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Editorial 169: Mirarnos al espejo para descubrirnos

Es complicado encontrar el origen del racismo, y lo es más para quien se acostumbró a naturalizar el desprecio o la exclusión contra alguien por su color o su cultura, o las dos. Es mucho más difícil para los que ven con los ojos de la humanidad y no encuentran ninguna justificación a tal discriminación.

Lo cierto es que el racismo lejos de desaparecer se afianza en una sociedad y en un planeta que se dice moderno, y se coló entre los pueblos pobres y entre las personas que se olvidan de mirarse al espejo cultural y reconocer allí la diversidad, la mezcla, el mestizaje, los colores y las diferentes formas de apreciar la vida, de relacionarse con el planeta, con el poder, la política y la economía.

La religión y el colonialismo tienen mucho que ver en esta percepción enrevesada sobre el relacionamiento y la aceptación entre pueblos. Las creencias en los orígenes y validez de las razas puras: la sangre noble o divina, la dinastía, los mesías, los elegidos por este o el otro Dios, árabes, judíos, negros o blancos, gitanos y raizales. Toda la humanidad negándose unos a otras, borrándose del mapa, discutiendo de manera insulsa sobre quiénes son los escogidos y quien los escogió para subyugar a los demás. Por supuesto la visión occidentalizada de los colonizadores europeos les hizo creer y convencerse que la suya era una civilización superior a la de los pueblos originarios de América, África y Asia, que su cultura, sus dioses y reyes eran los únicos válidos, que sus formas de vestir, comer, relacionarse eran las correctas y que a los demás había que civilizarlos con base en esa forma de vivir en la tierra.

Los colonizadores, en todo el mundo, no encontraron otra forma que la fuerza, el castigo, la violación, la muerte, la esclavitud para imponer su forma de habitar el mundo, de relacionarse política, económica y culturalmente con otros pueblos y con la naturaleza, porque al frente siempre tuvieron desde su perspectiva a un inferior o a una bestia sin alma que había que aconductar. Lo peor es que lograron no solo imponerse materialmente sobre sus víctimas, también lo hicieron culturalmente, inocularon ese odio, esa mirada inquisidora que busca la diferencia en el otro igual con el fin de convertirlo en desigual y agredirlo.

La “modernidad”, con engaños, prometió igualdad, fraternidad, soberanía, autonomía. Prometió unas formas políticas, económicas y culturales en las que un ente llamado Estado – Nación garantizaría relacionamientos armónicos entre todos y todas, en donde esos principios se podrían hacer realidad. La clase burguesa, y su proyecto moderno, triunfante en Francia y en general en Europa, no pudo o no quiso cumplir su promesa, al contrario, profundizó la desigualdad, castigó el libre pensamiento, fecundó el fascismo y el nazismo, se adueñó de la mano de obra de millones de pobres, y fomentó el genocidio contra los que haciendo uso de sus derechos democráticos se rebelaron. Mientras tanto, sus hijos procreados a su imagen y semejanza en América hicieron lo propio, se negaron a abolir la esclavitud, se repartieron las mejores tierras y mataron de hambre a quienes lucharon por la independencia. También construyeron un Estado Nación con el sudor y la sangre de los más humildes, y continuaron el genocidio indígena y negro.

Y lo siguen haciendo. Le quitaron el 90% del territorio al pueblo Barí en la región del Catatumbo, frontera con Venezuela, y exterminaron casi el 70% de su población, con el fin de entregarle el petróleo a las empresas norteamericanas. Masacraron miles de obreros bananeros para regalarle el negocio a la Fruit Company, persiguieron a los pueblos negros de sus territorios ganados con esfuerzo y sufrimiento, fomentaron una cultura racista y patriarcal difundida por los medios masivos de comunicación, la iglesia y la escuela. Los ñeros, los que viven en los barrios pobres, los feos, los negros, los indios, los campesinos, los mamertos, las feministas, los que no quieren dejar progresar al país, los castrochavistas, los vándalos, los que quieren todo regalado, los mantenidos, los que fastidian a la gente de bien.

La tarea de los hombres modernos y patriarcales está hecha, hay que deshacerla. La sociedad mestiza empobrecida, del campo, de los ríos, la montaña, la selva, de la barriada y las comunas se tiene que sacudir, no se pueden seguir mirando en el espejo y escupirse.

Pero los tiempos cambian. Ahora, el agua que se retiró hace tiempo abandonando la playa, regresa, se ve en el horizonte como una gigantesca ola que crece a medida que avanza. Son los empobrecidos, las víctimas, los esclavizados, las oprimidas, los pueblos. Vienen coreando con fuerza: nunca más nos miraremos por debajo del hombro, jamás nos pisaremos los callos, no volveremos a burlarnos de nuestra propia desgracia, reconoceremos y amaremos nuestros colores de piel, nuestra cultura, nos compartiremos el alimento, aprenderemos de ellas, de las mujeres, las reconoceremos y respetaremos, nos sacudiremos el arribismo, el racismo y el patriarcado, nos descolonizaremos, dejaremos de ser subalternos y sumisos para ser un pueblo, un colectivo que mira con orgullo a la otra y el otro, para encontrarse en sus ojos y descubrirse en su alma.

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