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Lo del pobre no es robado. Esa sería la sentencia popular luego del exitoso resultado electoral del 11 de marzo de 2018, que deja en el mapa político nacional un importante bloque de 20 senadores elegidos de las listas de los Verdes, el Polo Democrático Alternativo, los Decentes, y el Movimiento Alternativo Indígena y Social MAIS, con claras ideas transformadoras y de corte social. Si a este grupo se le suman los cinco senadores de las Farc, cuyas curules fueron parte del acuerdo de La Habana, una eventual alianza podría conformar una bancada alternativa de veinticinco senadores como nunca antes la hemos tenido en Colombia.

A este fenómeno electoral se suma el resultado de la consulta de la Inclusión Social para la Paz, que obtuvo 3.520.583 votos y catapultó a Gustavo Petro como candidato presidencial con una votación histórica. Ningún líder de ideas políticas contrarias al establecimiento, proveniente de una guerrilla, ingresado a la política legal luego de un proceso de negociación y acuerdo de paz, como la que se dio entre el M-19 y el gobierno de Barco, había recibido un apoyo semejante en unas elecciones. En esa materia (la electoral) la mayor votación histórica la había alcanzado el maestro Carlos Gaviria Díaz del Polo Democrático. Tampoco en las últimas siete décadas se presentaba un fenómeno de masas electoral que recogiera simpatía entre diversos sectores de la sociedad colombiana, con excepción de Jorge Eliecer Gaitán.

Sin embargo, lo que a la luz de los hechos significa la posibilidad de derrotar a los partidos tradicionales y a las élites de siempre en los comicios presidenciales de mayo de 2018, no fue visto de igual manera por los y las que fungieron como analistas en los canales de televisión la noche del 11 de marzo. Estos, sin mucha vergüenza, mostraron no sus análisis objetivos sino sus preferencias por los partidos tradicionales de derecha y sus candidatos, incluidos los corruptos que volvieron a ganar curules, ante los cuales guardaron cómplice silencio en sus valoraciones. En especial los analistas mostraron el pánico que les provoca un triunfo popular. Alguno se atrevió a decir que el mejor acto de grandeza de Petro era ceder su aspiración presidencial a Fajardo y sumarse a su campaña.

“Hay que evitar que los extremos suban al poder, no son buenos ni los violentos ni los vengadores”, insinuaron eufemísticamente los “analistas” refiriéndose a Uribe (no a Duque) y a Petro, respectivamente. También enfatizaron en que es el momento para una propuesta de centro. Pero eso mismo no lo dijeron cuando Uribe gobernó durante ocho años con mano de hierro contra los humildes, contra el proyecto social, y con los medios masivos a su servicio. Ahora que la propuesta social puede ascender, para ellos el centro es lo ideal, pero no ahondaron en cuál es concretamente la propuesta transformadora del centro. Ese fue el mensaje que dejaron los “analistas” en la retina de los televidentes. Tal vez les gusta el centro porque no se compromete con las necesidades de los pobres, o porque se parece más a la derecha.

Y esa práctica de apoyar a los poderosos y menospreciar a los críticos y las alternativas populares, aprovechando el poder de los dueños de comunicación, no es nueva. Tampoco lo es el uso y el abuso del miedo como un dispositivo social, que se activa ante la más mínima amenaza de cambio o transformación de las condiciones socioeconómicas del país, así estas no sean estructurales. Es lógico que quien se sienta muy cómodo con las actuales estructuras socioeconómicas y de poder político, o sea los gremios, los grandes empresarios, las transnacionales, los terratenientes, los banqueros, los corruptos, los carteles, etc, hagan hasta lo imposible para evitar el ascenso de un proyecto social y político alternativo, que les dé buen uso a los recursos de la nación y distribuya equitativamente sus frutos. Es muy peligroso para las élites que crezca la simpatía popular hacia una propuesta de esta envergadura.

Lo que no tiene sentido, y constituye el problema a sortear, es que los humildes y los desposeídos hagan suyos los miedos y las angustias de esa élite, y las defiendan hasta con su vida. Es increíble la capacidad que tienen los poderosos para inocular esos miedos y angustias, ese odio contra lo que amenaza sus intereses. ¿Cómo puedes tener miedo de que te quiten una casa que no tienes?, ¿por qué te da miedo que tus hijos e hijas puedan entrar a la universidad gratis?, ¿te asusta que mejoren el sistema de salud?, ¿te preocupa que se proteja el agua y la comida?, ¿te angustia si a un terrateniente le suben los impuestos de sus mil hectáreas?, ¿alguna vez has pensado o soñado un mejor país?

Las reformas propuestas por Petro no pasan limpias a los oídos de la gente, se ensucian en las bocas de aquellos que se sienten afectados por ellas. El mensaje se interfiere en los micrófonos, en las páginas y las cámaras de los medios masivos. Estos claman para que se den alianzas entre las propuestas del centro y de la derecha… en sus cabezas retumban las voces temerosas de los poderosos: que nadie se alíe a Petro, ese es de izquierda, qué tal que gane. Ningún analista se toma el tiempo para explicar que el programa petrista es una mezcla del liberal Alfonso López, del conservador Álvaro Gómez, y del socialista Jorge Eliecer Gaitán. En Colombia la cultura política es tan pobre que una propuesta como la de Petro, basada en reformas liberales que ya se dieron en los países democráticos, se tildan de radicales de izquierda. Asusta que la educación superior sea pública y gratuita, pero a nadie le indigna la infame concentración de la tierra ni el despojo de esta a los campesinos.

Es hora de sacudirnos un poco la ignorancia y el miedo impropios. No necesitamos ventrílocuos ni traductores de las propuestas de los candidatos. Que hablen, que lo hagan por televisión, en horario triple A, y con el tiempo suficiente para que expliquen qué es lo que van a hacer frente a las necesidades concretas de la sociedad. Todos y todas queremos un empleo decente, educación y salud gratuitas y de calidad. Queremos que cese la violencia contra las mujeres. Y también queremos servicios públicos y carreteras para el Pacífico. Queremos que un nuevo Gobierno haga lo que no hicieron en 200 años los de siempre, queremos que devuelvan lo que se han robado. Es a eso que le tienen miedo, ¿es a eso que le llaman venganza?

El país sí está listo para los cambios, para la transición a la democracia; los que no están listos son otros, son los que viven sembrando sus miedos, sus egoísmos y su odio en las cabezas de una sociedad azotada y atolondrada por tantos golpes recibidos.

Gaitán

70 años después del asesinato de Gaitán, su figura, pensamiento y llamado a la transformación siguen estando vigentes. Por esta razón en este homenaje reproducimos, con la autorización de la Corporación Otraparte, el texto del poeta fallecido Gonzalo Arango. Consideramos que este logra esbozar el vacío que aún permanece en nuestro país por la figura y acción de este hombre que se hizo pueblo.

 

9 de abril: la misteriosa madeja del destino. La muerte de este hombre altera mi vida. Cuando lo mataron, yo ni siquiera había nacido a una conciencia de ser. Era el fruto bastardo de unas bodas entre la ignorancia y una ideología fetichista fundada sobre el mito y la mala fe, que lo único que tenían de bueno era la inocencia en que se inspiraban.

Yo contaba entonces 16 años y tanto el pensamiento como la vida me eran frutos prohibidos. Lo poco que sabía entonces se me había enseñado partiendo de una moral basada en el terror al infierno. Quizá Gaitán había sido arrojado del altar de mi familia como un camarada del demonio, pues sólo hasta ese viernes de 1948 oí por primera vez mencionar su nombre: habían asesinado a un caudillo en Bogotá. ¡Se llamaba Jorge Eliécer Gaitán! Y la radio empezó a tronar los ecos fatídicos de una revolución tardía y frustrada cuyos himnos eran de muerte.

La belleza de la revolución se revolcaba en el lodo de la demencia y el crimen: el aborto era bautizado por el diablo. Esa tarde, la Revolución se resbaló y cayó en el infierno de la violencia. Después supe por qué. Aquella tarde no lo comprendí. Mi padre nos encerró en un cuarto oscuro y nos rezó como siempre que había tormenta: “Aplaca Señor Tu Ira, Tu Justicia y Tu Rigor...”. Y también: “Señor Dios de los Ejércitos, llenos están los Cielos y la Tierra de la Majestad de Vuestra Gloria...”. Para mí esas oraciones eran el fin del mundo, el diluvio y la guerra. Yo rezaba y lloraba de espanto al mismo tiempo.

Cuando después me gaitanicé, o sea me hice revolucionario y ya no rezaba de miedo a los relámpagos ni al granizo, comprendí que el drama de aquel viernes de dolores no era sólo el de un líder sacrificado, sino el drama de millones de hombres, el drama de todo el continente suramericano.

Porque Gaitán tenía la talla de un héroe y de un profeta. En ese espíritu ardía la llama mística del hombre predestinado a la liberación de un pueblo: el hombre que era reclamado desde el fondo del dolor y la desesperación popular. Pues él era un Poeta del Poder. Nunca antes hubo otro más grande en las repúblicas americanas como no fuera aquél que las fundó con su soplo de libertad, del que heredó el fuego sagrado.

Él lo habría cambiado todo en Colombia con su hermosa Revolución, pues tenía la visión y el sentido heroico del Poder. Yo sé que los poetas no se entregan sino a la verdad que encarnan, a la verdad de amor a sus ideas. Y mueren por ellas si tienen que morir. Por eso precisamente son poetas. Porque la verdad es su fin, y su gloria. En esto Gaitán se diferencia de todos los políticos colombianos. Estos toman la política como un fin. Lo que para Gaitán era sólo un medio para realizar los grandes ideales de su pueblo: su glorioso Destino.
Lo que teníamos que esperar de él era su gran fe en el destino de Colombia a través de su Revolución política, que al mismo tiempo era una revolución moral.

Con su muerte, a la que advino una feroz tiranía de plebeyos y reaccionarios capitalistas, Colombia ingresó o fue arrojada a la oscuridad del infierno por las brechas abiertas de la violencia oficial. Esa horripilante tarde de abril Colombia perdió su camino y perdió históricamente el privilegio de haber guiado los destinos de Suramérica y sus revoluciones nacionalistas, inspiradas en la nuestra.

Pues el pensamiento de Gaitán distaba de los extremos ominosos de los imperialistas para definirse en un nacionalismo orgulloso y soberano integrado con las fuentes vivas del pueblo y la nación. Gaitán no buscaba la tierra prometida ni lejos ni fuera de Colombia. Todos sabemos que la tierra prometida es la tierra que amamos, la nuestra, la que cada día santificamos con el amor y la creación, la que también se llama Patria cuando somos dignos de ella: ésa de la que estamos desterrados hace ya largos años, en la que vivimos cautivos y muertos, a la que estamos atados por una cadena interminable de opresión, dolor, disolución y miseria.

Quiero añadir que Gaitán, en su fervor nacionalista, habría ajustado la nación a una síntesis creadora sin lo malo de los imperialismos, y con lo mejor de ellos integrado a la esencia del ser colombiano.

Todos los que en aquella época tenían derecho al uso de la esperanza —ya que el de la razón estaba custodiado por las armas— esperaban de Gaitán la conquista del Poder, que habría significado para Colombia la conquista de su Destino. Pero ese Destino fue abatido a la vez que su vida, en el umbral de poder.

¿Por qué dije antes que la muerte de Gaitán influyó en mi vida de una manera tremenda? Afirmo que la muerte de ese hombre es “responsable” de lo que soy yo. Pues ni en la vida de los hombres ni en la de los pueblos sucede nada por azar. Las fuerzas históricas son determinantes, son causas “racionales” a las que no puede escapar nuestro destino.

Si Gaitán no hubiera muerto, yo no sería hoy Gonzalo Arango. ¿Quién o qué sería? No lo sé. No juego a la nostalgia ni a la profecía. Pero sí tengo la certeza de que si Gaitán viviera, el Nadaísmo nunca habría existido en Colombia. Entonces, ¿dónde estaríamos y qué estaríamos haciendo los escritores nuevos? Es casi seguro que hoy estaríamos al lado de Gaitán, con Gaitán a la carga, defendiendo sus banderas revolucionarias. No hipotecando nuestro arte a la política ni al Poder, sino dignificándolo y haciéndolo libre en el aire puro de la vida y de la Revolución del pueblo. (No pueblo como masa amorfa y borracha, sino como conciencia de vida, amor solidario y pasión creadora de su propio destino histórico).

Hoy nos hace falta en Colombia para vivir y crear el aire jubiloso de la Revolución. Nos ahogamos en la podredumbre que hoy ahoga a Colombia; nos asfixiamos en su rara atmósfera de sacristía y de tumba; estamos secos en este desierto de la vida y del alma colombianas. Estamos estériles por falta de un verdadero amor a Colombia. Somos intelectuales amargos, beatos, derrotistas, indiferentes y sofisticados. Nos hemos vuelto inmunes a la alegría y al dolor de la Patria. Los escritores nuevos hemos desterrado esta palabra de nuestro lenguaje, sentimos vergüenza al evocarla o al mencionarla. Escribimos y vivimos en el exilio de la imaginación; exploradores estéticos de la nada y el vacío. Hace muchos años que los artistas no nos acostamos con la Patria. Haría falta una verdadera posesión carnal con ella que revitalizara nuestro espíritu y lo hiciera florecer. Quiero decir un coito verdadero y espléndido. No basta el amor platónico ni la piedad. Tales amores conducen al onanismo y a la impotencia, a veces también al convento y al suicidio.

Lo que necesitamos es una verdadera revolcada física sobre la sufrida y bendita tierra de Colombia, bajo sus cielos azules y el sol que nos queme y dé sentido a nuestra vida y a nuestros tristes pensamientos abstractos de cloaca e invernadero.

Fuego que purifique con su vida y con su luz. No la que guía hoy los destinos de Colombia que parece la luz de un cirio de sacristía o de velorio, ésa no resplandece: chisporrotea, huele a sebo y amancebamiento del Poder con los poderosos del Templo.

Gaitán habría encendido otra llama en el Poder: ¡la de Prometeo! Porque no sólo era un gran caudillo sino un gran poeta. No porque hiciera versos sino porque su palabra era el fuego de la vida, de la creación, del amor y de la esperanza del hombre. Su ademán era una invitación al canto y a la alegría de vivir. Hoy 9 de abril siento que nos hace falta el poeta Gaitán para cantar la belleza del mundo y el orgullo de tener una Patria nuestra, creada por nuestro amor y para nuestro amor.

Con él, los intelectuales no seríamos hoy esta plebe de sicópatas ambulatorios que no sabemos qué hacer con el poder de la palabra, como no sea degradarla en el desprecio, la calumnia, el derrotismo, el conformismo y la autodestrucción. Por eso erramos sin destino por el desierto de Colombia, oscilando entre la indiferencia y la nada: porque no hay ninguna fuerza viva que nos apasione, que seduzca nuestro espíritu a la acción militante, y nos libre de esta inercia oprimente que se parece a la muerte del alma.

Salgo a la calle. Tengo la ilusión de encontrar una fiesta de muchedumbres, de esas mismas que una vez deliraron con la magia profética de la Revolución gaitanista. Pero no hay fiesta en la ciudad. Todo lo que veo son fusiles, soldados, perros y caballos alimentados con el pan de los pobres y los perseguidos.

Veo también un pueblo muerto de miedo y hambre que se emborracha en las tabernas, que se envilece para recordar aquel 9 de abril y para olvidar que hubo una vez —como en los cuentos fantásticos— en que pudo de verdad ¡ser un pueblo!

Y veo por último tres coronas ajadas, las que cada aniversario deposita el pueblo sobre la tumba de sus ilusiones.

Porque Gaitán fue asesinado yo soy Nadaísta. Y mi protesta la dedico a su memoria, y a la promesa viva de su Revolución.

Tomado de Obra negra, Colección Biblioteca Gonzalo Arango. Medellín, Editorial Eafit, 2016.

Inicio un recorrido desde el Norte del Valle buscando la primera población chocoana en el camino: San José del Palmar. Por una carretera destapada que pertenece políticamente al departamento del Valle del Cauca, se avanza en campero durante cerca de hora y media hasta encontrar una gran pancarta que anuncia el inicio del departamento del Chocó.

La carretera que corresponde al Valle, jurisdicción de El Cairo, se encuentra en pésimas condiciones. De acuerdo a lo que me cuenta el conductor del vehículo el trayecto que ahora realizamos durante la noche, se da en medio de una neblina espesa que cae desde el sistema montañoso perteneciente al Parque Natural Nacional del Tatamá –el cual abarca los departamentos de Risaralda, Chocó y el Valle, por el norte–. Me quedo pensando en el contraste de la riqueza que se invierte en las vías doble calzada que conectan a Cali con Pereira, por donde se mueve el tráfico económico con el exterior y que deja una balanza comercial con saldo negativo para nuestro país.

El trayecto que corresponde al Chocó no presenta una cara más amable. Una carretera con algunos trayectos pavimentados que muestran un deterioro marcado, material fracturado a causa de fallas geológicas, de malos diseños o de materiales de baja calidad. Es lo que nos explica una ingeniera civil que ha trabajado en la región, combinando su profesión con la labor social en estas comunidades. Termina su apreciación señalando la ausencia de un trabajo en la estabilización de taludes y conducción de aguas, que según su criterio, son causantes de los derrumbes que encontramos persistentemente, y de las bancas que han cedido ante las lluvias, mostrándonos abismos impresionantes por donde a diario arriesgan la vida las personas que deben transitar por esta región inhóspita.

Desde la cabecera municipal de San José del Palmar, nos dirigimos hacia el corregimiento La Italia, con lo cual agregamos cerca de una hora más de viaje a un trayecto que nos ha llevado alrededor de tres horas, saliendo desde Cartago, Valle.

Un hogar para escapar de la guerra, la miseria y construir el futuro
En medio de la exuberancia del paisaje, de su gran riqueza natural y humana, campesinos y campesinas luchan a diario por sobrevivir, pese al robo descarado y continuo de la política tradicional chocoana, sumado a la voracidad de las empresas transnacionales y al desprecio de los gobiernos nacionales. Allí, en ese paisaje colosal, las niñas que nacen y crecen en medio de tales desafíos han encontrado un hogar alterno para huir de un destino casi obligado que las condena a la guerra, a la miseria y al olvido. Se trata de la Casa hogar “Paula Montal”.

Este hogar y refugio para las niñas campesinas es dirigido por el sacerdote Juan Fernando Arango Echeverry. Nacido en una familia humilde y trabajadora de Medellín, el padre Fercho, como le dicen algunos parroquianos, es el encargado de mantener a flote este proyecto, con la ayuda invaluable de otra mujer quijotesca: mamá Rosi.

“La Casa hogar es un internado para niñas campesinas que fue fundado por religiosas Escolapias, las cuales han tenido como misión el apoyo y fomento de la educación en comunidades humildes”, me cuenta este sacerdote joven, amable y discreto.

“Aquí las niñas encuentran techo, alimentación y condiciones dignas para vivir y estudiar. De esa forma pueden adelantar sus estudios en el colegio público Normal Superior. Algunos padres y madres, muy pocos, aportan algún recurso para el sostenimiento de sus hijas. Son personas muy humildes que no cuentan con recursos económicos suficientes para vivir”, prosigue el padre. “Nos mantenemos de donaciones que nos hacen algunas personas que entienden y apoyan nuestra causa. Es una gestión y búsqueda permanente para que no falte la comida y lo que se necesita en la casa”.

En la esquina del colegio se observa con frecuencia a grupos de personas con su teléfono inteligente en la mano, utilizando el único punto del corregimiento en donde existe señal de internet.

Rosenda Largacha, “mamá Rosi” como le dicen las niñas y la comunidad, es la mano derecha del padre Fercho. Es la autoridad en el internado y las niñas le profesan un respeto muy evidente, sincero. Nacida en Nuquí, estudió trabajo social por “pobre” y porque las autoridades de su universidad no le dieron otra opción. Pero rápido aprendió a amar su profesión, y decidió ayudar a su gente chocoana.

“En el momento tenemos 27 niñas internas, pero hemos llegado a albergar hasta 45. Se despiertan a las cinco de la mañana, se asean y preparan para estudiar. Asean sus dormitorios y la casa antes de desayunar y salir a estudiar. Al regreso, almuerzan, descansan un poco y retoman el estudio extra clase en los espacios dispuestos para ello. Después viene la cena y rato de esparcimiento. Y la hora de dormir”, me explica mamá Rosi.

Estas niñas llegan aquí luego de vivir situaciones muy complicadas en las veredas, y encuentran un hogar alterno –que para muchas es el único–. Aunque algunas atraviesan conflictos emocionales como resultado de sus historias personales o como fruto de su adolescencia, pudiera decir que todas se muestran agradecidas e incluso tranquilas al tener un sitio suyo. Algunas egresadas hoy son profesoras y apoyan la labor del internado.

La Casa hogar es humilde pero digna. Sus dormitorios son aseados al igual que sus espacios de estudio y esparcimiento. Las niñas cantan permanentemente, con esa alegría y esperanza que llevan en su sangre africana. Contagian felicidad. Incluso paz. Por supuesto, los techos y las ventanas ya piden arreglos, y algunas sillas, cambio. Pero poco a poco se mantienen.

Antes de despedirme y agradecer su hospitalidad, intento lavar la loza que queda después de la cena. Una muestra de amabilidad con María Nelva Hurtado, que nos preparó la alimentación en los días que compartimos. Pero me encuentro con Divanny y Laura Vanesa, las niñas que tenían esa noche la responsabilidad del aseo de la cocina. Sorprendidas porque un extraño, hombre y además huésped se atreva a lavar platos y ollas, por fin me convencen de dejarles algo para asear. Una situación divertida para mí.

A la mañana siguiente me despido y parto de regreso a Pereira, con la esperanza de que al contar esta historia puedan presentarse ofrecimientos de ayuda para este proyecto que construye paz y dignidad. Es la misma esperanza de ellas.

–Mamá, mamita, dejáme descansar. Agarrá esa polla que no aguanto caminar más–, decía la señora María aquella tarde en que, siendo una niña, llegó a la vereda con su papá, su mamá y un novillo al que ponían a cargar los pocos corotos que poseían. Venían de lejos, las quejas de María lo mostraban. Buscaban una tierrita para sembrar y para vivir, y llegaron a Piedras de Moler, una vereda del corregimiento de San Pablo, Teorama, en Norte de Santander. Años antes, en 1945, aquellas montañas habían sido fundadas por don Luis Carrascal y su hermano, quienes al tiempo crearon la Junta a través del Comité de Cafeteros.

–Mire al frente–, dijo María esperando que mi mirada se dirigiera hacia donde apuntaba su mano. –Cuando eso, San Pablo pa' arriba era solo montaña. No había casa. No había nada, solo montaña. Subíamos por esa trocha. Recuerdo que mamá me dijo que descansara, que dejara a esa polla a un lado y me acostara. Recostada en el pasto vi las sombras de todos, eran distintas con tanto coroto y olla encima. Ellos también dejaron la carga a la orilla y se acostaron a descansar. Mientras papá amarraba el novillo a un palo, bajó Francisco Acosta, buen hombre él, que terminó siendo compadre nuestro.

–¿Pa' dónde la llevan? –, preguntó Francisco.
–Más arriba. Luis Angarita me va a vender un pedazo de tierra que tiene por ahí–; respondió don Jeremías, el papá de María. –¡Ay! Pero vamos tan retrasados y esta niña no nos aguantó más, no quiere caminar más–, comentó.

–No, por eso no tenga pena, yo le ayudo a llevar la niña hasta la casa mía–, respondió el hombre. María corrió hacia él y de un solo salto se subió a la espalda de Francisco, quien la cargó por los siguientes veinte minutos. La familia de la niña se puso en pie y siguieron al hombre que cargaba a la pequeña en la espalda, la polla en la mano izquierda y la machetilla en la derecha para cortar la maleza que nunca faltaba en el camino. María no dudó un segundo en quitarle el sombrero a Francisco para protegerse del sol abrazador.

–Solo había dos ranchos, este en el que estamos y el que se ve allá, pero de palma–, me dijo María. –Con palos parados y palmas se construían los ranchos. Nuestras camas eran esteras que mamá hacía con palma y extendía en el piso o sobre palos amontonaditos–, agregó la mujer.

Cuando llegaron a la casa de Francisco Acosta, la pequeña María supo que su descanso terminaría. –Ay mamita, tiene que volver a caminar, de aquí pa' arriba no hay quien la lleve–, le confirmó su mamá. María le devolvió el sombrero al hombre que le había permitido unos minutos de descanso. Volvió al camino, llorando y con la polla en sus manos. Quince minutos después llegaron donde Wicho, el hombre que les vendió las tierras, cuarenta hectáreas por trescientos mil pesos. El papá de María le pagó con trabajo, pues sabía que la mula le ayudaría a traer la yuca y el plátano. En ese animal estaba el único sustento de la familia.

Un año más tarde, mientras la familia trataba de adaptarse a su nuevo hogar, por medio de la Junta de Acción Comunal llegó la nueva maestra a la escuela. Sin embargo, la ilusión de recibir clases duraría poco, el papá de María insistía en que las mujeres no debían estudiar.

–Eso es pa' que después empiecen a escribirle carta a los novios. Es mejor no darles estudio–, decía el hombre a la mamá de las niñas, quien le suplicaba al ver que sus hijas querían ir a estudiar. –Que las hembras se van muy rápido–, argumentaba don Jeremías al verse rodeado de súplicas en el comedor, el corral, la siembra y el camino a casa.

Aunque las hermanas mayores no fueron a la escuela, el paso de los años hizo cambiar de parecer el viejo Jeremías, quien, luego de la insistencia de su esposa, dejó que las niñas pequeñas aprendieran a leer y a escribir. No haber estudiado es algo que María ahora, con cincuenta y siete años, se reprocha. –Papá no pensaba en que estudiáramos o no, finalmente nos íbamos a enamorar y nos iríamos de la casa–, señala María, levantando sus hombros. Hoy recibe clases con un programa de alfabetización en el Colegio de San Pablo. –Mi deseo siempre ha sido aprender, quiero aprender para ser concejal–, dice con la frente en alto.

María piensa que la vida no la ha tratado muy bien. Se casó muy joven, dejó a sus nueve hermanos y a su madre para ir a vivir con el papá de sus hijos, a quien matarían quince años después. Con siete niños pequeños, comenzó a sortear sola los caminos de la vida. Al paso de los años, sus hijos comenzaron a crecer y a desear valerse por sí solos. –Pues si les toca ya salir a jornalear, vayan por allá a hacer contratos y a trabajar pa' que compren aunque sea la ropita–, les respondía a sus hijos cada vez que conseguían trabajo en las fincas aledañas, sin pensar que al poco tiempo también matarían a su hijo mayor. Cuando lo recordó, un silencio profundo se apoderó del espacio. María tocó su cuello con la mano derecha, dejando ver el peso de los años que dibujaban las líneas de expresión, y las quemaduras del sol en una mano que años atrás recogió tierra para lanzar sobre los ataúdes de madera de su hijo y su esposo.

Una tarde, mientras terminaba de arreglar las yucas para la comida, sintió que perdería un hijo más. –Me habían cogido al pelao del Filo me lo trajeron como el que trae a un animal de aquí, clavado–, decía María mientras, con su mano derecha, sujetaba la parte de atrás de su cuello y caminaba dos pasos hacia adelante. –¿Y sabe por qué? Porque él salió con una blusita negra–, respondió inmediatamente.

–Este perro tiene que ser algo. Este perro lo matamos porque lo matamos–, decían los uniformados con sus fusiles, sintiendo el poder desde el calibre del arma. Juan, el ajusticiado y reprimido hijo de María, no guardó silencio. –Si me van a matar, háganlo en la casa de mi mamá, no aquí–, les habló el joven de quince años a los armados. No querían creerle que tenía mamá y que vivía en esa remota vereda de San Pablo con ella y sus otros hermanos. Cuando María escuchó los alaridos en el patio, dejó caer la yuca y el cuchillo y salió a ver lo que ocurría. En el patio de su casa estaba Juan, con los brazos amarrados, arrodillado y rodeado de uniformados.

–Uy, y eso usted por qué trae al hijo mío así, por qué me lo trae amarrado y aporreado–, les cuestionó María rápidamente. –Porque este perro trabaja con la guerrilla–, respondió el superior, sin medir sus palabras. –¿Y cómo es que lo aseguran ustedes?, ¿le encontraron un arma o qué?–, preguntaba iracunda aquella madre. –Hágame el favor y me suelta a ese niño ya, porque él es hijo mío y usted no tiene por qué traérmelo así, o dígame por qué lo hicieron–, les gritaba la mujer. –¿Es que no se fija en su manera de vestir?. Mírelo, con una blusa negra, como los insurgentes–, insistía el hombre, quien parecía sentir que con aquel acto rescataba lo más ejemplar de la justicia colombiana. –Entonces, si ahora el hijo mío se enamora de una blusita tiene que pedirles permiso a ustedes. No. ¿Sabe qué es lo que usted merece?, que yo vaya a buscar a su mando y lo acuse. Usted es el del delito, porque ellos no lo mandaron. Lo voy a acusar pa' que usted aprenda que los hijos valen, no es nada más que cogerlos y matarlos en el camino como están ustedes enseñados–, dijo María, en defensa de su hijo y con el más puro amor de madre.

El nuevo milenio comenzó para el corregimiento de San Pablo con la arremetida paramilitar. No había pasado mucho tiempo desde que María había juntado unos pesitos para comprar la casa en el pueblito, pero la llegada de tanto hombre armado hizo correr a todos. Días antes había puesto a sus hijos mayores a hacer el bachillerato, ella siempre procuró enseñarles cuán importante era el estudio. En la madrugada, María despertó a sus hijos y les dio el dinero que tenía ahorrado para que escaparan a un lugar seguro, porque si de algo estaba segura era de que no quería enterrar a otro hijo. Luego de despedir a todos, María preparó a Susana, su niña pequeña, y tomó el bus de las 5:30 a.m. camino a Ocaña, La Provincia. Cuatro meses duró lavando y planchando para poder ganar cinco mil pesos, dinero que tenía que dividir entre el arriendo, la comida y el colegio de la niña.

–Sabe usted, creo que mi marido tenía razón cuando decía que nuestra vida debía ser escrita en una novela, ¿no le parece?–, dijo María riéndose, mientras la llamaba su hija desde la puerta. –Yo creo que cada experiencia suya merece ser contada–, le respondí.

Las movilizaciones no las hace el pueblo por necedad. Los viejos problemas entre el Gobierno nacional y FECODE traen nuevos capítulos que suponen un reto para la reivindicación de la educación pública, y un motivo para que los maestros denuncien en las calles del territorio el incumplimiento de los acuerdos pactados el 16 de junio de 2017 con el demagógico y displicente gobierno de Juan Manuel Santos.

Antioquia no es ajena a esta situación, así lo demuestra el plantón llevado a cabo el primero de febrero en la plazoleta del centro administrativo La Alpujarra. En dicha protesta, los maestros reclamaron los salarios del tiempo recuperado luego del paro nacional de 2001, y las primas departamentales que no fueron pagadas durante el gobierno del fallecido Guillermo Gaviria Correa.

En principio, el secretario de educación de Antioquia, Néstor David Restrepo Bonnet, mencionó la existencia de una mesa técnica entre la Asociación de Institutores de Antioquia (ADIDA) y la administración departamental con el fin de proceder al pago de estos dineros, lo que hasta ahora no ha sido posible porque las primas departamentales están demandadas por el Ministerio de Educación ante las cortes y están sujetas a los recursos del Sistema General de Participación, el cual no cuenta con presupuesto disponible.

Luis Fernando Ospina Yepes y Omar Arango Jiménez, directivos de ADIDA, manifestaron que las consultas y las mesas técnicas solo logran dilatar el compromiso con los maestros antioqueños. Además, aseguraron que Antioquia es el único departamento que ha incumplido estos pagos atrasados, y denunciaron la falta de coherencia ética por parte del gobernador Pérez Gutiérrez, pues esta problemática hace parte de sus promesas electorales incumplidas hasta hoy.

Por otra parte, el 21 de febrero tomaron fuerza las inconformidades por el deficiente servicio de salud que brinda, en la zona 8 (Antioquia-Chocó), el nuevo operador Red Vital quien reemplazó a la Fundación Médico Preventiva el 23 de noviembre de 2017.

Testimonios como el de Gerardo Antonio Gaviria Rivera explican la crítica situación: “En el papel el contrato entre Fiduprevisora y Red Vital tiene todo, pero en la práctica no hay nada porque carece de infraestructura en general. Las citas médicas y los medicamentos de control se demoran hasta ocho días, o más, cuando deberían estar en 24 o máximo 48 horas”. John Piedrahita, por ejemplo, asegura que su madre padece cáncer de seno y no ha sido atendida por un especialista porque Red Vital no se los proporciona. Y como si fuera poco, el presidente de ADIDA, Luis Fernando Ospina Yepes, agrega que existen 12.500 cirugías represadas desde que funcionaba la Fundación Médico Preventiva. A esto se suma la no atención de enfermedades crónicas y de alto costo, la no aparición de las historias clínicas, y la no firma de contratos con hospitales municipales, siendo Buriticá y Zaragoza los casos más emblemáticos.

Dicha situación, más la violación de los 23 puntos pactados entre el Ministerio de Educación y FECODE, demuestran que la protesta a nivel nacional es un llamado de atención al Gobierno nacional para que cumpla el acuerdo, en el que se destacan puntos como: la reforma estructural al Sistema General de Participación para garantizar la financiación de la educación pública; la implementación de la jornada única; la reforma conceptual al estatuto único docente, y la inclusión de una integración salarial equitativa que nivele a los maestros del 2277 con los del 1278, procurando que haya la menor afectación financiera posible; la inclusión de la Evaluación de Carácter Diagnóstico Formativa (ECDF), evitando así la imposición de la Evaluación por Competencias; el mejoramiento de la infraestructura educativa, deteriorada principalmente en zonas rurales o barrios populares; y las garantías sindicales y laborales que protejan el derecho a la participación sin que haya represalias.

Carlos Rivas, presidente de FECODE, declaró que: “La educación es un derecho fundamental al igual que el derecho de asociación, aunque el Gobierno insiste en que la educación es un derecho público esencial”. Rivas agregó que si el Gobierno no cumple los 23 puntos acordados tras el paro magisterial de 2017, el gremio irá a “paro indefinido”.

Luz Perla Cardozo se levanta temprano en medio del canto del gallo y el revolotear de sus aves. Con juicio y dedicación comienza el día poniendo a secar los forrajes que son la base sustancial de su producción de gallina criolla. Una vez pone las hojas a deshidratar, alimenta sus gallinas que son parte fundamental de su vida, una forma de defender el territorio y de reivindicar la memoria de su esposo.

Todos los días, mientras las alimenta, Luz Perla trata de responder las preguntas que retumban en su cabeza. ¿Por qué razón cometieron el indignante crimen? Aunque los autores materiales respondieron algunas preguntas ante Justicia y Paz, aún quedan interrogantes sin resolver. ¿Y los actores intelectuales…? Aquellos que señalaron, aquellos que ordenaron. ¿Dónde está la verdad? Hoy, lamentablemente, la única respuesta de Luz Perla es la impunidad.
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Al asomar los primeros rayos de sol inclemente que baña el Sur del Tolima, el lunes 25 de marzo del 2002, sobre las cinco de la mañana, la angustia levantó a Luz Perla, a su esposo Baudelino y a sus hijos. Luz Perla le recordó a su esposo que desde el sábado hombres pertenecientes al Bloque Tolima de las autodefensas habían ido a su finca a buscarlo.

La primera vez llegaron en un taxi amarillo hasta la entrada ubicada a escasos 30 metros de la carretera que comunica el municipio de Natagaima con el corregimiento de Castilla, situado en el municipio de Coyaima. La fisonomía y el acento delataba que los hombres no eran de estas tierras ancestrales. Una vez entraron en la finca Altagracia, preguntaron por Baudelino. Al ver que no estaba decidieron hablar con Luz Perla. Le exigieron que contribuyera con las necesidades del grupo armado entregándoles dos reses del resguardo Palma Alta cual era gobernador Baudelino. Al siguiente día —el domingo 24 de marzo— volvieron a buscar al Gobernador, pero no lograron encontrarlo. Esta vez entraron con el vehículo hasta la puerta de la casa, y avisaron que al siguiente día volverían.

Tras conocer la situación, Baudelino decidió reunirse con los integrantes del resguardo quienes le aconsejaron entregar las dos reses para que no molestaran más a sus familias. Además, la comunidad insistió que el Gobernador, y los compañeros más visibles en los escenarios de movilización y organización indígena, debían salir de la región o tomar medidas frente al inminente riesgo.

Luz Perla, en la misma sintonía de aquel clamor comunitario, le pidió a su esposo que se fuera del territorio, pues lo peor estaba por venir. Él, con coraje y dignidad, le dijo: “No lo haré, no debo nada y no tengo porque irme”. Ella sintió escalofrío al escuchar su respuesta. Y deseó no tener miedo, doblegar la angustia de perder a su amado compañero, al padre de sus hijos, al apoyo del hogar y de la comunidad.
La mañana del lunes 25, Baudelino abrazó a Perla quien organizaba una ropa para ir a lavarla en la quebrada Guaguarco. Él le manifestó su deseo de acompañarla y estar a su lado para brindarle algo de tranquilidad en esos momentos donde tanto necesitaban el uno del otro. Ella, entusiasmada, alistó todo en una carretilla y salieron rumbo a la quebrada. Cuando avanzaron un poco vieron que se acercaba aquel taxi amarillo. Ambos sintieron temor. Baudelino pensó que esa era la posibilidad para solucionar el problema, mientras que Luz Perla sintió un escalofrío.

Del auto se bajaron cinco hombres y preguntaron por Baudelino. Él se presentó con el ahínco característico del indígena pijao. Baudelino les dijo que tenía listas las reses que pidieron y que con gusto les diría cómo podían llegar hasta ellas. Los hombres le pidieron que los acompañara a recogerlas. “No hay necesidad que yo vaya, pueden ir ustedes mismos a recogerlas, les daré la indicación de cómo llegar”, respondió Baudelino. Los criminales le ordenaron que debía ir con ellos porque su jefe deseaba conversar con él. Baudelino, temiendo por su familia, les dijo que lo esperaran, que rápidamente se arreglaría.

Luz Perla, con la angustia de quien se encuentra rodeado por el verdugo, corrió detrás de él. Al entrar en la casa, mientras se colocaba sus botas, Baudelino bajó la mirada. Sin voltear la cara se quitó su argolla de matrimonio. De repente miró a sus hijos y luego, observándola fijamente, le entregó la argolla a su esposa y salió del hogar para ponerse a disposición de los paramilitares.

Los hombres subieron a Baudelino al carro. Iba en medio de los captores en la parte trasera del taxi. El Vicegobernador, que se encontraba afuera de la casa de Perla y Baudelino, dijo que si se llevan al Gobernador debían llevárselo también a él. Los hombres respondieron que eran cinco y con Baudelino llevaban sobrecupo. Desobediente, el hombre abrió la cajuela del taxi y se metió en ella. La suerte estaba echada.

Luz Perla y sus hijos miraron con angustia cómo el carro abandonaba el predio. El carro tomó carretera y pasó por un retén de la Policía que no le prestó atención al sobrecupo del automotor. El auto se detuvo en una estación de gasolina, al parecer su dueña estaba vinculada con los paramilitares. Allí bajaron al Vicegobernador y le ordenaron que se fuera. A pesar de su insistencia los captores siguieron su camino sin él.

A las 10:30 de la mañana, el carro llegó hasta el cruce de La Molana, una vereda del municipio de Natagaima, de allí tomaron rumbo hacia el río Magdalena. Sin haber avanzado mucho el carro se atascó por lo deteriorado del camino. En ese momento se bajaron los tripulantes y de forma fría y cobarde, aproximadamente a las 10:55 a.m., asesinaron a Baudelino.

Luz Perla pasó horas de angustia, desespero y dolor. Esa misma tarde, a eso de las dos de la tarde, llegó en una moto uno de los hombres que se había llevado a su esposo. Alterado le dijo: “Vieja hijueputa, entrégueme las armas”. El verdugo entró por la fuerza, revolcó la casa, y solo encontró una vieja escopeta de fisto, herramienta muy común entre los pobladores de la zona. Perla, desconsolada, le preguntó por Baudelino, a lo que el hombre simplemente respondió que en un rato llegaría, que estaba en una de las fincas cercanas.

Sobre las cinco de la tarde, cansada de esperar, Luz Perla, acompañada por el Vicegobernador, fue hasta el corregimiento de Castilla a preguntar por su esposo. Aunque allí era frecuente la presencia permanente de paramilitares, no encontraron rastro de los criminales.

Al otro día, el martes 26, Baudelino tampoco regresó. Luz Perla agarró su bicicleta y partió hacia el pueblo. Allí, un allegado de la familia le dijo que había un muerto sobre La Molana, que fuera a ver si podía identificarlo. El conocido sabía que era Baudelino, pero no tuvo el valor de darle la noticia. Ella también presintió que era su esposo, y en ese momento sintió que moría una parte de su vida.

A los tres meses del asesinato, los hombres de la muerte volvieron. Encerraron en el baño a Perla y a sus hijas, y destruyeron la casa. Después del suceso Perla decidió irse de su finca Altagracia. Se internó en los predios de la comunidad, y gracias a la ayuda de los miembros del resguardo logró levantar una casa.

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El crimen no solo transformó la vida de Luz Perla, también el espíritu de la comunidad. El resguardo Palma Alta hace parte de la Asociación de Cabildos Indígenas del Tolima (ACIT). Esta organización vivió de manera macabra e impune el accionar de los paramilitares. Según el informe número 1 “De los grupos percusores al bloque Tolima (AUC)”, elaborado en el 2015 por el Centro Nacional de Memoria Histórica, sobre la ACIT se cometieron el 60% de los homicidios, el 88% de las desapariciones forzadas y el 80% de las masacres perpetradas por este grupo paramilitar en el Sur del Tolima. Todos estos crímenes no son simples datos. Son muestra del atropello y la intención de desaparecer una organización política de la región. Familias enteras aún lloran con dolor al recordar esos años siniestros.

A pesar de las dificultades, el dolor, el abandono estatal y la impunidad, Luz Perla ha logrado salir adelante con valentía y heroísmo. Luego de estos hechos, apoyada por un líder comunitario y concejal llamado Alberto Márquez, el cual también fue asesinado, Perla recibió apoyo psicológico y jurídico. “Entendí que no soy la única víctima. Son cientos de mujeres y familias que tristemente hemos pasado esta situación y que hemos exigido siempre al Estado verdad, justicia, reparación y sobre todo protección para que nunca más esto vuelva a ocurrir. Es que es muy verraco pasar por todo esto y al final no saber a ciencia cierta quiénes y por qué razones cometieron estos crímenes”, señala Luz Perla quien actualmente se desempeña como defensora de derechos humanos.

Los políticos locales que la comunidad señala como precursores y aliados de los paramilitares nunca han respondido por los hechos. Los policías que jugaban fútbol con los criminales en las narices de la población tampoco responden. Las familias que impulsaban, financiaban y rodeaban el Bloque Tolima de las AUC mucho menos.

A pesar de la impunidad, poco a poco Luz Perla logró emprender un camino en el cual descubrió la producción agroecológica de gallinas criollas. Su propuesta productiva, con la cual defiende el territorio del que ha jurado nunca salir, parte de estos animales a los que cuida y alimenta con dedicación. Luz Perla ha decidido extender los aprendizajes a otras mujeres y familias víctimas de todo el accionar paramilitar, para que, al igual que ella, puedan sacar adelante la vida de sus seres queridos. “Las gallinas en la finca son la alegría, son una excusa para luchar, son una motivación para vivir. Una finca sin gallinas es fría y vacía, es casi como una casa sin niños”, asegura emocionada Luz Perla.

Luz Perla es una heroína, una mujer luchadora que provoca enorme admiración. Ha sido gobernadora del resguardo Palma Alta y es una líder que ejemplifica la defensa del territorio, de las víctimas, las mujeres, la cultura, y la biodiversidad.

Aún nos duele el Salado, Mapiripan, El Aro, Frías y todos los actos de barbarie cometidos por los paramilitares en todo el país. Aún nos da rabia recordar los compañeros de la ACIT cobardemente perseguidos y asesinados. Aún no hay perdón ni mucho menos olvido.

Desde la periferia Luz Perla nos invita a resistir. Con sus gallinas nos invita a tejer siempre propuestas dignas para luchar. Con su corazón nos contagia de dignidad y nos da razones para mirar el sur de Baudelino, Alberto, Efrén y todos los compañeros asesinados por los paramilitares. Nos recuerda que por ellos ni un minuto de silencio, porque en nuestros corazones siguen vivos.

Desde Trinidad hasta La Venturosa hay tres horas de carretera destapada, en medio de morichales y cultivos de arroz. Cada cierto tiempo aparece un carro tanque. Unos van a recoger el crudo y otros ya regresan cargados. Hemos ido compañeros de Asonalca, la asociación campesina filial del Coordinador Nacional Agrario CNA en la región del centro oriente, y compañeros de la Unión Sindical Obrera.

Es un trabajo conjunto que empezamos hace años, con el propósito de avanzar propuestas unitarias entre trabajadores y campesinos. En la reunión trabajamos sobre las necesidades de la zona y la construcción del pliego. Eran las primeras reuniones, hacia mediados del 2017; mezcla de talleres y diálogos sobre las alternativas que podía tomar el comité de Asonalca y las Juntas de Acción Comunal frente a los abusos de la industria.

Las denuncias de la comunidad no se hicieron esperar. Los trabajadores se quejaban de los cambios en las condiciones de trabajo, los salarios precarios y la falta de posibilidades de transporte para ir a los lugares a desempeñar sus funciones. Las juntas denunciaban los daños ambientales y los incumplimientos en materia de inversión social. Por eso no fue difícil comprender el titular del noticiero de Caracol Televisión cuando anunció las protestas y los 'maltratos' de los campesinos hacia los miembros de la Policía.

Como era de esperar, los del noticiero no llegaban cuando las compañías petroleras abusaban de los trabajadores, ni cuando se presentaron las denuncias por los daños ambientales o los incumplimientos en materia de inversión social. No. Ellos llegaban solo cuando la Fuerza Pública se veía agredida, esa misma Fuerza Pública que escoltaba las tractomulas que sacaban el crudo y a los trabajadores prestigiosos de la compañía.

La historia no era nueva, ni en la provincia del Pauto ni en el departamento. Hacia el 2010, los trabajadores de Tauramena habían liderado protestas y establecieron los derroteros de un pliego que ha venido emergiendo en diferentes lugares del departamento: inversión social, compensación ambiental, derechos humanos, bienes y servicios y condiciones laborales. Se trataba de aspectos que habían sido vulnerados por las compañías de manera sistemática desde el momento en que irrumpían en las veredas. Era justamente el revés de las promesas con las que llegaban y con las cuales habían vencido las resistencias de las comunidades.

En el 2012 unos campesinos de la zona adelantaban protestas por incumplimientos de las compañías. La represión no se hizo esperar. En adelante, los miembros del ESMAD utilizarían, pagados por las compañías petroleras, las instalaciones del internado de Trinidad para prevenir cualquier levantamiento en contra de las operaciones de las compañías.

Hacia el 2015 fuimos junto con Daniel Abril al corregimiento de El Convento. Los casos de violaciones de derechos humanos por miembros de la SIJIN aparecieron ante la misión de verificación, encabezada por compañeras de la Red de Hermandad y Solidaridad con Colombia. Alentados por las compañías, miembros de la SIJIN habían seguido a campesinos de la zona, los habían amedrentado señalándolos de responsables de las acciones de protesta, y algunos fueron judicializados. Lo mismo sucedía para ese año en Paz de Ariporo y El Morro, donde algunos procesos de judicialización contra líderes comunales continúan vigentes. Daniel Abril fue asesinado el 13 de noviembre de 2015 en el municipio de Trinidad, lugar en donde había liderado diferentes denuncias por contaminación al río Pauto por parte de compañías petroleras y por la negligencia de las autoridades ambientales.

Por eso, después de la persecución liderada por las autoridades, y de las denuncias y el lento proceso de recomposición que se había iniciado, acompañado por las organizaciones sociales que hacíamos presencia en el departamento, no era raro que las protestas se presentaran nuevamente.

En Yopal, durante el 2017, campesinos se manifestaban en contra de un pozo petrolero ubicado a escasos 200 metros de la zona urbana, amenazando los pozos profundos que surten de agua a más del 60% de los habitantes del municipio. En Aguazul, Orocué, Trinidad y Paz de Ariporo la situación era igual. Las compañías, avaladas y blindadas por las instituciones y autoridades del Estado, trataban con arrogancia las demandas de los trabajadores y habitantes de sus zonas de influencia.

El Estado, de manera descarada negaba la posibilidad de las consultas populares, avalaba el Fracking en contra de las protestas lideradas por los habitantes de San Martin en Cesar, y restringía aún más, a través del nuevo Código de Policía, las posibilidades del ejercicio de la protesta social. En estas condiciones, la democracia representa más la posibilidad de elegir un títere que de pensar un modelo económico distinto, como lo ha venido proponiendo la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular, y cuyos pliegos han sido sistemáticamente negados por el Gobierno. Otra democracia sólo es posible al calor de la organización, la unidad y la lucha decidida en las calles y las veredas.

Habla con tal pertinencia de las recetas de su país, que parece dar a entender que hoy no están desnutridas las alacenas, y que podrían estar preparándose, en este momento, cientos de platos con sus ingredientes completos por todo el territorio nacional. “Ustedes aquí también hacen arepas; son muy similares, igual de maíz. Es que dicen que los latinoamericanos somos de maíz, porque es un ingrediente típico de nosotros igual que la papa. La diferencia es que las arepas de nosotros son rellenas”. Puede percibirse una clase de adoración a lo ausente, al verlo sumergido entre los olores que suscitan sus comentarios con sabor a cocina internacional. “El relleno varía depende de lo que a la gente le guste. Puede ser pollo desmechado, carne molida, atún, camarones, mariscos, huevo perico y la clásica que es rellena de queso”.

Las guerras de mitad del siglo XX propiciaron una migración europea a Latinoamérica; una gran parte de estos extranjeros se asentaron en Venezuela. Eso ayudó a que obtuviera una diversificación cultural y especialmente gastronómica. Néstor recuerda cómo “una familia de clase media venezolana, un lunes podía comer arroz chino, un martes lasaña, un miércoles una Paella valenciana y así por el estilo”. Antes del declive socio-económico, era común ver colonias españolas, francesas, italianas o portuguesas administrando restaurantes y panaderías en las calles de Valencia, San Cristóbal o Caracas.

Néstor Prana es alto, moreno, de barda pulida, gesto un poco confundido y acento marcado: no es difícil descubrir su nacionalidad, entre otras cosas por el vocablo característico de un bolivariano. Llegó con su familia a Sonsón a finales julio de 2017, e inicialmente se hospedaron en la casa de una cuñada. “Como no teníamos experiencia viajando como familia, tuvimos algunos percances al adaptarnos. Después de llegar a Sonsón, nos devolvimos para Medellín y estuvimos buscando apartamento, pero como en todos exigían fiador con finca raíz y no conocíamos a nadie, entonces decidimos regresar a Sonsón”, expresa Berta, la esposa de Néstor. Pronto obtuvieron el permiso especial de permanencia, una documentación legal que otorga el Estado colombiano a ciertos ciudadanos venezolanos, y pudieron arrendar un apartamento en una de las calles comerciales de Sonsón, un pueblo ubicado al suroriente del departamento de Antioquia, que por asares del destino y el desvío de una vía nacional, no es la Medellín de hoy, pero sí cuna de la colonización antioqueña, región de diversos pisos térmicos y bien llamada “tierra de la esperanza”, un valor bien recibido por los Prana Vera.

Después de ocho meses de partir de Táchira, estado en el que vivía con su esposa y sus dos hijos, Néstor, chef profesional, se siente regocijado con la paz que le inspira Sonsón. Es consciente y comparte la cultura gastronómica que predomina, por eso en su carta ofrece platos típicos de la región como sudao', pechuga, sancocho, bandeja paisa y otros; resalta además las visitas de sus clientes fieles. “El que viene y prueba los platos, los disfruta, nos recomienda y vuelve. Son profesores, policías o personas que han vivido en otros lugares y conocen un poco más la diversidad gastronómica del país”.

Asumiendo como suyo el discurso sobre la situación política de su país, Néstor hace usos creativos del leguaje para describir cual experto analista, con figuras literarias, lo que él llama "una especie de engaño". Toma aire, como queriendo obtener paciencia, por tener que volver a contar la historia que ha maquinado repetidamente su cabeza durante los últimos años con distintos tonos, y ofrece una reflexión.

"Es un proceso de más de veinte años; al principio hubo una especie de engaño con Chávez. Por la abundancia petrolera se vieron momentos muy buenos, pero él no percibió el rumbo que iba tomando el país. Te lo explico en un ejemplo: tú tienes tu casa, y tienes mucho dinero, de repente empiezas a tener problemas de gotera, se te daña el gas o el fogón, y tú en vez de repararlo, más bien comes en restaurantes finos, duermes y te bañas en hoteles... El caso es que cuando se te acaba el dinero empiezas a notar que no tienes dónde vivir ni qué comer. Eso más o menos pasó en Venezuela. Había tanto dinero que los problemas no se iban viendo. Se adoptó una economía de aduana, es decir, se prefería importar la comida que producirla. Algunos economistas percibieron lo que estaba pasando y alertaron, pero la gente del común no creíamos. Con la muerte de Chávez y la posesión de Maduro, eso fue el acabose total. De verdad que ha sido fatal. Dicen que se robaron el dinero. Yo no tengo pruebas, pero dicen que se robaron más de cuatrocientos mil millones de dólares. Para que te hagas una idea, Colombia tiene cincuenta millones de habitantes; con diez mil millones de dólares, comen todos los colombianos gratis por un año, ¿sí me entiendes?".

Berta Vera, la esposa de Néstor, piensa que “la no producción, la no inversión, la importación y el no apoyo al productor nacional, provocaron la migración de la industria y ahora de los ciudadanos”. Por la actitud en su rostro, Berta da a conocer una clase de impotencia paciente.

Con la incertidumbre a flor de piel, esta familia se arriesgó a viajar en conjunto, asumiendo las consecuencias del viaje y del destino, un destino no muy promisorio y no muy lejos de “la especie de engaño” vivido en Venezuela. No es precisamente Colombia el país ideal para llegar a afrontar una crisis. A pesar de la riqueza natural y socio-cultural con la que cuenta el país más biodiverso del mundo, y además de ser países hermanos, los altos niveles de desempleo, la inseguridad, la inequidad o la corrupción, hacen que esta no sea la mejor “tierra prometida”.

La falta de garantías estatales en Colombia, disminuye la posibilidad de que familias venezolanas como la de Néstor, puedan visionar lo que por siglos han visionado, con poco éxito, millones de familias colombianas: un proyecto de vida íntegro donde sus derechos sean fielmente respetados; o donde por lo menos la vida sea respetada. En todo caso, conscientes de la situación acontecida en el lugar de procedencia, ellos disfrutan de una cierta abundancia, muchas sonrisas y buenos momentos vividos en Sonsón.

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