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Editorial 167: Educación para sacudirse la opresión

No todas las frases de cajón resultan obvias, y tampoco el sentido común termina siendo un buen medidor de la lógica y la inteligencia humana. Se sabe hasta la saciedad que la educación es una necesidad para el desarrollo, el crecimiento y el progreso, y nos lo repiten propios y extraños cada cuatro años antes de hacerse elegir para gobernar, con todas las trampas y crímenes posibles.

Esos mismos, nos repiten a través de los medios masivos de información: sus cajas de resonancia, que los países poderosos llegaron a serlo gracias a que fomentaron y construyeron poderosos sistemas de educación masivos, modernos y de acceso gratuito, incluso obligatorio. Eso parece lógico en Europa, y en los países nórdicos que son los más ricos del mundo y de mayor ingreso per cápita y calidad de vida de sus habitantes, pero extrañamente esa lógica no aplica en nuestras fallidas democracias, como si fuéramos seres inferiores o incapaces.

En Colombia no solo no hay educación gratuita ni de calidad, sino que el acceso es restringido para los que no tienen como pagar sus altísimos costos. Pero ese no es el principal problema ni el que queremos poner en debate. Es peor, los pocos que pueden ingresar a estudiar en los centros educativos públicos o privados, desde la primaria hasta la educación superior, entran en un proceso de adoctrinamiento capitalista y patriarcal que se esfuerza por destruir la capacidad de razón y juicio de las personas y convertirlas en reproductores de antivalores como la competitividad, el egoísmo, el racismo, la homofobia, el machismo, la segregación y la mediocridad. No se forman mujeres y hombres como sujetos críticos, en donde florezca el pensamiento científico y transformador, sino en objetos o instrumentos de defensa de las tesis que probadamente tienen a la humanidad y al planeta al borde de la extinción, como por ejemplo el crecimiento económico y el desarrollo del que nos habla reiteradamente la modernidad.

Ante este ambiente mezquino se enfrentan los pocos maestros y maestras que aman su profesión, se esmeran y sueñan con formar sujetos críticos para brindarle seres humanos llenos de amor, inteligencia y pensamiento transformador a su país y al mundo. Pero, en Colombia es prácticamente imposible hablar de pensamiento crítico, tanto que a los que se atreven los matan, el magisterio está en el primer lugar de las víctimas de genocidio contra el sindicalismo en nuestro país con 990 maestros y maestras asesinados entre 1986 y 2016, la cifra ya supera los mil casos en la actualidad. Y todo, porque el Estado Colombiano defiende con sangre un sistema de educación bancaria, como le decía Paulo Freire a aquella, en la que el educador deposita, como en una caja vacía, una serie de contenidos en la mente del estudiante.

Ese es el debate. La mayoría de los colombianos y las colombianas hemos sido oprimidos, durante por lo menos dos siglos, física e intelectualmente por el sistema educativo oficial impulsado por las clases que manejan el poder político y económico, se requiere de un cambio hacia una pedagogía que permita sacudirse esa opresión, una pedagogía del oprimido, como la propuso Freire. No basta con dar la pelea para que se inviertan muchos recursos en el sistema de educación, en infraestructura, en docentes; la cosa va más allá, se requiere una transformación radical del enfoque pedagógico dirigido hacia la formación de sujetos críticos, capaces de observar su entorno y valorarlo de manera profunda y así desarrollar habilidades y fortalecer aptitudes para transformar ese entorno.

Es un debate espinoso donde, aún, los sectores progresistas no han puesto su mayor empeño, o peor no les interesa esa pelea, y a los sectores de la élite mucho menos. Resulta extraño y fuera de toda lógica, que repitamos que al gobierno de derecha- capitalista no le interesa que la gente se eduque porque entendería las trampas del poder y lo enfrentaría para tumbarlo. No es tan lógico, podríamos luchar para que la educación fuera gratuita y de calidad, y el resultado no variaría en el fondo, tendríamos una sociedad muy educada y funcional a la reproducción de las formas de opresión y de desigualdad que caracterizan al capital, como ocurre en Europa o Estados Unidos, o también en países latinos cuya sociedad a pesar de tener educación gratuita y gente profesional, le siguen votando a los neoliberales que destrozaron las economías y dejaron en banca rota a países como Argentina, México, Brasil, entre otros, donde además los índices de desigualdad y pobreza son muy altos, aunque no tanto como en Colombia.

En conclusión, la educación, vaya descubrimiento, sí es fundamental para el crecimiento de la economía y el desarrollo de las sociedades modernas en el capitalismo; pero, no resuelve el problema de la desigualdad, la opresión, la libertad y la emancipación de los seres humanos, esta solo se alcanza caminando por la senda de una pedagogía que privilegie los valores humanos por encima de los antivalores del capital. Una pedagogía que subvierta, que ponga en tela de juicio los conocimientos adquiridos por la educación bancaria, que valore el saber popular y los demás saberes de los pueblos originarios, que sea irreverente con los poderosos, intolerante con la injusticia, la opresión y la violencia, que incomode a los corruptos, que promueva el inconformismo, la protesta, que no mire de abajo hacia arriba sino de frente de igual a igual.

Esa educación, esa pedagogía del oprimido la deben disputar los pueblos, las clases populares en la calle, en el paro, en la huelga, en las urnas, en medio de la protesta social, porque como dijo el viejo Paulo Freire, padre de la educación popular: “Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollasen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica”

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