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Líderes y lideresas, no simplemente cifras
Prisciliano Manuel Mercado García, de 63 años, era reclamante de tierras en el corregimiento de Guaripa, Sucre; él venía exigiendo trazar los linderos en su finca La Concepción, pero la vigilancia privada del exdirector de la Caja de Compensación Comfasucre, William Martínez, se lo impedía. Yolanda Maturana era lideresa social y ambientalista del municipio de Pueblo Rico, Risaralda, y venía desarrollando una férrea lucha contra la actividad minera en esta región controlada por las nuevas bandas paramilitares. Luis Díaz López, de 22 años, era secretario del Cabildo indígena de Tame, en Arauca, y su hermano Miller Díaz López era el fiscal de la comunidad indígena del Juliero de Betoyes. Estos hombres y mujeres tenían una cosa en común y era que ejercían la vocación más peligrosa en Colombia: ser líderes y lideresas sociales. Ahora tienen una dolorosa razón más que los identifica: todos ellos fueron asesinados. En el caso de los hermanos Díaz López, fueron asesinados por el Ejército nacional y presentados como guerrilleros del ELN, según denunció la ONIC.

Estos nombres, con sus luchas y sus vidas, según la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular (CACEP), hacen parte de los más de 220 líderes y lideresas sociales, defensores de derechos humanos y ambientalistas, asesinados desde el momento en que se firmó el acuerdo de paz entre el Gobierno nacional y la ya extinta guerrilla de las FARC, el 26 de septiembre de 2016. Estas muertes causadas por el Estado (Ejército y Policía) y por el neoparamilitarismo, se suman a los 48 excombatientes, luego integrantes del partido político Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, y los 13 familiares suyos también asesinados.

¿Por qué nos están matando?
Cínicamente el ministro de defensa Luis Carlos Villegas señaló un par de meses atrás que estas muertes obedecían a “un tema de linderos, un tema de faldas, de peleas por rentas ilícitas”. Lo que no explica este funcionario encargado de la defensa de las élites económicas del país, es que dichos linderos son los que reclaman los campesinos a grandes hacendados y a multinacionales que se han valido del paramilitarismo y el terrorismo de estado para quitarle la tierra a quien la trabaja; que las faldas envueltas en líos son las de muchas tierras productivas que son arrebatadas mediante la violencia a la gente del campo, para entregarla a compañías mineras; que las rentas ilícitas son las que financian a esas nuevas bandas paramilitares que ejecutan el asesinato de todo líder social. En síntesis, el mismo ministro explica en un lenguaje cifrado y cínico, algunas de las razones por las que se asesina a muchas personas que tienen por vocación liderar causas justas en favor de sus comunidades.

También nos están matando por protestar contra las injustas condiciones laborales que impone el empresariado poderoso del país, por movilizarse por una mejor salud, educación, vivienda digna, por denunciar y evidenciar la criminalidad estatal y exigir garantías de protección de los derechos humanos.

No es algo nuevo
Pero lo más grave es que las razones de fondo se siguen ocultando. Estas tienen que ver con la profunda desigualdad social y económica que impera en Colombia, y que ha sido la causa principal del conflicto armado interno. Aunque el Gobierno dice que estos asesinatos no son sistemáticos, la realidad misma de nuestro país demuestra que estas muertes sí corresponden a un patrón de sistematicidad impuesto por décadas.

Son una práctica histórica de las clases dominantes encabezadas por las viejas castas políticas y económicas (Santos, Vargas Lleras, Pastrana, Ardila Lülle, Santo Domingo, Sarmiento Angulo) y por las emergentes provenientes del narco paramilitarismo (Álvaro Uribe, Cabal, Lafaurie) que se resisten no solo a brindar posibilidades de participación real a los sectores sociales empobrecidos, para que con dicha participación se puedan superar sus problemáticas, sino que también se niegan a reconocer el pensamiento diferente y las formas distintas de construir sociedad. Lo hacen eliminando al otro porque ese pensar y actuar diferente de las comunidades, de sus lideresas y líderes sociales, toca los intereses económicos de esas mismas élites que han gobernado los últimos 200 años.

Tal práctica histórica se recrudece hoy como lo señala recientemente la CACEP en un comunicado: “Hoy nuevamente recordamos que existe un fortalecimiento del paramilitarismo en las regiones, la militarización de los territorios, una guerra contra el movimiento social y popular y falta de diligencia en los deberes de respeto, prevención y protección efectiva y garantía a los Derechos Humanos por parte del Estado Colombiano”.

En un momento en que se habla de paz por el logro de un acuerdo entre FARC y Gobierno, acuerdo por demás hasta hoy incumplido por este último, pero también en un momento de profunda tensión en los diálogos entre Gobierno y ELN en Quito, resulta sumamente preocupante la manifiesta falta de voluntad política de las élites, que se expresa en los incumplimientos mencionados, y también a los acuerdos con el movimiento social y popular, pero sobre todo por el tratamiento de guerra que sigue dando a las luchas populares del campo y la ciudad.

Tal situación se hace evidente en un momento de escalamiento del conflicto armado interno luego de terminado el cese bilateral entre la guerrilla elena y el gobierno de Juan Manuel Santos, cuando ante las acciones de la insurgencia contra la infraestructura petrolera, con la Fuerza Pública y las fuerzas militares al servicio de esas élites, la respuesta del Estado con sus aparatos legales e ilegales se enfila contra el movimiento social, contra los líderes y lideresas en los territorios, para encubrir su incapacidad tanto de contener a la insurgencia, como de cumplirle a las comunidades y a la misma FARC, y se excusa diciendo que las víctimas eran guerrilleros de civil, auxiliadores o en el mejor de los casos cómplices.

La paz es de los pueblos
Tenemos la fuerza, el coraje y la razón desde las clases populares para hacer emerger la posibilidad de vivir en paz, solo si creemos en nosotros mismos, nos juntamos, defendemos y protegemos a nuestros líderes y lideresas, en el día a día de batallar contra las penurias personales y las amenazas permanentes que el terrorismo de Estado impone. Tenemos que cuidarnos mutuamente, no solo porque hacer un líder es un esfuerzo individual y colectivo, sino ante todo porque es una vida al servicio de la gente, y toda vida vale, más cuando está en función del otro.

Eras un hombre pero tenías la determinación de una catástrofe. Nervios y voluntad de acero. Te llamabas Temístocles, pero tu hermana Eloísa te bautizó ‘Temis’ porque a sus compañeras de colegio les parecía muy largo tu nombre, y los bonaverenses tienen la costumbre de acortarlos para hablar más rápido. En el Barrio Oriente, donde fuiste presidente de la Junta de Acción Comunal, creían que eras un desocupado por ir de casa en casa preguntando si las tarifas del agua y la luz habían subido, por recoger los recibos y traerlos de nuevo con las tarifas normalizadas, “ya viene don ‘Temis’ a cansar, dele lo que sea”, decían. Gracias a Maricel Murgueitio te graduaste como Administrador de Empresas, tú estudiabas y trabajabas en Acuavalle al mismo tiempo, ella te hacía las tareas.

Era normal que a las cinco de la tarde aún no hubieras almorzado. Entrabas a las oficinas de la Alcaldía sin necesidad de pedir cita. Lograste intervenir en un consejo comunitario organizado por el ex presidente Álvaro Uribe, cosa que –dicen– era tan difícil de hacer. Tenías un archivo de más de 90.000 folios que contenía leyes, fallos, derechos de petición, y otros documentos que fuiste reuniendo en casi 30 años de lucha. Te lanzaste varias veces al Concejo Distrital, pero las comunidades por las que tanto luchaste no te respaldaron. Trataron de amedrentarte echándole pintura roja a las pancartas de tu candidatura. Estabas convencido de que sin territorio no había vida y que no valía la pena tener vida sin territorio, eso te trajo problemas.

A Luis Bravo y a ti los amenazaron más de seis veces. “Ese man como que tiene algún santo que lo cuida, yo he venido dos veces a matarlo y no lo he encontrado”, respondían los malos cuando iban a tu casa y tu mujer les decía que no estabas. Te ofrecieron un esquema de seguridad pero pediste protección colectiva, “yo necesito que toda la comunidad sea cuidada”, decías. INVÍAS te llevó a hoteles cinco estrellas en Cali y te ofreció cinco mil millones para que “dejaras de joder”. También te ofrecieron puestos en la Alcaldía. Nunca aceptaste. Para muchos –tal vez para ti también– era muy extraño que no te hubieran asesinado antes. Ese sábado 27 de enero, cuando Dionicia Rocendo le dio a su nieta la noticia del asesinato, la niña de seis años respondió: “Ay abuela, ¿por qué mataron a ese señor tan bueno?”.

–Yo creo que a ‘Temis’ no lo vamos a dejar de llorar. A una persona como ‘Temis’ no la deberían de asesinar porque era una persona útil para la sociedad que defendía los derechos de las comunidades. Los barrios por los que él transitaba, y Buenaventura, hoy están como un barco sin timón porque al capitán le quitaron la vida–, asegura Dionicia, líder de la Comuna 2.

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Temístocles Machado nació en Bagadó, Chocó, el 12 de diciembre de 1958.  Fue –algunos dicen que todavía es– uno de los nueve hijos de Juan Evangelista Machado y Raquel Rentería. Estando Temístocles muy chico, su papá vendió sus pertenencias y se trasladó con su familia a Buenaventura, Valle del Cauca.  Los Machado se instalaron en la Comuna 6, que para ese entonces era una zona selvática donde Juan Evangelista les enseñó a sus hijos a cultivar guama, yuca, sandía, coco, cacao y otros productos.

Además de padre, Temístocles también fue madre, pues según cuenta Rodrigo Machado, uno de sus hijos, su mamá abandonó el hogar cuando él y su hermano estaban muy pequeños.

—Él nos cambiaba y nos peinaba para ir a la guardería. No le gustaba que andáramos descalzos ni con los pies sucios–, recuerda Rodrigo.

 

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Nadie sabe cómo nace una vocación, al parecer don ‘Temis’ heredó el liderazgo de su padre, quien fue el primer presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Isla de La Paz.

Como líder de la Comuna 6 Temístocles logró que los barrios Isla de la Paz, Oriente y La Cima tuvieran acceso al agua y al alumbrado público. Se reunió con los victimarios que asesinaban a los jóvenes de la comuna. Y también gestionó casetas comunales, vías de acceso, y lugares de esparcimiento.

—Gracias a nuestras travesuras [con ‘Temis’], hoy contamos con 3 o 4 horas de agua—, dice Dionicia Rocendo.

—¿Diarias?

—No, cada tres días. Aquí usted abre la llave y se asusta, es más probable que le salga una culebra que una gota de agua.

De aquellos cultivos y matorrales donde trabajaba el papá de Temístocles nada más queda el recuerdo. Hoy en la Comuna 6 truenan las carrocerías y roncan los motores de las tractomulas que transitan día y noche por la zona.

A finales de los 90’s, cuando el INVÍAS propuso construir una arteria vial que atravesaría la Comuna 6 por la mitad, los tres barrios por los que luchaba don ‘Temis’ se convirtieron en territorios estratégicos para dinamizar y expandir la actividad portuaria de la ciudad. Desde entonces –y hasta el día de hoy– los habitantes de Isla de la Paz, Oriente y La Cima han sido hostigados por personas ajenas a la comunidad que alegan ser herederas de los predios donde están construidos los barrios.

Temístocles, indómito y valiente como su padre, asumió la defensa del territorio. De forma empírica se volvió un experto en jurisprudencia. Logró demostrar que el título de propiedad que poseía uno de los reclamantes había sido expedido por el INCODER cuando este organismo aún no existía. Y demostró que la cédula de la abuela –que supuestamente le había sucedido los predios al despojador– era falsa.

—‘Temis’ le podía hablar a usted dos días de leyes y normas –asevera Dionicia.

Para cada alegato Temístocles tenía un documento que lo respaldaba. Durante 18 años viajó un sinfín de veces a Bogotá para exigir la titulación de los predios que les pertenecían y demostrarles a los diferentes organismos estatales que su comunidad estaba enfrentando un intento de despojo.

—Él siempre andaba con tres maletines. Sabía exactamente en qué sitio y en qué maletín estaba la prueba. Y se sabía de memoria el texto. Tenía una memoria fotográfica (…) Hablaba mucho. Era un hombre que necesitaba ser escuchado —dice Daneyi Estupiñán, integrante del Proceso de Comunidades Negras (PCN), movimiento político que acompañó de cerca la lucha de don ‘Temis’.

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“Irme sería como olvidarme de mí mismo, de mi historia. Las necesidades las he padecido desde niño, no se lo niego. Así también le tocó a mi papá y él nunca se fue, siempre estuvo en el territorio, no le dio miedo. Si yo me llego a ir, los jóvenes que me escuchan dirán que me ganó el miedo a las amenazas, a los grupos armados. Nunca lo haría”, le dijo don ‘Temis’ a un reportero de Pacifista el diciembre pasado.

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Más de 400.000 personas viven en Buenaventura. Esta ciudad –de caos meticuloso, en cuyo firmamento sobresalen grúas gigantes como si fuese atacada por un pulpo de acero, construida con mucho ímpetu y poca planeación, rodeada de mar y esteros, y donde al parecer hay más comercio que capacidad adquisitiva– es un triunfo del hombre sobre la naturaleza.

La mayor parte de lo que hoy es Buenaventura hace siglos fue mar. Con basura, tierra, barro, y piedras los colonos fueron ganándole terreno hasta convertir una selva llena de zancudos en un hervidero humano.

—Eso lo hicimos lo más de fácil. Nosotros le dábamos el voto al político de turno, y él nos daba la basura (…) En el trabajo de relleno nosotros peleábamos, nos enamorábamos…  la mamá le decía a uno: “hoy viene fulanito, póngalo a tirar pala a ver si sirve”. ¿Y el muchacho por visitar la muchacha qué no hacía? –, comenta Dionicia Rocendo entre risas.

Buenaventura también ha sido teatro del crimen y el horror. Según el Centro de Memoria Histórica “entre 1990 y 2012 se cometieron 4.799 homicidios, y entre 1990 y 2014 un total de 152.837 personas fueron víctimas del desplazamiento forzado”.

—Creemos [como PCN] que nosotros no somos víctimas del conflicto armado, sino que somos víctimas del desarrollo; porque el conflicto armado no es un fin, sino un medio para consolidar la plataforma económica del enclave portuario—, argumenta Daneyi.

Este recodo del pacífico está incluido en 17 Tratados de Libre Comercio. Y cuenta con cuatro plataformas portuarias a las cuales el Gobierno nacional pretende añadirle 14 más. A pesar de los miles de millones que circulan a diario por el puerto de Buenaventura –tal como lo explica Víctor Vidal, integrante del Comité del Paro Cívico y del PCN–, este frenesí económico ha consolidado la desigualdad y la pobreza:

—Nosotros vivimos en conexión con el mundo. Por su ubicación estratégica, en Buenaventura hay dinámicas formales y hay dinámicas informales que mueven gente, mueven droga, mueven armas, etc. Somos conscientes que eso es un potencial y a la vez un riesgo; todo el mundo quiere controlar lo que genera riqueza, y Buenaventura genera mucha riqueza. El tema de Buenaventura no es una cosa de riñas callejeras, ni de pandillas. Aquí hay un control armado que intenta controlar el territorio y la comunidad para controlar negocios. Nosotros insistimos que el problema no es de los grupos armados, el problema es del modelo económico que ve a Buenaventura, simplemente, como un potencial económico.

—¿Proponen algún modelo para evitar esa maldición armada? – le pregunto.

—En un puerto como el de Buenaventura por donde solo pasa la carga –aquí no hay fábricas, aquí no hay nada– es totalmente inequitativa la relación producción portuaria-calidad de vida. Hay un puerto público, pero en concesión a un privado, entonces la actividad portuaria es privada. Toda esa riqueza se genera para unas 20 familias. Controlar a Buenaventura territorialmente es controlar la actividad portuaria, el mercado local, el mercado regional, controlar la política. Por otra parte, cuando usted hace estudios sobre la violencia en Buenaventura, se da cuenta que los barrios con más violencia son aquellos donde hay o se va desarrollar un megaproyecto. Para solucionar la problemática hay que tomar medidas muy grandes: concientizar al Estado, y a los llamados empresarios, de que la vida debe estar por encima de la producción. Nosotros no decimos que no haya actividad económica, pero necesitamos que eso compense a todos. La actividad portuaria no se hace si no hay territorio, si no hay bahía, si no hay canal, y eso es de todos los bonaverenses, no es de la empresa. Para que pueda existir la actividad portuaria los ciudadanos tenemos que sacrificar nuestro medio ambiente, nuestra movilidad, nuestra tranquilidad, nuestra salud. Todos nos sacrificamos para que funcione pero no todos nos beneficiamos. Necesitamos disminuir los impactos pero potenciar los beneficios.

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Estoy reunido en una de las casetas comunales de la Comuna 6 con varios líderes que conocieron a don ‘Temis’. La humedad y el calor se pegan silenciosos por todo el cuerpo. Miradas marchitas, silencio sepulcral y músculos tensos reinan en el salón.

Don ‘Temis’ siempre le aconsejó a doña Ana Campaz que dejara de fumar. Ella lo veía e inmediatamente botaba el cigarrillo. Doña Ana –piel tostada, pelo pajizo, camisa rosada, poseída por el llanto y el dolor– es la primera en invocarlo: “No era un amigo trásfuga. No hemos tenido un líder como él, ni lo conseguiremos así: honesto, respetable, y verdadero”.

Luego interviene Armando Torres: “Por él fue que no nos sacaron del barrio. Este líder no solamente lo perdió Buenaventura sino Colombia. No hay otro líder que lo reemplace. No creo que alguien más dedique el tiempo, y disponga de su capital, para servirle a la comunidad como Temístocles Machado”.

Hablar de don ‘Temis’ duele tanto como escuchar hablar de él. Luis Bravo no recuerda cómo lo conoció, pero asegura que no pasaba más de 15 días sin hablar con él: “He perdido hijos, enterré a mis abuelos –dice tembloroso y preso del llanto–. Pero no sé qué me pasa con ‘Temis’. Creo que no voy a ser capaz de superarlo. Hay mucho que hablar de ‘Temis’, es una cosa infinita”.

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Tu historia con Leila Andrea Arroyo –cofundadora del PCN– comenzó con un regaño. Ella te llamó para proponerte unas capacitaciones sobre jurisprudencia y derechos humanos en la Comuna 6, tú la “vaciaste”. Te molestó que contrataran gente externa para realizar una tarea que tú tenías la capacidad de asumir.

–Después de escuchar a Leila me queda claro que miles de lágrimas, miles de palabras, nunca serán demasiadas–.

—El que se haya concretado el asesinato es demasiado duro. Aunque uno espera que pueda ocurrir por el contexto tan complejo, no perdemos la esperanza de vivir por lo que hemos luchado, y verlo. Los ojos de don ‘Temis’ no lo van a ver; pero creo que era suficiente lo que había hecho. Había días que se sentía extremadamente solo y frustrado. Había que sacar valor, y hablarle muy fuerte, y decirle que no era tiempo de desmoronarse (…) No se fue de cualquier manera. Ese mismo sábado estaba programando una reunión en la Comuna 6 para el día jueves. Murió en su ley. No les dio el gusto a los demás de retroceder. Nunca se vendió. Por sus principios se mantuvo firme y eso solo lo hacen personas honestas. No se llevaron solo al líder, se llevaron a esa persona humana. La mejor forma de honrarlo es promoviendo que haya más gente como él: personas íntegras y de valores, no perfectas. Personas convencidas de que hay que luchar por lo que se es, sin dejarse pisotear por nadie.

 

 

 

 

 

De vez en cuando alguna de las imágenes que salen por las redes virtuales resulta sabia o divertida. Una de ellas decía: “¿qué es miopía?”, y respondía: “ver mejor de lejos que de cerca, por ejemplo, ver lo que está pasando en Venezuela y hacerse el loco con lo que pasa en Colombia”. Este es un mensaje muy inteligente y nos sirve para conversar con los lectores frente a los graves perjuicios que le hacen a la democracia las cortinas de humo, los falsos mensajes repetidos muchas veces, las injurias, las calumnias, los fotomontajes groseros, los epítetos y las descalificaciones sin sustento, que los grandes medios y algunos grupos que manejan redes sociales han fabricado para polarizar, llenar de odio y basura los cerebros de la humanidad. Además, contribuir a desmejorar el mínimo de cultura política que nos queda; peor si hablamos de esta práctica en medio de procesos electorales, que para algunos es la máxima expresión de la democracia. Ojo, la culpa no es de las redes.

Pero por las redes se vienen reproduciendo con mayor eficiencia, a través de herramientas audiovisuales ágiles y fáciles de percibir, los mensajes anticomunistas, xenófobos, racistas, machistas, arribistas y conservadores, en contra del cambio y la igualdad, mensajes de las clases políticas más atrasadas, muchas de ellas con gran poder político-militar no solo en Colombia sino en el planeta, y que han promovido una sociedad mundial inculta políticamente y llena de todos estos antivalores y prejuicios. Tremenda estrategia de cuarta generación que viene causando tragedias políticas hasta en los países que se suponían desarrollados como Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Italia, entre otros, en donde la ultraderecha y los grupos fascistas y nazis vienen ganando espacios de poder, en algunos casos hasta la presidencia. Lo peor es que con esta estrategia se logra vaciar de contenido y contexto cualquier debate serio. En últimas la gente puede terminar eligiendo como gobernante al que ofrezca salidas radicales, violentas y excluyentes, que para nada conducen a resolver los verdaderos y cotidianos problemas de los pueblos.

Por ejemplo, en el caso colombiano: ¿Qué es eso del castrochavismo?, ¿que Colombia en manos de ciertos candidatos se convertiría en Venezuela?, ¿es que alguien se ha encargado de hacer cuadros comparativos serios frente a los derechos sociales, económicos y políticos de uno u otro país?, ¿en qué es mejor Colombia que Venezuela?, ¿es honesto el dolor que expresan los grandes medios masivos por los niños que mueren de hambre en Venezuela?, ¿y por qué no les duelen los del Chocó, La Guajira, el Cesar y Ciudad Bolívar en Bogotá?, ¿por qué no fomentan en sus radios y pantallas la rebelión del pueblo contra esas realidades, por qué hacerlo para alguien a miles de kilómetros?, ¿es que no han visto en el centro de las grandes urbes colombianas a niños limpiando parabrisas de carros, y a jóvenes y ancianos escarbando entre la basura en busca de alimentos? Vayan a los basureros, y a las plazas de mercado o galerías en donde se botan los frutos en descomposición a ver cuántas personas hurgan allí en búsqueda de alimento. ¿No será que mientras nos “condolemos” hipócritamente de los pobres y miserables de otras latitudes, los que se roban el país hacen fiesta?

No hay nada más extraordinario y perverso que escuchar a una persona humilde y desposeída de todo lo material, sufriendo por la supuesta expropiación que le harían si sube un candidato de la izquierda al poder. ¿Y qué le podrían expropiar si no tiene nada? Peor escuchar a la clase media que tiene algo de educación enfrentar radicalmente la posibilidad del cambio social parados en argumentos elitistas, “…con Uribe al menos se podía pasear y visitar la finca”, aunque estén debiendo el carro y no tengan finca. Las élites políticas, los que siempre han manejado y administrado mal los recursos del país nos han propinado un golpe en el cerebro, uno muy grave que nos hace pensar en cuerpo y mente ajena, nos han trasladado sus mayores temores, los de ellos, y nos han hecho olvidar el camino de la lucha por la conquista de los derechos sociales y en especial nos han inculcado el desprecio por lo público, porque lo privado no se reparte, y porque lo privado es de ellos.

La reflexión es general. Es un llamado casi de angustia para que dejemos de ceder la responsabilidad de disputarnos el poder palmo a palmo con aquellos que evidentemente han despedazado y entregado el país, por un lado. Por el otro, para desechar los mensajes sin contenido y sin argumento, exigir en todo escenario en donde se presenten discusiones el debate con argumentos y sin violencia; también por las redes y los grupos es nuestra responsabilidad no hacer el juego a los mensajes basura. Hay que llamar la atención a amigos y familiares para que eleven su nivel cultural y cerremos las puertas a la desviación de lo verdaderamente importante. Promovamos por todo medio de comunicación mensajes, educativos, rechacemos el epíteto, la mentira y la exageración. El humor es clave en las relaciones sociales, pero el humor también es de utilidad para pensar, criticar y construir, no para descalificar o insultar.

Preocupémonos por la situación social, económica y política que nos estalla en la nariz, busquemos sus raíces y fundamentos, y tratemos de cambiar esa realidad. En este momento, es clave exigir a los opinadores, a los medios masivos y especialmente a los candidatos que aspiran conducir la Nación, que se refieran sin rodeos frente al derecho que tenemos todos y todas a la salud, la educación, la soberanía alimentaria, el empleo, la vivienda, los servicios públicos. Hay que preguntar en manos de quién están, cuánto producen y para dónde van esos recursos. Es necesario que se nos explique por qué nuestros bienes comunes son explotados por empresas extranjeras, y es menester informarse del destino de los dineros derivados de esas explotaciones económicas. En medio de este debate podríamos descubrir el país que nos han ocultado, el poder popular que tenemos y no hemos sacado de nuestras entrañas. El país que queremos no es el que tenga más minas, más hidroeléctricas y más carreteras 4G, sino el que tenga mejores seres humanos, más educados, y más solidarios; el país en el que ninguno muere peleando las guerras de otros y en nombre de falsos ideales, o mejor en el que a ninguno le interesa que el otro muera.

Como expusimos en el pasado editorial, nos parece que hoy se presenta la oportunidad de votar por los otros y las otras que no han usufructuado el poder. Nada con los conservadores, nada con los liberales, ni con los del centro democrático, los de cambio radical y esos otros partidos nacidos del paramilitarismo y las mafias. Hay que mirar hacia los candidatos y candidatas que provienen de sectores humildes, sociales y que le han dedicado su vida desinteresadamente al fomento de los derechos humanos, a la defensa de la vida y de los territorios, y que tal vez no habían pensado ni siquiera lanzarse a la política electoral. Tal vez sea el primer paso hacia el cambio, por lo menos en materia institucional.

Pitalito, un municipio del sur del Huila, cuenta con unos 200 mil habitantes. Es un pueblo que crece rápidamente, pero que desde hace algunos años se ha vuelto famoso por numerosos casos de maltrato y abandono de animales. Sin embargo, esto no ha sido impedimento para Yolanda Martínez, una mujer que lo ha dado todo por ellos en esta región desde hace casi dos décadas.

El refugio
Para llegar, hay que ir al barrio Tequendama, al frente de la terminal en el norte de Pitalito; luego, cruzarlo completamente en la misma dirección y transitar por un camino estrecho y rocoso. A unos 10 minutos a pie y justo antes de la ancha puerta que abre paso al refugio de animales, hay un pequeño puente bordeado de basura y por el que pasa una pequeña y sucia quebrada.

Por el silencio que predomina en esta área, puedes estar seguro de que los perros han escuchado tus pasos antes de llegar. Una vez allí, ves muchos perritos correr hacia la entrada de la casa, la cual apenas está circundada por mallas de alambres de púa y par de guaduales que adornan la quebrada. Entonces estás en el refugio, llamado Fundación Protectora de Animales y del Medio Ambiente Santa Marta, la cual Yolanda Martínez fundó hace 20 años.

Este espacio es un campo abierto que cuenta con menos de dos hectáreas y donde conviven, en una zona verde adaptada para ellos, entre 300 y 400 animales, la mayoría perros y gatos, que han llegado en complicado estado de salud o luego de ser abandonados en las calles de Pitalito.

Sobreviven con las uñas y trabajan como héroes
Esta mujer de casi 50 años de edad es una médica veterinaria de la Universidad Nacional de Bogotá. Empezó trabajando en los alrededores de la capital de Colombia como voluntaria en diferentes centros de protección animal y más tarde, a sus 28 años de edad, llegó a vivir a Pitalito.

Apenas inició labores en esta parte del país, se dio cuenta que, aunque hay muchas personas buenas, la gente en general es brutalmente indiferente con los caninos. Estos animales no solamente llegan golpeados o heridos a su refugio, sino que las personas los dejan ahí con tal de no seguir asumiendo la responsabilidad del animal. Sin medir esto, el centro de protección animal creció exponencialmente, por lo que hoy se encuentra hacinado.

A pesar de todo, hace unos seis años Alex Valdés trabaja con Yolanda Martínez en su clínica Territorio Animal y en la fundación de ella. Yolanda y su colega sobreviven con las uñas y trabajan como héroes. Los costos de los medicamentos, la comida o las operaciones quirúrgicas son supremamente bajos, además adoptan perros y gatos diariamente. Todo ello con el fin de que otras personas puedan llevar y cuidar a las mascotas abandonadas.

Lo más difícil de ayudar animales
El pasado 31 de diciembre Yolanda celebraba año nuevo en la clínica Territorio Animal junto a sus colegas y familiares. Ella salió simplemente para ver si su moto seguía parqueada donde la había dejado por última vez y para su sorpresa, había desaparecido. Aunque creyó que se la habían robado, su búsqueda no duró mucho. A comienzos de este año la encontraron tirada en una calle de un barrio periférico con las llantas pinchadas, espejos retrovisores rotos, luces dañadas, y desajustes en algunas partes del vehículo. Todos creen firmemente que fue una especie de sabotaje y venganza por su trabajo.

Yolanda junto a su equipo de trabajo hacen una especie de servicio de emergencia y ambulancia en aquella motocicleta Yamaha, un poco vieja y ruidosa, pero importantísima, pues les ha servido para asistir incluso a caballos o yeguas maltratadas o en delicado estado de salud.

A pesar del enorme esfuerzo, muchos laboyanos han criticado la forma en que actúan Yolanda y los demás animalistas que ejercen este tipo de labores en el municipio.

Como protocolo de salubridad, una de las primeras cosas que Yolanda hace cuando encuentra un perro en la calle es verificar si ha sido esterilizado, esto como un ejercicio legal y de prevención para que no haya más perros abandonados en las calles de las ciudades. La Policía ambiental de Pitalito trabaja de alguna manera de la mano con Yolanda, quien además apoya la campaña que ella promueve.

Aun así, esto incomoda a laboyanos como Edgar o Juan Carlos, uno dueño de un pitbull y el otro de un labrador. Perros de raza que fueron esterilizados, además de alimentados y cuidados, cuando desaparecieron de sus casas por algunos días y fueron hallados en ese estado. Yolanda dice que la gente desconoce la importancia de evitar que estos animales se reproduzcan en demasía.

En enero del presente año, de la vereda Regueros de Pitalito llegó a la clínica un perro con una herida en la parte superior de su lomo, cerca de su cola. El canino recibió un machetazo por un desconocido del sector. Este finalmente no pudo ser salvado debido a la profundidad del corte. De ese tipo son las noticias que se han vuelto recurrentes en los medios de comunicación locales. Todos los días llegan a la clínica o al refugio animales accidentados, maltratados o enfermos.

“Una inversión de vida”
A Yolanda por supuesto que esas cosas la lastiman. Su lucha es ayudar, cuidar e incentivar la protección hacia los animales, especialmente perros y gatos. Lleva unos 30 años en esto, alrededor de unos 20 en Pitalito, y su trabajo es tan complejo que ha pasado algunos días sin comer lo suficientemente bien.

Yolanda admite también y sin pena alguna, que reciben ropa de personas que quieren ayudar con la causa. Ha vendido las cosas de su casa, desde sillas hasta camas, con tal de invertir lo necesario en los animalitos a los que les dedica tanto empeño. Con una sonrisa en su rostro y algo de timidez acepta que espera la caída de un ángel del cielo que les dé una mano con un “lotecito” para “construir algo digno”. Yolanda le denomina a todo ese esfuerzo una inversión de vida, pues sabe que son felices con lo que hacen.

Con un poco de esfuerzo y lágrimas de emoción en sus ojos, reconoce que lo más hermoso de su trabajo es cuando han rescatado a un perrito tras estar “vuelto nada” y lo ven moviendo la cola, contento, o en un hogar adoptado por alguien. Por esas razones que parecieran ser tan simples, para Yolanda valió toda la pena y el sacrificio.

John Jairo López es un hombre que habita desde hace más de 40 años la localidad de Bosa. Vive en el barrio Potreritos, un lugar ubicado en los márgenes del río Bogotá, y diariamente junto a su esposa María y sus dos hijos mayores, Cristian y Jonathan, recorre desde la madrugada los shuts de basura de la ciudadela El Recreo en busca de desechos reciclables que les permitan hacerse a unos pesos, para sobrellevar los gastos de una familia numerosa. Mientras desarrollan el proceso de separación y clasificación de las basuras de uno de los conjuntos a los que tienen acceso, John Jairo nos contó sobre la situación del manejo de las basuras en la ciudad y las implicaciones que las recientes determinaciones de la administración distrital traen para su vida.

En primer lugar, cuenta John Jairo, existe una gran estigmatización en contra de las personas que se dedican al negocio del reciclaje, pues las personas “de bien” asumen que por sus ropas sucias y gastadas son habitantes de calle o consumidores de droga. “La gente no entiende que les estamos haciendo un bien, simplemente nos menosprecian por cómo nos vemos y porque andamos en los zorros en los que transportamos el material”. Así las cosas, el trabajo del reciclador no solamente es tremendamente mal remunerado, sino que es despreciado socialmente. Para el grueso de los bogotanos, las personas que reciclan son drogadictos o ladrones en potencia.

De allí que, con la reciente adjudicación del negocio de las basuras a empresas privadas por parte del alcalde Enrique Peñalosa, a nadie le interese si la empresa es privada o pública, pues lo único importante es que las montañas de basuras que se producen diariamente, desaparezcan con la mayor rapidez posible. Mientras sus dos hijos y la señora María separaban la basura, de las cuales emanaban unos penetrantes olores y unos líquidos viscosos que embarraban toda su ropa, le preguntamos al señor John por las implicaciones en el cambio del esquema de recolección, y este sin dudarlo respondió contundente: ¡nos volvieron a joder esos hijueputas!

John Jairo nos cuenta que con la creación de la empresa de Aguas de Bogotá, en septiembre del año 2012, en el marco de la administración de Gustavo Petro, la vida se les modificó sustancialmente, pues como él mismo afirma “a algunos les cambiaron los caballos por camionetas, a otros los organizaron en gremios o cooperativas de trabajo, a mí me asignaron un punto de recolección en el que el kilo de material lo pagan a un precio más justo”. Esta incursión de los recicladores en los esquemas de recolección, no suponía en ese entonces una decisión unilateral de la alcaldía de Petro, sino la aplicación del pronunciamiento de la Corte Constitucional, el cual obligaba a vincularlos como agentes medio-ambientales.

Mientras John Jairo enciende un cigarrillo, le preguntamos a Jonathan, su hijo mayor, por el caos ambiental que está sufriendo Bogotá en las últimas semanas, y este nos cuenta que se debe a que el alcalde Peñalosa “sacó a miles recicladores que trabajaban en Aguas”. Efectivamente las protestas realizadas por los trabajadores de la empresa pública, se generaron luego de que la administración distrital determinara entregar la recolección y el sistema de aseo en general a seis empresas privadas, excluyendo a los recicladores de la operación diaria.

La lectura que hacen John Jairo y su familia desde su trabajo como recicladores, pone en evidencia la dimensión real del negocio de las basuras, pues diezmarles los ingresos a los agentes primarios en el proceso de recolección (los recicladores de a pie, que por lo general andan con una zorra en su espalda) supone maximizar las ganancias económicas para los operadores privados que se han hecho a las licitaciones con la alcaldía de Enrique Peñalosa, pues como expresa la señora María desde un rincón del maloliente shut, “ellos no nos permiten reciclar y si nos dejan, nos pagan muy barato el kilo de cartón, y cuando llenan sus camiones los venden a las empresas procesadoras por cinco o seis veces más de lo que nos dan a nosotros”.

El negocio de las basuras es un gran botín para los empresarios privados, los cuales ubican en el último renglón de las prioridades a los recicladores, quienes en últimas son los que se ensucian las manos y la ropa para que la ciudad y el planeta no se intoxiquen tan rápido. Cuando preguntamos a John Jairo, sobre sus proyecciones hacia el futuro, su respuesta es poco alentadora: “seguir reciclando hasta que se pueda, no nos vamos a dejar morir de hambre y no sabemos hacer otra cosa, tampoco tenemos educación para buscar un trabajo, así que hay que seguir madrugando a buscar la papita”.

Hay acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, y son cruciales, porque revelan las cosas necesarias para que una sociedad funcione todos los días. Uno de estos acontecimientos ha sido la acumulación de basuras en la ciudad de Bogotá. Este hecho elemental de recoger la basura pone de presente la trascendencia de unos trabajadores nunca nombrados, sin cuya labor silenciosa, anónima y despreciada, no podría funcionar en forma normal una ciudad extensa y superpoblada como Bogotá. Sí. Esos trabajadores, los recolectores de basura, los recicladores, los cartoneros. Sin ellos ninguno de nosotros podría habitar en Bogotá o en cualquier lugar en que se necesite recoger las toneladas de desechos que producimos, como parte de la lógica destructiva y contaminante que caracteriza al capitalismo. Sin esos recolectores, Bogotá apestaría (más de lo que hoy apesta), y las miles de toneladas dejadas de recoger producirían gases tóxicos y líquidos venenosos que en cuestión de semanas causarían una pandemia apocalíptica, que afectaría en forma fulminante el corazón y los pulmones de miles de personas, y frente al cual lo que se cuenta en El diario del año de la peste, la novela de Daniel Defoe (convertida en el Año de la Peste, la película de Felipe Cazals, con guion de Gabriel García Márquez), sería juego de niños.

Sin embargo, pese a su importancia, en esta crisis de basuras los trabajadores no son nombrados, a nadie le importan. Al respecto, en esta coyuntura de desaseo generalizado deberían hacerse cuestionamientos de fondo, relativos a las miserables condiciones de trabajo y de vida que soportan miles de seres humanos que desde las primeras horas del día salen a efectuar un trabajo duro, sorteando peligros diversos, que les pueden costar la vida a ellos y a sus familiares, por enfermedades y contaminaciones que resultan de tratar con desechos orgánicos e inorgánicos. Nadie quiere saber de la existencia de ese proletariado de la basura, solo importa que ellos quiten de nuestros ojos los desechos que producimos, los lleven lejos de nuestra presencia, sin interesar el destino de este enjambre de hombres, mujeres y niños.

Con la crisis de las basuras en la capital de Colombia emerge la figura del recolector de basuras, que trabaja para la empresa Aguas de Bogotá (en proceso de liquidación), cuyos 3700 trabajadores van a ser despedidos por la administración de Enrique Peñalosa, para concederle el negocio a sus amigos. A este personaje y a sus compinches, no les interesa ni la suerte ni la vida de esos miles de trabajadores, cuyo sustento depende de recoger basuras, una actividad sin la cual no podríamos vivir.

Los recolectores de basura de Aguas de Bogotá ven en peligro su futuro inmediato, porque al menos tres mil de ellos van a ser expulsados y no se les renovará contrato. Los otros miles de recolectores, la inmensa mayoría, que trabajan por su cuenta y riesgo, alcanzan escasamente un ingreso diario de 20 mil pesos (menos de diez dólares), por efectuar esta labor de utilidad pública y social.

Pero mientras esto sucede, a través de los medios de desinformación, y principalmente ahora por las redes antisociales, se difunden todos los días y a toda hora, chismes sobre la estrafalaria vida de los “famosos” (James Rodríguez, Falcao García y Shakira…), como si su existencia y las estupideces que a diario dicen o realizan, fueran trascendentales para la vida de todos los colombianos. Mientras que los recolectores de basura son despreciados y tratados como delincuentes y criminales, los medios de desinformación masivos (empezando por los noticieros deportivos y de farándula) adulan a esos famosos, que se han convertido en delincuentes de cuello blanco y de alta alcurnia, puesto que los mencionados arriba son, sin excepción alguna, evasores de impuestos, ladrones del fisco español, hasta el punto que uno de ellos, Falcao García, tuvo que pagar 6.5 millones de euros en multa. Si esa es la multa, no es difícil suponer la magnitud de su delito (que ameritaría cárcel de varios años).

Como muestra de la injusticia del capitalismo local y mundial, mientras que los recolectores de basura se mueren de hambre o subsisten con los mismos desechos que recogen, los “famosos”, cuya actividad es innecesaria, ganan millones de euros en salario, por efectuar cosas que no tienen ninguna importancia para la sociedad. Una sociedad, cualquiera que sea, puede vivir sin las patadas del futbol de James o Falcao y sin los aullidos destemplados de una bailarina que a veces trata de cantar, como Shakira. Si estos dejaran de existir o de hacer lo que hacen, de ninguna manera eso representaría un colapso social, ni mucho menos. Pero con los recolectores y recicladores no sucede lo mismo: sin ellos, literalmente hablando, no podríamos vivir.

El culto a los ricos y poderosos conduce a creer que son estos los que serían imprescindibles, lo que evidencia que en el capitalismo de hoy lo que de verdad cuenta y vale, tiene un precio inversamente proporcional a su valor real para la sociedad. Así, los recolectores de basura, con una función social de primer orden, valen menos que la basura que recogen, mientras quienes como Shakira desempeñan labores baladíes en términos del metabolismo material de la sociedad, obtienen ganancias aberrantes, que no se corresponden para nada con la nula importancia de lo que hacen. Por ejemplo, Falcao y James ganan en forma neta, libre de impuestos y deducciones, 750 mil euros al mes (2625 millones de pesos), mientras que Shakira recibe 4 millones de euros al mes (133 mil euros cada día, equivalentes a 465 millones de pesos). Esta última cifra de los ingresos diarios de una persona como Shakira, corresponden a lo que un reciclador de basuras, suponiendo en forma optimista que devengue el salario mínimo mensual de hoy en Colombia (780 mil pesos, o 260 dólares), ganaría en 50 años. Así de injusto e irracional: el recolector de basura, esencial para todos nosotros, va a ganar en medio siglo, lo que una persona que no desempeña ninguna actividad que sea importante para la sociedad, gana en 24 horas.

Aunque esto sea lo que existe en términos salariales, esa desigualdad demencial no puede ocultar ni negar –como se ejemplifica en estos días de acumulación de basuras en Bogotá– que vale más para la subsistencia de una sociedad recoger basuras que dar patadas a un balón o entonar gritos estridentes. Como lo ha dicho el crítico literario inglés Terry Eagleton, “buena parte de ese trabajo sucio y peligroso […] podría ser realizado por antiguos miembros de la familia real (inglesa)”. A lo que podemos agregar que el trabajo sucio, duro y peligroso, de recoger basura, debería ser realizado por todos nosotros, incluyendo a los “famosos” que no hacen nada importante en la vida, aparte de generar basura material y contaminación espiritual.

Por lo demás, a los trabajadores de todos los sectores, precarizados y explotados en forma intensiva como los recolectores de basura, bien les cabe emprender una lucha organizada y colectiva con la actualización de la célebre formula del Manifiesto Comunista: “¡Basuras del mundo, uníos!”.

Tres entradas principales dividen el Hospital, cada una conduce a un servicio distinto: citas médicas y atención a madres gestantes, farmacia, y urgencias. En la primera entrada del Hospital Rosalpi, ubicado en el municipio de Bello, Antioquia, como es usual en las entidades de salud del país, amanece una fila de pacientes. El objetivo es conseguir uno de los 18 fichos para citas médicas que reparten de lunes a jueves a las 6:00 a.m. La sala de espera es grande, y aun así no da abasto. El ruido de los dos televisores que hay en la sala se mezcla con el de las voces de los pacientes que conversan, los niños que intentan infructuosamente jugar en los pasillos, las recepcionistas que tramitan las diligencias de las personas, y los médicos y enfermeras que, afanados, tratan de atender a los pacientes.

Más aparte, en la farmacia, se forma otra fila conformada en su mayoría por adultos mayores que, uno a uno, van reclamando sus medicamentos. En la tercera puerta, la que conduce al servicio prioritario de urgencias, el ritmo es otro. Constantemente llegan y se van las ambulancias, así como entran y salen los pacientes. En la salita de espera del servicio de urgencias hay pocas personas. Una de ellas es Darli, una mujer de 30 años que espera para ser atendida mientras se queja por unos fuertes dolores que siente en el vientre. El primero en salir es Julián Camilo Pérez, un filósofo de la Universidad de Antioquia que trabaja como profesor de español, y que recurrió al servicio de urgencias por un fuerte dolor de oído.

“Yo tengo una otitis. La enfermedad la tengo desde el jueves, anoche me dio fiebre y se me hinchó bastante. El dolor es insoportable. Entonces llegué, me revisaron, me dijeron que no era grave. Me devolvieron y me dijeron que pidiera una cita prioritaria. Cuando estaba allá pasaron corrillos de gente quejándose porque hay pocos insumos. Además, hay muy poquitos médicos y muy poquitas enfermeras atendiendo”, cuenta Julián Camilo.

Lo que dice Julián es cierto. En el Rosalpi hacen falta insumos. Fuera de eso a los trabajadores les han venido incumpliendo con los pagos desde noviembre de 2017, y ahora acumulan tres meses sin sueldo. Esto ha motivado a los empleados del Hospital, que han decidido continuar sus deberes laborares con normalidad, a organizarse y a protestar contra la Administración del municipio de Bello.

¿Qué originó la problemática?
Jorge Iván Gil, un microbiólogo que ha trabajado más de 20 años en el Hospital y que fue nombrado como uno de sus representantes en la movilización, explica cómo fue que el establecimiento empezó a crear un déficit que hoy se calcula en 6000 millones de pesos: “La mayoría de los ingresos dependen de los pacientes de Savia Salud EPS, y ellos tienen unos pagos atrasados, nos deben más o menos 980 millones. Tenemos un problema también con Caprecóm que desapareció y nos quedó debiendo como 1500 millones de pesos”.

Ante esta situación se han vislumbrado varias salidas, pero todas dependen de la voluntad política de varias instituciones. En primer lugar, la entidad está intervenida fiscalmente, por lo que la Alcaldía, la Gobernación, y el Ministerio de Hacienda se comprometieron a hacer un salvamento fiscal de 6000 millones de pesos, repartidos en tres años: 2017, 2018 y 2019. Pero estos pagos no han comenzado. En segundo lugar, dada la importancia que tiene el Rosalpi para el municipio de Bello y la presión que ha ejercido la ciudadanía, la Alcaldía se comprometió, primero, a realizar un préstamo, previa autorización del Concejo municipal, para sanearlo fiscalmente, y segundo, a desembolsar 425 millones de pesos que le debe a este desde hace un año.

Pero ni lo uno ni lo otro. La Alcaldía incumplió sus compromisos. Según otro representante del Hospital, el odontólogo Pedro Cano, el desembolso de la deuda, que estaba pactado para antes del primer lunes de febrero, no se dio, y el préstamo ni siquiera ha empezado a tramitarse: “Hasta el momento no hemos visto ningún movimiento para hacer el desembolso. Y el alcalde no se ha dignado citar a los concejales a sesiones extras para aprobar el préstamo”, agrega Cano. El único avance, hasta el momento, ha sido recibir el sueldo correspondiente al mes de noviembre del año 2017, pero, de nuevo, se van a acumular tres meses sin sueldo, y no ha habido cómo pagarles a los proveedores.

***
Entre la sala de espera y los médicos de urgencias hay una gran puerta gris que cada que se abre acapara las miradas de todos. Detrás de ella hay un pasillo en cuyo final hay cuatro personas sentadas recibiendo oxígeno. Justo al lado está la entrada a la zona de las camillas y a los consultorios, donde atienden a quienes van por urgencias. Dos camillas están ocupadas; en una de ellas hay una mujer dormida con un catéter inyectado en sus brazos, y en la otra un hombre mayor que espera ser remitido a otra institución médica ya que requiere de la atención de un neurólogo y allí no lo hay.

En este lugar trabaja Maribel Duque, quien es la jefa de enfermeras del servicio de urgencias, y una de las afectadas por la crisis económica que atraviesa el Hospital. Maribel, que además de ser enfermera estudia derecho por las noches en la Universidad Santo Tomás, tuvo que endeudarse para poder continuar sus estudios, y ha visto cómo los servicios se han afectado desde que la crisis comenzó. “Existen dificultades desde la parte de compras, porque algunos proveedores ya no están despachando insumos ya que la cartera se ha incrementado bastante. Tuvimos unos días en que no teníamos todas las suturas, y todavía hay carencias de algunos medicamentos. Les toca a los médicos reemplazarlos por otros. Estamos funcionando a media marcha”, explica Maribel, quien además cuenta que, como en todo el Hospital, y a pesar de que no les han pagado y no tienen los suficientes insumos para atender a los pacientes, han continuado con la atención de la manera habitual. “Nosotros sabemos que es una atención prioritaria y no la podemos detener por nada”, agrega Maribel. De la misma manera opina Jorge Iván Gil: “La mayoría tenemos más de veinte años de trabajar en la empresa. ¿En estos momentos para dónde se va uno? La salud está mal en todas partes. Tenemos que cumplir con el trabajo, tenemos que venir a trabajar. Por eso estamos haciendo la movilización”.

El lunes 12 de febrero los empleados del Hospital Rosalpi realizaron nuevamente una marcha. Esta vez desde la estación Bello del Metro hasta la sede de la Alcaldía en el parque del municipio. Esta marcha es solo una de las tantas manifestaciones que han realizado, además de las asambleas generales que hacen semanalmente, las actividades con la comunidad, y la empapelada de una parte de la fachada del Hospital con carteles que invitan a la movilización. Todo con el fin de denunciar y protestar contra el olvido que la Administración municipal tiene con una entidad conocida por su servicio a los bellanitas. Como sentenció Julián Camilo Pérez, “esto es un problema estructural y de corrupción. No es solo del Hospital”.

 

En El Socorro – Santander, las mujeres son protagonistas de historias contadas a viva voz en su revista radial “Mundo mujer”.

El ocho de marzo de 2017 se escuchó por primera vez la voz de las mujeres comuneras en la revista radial “Mundo mujer”. Este programa, hecho por mujeres para la sociedad colombiana, es un espacio de expresión de la Unión de Mujeres Comuneras de Santander –UMCOSAN–, que surge como fruto de cinco años de participación de la mujer santandereana en la vida orgánica de la Cooperativa Nuevo Amanecer que cuenta con 520 asociados, donde el 85% es participación femenina.

Victoria Delgado, quien hace parte de la Cooperativa Nuevo Amanecer y es la presidenta de UMCOSAN cuenta que la cooperativa “es una entidad sin ánimo de lucro, construida hace 16 años. Reivindica el derecho a la obtención de una vivienda propia y digna para familias excluidas socialmente. A esta Cooperativa le dan vida familias que por su situación económica no están en capacidad de adquirir vivienda mediante créditos bancarios y con mínimas posibilidades a los beneficios y programas por parte del Estado colombiano. La Cooperativa Nuevo Amanecer desde la reivindicación de este derecho fundamental hace esfuerzos por la formación política de sus asociados que conlleva a la comprensión objetiva de cada una de sus necesidades materiales, espirituales e intelectuales”.

Luego de varios espacios de reflexiones de las mujeres que integran la Cooperativa, se dieron cuenta que faltaba un espacio propio de mujeres, y nació así UMCOSAN en el 2017. Según Victoria “a este proceso de mujeres también le faltaba un espacio de expresión masiva que permitiera desde el ideal de la mujer llevar la voz a todas las mujeres de la población en pro de concienciar sobre el flagelo del capitalismo, el patriarcado y machismo que culturalmente predomina en la sociedad colombiana”.

Es de esa manera como en marzo de 2017, y después de varios ejercicios reflexivos y gestión de recursos, y en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, se gestionó una emisión todos los viernes de 8 a 9 am. en la emisora comunitaria La Cúpula, y se creó “Mundo mujer”, el programa que expresa y reivindica los derechos plenos de las mujeres.

Luego de evaluaciones y valoraciones, el propósito de estas mujeres es llevar la experiencia a otros municipios del departamento de Santander y constituir un fuerte movimiento femenino, articulado al contexto regional y nacional, unido a las luchas campesinas, estudiantiles, indígenas y en general al pueblo, donde se incida en las políticas públicas del país, permitiendo las transformaciones necesarias para un país con vida digna para hombres y mujeres.

Este ocho de marzo del 2018 “Mundo mujer” celebra su primer año al aire, y el compromiso y trabajo ha permitido que desde la visión de la mujer santandereana se aborden las diferentes problemáticas, pero también las propuestas y alternativas de defensa y permanencia del territorio, y los mecanismos para avanzar en una vida libre de violencia para las mujeres.

Un nuevo espacio que se abre para las mujeres es la articulación de las experiencias comunicativas y organizativas como movimiento social de la región Centro Oriente, que permitirá que las propuestas de trasformación social en voz de las mujeres traspasen fronteras y se escuchen a una sola voz.

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