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En la medida en que la lógica del capital se ha ido expandiendo por el mundo –un proceso que tan solo se ha logrado plenamente en los últimos treinta años–, la mercancía se ha impuesto como la razón suprema de la existencia humana. Aparte de ese hecho incontrastable que ha significado convertir a la tierra en un gran bazar planetario, donde todo se compra y se vende, otra característica del capitalismo realmente existente radica en que las mercancías cada vez duran menos, y tiende a dominar lo efímero, lo fugaz, lo instantáneo. El capitalismo es cultor del presente, dimensión temporal que le sirve para reducir la vida humana a pocos actos: comprar, consumir y contaminar. Los seres humanos en este mundo capitalizado hasta los tuétanos no tenemos ni pasado, ni futuro; estamos encadenados al presente hedonista, sin sueños, utopías, ni esperanzas, salvo que consideremos que el celular es la utopía, que el consumo es el sueño del edén hecho realidad y las esperanzas se reducen a poseer una cantidad de cosas inútiles y dañinas, que lanzan las empresas capitalistas a toda hora para envenenar el alma y el cuerpo y destruir los ecosistemas, con tal de obtener fabulosas ganancias.

Esta realidad capitalista domina el mundo material y la producción de ideas, hasta el punto que estas últimas también se han hecho desechables. Como norma dominante, ya no hay ideas sino ocurrencias y disparates, que se venden como si fueran aportes extraordinarios al saber humano, cuando en el fondo son estupideces, como se ve a diario en las universidades del mundo entero, convertidos en centros de la ignorancia generalizada. Esas universidades se parecen cada vez más a los centros comerciales, donde las ideas se hacen desechables, y aunque no tengan ninguna importancia creadora que beneficie a los seres humanos, a sus promotores solo les interesa enriquecerse, como se demuestra con las tonterías que promueven el “pensamiento positivo” y baratijas por el estilo.

Nada ni nadie parecería perturbar ese “mundo feliz” del capitalismo, que habría logrado auto-reproducirse al infinito, mediante la producción ininterrumpida de mercancías y su consumo generalizado. Nada importarían las desigualdades sociales, ni la explotación intensificada de los trabajadores en los cinco continentes, ni la destrucción de los ecosistemas, porque el dominio del capital marcharía hacia el crecimiento eterno, ahora impulsado por las pretendidas nuevas lógicas de acumulación, basadas en el espejismo del dinero como creador de riqueza (D-D', la ficción dineraria), que generarían las nuevas tecnologías informáticas. Este estribillo fue el que se repitió durante dos décadas, tras el fin del socialismo burocrático y la desaparición de la URSS, cuando el triunfalismo del “nuevo desorden mundial” proclamó que habíamos entrado en una nueva época, de dicha eterna, sin crisis, ni sobresaltos para un capitalismo que llegó hasta proclamar el fin de la historia. En ese momento (1989-2007) aparentemente desapareció el nombre que encarna al principal crítico del capitalismo, Karl Marx, a quien se volvió a declarar muerto y se efectuaron muchos cortejos fúnebres en la década de 1990.

El capitalismo y sus ideólogos mundiales, envalentonados con su triunfo en la Guerra Fría, pudieron respirar tranquilos porque el espectro de Marx y el comunismo había pasado a mejor vida. Como ha acontecido en diversos momentos en la historia del capitalismo desde el siglo XIX, la idea coetánea de la muerte de Marx y la consolidación de un capitalismo sin crisis ni contradicciones, resultó ser una especulación sin sentido. Esos ideólogos de la prosperidad eterna del capital hacían suya la pretensión que el propio Marx criticaba con ironía en su tiempo, hablando de las crisis: “Todos quieren la competencia sin sus nefastas consecuencias. Todos quieren lo imposible: las condiciones de vida burguesa, sin las consecuencias necesarias de estas condiciones”. La crisis capitalista que se inició en el 2007, y se mantiene en estos momentos, puso de presente que Karl Marx en realidad nunca se había ido, que su espíritu crítico y combativo siempre nos ha acompañado.

Una semántica revolucionaria
Marx inauguró una tradición teórica hace 170 años, que sigue viva y se mantiene como un instrumento para luchar por la transformación de la realidad capitalista. Haber construido una semántica social y política, radicalmente crítica, es uno de los aportes imperecederos de Marx, cuyo abandono por parte de importantes sectores de ese híbrido que se sigue llamando “izquierda”, ha tenido consecuencias desastrosas. Porque una cosa es la necesidad de actualizar el contenido de los términos con referencia a las modificaciones del mundo real, y otra muy distinta es su abandono con el pretexto de que la realidad ha cambiado tanto que es otra y que para aprehenderla ya no sirven los términos críticos de la tradición teórica de Marx.

Ese cambio de terminología no es fortuito: es el resultado de una estrategia del capitalismo, tendiente a eliminar de la conciencia de los seres humanos la posibilidad de pensar el mundo de otra forma a las ideas dominantes, generadas por el mismo capitalismo. Dejar de utilizar los conceptos de explotación, capitalismo, clases sociales, lucha de clases, plusvalía –para solo mencionar algunas de las desarrolladas por Marx– no es un cambio decorativo, sino que es una mutación decisiva: significa renunciar a las posibilidades analíticas (no solo descriptivas) para comprender la realidad, y sobre todo políticas para enfrentarla.

Cuando se deja de utilizar el término explotación, por ejemplo, se está renunciado a comprender lo que está sucediendo en el mundo del trabajo a nivel mundial y se pierden los nexos existentes entre generación de valor (que efectúan los trabajadores mediante la explotación) y la ganancia obtenida por los capitalistas y acumulada en forma de riqueza monetaria o de capital físico. El abandono del término explotación impide desentrañar lo que se encuentra tras el dato estadístico (apartemente frío), que denota un contenido aberrante de la sociedad capitalista, como el que suministró la ONG Oxfam a comienzos de 2016, cuando se indicó que solamente el 1% de la población mundial tiene más riqueza que el 99% restante. ¿Cómo entender esta tremenda disparidad si no se habla de explotación? Eso nos remite a lo que sucede con los trabajadores por doquier, una gran mayoría de los cuales soporta las condiciones laborales del siglo XIX, y cuya fuerza de trabajo genera la inmensa riqueza que beneficia a una reducida porción de la población mundial, formada por multinacionales y grandes capitalistas.

Marx nos enseñó a usar unos términos que dotan de identidad a los anticapitalistas del mundo y nos suministran unos instrumentos analíticos y políticos, que deben ser enriquecidos porque no son pétreos e inmutables, con el estudio de la realidad concreta. Renunciar a ese lenguaje es perder un soporte básico en la lucha anticapitalista, es como hallarnos huérfanos, sin una brújula que oriente nuestras luchas y acciones. Perder nuestro lenguaje no es cualquier cosa, es deponer de entrada las armas de la crítica radical para enfrentar al capitalismo.

Un pensador crítico
Marx fue un pensador crítico, en tres sentidos. En una primera dirección, la crítica apunta a desentrañar los mecanismos específicos que caracterizan el funcionamiento de las relaciones sociales capitalistas, como una realidad histórica, que ha sido presentada desde sus orígenes como una relación natural, eterna e inmodificable. A esa labor crítica, Marx consagró la mayor parte de su existencia, sobre la que nos dejó unos cimientos invaluables, que se constituyen en las piezas más notables del anticapitalismo jamás escritas y que, por lo mismo, le granjearon el odio eterno de los capitalistas de todas las épocas.

En un segundo sentido, la crítica devela las adulteraciones ideológicas de la “ciencia económica estándar”, que en su tiempo incluía a lo mejor de la economía clásica. Se trataba de demostrar que, tras las categorías de la economía, se ocultaba la pretensión de presentar como natural al capitalismo, como si no fuera una relación social sujeta a sus propias contradicciones, y como si además el fetichismo de esas categorías no fuera la expresión más profunda del fetichismo de la mercancía y el dinero.

Pero Marx no es un crítico que critica porque sí, como sucede a menudo con los iconoclastas o nihilistas, sino que tiene en mente una sociedad alternativa al capitalismo (aunque, por desgracia, en esa dirección haya avanzado poco, por múltiples y variadas razones), lo que es el tercer sentido de la crítica. La apuesta de Marx es por una sociedad emancipada, en la que los productores asociados rijan sus propios destinos.

De estos tres sentidos del término crítica, sobresale el último, si se consideran los intentos fallidos de avanzar en esa dirección durante el siglo XX. En efecto, la derrota de los proyectos anticapitalistas en el intento de construir el socialismo ha hecho que se acepte en algunos círculos liberales y de izquierda del mundo el sentido de la crítica de la realidad capitalista y de las categorías que los encubren, pero que se dude de la posibilidad de alcanzar el tercer sentido de la crítica, el de construir otra sociedad distinta y superadora del capitalismo.

El fracaso de esos proyectos no invalida la urgencia de construir alternativas al capitalismo, porque ahora esa necesidad es más apremiante ante la crisis civilizatoria, que pone en peligro la supervivencia de la humanidad, la terrible realidad que hoy enfrentamos. Aquí hay un punto discutible o que por lo menos requiere precisar algún tipo de matiz. Nos referimos a la idea de Marx sobre la abundancia en una sociedad futura y alternativa al capitalismo. Habría que aclarar qué se entiende por abundancia, si es simplemente el poseer cosas materiales sin límite alguno –lo cual ya sería característico de los países capitalistas super-desarrollados, empezando por Estados Unidos– o hacer extensivo ese consumo de un 20 o 30% de la población mundial al resto de la gente del planeta (un poco como lo que podemos denominar la delirante “opción China”). Este significado material de abundancia es en la actualidad imposible de alcanzar, porque nuestro planeta tierra, el único habitado y habitable, es finito en recursos y en energía, y de él no se puede extraer materia suficiente para concederle a siete mil millones de seres humanos los lujos y despilfarro que caracteriza al habitante promedio de los Estados Unidos. Para que eso fuera posible, se necesitarían nueve planetas como la tierra, de los que no disponemos.

La idea de abundancia en Marx debe ser entendida en un sentido más profundo, que suponga la satisfacción de las necesidades vitales de los seres humanos, junto con las necesidades históricas indispensables, y disfrutar de tiempo libre para enriquecer las relaciones humanas (abundancia de tiempo y de relaciones y no de cosas). Abundancia, en esta dirección, apunta a construir una sociedad plena de vínculos afectivos, con mucho tiempo libre para disfrutar, y sin que el trabajo sea un castigo, ni una pesada carga alienante.

Un pensamiento revolucionario y vivo
La obra de Marx expresa un pensamiento revolucionario fructífero, vivo y en diálogo permanente y crítico con lo más valioso de la ciencia y el conocimiento de su tiempo. Marx se veía a sí mismo como un “devorador de libros”, con lo cual quería decir que estaba al tanto y le interesaba lo que se produjera en términos de conocimiento. Ese saber enciclopédico que caracterizaba a Marx, y sorprendía a quienes lo conocieron, no pretendía acumular saberes o títulos, algo que caracteriza a los pedantes doctores y profesores universitarios de nuestros días, sino que estaba destinado a convertirse en la materia prima de una elaboración intelectual muy original, cuyo objetivo era alimentar la lucha de los trabajadores contra el capital.

Si bien Marx dialogaba con la ciencia de su tiempo, no era un cientificista convencional, que atesoraba saberes para él, sino que consideraba que “quienes tienen la suerte de poder dedicarse a los estudios científicos deben ser también los primeros en poner sus conocimientos al servicio de la humanidad”. Un saber al servicio de la humanidad es un lema que resume lo que era y quería Marx, y también debería guiar la actividad de los trabajadores del pensamiento y de los militantes revolucionarios que procuran seguir la senda anticapitalista de Marx en nuestros días.

En ese esfuerzo intelectual, Marx fue influido por lo más notable del pensamiento de su época, el fermento que nutre su síntesis crítica, y por supuesto, también por concepciones eurocentristas, progresistas y evolucionistas. Estos son algunos aspectos que resaltan los críticos de Marx, entre los que se incluyen algunos poscolonialistas, desconociendo que gran parte de las afirmaciones eurocentristas y progresistas fueron rectificadas en otras obras, lo que desde luego no implica desconocer algunas páginas desafortunadas como las que escribió sobre Simón Bolívar. Así, para señalar un ejemplo, la afirmación de Marx a comienzos de la década de 1850, sobre las pretendidas bondades del capitalismo inglés en su expansión por la India, son superadas con la demoledora crítica que realiza años después sobre el carácter colonialista y opresor de ese capitalismo, no solo en el continente asiático sino en el propio suelo europeo, como acontecía en Irlanda.

La vida y lucha de Marx demuestra su carácter de revolucionario, comunista y anticapitalista. Hoy no nos sirve un Marx “políticamente correcto”, momificado para regocijo de los apologistas del capitalismo, sino aquel pensador radical que nos invita a sublevarnos en el siglo XXI, como él lo hizo durante el siglo XIX. Por eso, las nuevas generaciones seguirán escuchando el trueno relampagueante de Karl Marx, un pensador que nunca se fue, sino que siempre vivió entre nosotros, en las luchas abiertas o encubiertas que nunca han cesado de librar los trabajadores y los explotados y oprimidos del mundo entero contra el sistema del capital.

La esquina

La luz que se colaba por el ancho ventanal reveló el comienzo de un nuevo día. Su mirada se posó en el techo recorriendo las grietas e imperfecciones que tal vez le mostrarían el lugar donde se encontraba. Las paredes de la mina eran angostas y en los paneles el ruido se amplificaba apabullante. Con una bocanada de aire reafirmó que no estaba bajo tierra: ya no habitaba el infierno de Potosí.

Los socavones habían devorado a su padre y a su abuelo, quienes trituraban la piedra para recoger la piltrafa del cobre. Su madre empujó el pesado vagón hasta que un día sus pulmones exagües se negaron a respirar el aire malsano y rencoroso. Todo se lo había arrebatado. Incluso ese fantasma se apoderaba de sus sueños ahogándolo en la incertidumbre de no saber si era libre o estaba enterrado en vida.

Cruzó la frontera hacia el sur. Ahora en una ciudad que no le pertenecía le arrancaba a las calles algunos pesos, que si bien no eran muchos, le permitían el privilegio del sol acariciando su espalda y a veces una comida digna. Había vendido de todo: cigarrillos a las afueras de los salones de baile, dulces en los cinemas, agua en el cruce de los semáforos y calendarios en las rutas de los colectivos. Recorría mil veces las intersecciones y avenidas voceando las noticias de algún periódico o tratando de perder de vista a los policías que le perseguían por su doble delito: vender en el espacio público y ser un extranjero.

–Cuidado negro, a Claudia le quitaron toda la mercancía ayer, vos sabés, la cosa no está para bromas. La aporrearon fuerte y se la llevaron en una patrulla hasta la comandancia en el centro.
–No te preocupes, yo mido a ojo la distancia de los policías y además corro fuerte. Algo bueno me dejó el trabajo en la mina.
–El problema no es el calabozo, es que te saquen del país. Ya ves que por eso de la guerra la gente se pone delicada.
–Si te contara cuántas veces me han echado a Bolivia no me lo crees. La última me pasé seis semanas en la frontera, parece que había problemas con una gente que quería cruzar para escaparse… pero aquí estoy, negro pero cariñoso.

La calle atestada lo recibió entre el trajín de unos y la indiferencia de otros. Sus grandes hogazas de pan entrelazadas en un canasto anunciaban el sustento del día. A su lado una mujer joven vendía agua y más allá otra ofrecía café en grandes termos. En la acera del frente las notas de un bandoneón crepitaban con nostalgia mientas un viejo entonó con voz gastada Arrabal amargo… El ruido y el movimiento de la urbe impregnaron cada espacio de monotonía. Lejos de ser un caos sin forma, todo evocaba una sinfonía compuesta por sonidos opacos, voces alegres, notas musicales y el transcurrir incesante de los automóviles. La vida estaba presente en cada elemento, en la dureza del metal y los árboles que generosos daban su sombra a la mitad del pavimento.

–Negro corre…que se viene la policía.

Todos a uno recogieron sus cosas armando grandes mochilas y trataron de perderse entre la multitud. Las calles se apretaban como un laberinto, el cual recorrió echando nerviosas miradas hacia atrás. Desandando varios trechos trató de superar una empinada acera pero dándose por vencido decidió girar por la esquina hacia el abasto principal. A lo lejos avistó un hombre a caballo… sintió que no tenía escapatoria.

El tercer camión casi lo golpea de frente. Era una fila casi inagotable que abarcaba toda la carretera y se extendía hasta donde permitía la mirada. En los ojos de los militares no se anunciaba la victoria. Uniformes desgastados, caras pálidas y barbas de varios días, manos temblorosas que intentaban articular un símbolo de despedida.

–Che negro, por favor regálanos un pan, tenemos hambre.
Andrés se acercó mientras su mano generosa alargaba una hogaza.
–Héroe, ¿de dónde vienes y a dónde vas?
–Me llamo Leonardo, soy de Chivilcoy y todos venimos de las Malvinas.
–No había comida… frío, mucho frío… atacaban con bombas…yo traté de salvarlo… tenía miedo… la noche asustaba­–, todos venían de un infierno congelado en las Malvinas.

Nunca supo cuántos camiones recorrió o por qué lo hizo. Los panes se multiplicaban junto con los abrazos y las manos que le agradecían. Los nombres de provincias, pueblos pequeños y ciudades se entrelazaban con apellidos y calles donde los que volvían deseaban regresar. Lágrimas o solo silencio, ojos que perdidos en la nada daban testimonio de una guerra donde todo se había perdido desde el principio.

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido.

En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie te dio.

Recordó la jaula que llevaban los mineros a las entrañas de Potosí. Una mina que asesinaba a los hombres o los devolvía convertidos en escoria. La guerra era igual, solo los muertos o los generales se cubrían de gloria, los demás sobrevivían para repetir en sus cabezas los horrores y pasar noches enteras recordando los nombres de los que no estaban.

Los camiones comenzaban a perderse en el horizonte. Las sonrisas devolvieron a esa calle un poco de dignidad antes de que todo volviera al silencio. Ese día Puerto Madryn se quedó sin pan.

El sol se ocultó silencioso, indiferente.

¡A estudiar, luchar y transformar!

 

¿Cómo explicar que cien años después de la Reforma de Córdoba las luchas del movimiento sigan teniendo vigencia? Pareciera increíble que una discusión que se dio entre las juventudes argentinas hace un siglo, que evolucionó y convulsionó a todo el continente, aún no se ha cerrado y, por el contrario, se amplía a una serie de peticiones que más allá de un carácter reformista, requieren de una transformación estructural de todo el orden social establecido. Son 100 años del levantamiento que la juventud de Córdoba le legó a los hombres y mujeres libres de Sudamérica, pero lastimosamente la situación actual no dista mucho de aquellas épocas, la diferencia radica en que las políticas neoliberales cumplen ahora el papel represor que cumplía en aquel entonces la iglesia conservadora.


El torbellino desatado desde la punta continental a todas las Universidades latinoamericanas en búsqueda de autonomía, mayor acceso de las capas sociales, cátedra libre, elección de los cuerpos administrativos por la propia comunidad universitaria, extensión universitaria y otras exigencias estipuladas en la Reforma Cordobesa, continúan iluminando el faro de luchas universitarias en la actualidad. El 2011, por poner un ejemplo, representó un año de resistencia en Colombia; la unidad y movilización permitió hacernos sentir y hacer desistir al Gobierno de una política que impulsaba la privatización de nuestras Universidades. Sin embargo, ellos no dejaron de trabajar y nuestro periodo de letargo posibilitó nuevos golpes que han continuado restringiendo el acceso a la educación a las capas populares y han convertido nuestros claustros y saberes en espacios exclusivos y privilegiados.

Las banderas atrás mencionadas continúan siendo hostigadas y burladas por Universidades que se presentan como nacionales, como públicas, como autónomas. Ni nacionales ni públicas, el filtro de ingreso a través de un examen –que por supuesto hay que comprar–, restringe todo derecho universal a la educación, no solo por su carácter lucrativo, sino por la evidente desventaja que tienen quienes han recibido una educación primaria y secundaria en colegios públicos, frente a quienes disfrutaron de las ventajas de la educación privada. Hace un siglo, la Universidad era un espacio para ciertas juventudes dentro del que se pugnaba por la apertura a las clases relegadas. Hoy, las juventudes se fragmentan en la disputa por el ingreso a la educación superior, inmiscuyéndose en una competencia absurda por hacer parte del privilegiado grupo que logra pasar el examen.

En términos de autonomía universitaria y cogobierno, podría sacarse a relucir el hecho de que ya no sea la iglesia quien determine las decisiones, pues las investigaciones científicas, desde todas sus aristas, no serían más que una fuente de conocimiento reaccionaria; no obstante, el pretencioso emblema de la innovación para determinar el camino de la cientificidad en las aulas, se ve comprometido con las decisiones que un pequeño grupo de directivas, elegidas en su mayoría por el gobierno de turno, determinen a su antojo. La lucha del movimiento estudiantil a través del siglo XX estuvo sin duda marcada, por lo menos en Colombia, por este aspecto, desde la máxima movilización estudiantil de 1971 en la que, entre financiación y otras reivindicaciones, se resaltaba el tema del cogobierno y la reforma a esos Consejos Superiores Universitarios que vienen siendo un obstáculo para la autonomía universitaria desde la década del sesenta, hasta la Mesa Amplia Nacional Estudiantil en el 2011.

La libertad de cátedra, por su lado, se ha convertido en el resguardo de la mediocridad de algunos docentes que encuentran reposo para su languidez investigativa, convirtiéndose las aulas –como diría el Manifiesto Liminar– en “fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil”. Esto, sin contar con la persecución oscurantista que parecieran querer traer algunos vigilantes del orden y la moral sobre quienes cosechan un pensamiento crítico en los estudiantes: Miguel Ángel Beltrán es quien podría ilustrar mejor este ejemplo. Perseguido a causa de sus ideas, censurado y destituido por una Procuraduría en manos de quien en su juventud se jactaba de quemar libros, ¿por qué? Por querer estudiar desde la Sociología un fenómeno que nos atañe a todos: el conflicto armado en Colombia y las raíces de las guerrillas.

Pero aquí no termina la burla de las banderas cordobesas: el modelo neoliberal y la idea de autofinanciación de las universidades, han convertido a la extensión universitaria y su compromiso con la sociedad, en una oferta de cursos para cubrir el déficit financiero en el que se encuentran ahora. Como diría un viejo profesor al ver el edificio negro de extensión ubicado a las afueras de la Universidad de Antioquia: “allí es donde se prostituye la universidad”. Dejó a un lado el sentido social y la responsabilidad con la sociedad a donde van a ejercer sus profesionales; olvidó responder ante el amplio sector marginado que no tuvo el privilegio de iluminar su pensamiento dentro de las aulas; se vio obligada a acomodarse a las directrices económicas y no tuvo más remedio que sucumbir ante la tecnificación, la exclusión y al veto del pensamiento crítico dentro de sus claustros.

Aprender de la experiencia, reflexionar sobre lo sucedido y sobre las posibilidades que aún tenemos, es esencial en nuestro camino hacia una universidad pública y popular, donde se materialicen las exigencias de hace un siglo y las actuales; donde la autonomía universitaria sea real; donde tenga cabida quien quiera participar; donde el conocimiento no sea impuesto y donde realmente exista la investigación libre sin las imposiciones alienadoras del mercado; donde no exista la censura y donde la relación profesor-estudiante sea más humana. Atar la universidad pública al capital privado es mutilar su crítica. La autonomía solo es posible con una financiación garantizada. Por eso seguiremos los pasos de Córdoba, intentando contar para el país una vergüenza menos y una libertad más.

* Grupo de la Oficina Estudiantil Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

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