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FLAKO PANDEMIA

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Las comunidades campesinas en el Cauca han estado en medio de la guerra, su lucha por construir condiciones de vida digna incomoda a los violentos, a los poderosos, a quienes se lucran de la desigualdad y del negocio de la guerra. Hace aproximadamente un año, en abril de 2020 recibíamos la noticia de los asesinatos de Teodomiro Sotelo y Andrés Cansimanse, líderes sociales vinculados al Coordinador Nacional Agrario de Asocumunal y el consejo comunitario Afrorenacer que hacen presencia en el cañón del Micay, más exactamente en los Municipios de Argelia y El Tambo en el Cauca.

Sus asesinatos ocurrían en medio de una conflictividad militar que toca a las comunidades campesinas de la zona, para ese momento la Defensoría del Pueblo emitió una alerta temprana que buscaba advertir sobre la grave situación en ese territorio y el riesgo que estaban corriendo las comunidades.
Entonces las disidencias de las FARC con su frente Carlos Patiño, la columna móvil Jaime Martínez y la Dagoberto Ramos se habían reinstalado en el territorio de forma hegemónica y comenzaban una disputa armada con otras estructuras militares; la segunda Marquetalia, al mando del Paisa, Iván Márquez, y Jesús Santrich (de las que se dice que es más su fama que su capacidad militar); las AGC con el clan del Golfo; el ELN con su frente José María Becerra; y el Ejército Nacional fundamentalmente el batallón de infantería No 56.

Esta disputa tiene como elemento sustancial controlar las rentas provenientes del narcotráfico. En el territorio, entre los Municipios de Argelia, El Tambo y Balboa existe un aproximado de 12 mil hectáreas sembradas de coca, además de cientos de laboratorios de producción de cocaína y enormes posibilidades de comercialización dadas por los afluentes navegables del cañón del Micay hacia el Océano Pacífico, la conexión vial con el norte del Cauca y la cercanía con la vía Panamericana.

También en abril del 2020 mientras se desarrollaba una reunión del consejo comunitario Afrorenacer en el Tambo, hombres del frente Carlos Patiño irrumpieron en el espacio para asesinar a Jesús Riascos y Sabino Advincula, y amenazar a los demás integrantes del consejo comunitario con la muerte. Después de esto, se han conocido múltiples hechos de victimización a la población campesina de la región, entre ellos, amenazas, asesinatos, desplazamientos individuales y colectivos, y vulneraciones a sus derechos de libertad, participación política, movilidad e incluso el uso de herramientas de comunicación.

Actualmente más de 2000 personas se desplazaron del corregimiento del Plateado en Argelia hacia la cabecera municipal por la agudización de los enfrentamientos. Esta realidad es el resultado de un conflicto territorial bélico que se ha ido profundizando por las condiciones en las que se encuentra el territorio: la presencia de cultivos de coca, la producción y comercialización de cocaína; su ubicación estratégica para el tráfico de armas, el paso tropas de ejércitos legales e ilegales; el fracaso de la implementación del PNIS, y de las propuestas consignadas en los PDET; y el abandono histórico del Estado que configura las causas de una población que responde a las dinámicas de la ilegalidad por la falta de alternativas económicas y sociales en la región.

De acuerdo con las versiones de campesinos de la zona, la llegada de la primera estructura de las FARC a este territorio se dio hace aproximadamente 30 años, 15 años después llegó el ELN y comenzó la disputa por el control territorial, que se extendió por más de 6 años provocando la instauración de fronteras invisibles sobre las cuales estas dos guerrillas se dividieron el territorio.

Sin embargo, la conflictividad en el cañón del Micay, no puede reducirse únicamente a la presencia de actores armados que se disputan las rentas ilegales del narcotráfico. Según relata un campesino de la zona actualmente desplazado en Popayán, es necesario ver los conflictos territoriales de forma compleja, no como problemáticas aisladas, ya que el Proyecto Arrieros del Micay también representa un interés económico ligado a la búsqueda de control territorial por parte de los actores armados, y aunque se encuentra en la parte baja del Micay tiene una conexión con toda la cuenca.

Este proyecto hidroeléctrico está siendo impulsado desde la década del 80 y tiene como objetivo represar el río inundando todo el consejo comunitario Afrorenacer y afectando de manera grave las condiciones ambientales, sociales, económicas y culturales de la cuenca y las micro cuencas del río del Micay.

Aunque este proyecto no ha sido desarrollado, el primer volumen de estudios de factibilidad se publicó en 1988 dando aval para la construcción del mismo, sin embargo, la oposición férrea de las comunidades en el San Juan del Micay ha sido tan contundente, que ha permitido frenarlo por años, pero posterior a la firma del acuerdo de paz entre las FARC y el Gobierno de Juan Manuel Santos, se vivió una desescalada del conflicto y comenzaron los procesos de reactivación del proyecto.

Actualmente es evidente que el accionar de los grupos armados, especialmente de los reconocidos como el frente Carlos Patiño y las columnas móviles Jaime Martínez y Dagoberto Ramos, es una estrategia de amedrentamiento a las comunidades organizadas que se han opuesto históricamente al desarrollo de la hidroeléctrica.

Los procesos vinculados al CNA han estado en la mira de estos actores armados por tres razones importantes; i) se han declarado en oposición al desarrollo de dicho proyecto, ii) han estado en la búsqueda y construcción de alternativas de sustitución a los cultivos de uso ilícito, sin desconocer que representan la base económica fundamental del campesinado en la región, y iii) piensan y desarrollan propuestas encaminadas a la construcción de calidad de vida con un enfoque autónomo y soberano.

Para algunos habitantes de la región la llegada del Gobierno de Iván Duque impulsó de manera contundente la vulneración de los derechos humanos y la reaparición de grupos paramilitares, que agudizaron su ataque a la población en un ejercicio de genocidio político que tiene como objetivo desestructurar las organizaciones sociales del territorio para evitar cualquier tipo de resistencia social frente a los intereses económicos.

Algunos miembros de las diferentes organizaciones sociales de la zona, expresan que las llamadas disidencias de las FARC están atentando en contra del movimiento social y no tienen ningún objetivo político asociado a las apuestas ideológicas que han perseguido las guerrillas en el país, sino que responden a una serie de intereses económicos vinculados con las utilidades de las que se lucran las élites en Colombia.

Para las organizaciones sociales, estas estrategias bélicas en la región tienen un horizonte de acción vinculado a generar condiciones para desarrollar del Plan Pazcífico por medio de un genocidio que evite posibles resistencias sociales en el futuro. Se cree que este conflicto que ha ido escalando a niveles alarmantes desde hace un año y medio aproximadamente, se extienda por un periodo de 5 o 6 años más en la región.

Frente a esto, es importante anotar que las comunidades que se encuentran en medio de las disputas entre los grupos armados quedan a merced de sus disposiciones normativas, y de acuerdo a ellas adaptan su comportamiento. Muestra de ello es el desplazamiento de los liderazgos sociales de las distintas organizaciones, y la pausa evidente en la que quedaron sus apuestas y desarrollos organizativos, políticos y productivos con la avanzada de control territorial que ha ido ganando el frente Carlos Patiño en la región.

Por diferentes razones e intereses, el campo ha sido el centro operativo de las ambiciones de las elites, nacionales y extranjeras, que se apoderaron de las estructuras económicas, sociales, culturales y políticas del Estado nación moderno. En doscientos años, en materia de distribución y uso de la tierra, al país lo han venido moldeando al acomodo de esos intereses. Por ejemplo, en los años veinte del siglo pasado, el Estado le otorgó 60.000 hectáreas a la Fruit Company para que sembrara banano, años más tarde lo hizo con Cartón de Colombia en el departamento del Cauca para industria forestal. Según estudios del Cinep del año 2016, en Colombia el 94 % del territorio es rural y solo el 32 % de la población vive allí, lo que demuestra una estrategia para desocupar el campo, pasando de un país rural a uno urbano, de un país productor de alimentos a uno importador, de uno con vocación agraria a uno extractivista y minero energético, de un campo productivo a uno basado en la renta y la especulación, de un campo con campesinos a uno sin ellos, sumido en el abandono a todo nivel.

Al campesinado, no solo lo golpea esa visión capitalista del modo de producción que se orienta a la concentración de la tierra en pocas manos, que vive de la renta y de los negocios de infraestructura, del monocultivo, y de la explotación de recursos naturales; las comunidades campesinas fueron empobrecidas con intencionalidad. Carecen de salud, educación, alfabetización, nutrición, infraestructura, empleo, servicios públicos, y sufren de manera directa la violencia armada, especialmente la paramilitar y estatal que garantiza la inversión empresarial, el despojo, el desplazamiento y el genocidio contra los esfuerzos organizativos, de resistencia y defensa territorial.

Un tribunal contra el genocidio del campesinado
Recientemente, ante una de las peores crisis de derechos humanos de la última década concentrada justamente en las zonas rurales de Colombia, decenas de organizaciones sociales y populares, de la mano de procesos y plataformas de derechos humanos solicitaron al Tribunal Permanente de los Pueblos con sede en Roma, Italia, la realización de una sesión para denunciar y condenar al Estado colombiano por genocidio político, impunidad y crímenes contra la paz. Este, a pesar de ser un Tribunal ético y de opinión, que no es jurídicamente vinculante para el Estado, cuenta con más de 40 años de experiencia y prestigio en todo el mundo, ya que está integrado por personalidades provenientes de las altas cortes de diferentes países, de la academia, la política, la cultura, la intelectualidad, el liderazgo social y popular, que han señalado y condenado las agresiones imperialistas, las arbitrariedades de las dictaduras, los crímenes de lesa humanidad y los genocidios perpetrados en diferentes lugares del mundo.

Siete informes sobre el genocidio contra el campesinado fueron presentados ante los jueces del Tribunal el 25 de marzo de 2021. Y aunque solo abarcó una parte del campesinado del país, fue una muestra muy significativa y cualificada que señaló elementos teóricos, académicos y políticos de las prácticas genocidas en regiones como el nororiente colombiano, la costa caribe, el centro oriente, el sur occidente y el sur de Bolívar. Los procesos y movimientos sociales y políticos, en los que se destaca el Coordinador Nacional Agrario, sostienen que la intencionalidad del Estado y sus élites, son un elemento esencial para probar la existencia del proceso genocida contra el campesinado. La estigmatización contra el liderazgo campesino como parte de la insurgencia y de la estrategia del comunismo internacional, llevó consigo la construcción de la otredad negativa, algo así como un grupo de malos hijos de la patria que no dejan progresar, a los que hay que acabar.

La construcción del enemigo interno y prácticas genocidas
Esta es la más sofisticada estrategia estatal contra el campesinado y los procesos que se oponen al statu quo, enmarcada en la doctrina de la seguridad nacional impuesta y legitimada en Colombia desde mediados de los años cincuenta. El profesor Miguel Ángel Beltrán señala el bombardeo de Villarrica Tolima entre marzo y junio de 1955, donde la fuerza aérea colombiana usó bombas de napalm y estableció campos de concentración contra comunidades campesinas del oriente del Tolima en plena dictadura militar del General Gustavo Rojas Pinilla, como uno de los episodios que fomentó la construcción de la figura del enemigo interno en Colombia. Para legitimar la operación militar de exterminio al campesinado organizado se acudió al discurso de odio contra el comunismo internacional por parte de las élites políticas y eclesiásticas, a través, entre otros, de los medios de comunicación corporativos al servicio de la dictadura. La doctrina de seguridad nacional en América Latina mantuvo la idea de que a partir de la seguridad del Estado es posible garantizar la de la sociedad. Pero una de sus innovaciones fue considerar que para lograr su objetivo era esencial el control militar del Estado. La estrategia más usada fue la excusa de la existencia del conflicto armado interno para incluir a la población que vive en los territorios, sobre todo campesina, entre los asesinados en combates, hacer distinción entre combatientes y no combatientes (falsos positivos).

La legítima lucha por la tierra, histórica por demás durante los doscientos años de construcción del Estado nación, está llena de ejemplos que demuestran la mezquindad de la oligarquía colombiana, a través de modalidades que combinan la guerra, el despojo, la desaparición, el desplazamiento, la criminalización de la protesta, la judicialización y privación de la libertad del liderazgo campesino, el paramilitarismo, el trabajo esclavo para beneficiar el latifundio y la decisión sobre el uso de la tierra en negocios extractivistas y monocultivos agroindustriales para cumplir, además, las cuotas del mercado capitalista. Desde 1936, a cada reforma agraria liberal presionada por las luchas campesinas, se le opuso una contrarreforma conservadora, casi siempre armada. Las prácticas genocidas incluyen además, el uso arbitrario del aparato legislativo.

Algunas normas recientes y relevantes frente a la concentración de la tierra
Ley 1776 de 2016, zonas de interés para el desarrollo rural, económico y social (Zidres), que atentan contra el principio de democratización de la propiedad agraria y perpetúa la acumulación de tierras en favor del gran capital.

La Ley 1941 de 2018 y el Decreto 2278 de 2019, establecen las “zonas futuro” como una estrategia de control territorial mediante la intervención y focalización de programas, planes y recursos estatales, en territorios que requieren una acción unificada, interagencial, coordinada, sostenida e integral del Estado. Coinciden con los territorios donde la guerra se intensificó.
Artículo 268 de la Ley 1955 de 2019, mediante el cual se crea la zona económica y social especial (Zese) para la Guajira, Norte de Santander y Arauca; el cual fue reglamentado mediante el Decreto 2112 del 24 de noviembre de 2019.

No está de más señalar que el pasado 17 de diciembre de 2018 la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó finalmente la Declaración de los Derechos del Campesino y el Estado colombiano demostró una vez más su desprecio hacia los campesinos al abstenerse de votar. Lo anterior permite evidenciar que el Estado colombiano invisibiliza, excluye y margina al campesinado al negar su carácter de sujeto colectivo de derechos. Así mismo, es una manifestación política que reafirma que el Estado rechaza y niega los reclamos históricos y la lucha del campesinado.

Practicas genocidas. Judicialización, homicidios selectivos, masacres y desplazamiento
El uso arbitrario del derecho penal y el aparato de justicia es una práctica genocida cada vez más común. Regiones como el suroccidente colombiano y procesos como el Congreso de los Pueblos (CDP) han sido víctimas de esta práctica. En abril de 2018, 33 líderes y lideresas de diferentes organizaciones que hacen parte del CDP y el Proceso de Comunidades Negras (PCN), fueron detenidos y judicializados el mismo día, con cargos como concierto para delinquir, narcotráfico, lavado de activos y rebelión, la gran mayoría eran o habían sido alcaldes, personeros y directivos de procesos sociales. Antes de una semana varios de ellos y ellas estaban en libertad y meses más tarde no había uno solo en prisión. Sin embargo, muchos de ellos y ellas sufrieron el trauma de la pérdida de la libertad, del terror, el miedo y la estigmatización y se aislaron de sus procesos sociales.

En los departamentos de Arauca, Casanare y Meta, desde agosto de 2002, han sufrido el martirio de estar privados de su libertad física, más de 2.000 personas, que fueron mandadas a las diferentes cárceles del régimen, pasando periodos largos de cruel prisión, unos más que otros. Si lo sumamos con los que recibieron “detenciones administrativas”, sin llegar a actuación judicial alguna, ascienden a una escandalosa cifra que supera los 10.000 casos. Este ejercicio continúa y utiliza las leyes como la 1453 de 2011, llamada de “seguridad ciudadana” y la 1908 de 2018, para darle un tratamiento de guerra a los liderazgos comunitarios. Además, las empresas financian acciones criminales y pagan para que el aparato institucional proceda en su favor. En ese sentido se han firmado casi dos mil convenios de cooperación entre la industria petrolera y minero energética, e instituciones como el ejército, la policía y la Fiscalía General de la Nación, los cuales permiten y sostienen las Estructuras de Apoyo-EDA, creadas desde 2001 y que han sido las encargadas de adelantar los procesos judiciales contra las comunidades por ejercer el derecho a la protesta, casi siempre, por incumplimiento de acuerdos. Las comunidades del Sur de Bolívar, y el Nororiente colombiano y Sur del Cesar, también han sido víctimas de esta práctica.

Homicidios selectivos y masacres
El departamento del Cauca es uno de los más afectados por el recrudecimiento de la guerra que promueve el Estado, entre otras, por su decisión de hacer trizas los acuerdos de paz y provocar la disputa de carteles del narcotráfico, paramilitares, grupos disidentes, fuerzas militares y guerrilla, por el control de economías del narcotráfico y la minería. En medio de esta disputa, el liderazgo social, el que tiene propuesta política y defiende el territorio para el campesinado, ha padecido el exterminio. Las comunidades organizadas en el Coordinador Nacional Agrario (CNA) asentadas en el Cañón del Micay, en el municipio de El Tambo, en Almaguer y Argelia, han sufrido desplazamiento, tortura, amenazas y asesinato. Desde 2013 hasta el 2020 han sido asesinados y asesinadas 16 líderes y lideresas. El año 2020 ha sido el más nefasto con 10 asesinatos, y el proceso Afrorrenacer del Micay el más golpeado por el genocidio.

En Cajibiio, Cauca, entre el 19 de noviembre de 2000 y el 15 de enero de 2001, fueron perpetradas tres masacres en El Carmelo, La Pedregosa y la Rejoya, por miembros de las autodefensas del Bloque Calima bajo el Mando de Eveth Velosa alias HH, con apoyo del ejército nacional, el Gaula y algunos hacendados. En total fueron torturados y masacrados 14 campesinos. Recientemente, en enero y febrero de 2021, la Fiscalía 75 de la dirección especializada contra Violaciones a los Derechos Humanos declaró crímenes de lesa humanidad las masacres de la Rejoya y la Pedregosa.

Estos son solo algunos datos e información parcial del proceso genocida del que ha sido víctima una parte del campesinado y algunos de sus procesos en Colombia. No obstante, podemos afirmar que la totalidad del movimiento campesino ha sufrido el genocidio durante cerca de dos siglos, sus perpetradores están aún al mando del Estado nación, ese que construyeron a sangre y fuego. Hoy más de siete millones de desplazados taladran en los sentimientos, en la carne y los huesos de un grupo nacional, cuyo objeto y razón de ser, aparte de proveer el alimento a todo un país, ha sido proponer la transformación de toda la sociedad hacia un modo de producción justo, equitativo, de buen vivir y de armonía con la naturaleza y el planeta.

¿Cuál es el pedazo que me corresponde?, fue lo primero que le preguntaron varios compañeros a Mesías hace dos años. Pero si lo que queremos es quitar los alambrados. Esto no es de nadie, esto es de todos, les dijo él.

Desde que se hizo cargo de El Dinde –la finca del Comité de Integración del Macizo Colombiano (CIMA)–, Mesías calcula haber sembrado 300 semillas: 10 variedades de yuca, varias de frijol, chía, amaranto, ajonjolí, sacha inchi, palos de guayabas, mangostino, zapallo, yaca, girasoles, guamas, maní, ajenjo, maíz, caña, romero, yerbabuena, y papayuelas; donde solo había café, unas cuantas matas de guineo, aguacate y limón.

A Mesías le han dicho que por qué no deja de jugar y “trabaja como hombre”: por la ganancia; también le han dicho que se “volvió a embrutecer” por dedicar a la agroecología el tiempo que los demás dedican a sobrevivir en el bacanal hiperconsumista. Mesías, su hermana y su cuñado dejaron sus fincas en San Lorenzo, norte de Nariño, porque “queríamos estar en un sitio donde pudiéramos ser más útiles (…) Toda esta inversión es pensando en ellas”, dice refiriéndose a sus sobrinas, dos soles brincones y sonrientes llamados Tania y Sheyla.
Las ondas de cada palada y cada siembra se expanden más allá del nido de semillas de Mesías. En unos años, dice, las 12 hectáreas de El Dinde deben ser un centro de formación y pensamiento propio, un instituto de educación campesina donde al menos 200 jóvenes humeen y aren sus consciencias. Donde se pueda “desaprender, para aprender” que una carga de maíz no vale porque un intermediario esté dispuesto a pagar cien mil pesos por ella, sino por la cantidad de envueltos, panes, arepas, chicha y tazadas de mazamorra que con ella se pueda hacer.

Como nunca pudo ir a la escuela, en su juventud, el cincuentenario Mesías decidió caminar los departamentos de Nariño para que el saber de las y los mayores reemplazara el conocimiento que supuestamente florece en la escuela. Del caminar, la observación atenta y la constante interacción con sus dioses naturales, brotó un macizo taita agroecológico de rasgos aindiados que sabe que los marranos producen poca sangre, y son propensos a enfermar de anemia cuando nacen, si comen hoja de yuca, rica en hierro, mejora la producción de sangre y evitan el paludismo o el raquitismo; que la cascarilla de arroz es rica en silicio, y que los tustes, es decir las quijadas de las vacas, son los huesos más ricos en calcio; que la canavalia y la cáscara de naranja ahuyentan las hormigas; que los girasoles le aportan magnesio al suelo; que si en 100 litros de agua se mezclan dos bultos de humus de lombriz y cuatro kilos de miel de purga, en menos de 4 días está listo un abono orgánico para el café y el frijol; que el mallorquín no es maleza sino una planta que le aporta diversos nutrientes a la vegetación vecina; que la tierra está plagada de microorganismos, el 95% de ellos buenos, el porcentaje restante no tanto, y que los abonos orgánicos hechos con sulfocalcio, caldo de ceniza, estiércol, hojarasca, entre otros elementos, se encargan de multiplicar esos microorganismos y que prospere la llegada de los nutrientes que necesita la planta.

Mientras sembraba un vástago de bore, una planta rica en proteína y capaz de sostener mucha agua durante épocas de invierno para luego liberarla en tiempos de sequía, con su voz lozana, Mesías me cuenta que a sus sobrinas les pide que observen y comparen el apetito de cada animal cada vez que le echan comida a los cuyes. Si alguno come menos que los demás, tal vez tenga problemas estomacales que se curan con agua de apio o con cilantro. Descartado el problema digestivo, posiblemente el animal albergue parásitos que pueden curarse con hojas de paico o pepas de zapallo.

“Esta es una agricultura de proyección para la vida. Que vayamos en búsqueda del buen vivir. Este tipo de agricultura no cumpliría los sueños del agricultor que hoy necesita sembrar y mañana cosechar; que está diciendo yo tengo que hacer competencia, necesito acelerar un proceso para estar allá donde está mi vecino. Siempre pensando en ese afán de que esto deje muchas ganancias para comprar cosas que no tienen importancia en el pensamiento de nosotros”.

***


Se llaman gaviotas porque las gaviotas vuelan siempre en manada y en forma de v. Con esa estrategia de vuelvo colaborativo, optimizan energías y se protegen unas a otras. La primera gaviota que intentó alzar vuelo y salir del nido fue Alba, una mujer trigueña y menuda que, como la gente del norte de Nariño, no necesita alzar la voz ni ser histriónica para convencer, ser dulce, cálida, bondadosa y hospitalaria.

En ese entonces las mujeres de San Lorenzo participaban en las reuniones de las Juntas de Acción Comunal, integraban grupos comunitarios dispersos, y eran el pilar del núcleo familiar, a pesar de eso, su incidencia en la toma de decisiones era casi nula. “La mujer siempre [estaba] como en una orilla, casi sin tener voz y voto. Se iba a las reuniones, pero si tocaba decidir algo, simplemente decían yo le aviso a mi esposo, y lo que él diga eso va ser”, así lo recuerda Aura Lucia, otra de las fundadoras de la Red de Familias Lorenceñas Las Gaviotas.

En su fuero interno, Alba reclamaba el merecido protagonismo de las mujeres, y además entendió que si no se juntaba con otras, no podía recuperar todo lo que el machismo les había arrebatado. Alba, Leonor –la personera del municipio–, y Jackeline –quien trabaja en la dependencia agrícola y ambiental– tocaron las puertas de la Alcaldía pero no recibieron la atención esperada, las energías de la institucionalidad y las organizaciones sociales estaban concentradas en el gran paro del suroccidente. A finales de 1999, más de 15.000 personas bloquearon durante veintisiete días varios tramos de la vía Panamericana, la arteria vial que comunica el sur con el centro del país, y a Colombia con Ecuador.

Las primeras gaviotas y sus esposos participaron en esa movilización. Algunas se integraron a los comités de salud o alimentación, otras estuvieron presentes en el lugar de los hechos. Lo vivido en el paro avivó la llama de Alba. Jackeline, Leonor y ella se propusieron hacer una movilización el 8 de marzo del año siguiente en el casco urbano. Realizaron talleres en los 7 corregimientos del municipio para estimular la participación. En ellos hablaban de los derechos de las mujeres, dignificaban su rol social, y reiteraban que el 8 de marzo es la conmemoración de una lucha antiquísima, mas no una fecha que se celebra con copas de vino y rosas.

La Alcaldía aportó 3 millones a la financiación del peregrinaje, “pero resulta que se nos convirtió en otra cosa”, recuerda Alba. Al primer encuentro en Santa Cecilia asistieron 50 mujeres. “Las mujeres quedaron como enamoradas”. Tanto, que finalizó el taller y dijeron queremos ir a El Carmen, la próxima estación de la gira pedagógica. Alba y sus comadres no tenían plata para llevarlas. Vamos las que podamos, llevamos fiambre y que allá nos esperen con un café, un jugo o una chicha; si nos llevan en moto, nos vamos en moto, sino, como está cerquita, nos vamos a pie, respondieron las mujeres. Sorprendida quedó Alba al ver que casi todas llegaron hasta El Carmen. La situación se repetiría en los demás corregimientos. “A las mujeres –dice Alba– como que se les abrió el apetito de estar con las otras mujeres, de conocerse, hablarse, abrazarse, reírse, contarse cosas “.

La semilla germinó en poco tiempo, dos mil mujeres marcharon, lloraron, y se desahogaron en las calles de San Lorenzo ese 8 de marzo del 2000. “Qué les pasó a esas mujeres, se enloquecieron, por qué salieron a gritar a las calles (…) que si era que teníamos hambre”, dice Aura Lucia que decían los hombres y mujeres que veían desde la puerta de sus casas aquella movilización. En el parque principal constituyeron la junta directiva y nació la Red de Mujeres Lorenceñas, organización que en el 2004 sería renombrada como Red de Familias Lorenceñas Las Gaviotas; pues aunque las mujeres siempre han llevado la batuta, hombres como Toño, Rober Elio y Aurelio caminaron junto a ellas en el proceso de gestación. Además, los cambios que la organización provoca en la vida de cada mujer repercuten en toda la familia. “Una tarea que enseña Las Gaviotas a la dirigencia política del país, llámese izquierda o revolucionaria, es el trabajo en familia; que para el izquierdoso, el revolucionario, ha sido muy difícil; acá se ha logrado”, resalta Antonio Alvarado, 'Toño', actual y locuaz presidente del Comité de Integración Social de Macizo Colombiano (CIMA), líder de la guardia campesina del norte de Nariño, y viejo amigo de Alba y otras gaviotas.
Para la Red, la familia es el fin y también el medio. Como tantas otras y otros, Patricia Guzmán llegó a la gran familia Las Gaviotas, gracias a su familia biológica. Raquel, su tía, era una agrosembradora de la organización. Los agrosembradores eran líderes del CIMA que viajaban una semana al Cauca para recibir una formación intensa en temas y prácticas agroambientales. Al regresar debían formar una escuela agroambiental en su vereda y replicar lo aprendido. Entre el 2002 y 2003 Raquel conformó la escuela con sus hermanas, cuñadas, vecinas y sobrinas. En esa escuela Patricia aprendió de huertas, abonos orgánicos, y al mismo tiempo maduró su pensamiento político: “Yo hacía parte del grupo Amas de Casa. Era muy bonito pero le faltaba ese tinte político-organizativo. Muchas de las mujeres que hacían parte de amas de casa se fueron pasando a la escuela agroambiental –recuerda 'Pati', como la llaman las demás gaviotas–. La escuela era ese espacio bonito de reunirse pero también de aprender y enseñar. En uno de nuestros principios que es la formación, decimos que de campesino a campesino se aprende mucho”. Raquel no solo le inculcó a 'Pati' el amor por la tierra que pisa, también la llevaba a las reuniones del equipo de conducción política: “Actualmente soy la secretaria de la organización. Desde que entré a Las Gaviotas y al CIMA ya nunca más me volví a retirar, y creo que nunca lo haré. Yo hacía parte de la pastoral social, y ahí aprendí muchas cosas, una formación personal, comunitaria, pero en el CIMA estuvo la formación ideológica, el sombrerito que faltaba”.

En el caso de José Murillo, no fue un familiar el que lo invitó a volar con Las Gaviotas. El inquieto y errante 'Chepe', como lo conocen en San Lorenzo, buscaba algo pero no sabía que era. Estuvo 3 años en la Policía, 1 año en la curia, y a punto de enfilarse en la guerrilla cuando Andrés Pastrana declaró 'El Caguán' como zona de distensión. 'Chepe' fue de un extremo a otro, y no encontró lo que buscaba. La emoción lo invade cuando recuerda los antecedentes y la suma de circunstancias que lo llevaron a Las Gaviotas. Las manos se inquietan, y su boca resbala tratando de buscar la palabra precisa. Chepe, invitado por 'Toño', participó en el proceso de agrosembradores. Eso lo empezó “a llenar en lo político, lo social, lo económico y lo ambiental. Esta organización es completa en todos los ejes (…) A veces estoy con nadaito de perro, pero estoy haciendo algo que aprendí en la organización”.

Sin la convicción de Chepe y el entusiasmo de Patricia, resulta casi imposible soportar la cantidad de vientos en contra que conllevan 20 años de vuelo. Si hay “arroz” –ósea dinero en lenguaje gaviota– la bandada aumenta su número, en épocas de bonanza San Lorenzo tuvo 52 escuelas agroambientales; si el “arroz” escasea, la familia se encoge. Pero los peores ventarrones que afrontaron Las Gaviotas soplaban desde la institucionalidad. La politiquería local aprovechó la euforia femenina del año 2000 y postuló una mujer de sangre conservadora que ganó las elecciones a la alcaldía de aquel año. Liliana Narváez, que luego repetiría en el 2007, se dedicó a plagiarlas. “Nosotros éramos Red de Mujeres y ella tenía el grupo de Asomujer. Nosotros pasamos a ser Red de Familias y ella le cambió por Asofamilias –recuerda Aurelio Ortiz, líder del corregimiento Santa Cruz que integra Las Gaviotas desde sus inicios–. Nosotros hacíamos huertas y ella también, nosotros hacíamos abonos y ella regalaba abonos, nosotros enseñábamos a hacer mallas con fibra de llanta, y ella les llegaba con rollo de malla de fábrica”. “Algunas no aguantaron, se pasaron para allá porque les daban [plata o insumos], las que eran finas [en la parte ideológica] se quedaron”, complementa 'Toño'.

Las raíces ideológicas importan tanto como las formas de pervivir en el ecosistema. Para que la bandera del CIMA y la de Las Gaviotas sigan creciendo, sus integrantes recurren a la técnica de “mano prestada”: un día levantan entre todos la huerta de un vecino, y a los ocho o quince días repiten el convite en la casa de otra persona. También hacen constante lectura de realidad y actúan en contexto. “El territorio tiene que pensar donde está el conflicto, o donde se visiona que va estar el conflicto. (…) Esa persecución [de la alcaldía de Liliana] era brava porque éramos una organización sin plata. Esa lucha nos permitió adquirir esa vocación, esa habilidad de gestión. Éramos y hemos sido muy creativos –reconoce 'Toño'–. Hemos sido muy claros en la propuesta, propuesta que hacemos, propuesta que pega”.


Las Gaviotas tienen su propio manual. A la hora de cultivar consciencia, Aura Lucia dice que es fundamental “tratar de ser testimonio de lo que tú dices: si nosotros vamos a enseñarle a la gente a tener unas huertas, es porque nosotras vamos a tener huertas”. Mientras que para Patricia, la organización se sostiene sobre el pilar afectivo: “Es muy importante saber que hay afectos muy profundos, amores reales y sinceros entre las personas. Yo tengo más amigos en la organización que en la misma comunidad. Incluso a veces ni con la familia se alcanza a tener sentimientos tan grandes como los que tengo por mucha gente que conocí en el proceso”.

***


Todo en El Dinde tiene un sentido cuya explicación es imperceptible a la superficialidad cognitiva del capital. Mesías y Camilo, su vecino y ayudante de sus “locuras”, están construyendo un santuario de semillas. El templo que todavía está en obra negra, fue levantado con la técnica del superadobe, misma técnica con la que está construido casi todo en El Dinde. Una bioconstrucción ancestral en desuso que Mesías conoció en Perú. El santuario son tres domos de estopas superpuestas que contienen una mezcla de cal, tierra y cemento. “Pensábamos que si en algún momento decidiéramos destruirla, es una cosa que fácilmente lo va asimilar la tierra, a diferencia de un ladrillo, una baldosa, un hierro, que no tan fácil se van a descomponer”, explica Mesías.

Uno de los domos va funcionar como oficina. El otro será una capilla decorada con muchas semillas, “donde el visitante podrá hacer su oración y hacer su propia reflexión en torno a ellas”. El tercero será el lugar de almacenamiento de las semillas que estén disponibles para truequear, o, si no queda otra opción, cambiarlas por un billete: “La intención es que quien lleve las semillas, las lleve como una responsabilidad. Nos interesa que las semillas se expandan por el territorio”. El santuario no es un museo de colección, es otra etapa de un proceso que comenzó con la creación de una red de 33 guardianes y cuidanderos de semillas del macizo colombiano.

Las cosas que suceden y se aprenden en El Dinde no tienen precio. La predica de Mesías privilegia el intercambio antes que las relaciones mediadas por el papel moneda. Aunque suene descabellado y la “universidad nos haya enseñado que todo tiene que ser vendido”, su anhelo es que en unos años el ferretero le reciba una gallina criolla y vitamínica –criada con hojas de yuca, amaranto, chías, aceite de sacha inchi, hoja de coca, sorgo, plátano, y maíz–, a cambio de unos metros de plástico.

Según Mesías, el mejor pago por su catedra es una buena cagada: “El sistema es tan malparido que nos vuelve una mierda. Somos los únicos animales que tienen baños organizados. Son 5 o hasta 10 litros de agua por cada miada, por cada cagada. Lo que hacemos es convertir los ríos en unos ríos de mierda”. Los baños secos o letrinas que él tanto defiende suenan a “cantaleta” fuera de lo común, pero las razones que la sustentan son inapelables. Replantear el ritual fisiológico nos obliga a cambiar de postura. Agacharnos unos cuantos grados más para defecar, beneficia músculos y órganos como la próstata. Cambiar el lugar de destino y almacenamiento, permite aprovechar el poderoso fertilizante que cagamos los seres humanos. “Esa cagaita pesa un promedio de 170, 200 gramos. Acá aspiramos a los 300. Por eso nos interesa que ustedes coman harta yuca, harto guineo. Estamos a la espera de esa miadita y esa cagada porque hay unos limones, unos guanábanos, unas veraneras, unos guayabos, unos papayos, un montón de tierra que la tiene encargada”.

Tal como lo hizo en El Dinde, Mesías intenta diversificar el monocultivo de la consciencia, que nos lleva a pensar que “la fruta se acaba en la cáscara”. La vida, piensa él, es el resultado de un tejido de procesos. Modificarlos y desafiar la cadena natural de las cosas, acarrea enfermedades ambientales, éticas, económicas, y sociales. Gústenos aceptarlo o no, la naturaleza es circunstancia y determinante del desenlace. En el ecosistema todos ponen. Mesías cree que nosotros también tenemos algo para poner: una cagada, un bulto de papas, una fórmula para calcular el rendimiento de una planta, o unas cuantas paladas. Él optó por sembrar comida hasta en los techos, y vivir de manera menos parasitaria. Solo demandamos cosas, y natura nos lo da, he aquí una forma de solidaridad ecológica y un mayúsculo gesto de agradecimiento.

 

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Lo del CIMA y Las Gaviotas va más allá de un método. Rober David, quien integra la red desde que Alba lo alimentaba en su vientre, y ahora hace parte del Colectivo Campesino Semillas de Vida, creado por varios hijos de la primera generación, dice que se trata de un “estilo de vida”, una forma de estar en el mundo. “Nosotros somos personas que no estamos acostumbradas a tener riquezas, el oro no nos importa, lo importante es vivir pobres, pero bien; con comida, con agua, con nuestra huerta, con nuestros animales”, dice Patricia. A Las Gaviotas les enorgullece su gen campesino. Ana Murillo –quien también integra el colectivo de jóvenes Semillas de Vida– dice que Las Gaviotas y el CIMA son diferentes y particulares porque trabajan la tierra sin fines monetarios o extractivos.


Donde Las Gaviotas ven el sustento de la vida, otros ven montañas de opulencia. San Lorenzo es codiciado por el narcotráfico, desde sus trochas se puede ver la imponencia de la cordillera occidental, un milagro montañoso que separa a Cauca de Nariño, utilizado como autopista por quienes se sustentan de la droga. San Lorenzo también es un imán para multinacionales que quieren explotar la riqueza hídrica y mineral parida por su escarpada geografía.

Para cuidar el territorio, decidir lo que sucede en él, y cerrarle el paso a quienes pueden poner en riesgo el equilibrio armonioso entre el humano y la naturaleza, el 21 de diciembre de 2015, en San Francisco, vereda de San Lorenzo, declararon El Territorio Campesino Agroalimentario (TCAM), “la línea ideológica de construcción –según 'Toño'–. Un camino, un techo, un plan de vida para las generaciones futuras”. Está compuesto por 17 municipios (14 de Nariño y 3 del Cauca) que comparten cuencas, tejidos montañosos, procesos organizativos, sueños y aspectos culturales. En ese gran territorio, dice Patricia, “queremos que se siembre mucha comida, que se siembre mucha agua, que se fortalezcan las organizaciones comunitarias. Que sea espectacular, que no den ganas de dejarlo dañar por nadie”.

El TCAM no tiene derechos de autor. No es del CIMA ni de Las Gaviotas, es del macizo colombiano. Está, como todo sueño a largo plazo, en proceso de construcción. Su ímpetu es tal, que en poco tiempo puede mostrar resultados. En septiembre del 2016, el TCAM mandató que si en 15 días la institucionalidad no frenaba las 70 máquinas que estaban excavando el río San Bingo, en jurisdicción de Mercaderes, Cauca, la misma gente del territorio tomaría cartas en el asunto; las máquinas fueron incineradas a los 8 días.

La consulta popular contra la minería que se realizó el 25 de noviembre en San Lorenzo, fue votada y aprobada al interior del TCAM, El CIMA y Las Gaviotas se encargaron de materializarla. A pesar de que el Ministerio de Hacienda y la Registraduría aseguraron no tener presupuesto para financiar la consulta, los mismos lorenceños –con el apoyo de la Alcaldía y la Registraduría local– elaboraron sus propios tarjetones, los certificados electorales, la guardia campesina hizo las veces de policía, y la gente se encargó de darle legitimidad democrática. “Los leguleyos dicen: “hay que actuar en derecho”. A nosotros el derecho no nos sirve para nada, porque el derecho lo inventaron para violarnos los derechos. Entonces dijimos: actuemos desde la legitimidad”, explica Toño. 6.660 personas dijeron no estar de acuerdo con que la Anglo Gold Ashanti y otras 4 empresas explotaran oro, plata, coltán, esmeralda y petróleo; de los 12.000 lorenceños que podían votar, 53 personas lo hicieron a favor de las empresas.

Ser autónomos significa decidir cuál es la vocación económica del territorio, y sobre todo decidir que se come en él. Todo lo que se hace en el TCAM tiene sustento y se complementa con otras acciones de mayor y menor envergadura. En 2018 se sancionó el acuerdo municipal mediante el cual San Lorenzo fue declarado “territorio de protección especial libre de productos transgénicos”. La pedagogía previa también fue asumida por Las Gaviotas y la Red de Guardianes de Semillas. Más allá de un acuerdo, ambas redes querían concientizar el consumo y comprometer a las dependencias institucionales en la reproducción y la protección de las semillas nativas, especialmente las del maíz, unas de las semillas más vulnerables, que después de tantas alteraciones químicas y genéticas se ha demostrado su potencial cancerígeno en ratones.

En el desarrollo del TCAM todo cuenta. Ese territorio soñado se alimenta de las pequeñas acciones como las que se ingenia Aurelio en el corregimiento Santa Cruz. En 1998, Aurelio convenció a la comunidad de crear una funeraria comunitaria “para darle un auxilio a las familias de este sector, que es muy pobre económicamente. Cuando muere una persona, la gente del campo tiene su lotecito, su caballito, su ternero y le toca venderlo porque no tiene con qué costear los gastos. El que tiene plática, se aprovecha de la necesidad del otro”. Cinco mil pesos era la cuota de admisión. Con una persona que se afiliara, el resto de la familia tenía derecho al auxilio. Cada vez que fallecía una persona, en el transcurso del mes los afiliados debían dar una cuota de dos mil pesos. El 80% del capital que se recogía con esa cuota, se le entregaba a la familia que lo necesitaba. El otro 20% quedaba para ahorro de la funeraria, que ya no solo auxilia con dinero sino que tiene 100 platos, 100 cucharas, ollas, y una carpa de la que las familias pueden disponer en los novenarios del difunto. “Antes la gente acostumbraba llegar [a los novenarios] con su aporte. Le traían a la familia una panela, una taza de maíz, una taza de maní. Yo tenía ese miedo –dice Aurelio–. Como voy a dar el aporte, entonces ya no llevo nada. Y eso no se acabó. Si estoy en molienda, la persona llega con sus dos panelas, con lo que tenga (…) Ahorita tenemos 300 afiliados, la familia del fallecido está recibiendo novecientos mil”.

En San Lorenzo el todo se transforma por partes. La comida, y el origen de lo que va a la boca; el sustento material y económico; la potestad y capacidad de autogobierno; y la identidad, se le disputan de manera frontal al sistema, a sus convenciones. Cada generación trae sus traumas particulares, sus enfermedades, sus formas, y su fuego transformador, pero el desarraigo identitario contagia tanto a jóvenes como adultos. Los papás les dicen a sus hijos que deben estudiar para ser alguien, como si ser campesino fuera igual a no ser nadie. Y si les preguntan qué quieren ser cuando grandes, los hijos responden cualquier cosa menos campesinos.

“Mi papa todavía está trabajando y luchando. Para él ha sido dura la vida. Supongo que no quería que nos toque la vida así de dura. Él nos enseñó todo el tema del campo, pero nunca nos ha dicho sean campesinos bien bacano, quédense aquí”, analiza Patricia.

“Ahorita hay muchos más jóvenes que tienen problemas psicológicos, o esquizofrenia o algo mental (…) Ahora muchos niños cuando son bebés, los colocan en una cama, les ponen música, o una serie de televisión, y los dejan ahí. Quizás esa formación la están haciendo otros, y esos intereses no están ligados al territorio ni a un proyecto de vida (…) También son núcleos [familiares] jóvenes o de mamás solteras con muchas deficiencias económicas. La primera información que le llega al bebé es la preocupación de dónde voy a sacar plata”, plantea Amanda Martínez, una joven de 27 años que quiere enraizarse en su tierra, y, a diferencia de la nueva generación de niños y jóvenes, su cordón umbilical siempre estuvo conectado al territorio.

El cambio cosechado por Las Gaviotas es drástico y notorio. Las lorenceñas labran su proyecto de vida, participan en la toma de decisiones y en su posterior ejecución, se organizan, transforman plantas y venden productos, compran sus propios vestidos y elementos de aseo personal. Si las agreden, denuncian al agresor, o se van de la casa, pero persiste la violencia machista, especialmente “la económica y psicológica (…) que no es tan escandalosa pero que incluso genera más problemas que un asesinato –asegura Amanda, quien integra las gaviotas desde los 14 años, ahora hace parte de la conducción política, y coordina un proyecto de formación de nuevos liderazgos en el que participan Ana, Rober David y más de 40 jóvenes–. Muchas mujeres no tienen absolutamente nada, están a merced de los papás, del esposo”. El panorama económico empeora al saber que muchos hombres ni siquiera son dueños de la tierra que trabajan, son jornaleros; y los que son dueños, poseen muy poca. “La relación tierra-campesino es muy poca para la cantidad de habitantes. Nariño es un departamento muy ligado al microfundio. Una familia por lo general tiene un cuarto o una hectárea. Los que más tienen, tienen 3 hectáreas. Y esa tierra está titulada a nombre de los hombres, los hijos, los papás, no de las mujeres”.

Amanda entiende y reconoce el contexto, aun así proyecta optimismo. Los jóvenes, dice ella, conservan las ganas de aprender cosas nuevas, “la chispa está, en momentos se activa y se puede lograr mucho. Al norte nunca lo he de ver con minería”.

“Uno sueña muchas cosas –dice Carmen Rosa Córdoba, precursora de Las Gaviotas–, que si nosotros no vivimos, haya personas que lideren estos procesos”, que puedan formar la microempresa de aceites medicinales, y que, al menos, la palabra campesina aparezca en la Constitución.

 

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En las vidas simples hay arte; hacer con guadua lo que otros hacen con hierro y cemento es un arte. Y donde hay arte, hay posibilidad de cambio y armonía.

La televisión y las ecuaciones académicas dicen que debemos operar de otra forma. A mí la de las personas que hablaron aquí es la que me emociona.

La defensa y conservación de los humedales El Chaparro y El Curibano en la ciudad de Neiva, en el departamento del Huila, es una lucha que activistas y lideres/as ambientales vienen ejerciendo durante más de 20 años. Buscan visibilizar la crisis en la que se encuentran estos cuerpos de agua, debido a que han venido sufriendo intervenciones por parte de constructoras y otros sectores que tienen como objetivo urbanizar la ciudad, sin tener en cuenta las afectaciones a la riqueza ambiental que tiene la zona.

Los humedales, según el convenio RAMSAR -La Convención sobre los Humedales de Importancia Internacional-, “son las extensiones de marismas, pantanos, turberas o superficies cubiertas de agua, sean estas de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes, dulces, salobres o saladas, incluidas las extensiones de agua marina cuya profundidad en marea baja no exceda de seis metros. Además, son lugares clave en las rutas migratorias de numerosas aves”.

Los humedales controlan inundaciones, actúan como esponjas almacenando y liberando el agua de lluvia, actúan como filtros previniendo el aumento de nitritos, regula las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, sirven de abastecimiento de agua y fuentes de energía, son un medio vital para el almacenamiento de carbono, entre otras. Abarcan una multitud de servicios ambientales que cubren un papel importante en el ciclo hidrológico, y sirven de hábitat para una gran variedad de especies animales y vegetales.

En relación con lo anterior, Humberto Perdomo, miembro del colectivo ambientalista Globo Verde, manifiesta que es importante proteger los humedales porque son ecosistemas estratégicos para el municipio de Neiva, en los cuales confluyen diferentes expresiones de vida que contribuyen a tener un equilibrio en las temperaturas de la ciudad. “El humedal El Chaparro, que es uno de los humedales que mayormente ha sido afectado en el transcurso de los años, tiene más de cien especies de animales y entre esas, tenemos por ejemplo la Tringa Solitaria, que es una de las aves que vienen desde Canadá hasta la Patagonia, en ese momento de migración que estas aves desarrollan se detienen aquí en este humedal”.

Entre las cien especies que habitan en el humedal El Chaparro se encuentran: Pájaro Carpintero, Garcita Rayada, Monjita Cabeciamarilla, Pisingo, Garza Patiamarilla, Boana Crepitans (más conocida como Rana Platanera), Tortuga Estuche, Turpial, Mirla, loros, Gavilán, Sirirí, azulejos, peces, mariposas, Eufonia Piquigruesa, Paloma Bravía, Zopilote negro, Águila Aliancha (migratoria), Tringa Solitaria (migratoria), entre otras.

El Chaparro ha sido intervenido en más del 90% por el avance urbanístico, afectando con esto a las especies de aves que habitan allí, de las cuales nueve son migratorias y tres endémicas. Por lo anterior, se creó la campaña “Guardianes del Humedal Chaparro” en el año 2018. También se motivó la acción de tutela por parte de 23 niños y niñas de la ciudad de Neiva en el mes de Octubre del año 2020, para que se declarara al humedal El Chaparro, sujeto especial de derecho.

Paola Zamudio, miembro del colectivo Globo Verde, menciona que las acciones realizadas para defender estos cuerpos de agua vienen desde: “la formación de grupos y colectivos que trabajan por el cuidado y preservación de los humedales, como lo es la Fundación El Curibano, que busca defender al humedal el Curibano, el cual fue afectado por la construcción del Centro Comercial Santa Lucia Plaza (…), por otro lado la lucha que se ha dado para proteger El Chaparro que también ha sido afectado por la constructora Santa Lucia. Queremos que este ecosistema al menos se contemple como un parque de ciudad. Por lo mismo, se han adelantado la acción del cabildo abierto, actividades culturales y artísticas para que la gente visibilice ese espacio, plantones, marchas y recientemente la vigilia por el humedal El Chaparro”.

La vigilia por los humedales se realizó entre diferentes organizaciones ambientales del municipio. Humberto Perdomo expresa que “planteamos que se hiciera la conformación de una mesa de diálogo ciudadano por líneas, en las cuales pudiéramos concretar una discusión para poder hacer una caracterización de los 23 humedales que hemos identificado en la ciudad de Neiva, y a partir de esa caracterización se pueda crear un informe para pasarlo a la alcaldía y se incluya en el planeamiento territorial”.

El motivo principal que motivó a realizar la vigilia por los humedales frente a la Catedral Inmaculada Concepción de Neiva, fue por las declaraciones que hizo el obispo de la ciudad en una columna de opinión el pasado 16 de Febrero, en la cual manifestaba que la naturaleza y animales no son sujetos de derechos, llamando “caterva de ignorantes” a los defensores del medio ambiente. “Queríamos refutarle eso y aclararle que los animales, las plantas, los árboles y todo lo que hace parte de nuestro planeta y nuestro contexto, si tiene derechos y se deben respetar”.

Es importante y necesario proteger estos cuerpos de agua, ya que contribuyen a mejorar la calidad del aire, bajan las temperaturas, regulan procesos ecológicos esenciales, como lo son el ciclo del agua y del carbono, y albergan gran biodiversidad de flora y fauna. Además tienen beneficios socioculturales y son espacios naturales para el esparcimiento. El desarrollo de la ciudad de Neiva debe hacerse con responsabilidad por el medio ambiente.

El camino
Esa mañana habíamos madrugado desde el pueblo para llegar a la vereda El Plan. La chiva nos llevó hasta un sitio conocido como La Playa, en la vereda Villeta Florida, llamado así por estar ubicado en las orillas del río La Paloma, el cual atraviesa gran parte del territorio del municipio de Argelia de María, “Parcela Inmortal de Antioquia”, ubicado en el suroriente de este departamento.

Subimos bajo un cielo nublado por una montaña pendiente, paso tras paso, con la respiración agitada, hasta que llegamos a El Chingalé, el punto medio del trayecto, donde comienza la travesía para bajar hasta la escuela, que era nuestro destino. En El Chingalé hicimos un paro en el camino, que nos permitió fijar en la memoria algunas artes de vivir en el campo, que nos asombran mientras abrimos nuestros sentidos al recorrer el territorio y conversar con la compañera o el compañero con el que se anda.

Rápidamente notamos algo singular. En este lugar hay palos de calabazas, frutos con los que viejitos hacían los tarritos para cargar la bogadera y para hacer chicha, poniéndola a fermentar en los recipientes que hacían con su cáscara -contaba Doña Nelly, vecina de la vereda Villeta-. Varias voces hacían comentarios que aprobaban y complementaban esta información. Mientras descansábamos en El Chingalé a la sombra de los árboles y al calor de la conversación, esperamos a cuatro que se habían quedado atrás y se estaban demorando. Cuando llegaron, hablamos sobre otros usos que pueden tener las calabazas, que no eran solo cáscara sino también el interior y las carnosidades que allí guardan, que se usan en remedios para la tos y los resfriados.

Seguimos el camino, y andando fuimos aprendiendo de otras artes secretas para vivir en el campo. Ese día todos nos asombramos cuando Doña Nelly nos enseñó un truco que aprendió de su mamá: ella anda con altamisa en el bolsillo para no cansarse mientras camina; además, mantiene cultivos de esta planta en la huerta porque protege de las malas energías, lo ideal sería tenerla alrededor de toda la casa.

Esta técnica para caminar, basada en el uso de la planta medicinal, nos recordó otra que aprendimos de Doña Crusalba, vecina de la vereda argelina de Tabanales.
Cuando caminábamos con ella por su vereda, nos contó que andar la hacía feliz, porque cuando andaba todo se ponía en movimiento en el cuerpo, la sangre y el corazón. Mientras más se caminase era más fácil andar cada día más lejos, llegar a nuevos lugares sin cansarse. Y hablaba de las visitas que le hacía a su hija cuando vivía en una vereda lejana, a la vez que presumía, con orgullo, de su capacidad de aguante y resistencia para caminar que había logrado andando por las veredas, una tras otra, hasta perder la cuenta.

No solo andaba mucho, sino que trabajaba más, cogía café y hacía de todo porque su esposo estaba muy enfermo y casi no podía laborar. En su pensamiento, caminar estaba cargado de sentidos como la felicidad, el movimiento y la libertad; libertad que brinda habitar el campo, pues libera el movimiento y la vista de los límites que les impone la expansión de la ciudad, al reducir los movimientos con largas filas de carros, tumultos de personas y edificios hacinados que recortan la visión del horizonte.

Si la altamisa es un amuleto para no cansarse mientras se camina, el otro secreto es andar mucho, poner en movimiento el cuerpo, la sangre y el corazón, una, tras otra vez, para ampliar la capacidad de aguante y resistencia que nos permitan seguir caminando la palabra por muchos años más. Estas son las enseñanzas de las compañeras que van adelante, así debemos caminar.

Volviendo a aquella mañana, mientras caminábamos en dirección a la vereda de destino, pasamos por varios tramos en los que había caminos construidos con piedras detalladamente encajadas. Inevitablemente, en ocasiones como estas, algunos nos preguntamos quiénes habrán construido estos caminos. ¿Habrán sido indígenas? ¿Habrán sido labradores de antaño? ¿O campesinos? Doña Nelly dijo que ella había trabajado arreglando caminos como éstos, con personas que eran “muy baquianas” para este oficio, o sea que tenían mucho talento. Falta saber dónde aprenderían este oficio, desde cuándo, qué variaciones puede haber tenido en el tiempo.


Los actuales campesinos y campesinas usan estos caminos para bajar sus cargas de café a lomo de mula hasta descargarlas en la chiva, que las transporta hasta la cooperativa de la Federación de Cafeteros o a otras comercializadoras y compradoras del grano. Según Alfredo, el compañero con el que caminábamos, los caminos de las veredas lejanas de Argelia eran así como esos, todos de piedra. Así sucede también en otros rincones del sur de Antioquia, como aquellos que se orientan más al occidente, donde hay reconocidos caminos prehispánicos.

El motivo: resistiendo a las hidroeléctricas
Nos dirigíamos a la vereda El Plan, como parte de un proceso de resistencia frente a la inminente construcción de las “Pequeñas” Centrales Hidroeléctricas PCH Paloma II (Argelia II), PCH Paloma III, PCH Paloma IV y Argelia, que de desarrollarse afectarían a las veredas Rancho Largo, San Luis, El Zancudo, El Oro, La Plata, La Arboleda, La Quiebra, Villeta Florida, El Plan, Yarumal, San Pablo, La Paloma, El Guadual, El Pital, El Recreo y San Agustín. Las últimas tres PCH mencionadas ya cuentan con licencia ambiental otorgada por parte de CORNARE a la Empresa de Generación y Promoción de Energía de Antioquia S.A. E.S.P. GEN+.

Varias de estas comunidades manifiestan que no se les ha consultado ni socializado sobre estos proyectos hidroeléctricos, ni se ha tenido en cuenta lo que piensan y sienten frente al futuro de su territorio y sus ríos La Paloma, San Julián, Rionegrito, Tigre, Pozos y Chamberry, entre otros de la cuenca del río Samaná Sur.

La imposición de estos proyectos desconoce los saberes y prácticas que estas comunidades han desarrollado en relación con sus ríos, como la agricultura, la pesca, la ganadería, la minería artesanal, la extracción de material de playa y otras formas de sustento, así como el conocimiento de las especies de fauna y flora, la infraestructura comunitaria que han construido a su alrededor y las actividades de integración y recreación comunitaria, por ejemplo la tradicional “tirada de charco” y la preparación y el consumo del sancocho en familia y vecindad.

Saberes campesinos: entre el desconocimiento y la reivindicación
Los encuentros que hemos realizado en sitios como La Playa y El Plan, han tenido como objetivo conocer qué piensan y sienten las comunidades campesinas sobre su territorio y sus ríos, contribuyendo con su autorreconocimiento, valoración y visibilización frente aquellos que les ignoran y menosprecian como ignorantes e iletrados, que no saben lo que es el “desarrollo”; tal como pregonan los “salvadores” ingenieros paisas y sus “civilizadores” proyectos hidroeléctricos, con la complacencia de la Corporación “Autónoma” Regional CORNARE y las artimañas jurídicas que ésta usa para desconocer el saber campesino y entregar sus ríos al capital privado.

Una forma de enfrentar la ignorancia atrevida de las compañías energéticas y CORNARE frente a las comunidades campesinas del Oriente antioqueño, podría ser confrontando su prepotencia con otro saber supuestamente “experto”. Veamos, por ejemplo, la forma en que el Instituto Colombiano de Antropología e Historia ICANH, dependencia estatal, emite un concepto sobre lo campesino en Colombia:

“El campesino es un sujeto intercultural e histórico, con memorias, saberes y prácticas. Estas constituyen formas de cultura campesina, establecidas sobre la vida familiar, vecinal -para producir alimentos, bienes comunes y materias primas- y comunitaria multiactiva, vinculada a su vez con la tierra e integrada con la naturaleza y el territorio. El campesino es un sujeto situado en las zonas rurales y las cabeceras municipales asociadas a aquellas, el cual posee diversas formas de tenencia de la tierra y de organización, para garantizar el autoconsumo y la producción de excedentes con los que participa en el mercado local, regional y nacional”.

Si debatimos desde las reglas de juego impuestas por los despojadores, contamos con un argumento autorizado que nos dice que los campesinos y campesinas sí tienen saberes y cultura, que está estrechamente vinculada con la tierra, la naturaleza y el territorio. Por ende, los proyectos hidroeléctricos, en vez de traer el mencionado “progreso”, afectan esa cultura campesina y los vínculos que teje con bienes comunes como los ríos y otros ecosistemas donde el campesinado produce y reproduce su vida, mientras provee alimentos y servicios que son consumidos desde su vereda hasta el mundo entero.

Sin embargo, la intención de este artículo no es quedarnos con la voz de los llamados “expertos”, sino escuchar las voces campesinas que nos hablan de las historias y nos dibujan otros mapas de sus ríos y de sus vivideros.

Historias y mapas sobre el río y el vividero
En la jerga campesina que se escucha en las veredas y los caminos del Oriente antioqueño, es más común hablar de vividero que de territorio, palabra asociada a valores como la vecindad, la solidaridad, la ayuda mutua, los espacios de encuentro y trabajo comunitario. En investigaciones desarrolladas desde la Asociación Campesina de Antioquia –ACA-, hemos encontrado que el vividero se entiende como aquel espacio de disfrute, seguridad, certidumbre y bienestar.

A continuación, queremos explorar algunas historias y mapas en los que las comunidades campesinas compartieron sus sentidos sobre el vividero y los ríos que lo conforman; porque el agua es vida, como se repite frecuentemente cuando preguntamos: ¿qué significa el río para usted? Estos relatos se intercambiaron como parte de la acción local realizada en el municipio de Argelia, en la vereda Villeta Florida, el 28 de noviembre de 2020, en el marco del XII Festival del Agua “Las aguas, venas de nuestro territorio”, realizado de manera descentralizada por parte del Movimiento Social Por la Vida y La Defensa Del Territorio (MOVETE) en el año 2020.

“El río ha bajado mucho, primero había más agua, porque ya destaparon mucho las fuentes de las cañadas. Pa' mí eso es una historia que de verdad es preocupante… Cuidemos mucho el agua, que de verdad, detrás de eso es que estamos, supuestamente que le van a hacer unas hidroeléctricas pa' arriba, pa' la parte alta, aquí en lo bajo también, es algo que va a acabar de perjudicar el agua, va a acabar de destruir la potencia de las aguas, de los ríos, de las fincas, pa' mi pues creo que es una historia muy importante, que empecemos a ir reaccionando y a cuidala…” (Jose Weimer Alzate, habitante vereda El Plan, Argelia, 28 de noviembre de 2020).

“Yo no tengo muchas historias que contar, pero sí he visto pues vivencias en el río, no solo en este río sino en muchos ríos. Cuando yo estaba pequeño, uno bajaba al río y los ríos eran muy serenos, los ríos no eran tan caudalosos, los ríos tenían demasiada agua y al haber mucha agua ni se siente mucho el ruido, ni se ven tanto las piedras, y lo más bonito pa' nosotros, que [nos] dicen dizque los pescadores, a nosotros nos ha gustado pescar, y bajar uno y asomase y pódese escoger entre diez o quince pescados, el que más le parezca a uno, es una cosa muy bonita. Ahora uno baja y le toca escoger una piedrita pa' ponese a curosiala porque ya los pescaditos se acabaron. Entonces de verdad que es una historia maluca y desagradable. Pero en estos momentos gracias a Dios contamos todavía con el agua corriendo libremente por el caudal, aunque poquita, pero está corriendo, tenemos que unirnos y no permitir que de pronto nos la acaben de desaparecer porque con las talaciones de bosques y con estos proyectos minero energéticos que quieren meternos a nuestra región, ahí sí de verdad que nos van a quedar solamente las piedras, las poquitas arenitas que hay en el agua, entonces luchemos por eso y por defender nuestro territorio, porque, como lo decíamos antes, el agua es vida” (Arturo Ocampo, habitante vereda El Pital, Argelia, 28 de noviembre de 2020).

Terminó de hablar Don Arturo y se oyeron los aplausos de los vecinos y vecinas de diferentes veredas reunidos en La Playa, a la orilla del río La Paloma, que se escuchaba al fondo. Así su fuerza ya no sea la de antes, por las actividades humanas que le han debilitado, las comunidades luchan para mantenerlo con vida y corriendo con libertad, para que no les queden solo las piedras y la arena. Se apagaron los aplausos; comenzó el silencio y lo interrumpió con sabias palabras, Verónica, la anfitriona del espacio que administra el negocio donde estábamos reunidos. Ella nos contó la historia del río, intercalada con su historia de vida.

“Bueno, el río tiene muchos significados. Para mí fue vida y fue muerte también. Acá en un paseo cuando estaba en noveno de bachillerato, murió una compañera, más sin embargo yo por mucho tiempo no volví, no por eso, sino que yo me fui a estudiar y casi no volví a Argelia, no porque no la quisiera, siempre la llevé en mi corazón, me fui a formar profesionalmente, tuve la oportunidad de ejercer otras profesiones […], pero yo siempre quise volver al pueblo, quizás a esta vereda. […] Regresé otra vez ya a instalarme totalmente acá a la finca, queremos hacer muchos proyectos no solamente en beneficio económico sino también social y en cuestión del río como cuenca principal de Argelia. De todas maneras, sí ha cambiado mucho, porque primero tenía un caudal más abundante, la ribera era mucho más poblada en vegetación, el agua era quizás de una coloración más diferente, peces sí, yo las últimas veces que venía solo hay unos pequeñitos que no alcanzan pues a nada, más sin embargo aquí estamos y con la mejor actitud de todas y luchando por todos los derechos del río y como comunidad” (Verónica, habitante vereda Villeta Florida, Argelia, 28 de noviembre de 2020).

Los aplausos volvieron a sonar y las palabras de esta mujer resonaron en nuestras cabezas. El río tiene muchos significados, es vida y es muerte. Los ríos, cuando crecen, son capaces de llevarse las vacas que los padres regalan a sus hijas en sus cumpleaños, de meterse a las casas creando perjuicios y de acabar con la vida de seres queridos que se han ahogado en ellos por descuido. Pero no es la culpa de los ríos, solo es el ciclo de la vida y la muerte, que corre libre como sus aguas, sin ser detenido ni represado.

Las comunidades quieren defender estos ciclos del agua, las tramas de vida donde se tejen todas las relaciones, los trabajos y los descansos. Además de las historias, los campesinos y campesinas, adultos, jóvenes, niños y niñas, dibujaron mapas donde plasmaron ese tejido de relaciones alrededor de los ríos, que se hilan desde el páramo y se desenrollan hasta el río Samaná, integrando diferentes especies de peces, animales de finca, aves silvestres, insectos, con los cultivos de plátano, frijol, maíz, cacao, café y caña; las casas y las infraestructuras.

 

Siguiendo con las narraciones de los diferentes grupos poblacionales que participaron de la acción local del Festival, queremos resaltar los relatos de los niños y las niñas que,5 entre risas y pena nos explicaron su dibujo:

 

“Acá hicimos dos arbolitos, el río San Julián, el río La Paloma y el río El Tigre, un puente, las casas, el páramo, una huerta, el sol, un burro, un niño saltando al río para bañarse”. Luego las y los jóvenes compartieron: “este es el río La Paloma, el principal, hicimos a la familia, que nos reunimos a hacer sancochos en la quebrada; la importancia del río, no debemos dejar que se lleven los recursos”.


Las mujeres campesinas agregaron: “Esta es una vegetación con árboles, con pinos, aquí está el río La Paloma, aquí está Argelia, río San Julián, el puente de madera y el puente que están haciendo nuevo, la casa de acá donde estamos, aquí están los animales que tenemos en nuestras casas, aquí está una vegetación y está la mariposa, están las abejas, aquí tienen la casita, este es el chupaflor, que va a chupar las flores, esta es la olla con el sancocho, que la gente pues por ahí se iba de vez en cuando, por ahí al río cuando no está [crecido]… esta es la rana que no falta por ahí, o el sapo, el perro -es que está muy criao-, esta es la piscina, que está allá arriba, esto es sembrado de frijol, sembrao de plátano, sembrao de cacao, de maíz, de todo lo que cultivan por aquí. Esta ardilla se está comiendo el cacao, se lo está comiendo y no está dejando nada. El perro pa' cuidar la casa, no los ve, vea, mire. Y esos son los pescados que hay en el [río]… el pataló, los cuchos, los capitanes y el bocachico. Esta es una casita que hay por allí arriba, los gallinazos que no falten, las nubes, vea, todo, la iglesia de Argelia, el río y la carretera, vea…”.

Y los hombres adultos expresaron: “nosotros aquí tratamos de identificar el río, con sus respectivas veredas y algunos de los animales y productos para el consumo humano que allí se pueden tener. Aparte de eso también identificamos que en nuestro territorio hay muchas variedades de arborización, hay diferentes variedades de animales como serpientes, animales salvajes como conejos, guaguas, estos tales lobos perrunos, bueno, cantidad de animales […]. También tratamos de identificar en algunas veredas la cantidad de habitantes por vereda, el nacimiento de las quebradas, algunas fuentes de agua, algunas riquezas en el río como son los peces y de pronto también los puntos para nosotros extraer materiales. Es muy interesante eso, todo lo que tenemos, porque ya CORNARE va a pedir el significado de por qué estamos rechazando las microcentrales, entonces la significancia es que nosotros vivimos de esas fuentes de agua, todos los animales viven de esa agua, lo que es el ganado también bebe de esas aguas… Eso es pues lo que pusimos ahí, la significancia de lo que nos trae la naturaleza”.

Defensa del territorio: una urgencia histórica frente a la crisis civilizatoria
Lo que los campesinos y campesinas nos enseñan es una fuerte conciencia histórica y geográfica en relación con la trama de la vida, el agua, la tierra, los animales, los alimentos y los diferentes vínculos humanos y ambientales. La defensa del territorio no es algo que competa sólo a la lucha campesina, pero conmemorar esta lucha es un llamado a la unidad de todas las luchas por superar la crisis civilizatoria que amenaza la vida entera, buscando alternativas que pongan en el centro el cuidado de la vida, el agua, los alimentos, la tierra, los animales y las semillas, y rediseñan nuevas formas de relacionarnos con la energía, los conocimientos y la economía. Necesitamos un nuevo proyecto de sociedad, que ya prefiguran en el habitar cotidiano algunas artes campesinas de vivir en el campo.

El planeta nunca ha estado preparado para enfrentar la crisis que genera la guerra, los desastres naturales, y tampoco una pandemia. En la mayoría de los países, de una manera inmediatista, cerraron las fronteras, los comercios, las instituciones; sin tener resuelta las grandes necesidades de las mayorías, los pobres, los excluidos.

¿Qué es lo que preocupa a las mayorías?, sin duda, el alimento.
La pandemia generada por el Covid 19 puso en evidencia la fragilidad del sistema capitalista transformada a una crisis social; gobiernos incapaces de responder a sus pueblos por lo básico: alimentación, salud, vivienda y protección; generando con sus políticas de desigualdad y profunda exclusión, más pobreza.

En el mundo existen más de 800 millones de personas con hambre, es por eso que la muerte siempre va de la mano con los menos favorecidos y desnutridos. En la Vía Campesina se encuentran organizados alrededor de 200 millones de campesinos y campesinas, agricultores, pescadores, pastores y protectores de semillas. Entonces, ¿por qué tanta hambre en el mundo si somos muchos y muchas produciendo alimentos? El problema en realidad no es de escases sino de acceso.

En los primeros meses de la pandemia se dieron rupturas de las cadenas de abastecimientos y comercio en el mundo, pero se mantuvieron los beneficios para las grandes multinacionales y empresas en el marco de los tratados de libre comercio. Para los campesinos y campesinas bloqueo y represión para la comercialización, baja de precios, cierre de mercados locales, y acaparamiento por parte de las grandes plataformas.

En países como el nuestro, pasamos de ser autosuficientes en la producción de alimentos a importar alrededor de 15 millones de toneladas de alimentos. Este fenómeno no permite que el campesino produzca la misma cantidad de alimentos. El despojo generado por la guerra, la negación del campesino como sujeto de derechos, la violación al derecho fundamental de la restitución de la tierra y la imposición de nuevos modelos de producción que van en contra de la cultura y la tradición campesina, entrega tierras a las multinacionales para la explotación de los bienes naturales, genera necesidades que obligan a cambiar la vocación del ser campesino y campesina.

Aún bajo este panorama el campesinado resiste y se niega a desaparecer, nuestro ser está basado en la solidaridad, en el hermanamiento, en hacer efectivos los principios del humanismo. En los distintos momentos de la pandemia, especialmente cuando se cerró el país, muchas comunidades campesinas se volcaron a producir alimentos, a desempolvar las recetas de los abuelos y abuelas, a buscar las plantas medicinales, a cuidarse de una manera distinta. Se logró pasar del discurso a la práctica, a fortalecer la soberanía alimentaria, la agricultura campesina, los saberes ancestrales.

En muchas regiones, fueron los campesinos quienes garantizaron el alimento para los menos favorecidos, dando una batalla contra el hambre y la exclusión, estrechando los lazos entre el campo y la ciudad, construyendo procesos importantes de solidaridad.

En Antioquia, la Asociación Campesina de Antioquia (ACA), inició una campaña llamada Quédate en el territorio, invitando a los campesinos y campesinas de esta región a cuidarse, a apostarle a la soberanía alimentaria, y a fortalecer las organizaciones comunitarias que permitieran permanecer en condiciones de dignidad. En el Cauca, la Organización para el desarrollo urbano y campesino (ORDEURCA) materializó la propuesta de cuidado y autocuidado con el ejercicio de las guardias campesinas, esto ante la ausencia y falta de capacidad de los gobiernos locales para dar respuesta a las necesidades de las comunidades.

En otros territorios la solidaridad se hizo evidente. En el Norte de Santander el Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA) y recogió toneladas de alimentos que fueron distribuidos a las comunidades. Con la entrega de alimentos se invitaba a la comunidad a volver a la siembra de alimentos sanos, con prácticas agroecológicas, intercambios y trueques, destacando el papel fundamental de las mujeres en la producción de plantas medicinales y transformación en productos que mejoran la salud en tiempos de pandemia.

En el Tolima, asociaciones pequeñas como la Tienda Comunitaria de la vereda La Esmeralda y Villahermosa, a través de su proyecto productivo y comunitario lograron también solidarizarse con familias necesitadas en el municipio del Líbano, llevando la panela para el alimento diario. En los Territorios Campesinos Agroalimentarios de Arauca se volvió a la siembra de alimentos, a la huerta, a las plantas medicinales como ejercicios de soberanía alimentaria, al fortalecimiento organizativo, al trabajo comunitario.

Estos ejemplos dan cuenta de la capacidad organizativa campesina, entre otras cosas, para producir el alimento y ser solidarios. Producir nuestros propios alimentos nos hace estar más seguro, más fuertes, más sanos en una pandemia.

Las mujeres campesinas han jugado un papel estratégico en la pandemia, sembrando, cuidando, siendo maestras, enfermeras, trasmisoras de conocimientos alrededor de los cuidados de la salud, protectoras y dadoras de vida; sin embargo, son las más afectadas pues el confinamiento desató con más evidencia la pandemia del machismo, de la violencia, de la opresión.

La pandemia continua y con ella las afectaciones directas al campesinado, el conflicto se acentúa cada día más en los territorios, nuevos actores, nuevas políticas, masacres, violencia, gobiernos incapaces de responder, un sistema de salud que no tiene al campesinado en su lista de prioridades, mayor importación de alimentos, reformas tributarias, entre otras tantas pandemias. La organización y la movilización siguen siendo la opción para resistir y confrontar un modelo que busca desaparecer a los habitantes del campo: Por la recuperación del campo colombiano, vida digna y soberanía popular.

De la mano de las guerras de independencia, las revoluciones contra los monarcas y los pactos sociales entre las élites tiranas, el siglo XVIII trajo consigo el Estado “moderno” y con este las promesas de un mundo mejor, igualitario, fraterno, solidario y democrático, en donde la soberanía y la autonomía de los Estados y las personas se desarrollarían cada día más para construir una humanidad justa, que viviera en armonía con la especie y con el planeta.

Nada más alejado de la realidad. Las mismas élites conservadoras y egoístas de siempre con nuevos ropajes liberales que gobernaron esos nuevos Estados se negaron, a sangre y fuego, a retirarse de los territorios colonizados en África, Asia y América, y reparar a los pueblos; se convirtieron en potencias imperialistas modernas que clavaron sus garras en la espalda de los humildes que intentaban recuperar su autonomía y su cultura; invadieron a los débiles y empobrecidos Estados en nombre de la libertad y el mercado para saquear sus recursos, explotar el trabajo de su gente, inundarlos con sus mercancías, imponer sus modelos económicos egoístas y sus formas de vida, quitar y poner a los gobernantes conforme a sus intereses y desatar el genocidio contra los que se opusieran. La ilusión de igualdad, fraternidad, solidaridad, autonomía fue sepultada por toneladas de racismo, desigualdad, dictadura, individualismo, control y guerra.

Como dijo el sociólogo Daniel Feierstein, el proyecto de modernidad no se hubiera podido desarrollar sin el genocidio de los pueblos del mundo. Si se echa un vistazo a los últimos doscientos años veremos una estela de cuerpos y unos ríos de sangre correr por la historia, casi toda sangre de los más humildes, de los explotados, de los pobres, de las mujeres y hombres que han luchado para transformar esos “modernos” Estados Nación, y construir en sus territorios otras formas de vivir, otros modos de producción y otras formas de relacionarse entre sí y con el planeta. Colombia ha sido escenario de esa lucha permanente entre las élites y los pueblos, una lucha de clases negada por los que ostentan el poder. Las consecuencias nunca se hicieron esperar, el proceso genocida se puso en marcha y aún no para.

Ante este panorama, cientos de organizaciones sociales y populares, plataformas de Derechos Humanos, académicos e intelectuales, artistas y comunidades, convocaron entre el 25 y el 27 de marzo de 2021, la sesión número 48 del Tribunal Permanente de los Pueblos. En total se presentaron cincuenta informes que desnudaron la infamia del genocidio, los crímenes contra la paz y la impunidad reinante en Colombia durante el último siglo. En Bucaramanga, en la Universidad Industrial de Santander, ante los jueces que dirigen ese importante organismo ético y humanista de talla internacional, y una nutrida delegación de procesos y organizaciones sociales de todo el país se desahogaron los exiliados, campesinos, sindicatos, el movimiento estudiantil, el carcelario y los movimientos sociales y políticos de la UNO y A LUCHAR.

Allí estuvieron algunos fundadores y víctimas de la aniquilada Asociación de Usuarios Campesinos (ANUC), y sus hijos políticos que hoy resisten a través de otras organizaciones campesinas como el Coordinador Nacional Agrario (CNA) al que siguen persiguiendo a través de montajes judiciales, desplazamiento, masacres y asesinatos selectivos. Y estuvo Lucero López, una Chucureña exiliada desde 1999, uno de los rostros de los más de 500 mil compatriotas que tuvieron que huir del Estado y el paramilitarismo para salvar sus vidas, también Adriana Quintero Úsuga, exiliada hace quince años con 37 familiares, más sobrevivientes del genocidio contra la familia Úsuga Higuita; campesinos de la región del Urabá Antioqueño, cuya denuncia es desgarradora e involucra al general Rito Alejo del Río y al entonces teniente del Gaula Mauricio Santoyo, el mismo jefe de seguridad de Álvaro Uribe, extraditado por narcotráfico a EEUU.

El 26 de marzo en la sesión de Bogotá, en el Centro de Memoria Paz y Reconciliación, hablaron los partidos políticos como la Unión Patriótica, el Partido Comunista, el M-19, la Farc, y movimientos como el Gaitanismo, la Marcha Patriótica y el Frente Popular, quienes denunciaron los miles de muertos, desaparecidos, torturados, exiliados y perseguidos a manos del Estado y sus agentes; se recordaron episodios históricos como los bombardeos con napalm contra campesinos del Oriente y Sur del Tolima, y masacres emblemáticas contra los obreros y obreras como la de las Bananeras en 1928 y la de Santa Barbara- cementos el Cairo en 1963. Todo esto en un marco de doctrina de seguridad nacional y del enemigo interno que dirigió la élite colombiana y el imperialismo norteamericano en donde todos los que no compartieron el statu quo pasaron a ser enemigos del orden establecido y por tanto objeto de exterminio.

El Tribunal Permanente de los Pueblos, finalizó su agotadora jornada de tres días, escuchando en detalle a las víctimas. En Medellín, el 27 de marzo, hablaron los pueblos indígenas y fue imposible, para los asistentes y los jueces, no sentir dolor e indignación al escuchar que en pleno siglo XX hubo una ley, la ley 80 de 1931, que estuvo vigente por 50 años y que autorizaba el exterminio del pueblo Barí en el Catatumbo Norte de Santander, con el fin defender el contrato de concesión Barco que velaba por los intereses de las multinacionales Colombia Petroleum Company, y la South American Gulf Oil Company, autorizandolas a explorar y explotar el petróleo en territorio Barí, usar las armas contra ellos, envenenarlos, quemar sus bohíos, y electrocutarlos con las cercas de alambre de los campamentos petroleros, ante la flecha indígena se opuso el fusil de las fuerzas armadas.

En los años 70 también se cazaba y se esclavizaba a los indígenas Guahibos en los Llanos Orientales, como una práctica común fomentada por los hacendados y aceptada por las élites. De otro lado, los pueblos negros, en cabeza del PCN, recordaron el genocidio, el racismo y la violencia que aún persiste en sus territorios y contra su cultura. Y los campesinos del Oriente antioqueño recordaron la barbarie que vivieron por oponerse a la construcción de siete hidroeléctricas que inundaron no solo sus tierras sino sus vidas. La Fiscalía de Tribunal, corrió a cargo del exmagistrado Iván Velásquez y la doctora Angela María Buitrago quienes recopilaron las pruebas y pidieron la condena del Estado colombiano por genocidio, crímenes contra la paz e impunidad; como siempre el Estado estuvo ausente y fue representado por un abogado de oficio quien negó su responsabilidad.

Definitivamente, la modernidad, el desarrollo y el neoliberalismo en Colombia solo han sido posibles a través de la acción genocida y la impunidad del Estado, y de la indiferencia de una humanidad fallida.

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