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Una mezcla de sentimientos se dejaba entre ver en las caras curtidas de los campesinos, algunos con ruana y sombrero, y otros con poncho y cotiza. Eran las caras de los campesinos que se reunieron en Curití, Santander el 7 y 8 abril del presente año. Provenían de Casanare, Meta, Vichada, Arauca, Santander, Boyacá, Norte de Santander, Cundinamarca, Guainía y Guaviare. Una diversidad de saberes, de experiencias, de alegrías y tristezas.

Muchos desprevenidos no entendían qué hacían tantos campesinos juntos, ¿qué podría juntar al llanero y al paramero? No era otra cosa que el problema agrario del campo colombiano. Don Juan y don José Domingo, un par de campesinos boyacenses, compartían su preocupación por el abandono del campo por parte del Estado, la concentración y acaparamiento de la tierra, la importación de alimentos, los conflictos por el uso del suelo y el apoderamiento de los grandes capitales del sector agropecuario (insumos, tecnología y distribución de alimentos).

A las preocupaciones de estos dos campesinos, se unían las discusiones que se avivaban en el auditorio: “En Colombia un pequeño grupo de terratenientes y los grupos capitalistas son los verdaderos dueños del territorio nacional”. “Los campesinos cada vez somos menos, tenemos fincas más pequeñas y menos medios de trabajo, lo que nos empobrece aún más”. “Estas condiciones de vida en el campo empujan a que los campesinos nos volvamos obreros, a lo que se suma la presión de la violencia”. “Los campesinos nos vamos para la ciudad, aumentando la cantidad de desempleados”.

En medio de un café, cultivado en sus propias tierras, los campesinos se preguntaban qué hacer frente a ese panorama. Por eso, don Hermes, un campesino araucano, con su voz gruesa y su risa burlona sentenció: “nosotros los campesinos tenemos que tener nuestra propia propuesta, esa que hemos venido construyendo al calor de las movilizaciones, donde nos hemos juntado como clase campesina. Recuerden el paro del 2013, 2014 y la Minga Campesina Étnica y Popular del 2016, nos hicimos escuchar por el Gobierno y seguimos caminando hacia otra gran movilización”.

Así, su conclusión fue construir una propuesta agraria, con un nombre llamativo y significativo, naciente de las entrañas del campesinado: SINHAMBRE o Sistema Integral Nacional Agroalimentario y de Materias Primas.

¿En qué consiste esta propuesta?
Es un sistema nacional de producción y comercialización de la producción agrícola, pecuaria y de materias primas, en el que participan el Estado y organizaciones de los asalariados agrícolas y campesinos, orientados por los principios de la gestión popular, que garantice la soberanía alimentaria de la Nación. Como parte del SINHAMBRE, se propone crear una cadena nacional de distribución de productos e insumos agropecuarios, así como una cadena nacional de restaurantes en las escuelas, colegios, zonas industriales y barrios populares.

Don José Domingo, echándose la ruana negra al hombro, se cuestiona: ¿y la tierra para cultivar? Don Juan se acomoda el sombrero y afirma: pues el SINHAMBRE propone que se destine y reserve por lo menos el 50% de la tierra con vocación productiva agrícola (10 millones de hectáreas) para garantizar la alimentación de los colombianos y colombianas.

Don Hermes les recuerda el alcance de la propuesta campesina: “no olviden que debemos pensarnos en lo grande para aumentar la productividad, y para esto debemos crear empresa”. “¿Empresa?”, preguntaba José Domingo. “Sí, una Empresa Nacional Estatal de Gestión Agraria, que coordine los distintos procesos que componen el SINHAMBRE. Además, desarrollará un sistema de crédito condonable para el fortalecimiento de los proyectos productivos desarrollados en los territorios. Desarrollará y promoverá redes de consumo municipal y urbano con el fin de facilitar la logística y evolución de los productos de consumo”, responde don Hermes.

Estas iniciativas populares se juzgan ambiciosas, pero los campesinos se organizan y recrean la política para hacerlas realizables. “¿Cómo vamos a lograr concretar esta propuesta?, que por supuesto permitirá afrontar el problema agrario que vivimos los campesinos”, pregunta don Juan. “Avanzando en la organización de campesinos, indígenas, comunidades negras, obreros del campo y la ciudad, toda la clase popular”, concluye don Hermes.

“Nos toca irnos para los territorios a trabajar fuerte, continuar con la lucha por la tierrita y la comida, promover un reordenamiento del territorio rural que permita la defensa de la clase campesina, pero que a la vez la encamine hacia formas de producción social superiores, mediante la expansión de las fuerzas productivas y en el marco de una economía popular. Mucho trabajo sobre los hombros de nosotros los campesinos, pero ese es nuestro reto para lograr una vida digna”, concluye José Domingo, en medio del apretón de manos y las sonrisas que reflejan la alegría y el entusiasmo de avanzar en una propuesta campesina, para afrontar el problema agrario de Colombia.

Jardinear con amor

“Mi labor: convertir los basureros
por donde pase en jardines”. Teresa Mejía

Sus canas, arrugas y sonrisa, hacen juego perfecto con las flores que planta en las pendientes que comunican los barrios Campo Valdés y Miranda en Medellín. El dulce tono de su voz hace canción con el murmurio de las abejas que se alimentan del polen de sus jardines. No teme a que sus años le pongan zancadilla y ruede entre la basura que arrojan los transeúntes a las zonas verdes que decide amadrinar. Ante la mirada impávida de quienes pasan por su lado, sonríe y saluda entusiasta; ya muchas personas reconocen su labor y lanzan palabras de ánimo cuando la encuentran en alguna de las mangas de estos barrios del norte de Medellín.

“Cuando pasa la gente, me felicita. Me dicen que tan juiciosa, que tan guapa… Me admiran”, anota con un humilde tono de orgullo que muchos anhelarían poseer, y enalteciendo su labor, afirma que ya en varias ocasiones le han hecho entrevistas para reportear en noticieros o magazines su misión positiva de embellecer la ciudad. En pocos años, miles de flores ha visto nacer Teresa Mejía, obteniendo como recompensa la alegría que le inspiran sus formas y sus colores.

“Empecé hace cuatro años después de ver tanta basura en las zonas verdes. Luego me fui a vivir dos años a una finca en Envigado y cuando volví estaba todo muy abandonado; nadie había hecho mi labor, entonces ahora lo estoy volviendo a hacer. Yo no le sé los nombres a las flores, pero me gustan mucho; aquí sembré estas moraditas y arribita pienso sembrar unas amarillas”, comenta Teresa mientras expresa con sus gestos una emoción similar a la exhibida por un infante con sus juguetes nuevos.


No vacila en afirmar que no les teme a las pendientes por las que se trepa para recoger el plástico abandonado y arar con sus uñas la tierra en la que siembra nuevas flores. A pesar de su edad, se le ve moverse ágilmente en su lugar de trabajo. A lo mejor es porque tiene la resistencia y agilidad que obtuvo desde la infancia. Aunque sembrar jardines en basureros es una labor de los últimos años, dice Teresa que desde pequeña le ha gustado hacerlo.

“Desde niña tengo la goma de jardinear. Recuerdo los tulipanes rojos que mantenía bien abonados en mi casa y aquellas flores que no recuerdo el nombre que mamá conseguía donde las vecinas.”

Tal vez esa sea una razón por la que Teresa se vea en algunas ocasiones con acompañantes particulares, que enamorados de su labor y motivados con su bondad, deciden unírsele para formar un combo de sembradores de esperanzas, de sueños e ideales hechos flores, que poco a poco van formando en la comuna cuatro barreras vivas y no invisibles.

“Hay algunos niños que cuando me ven haciendo esto, se ponen a ayudar. Yo les pregunto '¿quieren ver esta manga llena de flores?', y ahí mismo responden todos contentos que sí. Entonces yo les digo que se pongan pues a recoger la basura que hay, o a mover la tierra para plantar el jardín, para que se haga realidad. Por allí abajo tenemos un jardín hermoso ya sembrado con la ayuda de niños”.

Su labor es inspiradora, desinteresada, cargada de sentimientos que motivan a cualquiera a cuidar los bienes comunes como son los parques y los senderos. Más allá de esto, con su labor Teresa nos invita a reproducir la vida con las capacidades que tengamos. Ella es un ejemplo para muchas personas que aun teniendo la energía y un espacio para plantar todo un jardín, no plantan una semilla. También nos da una lección en su forma de invertir sus tiempos.
Esta mujer es toda una polifacética. Es consciente de la necesidad de invertir el tiempo en prácticas diversas. Además de hacer florecer basureros en las pendientes de Medellín, Teresa crea bordados, pinta acuarelas y aunque no pertenece a una fundación, es voluntaria de su comunidad: ayuda a personas más necesitadas y acompaña enfermos.

“También estoy en un programa en el centro Vida de Moravia donde hacemos manualidades, salimos a caminatas, hacemos gimnasia y de todo un poquito…”, comenta. Ella tiene visionado varios deseos que buscan más bienestar común. Siente la necesidad de proyectar campañas para que las personas valoren más los espacios públicos y para que se motiven a preservarlos. Es por eso que ha planeado varias alternativas.

“A mí me gustaría que las personas fueran más conscientes y no arrojaran tanta basura. Quisiera poner un basurero allí arriba y otro allí abajo para que todos los estudiantes que pasan no dejen tantos papeles de confites y galletas en el césped. También me gustaría poner un avisito que diga 'por favor dejar este lugar limpio y agradable'. No que diga 'prohibido arrojar basura'… No, sino en el sentido propositivo… Por aquí cerca no hay ni avisos de la alcaldía, ni canecas; falta todo eso”.

Teresa es una colombiana a seguir, es de esas personas que motivan a no desistir ante las adversidades; es el rostro de esos seres que nacen para promover la esperanza entre la gente, que crecen promoviendo la confianza y la conciencia colectiva con quehaceres sencillos pero esenciales y que no mueren porque su legado es más fuerte que el olvido y perdura entre tiempos y distancias. Mil sonrisas hay que darle cuando se le encuentre entre el césped y la basura, floreciendo con pasión. A Teresa Mejía, larga vida y pleno estar por su incansable labor. “A veces me preguntan '¿Ay, usted no está muy cansada?', y yo respondo que no porque lo que estoy haciendo, lo hago con amor”.

Las recientes elecciones presidenciales, sin lugar a dudas, marcan un precedente en la historia reciente de Colombia. Como pocas veces, la disputa por la Presidencia de la República estuvo marcada por una clara confrontación de dos modelos de Estado y sociedad. Por un lado, estuvo la ya conocida clase política tradicional, que se agrupó alrededor de Ivan Duque, para dar continuidad al modelo neoliberal privatizador y motor del despojo, sumado al regreso de un discurso guerrerista y prácticas propias de la anticultura del narcotráfico.

Por otra parte, emergió la candidatura de la Colombia Humana en cabeza del ex senador y ex alcalde de Bogotá Gustavo Petro, quien logró recoger el descontento de millones de colombianas y colombianos que se sumaron con entusiasmo a su campaña, la cual levantó en el centro la justicia social y ambiental como claves para la construcción de una era de paz, tantas veces aplazada en Colombia.

El carácter antagónico de ambas propuestas marcó la agenda de los debates, las encuestas y todo el entramado mediático, con un claro respaldo de los medios masivos de comunicación como Caracol, RCN, Blu Radio, El Tiempo, entre otros, al candidato de la derecha reagrupada en torno a Duque.

Politización vs polarización
En el transcurso de la campaña los grandes medios y las distintas candidaturas de la derecha y del auto denominado centro (Sergio Fajardo y Humberto de La calle), se la jugaron por señalar de dos extremos a las candidaturas de Duque y Petro, generando con ello equivalencias en los peligros que representaban. De este modo instalaron en el imaginario colectivo la idea de la polarización y que ello representaba un riesgo para la “estable democracia” de nuestro país. Sin embargo, lo que no contaron ni contarán los medios es que del lado de la campaña de la ultraderecha uribista, fortalecida y respaldada finalmente para segunda vuelta por las élites económicas, financieras y empresariales tradicionales, y por los partidos oligárquicos de siempre, se apeló a la mentira, a las medias verdades y a la estigmatización. Con esto llenaron de miedo a las mayorías colombianas que empezaban a ver en la candidatura de Petro la posibilidad de salir de las condiciones de miseria e indignidad en que las mismas élites las han sumergido.

Entonces se señaló a Petro de castrochavista, guerrillero, ateo, inepto y tantas otras cosas, cuando este desde su programa de gobierno y sus correrías por cientos de plazas públicas en todo el país lo que expresó fue la defensa del Estado social de derecho, consagrado en la Constitución del 91, pero desmontado por las posteriores reformas impulsadas por las clases corruptas que han gobernado desde entonces. De ese modo, las oligarquías y las clases emergentes provenientes del narcotráfico demostraron que le temen profundamente a la democracia real, y que no están dispuestas a tolerar que se dé en Colombia siquiera un gobierno de carácter reformista como el propuesto por Petro.

Por su parte, aunque todos los demás candidatos, los medios de comunicación y los generadores de opinión se encargaron de decir que Petro polarizaba (es decir, poner la discusión en dos extremos), incitaba al odio de clases, al revanchismo y la venganza, lo cierto es que su campaña estuvo signada por la alegría, la multiplicidad de voces y formas de comunicar, y sobre todo por un profundo ejercicio pedagógico que permitió más que polarizar contribuir a la politización de millones de hombres y mujeres que lo escucharon en plazas, parques, emisoras, canales de televisión, foros y redes sociales, y que lograron entender que la crisis generalizada del pueblo colombiano tiene unas causas y unos responsables concretos que han gobernado durante 200 años, que sí es posible cambiar este país, que se necesita voluntad política y que el protagonismo de dichos cambios está en las ciudadanías.

En síntesis, la campaña de la Colombia Humana en cabeza de Gustavo Petro y Ángela María Robledo logró rescatar la política y sobre todo evidenciar por lo menos para 8'034.189 colombianos, que existen otras maneras de entender la política, de gobernar y construir país

Resultados que quiebran la historia, pero no la cambian
Es común decir en estos tiempos que en Colombia están sucediendo hechos históricos; más allá de la frase de cajón, no es descartable tal afirmación. Los resultados de la primera vuelta generaron algo que no se había dado antes, y es que la disputa por la presidencia hacia la segunda vuelta fuera entre un proyecto de despojo, miseria y muerte, y un proyecto reformista, progresista y con matices de izquierda, como alternativa para lograr cambios sustanciales hacia la dignificación de la vida.

Lo otro significativo es que los resultados muestran un creciente descontento con la política tradicional y también con el uribismo como forma particular de la política guerrerista y mafiosa, y mejor aún que existen posibilidades para las fuerzas alternativas que también van ganando en una dimensión de superar ser simplemente oposición para tener vocación de ser poder. A ello se suma que casi la totalidad de los sectores democráticos, progresistas y de izquierda confluyeron alrededor de una candidatura presidencial y se configuran hacia el futuro posibilidades de convergencias que disputen escenarios institucionales regionales y que den impulso a la movilización social.

Pese al avance de las fuerzas democráticas y a que empieza a evidenciarse un agotamiento del discurso hegemónico de las derechas, no podemos desconocer que estas lograron mantenerse en el poder, entre otras razones por la capacidad que tienen sus medios de comunicación para manipular y moldear la opinión y decisión de las mayorías; por el cansancio y desinterés de una porción muy grande de personas que no votan y sobre todo por la capacidad que tienen las élites tanto tradicionales como emergentes para juntarse y poner de lado sus limitadas diferencias en pro de defender sus intereses.

Los resultados de primera vuelta, cuando el candidato Germán Vargas Lleras salió estrepitosamente derrotado, llevaron a algunos a considerar que se había derrotado a las maquinarias. Los resultados en segunda vuelta, sin embargo, demuestran que eso no es cierto, que las maquinarias simplemente se aceitaron desde la primera vuelta con Iván Duque ante el decaimiento de Vargas Lleras, y que esto no se debe al simple engolosinamiento con la denominada “mermelada”, sino que muy seguramente obedeció a la estrategia pensada por esas élites para afianzarse en el poder. Las “distancias” del uribismo y el “santismo” quedaron a un lado para apostarle de nuevo a un proyecto unificado en todos los aspectos. Su división en materia de paz les sirvió para debilitar la posición negociadora de la Farc y del movimiento social, y lograr un acuerdo de paz ajustado al tamaño de sus intereses; ahora para seguir incumpliendo los acuerdos, limitar los escenarios de negociación con las demás insurgencias y con el movimiento social, necesitan volver a estar unificados para hacerle frente a un bloque democrático y popular en construcción que va ganando capacidad de ser gobierno y ser poder.

Nuevamente los mismos de siempre se erigen en la presidencia, y desde allí, con los poderes reales seguirán buscando defender sus privilegios a capa y espada, pero cada vez la tienen más difícil porque emergen nuevas ciudadanías que junto al movimiento social y popular se van abriendo espacio en la lucha por vida digna y justicia social. Los resultados de las elecciones presidenciales anuncian que otra Colombia está naciendo y que a los de siempre se les puede derrotar.

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido. En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

En mi caso, por ejemplo, tardé muchos años en entender por qué los noticieros hablaban de bajas de combate. En casa, mi padre los llamaba “comunicados de guerra” y en mi inocencia le preguntaba si iban a atacar nuestra casa o tendríamos que salir con nuestras cosas a la mitad de la noche. En el colegio cantábamos el himno nacional y nos emocionaba la bandera y la escarapela. Simulábamos los combates de la independencia, el paso de Bolívar por los Andes y con amplio dramatismo decíamos el “general salve usted la patria”. Ahora que soy mayor puedo recordar muchas cosas de manera distinta, en realidad ahora lo comprendo. La mitad del país se mataba desde hacía más de cincuenta años, varios de sus municipios recibían el eufemismo de “zonas rojas” y en ellos los actores armados marchaban campantes ante la falta de Estado.

Los noticieros pasaron de los carros bomba del narcotráfico a las imágenes brutales de las masacres paramilitares. La Rochela y El Naya vinieron a colmar nuestras pesadillas, por otro lado, los policías y militares secuestrados pedían un canje atrás de las alambradas de los campos de prisioneros en la mitad de la selva. Pastrana solo, en una mesa de negociación, era la imagen lacónica de un país desesperado por el horror, pero indiferente ante la tragedia.

La “seguridad democrática” emergió como una doctrina salvadora, como un dogma que reunía al país en torno a un mismo proyecto nacional: acabar de una vez con el enemigo interno. Una de estas estrategias se centró en la creación de una nueva imagen de las fuerzas militares: los héroes en Colombia sí existen. De esta manera el proyecto homogeneizador se expresaba en la creación de una nueva lectura de la historia nacional en clave anti-terrorista. Las fuerzas armadas cumplirán una misión no solo de ejercicio de la fuerza sino simbólico. “La gente espera de la iglesia valores, de la televisión entretenimiento y de su ejército autoridad”.

Y un día, en un país donde el conflicto nos había blindado para aceptar lo peor, las noticias nos mostraron que los horrores pueden multiplicarse en los cuerpos de los inocentes. Jóvenes del municipio de Soacha, colindante con Bogotá, aparecieron muertos en combates con el Ejército. La noticia no era nueva, normalmente los guerrilleros venían de zonas pobres, de pueblos donde la falta de oportunidades o el reclutamiento forzado los hacía parte de la cifra de aquellos que hacían de la guerra su forma de vida. El problema comienza cuando diferentes Organizaciones de Derechos Humanos denunciaron el traslado de civiles bajo engaños, que posteriormente fueron presentados como combatientes abatidos. Los falsos positivos hacían su aparición.

La primera vez que hablé con Gloria se disculpaba de no tener más fotos de Luis, su difunto esposo. Durante más de trece años pensó que la había abandonado con su hijo de apenas dos años y una criatura de cinco meses que venía en camino. Con la aparición de una cédula, guardada por un paramilitar confeso, se reveló que este había sido llevado a las afueras de Bogotá y asesinado para encubrir la fuga de dos guerrilleros.

Sandra por su parte me dice que todos los días habla con su hijo. Siente que la escucha desde los objetos que guardan sus recuerdos. Las fotografías recorriendo Monserrate, las sábanas que algún día conservaron su calor, algunos juguetes. Diego la escucha y la acompaña en su lucha por la verdad. Murió hace doce años en Cúcuta, Norte de Santander a manos de un batallón de contraguerrilla. En su caso había partido con la promesa de un trabajo a recoger café.

Raúl Carvajal Pérez, de 63 años, todavía es recordado por exponer el cadáver de su hijo Raúl, de 29 años, en la plaza de Bolívar. Militar de carrera, se había negado a un procedimiento donde se incluía asesinato de civiles. Las insignias con las que alguna vez soñamos de niños ahora cubren el féretro que viaja en un destartalado camión.

Si bien el Fiscal de la nación afirmó en algún momento que esos jóvenes “no fueron a recoger café”, la verdad se hacía patente, escandalosa e incómoda. El filósofo Guillermo Hoyos, una de las glorias del pensamiento colombiano, lo denuncia en unas jornadas académicas en Brasil. Al igual que el jesuita Javier Giraldo que pide a los organismos internacionales presionar al gobierno de Álvaro Uribe Vélez para cesar con los asesinatos de líderes sociales y civiles.
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Y esto es tal vez lo que me llevó a entender lo monstruoso del acto en sí. Estos jóvenes no eran guerrilleros, no eran paramilitares, ni colaboradores, ni simpatizantes, ni líderes estudiantiles o reclamantes de tierras. Muchos de ellos ni siquiera habían registrado su cédula para votar o habían hecho parte de una marcha para exigir algún servicio público. No, solo eran jóvenes que buscaban una oportunidad de trabajar, una manera de colaborar con sus familias que ya en sí vivían una situación precaria en lo económico. Las víctimas podíamos ser todos o cualquiera. Y las estadísticas lo demostraban.

Hoy se sabe que el primer caso de ejecuciones extrajudiales es el de Jeisson Alejandro Sánchez, de 16 años en 1984; que a partir del 2002 obedecieron además a incentivos para los militares que mostraran resultados operativos y que los casos se registraban con más frecuencia en la cercanía de Bases militares estadounidenses. La sociedad civil lo acepta y lo mira como parte del conflicto e incluso políticos ponen de vez en cuando el dedo en la llaga argumentando que los muertos eran un problema para su comunidad y que en muchos casos se agradecía al Ejército.

Mientras miro el Centro de Memoria Histórica en Bogotá, me doy cuenta que estoy muy lejos de armar una historia de la guerra. Los monumentos se han dispersado por el país para crear un pasado glorioso y la apariencia de una nación fuerte y soberana. La verdad es que aquí solo el silencio evoca la memoria de los muertos y nos recuerda que cientos de madres marchan los jueves en la Plaza de Bolívar como testimonio de una verdad negada.

Corría el 13 de marzo de 1986. A las cuatro de la tarde de ese jueves la Policía acordonó un edificio en el barrio Quinta Paredes de Bogotá. Una barahúnda de falsos obreros de la compañía de teléfonos, del gas y de la empresa de electricidad, se adentró en el edificio en donde se sabía que estaba el comandante guerrillero.

23 años atrás, el recio comandante era un dócil joven que vivía en Cartago, Valle del Cauca, y estudiaba el bachillerato en el Seminario de Santa Rosa. Para entonces, ya empezaba a plantearse preguntas de difícil resolución. En el año 1965 ingresó a la Universidad Nacional de Colombia; su anhelo era convertirse en psicólogo. Allí conoció al Sacerdote Camilo Torres Restrepo, con quien entabla una poderosa amistad que supera sus distintas militancias. En ese momento Fayad ya militaba en la Juventud Comunista Colombiana (JUCO), en donde se encuentra con Jaime Bateman Cayón, a quien le corresponde ocupar hasta la eternidad el honroso sitial de haber sido quien le cambió el rumbo de su vida.

El reloj marcaba las seis de la tarde; el inicio de la noche colombiana era el momento propicio para cortar la luz del edificio de Quinta Paredes. Ya los efectivos de los Grupos Operativos Especiales de Seguridad -GOES de la Policía nacional estaban todos en posición de asalto; estos mastines sedientos de pólvora, ansiosos por acabar con la vida y con lo humano, se preparaban azarosos para ejecutar extra judicialmente al comandante. Ellos sabían de su condición inerme y de su soledad, sin embargo, actuaban como si se dirigieran a una confrontación justa, en equiparables condiciones de combate para un bando y el otro. Nada más lejos de eso, sin sospecharlo “El Turco” esperaba su último momento en compañía de la señora de la casa, cuyo primer mes de embarazo acaba de completarse hace pocos días.

El decir que Bateman le cambió la vida a Fayad, podría significarse en su ingreso conjunto a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), hoy convertidas en partido político. En esa guerrilla permanecieron los entrañables amigos hasta finales de 1969, momento en el que, en compañía de algunos otros compañeros, optaron por ingresar a la ANAPO, para luego conformar el M-19 en 1970. En esta guerrilla, Fayad se caracterizó por su claridad política y por insistir en que las armas eran un medio y no un fin. Como una muestra de su hidalguía quijotesca, participó en el año 74 en el robo de la espada de Bolívar, en una intrépida acción que buscaba dar a conocer al M-19 y su postura política bolivariana.

Con cada acción militar ganaban en espectacularidad, sin embargo, la acción para recuperar las armas del cantón norte lo puso en prisión, diez meses después de caer la mayoría de sus compañeros. De su juicio, al lado de 219 miembros del M-19 —que más que un juicio fue un consejo verbal de guerra—, se destaca que asumió él mismo su propia defensa, denunciando las torturas a las que fueron sometidos él y los otros 219. El Tribunal Militar lo condenó a 26 años de cárcel, pena que se interrumpió por la amnistía concedida por el gobierno de Belisario Betancur en 1982.

Su presencia en la capital colombiana ese jueves de marzo, se debía a la preparación de una cumbre de la Coordinadora Nacional Guerrillera ante las próximas elecciones presidenciales en el mes de mayo. Esa era su vocación, un ser profundamente político, de esos que no interesaban al Gobierno, ni a las oligarquías, ni a los colonialistas foráneos, tampoco a los industriales o al bipartidismo imperante por aquellos días y mucho menos a las fuerzas armadas regulares; Fayad era de esos que incomodan y que por tanto sobran en el para-estado. Él, como otros del mismo talante, sobrarán siempre para la corrupta institucionalidad que se niega a encontrar una solución negociada al conflicto armado. ¿A quién podría interesarle la vida de un revolucionario con denotada capacidad negociadora?

El tiroteo fue breve. Entre las 7:00 y las 7:30 p.m. más de 300 policías arremetieron contra el políglota de origen libanés, razón por la cual le apodaban así, “El Turco”. Con él cayeron una mujer y su hijo de apenas un mes de gestación; solo un pequeño niño de ocho años sobrevivió milagrosamente al furibundo ataque, ese mismo que los medios de comunicación insisten en denominar “combate”. Nadie pudo ingresar al edificio, una jauría de más de 300 personas impidió el paso y con ello sepultaron no sólo a “El Turco” y a la desafortunada mujer; con ellos se fue para siempre la verdad de lo ocurrido esa noche, esa parte de la verdad por la que, de vez en cuando, en la historia de las naciones se reúnen algunos jóvenes entusiastas y soñadores para dar la hasta la vida por preservarla.

Como dijo Borges “Hay derrotas que tienen más dignidad que una victoria”. Esos más de ocho millones de votos alcanzados por la Colombia Humana tienen un inmenso valor, más que los 10 millones del nuevo presidente, porque son votos conscientes, sensibles, amorosos, llenos de energía y deseo por las transformaciones, y casi todos estaban llenos de vehemencia contra la corrupta clase política apoltronada por más de dos siglos abusando del poder; son votos que gritan a los cuatro vientos su deseo de cambio.

Ya las bases hablaron en las urnas, dijo alguien; ahora le corresponde a los líderes y lideresas conducir el trabajo que multiplique esos resultados y convenza a esas mismas bases de su capacidad transformadora. Eso es lo primero, consolidar el mayor avance de este importante fenómeno político que fue justamente el empoderamiento de la gente, sentirse y observarse a sí misma dirigiendo su propio destino, abandonando paso a paso la idea del caudillo o el mesías que milagrosamente lo resuelve todo. Así como lo hicieron María y Sandra y toda su comunidad en San Pablo en el Sur de Bolívar, golpeando en cada puerta y en cada corazón; o con la energía de los grupos de jóvenes en las barriadas de Cali, Bogotá, Barranquilla, Pasto, Mocoa, Cartagena, Popayán, Quibdó, Riohacha, Santa Marta, Mitú, Sincelejo y Tunja; o con la creatividad de los estudiantes de las universidades públicas y privadas; o la formidable entereza de los pueblos afrocolombianos e indígenas, y del campesinado organizado.

La que habló fue la Colombia profunda, la de la periferia; en el mapa nacional el centro político aparece rodeado por un cerco que avanza lleno de esperanza por superar y sacudirse de una vez por todas la opresión, la violencia, la subordinación, la desigualdad social y la miseria en la que fueron postrados por las prácticas clientelistas y corruptas de los que dirigen todo desde el centro de poder político y económico. Ese cerco es para que no se escape el sueño, para que se asfixie el egoísmo y la maldad. Para que se contagie la voluntad, el amor y la dignidad.

Fueron ocho departamentos y trece capitales las que dijeron aquí estamos presentes por el cambio, y será a partir de estas y de los cientos de municipios pequeños y grandes desde donde se construirá la estrategia común para alcanzar un nuevo poder en Colombia; pero debe ser con las más amplias voces, con los sectores y movimientos sociales, con los partidos democráticos, con las mujeres, los jóvenes y los ancianos, con el pueblo. La agenda de cambios que fue tomando forma en la contienda electoral y que incluye la eliminación de las EPS y la construcción de un nuevo sistema de salud; la educación superior gratuita; las reformas necesarias en el agro y el sistema pensional; la defensa del medio ambiente y la promoción de la cultura, entre otras, serán mandatos para la sociedad. La movilización estará presente durante este cuatrienio.

En la estrategia seguro habrá una ruta y un plan de acción, que incluirán la participación masiva en la consulta popular contra la corrupción el 26 de agosto de 2018. Esta primera derrota contra la clase política legitimará a los procesos sociales y grupos de ciudadanos, asociaciones, partidos, etc, para exigir al nuevo gobierno que destape todas las ollas podridas de la clase política, devuelvan los recursos y se vayan a la cárcel. Las veedurías ciudadanas y otras formas de seguimiento y control ciudadano serán fundamentales para apretar el cerco popular. Las luchas por los cambios y las transformaciones necesarias para construir una nueva democracia hay que imaginarlas y hacerlas realidad a través de la participación y la movilización de millones de personas. De la mano de la participación y la movilización, viene la organización social; se necesita una fuerte y vigorosa participación en las elecciones locales para alcaldes, consejos y gobernaciones. También en ese campo hay que dar la pelea y ganar.

Alguien con mucho tino planteó también en las redes, la razón cruel por la que los pobres votan por la clase política y los partidos corruptos responsables de su propia desgracia; es porque solo así logran ganar algo, porque es tal vez la única alegría que pueden obtener. El pueblo está acostumbrado a perder en las contiendas más importantes de su vida, y por ello se resignan con los triunfos ajenos, que creen propios.  Por eso es necesaria la moralización del pueblo a través de pequeños y grandes triunfos y alegrías. Ya no serán más las alegrías ajenas de los poderosos las que les den un poco de satisfacción, serán las propias, construidas en colectivo, con sus manos y su esfuerzo. 

La estrategia de lucha, trabajo social y popular por los cambios tienen garantía de triunfo, y se refuerzan con el regreso de Gustavo Petro y Angela María Robledo al Congreso de la República. Muy acertada la decisión y fundamental para el momento político que se vive en Colombia. Los debates serios, el control político y la presión que ejercerán contra la clase política corrupta está garantizada con su presencia y con la de más de 40 hombres y mujeres que conformarán la bancada alternativa más grande de todos los tiempos; los sectores populares, los movimientos sociales y todos los que apoyaron y alimentaron el sueño de la Colombia Humana, además de tener una representación de lujo en el Congreso, deberán tener un rol protagónico en la consolidación de un bloque democrático, para conducir junto a esta bancada alternativa la estrategia política hacia una verdadera transición a la democracia.

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