Educación crítica y movimiento social

Hoy, cuando de nuevo se abre el debate sobre la educación en Colombia, es necesario llevar el tema un poco más allá de la coyuntura del financiamiento y el acceso a la universidad. Y esto nos lleva a recorrer el camino ya transitado por los sectores sociales para ganar espacios dentro de la educación formal. Esta es una disputa con memoria.

A finales de la década de los ochenta una de las grandes problemáticas era la cobertura en los primeros niveles de enseñanza y el bachillerato. Viejas fórmulas se veían a medio camino cuando enfrentaban la realidad de infraestructuras deficientes, que no daban abasto para una población cada vez más concentrada en las principales ciudades de nuestro país. La Ley 115 de 1994 dio paso a un proyecto donde la modernización, por lo menos en el discurso, necesitaba transformar los colegios públicos en receptores efectivos de quienes se acercaban a las aulas tratando de procurarse un mejor futuro.

Si bien los indicadores en cobertura aumentaron de manera exponencial, lo cierto es que se logró debilitar al movimiento magisterial e implantar un modelo educativo propio de los países capitalistas periféricos: educación para el trabajo, logros, competencias, estándares. Una nueva vulgata tecnocrática vino a reemplazar la reflexión educativa crítica que apenas una década atrás había bebido de las fuentes de Paulo Freire, Lola Cendales, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, entre otros.

La Ley 30 de 1993 creó la ilusión de un Estatuto Universitario estable para un país que entraba en el escenario internacional con una nueva Constitución. Lo cierto es que, como ahora es evidente, se desfinanciaba la universidad pública, se planteaban ciclos más pensados para el trabajo que para el desarrollo tecnológico y se creaban instituciones a medio camino (universidades de garaje) que supuestamente cubrirían el déficit en cobertura de la educación superior. Los gobiernos de turno nombraron rectores más interesados en imponer reformas afines al capital. Ante este panorama, el estudiantado ha luchado y se ha movilizado por décadas.

Por otro lado, los movimientos sociales se fortalecieron a pesar de los embates de la apertura económica de Gaviria, el neoliberalismo de Samper y Pastrana, los dos gobiernos de Uribe, y la estigmatización hacia todas las formas de resistencia.

En la búsqueda de una paz negociada las bases incitaron, en la educación popular y alternativa, una reflexión que definiera el cómo de la construcción de nuevos escenarios de lucha ante el gran capital. Los medios de comunicación alternativa llegaron para acompañar y aportar en el camino de la formación de nuevos líderes que entendieron que la estrategia para el cambio debe ser integral y debe abarcar varios frentes de construcción de lo público.
Hoy, la educación necesita ser pensada en clave de la lucha y de los movimientos sociales, y en este sentido no puede alejarse del pensamiento crítico. Es por eso que la educación debe ser una educación crítica, que dé cuenta de los problemas y retos de la actualidad. En este sentido, no puede alejarse de la coyuntura o acontecer cotidiano, ni de las causas estructurales de los hechos. Debe ser una educación que dé respuesta al hoy para la construcción del mañana; siguiendo a Foucault, una “ontología del presente”. En este sentido el objetivo es crear sujetos libres, capaces de leer su entorno y transformarlo colectivamente. No una educación de contenidos con la cual prime el bien individual y el “éxito”.

También debe ser una educación popular, que emerja de las bases, de los movimientos sociales, dando espacio para la singularidad de los mismos. Por eso debe ser una educación originaria, raizal, obrera, estudiantil, urbana y campesina, que recoja las luchas de los actores sociales subalternos, tan pacientemente olvidados por la historia oficial, para iluminar los nuevos escenarios de resistencia. Así, es de suma importancia reconstruir archivos propios, escribir la historia de los colectivos, y dejar un insumo invaluable para futuras luchas.

Debe ser una educación liberadora. Como ya lo anunció Paulo Freire, no basta con un discurso pedagógico bancario (con saberes acumulados) sino que es necesario una dinámica donde el sujeto se construya y transforme al mismo tiempo que su entorno social. De lo contrario, la universidad seguirá siendo una simple reproductora de saberes del capitalismo. No asumir la educación del opresor es también no asumir su proyecto. Una educación verdaderamente liberadora y libre es capaz de pensar por fuera del capital y construir un mundo verdaderamente humano.

Debe ser una educación inclusiva, que borre las barreras construidas artificialmente entre los saberes teóricos y los prácticos. Esto es más notorio en los procesos sociales de base, donde han retrasado la integración de profesionales, muchos de ellos salidos de sus propias entrañas, proyectados a las dinámicas de transformación de las comunidades. Pero también una educación capaz de pensar en términos de alteridad, donde sea posible acoger los diferentes saberes originarios y ancestrales; donde la diferencia no sea un obstáculo sino un pilar sobre el cual construir.

Finalmente, debe ser una educación en sintonía con nuestra casa común, dado que uno de los grandes temas a trabajar en nuestras comunidades es el cuidado del planeta en sintonía con una ecología profunda. Leonardo Boff la plantea como una lucha más allá de los tópicos aceptados por el capitalismo. El sistema capitalista y la existencia del planeta son incompatibles, no entenderlo así solo produce reflexiones funcionales a un sistema depredador. Un nuevo paradigma debe surgir, donde el ser humano se reconozca como parte de un entramado de relaciones que lo obliga a replantear su proyecto, donde la tierra está en el centro como un ser vivo.

El debate por la educación y el rol de la universidad se extenderá en clave de resistencia durante el actual gobierno. Se avecina toda una etapa de movilización, reflexión y unidad. Los hombres y mujeres que componen los diferentes movimientos sociales están dispuestos a trabajar un país mejor. Citando a una de mis estudiantes, “un lugar en el mundo donde la hogaza no se haga roca, ni los ríos sean sangre”, un país donde pensar y actuar diferente sea sinónimo de cambio.

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Álvaro  Lozano Gutiérrez

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