorio. En esta larga espera el cansancio nos invadía, pero valía más la esperanza de ver a quienes tanto queríamos, allí privados de su libertad.

Los fines de semana eran los días de visita, sábados para los hombres y domingos, mujeres. Después de pasar por sellos en las manos, perros que te huelen hasta la consciencia por si llevas drogas, requisa de las guardias con tocada de teta incluida, silla que detecta metales porque la vagina de la mujer en una cárcel puede ser la mochila para muchas cosas: entrar granadas, pistolas o cuchillos. Como decía una viejita, “por ahí cabe hasta un avión”.

Recuerdo en una ocasión que una mujer llevaba unos apetitosos fríjoles en un recipiente de plástico muy grande, al requisarle los alimentos la capturaron porque en sus fríjoles tenía una pata de cerdo, pesuña a la cual tenía amarrado un celular con cinta. El ingreso de ciertos objetos a la penitenciaría era pago, pues la mayoría de cosas son ilegales allí. Es paradójico porque desde la propia cárcel hacen llamadas algunos presos para extorsionar o realizar todo tipo de actividades delictiva. Y en un país tan corrupto como el mío, los mismos guardianes que cuidan a los presos entran todo tipo de objetos considerados prohibidos.

Tiempo atrás un man me dijo que en mi vagina cabía un bus porque yo era muy grande. En alguna ocasión vi que una mujer entró en su vagina un taco gigante de marihuana “cripa” del tamaño de un pote de leche en polvo, esto me sorprendió, ¿cómo le cabía algo tan grande y había pasado los filtros de la prisión sin ser detectada? Todo es negocio, pero nunca me atrevería a entrar drogas ilegales en ninguna parte de mi cuerpo.
En un momento de desesperación entré en un condón un millón de pesos para comprar un cambuche (fracción de cuarto donde vivir). Los hay de diferentes tipos, quien tiene buen dinero puede comprar una celda para el solo, es decir, un penthouse. Los afortunados podían acceder a un zarzo o un pedacito de cuartito donde solo cabe un colchón y una mesita auxiliar. Tener eso en prisión es tener un palacio, otros alquilaban ese espacio y pagaban semanal, quincenal o mensual; los menos afortunados debían dormir en el frío suelo del baño, el pasillo o la cocina. Los del pasillo que es un pasadizo largo para entrar a las celdas, solo tenían derecho a siete baldosas de largo y tres de ancho. El hacinamiento es un problema para la convivencia.

Las visitas son quizás los momentos más felices para los presos, por eso para quienes no son visitados la vida es muy triste, y aún más precaria porque en la prisión no hay quién te supla de lo básico, por todo se paga. Si no tienes dinero te lo rebuscas lavando ropa o aseando, hay un sinfín de actividades.

En ciertas cárceles hay visita conyugal y dependiendo del vínculo, los hombres atienden en diferentes espacios a esposas, novias o mozas. Muchas veces se junta la moza y la esposa, se jalan las greñas, se esperan en la salida y arreglan cuentas. Yo vi a más de una golpear, apuñalar o hacer el shampoo, técnica que consiste en echar pegamento de cualquier tipo en el pelo de la contrincante. Una amiga mía tenía un cabello largo hermoso, y la esposa del hombre con el que ella salía, le mandó a hacer el shampoo, adicionalmente le agregaron vidrio molido para que su pelo no pudiese salvarse. ¡A mi amiga le tocó raparse la cabeza!

El día que entré el dinero para comprarle la vivienda a mi hermano que llevaba preso un año, me tomé media botella de whisky afuera de la prisión por el miedo a ser detectada infringiendo la ley. En el preservativo metí un millón de pesos en billetes de cincuenta mil, pasé los filtros y con eso pude comprarle un lugar donde vivir a él. Ahí nos recibía cada mes que íbamos la familia, o también lo alquilaba los domingos a alguna pareja con deseos de eyacular.

Después de tener dinero en mi cuca, le creí al man que me dijo que me cabía un bus, aunque allí no solo caben objetos inusuales, adentro, ya en la cárcel, era usada para dar placer en el encierro. Los penes de los hombres entraban en las mujeres trabajadoras sexuales que se rebuscan en la cárcel de cambuche en cambuche, allí se les conoce como taxis porque según el decir de los reclusos “cualquiera puede montarlas”. Ahora con la tecnología y las plataformas, nuevos remoquetes aparecen para nombrarlas, les dicen Uber cuando están muy buenas, Indriver o Didi, pues cobran según sus atributos, la más cotizada vale cien mil pesos, y de ahí para abajo, cincuenta, treinta, veinte o diez, dependiendo. Una muy regular, según la mirada lasciva y escrutadora de los hombres, se le decía carreta, le pagaban cinco mil pesos por una felación.

Los presos tenían un mito que para atraer las mujeres sexualmente tenían que estar perlados, una técnica que viene desde Cuba y en algunos países la han adoptado, se implantan perlas en el pene para supuestamente dar placer a la mujer. Desde el año 2000 en muchas cárceles de Colombia se puso de moda esta técnica. Los reos querían que sus mujeres, novias y amantes regresaran siempre a buscarlos, porque quién se iba a resistir a un pene que te hiciera vibrar, creyendo con ello que así encoñarían a sus mujeres.

Esta forma poco aséptica y bastante riesgosa de implantar dichas perlas me impactó mucho, más que ver un pene cavernoso con dos protuberancias. Años atrás tuve un encuentro sexual con un hombre que tenía las perlitas, sin embargo, me dio asco, pensé que era una enfermedad venérea y no quise estar con él. Mi apreciación experta es que algo tan minúsculo no logra dar el placer que se cree, si acaso tendrían que meterse en la base del pene unas bolas del tamaño de una canica para que la cuca de quien ha sido más recorrida que camino de arriero sienta algo.

Estas microcirugías consistían en hacer una pequeña apertura en la punta del glande con una cuchilla que les arrancaban a las máquinas de afeitar, pues en prisión no se permiten láminas de acero por seguridad. Las bolitas o perlas eran hechas de manera artesanalmente con los cabos de un cepillo Pro425; no había un cuarto de cirugía, ni las medidas sanitarias para dicha intervención. Si un man de estos se las ponía y no le podría el pene, los otros lo harían como borregos. El dolor no importaba, solo querían brindar el placer a sus hembras y sentir que eran tan potentes para el sexo que nunca serían olvidados.

Una vez me enteré que una taxi se metió con seis negros perlados por ciento veinte mil pesos, al salir del cambuche y haber atendido a estos tipos en un santiamén, los que se enteraron estaban sorprendidos, miraban a la mujer como una berraca y tal vez ella diría que el placer fue mucho, pero una miente por ganar dinero, yo lo hice muchas veces. Estoy segura que el placer para nosotras las mujeres comienza en el hipotálamo, en el cerebro.

Recuerdo vehementemente que en una ocasión visitando a mi hermano salía una taxi de una habitación al frente de la suya, siempre la había visto visitar este tipo y tuve curiosidad. Yo tenía una botella de Gatorade llena de Chamber (bebida alcohólica casera que en la cárcel tenía una forma especial de hacerse. Se usaba el jugo de tomate de árbol o con maracuyá que era puesto a fermentar, y posteriormente, lo ponían a destilar hasta que diera el alcohol para luego dejarlo reposar en una caneca en los baños), y le dije: se va a tomar un trago, me lo recibió y conversamos un rato. Luego le pregunté si este hombre que acababa de ver era su novio. Me dijo entre risas que era un cliente, ante lo cual le inquirí si era verdad que les decían taxis, me respondió que sí, y sin sorprenderse añadió, “usted no parece un taxi, sino una camioneta Toyota”. Ambas nos reímos, se marchó y la volví a ver en la fila de su carretera.

Yo no era diferente a ella, poco tiempo después cuando visitaba a mi hermano me enrolé con el que mandaba en el pasillo. La verdad me gustaba mucho el tipo, era musculoso y grande, amable y me trataba como reina, y su poderío me daba placer. Teníamos buen sexo como una relación sin compromiso, me daba plata cada vez que yo iba y la pasábamos bien. Me gustaba escuchar salsa con él, beber Chamber y adueñarme de su celda por un día al mes. Yo creía que el sentía algo por mí, llevábamos meses en esa tónica los domingos. Un día que fui a visitarlo desayunamos y me compró el licor de la cárcel, me pareció raro que no me tocará, me dijo que quería que un parcero me viera, a lo cual reaccioné preguntándole para qué. Respondió que para charlar y acepté.

Me subieron entre varios custodiada a otro piso en un pasillo donde había una celda. Me presentó el muchacho y me dejó allí. Me sentí defraudada porque creía que le importaba, que era por él querida, mientras él sin ningún dolor me compartía demostrando quien era el cacique del patio. Una vez nos dejaron solos este hombre me preguntó qué iba a tomar, yo seguí con el Chamber y él con whisky, y pensé, “qué hijueputas”. Ya estaba arriba, el tipo era casi de mi edad y estaba divino. Follamos de lo lindo, luego me pagó bien y me fui. Fue ahí que entendí que para ese hombre que me gustaba tanto siempre fui una taxi.

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