La brega de Londoñito Destacado

Suena un coro de pericos en el patio, junto con el de los vehículos que entra por la puerta abierta de su casa, ubicada en Cristo Rey, un barrio de cada vez más viviendas y menos bodegas, y de una cercanía idónea a la fábrica principal de Coltabaco en Medellín, donde laboró y se sindicalizó.

–¿Vas a fumar? –, me pregunta antes de iniciar este diálogo.

-No, gracias, ya no fumo–, le contesto mientras nos sentamos en la sala de su casa.

José Alfonso Londoño o Londoñito, como lo conocen en el gremio tabacalero, toma un cigarrillo de un paquete de Starlite y lo enciende, comienza a fumar y luego se excusa por comenzar unos minutos tarde. Me explica que ahora, con 83 años, cuida de su esposa 10 años mayor y esto le toma mucho tiempo en las mañanas. Su voz baja y ronca hace alarde del gusto por el tabaco, el cual no llegó con las labores en la fábrica sino de antes, desde que comenzó a trabajar a los 18 años en graneros, cantinas y en la plaza de mercado.

La figura del hombre jubilado sentado en la sala de su casa, de ropas cuidadosamente arregladas, de cabello escaso y blanco como las poltronas, se convierte pronto en la de un joven enérgico en su bicicleta, que recorre Medellín del sur al centro llevando facturas y documentos, desde la fábrica al edificio Coltabaco en el Parque de Berrío.

En 1953, este joven mensajero enfrentó el primer obstáculo de cualquier hombre que crece en este país en guerra. Al entrar un día en su bicicleta a la fábrica, fue interceptado por uno de sus patrones que le advirtió que el Ejército estaba allí reclutando. Pero él, terco, decidió presentarse y terminó prestando servicio militar en Florencia, Caquetá. A pesar de esto, su madre consiguió que su hijo volviera después de tres meses, con el argumento de que era hijo único y sostenía su casa.

Al regresar pasó por muchos puestos de trabajo. De mensajero a expendios, luego a ayudante y se demoró más de 20 años para pasar a maquinista. Son 37 años de su vida que le entregó a este trabajo. Las razones para hacerse parte del sindicato surgen de su memoria con varias anécdotas marcadas por la humillación que existía y existe por parte de los patrones, hacia quienes mueven sus fábricas, empresas y el país: los trabajadores. Una de ellas, cuenta, fue cuando comenzó a buscar un hogar, entonces optó por un préstamo de vivienda y así recibió una llamada:

–Hombre Alfonso, usted que necesita casita, le tengo una–, era el doctor Restrepo, uno de los administradores.


–¿Qué será? –, le respondió Londoñito.

–¿Recuerda los tranvías que se acabaron? Con eso están haciendo viviendas, yo le puedo conseguir una de esas.

–Yo soy pobre pero no estoy acostumbrado a que me humillen… buena vivienda un tranvía… ¡Es como decir un bus! No, doctor, le agradezco mucho–, no dudó en sentenciar este trabajador a su jefe con la dignidad hasta la cabeza.

Como esta, fueron otras las situaciones en donde comenzó a ver que no se respetaban los derechos, ni con la dotación o descansos de sus compañeros, y fue entonces cuando en la álgida década de los 70's, Londoñito decidió afiliarse a Sintracoltabaco. “A mí inclusive me llamó don Eduardo Bayona, el gerente, y me dijo: usted que ha sido tan buen trabajador –porque yo trabajaba sábados, domingos, festivos– ¿cómo se metió al sindicato? Yo le respondí que no me daba pena reclamar los derechos de los trabajadores. Y el sindicato lo hace, así que uno va cogiendo conciencia, entonces necesita a alguien que le respalde y reclame sus derechos, por eso la organización es muy importante”, recuerda, mientras apaga el cigarrillo en el cenicero.


Uno de los momentos más importantes en su historia en Sintracoltabaco lo vivió durante los 80's, en medio de la arremetida contra el movimiento sindical que tocó a muchos de sus compañeros, los cuales resultaron encarcelados o asesinados, como Luis Javier Cifuentes. A él mismo muchas veces lo llamaron a la casa para amenazarlo, sin embargo, sostiene que no tuvo miedo “porque ya uno estaba ahí, tenía que sacar las cosas adelante porque si con las amenazas se echa uno para atrás, se acabaría prácticamente el sindicalismo y la lucha democrática”.

Una de las luchas que más recuerda fue en la que consiguieron la nivelación salarial, y esto fue muy importante porque anteriormente se ganaba según el puesto, y a veces el salario dependía también del beneplácito de los patrones. Otro hito en su memoria es la huelga del 82, donde los trabajadores sindicalizados cesaron labores por 65 días y demostraron su fuerza ante una administración que no quería ceder en la negociación del pliego. De estos días recuerda especialmente las conferencias y el apoyo moral de los trabajadores y sindicatos.

En 1986 faltaba un año para jubilarse y acostumbraba a ingresar, junto a otros compañeros, ejemplares del periódico Voz para repartir y hacer agitación entre los trabajadores, gracias a que en la fábrica sólo requisaban al ingreso, pero nunca a la salida. Sin embargo, un día el vigilante de turno lo detuvo a la salida e insistió en requisarlo, esto le molestó a Londoñito, quien le retó a que lo hiciera.

–Una requisa es ver, no tocar. A ver qué quiere que le muestre.
–Los pantalones–, respondió el celador y procedió a requisarlo.
–Tenga–. Se quitó los pantalones y quedó así en pantaloncillos en la entrada de la fábrica.
–¿La camisa también? –, insistió Londoñito y se la quitó.

Después de esto lo llamaron a descargos y consiguió 19 testigos a su favor, sin embargo, terminarían por suspenderlo 20 días argumentando inmoralidad e indecencia.

La rebeldía de Londoñito se mantuvo hasta el último día que trabajó. Incluso después de jubilarse y con las políticas administrativas que no lo dejaban volver a la fábrica, continuó acompañando al sindicato en sus manifestaciones y discusiones. Mientras pueda no falta a una marcha del Primero de Mayo porque considera que este día la ciudad se vuelve de los trabajadores y sus luchas por la dignidad.

Del sindicato aprendió sobre la importancia del derecho a la salud con el comité de seguridad; del derecho al estudio con el que consiguieron varias becas para los directivos e hijos de los sindicalistas; de los derechos laborales, o sea a las ocho horas de trabajo, con almuerzo y desayuno dentro de la empresa. Todo esto adquirido gracias a la organización y al sindicato. “A mí me perseguían mucho, pero yo bregaba a servir y reclamaba por los trabajadores”, me enfatiza antes de terminar esta conversación. Sus memorias y palabras son un bálsamo para el embrujo que viven los trabajadores y les impide organizarse.

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Acerca del Autor

Miguel Ángel Romero

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