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El patriarcado ha sido la forma de organización social que nos da la autoridad a los hombres para manejarlo casi todo. Ha sido impuesto y perpetuado durante miles de años en la historia de la humanidad en detrimento de las mujeres, pero también de los bienes comunes y del planeta. La mezcla patriarcado y capitalismo son los responsables de la mayor desigualdad, discriminación, depredación y violencia jamás conocidas contra la humanidad, el planeta y contra las mujeres en particular. Este sistema patriarcal se empeñó en construir un mundo que no fuera apto para las mujeres, uno donde todo estuviera al servicio de nosotros los hombres, en especial el poder político y económico.

Para no ir lejos, en Colombia, desde que se declaró la “independencia”, las mujeres fueron reducidas a los extenuantes trabajos del cuidado de la casa, de la familia, de la alimentación y la limpieza, incluso a duras tareas del campo; durante más de siglo y medio no tuvieron derecho a la propiedad, ni al voto, ni a decidir sobre la política y la economía; pero para ellas nunca faltó la violencia en el hogar y en la sociedad.

Según cifras del DANE, de un total de 48.258.494 habitantes que tiene el país en la actualidad, el 51, 2% son mujeres. Son mayoría y sin embargo los gobiernos sucesivos casi nada han hecho para garantizar condiciones democráticas mínimas para que las niñas, las mujeres y ancianas disfruten de una vida con dignidad.

Cabe destacar que la tasa de desempleo de mujeres en Colombia para octubre del 2019 fue de 12,6 %, mientras que la de los hombres fue de 7,2 %. Sin embargo, el valor de la economía del trabajo doméstico y del cuidado no remunerado, al cual las mujeres destinan 36,5 millones de horas al año, fue de 185.722 millones de pesos en 2018, lo que correspondía al 20% del PIB del país, cifra superior al valor agregado de las actividades económicas más relevantes del país, entre esas la industria minero-energética.

Es evidente la ausencia de medidas estructurales que promuevan el respeto por las mujeres, les brinden la libertad de decidir sobre sus cuerpos, y equiparen sus posibilidades de acceder a empleo y ocupar escenarios decisorios de la vida pública, en el Senado, por ejemplo, representan el 19,7% cuando la ley dice que debería ser mínimo el 30%. Por el contrario, la política pública promueve la naturalización de prácticas discriminatorias en su contra y el aumento de todo tipo de flagelos. Las cifras son aterradoras, 796 mujeres fueron asesinadas entre enero y octubre de 2019. Pero con las cifras de Medicina Legal el panorama es mucho más crítico y preocupante. Su directora manifestó que, de un total de 40.000 mil mujeres valoradas, 20.000 están en riesgo de ser asesinadas por sus parejas o exparejas.

Casi todas las cifras sobre las modalidades de violencias contra las mujeres van en aumento. Además hay que tener en cuenta los subregistros, es decir los casos en que las mujeres no reportan o no denuncian. Entre enero y octubre de 2019, fueron registrados alrededor de 19.000 los casos de violencia sexual, 34.000 casos de violencia de pareja y 13.000 casos de violencia intrafamiliar. Por supuesto que el común denominador es la impunidad, especialmente de aquellas otras violencias que los hombres ni siquiera reconocemos, por ejemplo la violencia sicológica, entre otras que no conllevan violencia física pero que pueden resultar mucho más perjudiciales y agresivas.

Los hombres debemos comprometernos, en el discurso y en la práctica, con la eliminación del patriarcado y sus violencias, a través de la puesta en marcha de prácticas responsables, equitativas, solidarias y cooperativas. Pero el compromiso también tiene que venir por parte del Estado y del modelo económico, agentes que por naturaleza son violentos y opresivos.

Los esfuerzos, luchas y vidas que fueron necesarias para que el 8 de marzo fuera declarado el día internacional de la mujer, hoy siguen siendo luchas importantes y necesarias. Muestra de ello es que actualmente las mujeres son protagonistas de las revueltas populares en el mundo entero. Una revolución sin un replanteamiento de la concepción que tenemos de lo femenino, y también del género, es una contradicción. Desde nuestro lugar nos sumamos a esa demanda actual e histórica. Esta es una edición con un carácter reivindicativo fundamentada en nuestra disposición a que, sin importar el mes, se denuncien las violencias de género, se reivindiquen las mujeres que el patriarcado busca invisibilizar, se propongan medidas y soluciones, y a que se piense y se narre el mundo desde una mirada femenina.

Tenía 17 años, estaba a punto de terminar el bachillerato, quería estudiar administración de empresas, trabajar con su papá y hacer crecer su almacén de repuestos automotrices. Juan Felipe Henao, o Pipe, como le decía y sigue diciendo su madre ocho años después, era un muchacho sano, no salía sin permiso ni llegaba tarde sin avisar. El 10 de noviembre de 2011 tenía que presentar una prueba de inglés para poder graduarse. Cristián, un amigo cercano, le pidió la noche anterior que lo acompañara a comprar una camiseta en el Palacio Nacional en el centro de la ciudad, también le dijo que si le sobraba plata le compraba una gorra de cinco mil. Pipe aceptó, pero impuso una condición: debían volver antes de la una para llegar a tiempo al colegio.

Cristián vivía a unas dos cuadras de Pipe, ambos en Belén Rincón, en el suroccidente de Medellín. Su casa quedaba en una esquina, más abajo de las escaleras donde se hacían los del combo que controlaba esa zona del barrio. En varias ocasiones había sido amenazado por bandas de otros sectores sólo por bajar a almorzar donde su abuela o por ir al gimnasio donde trabajaba. Que no lo querían volver a ver por allá, que si él vivía por allá qué tenía que hacer ahí. Cristian estaba contento porque, por esos días, el barrio estaba más tranquilo, llegó a pensar que las bandas habían hecho las paces. Pipe le dijo que no se confiara, porque uno nunca sabe.


Juan Felipe salió de la casa antes de las nueve. A eso de la una, Lucelly, la mamá, se empezó a preocupar porque no volvía para almorzar. Al rato recibió una llamada del colegio Antonio Ricaurte, era una profesora preguntando por qué Pipe no había ido a estudiar. Le contó que no sabía nada de él desde esa mañana y estaba muy preocupada. La profesora intentó calmarla: “tranquila, demás que se quedaron vitriniando allá en el centro”. Pero Lucelly sabía que él no era así.

A las cuatro de la tarde no aguanto más y le contó a su esposo. Él, apenas escuchó la noticia, salió del almacén en Barrio Triste, un sector marginal, a dar una vuelta por el centro a ver si lo encontraba. Alrededor de las seis la profesora volvió a llamar, Lucelly le dijo que ya estaba desesperada e iba a poner la denuncia. Cuando llamó al 123, le respondieron que debía esperar 72 horas. Aunque desde 2005 existe el Mecanismo de Búsqueda Urgente, que no exige tiempo mínimo para atender casos de desaparición, Lucelly poco sabía de esto y no recibió ninguna asesoría para exigir la activación del recurso. Empezó a buscar por su cuenta, con su esposo y la familia de Cristian. Fueron a clínicas, anfiteatros y estaciones de policía.

Lucelly pasó la noche en vela, rezando, llamando a la mamá de Cristian, asomándose al balcón cada que sentía un carro; esperaba que fuera él llegando en un taxi. Hacía frío para estar asomándose una y otra vez, la noche era muy oscura para agobiarse con la sombra del Cerro de las Tres Cruces frente al balcón. En la madrugada llegó la policía, preguntaron cómo se llamaban los muchachos, cómo eran físicamente y cómo estaban vestidos. Cuando amaneció, llamó a una conocida que tenía una papelería, le pidió el favor de que le imprimiera unos carteles para pegar en el barrio y el centro. Más o menos a las 10 llegaron su familia y los compañeros de colegio de Pipe, ellos le ayudaron a empapelar postes y paredes por todo el barrio.

Antes de salir para el centro otra vez, la llamó una cuñada cuyo esposo era un jubilado de la Fiscalía. Él había empezado a averiguar por su cuenta con sus antiguos colegas. Le contó que el día anterior habían bajado a dos muchachos de un bus en el mismo barrio, pero no se sabía si eran ellos. Convencidos de que eran Pipe y Cristián, se quedaron en el barrio buscando. Pidieron el apoyo de la Policía y respondieron que no los podían acompañar por la presencia de bandas criminales.

En medio de un aguacero, mientras buscaba a Pipe por todo Belén Rincón, empezó a recibir llamadas de gente que había visto los carteles y le sugería buscar en algunos sitios del barrio donde comúnmente tiraban los cadáveres. Fue a buscar a La Serranía, por La Portada, arriba de Rincón. Cada bolsa de basura que veía la cogía, la revisaba y la devolvía a su lugar. Palpaba la hierba esperando que le diera alguna pista. Sólo le pedía a Dios que su hijo apareciera, vivo o muerto, pero que apareciera.

Después del mediodía regresó a la casa, no aguantaba más. Fue a descansar para seguir buscando. A las tres de la tarde llegó un agente del CTI. Además de hacer las mismas preguntas que la policía sobre Pipe, preguntó cuál era su rutina, si se perdía mucho o salía sin permiso. Luz Mery, la mamá de Cristián, aprovechó y bajó a la casa de Lucelly para proporcionar la misma información sobre su hijo. Una hora más tarde, el agente recibió una llamada y les informó que en el Cerro de Las Tres Cruces habían encontrado un cuerpo cuya descripción coincidía con la de Cristián… Era él.

Aún no se sabía nada de Pipe. Lucelly pensó que a lo mejor se había volado, que de pronto estaba con vida y se había escondido quién sabe dónde; pensó que iba a volver. Al rato, el agente recibió otra llamada, le informaron que habían encontrado otro cadáver a siete metros de distancia, al borde de un barranco. La hipótesis de la Fiscalía fue que los victimarios le dijeron que se volara y, mientras corría, le dispararon por la espalda. Después de un tiempo, varias personas que presenciaron la escena le comentaron que cuando los dos muchachos iban en el bus, se subieron dos tipos a bajar a Cristián. Pipe intentó defenderlo, y se lo llevaron también.
Lucelly duró casi dos meses postrada en la cama. Ni siquiera abría las ventanas, no quería enterarse de nada, ni ver todos los días el cerro donde habían matado a su hijo; le tenía bronca a la montaña. Tampoco quería toparse con la vista del colegio desde la ventana. Llegó a pasar 10 días sin comer y sin dormir. Empezó a sufrir depresión, y a tener una crisis de ansiedad y pánico. No hablaba casi, su esposo dice que parecía sonámbula. Ella sentía que su mente estaba en otro lugar.

Su esposo y su hija elaboraron un duelo silencioso, no concebían hablar del tema y Lucelly no tenía con quien expresar lo que sentía. A raíz de eso, comenzó a plasmar en un diario algunos momentos que vivió con su hijo y los sentimientos que no podía exteriorizar de otra forma. Comenzó a escribir prosa y, casi sin darse cuenta, poesía. “Cuando yo esté viejita, que tenga alzheimer, léame todo lo que tengo ahí escrito porque no quiero olvidarlo nunca”, le pedía a su hija Jessica.

En 2013, al terminar una terapia de duelo, una profesora de la UPB la invitó a la Fundación Parque de los Sueños Justos. Allí inició un proceso que duró casi dos años con otras madres de hijos desaparecidos. Hacían manualidades, tejían diferentes objetos y llegaron a elaborar, como método de memoria y sanación, muñecos de trapo con la figura de sus hijos. Lucelly hizo a Pipe de graduación, con la toga y el birrete. Durante este proceso empezó a sentir que podía ayudar a otras personas, “es lo que Pipe hubiera querido”, se dijo a sí misma. Se dio cuenta, además, que había sido afortunada en comparación a otras madres que nunca encontraron a sus hijos.

En los dos años siguientes hizo un diplomado en la Universidad de San Buenaventura. Se reunían cada quince días, eran más o menos ochenta personas. El primer año fue un proceso vivencial, el propósito era, desde su experiencia como víctimas, aprender a implementar mecanismos para ayudar al otro en su duelo. El segundo año fue de prácticas, Lucelly las realizó con señoras víctimas del conflicto urbano en Belén Rincón. Se identificaban con ella porque había sufrido el mismo dolor y veían en ella un ejemplo de superación. En este diplomado, Lucelly conoció a Mary Luz López, quien más adelante la invitó a formar parte del grupo Ave Fénix.

Producto de un taller de escritura que realizó el Museo Casa de la Memoria de Medellín, un grupo de víctimas creó el proyecto Ave Fénix. Con el apoyo del gobierno de Canadá escribieron su primer libro, El refugio del Fénix, publicado en 2016. Mary Luz y Lina, dos de las fundadoras del grupo, ampliaron el grupo con la premisa de usar la escritura como catarsis. Juntas presentaron un proyecto al Centro Nacional de Memoria Histórica, y ganaron una beca. De ahí salió otro libro: El vuelo del Fénix, que se publicó en 2017 y del que también hizo parte Lucelly.

Finalizado el proyecto, las mujeres le preguntaban a Mary Luz qué iba a pasar con ellas. Mary luz es una líder de procesos con víctimas; fue víctima de violencia sexual y de la desaparición de su pareja sentimental. Se formó en atención y ayuda psicosocial, y luego lideró procesos de asociaciones de víctimas y trabajos con niños. Frente a la pregunta de sus compañeras de Ave Fénix, Mary Luz encontró una solución: la profesora Ofarley, de la Universidad de Antioquia, se contactó con ella para invitarla a una investigación sobre el impacto de la escritura en víctimas del conflicto. Mary Luz aceptó con una condición: incluir a sus compañeras en la investigación y los talleres. De ahí nació el grupo Leer Contar y Escribir con Vos, del que Lucelly hace parte igual que otras compañeras de Ave Fénix.
Los martes, cada quince días, se reúnen en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, casi siempre con la tarea de escribir algo para compartir en el encuentro. Lucelly no ve la hora de que sea martes para encontrarse con el grupo. Para ella es como una terapia, “uno escribiendo va sacando el dolor, el resentimiento, la lágrima, hace memoria de esa persona que no está. Porque todo lo que no se nombra se olvida. Si no lo nombro a él y lo que pasó con él, es como si no hubiera existido”, dice.

En uno de los encuentros, Lucelly habló de su resentimiento con el cerro donde mataron a Pipe —porque en estos espacios, además de compartir lo que escriben, buscan apoyarse en las dificultades que vayan surgiendo—, de la rabia con que lo miraba y del rencor que le tenía. Mary Luz le propuso que escribiera un poema sobre eso y, solo de esa forma, Lucelly perdonó y le pidió perdón a la montaña; pudo salir al balcón de nuevo y ver el horizonte sin sentir la zozobra de la noche en que su hijo estuvo desaparecido:

“(...)El camino escarpado, se observa polvoriento,
como si ardiera.
Envidia siento de la montaña por abrazar y acunar
tu cuerpo inerte cegado por las balas
de aquel malvado ser.
Mi corazón triste y adolorido no aceptaba
que su hermoso príncipe yaciera en aquel lugar.
Aquella que te conocía desde niño,
en sus prados te vio juguetear, elevar cometas, saltar, correr.
Esa, a la que fotografiaste en un atardecer
fue testigo de tu vuelo, a lo más hermoso e
infinito de esa inmensidad de amor y plenitud. (...)”
Lucelly Durango, La Montaña

Cuando la misión espacial rusa Vostok 6 fue lanzada en 1963, en plena Guerra Fría donde la experimentación y la conquista espacial de la humanidad daban sus primeros pasos, retumbó en todos los lugares de la tierra el rumor de que una mujer ahora habitaba las estrellas. Valentina Tereshkova alzó entonces una bandera que traspasó naciones e ideologías políticas: la de la igualdad y la fuerza femenina.

Valentina, nacida el 6 de marzo de 1937 en el seno de una familia obrera,es recordada en su infancia como una niña temeraria y ruda, que no le tenía miedo a rasparse al caer de los árboles. Tras abandonar la escuela comenzó a trabajar en una industria textil soviética, al mismo tiempo alimentaba su pasión por el paracaidismo y las alturas en el club de este deporte en su pueblo. Saltaba al vacío con el vigor de su juventud sin imaginar que aquella afición la llevaría a atravesar la atmósfera terrestre.

En la carrera espacial, en la que Rusia y los Estados Unidos de América luchaban, como ahora, por el poderío y el dominio tecnológico del espacio, el país soviético apuntó a seguir las consignas de los fundadores del pensamiento comunista, en el que el sometimiento de la mujer se mira como la primera forma de dominación de clases y su superación como paso fundamental para alcanzar tal utopía. Se conformó entonces un grupo femenino de cosmonautas que llevarían un mensaje claro a la humanidad y al enemigo, las mujeres tendrán que abolir el capitalismo para encontrar su libertad.

Tras meses de pruebas en los que su cuerpo era sometido a la fuerza centrípeta, acondicionamientos físicos y formación en dinámica aeroespacial, esta rusa de 26 años, fue seleccionada entre 400 mujeres para llevar tal bandera. Siendo la primera mujer, una obrera por fuera de las altas castas soviéticas, en emprender un viaje de tres días y 48 vueltas alrededor de nuestro planeta en la soledad de su nave. Sin embargo, el ímpetu de igualdad de este Estado duró menos que la espectacularidad de la noticia. Desde que los mandos rusos en tierra no permitieron que Tereshkova operara el programa manual de su nave, y la acusaron de desobedecer los protocolos debido a su natural “curiosidad femenina” o su debilidad, tuvieron que pasar dos décadas para que la mujer volviera a la acción entre los cosmonautas y se tomara en cuenta su papel determinante en el desarrollo científico en la Unión Soviética.

A pesar de los rumores, esta cosmonauta con su valor lanzó una determinación a la humanidad: las mujeres, sin importar su origen, pueden alcanzar sus sueños, volar lejos con la fuerza de su espíritu y su pensamiento. Es por esto que después de su descenso se formó en ingeniería espacial y continua vinculada a la vida política de su país, labor en la que da una la lucha por la visibilización de las mujeres en la sociedad y la ciencia. Valentina es un nombre que ilumina a muchas otras que han quedado invisibles bajo una historia que se cuenta a medias, es un espejo para prender el fuego interno y tomar las riendas del mundo.

—¿Vos para quién hiciste esa película?
Le preguntó un poco perplejo Alejandro Herrera al cineasta Víctor Gaviria cuando se estrenó La mujer del animal.

Margarita Gómez, la mujer que una tarde le dio la mano a Víctor y le dijo “mucho gusto, yo soy la mujer del Animal”, decidió no ver la película. Tampoco quiso entrevistas ni cámaras sobre ella.

Víctor acudió a algunas proyecciones y vio a algunas mujeres intentando entrar a la sala de cine, vacilando una y otra vez, hasta que tomaban la decisión de irse. Él se atreve a lanzar una hipótesis después de escuchar tantos comentarios: “Se trata de un maltrato tan continuado en una película que nunca endulza el maltrato (mostrar la violencia como es la violencia), ni redime, ni hay un héroe”.

Vi La mujer del animal en una sala casi vacía en Armenia, Quindío; mi amiga y yo usamos de paño de lágrimas al amigo sentado en la mitad. La escena de la violación de Amparo por parte del Animal nos dolió como si nuestro propio cuerpo fuera el implicado.

Amigos y colegas descargaron sobre Víctor un sinfín de críticas en los momentos en que les comentaba la idea de esa nueva película, comentarios como: “ese personaje no se merece una película, una mujer tan tonta, una mujer que no es capaz de escaparse, pasiva”; “hermano, es que ella lo quería, era eso”.

Entonces él, en su rol de director, se tuvo que preguntar ¿qué poesía puede haber en una película de estas tan brutal? En la historia de Margarita y las escenas que tomó de su vida para la película: una mujer en la soledad absoluta, encerrada en lo que ella llamó “una casa para perros”, que le escribe en un cuaderno a un dios sin oídos ni ojos para ver lo que le sucede; pero sobre todo una mujer que sobrevive, y por eso cuando asesinan al Animal la gente le grita: “¡Qué viva la mujer del animal!”.

La gran mayoría de mujeres del barrio donde vivía Margarita (Amparo en la película) habían sido escogidas por algún animal, todas ellas habían experimentado el sexo mediante la violación, sus hijos eran los hijos del animal. Por eso la escena en la que Amparo toma de los brazos a la bebé mientras recibe los puños y patadas del Animal es su despertar, con ese acto arrebató a esa bebé del desamor al que estaba condenada y a la repetición del ciclo de violencia y maltrato; le arrebata de las manos a los bandidos del combo una niña que iban a violar; se corta el cabello para que el Animal no la vuelva a arrastrar por el suelo, y solo la cara de espanto que pone este nos puede explicar la magnitud de la pérdida de poder que experimenta. Ella, Margarita, la mujer que no merecía ser narrada, hizo eso.

—Pero lo que más me duele a mí es que nadie me ayudó.
—¿Cómo así? Nosotros no nos dimos cuenta.

No se acordaban. Esa fue una conversación recurrente entre Margarita, sus vecinos y familiares. Y entonces la aceptación del destino dispuesto por Dios para las mujeres es la explicación del maltrato en un lugar donde el silencio y la falta de preguntas se volvieron aprobatorios de la violencia machista. Y llega eso que la periodista Leila Guerriero llamó “las preguntas del destino como fatalidad” que se han hecho las mujeres en contextos de este tipo, Amparo (Margarita) escribía en su cuaderno: “Dios mío, ¿qué estoy pagando?”.

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¿De qué trata realmente esta película?
Daniel Rivera Marín responde en su texto “La mujer del animal”: la brutalidad de la indiferencia, que trata del “cómo se ha hecho del abuso de la mujer un tema común y corriente, cómo de puertas para adentro se convirtió en normal el acto abominable de pasar por encima del otro”.

¿Cómo se volvió posible el acto abominable de pasar por encima del otro? Víctor dio en el clavo cuando hizo este análisis en el programa de entrevistas Proyectados: “Lo que hemos derivado como ciudadanos colombianos es en un ciudadano que siempre pasa agachado, pasivo, que permite hacer, que siempre está pensando en que debe estar cuidando su pequeña vida, su pequeña integridad; pero que nunca ese aspecto de preguntar, de reclamar, siendo un ciudadano, teniendo una palabra; la historia de violencia ha desaparecido ese rasgo nuestro”. Y remató: “El testigo también es víctima del animal”.

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En alguna oportunidad leí que la compasión es acompañar la pasión de la otra y el otro, ese es el gran aporte de esta película: una compasión que permite sentir la humillación como propia, un dolor bajito en la escena de la violación, una incomodidad al vernos en ese silencio cómplice que permite, alimenta y avala la existencia del Animal.

Víctor cuenta que en los ensayos, Natalia Polo, la actriz protagonista, lloraba mucho. Cuando él le preguntaba qué le pasaba, ella respondía: “Víctor, ¿usted no ve esta humillación?”. Por su parte, ella le contó a Daniel Rivera Marín: “Se llora en casi toda la película. Me tocaba parar, me daban tiempo para trabajar interiormente”. Cuando leí esas palabras pensé que eso sería necesario para el país: tomarse un tiempo para trabajar interiormente, y allí dentro cuestionarse, cuestionarse mucho. Luego, Daniel es quien siente la compasión: “Es difícil ver a Natalia después de tanta violencia sobre su cuerpo, tanta violencia actuada, tanta violencia tan real”.

Y la pregunta ya no es para quién es la película, sino para qué: para que el país silencioso, de subjetividades magulladas a punta de bala, puñal y miedo extremo, el que tuvo que tomar el camino de la indolencia para no morirse de sí mismo, experimente la pasión de una mujer violentada en un lugar olvidado de Medellín.

El país de las mujeres

Pagué un precio. No me atrevería a proponerlo como un requerimiento imprescindible para que la sociedad reconozca a las mujeres y las mujeres, sobre todo, se reconozcan a si mismas, pero lo que sí sé es que en mi país significó un cambio profundo que valió absolutamente la pena… Somos más ricos, sobre todo, porque hemos eliminado la más antigua forma de explotación: la de nuestras mujeres, y así nadie la aprende desde la infancia. Hay brotes, claro; no somos una sociedad perfecta. La verdad es que reconocernos humanos es saber que siempre habrá nuevas luchas y retos, pero bueno, avanzamos. Un pie delante del otro.
Gioconda Belli, El país de las mujeres

 

A propósito de la pregunta hecha por Periferia: ¿cómo se imagina a Colombia gobernada por mujeres?, recordé la capacidad imaginativa de una de mis escritoras favoritas, la Nicaragüense Gioconda Belli, autora del libro El país de las mujeres. En el materializó un país pequeño llamado Faguas, vigilado por el volcán Mitre, el cual tenía la capacidad de erosionar las vidas de sus habitantes al tiempo que lavaba su realidad con la elección de una mujer a la presidencia nacional.

Faguas era un país común, un país donde la corrupción campeaba, las oportunidades escaseaban y el gobierno enriquecía los bolsillos de la dirigencia política a costa de la pobreza del pueblo: un país como Colombia. En el libro, Gioconda ilustra la diversidad, la complicidad y la total sororidad de un grupo de mujeres que deciden a través de la creación de un partido político distinto llegar al poder. El “Partido de la Izquierda Erótica” (PIE) era una apuesta de mujeres para maternizar el país, lavarlo y limpiarlo hasta dejarlo brillante y sin manchas. Darle un vuelco a la realidad política del país. La propuesta incluía enviar a los hombres a los hogares para asumir las tareas domesticas, esas tareas que siempre despreciaron y calificaron con simplismos.

El Partido de la Izquierda Erótica estableció un subsidio para que los hombres estuvieran en sus casas, mientras nutria de mujeres la fuerza pública. Todo el país se transformó: se ejecutaron proyectos comunitarios que
colectivizaran los cuidados de los hogares, el Estado asumió el pago de la renta social, se disminuyó el presupuesto a las armas y al poder militar, mientras se ampliaban las coberturas educativas, alimenticias y sociales de quienes habían confiado en una apuesta feminista pero incluyente.

Enviar los hombres a sus casas con el fin de lograr transformaciones en el manejo del país, pretendía poner la administración de una nación bajo una mirada femenina. Las cabezas del PIE sabían que, de seguir los hombres en sus cargos, no permitirían a las mujeres desarrollar a profundidad sus habilidades, de seguro se mantendría el interminable debate patriarcal de la experiencia (masculino) sobre la improvisación (femenino).

La resistencia que afrontó el PIE es la misma que afrontamos las mujeres que nos peleamos en el día a día ser tratadas igual que los hombres. Tener posibilidad de definir sobre nuestros cuerpos y aquello que afecta nuestras vidas; ser vistas como actoras validas en una sociedad donde constantemente se juega con nuestras visiones y por supuesto con nuestros objetivos, sin que ello nos cueste la vida tal cual le ocurrió a la protagonista del libro, quien luego de lograr fortalecer la economía, bajar los índices de delincuencia, e incorporar de manera masiva las mujeres en la vida pública del país, fue víctima de un atentado sicarial, orquestado por hombres, cuando hablaba en plaza pública.


Intentando hacer un símil, el atentado padecido por Viviana Sansón, la presidenta de Faguas, es exactamente lo que ocurre cuando una mujer aspira ser tenida en cuenta para direccionar su hogar, su trabajo e incluso el Estado, la respuesta siempre ha sido la agresión. Matan a la mujer que no quiere estar más al lado de un hombre violento y maltratador (tal como sucedió hace poco con las estudiantes de la Universidad Industrial de Santander); matan a la mujer que intenta liderar espacios de gobernabilidad (como hicieron con Karina García, candidata del partido liberal a la alcaldía de Suarez, Cauca); y matan a la mujer lideresa que pelea por los derechos de sus comunidades (como sucedió con Cristina Bautista, gobernadora Indígena del Cauca).

Está claro que ningunear, violentar sexualmente, humillar, y matar, demuestra el temor que sienten los hombres de perder lo que ha sido siempre su zona de confort, esa capacidad de administrarlo todo, incluidas nuestras vidas. Ese miedo tiene sustento. Porque tienen razón caballeros, como en Faguas cambiaremos la realidad, convertiremos a Colombia en un país de afectos, de comprensiones, un país en el que se priorice la educación mientras le restamos importancia al trabajo esclavo, uno donde la solidaridad estará por encima de los egos, el individualismo y las venganzas en las que ustedes nos han tenido sumidas durante toda nuestra historia. Así exactamente me imagino esta nación gobernada por mujeres.

DOMINGO 16 DE FEBRERO - Desde muy temprano todos y todas tuvieron clara su labor. Cocinar, pintar, estampar, cortar y coser eran las tareas básicas que niños, niñas, jóvenes y adultos se dividieron para cumplir con el objetivo principal del día: instalar en lo alto de la montaña un enorme trapo con el mensaje “Somos convite, somos barrios, somos paz”. Y así decirle a la ciudad y decirse a sí mismos que no tienen miedo, y que en colectivo, como lo han hecho siempre, seguirán construyendo la paz en su territorio.

En La Honda, un barrio habitado en su mayoría por personas que le huyeron a la guerra, la historia no ha sido tan fácil. Por eso desde el 7 de febrero, cuando los y las pobladoras escucharon fuertes explosiones que derribaron una torre de energía, los ánimos han estado caldeados. El hecho, cuya responsabilidad se atribuyó al ELN, tuvo como respuesta una reorganización y mayor control de las bandas criminales, la militarización del territorio, y excesivos rumores que aumentaron la zozobra. A la mente llegaron algunos recuerdos dolorosos: cuando tuvieron que dejarlo todo en sus lugares de origen para empezar de nuevo en una ciudad desconocida, o cuando las fuerzas militares, tiempo después, instalaron el miedo en el barrio con la Operación militar Estrella VI, bajo la excusa de exterminar las milicias armadas de esta zona.

Migrar y poblar la ladera
"Es por el desplazamiento y por el terrorismo de Estado que estos barrios existen. Nosotros estábamos en los campos, donde teníamos la vaca, el marrano, la gallina, y vivíamos de la naturaleza. Pero nos tocó venir a amontonarnos en los barrancos, en las periferias, porque el terrorismo de Estado nos sacó de nuestra tierra". Así explica el surgimiento del barrio Luis Ángel García Bustamante, líder comunitario y uno de los fundadores de La Honda.

Corría 1995 cuando Carlos Castaño, comandante para entonces de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, anunció su llegada al Urabá antioqueño, hecho clave en el desarrollo de la estrategia paramilitar que colmó de sangre este departamento, y que permitió la reactivación y configuración para 1997, en las Autodefensas Unidas de Colombia. Urabá, al ser uno de los principales centros operativos de los paramilitares, vivió años de terror. Solo en 1997, según cifras de la Unidad de Víctimas, 122.935 personas se desplazaron de la región portuaria, de las cuales miles llegaron a Medellín buscando refugio.

La administración municipal no tuvo la capacidad para atender a esta población, por lo que fueron las organizaciones sociales y de derechos humanos de la ciudad las que proporcionaron atención básica y realizaron acompañamiento. La Cruz, en la zona nororiental de Medellín, fue uno de los barrios que recibió más desplazados provenientes de Urabá. En 1998, y ante la magnitud de la situación, la Asociación Nacional de Ayuda Solidaria (ANDAS) adquirió un terreno para entregárselo a algunas de las víctimas. En ese predio de 15.000 metros, que apenas era un cafetal, empezaron a ponerse las primeras piedras de lo que hoy es el barrio La Honda.

“Todo lo que usted ve aquí lo hicimos nosotros. Empezamos con los convites para el banqueo y para cargar el material desde La Cruz, porque el carro apenas subía hasta allá. Todo, la arena, las varillas, el cemento, lo cargamos nosotros. Luego, nosotros mismos hicimos también la carretera. Ahí se juntaban 80, 100 personas, mujeres, niños, hombres, todos con las palas, los machetes, con la olla haciendo el sancocho”, recuerda Luis Ángel, quien ya tenía una amplia experiencia de liderazgo con la Unión Patriótica en el Urabá, y no dudó en ponerla al servicio de este naciente barrio de ladera.

Como Luis Ángel, muchos otros desplazados traían consigo una experiencia organizativa y de liderazgo, producto de la fuerza que desde hacía algunos años habían tomado procesos como la Unión Patriótica en la región y el país. En el barrio que crecía se fueron juntando. “Uno se encontraba con esa gente acá y eso le daba a uno como otra esperanza”, dice Carmen Cecilia Restrepo, integrante de la Corporación de Víctimas y Sobrevivientes del Conflicto Armado, e hija de otro de los líderes de la UP fundadores de este barrio, quien fue asesinado años después.

“Además de los enseres, eso también migró con ellos, migró la experiencia, y esta fue puesta en el barrio ―explica Oscar Manuel Cárdenas, líder comunitario e integrante del colectivo Raíces, quien conoce con propiedad los repertorios de organización comunitaria que se han forjado en La Honda―. Lo primero fue la construcción de comités de trabajo, relacionados con necesidades, por ejemplo de una escuela, de las calles, las casas, o de gestionar, de moverse en la ciudad y buscar protección. En el 2002 vino la creación de la Junta de Acción Comunal, aunque no fuéramos reconocidos como barrio. Luego, en el 2003, en La Cruz se hizo lo que fue el primer Plan de Desarrollo Comunitario de la ciudad, en el que participó La Honda, y del que surgió la Red de Instituciones y Organizaciones Comunitarias que funcionó hasta el 2013”.

Entre tanto, decenas de acciones colectivas se realizaron en el barrio y en la ciudad, junto con habitantes de otros asentamientos, para visibilizar el problema del desplazamiento. La más emblemática fue quizá el bloqueo en el año 2000 a la Curva de Rodas, el basurero de Medellín en ese entonces. La acción tenía como objetivo, entre otros, denunciar las condiciones de vida precarias en alrededor de 35 asentamientos urbanos y exigir soluciones por parte de la administración municipal. Por esto es que Luis Ángel, Carmen y todos los antiguos habitantes, líderes y lideresas del barrio, insisten en que nada, nunca, ha sido regalado.

La ciudad impuso la violencia militar en los barrios
En medio de estos esfuerzos comunitarios por construir, habitar y sobrevivir, la guerra no dejaba de pisar sus talones. “También nos tocó vivir muy fuerte la violencia de la ciudad, la violencia de los barrios”, dice Carmen. Grupos de delincuencia común azotaban la ciudad, lo que sumado al abandono estatal fue el caldo de cultivo para la aparición y fortalecimiento de las milicias urbanas. En la zona nororiental hicieron presencia, mayoritariamente, las milicias de las FARC. El Estado, con Álvaro Uribe en la presidencia, y Luis Pérez en la Alcaldía, respondió con operaciones militares tristemente recordadas, como la Mariscal y la Orión en la Comuna 13, y otras no tan recordadas, como la Estrella VI en la nororiental.

Para esta última, las fuerzas militares conformaron un grupo de aproximadamente 1.000 hombres, entre los que había miembros de la Policía, la Fiscalía, el DAS y la Cuarta Brigada del Ejército, que irrumpieron en barrios como La Cruz y La Honda. El 13 de enero de 2003 empezó la barbarie.

“Fue una operación que duró tres días, sin contar los días de inteligencia. En esos tres días hubo allanamientos, que luego se determinó que habían sido ilegales, hubo también detenciones arbitrarias, muchas personas fueron condenadas y después de pagar cárcel fueron asesinadas, otras estuvieron apenas unos días y luego fueron asesinadas. Entonces no fueron solo esos tres días, sino un montón de acciones conexas que le hicieron mucho daño a la población en general”, explica Oscar.
Fueron detenidas unas 100 personas. Más de la mitad eran líderes y lideresas comunitarias reconocidas por su gestión en estos barrios, la mayoría pertenecientes al Movimiento Social de Desplazados de Antioquia (Mosda) que estaba en pleno auge. Muchas familias se desplazaron nuevamente, y en La Honda, un barrio con apenas cinco años de vida, hubo desesperanza.

Pero fue su misma capacidad organizativa la que ayudó a paliar los efectos de esa guerra. “La gente no se quedó callada ―dice Oscar―, y en este espacio que sirvió de albergue a la población desplazada, hicimos junto con otros asentamientos de la ciudad una Declaratoria de Refugiados Internos por la Paz y los Derechos Humanos”. Esa declaratoria, que fue en rechazo a este tipo de acciones militares, sirvió para que se reconocieran como un territorio de paz, y sus esfuerzos en adelante se enfocaran en ello.

La fuerza comunitaria es más grande que el miedo
La Operación Estrella VI fue el preámbulo del accionar paramilitar que desde entonces, e incluso luego del proceso de desmovilización, siguió imponiendo la violencia en la zona. Hoy los combos controlan el microtráfico, la movilidad en el barrio y hasta la canasta familiar. El Estado, por su parte, no ha reconocido a La Honda como un barrio, por lo que el acceso a los derechos sigue siendo limitado.

La respuesta comunitaria no deja de ser contundente. Acciones colectivas, Juntas de Acción Comunal, espacios culturales, y expresiones organizativas amplias como la Red Comunitaria de La Cruz y La Honda mantienen vivo el tejido social y la esperanza. Los jóvenes, niños y niñas que heredaron estas luchas, y hoy son los protagonistas de un convite que empezó hace más de 20 años.

La Casa para el Encuentro Luis Ángel García, el lugar colectivo construido desde los inicios de La Honda, y posteriormente nombrado así como homenaje en vida a este líder, es el espacio donde se reúnen para pensarse y construir el barrio que sueñan. Ahora trabajan por reconstruir su memoria, caracterizar sus condiciones actuales de vida, y exigir un proceso de reparación colectiva por los daños que ha generado tanto la violencia como el abandono estatal.

A pesar del temor y los recuerdos removidos tras las detonaciones del 7 de febrero, para estos pobladores y pobladoras nunca dejó de estar claro que nada podía paralizarlos. Como lo expresa Wendy Vera, líder juvenil del barrio e integrante de la biblioteca comunitaria Sueños de Papel, “esta es nuestra manera de seguir unidos y de mostrarle a la gente que si estamos juntos somos más, y que por encima de que lo que pasó, nosotros somos comunidad, somos arte, y estamos generando territorios libres de violencia”.

La Red Comunitaria se pronunció exigiendo al Alcalde de Medellín, Daniel Quintero, que las decisiones en materia de seguridad se tomen en conjunto con los habitantes del barrio para evitar la estigmatización a la que han sido sometidos siempre; que se implementen medidas para evitar nuevos hechos de violencia; que se atiendan las situaciones de riesgo y vulneración a los derechos humanos, y que sus necesidades y formas de habitar el territorio sean tenidas en cuenta al momento de planear la ciudad.

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Al final de la tarde el trapo quedó instalado en la montaña, cerca al lugar donde ocurrieron las detonaciones y donde una bandera del ELN apareció ese día. Aunque cinco días después fue retirado en circunstancias desconocidas, el mensaje “Somos convite, somos barrios, somos paz”, se propagó también por medio de estampados y se repitió insistentemente durante la acción, hoy resuena más que el mensaje estruendoso que por décadas han querido imponer los que se benefician con la guerra.

Para los medievales el hombre es una planta invertida cuyas raíces se extienden hacia el cielo y las ramas hacia la tierra. Las plantas fueron sagradas antes que los animales y el hombre, antes que apareciera el celoso Dios de Israel. Las plantas dominan la tierra y estarán cuando no estemos aquí. En 1783 José Celestino Mutis, Eloy Valenzuela, Pablo Antonio García, Francisco Antonio Zea, Jorge Tadeo Lozano y Francisco José de Caldas, iniciaron la primera expedición botánica sin saber que sería el germen de nuestra independencia. Pablo Morillo “el pacificador” expropió toda la investigación que envió inmediatamente a Madrid para ser archivada junto con los horrores de la conquista y los cantos de los señores del Dorado. Las plantas fueron y serán nuestro tesoro ancestral.

Homo Botanicus del director colombiano Guillermo Quintero trata de comunicarnos, siempre de manera tranquila y serena, el mundo de las plantas en Colombia, la fascinación que siempre ha despertado y la búsqueda del botánico Julio Betancur y su alumno Cristian Castro por clasificar cada especie. El documental fue rodado durante casi cuatro años en los bosques de niebla de los Andes colombianos y en el Herbario Nacional de Colombia.

La primera imagen que vemos es la de dos hombres marchando entre la espesura de los bosques andinos. Caminan con mirada atenta buscado alguna especie nueva. Una voz en off los conecta con Mutis y los primeros expedicionarios del antiguo Reino de la Nueva Granada. Se avanza entre el sonido de los pájaros y los insectos que guardan el tesoro de las plantas. Julio y Cristian se han olvidado de la cámara a fuerza de convivir con ella durante años, ahora trepan algún árbol en busca de una orquídea, la cual envolverán cuidadosamente como una “elegida” para ser congelada en el tiempo. No es solamente un ejercicio mecánico o racionalista, la toma de cada especie constituye un ritual que nos revela esa dimensión que hemos perdido enclavados en junglas de cemento, entre el ruido del tráfico y las promesas de progreso.

Las plantas también son una excusa para la amistad, recordar las canciones del festival de San Remo y tomar una cerveza. Después veremos su nueva casa en Bogotá: la Universidad Nacional. Algunas se reproducirán en el herbario, mientras otras reposarán entre incontables especies en el archivo. Literalmente son millones y se han recogido a lo largo del siglo pasado mientras Colombia se debatía en innumerables guerras civiles o se desangraba en lo que de manera eufemística se conoce como “El Conflicto”. Las plantas han guardado la memoria de una nación desangrada. Así cada una, engarzada en una hoja de cartulina, clasificada, nombrada y conservada, es ahora parte de ese pasado que quiere ser negado.

A finales de febrero en la Cinemateca de Bogotá se entregó el Premio Hernando Salcedo Silva de los Cineclubes Bogotanos. La ley de cine desconoce esta práctica o la invisibiliza bajo el mote de la “piratería” y la ilegalidad. Para los cinéfilos buscar una imagen es como buscar una planta, contemplarla en toda su belleza y mostrarla al mundo es parte de la emoción de acercarse a la gran pantalla. La película ganadora ha sido Homo Botanicus. En la sala Capital hemos podido conversar con Julio y Cristian que nos transmiten la extrañeza de oírse a sí mismos y verse convertidos en fotogramas. Las preguntas inevitablemente nos llevan a cuestionarnos sobre las razones para buscar en medio de la selva parte de nuestra memoria. Las plantas y las imágenes nos han unido un día lluvioso. Las plantas seguirán allí cuando todo quede en silencio, cuando aceptemos, tal como lo sugería Humbold, que existen misterios que solo están allí para ser contemplados.

Tras el asesinato del general Qassem Soleimani el 3 de enero, Irán anunció que ese crimen no iba a quedar impune y respondería militarmente a los Estados Unidos en cualquier momento y en cualquier lugar. La prensa occidental, vocera incondicional de Estados Unidos y de sus crímenes, argumentó que esas eran fanfarronerías, que las amenazas no iban a pasar del papel. Pero en el mes de enero se presentaron dos hechos resonantes en lo que puede llamarse la contra-ofensiva de Irán, a los que ni los Estados Unidos ni sus voceros mediáticos le concedieron importancia, intentando ocultar su alcance y no mostrar un flanco de debilidad del imperialismo estadounidense.

El primer hecho fueron los ataques con misiles que se realizaron desde Irán a bases militares de los Estados Unidos ubicadas en Irak. El primero se presentó el 8 de enero contra las bases de Ain al-Asad, las que habían sido visitadas por Donald Trump en 2018 y donde se encontraban drones tipo Reaper, los mismos que fueron utilizados para asesinar a Soleimani. Poco después se presentó otro ataque iraní en la región del Kurdistán iraquí. Aunque en su momento se informó de las respuestas militares, se les desestimó como algo anecdótico, y se aseguró, incluso por parte del propio Donald Trump, que ningún estadounidense había sido rasguñado.

Con los días se empezó a establecer la magnitud del ataque. Irán sostuvo que habían muerto unos 80 soldados de los Estados Unidos, que otros 200 habían resultado heridos, y que la base había sido reducida a cenizas. Estados Unidos ha negado que tuviera alguna perdida humana, pero le ha tocado admitir posteriormente, y a cuenta gotas, que 16 de sus soldados resultaron “con gravísimas heridas por quemaduras y metralla”.

Al margen de las cifras, quedan claras algunas cosas: los ataques fueron más contundentes de lo que se reconoce y los misiles de Irán alcanzaron sus objetivos sin que fueran derribados por las defensas anti-aéreas de los Estados Unidos. Esta es una muy mala noticia para el imperio, porque claramente quedó en evidencia su vulnerabilidad defensiva ante un ataque con los misiles que posee Irán, muchos de los cuales han sido hechos por Rusia. Aunque Estados Unidos estaba advertido del ataque, no pudo hacer nada para impedirlo y no logró derribar los misiles, con lo que queda un pésimo precedente que, de seguro, sus adversarios han tomado nota de primera mano.

Existe un segundo hecho que en la prensa occidental ha pasado de agache y sobre el que se hacen pocas menciones. Aconteció el 27 de enero en Afganistán, cuando cayó, así se dijo en un primer momento, un avión de los Estados Unidos en la remota provincia de Ghazni, a 150 kilómetros al sur de Kabul, capital de ese país. En un principio se dijo que era un avión comercial que se había estrellado. Rápidamente se desmintió que fuera un avión de pasajeros y se precisó, por fuentes externas a los Estados Unidos, que era un avión militar de espionaje.

Se trataba de uno de los cuatro Bombardier BD-700, comprados a Canadá y equipados con una sofisticada tecnología y transferencia de señales conocida como el Nodo de Comunicaciones Aerotransportadas del Campo de Batalla (BACN). Según el analista argentino Guadi Calvo, la aeronave “traduce y retransmite comunicaciones en tiempo real en el campo de batalla entre las tropas de tierra y las aeronaves en Afganistán. [Es] capaz de transmitir comunicaciones de voz, vídeo, fotografía, utilizando diferentes tipos de redes de comunicación. El avión derribado vuela por encima de los 12.000 metros, con autonomía de más de doce horas de vuelo”. No se trata un avión del montón, es un artefacto especialmente adaptado para facilitar la carnicería de los Estados Unidos. Lo significativo es que dicho avión vuela a una altura en la cual no pueden llegar los misiles que tienen los talibanes, quienes luego de su caída se proclamaron como los autores de tal hazaña.

Pero hay más: luego de su derribamiento, las tropas especializadas de los Estados Unidos no pudieron llegar al sitio para recuperar los restos, temerosos de que rusos o iraníes llegaran antes y se apoderaran de los secretos del BACN. Sin embargo, hay un dato más rinbombante, una noticia a la que no se le ha dado la importancia que tiene: en el avión derribado viajaba el jefe de la CIA en la sección de Irán, el mismo que había participado en la organización del asesinato de Soleimani, tres semanas atrás.

Michael D'Andrea, un “asesino profesional” al servicio de los Estados Unidos, con un impresionante prontuario: ingreso a la CIA en 1979, participó activamente en el programa de torturas que Estados Unidos desplegó después del 11 de septiembre de 2001, día en que fueron derribadas las Torres Gemelas. Lo conocían con varios alias: el 'Ayatolá Mike', el 'Principe Oscuro' y 'El Enterrador'. Estaba al frente del programa de asesinatos con drones en Yemen y Pakistán que concretaron la muerte de cientos de personas inocentes. Eran tan criminal, que su nombre fue revelado en el 2015 por el New York Times, pues en las operaciones que lideraba fueron asesinados con un dron dos cautivos occidentales de Al Qaeda, el estadounidense Warren Weinstein y el italiano Giovanni Lo Porto.

El 28 de enero murió un “halcón de la CIA” que había participado en el asesinato del general Soleimani. ¿Puede eso considerarse como una coincidencia? Difícilmente, porque un avión como en el que viajaba D'Andrea, no se cae todos los días, ni de repente, y tampoco puede ser derribado por cualquier grupo armado. Para hacerlo se necesita inteligencia y cierta tecnología, que en este caso puede presumirse, con bastante seguridad, que las dos cosas procedieron de Irán de forma indirecta o directa. Otro pésimo antecedente para los Estados Unidos que demuestra su vulnerabilidad, pese a que la propaganda mediática todos los días diga lo contrario. Lo único bueno de la noticia es que tenemos un asesino menos de la CIA haciéndole mal al mundo. ¡Siempre es que Ala es grande!

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