El evangelio según Wacoyo

Entonces, el mundo era otra cosa: no era de nadie porque era de todos. La propiedad privada era un concepto de otro mundo. No existían las cercas ni las fronteras, tampoco los porteros 24 horas. Todo era para todos.

Los Sikuani hoy pernoctaban en Puerto López - Meta, y la próxima semana en la frontera con Venezuela. Eran nómadas, dueños de una casa que no tenía medidas claras. Así era, así se lo contaron los mayores a Sebastián Yepes, capitán de la comunidad Fundobonito del resguardo indígena Wacoyo.

Las cosas han cambiado. Ahora, cuenta Sebastián –54 años, líneas profundas en la frente que parecen surcos, celular en el bolsillo izquierdo de la camisa azul, pantaloneta negra, y croc's rojos–, la casa está parcelada.

Fueron las espadas de acento español las primeras que alteraron las leyes de ese mundo. Luego las biblias y los crucifijos que empuñaban los cristianos. Años después, las guerrillas y con ellos los cultivos de coca. Más tarde la furia paramilitar. Ahora, las multinacionales.

Wacoyo, ubicado a cuarenta minutos de Puerto Gaitán - Meta, es uno de los nueve resguardos que existen en el municipio, asociados en la organización indígena Unuma. Según resoluciones gubernamentales, los indígenas de los pueblos Sikuani, Piapoco y Saliba asentados en Puerto Gaitán, son dueños de más de 50.000 hectáreas. De estas, 8050 pertenecen al resguardo Wacoyo, una cantidad irrisoria comparada con el tamaño de la casa de sus ancestros.

Sebastián tenía 16. Eran 187 familias y tres comunidades donde actualmente hay 1730 personas repartidas en 34 comunidades. Durante un año administró una tienda familiar. Terminó quinto de primaria y su comunidad lo nombró docente bilingüe de los niños menores de diez años. Terminó bachillerato, ejerció la docencia durante 14 años, conoció a su esposa, tuvieron descendencia, y formaron hace un año la comunidad de la que hoy es la máxima autoridad.

Para Sebastián el español es una patria ajena. Un mecanismo de defensa ante la codicia de los empresarios que ofrecían dinero, falsas promesas, y objetos desconocidos para quedarse con el territorio, para hacerlos sentir extranjeros en su propia tierra. Los empresarios empezaron a llegar en bandada hace 15 años, y se convirtieron en vecinos incómodos.

–Ahora las multinacionales nos obligan a pedir permiso para movernos por el resguardo.

Cuando Sebastián dice multinacionales, se refiere a empresas como Ecopetrol y Fazenda. La primera realiza exploraciones petroleras en el territorio, y la segunda tiene 22.000 hectáreas sembradas con maíz y soya para alimentar los más de 70.000 cerdos de su megacriadero.

El auge de la agroindustria agudizó un problema histórico en los Llanos, y especialmente en el Meta: la concentración de la tierra. Gente de la región cuenta que Víctor Carranza, esmeraldero y patrocinador de grupos paramilitares, hizo una celebración monumental cuando se supo dueño de un millón de hectáreas entre los departamentos de Meta y Vichada.

Los pastizales infinitos del paisaje llanero, vacíos y estáticos, cada tanto se convierten en miles de hectáreas de caña –que la empresa Bioenergy utiliza para producir etanol y biocombustible–, de maíz, arroz, caucho, palma de aceite y árboles maderables.

–Estamos cultivando 1.000 hectáreas de maíz (…) Hemos logrado algunos ingresos económicos para seguir mejorando el bienestar nuestro –dice Sebastián sentado en una silla plástica, con un cigarrillo en la mano, escoltado por un cielo estrellado. De fondo, el gemido monocorde de la planta eléctrica.

Después de tortuosas negociaciones, los Sikuani le arrendaron algunas tierras a Fazenda con el compromiso de que el 78% de las ganancias sean para ellos, y las personas de la zona representen el 70% de la mano de obra no calificada. Con ese dinero, asegura Sebastián, han puesto en marcha proyectos y convenios educativos, sanitarios, y alimentarios. Sin embargo, la empresa es sinónimo de problemas:

–A través de esos marranos han llegado las afectaciones ambientales como la mosca y el olor. Aquí vivimos con epidemias, se nos han muerto niños, mayores de la tercera edad (…) El río Muco lo taponó el estiércol de los cerdos. Era un río donde nosotros salíamos a pescar. Hoy en día no se puede. Los chigüiros, los cachicamos, los animales se fueron…

***


Las cinco y media marca el reloj. El cielo opaco parece disolverse. Perros y patos vagan por la tierra ácida y húmeda como si todo aquello que pisan fuera suyo. Sopla, el frío es liviano, apenas perceptible. Alrededor, diez chozas hechas con madera y láminas de metal, todas con la misma forma, todas con los mismos metros de largo y de ancho. La niebla fugaz convierte los pastizales infinitos, y todo el horizonte, en siluetas.

Horas más tarde, Edwin Sarmiento me dirá que: “Culturalmente ha sido una etnia muy guerrera que ha defendido principalmente su tradición oral y esto les ha permitido pervivir. A pesar de la presencia de empresas petroleras, de la agroindustria, se han mantenido y siguen practicando sus rituales. Uno de ellos es el rezo del pescado, se les hace a las muchachas apenas les baja su primera menstruación, en su creencia esto permite la reproducción y el mantenimiento de la comunidad. Pero esta cultura se ha visto afectada principalmente por el narcotráfico. Es muy difícil combatir el dinero, la mafia… digamos que se han venido acercando más hacia el consumo. Cuando no había petroleras, cuando no había coca, los líderes, capitanes, y autoridades, caminaban diez, ocho horas, dos, tres días para ir a una reunión. En estos momentos si no tienen una moto, si no les colocan una camioneta, si no les dan viáticos hay dificultades y nace el rechazo. Otra cuestión que ha debilitado la cultura es la perdida de…”.

Edwin interrumpe el relato. En ese instante se acerca Onorio Ruiz, el médico ancestral de la comunidad que tiene 120 años y una corona hecha con plumas de guacamaya. Onorio pregunta dónde está el baño.

–Allá donde está la lona, al fondo, al lado de la mata de plátano–, le responde Edwin.
Onorio Ruiz mira hacia la parte señalada, duda, y vuelve a preguntar, en un español apenas audible y entendible, dónde está el baño.
–Allá en esa lona verde hay un hueco. Hace popó y tapa, como los gatos.

Edwin –un joven fumador que debe pesar más de 120 kilos– es el representante legal de la Corporación Choapo, organización que desde el 2009 estrechó lazos con los Sikuani, Piapoco y Saliba de Puerto Gaitán para realizarle un “juicio ético” a las empresas petroleras. El hecho de que los pueblos indígenas sean dueños de grandes extensiones, convivan con empresas que generan sumas millonarias explotando las tierras, y sus condiciones de vida no sean dignas, es una contradicción que aviva la llama filantrópica de Choapo.

–Otro tema muy complejo es la religión. La religión, sobre todo la evangélica, ha cautivado mucho con el mensaje de que se les va a acabar el mundo y que tienen que irse para el reino de Dios. Los líderes que se vuelven religiosos no van a las reuniones porque es del mundo, así lo dicen.

La misión evangelizadora inició hace diez años y desde entonces nada volvió a ser igual. Cuenta Edwin que prácticas nunca antes vistas, como la imposición del diezmo y el bautizo, ahora son comunes. No me queda claro si se justifica destruir una cultura para salvar una vida, lo cierto es que la religión entorpece los procesos de soberanía y permanencia promovidos por Edwin y Choapo.

–¿Cuando dicen que eso es del mundo, a qué se refieren? – Edwin balbucea, luego se ríe.
–Cuando dicen que es del mundo es porque produce pecado y los puede condenar. Una reunión para discutir que se mantenga la cultura de los payés [médicos ancestrales], ellos la relacionan con brujería.
–¿Con qué interés entra la religión a los territorios?
–Con el interés de… pongamos el ejemplo del resguardo El Tigre que queda a seis horas o siete horas de Puerto Gaitán. Muy difícilmente una persona va a venir desde allá a un culto, entonces hacen brigadas de evangelización, van cautivando los líderes y establecen iglesias dentro de los territorios. El líder se va convirtiendo en el pastor. Líderes que proponían ir a la minga a pelear por sus derechos, ahora dicen “Dios lo quiso así”.

Los indígenas encabezan el ranking de poblaciones sobre diagnosticadas. Las oenegés nacionales e internacionales, las instituciones gubernamentales, y la sociedad en general que mira al indígena con lástima y morbo, inocularon entre los pueblos originarios el asistencialismo. Siempre fue más popular ante los ojos de Dios un “pobre” sumiso dependiente de la limosna, de las migajas del que tiene de sobra, que un pobre que se pregunta por las causas de su pobreza y se revela contra ellas.

El mensaje de Edwin y Choapo –autonomía, vida digna, movilización– es impopular. Romántico, anacrónico si se quiere. Para el indígena, con justa razón, el blanco es y será un agente invasor que ante todo genera desconfianza. Resulta llamativo que, sin ofrecer cosas materiales o dinero, Edwin pueda neutralizar las profundas diferencias y parecer un indígena más, al punto de pedir agua, saludar, y despedirse en lengua Sikuani, ser convidado a sorber yopo o mascar una planta sagrada como el capi, o ser recibido con la cabeza de un araguato –un mico– en cada comunidad que visita. Edwin no es un blanco cualquiera. Esa camaradería no es fruto de la típica superioridad académica y moral que destila el occidental, sino del respeto y la admiración por una cultura que nos puede demostrar que todo este tiempo estuvimos equivocados.

–Una cuestión que me ha llamado mucho la atención es lo espiritual, sus rituales, sus rezos, sus armonizaciones; cosas que uno dentro de toda esa teoría del materialismo desconoce. Es muy sorprendente mirar que está a punto de llover y el payé reza y se va el agua, o necesita que llueva y hace llover.

Aún quedan humanos así, de esos que lo dan todo por nada. Que lo dan todo por otros sin esperar nada a cambio. Edwin no suele preguntarse por qué hace lo que hace. Proyectos de vida como estos –pienso mientras lo escucho– pierden el encanto cuando uno trata de explicarlos, porque –como decía Piglia cuando le preguntaban cómo se convierte alguien en escritor– “no es una vocación, no es una decisión tampoco, se parecen más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)”.

Dirá luego que su única retribución es sentir que la comunidad también es su casa: venir a chinchorrear, que lo inviten a pescar, compartir, hablar, estar en el territorio, ver los amaneceres y los atardeceres salvajemente coloridos, aprender qué dicen las estrellas… Dirá, luego, que con eso es suficiente.

–¿Han cambiado ideológicamente desde que trabajas con ellos?
–Decir que han cambiado ideológicamente su forma de pensar y concebir la realidad es muy difícil asegurarlo. Sí se ha sembrado una semilla, y la semilla es venga no pidamos tanto, no mendiguemos, no esperemos que la petrolera nos dé, no esperemos que Fazenda nos dé, sino que es al calor de la lucha, al calor de la movilización, al calor de la organización que se logra. Ellos llevan 39 años organizados. Y se han dado cuenta que la petrolera fue un engaño (…) Que hoy se atrevan a denunciar y decir el nombre de Pacific Rubiales, de Ecopetrol, de Frontera Energy, es un adelanto, es una ganancia. Porque antes era la empresa que les daba, hoy es la empresa la que les está quitando el territorio.
–¿Son muy tensas las reuniones con la empresa?
–A la empresa no le gusta reunirse dentro del territorio. Siempre es lejitos, por allá en una vereda porque temen que les hagan algo, que los secuestren. Pero son tensas. Y como el indígena no maneja ni leyes ni normas, entonces fácilmente se burlan y dicen “no, es que la ley no lo permite”. Además, les ponen camionetas, bufets, platos deliciosos, y los hacen firmar cosas mientras están comiendo. Son todas las artimañas de estos empresarios para no brindarles garantías de vida digna a los indígenas, y sacar el mayor usufructo del territorio.
Los violentos terminan siendo otros.

***


Participó en la fundación de la asociación indígena Unuma. Fue Presidente del Concejo municipal de Puerto Gaitán. Fundó una IPS. Su papá era oficial del Ejército venezolano. Ahora representa los nueve resguardos, es líder, es cacique; y dice que vive aquí “hace 398 años”.

Cada sílaba que pronuncia Mauricio Rosales está llena de pasión. Habla con fervor. Habla como hablan los que están convencidos de ser dueños de la verdad, y la repiten cada que pueden. Habla español, y cuando habla –como todos los Sikuani aquí citados– pone conjunciones, a veces preposiciones, en el lugar equivocado. Habla de cosas que para él son sencillas, pero muchos no entienden. Habla como si pensara todo el día en lo que va decir. Habla.

Mauricio cree tener una idea, una luz, una forma distinta de hacer las cosas, un destino. La esperanza de que el mundo sea otra cosa: menos irritante, menos vulgar. La certeza de que la ausencia permite el deterioro de la tradición.
–El mundo occidental al indígena no nos va matar con plomo, ni a cuchillo, ni a espada, es con elementos, con inteligencia que nos va acabar. Sobre eso es que tenemos que despertarnos, es ahí donde está la necesidad de elaborar el plan de vida.

El plan de vida que predica Mauricio prioriza cuatro ejes: unidad, tierra, cultura y autonomía. Da cuenta de las principales necesidades indígenas, y está compuesto de tres momentos: el pasado: analizar qué elementos culturales se han perdido; el presente: determinar qué prácticas siguen vivas y cuáles corren el riesgo de perderse; el futuro: trazar una meta y multiplicar aquello que vale la pena ser rescatado.

–De lo que vale la pena rescatar, ¿qué sería prioritario?
–La parte intelectual es lo primordial. O sea, la formación, la educación, la lengua, el pensamiento: transcripción de pensamiento en la escritura. Es primera necesidad para que no se pierda la etnia, el pensamiento indígena. En segundo lugar, están los elementos materiales. La yuca amarga, por ejemplo; alimento propio de la tradición indígena porque tiene una historia, tiene un origen. Es el elemento primordial de alimento para el pueblo para que no haya etnocidio.

Mauricio afirma, convencido de sí, que los planes de vida elaborados por las alcaldías y gobernaciones son colecciones de información que carecen de tres ingredientes: las concepciones socioeconómicas, socioculturales, y sociopolíticas. Ingredientes que solo pueden aportar las comunidades. Si el plan de vida no incluye las normas, los usos y costumbres de los indígenas, no sirve, no funciona.

–Nuestras normas son consuetudinarias, cosmovisionales, tradicionales, ágrafas, colectivas y espirituales. Viene una avalancha más grande, más rara, que es la evangelización. La secta religiosa acaba con la parte espiritual, acaba con la etnia, diciendo “no ame a esta tierra porque es del diablo, ame a dios que es del cielo”, pero cuándo él va a llegar al cielo, me pregunto yo, o quién vino del cielo para contar la historia. No hay, simplemente es un engaño para ellos apropiarse de su territorio. También es una manera de tomar el poder, porque el indígena aplica justicia no como toma de poder, sino como decisión para acabar con el mal. Ustedes los blancos utilizan leyes artificiales, nosotros utilizamos leyes naturales. Los usos y las costumbres son una manera de gobernarse. El gobierno propio ya no existe. Hay es propio gobierno que es distinto. Lo único que existe en el Unuma, aquí en lo Sikuani, es la justicia propia.

Está en un hilito, llega a reventarse ese hilito… adiós pueblo indígena, se acabó. La justicia la manejan los médicos tradicionales. Voy a poner un ejemplo contundente y claro. A usted le hicieron un mal, lo mataron por x o y razón. Materialmente o espiritualmente lo matan. Usted dice: “médico mataron a mi pariente, vengo a que usted le devuelva el mal”. Él dice: “bueno, si usted dice eso voy hacerle, yo no soy el que voy a matar, espiritualmente el que la hace la paga”. Esa persona que mató a la otra persona, vaya donde vaya, se muere. Esa es la justicia que aplica.

–El que la hace la paga.
–En tierra, vaya donde vaya, en el país que quiera allá le llega. Esa es la justicia que maneja el indígena. Eso es lo que quiere el evangélico, acabar con eso, ese es el reto del evangelismo: la espiritualidad. Porque si el hombre indígena no tiene la espiritualidad se acabó como indio, no tiene defensa.

Se acabó el gobierno propio. Y el evangelio según Wacoyo dicta que el responsable debe pagar las consecuencias. De esa condena no lo salva ni el más poderoso de los todopoderosos –aunque su Dios diga lo contrario.

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Juan Alejandro Echeverri

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