Renan Vega Cantor

Renan Vega Cantor

El regreso de Morgan & Drake

“Muchos piratas comenzaron su carrera en Londres”.
Stuart Robertson (Editor), La vida de los piratas. Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores.

Acaba de consumarse un nuevo acto de despojo por parte del imperialismo contra Venezuela, en este caso representado por Inglaterra con el robo de 31 toneladas de oro de este país que se encontraban depositados en El Banco de Inglaterra, valoradas en 1.300 millones de dólares. En un dictamen del Tribunal Superior del Reino Unido, el juez Nigel Teare determinó que el oro del Estado venezolano le pertenece a Juan Guiadó, puesto que este es reconocido como “presidente interino constitucional” por el reino de Isabel II.

Tamaño despropósito que significa demoler lo poco que queda del derecho internacional no debería sorprender si se tiene en cuenta la historia de despojo, saqueo y robo que ha protagonizado Inglaterra desde hace cinco siglos, en lo que se destacan sus acciones de piratería a lo largo y ancho del mundo. Por ello, lo que acaba de suceder bien puede catalogarse como el macabro regreso de Morgan & Drake, los apellidos de los dos más famosos corsarios (tripulantes de barco que estaban autorizados con patente de corso para atacar barcos enemigos) y filibusteros (piratas que en el siglo XVII actuaban en el Mar de las Antillas y que no se alejaban de las zonas costeras y solo atacaban los puertos).


Corsarios de ayer…
Inglaterra como potencia mundial desde el siglo XIV fue una impulsora de la vieja piratería colonialista. Cabe recordar que hubo dos tipos de piratería, una oficial y por arriba, implementada por las potencias coloniales para saquear las riquezas en territorios rivales, y otra popular y por abajo, llevada a cabo por marineros que se rebelaron e intentaron crear otro orden en barcos y territorios liberados del dominio de las grandes potencias de la época. En rigor, el término de pirata debería reservase a los de abajo, que combatían al sistema, eran románticos, mientras que el corsario (el pirata oficial) estaba integrado al sistema dominante, lo defendía y lo sostenía.

Los principales corsarios fueron Francis Drake (1540-1596) y Henry Morgan (1635-1688) que actuaban por órdenes de la corona inglesa y cumplieron un papel activo en la disputa con el dominio colonial español en el mar Caribe. En este rol sobresalieron sus acometidas en los actuales territorios de Haití, Cuba, Venezuela, Panamá, México, Colombia, entre otros.

Una de las riquezas más apetecidas era el oro, el que como parte del botín terminaba directamente en manos de la corona británica, de la que los corsarios mencionados terminaron siendo funcionarios eficientes. No por azar los dos fueron designados con importantes títulos y cargos. Morgan fue nombrado Caballero por el rey Carlos II de Inglaterra y Teniente Gobernador en Jamaica, donde su función principal fue la de perseguir a los piratas de la zona, cuando la piratería de origen popular se convirtió en un obstáculo en el proceso de acumulación de capital y de ascenso hacia el dominio mundial para Inglaterra. Vale decir que Morgan se consideraba como un leal sirviente de su majestad y de nadie más. Por su parte, Francis Drake como corsario y traficante de esclavos, dirigió numerosas expediciones de la Marina Real Inglesa en diversos lugares del mundo, entre ellos el mar Caribe. Como premio a su labor de saqueador, la Reina Isabel lo designó Caballero Real con el título de Sir y miembro del Parlamento. Fue el típico corsario inglés, puesto que tenía patente de corso (autorización) para realizar expediciones, atracos, saqueos y robos en territorios de las colonias españolas.

Dentro de las acciones que estos emprendieron cabe recordar el saqueo en el actual territorio venezolano en el siglo XVII, el primero realizado por los corsarios oficiales del imperio inglés. Morgan saqueó los territorios de Maracaibo y Gibraltar en marzo de 1669, en donde los filibusteros cometieron numerosos crímenes contra los habitantes locales, a quienes torturaron, a algunos los quemaron vivos y a otros los ahorcaron, siempre en búsqueda del codiciado oro. Para abandonar Maracaibo, Morgan exigió tributo de quema, por el cual le debían dar una cantidad de dinero a cambio de no incendiar la ciudad y como prenda llevaban prisioneros para asegurar el pago.

Fueron estas acciones tan “nobles” las que llevaron a que Morgan fuera nombrado vicegobernador de Jamaica, lo que indicaba un cambio en la lógica de la acumulación de capital: del saqueo en mares y puertos, los corsarios pasaban a convertirse en “honrados” empresarios, que invertían en plantaciones y en comercio legal, como el tráfico de esclavos. Y, en consecuencia, los antiguos corsarios devenidos en hombres de negocios y en políticos “honorables” se dieron a la tarea de limpiar de piratas los lugares donde antes habían merodeado con sus acciones criminales. En pocas palabras, los ladrones, ahora de cuello blanco, se convirtieron en policías.

Tales fueron los invaluables aportes de Morgan & Drake a la consolidación del poderío inglés en el mundo, lo que demuestra la certeza de afirmar que el capitalismo se ha podido formar mediante el robo, el saqueo, la piratería oficial y la esclavitud. Por ello, en Inglaterra el espíritu de estos dos corsarios se mantiene hasta el día de hoy como emblema de lo que ha sido y es la cuna del capitalismo, la pérfida Albión como se denomina a Inglaterra desde 1793.

…Corsarios de hoy
Esa piratería oficial que llevan a cabo las grandes potencias, entre ellas la decadente Inglaterra, que vive de las glorias pasadas y se queda con las migajas que le dejan los Estados Unidos, el imperio que es el campeón mundial del robo y del saqueo, recurre tanto a los viejos métodos de los corsarios en alta mar y en tierra, y a “nuevos” y sofisticados métodos del “Estado de derecho” del capitalismo realmente existente.

Entre esos nuevos métodos predomina la acción del capital financiero, con sus “inmaculados” banqueros, con corbata y portafolio de cuero, sus economistas de cabecera, sus ideólogos y periodistas y, por supuesto, sus jueces y abogados. El objetivo es el mismo de los viejos corsarios: quedarse con el oro ajeno.

Eso se ejemplifica con el dramático caso de Venezuela, que viene soportando un saqueo continuo, descarado y sin compasión en los últimos años, encabezado por Estados Unidos, secundada por sus socios principales de la Unión Europea e Inglaterra y por sus lacayos incondicionales de América Latina, como la Pandilla de Lima y el obsecuente régimen de Iván Duque en Colombia. Todos a una, como en fuente ovejuna, preparan sus garras de ladrones para ver con que parte de la riqueza de Venezuela se quedan, aunque el botín llegue a los corsarios financieros de los Estados Unidos y de sus súbditos ingleses, quienes en realidad actúan como intermediarios o testaferros de los que dictamine Washington, pues son solo mandaderos a sueldo, algo así como sicarios financieros.

Eso se demuestra con los vergonzosos sucesos de las últimas semanas, cuando un juez de Inglaterra dictaminó que el oro de Venezuela no era del gobierno de ese país, sino de un usurpador, a quien nadie eligió, sino que fue escogido a dedo por el gobierno de los Estados Unidos, y a quien la comunidad internacional de delincuentes autoproclamó como “presidente encargado”. Para mostrar el descaro del robo que se acaba de consumar, valga decir que el Juez en cuestión señaló que el dinero le correspondía a la espuria Junta Directiva del Banco Central de Venezuela, que no opera en ese país sino en los Estados Unidos y en Colombia, como quien dice funciona en el reino narcoparamilitar del eje del terrorismo internacional Washington-Bogotá. En síntesis, Inglaterra le entrega el oro de Venezuela a una junta de hampones, nombrada por un usurpador que ha sido a su vez designado por Estados Unidos, el que finalmente se va a quedar con el oro, como se demuestra con el hecho denunciado hace pocos días, de que una parte de la construcción del Muro de Trump, en la frontera con México, fue construido con dineros robados a Venezuela.

Este atraco hecho en Inglaterra y por Inglaterra adquiere connotaciones de un sadismo criminal, propio de los corsarios, puesto que supone privar a la población venezolana de mil trescientos millones de dólares, indispensables para paliar la crítica situación económica que se vive en ese país. Ese dinero serviría para comprar medicinas y alimentos destinados a la población de Venezuela. Al quitar esos dineros, Inglaterra está infringiendo torturas y crímenes, peores que las realizadas por Morgan & Drake, y está matando a miles de venezolanos con una saña propia de los poderes colonialistas de Europa, y que tan bien describió Josep Konrad en su novela El corazón de las tinieblas, donde dijo cosas de mucha actualidad sobre los crímenes de los ingleses, tal como estas dos sentencias: “La conquista de la tierra en su mayor parte no consiste más que en arrebatársela a aquellos que tienen una piel distinta o la nariz ligeramente más achatada que nosotros”, y “arrancar tesoros a las entrañas de la tierra era su deseo, pero aquel deseo no tenía detrás otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte”.

De los corsarios de parche y calavera a los corsarios de corbata y computador
El comportamiento de corsarios del gobierno inglés indica que el derecho internacional ha muerto, lo que significa en la práctica que desapareció cualquier credibilidad en la “seguridad” de depositar dineros en las arcas de los bancos de las potencias. Después del vulgar atraco de que ha sido víctima Venezuela en Londres, qué gobierno del mundo periférico va a confiar en la honradez de los bancos de las potencias, que cumplen las ordenes de los amos imperialistas, con lo que demuestra en que consiste la mano bien visible del mercado, que actúa para satisfacer los intereses políticos de Ali Baba y sus cuarenta ladrones.

Es convertir la política internacional de los gobiernos de Estados Unidos y sus lacayos europeos y latinoamericanos en derecho internacional, lo que supone que son esos intereses coyunturales los que priman, desconociendo acuerdos y tratados de los Estados y reconociendo entidades paralelas y ficticias, como el caso de Juan Guaidó y su virtual Junta del Banco Central de Venezuela. Es el paso a la incertidumbre absoluta, que va a tener consecuencias imprevisibles, y sobre todo para aquellos que viven de rodillas ante el amo imperial, como los gobernantes colombianos.

Esa pérdida de confianza tiene implicaciones, puesto que Londres es la principal plaza financiara mundial en comercio de oro y al menos 30 países tienen depósitos de ese metal precioso en bancos de Inglaterra, lo que equivale al 20% del oro del mundo. Es un pésimo precedente que sea el Banco Central de Inglaterra el que niegue la devolución del oro a su legítimo propietario.

El robo que se acaba de presentar en Londres es, y debería ser, un aliciente para todos aquellos que reivindicamos el derecho de los pueblos a expropiar bancos y empresas multinacionales que saquean a nuestros países. Con el atraco de los corsarios ingleses del siglo XXI queda en añicos el argumento capitalista del respeto a la propiedad privada, de la seguridad jurídica, de la confianza inversionista y mil pamplinas de ese estilo que se repiten a diario en las universidades (en sus facultades de Derecho, Periodismo y Economía), en los pasquines pornográficos de la prensa diaria y por los políticos arrodillados de todos estos países.

Razón de sobra tenía Eduardo Galeano cuando aseguraba que “el malevaje financiero secuestra países y los cocina si no pagan el rescate. La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado”.

 

El regreso de Morgan & Drake

“Muchos piratas comenzaron su carrera en Londres”.
Stuart Robertson (Editor), La vida de los piratas. Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores.

Acaba de consumarse un nuevo acto de despojo por parte del imperialismo contra Venezuela, en este caso representado por Inglaterra con el robo de 31 toneladas de oro de este país que se encontraban depositados en El Banco de Inglaterra, valoradas en 1.300 millones de dólares. En un dictamen del Tribunal Superior del Reino Unido, el juez Nigel Teare determinó que el oro del Estado venezolano le pertenece a Juan Guiadó, puesto que este es reconocido como “presidente interino constitucional” por el reino de Isabel II.

Tamaño despropósito que significa demoler lo poco que queda del derecho internacional no debería sorprender si se tiene en cuenta la historia de despojo, saqueo y robo que ha protagonizado Inglaterra desde hace cinco siglos, en lo que se destacan sus acciones de piratería a lo largo y ancho del mundo. Por ello, lo que acaba de suceder bien puede catalogarse como el macabro regreso de Morgan & Drake, los apellidos de los dos más famosos corsarios (tripulantes de barco que estaban autorizados con patente de corso para atacar barcos enemigos) y filibusteros (piratas que en el siglo XVII actuaban en el Mar de las Antillas y que no se alejaban de las zonas costeras y solo atacaban los puertos).


Corsarios de ayer…
Inglaterra como potencia mundial desde el siglo XIV fue una impulsora de la vieja piratería colonialista. Cabe recordar que hubo dos tipos de piratería, una oficial y por arriba, implementada por las potencias coloniales para saquear las riquezas en territorios rivales, y otra popular y por abajo, llevada a cabo por marineros que se rebelaron e intentaron crear otro orden en barcos y territorios liberados del dominio de las grandes potencias de la época. En rigor, el término de pirata debería reservase a los de abajo, que combatían al sistema, eran románticos, mientras que el corsario (el pirata oficial) estaba integrado al sistema dominante, lo defendía y lo sostenía.

Los principales corsarios fueron Francis Drake (1540-1596) y Henry Morgan (1635-1688) que actuaban por órdenes de la corona inglesa y cumplieron un papel activo en la disputa con el dominio colonial español en el mar Caribe. En este rol sobresalieron sus acometidas en los actuales territorios de Haití, Cuba, Venezuela, Panamá, México, Colombia, entre otros.

Una de las riquezas más apetecidas era el oro, el que como parte del botín terminaba directamente en manos de la corona británica, de la que los corsarios mencionados terminaron siendo funcionarios eficientes. No por azar los dos fueron designados con importantes títulos y cargos. Morgan fue nombrado Caballero por el rey Carlos II de Inglaterra y Teniente Gobernador en Jamaica, donde su función principal fue la de perseguir a los piratas de la zona, cuando la piratería de origen popular se convirtió en un obstáculo en el proceso de acumulación de capital y de ascenso hacia el dominio mundial para Inglaterra. Vale decir que Morgan se consideraba como un leal sirviente de su majestad y de nadie más. Por su parte, Francis Drake como corsario y traficante de esclavos, dirigió numerosas expediciones de la Marina Real Inglesa en diversos lugares del mundo, entre ellos el mar Caribe. Como premio a su labor de saqueador, la Reina Isabel lo designó Caballero Real con el título de Sir y miembro del Parlamento. Fue el típico corsario inglés, puesto que tenía patente de corso (autorización) para realizar expediciones, atracos, saqueos y robos en territorios de las colonias españolas.

Dentro de las acciones que estos emprendieron cabe recordar el saqueo en el actual territorio venezolano en el siglo XVII, el primero realizado por los corsarios oficiales del imperio inglés. Morgan saqueó los territorios de Maracaibo y Gibraltar en marzo de 1669, en donde los filibusteros cometieron numerosos crímenes contra los habitantes locales, a quienes torturaron, a algunos los quemaron vivos y a otros los ahorcaron, siempre en búsqueda del codiciado oro. Para abandonar Maracaibo, Morgan exigió tributo de quema, por el cual le debían dar una cantidad de dinero a cambio de no incendiar la ciudad y como prenda llevaban prisioneros para asegurar el pago.

Fueron estas acciones tan “nobles” las que llevaron a que Morgan fuera nombrado vicegobernador de Jamaica, lo que indicaba un cambio en la lógica de la acumulación de capital: del saqueo en mares y puertos, los corsarios pasaban a convertirse en “honrados” empresarios, que invertían en plantaciones y en comercio legal, como el tráfico de esclavos. Y, en consecuencia, los antiguos corsarios devenidos en hombres de negocios y en políticos “honorables” se dieron a la tarea de limpiar de piratas los lugares donde antes habían merodeado con sus acciones criminales. En pocas palabras, los ladrones, ahora de cuello blanco, se convirtieron en policías.

Tales fueron los invaluables aportes de Morgan & Drake a la consolidación del poderío inglés en el mundo, lo que demuestra la certeza de afirmar que el capitalismo se ha podido formar mediante el robo, el saqueo, la piratería oficial y la esclavitud. Por ello, en Inglaterra el espíritu de estos dos corsarios se mantiene hasta el día de hoy como emblema de lo que ha sido y es la cuna del capitalismo, la pérfida Albión como se denomina a Inglaterra desde 1793.

…Corsarios de hoy
Esa piratería oficial que llevan a cabo las grandes potencias, entre ellas la decadente Inglaterra, que vive de las glorias pasadas y se queda con las migajas que le dejan los Estados Unidos, el imperio que es el campeón mundial del robo y del saqueo, recurre tanto a los viejos métodos de los corsarios en alta mar y en tierra, y a “nuevos” y sofisticados métodos del “Estado de derecho” del capitalismo realmente existente.

Entre esos nuevos métodos predomina la acción del capital financiero, con sus “inmaculados” banqueros, con corbata y portafolio de cuero, sus economistas de cabecera, sus ideólogos y periodistas y, por supuesto, sus jueces y abogados. El objetivo es el mismo de los viejos corsarios: quedarse con el oro ajeno.

Eso se ejemplifica con el dramático caso de Venezuela, que viene soportando un saqueo continuo, descarado y sin compasión en los últimos años, encabezado por Estados Unidos, secundada por sus socios principales de la Unión Europea e Inglaterra y por sus lacayos incondicionales de América Latina, como la Pandilla de Lima y el obsecuente régimen de Iván Duque en Colombia. Todos a una, como en fuente ovejuna, preparan sus garras de ladrones para ver con que parte de la riqueza de Venezuela se quedan, aunque el botín llegue a los corsarios financieros de los Estados Unidos y de sus súbditos ingleses, quienes en realidad actúan como intermediarios o testaferros de los que dictamine Washington, pues son solo mandaderos a sueldo, algo así como sicarios financieros.

Eso se demuestra con los vergonzosos sucesos de las últimas semanas, cuando un juez de Inglaterra dictaminó que el oro de Venezuela no era del gobierno de ese país, sino de un usurpador, a quien nadie eligió, sino que fue escogido a dedo por el gobierno de los Estados Unidos, y a quien la comunidad internacional de delincuentes autoproclamó como “presidente encargado”. Para mostrar el descaro del robo que se acaba de consumar, valga decir que el Juez en cuestión señaló que el dinero le correspondía a la espuria Junta Directiva del Banco Central de Venezuela, que no opera en ese país sino en los Estados Unidos y en Colombia, como quien dice funciona en el reino narcoparamilitar del eje del terrorismo internacional Washington-Bogotá. En síntesis, Inglaterra le entrega el oro de Venezuela a una junta de hampones, nombrada por un usurpador que ha sido a su vez designado por Estados Unidos, el que finalmente se va a quedar con el oro, como se demuestra con el hecho denunciado hace pocos días, de que una parte de la construcción del Muro de Trump, en la frontera con México, fue construido con dineros robados a Venezuela.

Este atraco hecho en Inglaterra y por Inglaterra adquiere connotaciones de un sadismo criminal, propio de los corsarios, puesto que supone privar a la población venezolana de mil trescientos millones de dólares, indispensables para paliar la crítica situación económica que se vive en ese país. Ese dinero serviría para comprar medicinas y alimentos destinados a la población de Venezuela. Al quitar esos dineros, Inglaterra está infringiendo torturas y crímenes, peores que las realizadas por Morgan & Drake, y está matando a miles de venezolanos con una saña propia de los poderes colonialistas de Europa, y que tan bien describió Josep Konrad en su novela El corazón de las tinieblas, donde dijo cosas de mucha actualidad sobre los crímenes de los ingleses, tal como estas dos sentencias: “La conquista de la tierra en su mayor parte no consiste más que en arrebatársela a aquellos que tienen una piel distinta o la nariz ligeramente más achatada que nosotros”, y “arrancar tesoros a las entrañas de la tierra era su deseo, pero aquel deseo no tenía detrás otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte”.

De los corsarios de parche y calavera a los corsarios de corbata y computador
El comportamiento de corsarios del gobierno inglés indica que el derecho internacional ha muerto, lo que significa en la práctica que desapareció cualquier credibilidad en la “seguridad” de depositar dineros en las arcas de los bancos de las potencias. Después del vulgar atraco de que ha sido víctima Venezuela en Londres, qué gobierno del mundo periférico va a confiar en la honradez de los bancos de las potencias, que cumplen las ordenes de los amos imperialistas, con lo que demuestra en que consiste la mano bien visible del mercado, que actúa para satisfacer los intereses políticos de Ali Baba y sus cuarenta ladrones.

Es convertir la política internacional de los gobiernos de Estados Unidos y sus lacayos europeos y latinoamericanos en derecho internacional, lo que supone que son esos intereses coyunturales los que priman, desconociendo acuerdos y tratados de los Estados y reconociendo entidades paralelas y ficticias, como el caso de Juan Guaidó y su virtual Junta del Banco Central de Venezuela. Es el paso a la incertidumbre absoluta, que va a tener consecuencias imprevisibles, y sobre todo para aquellos que viven de rodillas ante el amo imperial, como los gobernantes colombianos.

Esa pérdida de confianza tiene implicaciones, puesto que Londres es la principal plaza financiara mundial en comercio de oro y al menos 30 países tienen depósitos de ese metal precioso en bancos de Inglaterra, lo que equivale al 20% del oro del mundo. Es un pésimo precedente que sea el Banco Central de Inglaterra el que niegue la devolución del oro a su legítimo propietario.

El robo que se acaba de presentar en Londres es, y debería ser, un aliciente para todos aquellos que reivindicamos el derecho de los pueblos a expropiar bancos y empresas multinacionales que saquean a nuestros países. Con el atraco de los corsarios ingleses del siglo XXI queda en añicos el argumento capitalista del respeto a la propiedad privada, de la seguridad jurídica, de la confianza inversionista y mil pamplinas de ese estilo que se repiten a diario en las universidades (en sus facultades de Derecho, Periodismo y Economía), en los pasquines pornográficos de la prensa diaria y por los políticos arrodillados de todos estos países.

Razón de sobra tenía Eduardo Galeano cuando aseguraba que “el malevaje financiero secuestra países y los cocina si no pagan el rescate. La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado”.

 

Tras el asesinato del general Qassem Soleimani el 3 de enero, Irán anunció que ese crimen no iba a quedar impune y respondería militarmente a los Estados Unidos en cualquier momento y en cualquier lugar. La prensa occidental, vocera incondicional de Estados Unidos y de sus crímenes, argumentó que esas eran fanfarronerías, que las amenazas no iban a pasar del papel. Pero en el mes de enero se presentaron dos hechos resonantes en lo que puede llamarse la contra-ofensiva de Irán, a los que ni los Estados Unidos ni sus voceros mediáticos le concedieron importancia, intentando ocultar su alcance y no mostrar un flanco de debilidad del imperialismo estadounidense.

El primer hecho fueron los ataques con misiles que se realizaron desde Irán a bases militares de los Estados Unidos ubicadas en Irak. El primero se presentó el 8 de enero contra las bases de Ain al-Asad, las que habían sido visitadas por Donald Trump en 2018 y donde se encontraban drones tipo Reaper, los mismos que fueron utilizados para asesinar a Soleimani. Poco después se presentó otro ataque iraní en la región del Kurdistán iraquí. Aunque en su momento se informó de las respuestas militares, se les desestimó como algo anecdótico, y se aseguró, incluso por parte del propio Donald Trump, que ningún estadounidense había sido rasguñado.

Con los días se empezó a establecer la magnitud del ataque. Irán sostuvo que habían muerto unos 80 soldados de los Estados Unidos, que otros 200 habían resultado heridos, y que la base había sido reducida a cenizas. Estados Unidos ha negado que tuviera alguna perdida humana, pero le ha tocado admitir posteriormente, y a cuenta gotas, que 16 de sus soldados resultaron “con gravísimas heridas por quemaduras y metralla”.

Al margen de las cifras, quedan claras algunas cosas: los ataques fueron más contundentes de lo que se reconoce y los misiles de Irán alcanzaron sus objetivos sin que fueran derribados por las defensas anti-aéreas de los Estados Unidos. Esta es una muy mala noticia para el imperio, porque claramente quedó en evidencia su vulnerabilidad defensiva ante un ataque con los misiles que posee Irán, muchos de los cuales han sido hechos por Rusia. Aunque Estados Unidos estaba advertido del ataque, no pudo hacer nada para impedirlo y no logró derribar los misiles, con lo que queda un pésimo precedente que, de seguro, sus adversarios han tomado nota de primera mano.

Existe un segundo hecho que en la prensa occidental ha pasado de agache y sobre el que se hacen pocas menciones. Aconteció el 27 de enero en Afganistán, cuando cayó, así se dijo en un primer momento, un avión de los Estados Unidos en la remota provincia de Ghazni, a 150 kilómetros al sur de Kabul, capital de ese país. En un principio se dijo que era un avión comercial que se había estrellado. Rápidamente se desmintió que fuera un avión de pasajeros y se precisó, por fuentes externas a los Estados Unidos, que era un avión militar de espionaje.

Se trataba de uno de los cuatro Bombardier BD-700, comprados a Canadá y equipados con una sofisticada tecnología y transferencia de señales conocida como el Nodo de Comunicaciones Aerotransportadas del Campo de Batalla (BACN). Según el analista argentino Guadi Calvo, la aeronave “traduce y retransmite comunicaciones en tiempo real en el campo de batalla entre las tropas de tierra y las aeronaves en Afganistán. [Es] capaz de transmitir comunicaciones de voz, vídeo, fotografía, utilizando diferentes tipos de redes de comunicación. El avión derribado vuela por encima de los 12.000 metros, con autonomía de más de doce horas de vuelo”. No se trata un avión del montón, es un artefacto especialmente adaptado para facilitar la carnicería de los Estados Unidos. Lo significativo es que dicho avión vuela a una altura en la cual no pueden llegar los misiles que tienen los talibanes, quienes luego de su caída se proclamaron como los autores de tal hazaña.

Pero hay más: luego de su derribamiento, las tropas especializadas de los Estados Unidos no pudieron llegar al sitio para recuperar los restos, temerosos de que rusos o iraníes llegaran antes y se apoderaran de los secretos del BACN. Sin embargo, hay un dato más rinbombante, una noticia a la que no se le ha dado la importancia que tiene: en el avión derribado viajaba el jefe de la CIA en la sección de Irán, el mismo que había participado en la organización del asesinato de Soleimani, tres semanas atrás.

Michael D'Andrea, un “asesino profesional” al servicio de los Estados Unidos, con un impresionante prontuario: ingreso a la CIA en 1979, participó activamente en el programa de torturas que Estados Unidos desplegó después del 11 de septiembre de 2001, día en que fueron derribadas las Torres Gemelas. Lo conocían con varios alias: el 'Ayatolá Mike', el 'Principe Oscuro' y 'El Enterrador'. Estaba al frente del programa de asesinatos con drones en Yemen y Pakistán que concretaron la muerte de cientos de personas inocentes. Eran tan criminal, que su nombre fue revelado en el 2015 por el New York Times, pues en las operaciones que lideraba fueron asesinados con un dron dos cautivos occidentales de Al Qaeda, el estadounidense Warren Weinstein y el italiano Giovanni Lo Porto.

El 28 de enero murió un “halcón de la CIA” que había participado en el asesinato del general Soleimani. ¿Puede eso considerarse como una coincidencia? Difícilmente, porque un avión como en el que viajaba D'Andrea, no se cae todos los días, ni de repente, y tampoco puede ser derribado por cualquier grupo armado. Para hacerlo se necesita inteligencia y cierta tecnología, que en este caso puede presumirse, con bastante seguridad, que las dos cosas procedieron de Irán de forma indirecta o directa. Otro pésimo antecedente para los Estados Unidos que demuestra su vulnerabilidad, pese a que la propaganda mediática todos los días diga lo contrario. Lo único bueno de la noticia es que tenemos un asesino menos de la CIA haciéndole mal al mundo. ¡Siempre es que Ala es grande!

Thursday, 19 December 2019 00:00

La guerra contra los niños pobres

Sus nombres no les dicen nada a los colombianos. Nadie sabe quiénes fueron ni qué hicieron en su corta vida. Nunca han sido registrados por la propaganda mediática que nos bombardea a diario con las estupideces de las vedettes y sus crudas frivolidades. Forman parte de los nadies, de los ninguneados, de aquellos que no tienen voz y a los que con toda la impunidad se les humilla, explota y asesina. Son el reflejo a nivel micro de la Colombia olvidada, en la cual los pobres, trabajadores, campesinos… soportan la desigualdad, injusticia, miseria y antidemocracia que carcome a la sociedad de este martirizado país, y que sustenta a una minoría criminal que desde siempre ha recurrido al terrorismo de Estado para mantener sus riquezas.

La hija de trabajadores
María Edilma Zapata, una niña de 10 años, fue una de las doce personas asesinadas por el Ejército el fatídico sábado 23 de febrero de 1963. Ese día, las tropas al servicio de los empresarios del cemento, desempeñándose como esquiroles, hicieron pasar a la fuerza camiones cargados de cemento, cumpliendo las órdenes del gobernador de Antioquia, Fernando Gómez Martínez (dueño del periódico El Colombiano y accionista de Cementos Argos), quien había dicho que el cemento salía así hubiera que pasar sobre los cadáveres de los trabajadores. Y así se hizo. En lugar de atender los modestos reclamos de los trabajadores en huelga, el Ejército los masacró cuando disparó a mansalva y de manera indiscriminada contra la gente que se encontraba en la entrada de la cabecera municipal de Santa Bárbara, tratando de impedir el paso de los camiones que rompían la huelga. Las balas oficiales mataron a una docena de trabajadores y habitantes del pueblo. Entre los muertos estaba María Edilma Zapata, la hija del trabajador y dirigente sindical Luis Eduardo Zapata.

Como suele suceder con el terrorismo de Estado a la colombiana, tanto los voceros del Ejército como los funcionarios civiles justificaron la masacre arguyendo que la tropa había sido atacada por los huelguistas, y que, en legítima defensa, se habían visto obligados a disparar contra los trabajadores que los agredían. Entre los que emboscaron al Ejército se encontraba la pequeña niña que, según la versión del Gobernador, no murió por disparos oficiales sino por una pedrada, una falacia que fue desmentida por los médicos legistas. Para completar, el mismo gobernador felicitó a los asesinos diciendo que habían cumplido con su deber de manera ejemplar, puesto que habían repelido una huelga organizada por los comunistas. Como siempre, este crimen de Estado quedó en la impunidad y sus responsables intelectuales y materiales, entre ellos Belisario Betancourt Cuartas, por entonces Ministro de Trabajo, son presentados como “insignes patriotas”. A la niña asesinada escasamente se le nombró para enlodar su nombre y el de su padre en el momento del crimen. Solamente quedó en la memoria de los trabajadores de Cementos El Cairo, que cada 23 de febrero recuerdan la masacre de 1963.

La hija de campesinos
56 años después sucedió otra horrenda masacre perpetrada por las Fuerzas Armadas de Colombia, en la que fueron despedazados 18 niños y adolescentes. Aconteció la noche del 29 de agosto de 2019 en San Vicente del Caguán (Caquetá), cuando desde nueve aviones caza fueron lanzadas numerosas bombas, cada una de ellas de 250 libras, con una potencia mortífera capaz de exterminar todo rasgo de vida que se encuentre a 50 o 75 metros de distancia. Esa explosión dejó un cráter de 200 metros de extensión y 12 metros de profundidad, y pulverizó, literalmente, a los seres humanos que se encontraban en el campamento guerrillero.

Entre los masacrados estaba Ángela María Gaitán, de 12 años de edad, quien estudió hasta segundo de primaria. La última vez que su madre la vio y habló con ella, la niña le dijo: “Yo no quiero morir ni que les pase nada a ustedes, mamá váyase ya”. A los pocos días su madre se enteró de que ella estaba entre los masacrados el 29 de agosto. Ese día, según lo describió Noticias Uno, miembros de la comunidad campesina aledaña al sector donde se realizó la operación, señalaron que “en el campamento se encontraban entre 16 o 18 niños, y no ocho”. Además, “tres niños alcanzaron a sobrevivir el bombardeo y huyeron corriendo, pero luego fueron perseguidos por soldados con perros y drones, quienes luego los acribillaron con disparos”.

Cuando se presentó este nuevo crimen de Estado, el subpresidente Duque afirmó que: "Quiero informarles a ustedes y al país que anoche autoricé al comando conjunto de operaciones especiales adelantar una operación ofensiva contra esta cuadrilla de delincuentes narcoterroristas residuales de las Farc […] gracias a esa labor, estratégica, meticulosa, impecable, con todo el rigor, cayó Gildardo Cucho, cabecilla de esa organización […] Quiero felicitar a nuestros héroes del país, gracias por responderle a Colombia". Es decir que esta acción criminal, bautizada como operación Atai, que es tipo beta y que requiere de autorización presidencial, fue ejecutada por órdenes directas del subpresidente.

Después de la renuncia del Ministro de Defensa Guillermo Botero, el nuevo criminal de guerra, Duque escupió sobre los niños masacrados cuando felicitó al mencionado personaje: “Pero que sea esta la ocasión también para rendirle hoy acá un homenaje al exministro de Defensa Guillermo Botero Nieto", quien "le ha dejado al país una gran lección de vida". Semejante cinismo queda en los anales universales de la infamia, puesto que precisamente lo que ese personaje ha dejado es una terrible lección de muerte, realizada con los atenuantes de la premeditación y la alevosía. Esa fecha tenebrosa debe quedar como emblema de la guerra que el bloque de poder contrainsurgente (Estado y clases dominantes) libra contra los niños pobres en Colombia.

Infanticidio de clase
Los asesinatos de estas dos niñas son una muestra dolorosa de esa prolongada guerra contra los niños pobres, un verdadero infanticidio y juvenicidio con un claro sello de clase, cuyos blancos son trabajadores, campesinos, habitantes pobres de las ciudades. La tragedia de estas dos pequeñas, y de sus familias, es un símbolo de la tragedia colombiana, en cuyo trasfondo figura un prolongado terrorismo de Estado, el hilo bien visible que conecta los últimos 70 años de la historia colombiana. Y el infanticidio contra los pobres y humildes es otro de los componentes de ese terrorismo de Estado. Por ello, María Edilma Zapata y Ángela María Gaitán, dos humildes niñas de este país, han sido asesinadas, porque su delito ha sido ser pobres. Por eso nadie las llora ni las recuerda, pero, por lo mismo, deben figurar en la memoria de todos aquellos que han caído por la acción genocida del Estado colombiano. Y su ternura, destruida por las ruines balas y bombas de los asesinos oficiales, con más de medio siglo de diferencia, conecta emocionalmente la historia contemporánea de Colombia para quienes sentimos y padecemos el dolor y el sufrimiento de habitar este terrible país.

Los migrantes se convierten en noticia mundial, de efímera duración, cuando mueren decenas o cientos de seres humanos tratando de alcanzar una frontera esquiva en cualquier lugar del mundo, como en el mediterráneo europeo, en el norte de México o en Turquía… Son imágenes de dolor las de los niños ahogados, solos o junto con sus padres, o las de niños enjaulados en el “país de la libertad” (Estados Unidos), o las de familias enteras que marchan con lo que llevan puesto y unos pocos enseres, dejando atrás el territorio donde nacieron y vivieron, y al que no volverán a ver en mucho tiempo o quizás nunca más.

Esas imágenes, que de vez en cuando circulan en los medios de desinformación mundiales, parecieran no responder a ninguna lógica, ser producto de la mala suerte, no estar relacionadas entre sí, como si fueran resultado de hechos aislados y fortuitos. Esto es lo que se nos quiere hacer creer, porque la desgracia de las migraciones sí tiene explicación, la que se encuentra relacionada con el accionar del capitalismo, cuya lógica destructiva y desigual en el plano mundial origina la movilidad forzada de millones de seres humanos en el planeta entero, en la que predomina la tendencia a que los pobres busquen escapar de los lugares en que viven (inhabitables, contaminados, asolados por la guerra y la muerte y donde no existe ninguna perspectiva de que la situación vaya a mejorar), para dirigirse a los paraísos capitalistas, donde esperan encontrar una vida mejor y asegurar su subsistencia. Esta utopía en general no se corresponde con la dura realidad, pues tendrán que soportar nuevas y viejas formas de opresión y explotación.

En los países capitalistas centrales (de Europa y Estados Unidos) y en países rentistas (como Arabia Saudita) sí que se sabe qué puede hacerse con esos millones de trabajadores expulsados por las buenas o por las malas de sus hogares, puesto que esa es la reserva laboral (abundante y barata) que requieren para mantener sus economías y para realizar los trabajados domésticos y de cuidados, indispensables para garantizar la reproducción de esas sociedades.

Las mujeres migrantes desempeñan un papel esencial en las actividades de cuidados, por lo que puede hablarse de un intercambio desigual de afectos que se complementa con el intercambio económico (y ecológico) desigual que resulta de la relación entre los países capitalistas centrales y los países periféricos. Las mujeres y sus familias son las que soportan esta dura realidad poco nombrada, pero que hace parte del “costo oculto” de las migraciones y que vale la pena examinar. Sin las mujeres, literalmente, la economía capitalista mundial no podría funcionar.

Trabajo de cuidados y cadenas globales de cuidados
En el capitalismo de nuestros días es primordial el trabajo de cuidados que se desempeña principalmente en el hogar, y que involucra actividades como cocinar, planchar, lavar la ropa y la loza, servir alimentos, limpiar espacios y objetos, y atender a niños, ancianos, enfermos, discapacitados o mascotas. Gran parte de ese trabajo es realizado por mujeres, tanto el de su propio hogar como el de otros hogares o sitios de trabajo en los cuales se ha implantado la lógica del servicio doméstico, como sucede en escuelas, colegios y centros geriátricos…

Aunque cada país tiene un mercado laboral interno de los cuidados, el capitalismo ha construido cadenas globales de cuidados. Estas cadenas podrían definirse en forma escueta como el establecimiento de vínculos personales y afectivos de tipo laboral (sea o no remunerado) entre personas pertenecientes a distintos países (a menudo situados en diversos continentes), para desempeñar labores de cuidado, principalmente de tipo doméstico, y servir a quienes en esta relación cuentan con los recursos económicos y cierto tipo de poder para hacerse a dichos servicios (prestados por mujeres en su abrumadora mayoría).

La constitución de las cadenas globales de cuidados está relacionada con varias modificaciones en la economía capitalista mundial. Por una parte, la incorporación de grandes cantidades de mujeres en los países centrales al mercado laboral, lo que implica que muchas familias puedan contratar a mujeres provenientes del extranjero para que realicen las labores domésticas; asimismo, se destaca el envejecimiento de la población, lo cual requiere una gran cantidad de trabajadoras para atender a ese segmento de la población, que se incrementa en forma sostenida. Por otra parte, ha cambiado la configuración de las migraciones internacionales con el aumento de mujeres jóvenes que se trasladan de un país a otro, de un continente a otro. Adicionalmente, estas mujeres, que generalmente son madres jóvenes sin compañero sentimental, se ven obligadas a migrar fuera de su país por las difíciles condiciones de trabajo y de vida que soportan.

La paradoja del dar afecto a otros y no a los suyos
Las mujeres jóvenes parten fuera con diversos rumbos, algo que se da tanto de Sur a Norte como de Sur a Sur. Mujeres sudamericanas viajan a Estados Unidos o a los países europeos; peruanas y bolivianas se van para la Argentina; filipinas se van a trabajar a Arabia Saudita; o centroamericanas terminan como empleadas domésticas en el sur de México.

Al margen de esos variados destinos geográficos, una cosa sí es clara, siempre sucede lo mismo: las mujeres que migran como trabajadoras domésticas y de cuidados en el extranjero, abandonan de manera forzosa a sus hijos y parientes, para ir a cuidar a los hijos y parientes de otros. Esto puede hacerse en condiciones de trabajo asalariado, usualmente mal remunerado, o incluso pueden terminar convertidas en esclavas o semi-esclavas de sus “civilizados patrones”. Y quienes las reemplazan en la labor de cuidar a sus hijos son otras mujeres, más pobres que las que partieron, que son sus hermanas, madres, tías o primas. Estas, a su vez, asumen el cuidado de los que no son sus hijos. Tal es el brutal costo de la migración de las mujeres: abandonar la labor de acompañar, formar y educar a sus propios hijos, a los cuales verán tiempo después, solamente a través de internet (como si el afecto corporal de una madre pudiera sustituirse con relaciones virtuales), o no volverán a ver nunca.

Un aspecto importante en este intercambio desigual de afectos, radica en que los cuidados no desaparecen, simplemente se transfieren, lo que tiene consecuencias para toda la vida, tanto para las madres que migran como para los hijos que quedan. Es un hueco imposible de llenar, por más que las madres sustitutas hagan su mejor esfuerzo.

Por su parte, los hogares donde se emplean a las mujeres migrantes tienen una doble “ganancia”: siguen manteniendo la unidad maternal, puesto que la madre natural regresa en las horas de la noche, luego de trabajar, y acompaña a sus hijos los fines de semana, con lo que eso implica en términos filiales y afectivos; y, para completar, bebés, niños y jóvenes reciben el afecto de la mujer migrante, afecto del que ya no gozan ni podrán disfrutar sus propios hijos. Esto es lo que podemos caracterizar como el intercambio desigual de afectos, un rasgo detestable del capitalismo contemporáneo.

Wednesday, 14 August 2019 00:00

Fútbol traqueto

Ha terminado otra versión de la Copa América de Fútbol, y la participación colombiana ha estado acompañada de una mancha vergonzosa, la amenaza de muerte a un futbolista por haber errado un cobro desde el punto penal. Este tipo de violencia en el fútbol se ha convertido en moneda corriente en los últimos treinta años, si tomamos como punto de referencia lo acaecido el 15 de noviembre de 1989, cuando fue asesinado, luego de un encuentro futbolero en la ciudad de Medellín, el árbitro Álvaro Ortega por orden directa del narcotraficante Pablo Escobar, que lo consideraba responsable de la pérdida de un partido del Independiente Medellín.

Desde ese suceso el fútbol en Colombia, como nuestra sociedad, empezó a ser dominado por la lógica traqueta, que hoy lo cubre de la cabeza a los pies. Entre los hechos más vergonzosos se encuentra el asesinato del futbolista Andrés Escobar, que fue ultimado por sicarios en Medellín, en pleno mundial de 1994, cuando había regresado luego de la eliminación de la selección, certamen en el cual Escobar había cometido el “terrible crimen” de hacer un autogol, en un juego que Colombia perdió frente a Estados Unidos por un marcador de 2-1. Esa fue la sentencia de muerte del defensa del Atlético Nacional, quien alguna vez dijo: “A mí me gusta el fútbol, porque a diferencia de los toros en el futbol no matan a nadie”. En 1996 fue asesinado por otros sicarios el exfutbolista Felipe Pérez, campeón con el Atlético Nacional en 1989, quien se había desempeñado como sicario de Pablo Escobar. El listado de futbolistas asesinados es un interminable rosario, entre los cuales pueden nombrarse a Omar Cañas (1993) y Albeiro Usuriaga (2004).

Los asesinatos de un árbitro y de numerosos futbolistas son solo la punta del iceberg, lo más ruidoso del fútbol colombiano, pero el problema es más agudo, en la medida en que la lógica traqueta lo ha invadido completamente, a diferencia de lo que sucede en el resto de países. El fútbol se hizo traqueto desde el momento en que los clubes profesionales fueron comprados y manejados por capos de la mafia, hasta el punto que prácticamente ninguno de esos equipos estuvo al margen de la influencia de narcotraficantes y paramilitares desde mediados de la década de 1980, una influencia que se mantiene a distintos niveles. Esta nueva dirigencia le apostaba a ser ganadora, sin importar lo que hubiera que hacerse para lograrlo, incluyendo matar árbitros y futbolistas. Ganar a como dé lugar, sin importar los medios, podría pensarse que no es exclusivo del fútbol que se practica en Colombia, puesto que en otros países del mundo se ha llevado a cabo. Pero en Colombia el asunto ha adquirido unos ribetes criminales que no tienen parangón con ningún otro lugar, aquí la vida es lo que está en juego, en medio de macabros rituales de violencia.

Dirigentes, dueños de los clubes (a menudo políticos con vínculos directos con narcos y paramilitares), futbolistas, periodistas deportivos, y los propios aficionados han hecho suya esa lógica traqueta, lo cual puede constatarse en los campeonatos internacionales en los cuales participa la Selección colombiana de Fútbol. Ya se ha establecido como una condición que donde juega esa selección algo fuera de lo deportivo tiene que suceder, siempre queda una estela de muerte y violencia (física y simbólica), que nos debería avergonzar ante el mundo. No por azar, las celebraciones de cada victoria en nuestro país, vienen acompañadas de muchos muertos; así sucedió el 23 y 24 de septiembre de 1993, luego del triunfo 5-0 contra Argentina, cuando en la ciudad de Bogotá hubo 120 muertos (en promedio 24 fallecidos por cada gol); en el Mundial de 2014, en cada partido ganado por la Selección hubo un promedio de nueve muertos y decenas de heridos; en el Mundial de 2018, al mismo tiempo que se jugaba el partido entre Colombia e Inglaterra, fueron asesinados en sus casas varios líderes y lideresas sociales.

Un deporte de multitudes que debería convocar a la confraternidad pero se ha convertido en un peligroso espectáculo. Ha dejado de ser un juego, un deporte y un espectáculo. Y aquellos que son considerados responsables de que no se logre un triunfo, en el mejor de los casos se les amenaza, como sucedió con el defensa Carlos Sánchez en 2018, luego de haber cometido una falta penal que significó su expulsión en el partido contra Japón. En esa ocasión, la aleve amenaza, para más señas, vino acompañada con una foto del asesinado Andrés Escobar.

No hay espacio para los perdedores, tenemos que ganar a toda costa, y como en el caso de la sociedad, eso es alimentado por esos sicarios con micrófono que son los locutores y comentaristas de fútbol, que fanatizados con la camiseta de la Selección, presentan un encuentro de fútbol como un duelo a muerte, en donde no hay espacio para reconocer a los contrincantes y en aras de que ganen sus patrocinadores –por ejemplo los productores de cerveza, como Águila–, encumbran artificialmente a la Selección y a sus futbolistas, con lo cual preparan el terreno para que una derrota sea vista como algo injusto, en razón de lo cual hay que buscar culpables de tales pérdidas.

Eso mismo ha vuelto a suceder por estos días, con la amenaza a William Tesillo, sentenciado por haber errado un cobro de penal contra Chile, que a la postre significó la eliminación de la Selección colombiana. En las redes antisociales, ese refugio anónimo de los cobardes le enviaron al jugador y a su familia muestras de cariño de alto nivel, como la que circuló en Instagram: “Perro Hpta espero le pase como Andrés Escobar perro Hpta”. Pero como el carácter traqueto de nuestro fútbol afecta a toda la sociedad, otra muestra es la del ejemplar comportamiento de los aficionados colombianos en los estadios del mundo donde juega la Selección y donde queda una huella imborrable de vergüenza y vulgaridad. En Rusia, aficionados portando la camiseta amarilla hicieron circular por las redes el insulto machista y misógino a una japonesa, a la que supuestamente enseñaban a hablar castellano, con el estribillo, “soy bien perra, más puta”. En Brasil, mientras jugaba la Selección, aficionados colombianos se peleaban e insultaban entre ellos, como muestra de querer solucionar cualquier problema a la colombiana.

Que el carácter traqueto de la cultura colombiana haya colonizado el fútbol desmiente la afirmación del escritor catalán Manuel Vásquez Montalbán, quien alguna vez dijo que “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño". En el caso de Colombia alrededor del fútbol, y por el fútbol, sí que se hace daño, tanto dentro como fuera del país. Ese es el precio que se paga por haberlo convertido en una actividad que forma parte de nuestra cultura traqueta, tan violenta y corta de miras, y por ello se amenaza de muerte a un futbolista que ha errado un penal, dado que para los traquetos hay que ganar siempre porque como en el pensamiento positivo, no se acepta ni la derrota ni el fracaso.

Las imágenes diarias y cotidianas son contundentes: en cualquier lugar del mundo y a toda hora hombres y mujeres son atropellados por automóviles, caen en los huecos de las calles, se estrellan contra postes o contra otros seres humanos. Diariamente perecen (¿o se suicidan?) decenas o centenas de seres humanos como resultado de estos “accidentes”, normalmente evitables. El motivo es idéntico, ya que las personas que mueren o quedan heridas, segundos antes estaban ensimismadas mirando el Smartphone e iban cabizbajos sin tener la más elemental precaución sobre lo que sucedía en el mundo exterior.

Esto no es algo anecdótico, sino que marca un verdadero salto atrás en el proceso de evolución humana, puesto que ha surgido una variante de nuestra especie, que puede ser bautizada como Homo absortus, que se caracteriza por andar siempre mirando en dirección al suelo, o más exactamente al infaltable teléfono móvil. Como lo hubiera dicho Pierre Paolo Pasolini, estamos viviendo una mutación antropológica, por la generalización de ese insoportable aparatejo que supuestamente fue hecho para comunicar, pero que en realidad produce una incomunicación total y la completa desconexión de la realidad, que los sujetos que solo están conectados confunden con la realidad virtual.

El retroceso evolutivo es notable si se recuerda que Homo erectus, en sentido estricto, fue un género de la familia de los Homínidos que nos antecedió, un antiguo pariente nuestro, que surgió hace unos dos millones y medio de años. Usaba instrumentos, dominaba el fuego, tenía una estatura de 1.80 metros y una capacidad craneana de 1200 centímetros cúbicos. Caminaba imponente con su cuerpo erguido, mirando con cautela a su alrededor, era cazador y se alimentaba de animales como el mamut. Homo erectus fue el primero en desplazarse durante largos trechos y el primero de nuestros antecesores que abandonó su lugar de origen, el norte de África. Como ha dicho el biólogo Daniel Lieberman: “fue el primer antepasado que podemos caracterizar como significativamente humano”.

En sentido amplio nosotros somos, o lo habíamos sido hasta ahora, Homo erectus, denominación usada para destacar nuestra posición bípeda al andar, como uno de los atributos físico evolutivos que nos distinguen como Homo Sapiens. Caminar en nuestra historia evolutiva se ha relacionado con pensar, trabajar y ver el mundo exterior con nuestros ojos. Por eso, los primeros seres humanos que existieron se extasiaban mirando el cielo, las estrellas, los árboles, el mundo circundante, lo cual era a la vez una cuestión de supervivencia y de admiración de las maravillas del mundo.

Se hizo tan famoso el mirar las estrellas como parte de la reflexión humana que se cuenta que Tales de Mileto, uno de los primeros filósofos de la antigüedad griega, se encontraba concentrado en observar el firmamento y de repente cayó en un pozo de su jardín, por no divisar el suelo por el que caminaba. Tracia, la esclava y cocinera del filósofo, al verlo caído en el pozo se burló de él y, según Platón, le dijo: “Tanto preocuparse por conocer las cosas del cielo, que se te ha quedado oculto lo que está bajo tus pies”.

Ahora no caemos al suelo por mirar las estrellas o meditar, sino por estar pegados fijamente en el celular, algo más trivial para nada relacionado con la grandeza del pensamiento y de la reflexión filosófica. Se ha perdido el sentido profundo de la contemplación y de la observación para quedar sumidos y sometidos a la dictadura omnipresente del móvil, al que se debe mirar cada instante, como si de ello dependiera la vida misma, y en muchos casos así es, porque, por ejemplo, se muere en el intento, atropellado por un automóvil, cuyo conductor también está pegado al celular. El capitalismo y sus tecnologías de la incomunicación han creado un ejército de zombis, especie de muertos vivientes, que caminan como simios en las atascadas ciudades del mundo.

Charles Darwin había dicho en 1871 que el bipedalismo fue la característica que nos situó por encima de otros simios (y tuvo más importancia que el tamaño cerebral, el lenguaje o el uso de herramientas), porque nos liberó las manos para hacer diversas cosas, como tomar un fruto, escarbar la tierra, cargar cosas… Si eso fue así, hoy estamos en el camino de regreso, porque no solamente se está abandonando la posición erguida, sino que además las manos se han limitado a desempeñar solo una actividad rutinaria y mecánica: chatear en el celular.

De tal manera que el cuerpo humano adopta posiciones simiescas al caminar por la utilización del móvil en el desplazamiento cotidiano, y la mano se le ha convertido en un simple instrumento que activa las teclas de un celular, con cuyo accionar esquizofrénico también se daña, como se evidencia con la generalización de nuevas enfermedades, tales como la tendinitis y el síndrome del túnel carpiano. El uso compulsivo del celular no solo afecta a los pulgares sino a toda la mano, la parte media del antebrazo, el cuello, la nuca, la parte trasera de los hombros y puede producir lesiones en las terminaciones nerviosas que salen de la columna vertebral. Que más puede esperarse cuando el pulgar, un extraordinario y exclusivo órgano nuestro que contribuye a diferenciarnos anatómica y socialmente de los demás animales, ha sido reducido a un simple instrumento para chatear y wasapear. Esto es una prueba más de nuestra preocupante involución que, como van las cosas, nos puede llevar a caminar como los gorilas y a andar con las manos vendadas de manera permanente.

Monday, 10 June 2019 00:00

A comer y beber glifosato

Distintos funcionarios del régimen del sub presidente Iván Duque se han destacado en los últimos meses por sus grandiosas contribuciones a la cultura universal, como muestra fehaciente de su basto (no vasto, por supuesto) saber y de la sólida educación humanística, artística y científica del equipo gobernante que dirige al país más feliz del mundo.

El que da ejemplo de brillantez intelectual, como cabeza pensante de este gran equipo de gobierno, es el propio sub-presidente, quien ha hecho dos declaraciones memorables. La primera en París en plena sede de la Unesco, cuando disertando sobre las bondades de la economía naranja dijo con plena seguridad: “Y nos remontamos a lo que llamamos las siete íes. ¿Y por qué siete? Porque siete es un número importante para la cultura. Tenemos las siete notas musicales, las siete artes, los siete enanitos. Mejor dicho, hay muchas cosas que empiezan por siete”. Este fabuloso descubrimiento conceptual merece un doble Premio Nobel de Economía y de Literatura, ya que demuestra su amplio conocimiento de la narrativa universal.

Este importante hallazgo fue complementado en enero de este año al recibir a ese demócrata de los Estados Unidos, Mike Pompeo, humanista experto en recomendar caricias a los amigos de los Estados Unidos que disfrutan de vacaciones en sus hoteles de cinco estrellas, como el de la base de Guantánamo. En esa ocasión Duque dijo: “Hace 200 años el apoyo de los padres fundadores de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial y hoy recibir este segundo día de 2019 con su visita nos llena de alegría y de honor, esta relación bilateral la tenemos que seguir fortaleciendo todos los días”. Con esta afirmación Duque ha hecho una decisiva contribución a la reinterpretación de la historia de Colombia, que muestra que, como complemento a sus dotes innatos de estadista, es un investigador social de renombre internacional.

Pero quien encabeza el listado de luminarias del gobierno de Iván Duque es de lejos su vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, quien ha descollado en los últimos meses por una serie de rutilantes afirmaciones que, aparte de mostrar a la luz pública su incomparable inteligencia (propia de la inteligencia superior de los uribeños), se constituyen en unos extraordinarios aportes al conocimiento no solo de los colombianos sino con toda seguridad de la humanidad en su conjunto. Una de sus contribuciones más notables fue anunciada en su visita a Washington, ante los amos imperiales, y se refiere al fabuloso descubrimiento de que el glifosato es una sustancia alimenticia.

Este, sin duda alguna, puede considerarse como el mayor descubrimiento que haya hecho la ciencia colombiana en todos los tiempos. Ese descubrimiento ha probado, sin ningún manto de duda, que el glifosato, un producto químico que se usa en la agricultura y la ganadería para destruir plagas, es en verdad un nutritivo alimento, lleno de proteínas y de virtudes dietéticas, que alimenta a gentes de todas las clases, edades y razas. Ahí estriba la sustancia de este descubrimiento, puesto que hasta ahora los críticos (comunistas y ecologistas) decían sin pruebas de ninguna clase que el glifosato era un producto contaminante, que genera cáncer y otras enfermedades. Esas son mentiras y calumnias de resentidos que solo buscan hacerle daño a la libre empresa, y para ello se apoyan en científicos e investigadores de quinta categoría que se han dejado manipular para enlodar a empresas de tanta ética y compromiso humano y social como lo son Bayer y Monsanto.

Ahora Marta Lucía Ramírez ha comunicado al mundo, con la modestia que caracteriza a los verdaderos sabios, que el glifosato es una bebida sana y un alimento nutritivo, al decir que “si usted se toma 500 vasos de agua al día, le aseguro que también se enferma”, con lo que enfatizó que el glifosato es benigno, una bebida apetitosa que puede tomarse varias veces al día para mejorar el funcionamiento de los sistemas digestivo e inmunológico. El glifosato puede consumirse en forma de bebida, rociando una cierta cantidad (entre más amplia más alimenticia resulta) en un poco de agua, preparándola en forma de batido, ya que puede combinarse con apio, manzana, zanahoria, mango, papaya o la fruta que a mano se tenga. El glifosato también puede usarse para preparar galletas, panes, colaciones, lo cual le confiere un sabor y un gusto especial, que es muy atractivo sobre todo para los niños y mujeres embarazadas. Puede servir de aliño en amasijos, tamales, envueltos, ayacos de mazorca y otros productos de la gastronomía colombiana.

Prueben su amplio radio de acción alimenticia, que no se arrepentirán, porque está confirmado que el glifosato nutre más que cualquiera de las sustancias hasta ahora conocidas en el mundo entero. Hasta tal punto es indiscutible que entre los comensales que aseguran que consumen glifosato diario se encuentran el embajador de los Estados Unidos y el personal de esa embajada en Colombia, los embajadores criollos ante Donald Trump, Francisco Santos y Alejandro Ordoñez

(este en la OEA), y el Ministro de Relaciones Exteriores Carlos Holmes Trujillo. Incluso, las malas lenguas comentan que un consumidor asiduo del glifosato es el ex Fiscal Néstor Humberto Martínez, quien a veces invitaba a sus amigos a saborearlo, con una formula especial de su propia cosecha, que incluía entre los ingredientes de su pócima secreta, al cianuro. Y si los ricos y poderosos degustan el glifosato, ¿por qué se quejan los pobres de que se les vierta en grandes cantidades?

Ahora que gozan de tanta fama los batidos, la Vicepresidenta recomienda que todos los colombianos disfrutemos todos los días en las primeras horas de la mañana de un nutritivo néctar de glifosato, que puede combinarse con muchas cosas, puesto que es un producto muy versátil. La misma Marta Lucía Ramírez con plena seguridad bebe sin falta unos cuantos vasos rociados con glifosato, con lo que mantiene la cordura y sobre todo ese equilibrio mental que tanto la caracteriza.

De tal manera que los gobiernos de los Estados Unidos y de Colombia, al fumigar con glifosato los campos colombianos durante dos décadas, no solo buscaban erradicar la “mata que mata” (la hoja de coca), como reza la propaganda corporativa, sino que además estaban proporcionándole nutrientes, proteínas y minerales sanos a los ignorantes campesinos criollos, que son tan malagradecidos que no entienden lo que significa este tipo de ayuda alimentaria.

No se crea que lo que dice la Vicepresidenta son ocurrencias, sino resultado de exhaustivas, profundas y rigurosas investigaciones, que la llevaron a presentar en público el gran descubrimiento de su vida, y que de seguro la catapultará por los siglos de los siglos en el panteón de los grandes científicos y sabios de todos los tiempos.

Es por eso que, como complemento alimenticio de la equilibrada dieta de los colombianos pobres, de ahora en adelante a comer y beber glifosato, con lo cual se garantiza que pasaremos a estar entre los países más nutritivos del planeta, si tenemos en cuenta que Estados Unidos y su súbdito, Iván Duque, están haciendo hasta lo imposible para que se vuelva a esparcir el glifosato sobre los campos colombianos.

Las selfies son una de las derivaciones de las innovaciones microelectrónicas presentadas como una notable expresión de libertad individual. Una de sus aristas perversas, y del capitalismo en general, es el incremento de muertes por las fotografías extremas. Una investigación realizada en los Estados Unidos registra 259 muertes en el mundo, ocasionadas por tomarse selfies en el período transcurrido entre 2011 y 2017. Esta cifra, que debe ser considerada como conservadora, indica la magnitud de lo que está ocurriendo con la utilización de esta “nueva tecnología” de la muerte. Vale la pena preguntarse qué está detrás de esta epidemia de suicidios, y qué relación tienen con el capitalismo.

La tecnología y la imposición del individualismo compulsivo
El capitalismo representa la imposición del individualismo compulsivo, entendido como la creencia ilusoria de que en la sociedad solo existen los seres individuales, como lo proclamó Margaret Thatcher, una de las vedettes (artistas de espectáculo) del capitalismo realmente existente. De eso se deriva la suposición de que el individuo es el centro del mundo, y nada puede oponerse a sus designios de maximización de ganancias, acumulación, superación y ruptura de cualquier límite.

El individualismo egoísta, posesivo y hedonista es una característica central de la ideología capitalista. Solo existe el “yo” y no el “nosotros”, lo cual quiere decir que mi existencia individual es más importante que cualquier grupo o colectivo humano, y de eso se deriva que a diario se deba (de) mostrar que el “yo” (el individuo) es el centro del universo. No importan los lazos sociales, ni vínculos de solidaridad, fraternidad o ayuda mutua. Eso es cosa del pasado, porque ahora solo vale y existe lo que haga un individuo, el que necesita mostrar a cada rato su presencia, porque de lo contrario se considera frustrado o incompleto.

Para hacerse notar, el “yo” cuenta con dispositivos técnicos que se encargan de potenciar y difundir su presencia en el mundo, y el más poderoso de esos dispositivos técnicos es el celular, por la difusión de imágenes visuales que muestran de manera instantánea y directa todo cuanto hace una persona, hasta sus actos más privados, que ahora son puestos a la vista pública sin pudor alguno. Con la utilización de las nuevas tecnologías se pierde la idea de dignidad, de auto-estima, de respeto, y se proclama que lo privado ya no existe, que cualquier acto de nuestra vida debe darse a conocer a los cuatro vientos, por medio de las fotos que un individuo se tome de sí mismo y difunda a través de las redes. Lo que antes se consideraba de la esfera privada, y hasta de la intimidad de las personas (como su vida sexual), hoy debe compartirse con la pretensión de demostrar que se es importante.  

Por eso, se ha impuesto una especie de voyerismo universal, en que se muestra y se exhibe lo que esté referenciado con el “yo” y una forma expedita de lograrlo es a través de las selfies, que apenas son tomadas se envían para que circulen por las redes y lleguen a los ojos de los amigos, conocidos o admiradores. El “me gusta” es el premio que se le atribuye a quien envía la última foto de cuanta estupidez se le ocurre registrar. Quien tenga una mayor cantidad de “me gusta” y de seguidores en las redes es considerado una estrella. El problema es que esa sensación es efímera y requiere de estarse activando minuto a minuto, lo cual genera frustración, que debe ser superada con nuevas fotos, que aumentan la frustración en una forma patológica, creando un círculo vicioso que no tiene fin.

Las selfies mortales
Como las fotos normales ya no son atractivas y se tornan monótonas, es necesario experimentar con algo inesperado y sorprendente, para evidenciar la centralidad del “yo”. En consecuencia, se debe acudir a experiencias extremas. Aquí es donde las selfies adquieren un rol principal como indicadores de ese individualismo hedonista que caracteriza al capitalismo, y se basa en un principio implícito: para el individuo, como para el capitalismo, no existen límites, todo puede ser sorteado, sin importar los riesgos y peligros que se enfrenten, pero no con el deseo de una realización personal como tal y mucho menos en beneficio colectivo, sino porque eso es compensado con el consumo mercantilista del estrés y de las emociones fuertes, un gran nicho de mercado en el capitalismo de nuestro tiempo.

Al final, el premio es lo que cuenta: que una selfie arriesgada le dé créditos al individuo que osó desafiar hasta la muerte. Ese premio se expresa cuantitativamente en el crecimiento del número de seguidores en Facebook, Instagram, o cualquier red parecida, quienes, como robots amaestrados, solo atinan a escribir “me gusta”. Pero esa acción arriesgada no es placentera sino obsesiva, y requiere nuevos retos extremos, para demostrarse a sí mismo que es importante. Este comportamiento compulsivo aumenta la insatisfacción, porque ya no hay límite que satisfaga el deseo de mostrarse como alguien destacado, como una luminaria del espectáculo.   

Este es un claro ejemplo de la pulsión de la muerte, que no se define solo por el deseo de morir, sino algo peor, según las palabras del escritor inglés Mark Fisher: “encontrarse entre las garras de una compulsión tan poderosa que uno se vuelve indiferente a la misma muerte”. Lo más trágico es la banalidad del contenido de esa pulsión, porque estamos hablando de personas que enfrentan la muerte, sin entender que esa posibilidad existe, por el deseo de figurar como los más arriesgados o intrépidos, como sucede cuando se toma una selfie con una mano en la boca de un cocodrilo, al que otros sujetan, o en el piso 50 de un rascacielos, o cuando se lanzan en un tren en marcha…

Esa intrepidez es la clara demostración de que el capitalismo ha generado la idea de que no existen límites a lo que quieran hacer los sujetos aislados, porque todo puede ser posible con tal de alcanzar la fama y el reconocimiento. Y este comportamiento que origina un espíritu irresponsablemente suicida, es el mismo que caracteriza al capitalismo como un todo, puesto que se basa en la idea de que para la acumulación y el crecimiento económico no existen límites.

Con esa lógica suicida se está destruyendo el planeta, se está alterando el clima y se está poniendo en riesgo la existencia de la humanidad, porque lo que sí es seguro es que vamos directamente hacia el abismo, hacia la muerte como especie, de la misma manera que le sucede al individuo que piensa que puede burlarse de la naturaleza y de las leyes físicas, cuando se toma una selfie junto a un tiburón, al borde de un precipicio, junto a un volcán en erupción, subido en el techo de un tren o con una pistola apuntando a su propia cabeza.

En síntesis, el capitalismo y las tecnologías microelectrónicas que refuerzan el individualismo extremo, que enfatiza la centralidad exclusiva del “yo”, pretenden hacernos olvidar nuestro carácter efímero y perecedero, generando un espíritu de grandeza individual, de vanidad y egolatría, que cree posible evadir la muerte, porque nos ha convertido en sonámbulos tecnológicos, al suponer que en el mundo solamente existe mi “yo” y mis selfies. Esta es la religión del “yo” que prometió el capitalismo, que se ha impuesto a nivel planetario y que cree posible sortear la muerte, aunque se muera en el intento.

Wednesday, 24 October 2018 00:00

La ignorancia contamina

“Alguien dijo que hacer fracking responsable es como decir que a una mujer se la puede violar responsablemente o que le van a dar garantías para ser violada”. Carlos Andrés Amaya, Gobernador de Boyacá.


En los últimos meses hemos escuchado una letanía de estupideces de boca de individuos de las clases dominantes o sus voceros, que denotan su analfabetismo ambiental, tales como decir que para combatir el cambio climático no hay que hacer el amor en días calurosos (afirmación de un funcionario de la Alcaldía de Santa Marta), o que el glifosato es benigno y debe volverse a emplear contra los cultivos de hoja de coca (como lo ha dicho el ahora flamante Embajador ante la OEA, Alejandro Ordoñez). Este analfabetismo se inscribe en el ámbito de justificar la destrucción de nuestro patrimonio ambiental, bajo el pretexto que el “desarrollo” y el crecimiento exigen extraer bienes comunes de tipo natural para mantener su ritmo insaciable, el cual finalmente se materializaría en dinero.

En este artículo recogemos uno de esos embustes, que ilustra el “elevado” nivel intelectual de ciertos personajes que, sin inmutarse y con plena impunidad, contaminan el ambiente con sus insostenibles afirmaciones. Ese embuste es el del pretendido fracking responsable, una afirmación de la nueva Ministra de Minas y Energía que no pasaría de ser una anécdota cantinflesca, un chiste de mal gusto, si no fuera porque legitima acciones que destruyen los ecosistemas y la biodiversidad del territorio colombiano.

La recién posicionada Ministra de Minas y Energía, María Fernanda Suárez Londoño, formada en prestigiosas universidades de los Estados Unidos, inauguró su gestión declarando que el país debe emprender el fracking (fractura hidráulica) para auto-abastecerse de petróleo en los próximos años. Esta afirmación no tiene nada de extraño, puesto que está claro que el proyecto extractivista –impulsado por el bloque de poder contrainsurgente en Colombia– no se va a detener en su carrera suicida por extraer hasta la última gota de petróleo y de gas que se encuentre en nuestros suelos, para entregar gran parte del mismo a las compañías multinacionales.

Lo “novedoso” de la afirmación, como expresión de un pseudo-lenguaje políticamente correcto de tipo ambiental, estriba en que se agrega que puede desarrollarse el fracking de “manera responsable” y “segura” con el medio ambiente, sin “poner en riesgo las fuentes hídricas”. Decir esto, que ya es todo un “descubrimiento” intelectual sobre la extracción de petróleo, se encubre con una retórica en la que se asegura, sin tartamudear, que “el mundo se está moviendo hacia energía más limpia, y tenemos que trabajar en esa misma vía. Es un compromiso con el cuidado del medio ambiente y con el cambio climático”. ¿Cómo así? Qué tal el galimatías de afirmar que se implementa el fracking, una tecnología contaminante que incrementa la temperatura del planeta, y al mismo tiempo se piensa cuidar el medio ambiente y combatir el cambio climático. ¡Seguro que Cantinflas o la Chimoltrufia habrían sido más brillantes y sin necesidad de ser ministros!

El fracking, recordemos, es una tecnología destructora, que arrasa con los ecosistemas, contamina el agua (de la cual precisa de enormes cantidades), y produce terremotos y alteraciones geológicas, como ya está demostrado en Estados Unidos, Canadá, y China. Requiere de costosas inversiones en tecnología para hurgar a varios kilómetros de profundidad en las entrañas de la tierra y hacer explotar las rocas que estén untadas de petróleo. Libera gases tóxicos (como el radón, un radiactivo de origen natural) que producen enfermedades, entre ellas cáncer de pulmón y problemas cardiacos, que afectan directamente a las personas que viven cerca. Esto se ha comprobado en Colorado, donde un estudio demostró que aquellas madres que habitan en zonas próximas a los sitios de fracking son un 30% más propensas a engendrar bebés con defectos congénitos del corazón.

Para quienes hablan de fracking sustentable y amigable con el clima y el medio ambiente, a la cabeza del cual están las empresas multinacionales del petróleo y el automóvil, debe recordárseles que con el fracking se libera el metano, que es un gas de efecto invernadero más contaminante que el dióxido de carbono (CO2), con lo cual la fracturación hidráulica resulta siendo peor que quemar carbón.

Claro que el mal chiste del “fracking responsable” (sustentable ambientalmente) se entiende como parte de la historia de cierto oxímoron que han promovido funcionarios del Estado colombiano, y convertido en propaganda corporativa como la de los “barriles limpios”, cien por ciento ecológicos, con lo que se da a entender que puede existir un “barril de petróleo” producido “sin accidentes, sin incidentes ambientales y en armonía con los grupos de interés”, tal y como lo anuncia Ecopetrol. ¡En ningún lugar del mundo ha habido ni habrá nunca un barril de petróleo limpio, y mucho menos en Colombia donde cada gota de petroleó está untada, además de agua contaminada y de los ecosistemas destruidos, de la sangre de las comunidades arrasadas por la extracción de hidrocarburos!

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