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FLAKO PANDEMIA

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Tenía 17 años, estaba a punto de terminar el bachillerato, quería estudiar ...
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Cuando la misión espacial rusa Vostok 6 fue lanzada en 1963, en plena Guerra ...
Valentina González

Valentina González

Me gusta pensar en el lugar particular en que me ha puesto la historia, estas líneas las escribo como una hija que ha logrado entender que sus padres, y en un sentido especial, la madre, no ha sido solo para mí. Ella ha estado ahí para muchas otras personas como una guía, como una mano amiga dispuesta a ayudar en la búsqueda de un rumbo hacia la dignidad individual y colectiva.

Nora Henao nació en el seno de una familia campesina del municipio de Liborina, Antioquia. En el año de 1960 migró hacia Medellín sumándose a las primeras grandes oleadas de expansión del valle, abriéndose paso en una ciudad que apenas se formaba, en el borde urbano de Santo Domingo. Fue una niñez marcada por la precariedad ¿Qué oportunidades para crecer podría brindar una ciudad que ayer como hoy intenta ocultar la vida de los marginados? La respuesta es simple: Para esta niña-mujer estudiar no era necesario ni lógico, habría que buscar un futuro con un hombre que la sustentara o encontrar un trabajo de labores domésticas en las grandes casas de las señoras.

Animada por los programas de radio que hablaban de mundos más allá de estas montañas, y por una necesidad de aprender y seguir sus estudios, mi madre rompió ese espejo. Cada puerta cerrada encaminaba sus pasos en busca de otra oportunidad, de manos amigas y hermanas que la ayudaran a continuar su formación. Fue así como subiendo la loma a pie llegó a ser normalista en la Normal Femenina La Anunciación, lugar donde aprendió el oficio que la dimensionó de por vida, identificando su espíritu y potencia con ser Maestra. Han sido muchas las generaciones de niños y niñas que encontraron en ella un lugar cálido para aprender, sentir y crecer a pesar de los difíciles contextos en los que se desarrollan.


En su juventud llega a trabajar al Bajo Cauca, un lugar golpeado por la violencia, la pobreza y el surgimiento del narcotráfico. Allí encontró como ligar sus conocimientos al desarrollo social de la mano del movimiento político ¡A Luchar!. Enseñando más allá de la escuela, emprendió procesos de acompañamiento y alfabetización para las comunidades veredales y ribereñas, en su mayoría madres cabeza de familia. Participó en la construcción de vías y la fundación de barrios como “La Lucha” en el municipio de Tarazá. Allí comprende la importancia de cultivar la resistencia, el pensamiento crítico y la educación como motor de evolución de una sociedad que en ese entonces se movilizaba hacia la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.

Nora, mi madre, recuerda a ADIDA como su gran escuela de formación política. Su labor como delegada sindical comenzó con pasos cotidianos hacia caminos veredales para visitar a sus colegas, llevando las noticias de las últimas coyunturas a los profesores y comunidades, concientizándolos de la importancia de organizarse en colectividades para lograr la conquista de los derechos. Nora se convirtió en un puente de comunicación entre lo rural y la ciudad. Estos pasos que la generación de maestros a la que pertenece mi madre anduvo, permitieron que esta organización llegara a ser uno de los sindicatos más grandes de Latinoamérica.

Sin embargo, encontraba allí una incongruencia. ¿Cómo era posible que una organización en la que el 80 % eran mujeres fuera dirigida exclusivamente por hombres? Con esta pregunta fue acercándose a círculos de estudio y pensamiento feminista. Recuerda este tiempo de su vida como una ruptura que le permitió entender el por qué de las imposiciones y barreras que le había tocado superar y que veía repetirse en sus alumnas. Eran conversaciones que, de la mano de los debates de la liberación del cuerpo y la sexualidad de las mujeres que abundaban entre las académicas, hablaban de cómo empoderar a la mujer trabajadora, a la cuidadora, a la campesina, a la ausente... Se trataba entonces de poner la palabra de las mujeres en el centro del debate público, como un germen que reclama la equidad, la igualdad de oportunidades y la capacidad de incidir política y económicamente en los territorios. De ahí surgió el Movimiento Popular de Mujeres como una articulación de pensamiento que la llevó de nuevo al trabajo con las comunidades marginales de Medellín. Se generaron espacios de formación política y comunitaria para las mujeres de barrios como El Triunfo, Progresar, Castilla, Zamora y Manrique en los que se pensaban las posibilidades que la nueva apertura democrática abría para el crecimiento de las mujeres y sus territorios. Todos estos aprendizajes la llevaron a presentar como ponente, junto con un grupo de mujeres de todo el país, la coyuntura colombiana en el 1° Encuentro Internacional de Solidaridad entre Mujeres de 1998, compartiendo con lideresas de todos los continentes en la ciudad de La Habana – Cuba.

El tiempo era álgido. La década de los 80 movilizó nuestro pensamiento sin precedentes y de esto mi madre fue testigo y partícipe, como lo fue también de la arremetida violenta del Estado contra las organizaciones sociales en las siguientes dos décadas. Muchas fueron asesinadas, detenidas o exiliadas, lo que llevó a la desarticulación de ¡A Luchar! y del MPM. Nora, que seguía en pie junto con otras lideresas, se dedicaron a la atención de las presas políticas y sus familias, acompañando su formación y sustento. La violencia significó un aislamiento del que solo se recuperaron con el tiempo y el silencio, cuando las sobrevivientes decidieron apostarle a la conformación de propuestas como Poder y Unidad Popular y la Confluencia de Mujeres para la Acción Pública como espacios de participación y formación democrática. Es desde esta experiencia que Nora se vincula a la secretaría departamental de la mujer del Polo Democrático Alternativo, lugar que sigue cultivando hasta el día de hoy.

Ahora nos sentamos en nuestra mesa y miramos lo andado. Entendiendo todo lo conquistado ¿Por qué parece que el patriarcado aún nos atrapa con un velo, a veces sutil, a veces asfixiante? Como si, aunque seamos capaces, el poder todavía nos es ajeno. Habría que cultivar aún más la voluntad de decisión e independencia, dice ella, pero también, habría que reconocernos en el dolor, ponerlo en debate y tejer con esas fibras sensibles la reconstrucción de nuestra sociedad. De mi madre he aprendido que el valor de lo que transformamos ahora cobra sentido en el futuro, por eso es necesario decidir nuestro papel en la historia. Llevo conmigo la frase de un poster colgado en la biblioteca de mi casa cuando estaba niña, sobreviviente al genocidio político, que entre muchos colores recitaba “Podrán cortar las flores, pero jamás detendrán la primavera”.

Cuando la misión espacial rusa Vostok 6 fue lanzada en 1963, en plena Guerra Fría donde la experimentación y la conquista espacial de la humanidad daban sus primeros pasos, retumbó en todos los lugares de la tierra el rumor de que una mujer ahora habitaba las estrellas. Valentina Tereshkova alzó entonces una bandera que traspasó naciones e ideologías políticas: la de la igualdad y la fuerza femenina.

Valentina, nacida el 6 de marzo de 1937 en el seno de una familia obrera,es recordada en su infancia como una niña temeraria y ruda, que no le tenía miedo a rasparse al caer de los árboles. Tras abandonar la escuela comenzó a trabajar en una industria textil soviética, al mismo tiempo alimentaba su pasión por el paracaidismo y las alturas en el club de este deporte en su pueblo. Saltaba al vacío con el vigor de su juventud sin imaginar que aquella afición la llevaría a atravesar la atmósfera terrestre.

En la carrera espacial, en la que Rusia y los Estados Unidos de América luchaban, como ahora, por el poderío y el dominio tecnológico del espacio, el país soviético apuntó a seguir las consignas de los fundadores del pensamiento comunista, en el que el sometimiento de la mujer se mira como la primera forma de dominación de clases y su superación como paso fundamental para alcanzar tal utopía. Se conformó entonces un grupo femenino de cosmonautas que llevarían un mensaje claro a la humanidad y al enemigo, las mujeres tendrán que abolir el capitalismo para encontrar su libertad.

Tras meses de pruebas en los que su cuerpo era sometido a la fuerza centrípeta, acondicionamientos físicos y formación en dinámica aeroespacial, esta rusa de 26 años, fue seleccionada entre 400 mujeres para llevar tal bandera. Siendo la primera mujer, una obrera por fuera de las altas castas soviéticas, en emprender un viaje de tres días y 48 vueltas alrededor de nuestro planeta en la soledad de su nave. Sin embargo, el ímpetu de igualdad de este Estado duró menos que la espectacularidad de la noticia. Desde que los mandos rusos en tierra no permitieron que Tereshkova operara el programa manual de su nave, y la acusaron de desobedecer los protocolos debido a su natural “curiosidad femenina” o su debilidad, tuvieron que pasar dos décadas para que la mujer volviera a la acción entre los cosmonautas y se tomara en cuenta su papel determinante en el desarrollo científico en la Unión Soviética.

A pesar de los rumores, esta cosmonauta con su valor lanzó una determinación a la humanidad: las mujeres, sin importar su origen, pueden alcanzar sus sueños, volar lejos con la fuerza de su espíritu y su pensamiento. Es por esto que después de su descenso se formó en ingeniería espacial y continua vinculada a la vida política de su país, labor en la que da una la lucha por la visibilización de las mujeres en la sociedad y la ciencia. Valentina es un nombre que ilumina a muchas otras que han quedado invisibles bajo una historia que se cuenta a medias, es un espejo para prender el fuego interno y tomar las riendas del mundo.

Tuesday, 11 February 2020 00:00

Helí Ramirez, la Palabra animal

Cuando se mira a Medellín desde la distancia de la noche, nos enfrentamos a una panorámica continua, luminosa e incierta. Y ante el vacío que materializa la oscuridad y la montaña, se vislumbra la belleza que estalla en la pupila, a veces desde la vastedad del pequeño valle, otras desde el engaño. Sin embargo, la ciudad en sus entrañas no podrá nunca parecerse a ese reflejo idílico que nos circunda, pues en esta depresión agreste la violencia se acumula como las moscas alrededor de las lámparas artificiales.

Helí Ramírez aparece en el valle con la memoria ya bien herida de una violencia que se perpetuó en todo el país y que, como a tantos otros, le arrebató una parte de su familia y la alegría de su niñez. Cuando llega a la ciudad en manos de su madre, a quien dedica varios de sus textos, se instalan en Belén Rincón, un barrio al suroccidente donde el contraste entre los señores que frecuentan los exclusivos clubes de la ciudad y las casas arrinconadas de los trabajadores corta el paisaje en dos: una grieta inmaterial que atraviesa la ladera. En este espacio, la urbe que se construye como un fractal que repite las desigualdades más evidentes. La fuerza y las supervivencias de sus habitantes es donde el lenguaje del poeta empieza a lanzarse como flechas certeras al corazón de la realidad. Una poesía provocada por el desespero de una vivencia marginal y por la conciencia de transformación del propio espíritu.

La juventud Helí la construyó en el barrio Castilla, en el que, ladrillo a ladrillo, costura tras costura, su madre construyó una casa que con el pasar del tiempo se convertiría en uno de los territorios más particulares de la ciudad. Se paseaba entonces como un bachiller ávido de lectura, en silencio, gastando su energía en el fútbol, dilatando el pensamiento en la poesía, la política y la búsqueda de un mundo libre, coleccionando en papeles sueltos los instantes que el barrio dejaba leer. Este lugar legendario de la ciudad en la base de la ladera noroccidental, al que muchos temen llegar, se configuró con los años en un epicentro en el que la cultura se paró en resistencia frente a las violencias más álgidas, sentando un precedente en los movimientos cívicos y artísticos de la ciudad que continúa su legado. Acertada fue la expresión con la que el poeta describió aquellas calles: la República independiente de Castilla y las Comunas. Es la fundación de un pensamiento sobre la ciudad que dio a conocer en libros como En la parte alta abajo, en el cual el corazón de Medellín palpita desde las periferias.

Una generación de escritores e intelectuales de la ciudad, aquella que recogió los restos de las palabras que los Nadaistas dejaron regadas cuando abandonaron la realidad, recibió los versos de Helí Ramirez. Abriéndose camino mediante una ardua autoformación, la editorial Universidad de Antioquia publica su primer libro en 1975. Apoyado por figuras como el poeta Carlos Castro Saavedra, el profesor y poeta Elkin Restrepo, y el médico y defensor de derechos humanos Hector Abad Gómez, Helí comenzó a trazar un curso que le llevaría a publicar varios títulos y a llevar la vida de la mano de su poesía, convirtiéndose en uno de los forjadores de nuestro pensamiento como ciudad en su momento más germinal.

Medellín creció rápidamente, la apacible villa al lado del río Aburrá se convirtió en un rumor de la memoria que dio paso a los artificiales ritmos de la industrialización, la guerra y el narcotráfico. Creció con contradicciones, de manera mutante y enérgica fue sacando los ladrillos de su propia entraña y cubrió la espesura de las montañas. Pareciera que el poeta, en su silencio, observara ese río de terquedad y dolor que fluye por las calles sin salida de una generación sin futuro: de ahí el vino de su palabra. La escritura entonces se toma como el acto de negarse a la desesperanza de ver la vida pasar sin más, un acto de resistencia en el que se vuelve a la actividad primitiva de observar el mundo y tratar de entenderlo, una búsqueda hacia el interior de las emociones que golpean el asfalto.

El poeta olfatea en los callejones de la ladera como quien se pierde en sus pensamientos, callejones en los que los ladridos de la barriada, sus quejidos de alegría y dolor, configuran un nuevo lenguaje. Lo crudo de la palabra cotidiana del joven que continuamente camina por la encrucijada entre la vida y la muerte, el vigor de esa lucha constante, va creando sin más la cadencia de una poesía continua que habla la lengua de todos, del que en las madrugadas emprende el camino hacia el centro del valle para jugársela por el sustento, del que en la esquina espera sin emoción que el destino lo atrape, del que se niega a la resignación del egoísmo en la ciudad. Todas estas voces aúllan como una sola frente a las luces parpadeantes de la ciudad de Helí. La vida es así ¿qué otro adorno necesita? Si sobrevivimos entre las piedras como la maleza ya poseeremos lo sublime del mundo.

El poeta enseña aunque su carne ya sea ausencia. Y aunque su obra ameritaba grandes reconocimientos, eran rechazados categóricamente por él. En uno de los grandes eventos culturales a los que decidió asistir, compartiendo escena con reconocidos artistas de la ciudad, conmocionó la mente de más de un asistente con su acertada y única intervención: a mí me da pena estar aquí escuchando hablar de literatura, de arte, mientras aquí, a ocho, diez cuadras, hay familias que se acostaron sin comer, lo pronunció, como un juzgamiento necesario a una cultura que ahora observa el barrio desde su esplendor, de lo bonito de sus jardines, lo rico de sus empanadas y lo colorido del frente de las casas, y se olvida sistemáticamente de la violenta desigualdad a la que resisten sus habitantes con cada paso del sol.

Esas fueron las últimas palabras que muchos escuchamos de él, pues poco tiempo después la ciudad de las luces, de las risas maliciosas y de la brega eterna, se cerró ante sus ojos, dejando un legado que se perpetúa en montones de poetas, artistas y pensantes que hoy encuentran en el barrio la sensibilidad de la vida.

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