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Avanza la noche por las pesadas calles de Bogotá. Miles de estudiantes, docentes, trabajadores y gente del común se han reunido hoy para mostrarle al Gobierno que a pesar de la violencia y el odio todavía nuestra voz puede gritar. Es jueves y la marcha se mueve como una ola por sobre el asfalto indiferente. Nos ha convocado la misma indignación, las mismas ganas de cambiar las cosas, la misma rebeldía ante un país que nos niega las mínimas oportunidades… hemos salido a manifestarnos porque somos conscientes de que la utopía nos mueve todavía, y que es posible hoy más que nunca hacerla realidad.

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En mi casa somos tres hijos. Mis padres trabajan de sol a sol para que nada nos falte, por eso escuchar a mi papá diciendo “el estudio es lo único que les puedo dejar” se hizo algo común cuando nos daba lo de los pasajes para ir al colegio o ahora a la Universidad. Fue duro, en mi caso presenté el examen tres veces, pero en realidad sabía que obtener el cupo es como sacarse la lotería. Llega gente de todo el país, muchos vienen de regiones donde a duras penas pueden acabar el bachillerato.

Para no perder el tiempo entré a estudiar inglés en un instituto de garaje cerca a la casa. Cuando al final pude entrar, lo primero que hice fue llamar a mi papá. Le dije que me habían aceptado y que seguía la parte más dura, pero que con ayuda de él y de mis hermanos podía llegar muy lejos.

En el salón solo habíamos dos mujeres, nos mirábamos súper asustadas y al final nos volvimos amigas, aunque ella vive al otro lado de la ciudad.

Y sí, una enfrenta de todo. La falta de plata para los pasajes, las fotocopias o para imprimir trabajos. Los compañeros son bien, aunque no falta el que llega con el cuento de que la universidad solo es para los más pilos y que los pobres somos pobres porque queremos. Por eso salí a marchar… el Gobierno nos quiere ignorantes, bajando la cabeza y poniendo el lomo para trabajar doce horas por sueldos de hambre.

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Soy maestro de construcción. Desde que me acuerdo salía a trabajar con mi viejo cuando todavía estaba oscuro para poder llevar algo a la casa. Y vea, casi todos los que marchan son pelados que ya están en la universidad, que tienen la oportunidad y con la uñas le están sacando la cara a la vida. Yo marcho porque no tuve esa oportunidad y quiero que todos estudien.

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Llegué de México hace un año. La cuestión de la educación es la misma en todo el continente, privilegio de unos pocos, que además quieren privatizar para convertir en un negocio. Mi primo es uno de los 43 desaparecidos de la Normal Superior de Ayotzinapa en el 2014. Eran jóvenes que apenas comenzaban a vivir y tenían la convicción de que la educación puede cambiar a las personas y en últimas a los países. Por eso los desaparecieron. Una noche que marchaban, como nosotros, conmemorando otra masacre de estudiantes (y digo otra porque ya uno ni las cuenta de tantas que son), los bajaron de los autobuses y los mataron como animales. Después quemaron los cadáveres para borrarlos de la memoria. Yo pienso que cada vez que salimos a reclamar por nuestros derechos, de alguna manera los estamos recordando.

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Ya casi termino la carrera. Desde que tengo memoria he querido ser maestra. Al principio era una cosa muy ingenua, dar clases e inculcarle a los niños valores. Pero en la universidad me di cuenta que la cosa es mucho más comprometida. La falta de educación ha sido un proyecto de las élites para mantener el control sobre la gente, por eso brindan apenas lo mínimo en colegios saturados y restringen el ingreso a la universidad.

Y si el Gobierno no es capaz de pensar otro país, pues nosotros sí. Por eso salimos a protestar, nos hacemos escuchar. Muchas veces a los compañeros los ha agredido la Policía. Yo me subo a los transmilenios a comentar la situación, al principio a la gente le daba fastidio, pero ahora hacen preguntas, piden saber más y hasta me felicitan. Aunque una vez una persona me tiró agua en la cara y me dijo que mejor me pusiera a trabajar… bueno es el país en el que nos tocó vivir y el que tenemos que cambiar.

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Soy profesor hace veinte años y a veces me da por escribir historias. Voy con mi grabadora de voz hablando con algunos de los que han decidido salir a marchar a pesar de las amenazas de la ultraderecha y la represión del Gobierno. Muchos son muy jóvenes y me alegra encontrar que algunos pasaron por mis clases.

Comentamos cosas al principio sin importancia, para caer de nuevo en temas que nos duelen: la educación, los líderes asesinados, el desempleo que golpea cada vez más fuerte, la traición al Acuerdo de Paz, la corrupción. Arengamos contra la Policía y caminamos por las calles que han visto a tantos hombres y mujeres levantar su voz. Al final, al calor de una cerveza nos atrevemos a soñar de nuevo, compartimos la vida y el camino recorrido hasta ahora, sabiendo que muy pronto tendremos que volver a la plaza.

Sus nombres no les dicen nada a los colombianos. Nadie sabe quiénes fueron ni qué hicieron en su corta vida. Nunca han sido registrados por la propaganda mediática que nos bombardea a diario con las estupideces de las vedettes y sus crudas frivolidades. Forman parte de los nadies, de los ninguneados, de aquellos que no tienen voz y a los que con toda la impunidad se les humilla, explota y asesina. Son el reflejo a nivel micro de la Colombia olvidada, en la cual los pobres, trabajadores, campesinos… soportan la desigualdad, injusticia, miseria y antidemocracia que carcome a la sociedad de este martirizado país, y que sustenta a una minoría criminal que desde siempre ha recurrido al terrorismo de Estado para mantener sus riquezas.

La hija de trabajadores
María Edilma Zapata, una niña de 10 años, fue una de las doce personas asesinadas por el Ejército el fatídico sábado 23 de febrero de 1963. Ese día, las tropas al servicio de los empresarios del cemento, desempeñándose como esquiroles, hicieron pasar a la fuerza camiones cargados de cemento, cumpliendo las órdenes del gobernador de Antioquia, Fernando Gómez Martínez (dueño del periódico El Colombiano y accionista de Cementos Argos), quien había dicho que el cemento salía así hubiera que pasar sobre los cadáveres de los trabajadores. Y así se hizo. En lugar de atender los modestos reclamos de los trabajadores en huelga, el Ejército los masacró cuando disparó a mansalva y de manera indiscriminada contra la gente que se encontraba en la entrada de la cabecera municipal de Santa Bárbara, tratando de impedir el paso de los camiones que rompían la huelga. Las balas oficiales mataron a una docena de trabajadores y habitantes del pueblo. Entre los muertos estaba María Edilma Zapata, la hija del trabajador y dirigente sindical Luis Eduardo Zapata.

Como suele suceder con el terrorismo de Estado a la colombiana, tanto los voceros del Ejército como los funcionarios civiles justificaron la masacre arguyendo que la tropa había sido atacada por los huelguistas, y que, en legítima defensa, se habían visto obligados a disparar contra los trabajadores que los agredían. Entre los que emboscaron al Ejército se encontraba la pequeña niña que, según la versión del Gobernador, no murió por disparos oficiales sino por una pedrada, una falacia que fue desmentida por los médicos legistas. Para completar, el mismo gobernador felicitó a los asesinos diciendo que habían cumplido con su deber de manera ejemplar, puesto que habían repelido una huelga organizada por los comunistas. Como siempre, este crimen de Estado quedó en la impunidad y sus responsables intelectuales y materiales, entre ellos Belisario Betancourt Cuartas, por entonces Ministro de Trabajo, son presentados como “insignes patriotas”. A la niña asesinada escasamente se le nombró para enlodar su nombre y el de su padre en el momento del crimen. Solamente quedó en la memoria de los trabajadores de Cementos El Cairo, que cada 23 de febrero recuerdan la masacre de 1963.

La hija de campesinos
56 años después sucedió otra horrenda masacre perpetrada por las Fuerzas Armadas de Colombia, en la que fueron despedazados 18 niños y adolescentes. Aconteció la noche del 29 de agosto de 2019 en San Vicente del Caguán (Caquetá), cuando desde nueve aviones caza fueron lanzadas numerosas bombas, cada una de ellas de 250 libras, con una potencia mortífera capaz de exterminar todo rasgo de vida que se encuentre a 50 o 75 metros de distancia. Esa explosión dejó un cráter de 200 metros de extensión y 12 metros de profundidad, y pulverizó, literalmente, a los seres humanos que se encontraban en el campamento guerrillero.

Entre los masacrados estaba Ángela María Gaitán, de 12 años de edad, quien estudió hasta segundo de primaria. La última vez que su madre la vio y habló con ella, la niña le dijo: “Yo no quiero morir ni que les pase nada a ustedes, mamá váyase ya”. A los pocos días su madre se enteró de que ella estaba entre los masacrados el 29 de agosto. Ese día, según lo describió Noticias Uno, miembros de la comunidad campesina aledaña al sector donde se realizó la operación, señalaron que “en el campamento se encontraban entre 16 o 18 niños, y no ocho”. Además, “tres niños alcanzaron a sobrevivir el bombardeo y huyeron corriendo, pero luego fueron perseguidos por soldados con perros y drones, quienes luego los acribillaron con disparos”.

Cuando se presentó este nuevo crimen de Estado, el subpresidente Duque afirmó que: "Quiero informarles a ustedes y al país que anoche autoricé al comando conjunto de operaciones especiales adelantar una operación ofensiva contra esta cuadrilla de delincuentes narcoterroristas residuales de las Farc […] gracias a esa labor, estratégica, meticulosa, impecable, con todo el rigor, cayó Gildardo Cucho, cabecilla de esa organización […] Quiero felicitar a nuestros héroes del país, gracias por responderle a Colombia". Es decir que esta acción criminal, bautizada como operación Atai, que es tipo beta y que requiere de autorización presidencial, fue ejecutada por órdenes directas del subpresidente.

Después de la renuncia del Ministro de Defensa Guillermo Botero, el nuevo criminal de guerra, Duque escupió sobre los niños masacrados cuando felicitó al mencionado personaje: “Pero que sea esta la ocasión también para rendirle hoy acá un homenaje al exministro de Defensa Guillermo Botero Nieto", quien "le ha dejado al país una gran lección de vida". Semejante cinismo queda en los anales universales de la infamia, puesto que precisamente lo que ese personaje ha dejado es una terrible lección de muerte, realizada con los atenuantes de la premeditación y la alevosía. Esa fecha tenebrosa debe quedar como emblema de la guerra que el bloque de poder contrainsurgente (Estado y clases dominantes) libra contra los niños pobres en Colombia.

Infanticidio de clase
Los asesinatos de estas dos niñas son una muestra dolorosa de esa prolongada guerra contra los niños pobres, un verdadero infanticidio y juvenicidio con un claro sello de clase, cuyos blancos son trabajadores, campesinos, habitantes pobres de las ciudades. La tragedia de estas dos pequeñas, y de sus familias, es un símbolo de la tragedia colombiana, en cuyo trasfondo figura un prolongado terrorismo de Estado, el hilo bien visible que conecta los últimos 70 años de la historia colombiana. Y el infanticidio contra los pobres y humildes es otro de los componentes de ese terrorismo de Estado. Por ello, María Edilma Zapata y Ángela María Gaitán, dos humildes niñas de este país, han sido asesinadas, porque su delito ha sido ser pobres. Por eso nadie las llora ni las recuerda, pero, por lo mismo, deben figurar en la memoria de todos aquellos que han caído por la acción genocida del Estado colombiano. Y su ternura, destruida por las ruines balas y bombas de los asesinos oficiales, con más de medio siglo de diferencia, conecta emocionalmente la historia contemporánea de Colombia para quienes sentimos y padecemos el dolor y el sufrimiento de habitar este terrible país.

“Ya tenía vejigas en las manos de tanto escarbar”, dice doña Natalia refiriéndose a la angustiosa labor de abrir huecos en una extensión de tierra denominada Los Pinos, en Tibú, Norte de Santander, en donde los paramilitares del Bloque Catatumbo, bajo el mando de Salvatore Mancuso, acostumbraban llevar a sus víctimas para enterrarlas. En esa gigantesca fosa común ella duró meses escarbando, buscando el cuerpo de su esposo William asesinado y desaparecido por los paramilitares en el año 2001.

William Wallens era vallecaucano y llegó a finales de los años 70 a Tibú, para trabajar en Ecopetrol, empresa a la que ingresó gracias a las recomendaciones de un primo suyo, ingeniero de la petrolera. William empezó como perforador y pronto se afilió a la Unión Sindical Obrera de la industria del petróleo, fue buen activista, pero no llegó a ser directivo del sindicato. Un par de años después sufrió un accidente grave en su labor de perforador de pozos y tuvo que ser reubicado en la sección de seguridad como vigilante - alcabalero.

William, además de trabajar para Ecopetrol, era amante de la buena salsa, hincha furibundo del América de Cali, árbitro de fútbol aficionado y un hombre bueno y solidario que disfrutaba organizando a los chiquillos en equipos de fútbol, y dirigiendo un programa de radio sobre deportes.

Doña Natalia recuerda casi todos los detalles de su vida familiar con William, y estaba muy al tanto de los ires y venires de la región en materia de orden público y de conflictividad laboral. Aunque William se sentía muy tranquilo, a ella siempre le inquietó su seguridad por trabajar en Ecopetrol y estar afiliado a la USO, por eso tiene mucha claridad de los hechos que antecedieron a su desaparición. Ella es una mujer campesina, muy inteligente y con carácter, que no ahorró esfuerzos para encontrar toda la verdad, así como los autores materiales y determinadores de la desaparición y trágica muerte de William.

Por ejemplo, recordó el 29 de mayo de 1999, cuando llegaron los paramilitares provenientes de Urabá y perpetraron la masacre de ocho personas en pleno centro de Tibú, a pocas cuadras del comando de Policía y de todas las instituciones estatales. Ese sería el preámbulo de una serie de crímenes abominables contra los campesinos de la región, e inexplicablemente el hecho que fijaría el conteo regresivo para la tranquilidad de la familia Wallens y para el ocaso de la vida de William.


El 17 de julio de 1999, a pesar de la alerta que las autoridades tenían por la llegada de los paramilitares y la masacre perpetrada en sus propias narices, estos arremetieron de nuevo. En pleno corazón de Tibú asesinaron a siete personas señaladas de ser auxiliadoras de la guerrilla, y se llevaron en camiones a otraspersonas del pueblo. Cuenta doña Natalia que esa misma noche, muy lejos de allí, William se encontraba trabajando en su turno de vigilante en la alcabala número dos. Allí observó la llegada de unos camiones de los que se bajaron hombres uniformados y armados, exigiéndole que abriera el paso y les orientara el camino hacia La Gabarra, una vereda del municipio de Tibú.

Ingenuamente, William prestó resistencia, y les dijo que no les podía abrir porque ese era un campo petrolero de propiedad de Ecopetrol, y que además por esa ruta no llegarían a La Gabarra. Los hombres ofuscados lo insultaron y lo obligaron a quitarse la ropa para verificar supuestas marcas que dejan los equipos y las armas en los cuerpos de los combatientes, acusándolo de guerrillero. Al no encontrar las marcas procedieron a raptarlo para que les sirviera de guía, y horas más tarde lo dejaron a kilómetros de allí, amenazándolo por la suerte que pudieran correr en su camino hacia La Gabarra. William regresó a pie a Tibú para contar su historia.
William advirtió la presencia de gente tirada boca abajo en el piso de los camiones en que los paramilitares se lo llevaron secuestrado esa noche. Lo que no supo sino hasta el día siguiente, era que los habían asesinado vilmente en el mismo camino donde fue abandonado en la oscuridad. Muchos días después de esa horrible noche se enteró que una de las víctimas de la masacre había sobrevivido, milagrosamente, al hacerse el muerto tras un disparo que le propinaron cerca de su oído derecho. Sería ese hombre, llamado Andrés Bermonth Martínez, quien destaparía un escándalo que para los pobladores de Tibú ya no era ningún secreto: los paramilitares del recién nacido Bloque Catatumbo venían actuando con la complacencia de las autoridades policiales y militares, y con el apoyo de empleados de Ecopetrol.

De hecho, Bermonth Martínez señaló la complicidad del vigilante de la alcabala que esa noche dejó pasar sin problema los camiones hacia el interior del campo petrolero, por donde ingresaron al batallón del Ejército para torturar a las víctimas, antes de llevarlas por el camino a La Gabarra donde fueron ultimadas. William fue llamado por la Fiscalía para que rindiera su testimonio de los hechos y despejara dudas frente a su posible complicidad esa noche, pero el propio Bermonth Martínez dejaría claro que William nada tenía que ver, porque el vigilante cómplice estaba en la alcabala uno y William trabajaba en la dos. Casi un año después fueron puestos tras las rejas varios oficiales del Ejército y de la Policía vinculados a estos grupos paramilitares y a las masacres.

Sin embargo, no fueron esos terribles hechos los que le costarían la vida a William dos años más tarde. Doña Natalia, con mucha seguridad, sostiene que durante ese tiempo estuvieron muy tranquilos en su casa y sobrellevaron el ambiente de violencia desatado en toda la región. Aunque el control paramilitar seguía a ojos de todos, a William no lo molestaron para nada.

– ¿Entonces qué pasó doña Natalia, por qué se llevaron a William y por qué lo mataron?
–No sé, no sé, William no tenía líos con nadie –responde ella entre sollozos–. El último día que lo vi era un 29 de mayo de 2001, me dijo que pediría permiso en el trabajo porque esa noche jugaba el América en la Copa Libertadores, y a él le gustaba ver los partidos en casa conmigo y con los niños, pero pasó el primer tiempo, y el segundo, y los niños se quedaron dormidos esperando a su papá. Jamás regresó, pero mi esperanza era que estuviera en el hospital, porque andaba con una molestia en su pierna y yo antes de salir de casa ese día lo regañé, le exigí que fuera al médico. Me dije a mí misma: eso fue que lo dejaron hospitalizado, mañana iré a llevarle las chanclas y una pantaloneta para que esté cómodo.

A la madrugada, Natalia se levantó a preparar las cosas para llevarle a William al hospital, pero cuando iba saliendo notó algo raro: uno de sus compañeros, Fernando Contreras, al que le decían el tailandés, llegó a su casa con el uniforme de trabajo, lo que suscitó algo de extrañeza en ella. El tailandés le preguntó por William y Natalia le respondió que él no estaba, y que por qué venía tan temprano y con uniforme de trabajo, pero este la evadió y con excusas se fue retirando. Luego, en el camino hacia el hospital, se encontró con un jefe de William, quien desde su carro la abordó y le preguntó por él y por sus amigos más allegados, ella aún más extrañada le dijo que iba para el hospital a buscarlo, el jefe se ofreció a llevarla y le dijo que habían rumores de que William se había ido al bar América a ver el partido y se había emborrachado, pero ella le dijo que eso era imposible, conocía muy bien a William y esas no eran sus costumbres. Él sí tomaba, pero en la casa, enfatizó doña Natalia. Fueron al bar, pero su moto no estaba allí. El jefe se ofreció a verificar: William no estaba allí. El jefe insistió que la noche anterior había salido con un amigo de apellido Cantor. Luego fueron al hospital, pero allí tampoco dieron noticia de su esposo.


Fueron donde Cantor, con quien supuestamente había salido en la moto la noche anterior, y él confirmó que cuando salieron de la empresa otro compañero de trabajo llamado Armando Montaño lo había llamado para decirle algo en privado, y como se demoró y William estaba afanado para ver el partido, se fue solo en su moto. A partir de ese momento empezó el calvario. Los amigos, que eran muchos, organizaron grupos de búsqueda, sospechaban de los paramilitares. Natalia no dudó, agarró a sus niños y se fue directo para la casa de alias Mauro, jefe de los paramilitares, quien vivía en barrio Barco en el casco urbano de Tibú. Todo el mundo sabía que esa era su casa, y según dice doña Natalia, la Policía cuidaba a los paramilitares cuando iban a disfrutar en el río.

Doña Natalia se metió a casa de alias Mauro sin permiso y sin mediar palabra le dijo:
–Entrégueme a mi esposo o dígame en dónde está.
–Nosotros no lo tenemos–, respondió.
–Desde que llegaron a esta región, ustedes son los únicos que matan y desaparecen aquí, entréguemelo o dígame dónde está su cuerpo.
–Voy a investigar y la mando a llamar – dijo alias Mauro y le pidió a un guardaespaldas que la sacara junto con sus hijitos.

Antes de salir, doña Natalia le advirtió a “Mauro” que no descansaría hasta encontrar la verdad, y que algún día él mismo le tendría que decir dónde estaba el cuerpo de su esposo, por qué lo habían matado y quiénes estaban detrás de su desaparición y muerte.

Como si fuera un designio, esa campesina casi iletrada, pero de abundante inteligencia y llena de valor y de amor, fue a todo lado a denunciar y a preguntar. Llegó el día en que la Ley de Justicia y Paz le dio la posibilidad de encontrarse cara a cara con alias Mauro, pero esta vez sería Natalia quien llevaría las riendas. “Mauro” no se había sometido, sino que fue capturado con sus secuaces. En la audiencia ella le habló firme, le recordó el episodio de su casa en Tibú, y le exigió ante los reproches del juez que le confesara todo. “Mauro” aceptó que él dio la orden de asesinarlo, y que sus hombres lo habían raptado, torturado y asesinado por ser guerrillero, pero que luego, cuando ya era tarde, se dieron cuenta que era una buena persona. Además, manifestó que los determinadores eran tres empleados de Ecopetrol, uno de ellos de alto rango, pero que no sabía sus nombres. Señaló a alias El Oso como el autor material y dijo que él sabía el nombre de quienes habían determinado su muerte.

Un año más tarde doña Natalia encaró a “El Oso”, y este finalmente confesó que los tres determinadores de su asesinato eran el ingeniero Juan Carlos Chamorro, y los empleados Fernando Contreras apodado el tailandés, y Armando Montaño, el mismo que engañó a Cantor el día de la desaparición de William para que este se fuera solo en su moto. Ellos informaron falsamente a los paramilitares que William era jefe guerrillero y organizador de paros armados. “El Oso” señaló el presunto lugar donde habían enterrado los restos de William: Los Pinos, el terreno donde una y otra vez Natalia escarbó con sus uñas dentro de la tierra buscando a su compañero inerte.

Solo hasta septiembre 11 de 2009, después de agotar casi por completo las esperanzas, Natalia no solo encontró el cuerpo de William, sino el de muchas otras personas. Natalia se convirtió en una suerte de sabuesa a la cual seguían otras personas que también buscaban a sus seres queridos. Días antes también había encontrado la moto de William enterrada en otro lote que estaba en construcción, y había descubierto las verdaderas causas de la desaparición y muerte de su amado. Una noche, William halló un cargamento de armas y uniformes que pretendía ingresar Armando Montaño en una camioneta para guardarlos en el club de Ecopetrol, el mismo club donde los paramilitares eran atendidos como reyes, y hasta usaban la ropa oficial de los ingenieros de Ecopetrol. Esa noche, en desarrollo de sus funciones, William exigió revisar la camioneta que conducía Montaño, y aunque este se negó, finalmente se vio en la obligación de dejarlo. William encontró armas y uniformes, y le advirtió a Montaño que eso quedaría consignado en su libro de control. Con esto William firmó su sentencia de muerte.

A pesar de las confesiones de los paramilitares, los determinadores de la muerte de William nunca fueron procesados; al parecer fueron trasladados por la empresa Ecopetrol y gozan de libertad. Natalia aún llora desconsolada en medio de los amargos recuerdos, su voz se entrecorta cada que menciona el nombre de William y cada vez que recuerda que le faltaban solo meses para salir pensionado. Sus planes frustrados eran regalar su casa de Tibú a una familia humilde que él ya había escogido, e irse para Cali a vivir con su padre viudo en compañía de su inseparable Natalia y sus pequeños hijos.

Que el conflicto sea más fuerte en el Norte del Cauca se debe al incumplimiento de los Acuerdos de Paz, es la opinión de Jorge Eliécer Sánchez, coordinador político del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). “Lo que pasa es que para nosotros los Acuerdos de Paz fueron un interés por el que veníamos trabajando, porque eso da un grado de estabilidad y genera unas alternativas económicas de transformación, pero el Gobierno simplemente abandonó los intereses de los pueblos indígenas, y otros actores coparon ese espacio, ya con unos intereses alrededor del narcotráfico y de la economía”.

Las dos masacres de finales de octubre y los asesinatos selectivos de las últimas semanas son el recrudecimiento de lo que ha vivido el Norte del Cauca durante el conflicto armado. Al respecto se pronunció la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, quien condenó estos ataques sistemáticos y le pidió al Estado que investigara lo que está sucediendo. “La Comisión insta al Estado a tener en cuenta, al momento de tomar medidas para garantizar la seguridad ciudadana, la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos según la cual los Estados deben limitar al máximo el uso de las fuerzas armadas para el control de disturbios internos, puesto que el entrenamiento que reciben está dirigido a derrotar al enemigo, y no a la protección y control de civiles, entrenamiento que es propio de los entes policiales”, dice.

Según el Observatorio de Memoria y Conflicto, en esa región de 16 municipios habían sucedido hasta el año pasado 103 masacres, 2225 asesinatos selectivos, 745 casos de desaparición forzada, 2049 acciones bélicas y 59 ataques a las poblaciones.

Por eso, el anuncio del presidente Duque de llevar 2500 hombres más que harán parte de la Fuerza de Despliegue Fudra 4, lo que hace es acrecentar el problema. De acuerdo con Aida Quilcué, consejera de Derechos Humanos de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), “desde el movimiento indígena no estamos de acuerdo con la militarización, porque eso no va a solucionar nuestra problemática”.

Igual opinión tiene Sánchez, quien asegura que el anuncio del Gobierno desconoce las problemáticas social y económica de los pueblos indígenas del Norte del Cauca, “este asunto es una distracción para decir que va a solucionar la problemática, sabiendo que en el Norte del Cauca han estado con sus siete bases militares”.

Además, esto significa desconocer la autonomía de los pueblos indígenas, añade Quilcué Vivas. “Por eso es que nos están matando, porque no les interesa el proceso de autonomía de los pueblos indígenas, no están de acuerdo con las formas propias de protección”, dice, y agrega que lo que hoy vive el Cauca no solo se debe a las disidencias de las Farc, el ELN y el paramilitarismo, sino también al Ejército y al Gobierno “que hace presencia con la política extractiva”.

De acuerdo con un comunicado de la ONIC, luego de una asamblea permanente en Tacueyó, decidieron proponerle al Gobierno del presidente Iván Duque, “iniciar conjuntamente un 'Plan Piloto de Erradicación y Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito' de manera inmediata en esta zona del país, en el marco del Programa de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito”.

“Si el Gobierno adelanta este plan que nosotros estamos proponiendo, estoy seguro de que conjuntamente vamos a cercar la violencia y se va a ir la guerra de este territorio”, dice el consejero mayor Luis Fernando Arias. Parte de la insistencia es que se cumpla el Plan Nacional de Sustitución de Cultivos Ilícitos (Pnis) y la propuesta que quieren presentar.

Con relación al primero, y de acuerdo con la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito (Unodc), hasta el 30 de mayo de 2019, en el Cauca estaban inscritas 5685 familias en el Pnis, correspondientes al 5,7% del total nacional. Es, luego de Norte de Santander, el departamento donde menos pagos recibidos tienen las familias. Solo el 30,3% había recibido algún pago. Además, apenas 299 familias habían recibido el total, es decir, el 5%.

Si bien se han levantado 2068 hectáreas de forma voluntaria, Jorge Eliécer Sánchez es escéptico de sus resultados. Así como la militarización del Norte del Cauca, la sustitución de cultivos fue una “distracción” del actual Gobierno, dice, “porque la gente empezó a erradicar los cultivos, pero el Gobierno no cumplió; se vuelve un asunto demagógico. El tema del Pnis ha sido un fracaso, porque la comunidad sí cumplió y el Gobierno no. Esas son las desconfianzas. Los Pnis y Pdet son una política institucional sin mayores resultados porque el Gobierno lo plantea como línea de acción y no de compromiso en el tiempo”.

Al referirse a los actores armados, asegura Sánchez que no han tenido una interlocución con ellos, que hoy están asesinando y masacrando a los indígenas, porque “no sabemos quiénes son, de dónde vienen y cuál es su filosofía, que es matar, masacrar. ¿Cómo vamos a hablar con aquellos que atentan contra la vida?”.

Los líderes indígenas Sánchez y Quilcué coinciden en que el narcotráfico ha tratado de copar los espacios que tenía la guerrilla de las Farc, y que el Gobierno de Duque no atiende las problemáticas de los pueblos indígenas. “La paz pareciera que no interesa al actual Gobierno; le interesa la guerra. Y el narcotráfico trata de copar el territorio, por eso esta problemática, porque hay un interés por el dinero, por el manejo del narcotráfico, por las rutas, porque hoy aparecen actores desconocidos en la región que tratan de manejar a la gente”, concluye Sánchez, coordinador político del CRIC.

Óscar Montero, indígena kankuamo e investigador del informe sobre pueblos indígenas que publicarán en noviembre con el Centro Nacional de Memoria Histórica, asegura que lo que han vivido los pueblos indígenas se trata de un genocidio o un etnocidio. Igual opinión comparten Sánchez y Quilcué. Esta dice que “lo que pasa hoy ha pasado en toda la historia. Hoy es sistemático, porque vienen por nuestros territorios, por las riquezas naturales, por eso quieren acabar con la resistencia de los pueblos indígenas y su autonomía”.

Son embajadores. Apóstoles de un proceso que en su momento emocionó e inspiró al mundo y a toda América Latina. Son el presente y el futuro del único faro socialista que alumbra en el mundo. Yara Valera, representante del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), institución creada por Fidel Castro que el próximo año cumplirá 60 años; y Yusuam Palacios Ortega, Presidente nacional del Movimiento Juvenil Martiano, miembro del Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas, Diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Sagua de Tánamo, municipio de la provincia de Holguín. Ambos estuvieron del 7 al 9 de noviembre en el encuentro nacional del Movimiento Colombiano de Solidaridad con Cuba.

Conversamos con ellos para conocer de primera mano el devenir y la realidad de la revolución cubana, así como las conclusiones del encuentro que estuvo ambientado por la liberación de Lula, la votación sobre el bloqueo económico estadounidense en Naciones Unidas, y el golpe de Estado consumado contra Evo Morales en Bolivia.

Periferia: ¿Qué sensaciones les deja el encuentro de solidaridad con Cuba?
Yusuam Palacios: El Movimiento Colombiano de Solidaridad con Cuba ha celebrado su encuentro número 28, muestra de un gran esfuerzo durante todos estos años para apoyar a nuestro país, para hacer viable la solidaridad. Viéndolo en el momento histórico que vivimos, fue un encuentro totalmente definitorio y muy enriquecedor por las motivaciones que tenía, y tuvo, al calor de su realización.

En el encuentro conocimos de la liberación de Lula, algo que resultó ser una alegría para todos, y al mismo tiempo nos impulsó a seguir adelante. También fue tremendo el hecho de haber obtenido la victoria nuevamente en Naciones Unidas: 187 votos en contra del bloqueo; con esa particularidad de la abstención de Colombia, expresión de una postura al servicio del imperio norteamericano, pero el pueblo colombiano nos demostró con su solidaridad el repudio a esa postura. Ahí está el enemigo común de este momento y de todos los momentos. El 'Che' lo decía: “al imperialismo ni tantito así, nada”.

En el marco de toda esta convulsión mundial, en la que también nuestros pueblos están alzando su voz desde la periferia, pueblos relegados, pueblos masacrados que están despertando, las grandes alamedas también se están abriendo, y en este contexto se desarrolló el encuentro. Fue un encuentro con expresiones muy bien plantadas desde el punto de vista del criterio, de la postura, y de las acciones a realizar con posterioridad para seguir consolidando el Movimiento de solidaridad con Cuba. Algo que se expresó es la incorporación de jóvenes que puedan darle continuidad a todo este trabajo de 28 años de solidaridad.

P: El año pasado hubo una reforma constitucional en Cuba, ¿en líneas generales, cuáles fueron las principales modificaciones?
Yara Valera: Algo atípico, pero como todo en Cuba, profundamente revolucionario, es que todo el pueblo se constituyó en constituyente, porque todos de alguna manera contribuimos y construimos esa carta magna que después la Asamblea volvió a debatir, aprobó, ratificó, y que ya está implementándose poco a poco. Fue muy enriquecedor ese proceso en las calles, en los barrios, en los centros de trabajo donde todos, desde niños, jóvenes, adultos, dábamos nuestras opiniones del proyecto que se nos ponía a consideración. Se dieron debates tan fuertes que hubo modificaciones. Además, todo esto se hizo en un tiempo récord. Nosotros discutíamos, hacíamos propuestas de cambios, y enseguida todo eso era procesado. Cuando ya el proyecto quedó finalmente concluido, lo revisamos, y muchos de los conceptos que defendíamos, que queríamos que quedaran plasmados, estaban ahí en el espíritu de lo que finalmente se aprobó. Yo me siento muy contenta e identificada con la Constitución y su avance en materia de derechos.

Nosotros hicimos parte de los debates que se dieron en el Parlamento porque todo fue televisado, todo fue muy transparente. Al momento de aprobar, no fue a puertas cerradas, no fue algo oculto, fue algo totalmente transparente, con toda la información a nuestra disposición. Pudimos seguir el curso de lo que estaba sucediendo en la Asamblea.

Yusuam Palacios: Cuba necesitaba una nueva Constitución, cambios, transformaciones en nuestro modelo económico, social; y era preciso adecuar la normativa jurídica y comenzar por la ley más importante que es la Constitución. El pueblo participó, fue una participación profunda, responsable.

Una Constitución que teníamos desde 1976 ya necesitaba cambios. No fueron cambios parciales. Fue una reforma total. Hoy rige en Cuba una nueva Constitución, es una Constitución superior. Creo que lo más importante es que el rumbo de los cubanos, de su construcción socialista, se mantiene, se ratificó. El socialismo cubano es irrevocable. Cuba no volverá jamás al sistema capitalista. El horizonte de la construcción social en nuestro país sigue siendo también la mirada hacia el comunismo. Es algo que se mantiene en la Constitución de la República, también se mantuvo el anhelo martiano: el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

Es una Constitución que en lo económico también acogió numerosas transformaciones desde la norma jurídica. Se regulan los derechos con mayor precisión y la forma de gestión de la economía en Cuba. Regula las formas de propiedad. Cuba sigue manteniendo la propiedad socialista sobre los medios fundamentales de producción. Pero hay una apertura a la propiedad privada, a la propiedad cooperativa que se ha fortalecido en el país. Todo esto hace parte de los cambios económicos que Cuba está desarrollando para lograr un socialismo cada vez más próspero, más sostenible, sin renunciar a los principios y a la esencia que nos ha mantenido vivos en 60 años de la revolución cubana.

Yara Valera: Algo muy importante que apuntaba Yusuam es el tema de la propiedad, porque sigue siendo mayoritariamente la propiedad de todo el pueblo la que rige en nuestro país. Y eso es lo que le da un basamento objetivo a nuestro sistema socialista. Tú no puedes estar hablando de que es mayoritaria la propiedad privada y estar hablando de socialismo. Pero había que regular estas pequeñas empresas, negocios particulares que están fundamentalmente en el sector de los servicios. Es un tema que parece menor, pero que se sataniza cuando se dice que el socialismo te quita las cosas. No, lo que con trabajo el hombre logró tener, se le respeta.

Yusuam Palacios: Se ha manipulado el tema del socialismo diciendo que es un sistema para pobres, un sistema en el que la miseria prima. En realidad es un sistema en el que se distribuye de manera equitativa la riqueza para que a todos les toque, para que todos tengan acceso a la educación, a la salud, a la cultura, al deporte, a la seguridad social. En lo económico es clave que no solamente las necesidades de los individuos se puedan satisfacer, sino que también haya un crecimiento y un desarrollo económico. Por eso se están haciendo cambios desde el punto de vista económico. Hay un obstáculo principal para el desarrollo económico de Cuba: el bloqueo económico, comercial y financiero declarado como genocida por Naciones Unidas. Son millonarias las pérdidas que anualmente tenemos por culpa del bloqueo norteamericano y esa es una de las cosas que han impedido que el socialismo cubano alcance más prosperidad en su base económica, de ella depende la súper estructura social, jurídica, y cultural de una sociedad.

Yara Valera: Tú tienes que tener riqueza creada para poderla repartir. El bloqueo intenta ahogar todos los medios por los cuales nosotros podemos desarrollarnos. Ahora con esta administración hay medidas que son inéditas. Es terrible esta persecución al combustible que llega a la isla, no hay un país que pueda funcionar sin energía. Están persiguiendo cualquier banco que tengan vínculo con nosotros, les ponen unas multas millonarias. Eso por supuesto tiene un costo alto que como cubanos tenemos que pagar. Eso se traduce a veces en que momentáneamente pueda haber escasez de productos porque no llegó la materia prima, porque fue incautado el barco, porque no se pudo comprar y no se pudo hacer la operación como estaba prevista.

P: Con Obama hubo una relación menos hostil. ¿Con cuáles medidas se ha materializado la hostilidad diplomática de Trump? ¿Les resulta esperanzadora la votación en Naciones Unidas, y las elecciones presidenciales en Estados Unidos el próximo año?
Yusuam Palacios: Con la administración Obama hubo un restablecimiento de relaciones diplomáticas. Nosotros nunca manifestamos ni fuimos partidarios de la idea de que se habían normalizado las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Mientras sea un imperio, mientras exista la hostilidad, nunca habrá una normalización de las relaciones. Se avanzó en el punto de vista migratorio, en el tema ambiental, en temas alimenticios, en el aspecto inversionista se firmaron varios acuerdos. Pero los objetivos de Obama para con Cuba fueron los mismos de cualquiera de las administraciones: destruir la revolución cubana, restaurar en Cuba el capitalismo.

Obama en su momento invitó al pueblo cubano a que olvidara el pasado, a que comenzáramos de cero. Obama utilizo una táctica más inteligente que la que está utilizando Donald Trump, que ha vuelto al gran garrote, al odio visceral. El de Obama, sin dejar de ser nocivo, era un discurso más inteligente y por tanto más peligroso. Sutilmente Obama iba penetrando la consciencia de la gente en Cuba haciendo ver que Estados Unidos se estaba convirtiendo en amigo. Ahora recuerdo una de las reflexiones más importantes de Fidel: él le llamó así irónicamente, el amigo Obama, y dejó claro que él no confiaba en Estados Unidos.

Si bien hubo un avance diplomático, eso no significa que haya habido una normalización. Las intenciones no cambiaron, Obama lo dijo con total claridad: si no hemos podido materializar nuestros propósitos a partir del bloqueo, tenemos que hacerlo de otra manera. Con el bloqueo no han podido rendirnos. Obama sabía eso. Por eso, en Naciones Unidas, Estados Unidos se abstiene de votar. Una cosa inédita, que quien está bloqueando no vota ni a favor ni en contra del bloqueo.

Al llegar Donald Trump, todo lo que se había avanzado, retrocedió. Ahora las relaciones son prácticamente nulas por ese odio visceral que sigue enfermando una relación entre dos pueblos; porque se dañan los pueblos, se dañan las personas, se dañan las familias. Lo humano es la mayor afectación de estas políticas agresoras, retrógradas.

Yara Valera: Quien inició con las multas multimillonarias a los bancos y a todas las empresas financieras que cooperaban con Cuba fue Obama. Con Trump toda esa cortina de humo que Obama logró levantar se derrumbó y quedó al desnudo cuáles son las verdaderas intenciones. Trump está llevando el discurso y la hostilidad a un punto tal, que le va resultar difícil al que venga detrás buscar una relación un poco más llevadera. Siempre y cuando haya respeto a nuestra soberanía, a nuestra autodeterminación, a nuestros principios, estamos dispuestos a dialogar. Muchas de estas provocaciones que ellos hacen es para que sea Cuba quien rompa; porque quien rompe está obligado a tratar de reestablecer las relaciones.

P: Nosotros vivimos en un país extremadamente mercantil, con todo el sistema de producción puesto al servicio de la derecha y del capital. ¿Qué mensaje le envían al movimiento social en términos tácticos e ideológicos para que pueda resistir y algún día lograr ser poder?
Yusuam Palacios: Los movimientos sociales populares deben primero estar bien enfocados ideológicamente, políticamente; tener un horizonte y darle coherencia a lo que decimos y a lo que hacemos. Es tener sentido del momento histórico, como nos enseñó Fidel, para poder cambiar aquello que tiene que ser cambiado. Hay que unirse. Tiene que haber un método, una guía política, una plataforma ideológica en la que los movimientos puedan fortalecerse desde el punto de vista teórico para una praxis revolucionaria. Hace falta una teoría revolucionaria, esto no puede ser parte de una improvisación, de una acción aislada; tiene que haber una organicidad, una objetividad en las cosas que se hacen para no gastar balas en vano.

Yara Valera: Unidad muchachos, unidad. Busquen aquello que les es común, en eso radica la fortaleza de la revolución cubana durante la lucha, luego de la lucha y hoy en resistencia a todos los ataques. Lo que nos mantiene aquí es la unidad con el partido, con los movimientos, con las organizaciones. No es porque seamos un pueblo monolítico donde todos pensemos igual, no, es una unidad que nace de una construcción donde todos los criterios son válidos y por consenso se llega realmente a lo que es mejor. No hay una fórmula, ustedes tienen que encontrar sus propias fórmulas a partir de su historia, de su cultura, de sus códigos, de lo que realmente quieren construir, que no necesariamente tiene que ser lo que está construyendo Cuba, puede ser una cosa que tal vez no se ha inventado. Independientemente de lo que cada uno defienda, hay puntos que son comunes, y esos puntos que son comunes tienen que saber identificarlos y tienen que ser los que los guíen en una dirección, ya después veremos cómo continúa esa construcción.

El pasado 8 de noviembre fue lanzado en Loja, Ecuador, el libro Inka Samana: Un sueño pedagógico. Activación de las inteligencias y el Ser, basada en principios y valores, de María Gabriela Albuja Izurieta y José María Vacacela Gualán. Este da cuenta de un proceso pedagógico que surgió debido la necesidad de preservar la cultura Saraguro y apostar por una educación no hegemónica. Infortunadamente, fue cerrado por órdenes del Gobierno ecuatoriano, el cual exigía que todas las instituciones educativas en el país tuvieran un modelo pedagógico estandarizado. Sin embargo, su labor educativa continuó, y en el 2015 tuve la oportunidad de conocer y hacer parte de sus reivindicaciones.

Para llegar a Saraguro, primero se debe conocer a alguna persona que haga parte de su historia, de sus luchas, de sus tradiciones. Es un lugar al que el viajero no llega inmediatamente, sino que es invitado. Para saber los caminos hacia “la tierra del maíz” hay que abrir el alma, pues solo así quien quiera arribar sentirá la necesidad de ir. Fue así como primero conocí a Gabi en Quito, y semanas después, luego de estar un tiempo recorriendo otros lugares, sentí la necesidad de dirigirme hacia allí. Sin embargo, tiempo después no era capaz de escribir sobre aquella experiencia, y entendí que primero tenía que dejar que las palabras llegaran en su debido momento.

Escribir, por decirlo de alguna manera, es dejar inundar de palabras el corazón.

Cuando llegué al pueblo en la tarde-noche, pude charlar con Gabi y José María en casa. Fue un encuentro cordial, después de haber compartido con ellos en Tonsupa, en el II encuentro de Experiencias, Sueños y Pensamientos Educativos Alternativos y Humanos. Me recibieron con gran amabilidad, me instalé y descansé del viaje.

Gabi y José María iniciaron, en octubre del 2014, la planeación y ejecución del proyecto educativo Yachay Kawsay –“vida de sabiduría”, en quichua–. Ese mismo año, el Gobierno ecuatoriano decidió terminar con el proyecto de educación libre Inka Samana, una institución educativa liderada por la comunidad y que, bajo su guía, había logrado la construcción de una serie de herramientas pedagógicas que intentaban lograr una armonía entre el ser, el aprendizaje que este busca y adquiere, y la naturaleza de la que hace parte.

Llegué a Saraguro, como voluntario, a contribuir con la realización de este proyecto que surgía como respuesta de resistencia, como una creencia firme en que las imposiciones educativas traen, inevitablemente, la consecuencia de de-formar personas sin espíritu, con un hambre de triunfalismo desleal –fomentado especialmente por el desarrollo por competencias–, y con un vacío de vida cuando tienen que enfrentarse con una realidad que no está en armonía, muchas veces, con sus aspiraciones.

La escuela de la comunidad de Gunudel facilitó a Gabi y a José María un espacio para la ejecución de su proyecto. Una construcción de dos salones amplios, algo desgastados por falta de uso, y lugar de depósito por largo tiempo. Nuestra primera labor fue de adecuación. Sacar lo inservible, seleccionar los materiales que podían servir al proyecto, limpiar y lijar. Además, la escuela nos recibía siempre con gran cordialidad. La alegría de los niños y niñas que se dirigían todos los días a sus estudios y que nos acompañaban, con curiosidad, mientras nosotros trabajábamos, era indescriptible. Sus inquietudes con respecto a lo que se iba a hacer y al extranjero que estaba a su lado no tenían límites imaginarios: “¿De dónde eres?”, “¿allá existe el maíz?”, “¿también el tomate?”.

A medida que pasaban los días, fui conociendo más sobre la cultura Saraguro. Personas silenciosas en el trato inicial, pero respetuosas. Cordiales en el saludo. Orgullosos de presentarse ante el mundo con su lucha identitaria, cada vez más difusa en un mundo globalizado.

Tiempo después, llegó el Inti Raimi, el día de siembra. Se hace por lo general entre los meses de septiembre a noviembre, coincidiendo con el equinoccio primaveral. Es el día que el agricultor dispone la tierra para la siembra del maíz, fruto preciado y milenario en esta tierra de dioses. José María le pide a Vizhu si quiere acompañarlo en el día de siembra con su yunta. Este pedido se hace con el protocolo necesario de los saraguro. Días antes, esta transacción quedó transada a través de un pacto de caballeros, acompañado de una petición cordial, y sellado con el verbo líquido del licor.

El inicio de la jornada fue agitado. Los hombres de la yunta trabajaron la tierra con la paciencia del labrador que trata a la tierra como elemento de fertilidad. Mientas hacían el arado, Byron, el yerno de Gabi y José María, esparcía las semillas de maíz. Al mismo tiempo, las mujeres se ocupaban de proveer la comida y la bebida a tan extenuante labor. Papas, quinua, quesillo, cui asado, acompañado de la dulce e imprescindible chicha y del calor del licor de caña.

Al ver a estas personas trabajando en comunidad, sin ninguna otra ambición que compartir su trabajo y las viandas proveídas por los anfitriones, comprendí que el vínculo entre el ser y la tierra se traduce en un lazo de hermandad con sus semejantes. Desvincularnos de la Madre, la dadora de vida, es lo que nos divorcia de nuestro entendimiento con quienes estamos coexistiendo. Al final, un agotamiento feliz y una embriaguez, propiciada por la chicha y el licor de caña que permitía celebrar, con la vida, el hecho de hacer parte de una ceremonia tan milenaria como sencilla. Al otro día, Gabi y su hija Nina se encargaron de tolar –oficio propio de las mujeres en esta comunidad– para que las semillas de maíz pudieran fundirse con la tierra.

Debo decir que el sentimiento de soledad que experimenté en Saraguro fue totalmente distinto a cualquier otro que haya vivido. En las noches, el pueblo y sus comunidades descansan temprano, debido a su rutina madrugadora y al intenso frío que hace. Mi noctambulismo combatía con el frío y me hacía trasnochar en ese lugar de fuertes vientos y sonidos misteriosos. Cuando me iba para el cerro que se encuentra detrás de la casa de mis anfitriones, sentía una soledad serena. Las estrellas se veían como en ningún otro lugar. El Cinturón de Orión casi tocaba el horizonte, debido a la posición de la tierra en la latitud 0. Se tiene la impresión de estar viendo mucho más de cerca las estrellas.

Cuando caminaba por aquellos senderos –algunos de ellos milenarios– me daba la impresión de hacer parte de un tiempo ajeno al mío, una especie de comunión con los caminos que otrora fueron transitados por seres sencillos y cordiales. En el cerro encontraba un vínculo con una naturaleza que emergía desde muy adentro, más adentro de mí mismo que cualquier sentimiento. El temazcal que se encontraba casi en la cima me recordaba esa añoranza de estar de nuevo en el útero de la madre, bajo el calor de un fuego interno que nunca cesa. La naturaleza aún nos acoge como sus hijos, somos nosotros quienes escupimos a la madre.


Saraguro tiene la particularidad de unir las almas con un vínculo imperecedero. Durante el voluntariado conocí a Crisu, una joven griega que estaba en Latinoamérica hace un año, y quien iba de viaje hacia Cusco. ¡Qué compañía feliz! Y a Daniela, una chica quiteña que fue por algunos días a apoyar el proyecto. Compañera en el frío y en el amor casi obsesivo que en su momento teníamos por el escritor Ciorán. Vínculos extraños forma Saraguro, por lo cortos e indisolubles. Es la tierra de la Palabra, aquella de la que los occidentales se ufanan de dominar. Pero no han comprendido que la palabra es creación y, en el caso de conocer a estas hermosas personas, creó un sentimiento de unidad a través de los caminos.

Recuerdo aquí la hermosa tradición que tienen los ecuatorianos en el día de los muertos. Aparte de ir a visitar a sus seres queridos fallecidos, su relación con la muerte es más cordial que la de nosotros los criados desde hace cinco siglos bajo la custodia del catolicismo. Las comunidades nos invitan a compartir el ritual acostumbrado: hacer guaguas –niños– de pan y colada morada. Para hacer la colada, cada comunidad tiene sus variaciones, pero indudablemente Gabi y Daniela –fieles a su origen quiteño– hicieron la mejor. La elaboración de guaguas de pan es libre, afortunadamente, pues mis dotes plásticas son casi nulas. Lo importante es compartir la fecha como un ritual que, más allá del calvario cristiano que significa padecer a sus muertos, nos recuerda que la dicha de vivir es simple.

Como en las actividades anteriores, la compañía tutelar de Gabi fue fundamental para llegar a un lugar que tenía más obstáculos que cualquier viaje emprendido antes: el viaje hacia mí mismo. Gabi hizo dos ceremonias del fuego conmigo, en las que el protagonismo del verbo sabio del Abuelo Tabaco tenía como objetivo orientar la conciencia hacia sus demonios y lograr el perdón hacia todo el daño que se acumula en los años. Diré que fue un renacimiento, una ceremonia solemne precedida por la Maga, como también se le conoce entre sus seres queridos y amigos.

El trabajo realizado por Gabriela y José María durante tantos años dedicados a la educación para formar personas, más que máquinas de producción, ha sido constante y difícil. Cuando José María, hombre soñador y, por ende, a veces con proclividad a la tristeza, cae en un pesimismo existencial, Gabi lo consuela con su abrazo sanador y lo levanta de las sombras que son los miedos y las frustraciones. Son seres que tienen el universo en sus manos, con actos tan sencillos como labrar la huerta de su casa, ordeñar las vacas dos veces al día, o recibir a un extranjero del que poco conocen. Son personas reconocidas en el ámbito nacional e internacional por sus esfuerzos para reformar la educación. Muestra de ello es la intervención que realizaron en el documental La Educación Prohibida (2012), además en medios latinoamericanos y en congresos educativos –como el encuentro en Tonsupa, al que felizmente pude asistir–. Una semana antes de partir, un grupo de estudiantes de comunicación de la Universidad de Guayaquil fueron a hacer un documental sobre su trabajo en la comunidad. Gabi y José María son seres comprensivos, pacientes y con esas virtudes están dispuestos a difundir su mensaje y su proyecto. Pero ellos saben –y nosotros debemos saberlo también– que no podemos confundir la amabilidad con la dureza que significa criticar a un sistema desgastado e ineficiente.

En tal sentido, los saraguro han sufrido una persecución estatal importante en los últimos años. En las manifestaciones contra el Gobierno ecuatoriano en el 2015, 26 saraguros fueron detenidos arbitrariamente, y ocho meses después, su situación jurídica no había sido resuelta a pesar de los constantes reclamos de la comunidad por medio de redes sociales. Las reglas han cambiado. El discurso triunfalista de la globalización intenta callar su clamor por el respeto hacia sus tradiciones y hacia su manera de concebir su relación con el mundo. Además, las nuevas generaciones se han ido desentendiendo progresivamente de su herencia milenaria, al adoptar las costumbres occidentales y al no tener como prioridad el aprendizaje del quichua, su lengua materna, por considerarse prescindible. Sin embargo, proyectos como los que realizan Gabi y José María en su comunidad, y otros felices saraguros que se sienten orgullosos de su herencia cultural, permiten creer en que ese afán totalizante de las metrópolis no es absoluto, es una pretensión insensata que en estos tiempos ya nos está mostrando su fracaso, su vacío de valores.

Debo decir que las despedidas, muchas veces, suelen ser dolorosas, dramáticas, o incluso gratas. La despedida de Saraguro, fue más bien un acuerdo. Brindé parte de mi alma a aquel lugar con el propósito ineludible de volver allí y recuperar la unidad que encontré. Gabi y José María me acompañaron hasta el bus que me llevaría a Loja, y de ahí a Piura, en Perú. Sus gestos de gratitud son la más grande recordación de que en Saraguro florece una parte de mí que debe ser cosechada. Un regalo capital de José María: una botellita de licor de caña, aquel néctar dulcísimo que deja una resaca de los mil demonios, pero que calienta tan fuertemente el corazón en momentos de soledad.

Así me despedí, como quien tiene la esperanza de volver. De Gabi, de José María, de sus hijos y nietos, de Luis –hermano de José María, quien me acogió fraternalmente el día de su cumpleaños–, de los niños, de la memoria. ¿Cuánto corazón hay que tener para escribir todo lo que nos ocurre en un viaje, en un divagar por el mundo? Las palabras, como siempre, son extremadamente pocas. Pero se aprende caminando que ese afán por verbalizar lo sentido es inútil. Se necesita paciencia para escribir. Para relatar los momentos de mayor alegría o mayor dolor. Que escriban con prisa los que pueden tender un puente directo entre las palabras y el corazón. Lo demás, dirían algunos, es simplemente fotografía.

En la capital del Huila, según la administración municipal, existen 117 asentamientos sin legalizar a lo largo y ancho del municipio. Estos asentamientos llevan más de 20 y 30 años conformados, y por ende no pueden acceder a inversiones que mejoren su calidad de vida. Hasta el momento, solo 28 asentamientos están legalizados en Neiva.

Actualmente, en todas las comunas de Neiva existe por lo menos un asentamiento. Las comunas 3, 5, 6, 8, 9 y 10 son las que cuentan con el mayor número, mientras que en la 1, 2, 4 y 7 se pueden identificar unos pocos. El proceso de legalización ha sido complicado, lento, y vislumbra un panorama de zozobra. Algunos líderes comunales de los asentamientos mencionan que los Estudios de Amenaza, Vulnerabilidad y Riesgo (AVR) del oriente de Neiva son de hace 20 años y desde entonces no han sido actualizados. Por esta razón los procesos de legalización de los asentamientos no han avanzado hasta el momento.

Al ser legalizados, aumentan las probabilidades de que sean tenidos en cuenta por la administración municipal, lo que significaría que son reconocidos como lugares habitados y habitables que requieren proyectos e inversión en infraestructura. Lo paradójico es que muchos asentamientos cuentan con todos los servicios públicos, y pagan por ellos; pero no todos están legalizados.

La actual administración ha legalizado diez asentamientos de diferentes sectores de Neiva. Algunos de ellos venían con un proceso avanzado de años atrás. En la comuna 10, por ejemplo, se han legalizado los asentamientos Neiva Ya, Palmas II, San Bernardo, Sector Barreiro y Camelias. Y están ad portas de una posible legalización Machines, Palmas III y Álvaro Uribe, este último tiene la particularidad que dentro de los terrenos ocupados hay predios privados. Sin embargo, la comunidad no está del todo satisfecha con el proceso de legalización. De las 185 familias que habitan en Camelias, solo legalizaron 73, y en Sector Barreiro solo 52 de las 140 familias.

Las personas que habitan los asentamientos están a la expectativa de que la próxima administración tenga un compromiso con esta sentida necesidad. Piden que se haga un Plan de Ordenamiento Territorial que incluya los asentamientos del municipio, que se actualice el estudio del AVR, y se ejecute el proyecto de mitigación de riesgo que necesitan. La legalización es un gran beneficio para estas personas, pues así contarían con un terreno propio, y contarían con las escrituras necesarias para poder acceder a créditos y construir o realizar mejoras. De momento, muchas familias no tienen la posibilidad de aplicar para el programa de mejoramiento de vivienda que ofrece el municipio, precisamente por no estar en un asentamiento legalizado.

Por su parte la Alcaldía de Neiva, por medio del Área de Asentamientos de la Secretaría de Vivienda y Hábitat, ha informado que continúa ejecutando el Plan de Acción de la Política Pública para los Asentamientos Informales del municipio de Neiva. Hasta la fecha, ha recuperado 88 predios ubicados en los asentamientos informales. Además, las personas ubicadas en 300 predios que se encontraban en zona de alto riesgo, fueron reubicadas y accedieron al beneficio de subsidio y vivienda gratis.

Varios presidentes de las Juntas de Acción Comunal aseguran que a pesar de contar con muchos problemas dentro de los asentamientos, su mayor deseo es que sean legalizados. Aclaran que si bien es un proceso que tiene unas directrices, sus asentamientos cumplen con los requisitos, y conviene la legalización debido a que muchos de los habitantes quieren mejorar sus viviendas, pero temen hacerlo y que luego estas les sean arrebatadas o demolidas. Debido a que con la actual administración ese deseo no se pudo materializar, piden diligencia por parte de la próxima.

Entre los ciudadanos de a pie, hay quienes afirman que los asentamientos son un negocio que da muy buenos réditos económicos. “Muchas de estas personas se especializan en esta actividad, con el apoyo de políticos y funcionarios inescrupulosos. Una vez invaden le aplican una mejora al terreno y a los pocos meses o años lo venden por intermedio del documento de "compraventa", y quedan listos para invadir en otro sector de la ciudad. Las autoridades saben cómo opera este negocio, pero no aplican ningún control, a sabiendas de que este tipo de asentamientos o barrios son la principal razón del crecimiento desordenado y sin ninguna planificación de la ciudad”.

Negocio o no, lo cierto es que tanto la administración municipal, los líderes, y presidentes de las JAC deben ponerse de acuerdo, y trabajar mancomunadamente para hallar soluciones a la problemática. A diario siguen apareciendo nuevos asentamientos en donde, muchas veces, se vive en condiciones precarias, a diferencia de los que, tal y como lo mencionan algunos ciudadanos, habitan personas que solo pretenden lucrarse económicamente del asunto.

En adobo de colores, somos punto de encuentro. Negros, colorados, amarillos, morenos, blancos. No somos etiquetas de comercio, es la diversidad que emerge de las llanuras, de las selvas, de los mares, de las montañas y de las ciudades. Defendemos la biodiversidad y la vida. No callamos ante magnas injusticias. Somos seres diversos en la divergencia.

Solía pregonarse, en estrofas del Himno Nacional de este devastado país, cantos centenarios al olvido de la Gran Colombia; una marchitada gloria nada inmarcesible en múltiples surcos colmados de intensos dolores; horribles noches en el campo que nunca cesan; una humanidad colombiana que entre cadenas continúa gimiendo; una falsa independencia que permanece bañada en sangre de campesinos héroes, y en el Orinoco, hermano río del Cauca y del Magdalena, solo sangre y llanto se mira correr; de un pueblo hambriento que lucha, de horrores prefiriendo a una pérfida salud; “deber antes que vida”, en átomos volando, Antonio Ricaurte con llamas escribió, pero se eternizó, en la memoria colectiva durante doscientos años de ingenua República, una mísera muerte en donde “la vida antes que el derecho” se convirtió en deber para comprender las palabras de quien un día murió en la cruz.

Somos construcción de resistencias vivas. Fluimos a través de la sangre de quienes se han convertido en memoria eterna de esta, no la tierra de Columbus, ni de colonizadores que evangelizan muerte, sino el territorio biodiverso del que nos han querido hacer retroceder. Nunca lo lograrán. No pasarán, porque somos tejedores que nos comunicamos por miradas y caricias, por letras e historias, por caminos y montañas, respondemos a la liberación.

Llevamos a un eterno presidio a la parca maldita, a los traficantes de la muerte. Desde lo más profundo de los corazones que aún palpitan bajo tumbas olvidadas, los gritos del indígena y los lamentos del campesino, los aullidos del perro hambriento y las lágrimas de la mula aprisionada, la risa macabra del rico epulón y el plomo vomitado del esclavo soldado; sonidos guardados en una cajita musical.

–¿Escuchas esas melodías, muerte pavorosa? – pregunté.
–Sí, provengo del averno, pero causan dolor – respondió temerosa.
–El dolor es poco. Es tu purgatorio eterno. Es la culpa siniestra por arrebatar con tu hoz las voces de quienes interpretaron aquellas melodías, por despojarlos de sus suelos de nacimiento y condenarlos al desplazamiento entre autopistas errantes.

El desafío de los dioses del sol y la luna ataron a la parca hasta el fin de los tiempos. Le demandaron que viviera el resto de la eternidad confinada entre muros de recuerdos malditos, hechos con adobes de las almas silenciadas y matizados con la sangre derramada que descienden por los ríos hasta las llanuras. Ahora soy yo quien espera a que la perpetuidad del caído bajo mi presidio termine lentamente, y así poder balancear el equilibrio entre los tres colores del ondear de una trágica bandera.

Somos una sola resistencia con los indígenas y las cumbres sagradas, con los negros y los palenques ancestrales, con los campesinos y el saber de la agroecología, con los seres sexualmente diversos y su amor a amar, con los padres astros, las madres selvas, los hermanos animales, y los ríos vivos que lecturaleza y esperanza siempre nos dan. Somos partícipes de la memoria, no por ser vencedores en las guerras de antaño, sino porque somos la historia misma de soberanía y autonomía popular. No nos van a matar, porque somos infinitamente superiores a la idea de desarrollo que a la fuerza nos quieren imponer.

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