Andrés Felipe Idárraga Arango

Andrés Felipe Idárraga Arango

Monday, 10 June 2019 00:00

Las luciernagas vuelan en Mayo

Mayo Villareal, o Mayito como muchos le dicen de cariño, partera de La Esmeralda, corregimiento de Arauquita (Arauca), recibió un disparo en la mandíbula cuando a su esposo lo asesinaron mientras trabajaba en su farmacia, la del pueblo; el pecado que provocó el disparo a Mayo fue haber sido dirigente de la Unión Patriótica en una época (los años 90) donde el terror era el pan de cada día. Entre las historias que ha vivido Mayo se encuentra el haber asistido en el parto a la esposa del General que dirigía una operación en el municipio; sus manos dieron la bienvenida a la vida en medio de la muerte y la guerra.

En Arauquita, más de 26 años después, la violencia sigue siendo reina, las Fuerzas Militares tienen poca presencia y parecen destinadas exclusivamente a proteger, cuatro kilómetros a la redonda, el oleoducto Caño Limón-Coveñas, un campo petrolífero gigante de Ecopetrol, empresa lista para iniciar el piloto de fracking en Colombia.

En este pueblo olvidado por el Estado, no solo hay ausencia de Ejército sino, según informes de Defensores de Derechos Humanos, presencia activa de grupos al margen de la ley entre los que hay excombatientes de las FARC, guerrilleros del ELN y según panfletos amenazantes, miembros de la Autodefensas Gaitanistas de Colombia.

El escudo del municipio reza “Arauquita tierra de todos”, el cuartel inferior izquierdo es blanco y simboliza la paz; Arauquita es tierra de indígenas y de negros, de gente que vive y escribe, como Tony Villamizar, hijo de Mayo y guionista del corto en pre-producción “Las luciérnagas vuelan en mayo” inspirado en la historia de su madre, y el cual iba a ser dirigido por Mauricio Lezama, hasta que el 8 de mayo del presente año hombres armados le propinaran seis tiros por la espalda mientras planificaba el casting para el cortometraje, en la misma vereda de Mayo, La Esmeralda.


Mauricio no solo estaba haciendo un cortometraje. Como promotor cultural inventó el Festival de Cine de Frontera en el puente internacional José Antonio Páez en el 2012 y 2013. En ese momento el puente no estaba militarizado y él aprovechó para poner una pantalla en límite entre Colombia y Venezuela; impartió talleres de cine y teatro en siete municipios de Arauca gracias al programa INI (Imaginando Nuestra Imagen) y fue el primer habitante de Arauquita que ganó un estímulo por parte de Proimágenes para producir su cortometraje.

Lezama fue asesinado haciendo cine de denuncia, preparando un casting en el que iban a participar niños y niñas afros e indígenas, para un cortometraje que iba a contar la historia de Mayo, la partera de la paz. Su asesinato no deja frenada la producción de la cinta pues guionistas y co-director terminarán una obra necesaria en un país donde por lo menos tenemos que contar nuestro dolor, ponerle palabras (e imágenes) a un aluvión de violencia que se vive cada día; su rostro a modo de protesta llegó a la alfombra roja de Cannes gracias a un puñado de directores y actores entre los que se encuentran Ciro Guerra y Carolina Sanín, pero es el día a día el que nos obliga a reivindicar la vida de los que luchan por mantener viva la memoria.

A principios del nuevo milenio nació en Argentina un cine que se produjo para contar la realidad de estudiantes, obreros y piqueteros (nombre que se le da a los desempleados en Argentina). Impulsados por las facilidades que brinda el formato digital y por la necesidad de informar de manera veraz, sacaron las cámaras a la calle y sin guion ni escaleta entrevistaron a los protagonistas de los movimientos sociales del país.

En 2001, Argentina se encontraba en una profunda crisis (como hoy, en casi toda Latinoamérica), desatada, entre otras cosas, por dificultades económicas que generaron imposiciones políticas como la del “corralito”, que restringía el acceso de la población a dinero en efectivo de los bancos. Fue diseñada por el ministro de economía Domingo Cavallo y el presidente de aquel entonces, Fernando de la Rúa, quien renunció el 20 de diciembre de dicho año, y generó, con ello, un clima de inestabilidad social que llevó a una serie de manifestaciones y protestas en todo el país.

A las manifestaciones se unieron las cámaras digitales. El mundo estaba conociendo el uso de herramientas portátiles, que se valían de cintas de grabación más pequeñas y permitían la incursión en cualquier escenario. Las cámaras y las grabadoras de sonido fueron utilizadas para denunciar la violencia y la represión policial. Al principio solo documentaron estos hechos sin otro afán que el de registrar los abusos, luego, con el tiempo, fueron construyendo una mirada, una estética y unas dinámicas de producción propias, generando cada vez mejores “películas”, vídeos caseros que no respondían a un impulso comercial sino puramente comunicativo, que contaba in situ lo que los medios tradicionales maquillaban y ocultaban con sus noticieros.

Parte de ese cine fue el cine piquetero que nació en la protesta social. Este tuvo un fuerte carácter político y participativo. Los círculos de distribución eran las universidades y las centrales obreras, en donde nacieron colectivos para ver y hacer cine como Cine Insurgente y Ojo Obrero, productoras que de manera autosuficiente realizaron documentales como ¡Piqueteros carajo!, en 2002 (disponible en YouTube). En él no solamente se usaron imágenes grabadas durante las protestas sino que además aprovecharon tomas de archivo de los canales nacionales para develar frases de los políticos de turno, poniendo en evidencia su cinismo y odio, mentiras que contrastaban con hechos de violación a los derechos humanos ejercidos por las fuerzas del orden.

El cine piquetero, obrero y político, en la Argentina de inicios de los 2000, significó un cambio de paradigma frente a las imágenes que se construían. Las cámaras pasaban a ser herramientas al alcance de todos, los criterios estéticos y de producción, siempre cambiantes con la incursión de nuevos formatos, inspiraron la creación de procesos formativos en estudiantes y colectivos obreros de espectadores y realizadores. Esa formación expandió las fronteras del audiovisual. No solo el cine y la televisión oficial podían contar su versión de los hechos, ahora piqueteros, obreros y estudiantes tenían las herramientas para maximizar y difundir su voz.

Los piqueteros son los desempleados que dejaron las políticas del mercado y el fascismo. Son ciudadanos sin derechos. El conjunto de la población humana que cada vez tiene menos comida en la mesa. El cine piquetero, el cine indigenista de México o el gótico tropical en Colombia fueron (y son, gracias a la eternidad que da el cine), el aprovechamiento de las herramientas para contarse a sí mismo, para visibilizar su vida y su muerte, para construir estéticas propias, para esculpir en el tiempo sus luchas y su historia. Además de ser un mecanismo de denuncia y pedagogía, también pretendían construir un contenido que no instaurara verdades sino que permitiera el debate y el análisis.

El mundo ha cambiado lo suficiente desde inicios de los 2000. Más personas pueden tener un dispositivo de grabación en el bolsillo, cada día y a cada hora, listo para registrar incluso en buena resolución. La democratización de las herramientas para grabar imágenes es casi un hecho, pero el mundo es un lugar donde los derechos humanos y del planeta tierra se restringen con voracidad. El cine debe utilizarse para crear narrativas y estéticas propias, para defender la memoria, denunciar lo inhumano y educar para la vida y el respeto a la tierra; las condiciones de desigualdad y de miseria a la que nos empujan gobiernos y emporios económicos están dadas para que tengamos que denunciar y difundir, registrar y resistir

Comentario de la película Sal, del director William Vega

William Vega sorprendió en el 2012 con su primera película: La Sirga. Grabada en el corregimiento El Encanto, zona de páramo a las orillas de la Laguna de la Cocha en Pasto. En ella narra la historia de Alicia, una joven recién desplazada a causa de la violencia que se ve obligada a huir del fuego, y en busca de asilo en la casa de su tío Oscar. Allí el silencio, las noches sonámbulas, sus vecinos y el lago son los acompañantes de su duelo, ese que termina y empieza con un éxodo (La Sirga es una película disponible gratis y legal en la plataforma online RetinaLatina.com).


Este año William Vega vuelve con su nueva película “Sal”, grabada en el desierto de la Tatacoa bajo el calor infernal. La historia comienza con la imagen del mar, ese que estuvo antes del desierto y que con los milenios solo dejó la sal, el tesoro con el que Salomón construyó su pequeño pero invaluable reino. Como caído del cielo se accidenta Heraldo, un motociclista que pasa por la mina, quien queda malherido, y es sanado por Magdalena la esposa de Salomón, su recuperación se da aplicando en las heridas sal pura, “la cura de todos los males”. A partir de allí se desarrollan las tensiones, los cambalaches y las conversaciones que acercarán a Heraldo a su recuperación y al cumplimiento de su objetivo: arreglar la moto para seguir su rumbo, un rumbo marcado por el de su padre.

Pero “Sal” no es una película con una narración explícita, explicable, y aunque tiene un principio y un final que se pueden contar, el entramado de símbolos que sugieren diferentes interpretaciones invita a una mirada más amplia de lo que se ve en pantalla. Las referencias bíblicas sutiles pero presentes dan sentido a ese desierto post apocalíptico, al mensaje oculto que impulsa a Heraldo, a su caída del “cielo”, a la relación que establece con sus sanadores o al sacrificio que carga en una tierra que no es la suya. También, la narración en mandarín al principio de la historia y las escenas del restaurante chino aparentemente desligadas de la historia principal son una provocación a la lógica y a la linealidad del cine colombiano y comercial. Son una invitación a imaginar posibilidades en la historia, a distraerse un rato sin entender lo que se habla, a pensar que es una historia de la humanidad, aunque el escenario y lo que se cuenta tengan un carácter tan onírico y desolado.

En Sal (como en La Sirga) el ambiente es otro protagonista, sin el desierto esta historia no sería lo que es y las relaciones que se establecen entre los personajes no estarían marcadas por la erosión; expresa además las sensaciones internas de los personajes y el agobio en cada acción.


En definitiva “Sal” es una película que sazona y da personalidad a la cinematografía colombiana, se atreve a alejarse de los lugares comunes y los temas de festivales grandes, para representar libremente lo que el autor dice o se pregunta a riesgo de tener menor visibilidad, y que hace partícipe al espectador ofreciendo una historia abierta y alimentando de símbolos (sutiles y fuertes a la vez) cada secuencia, cada plano.

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