Renan Vega Cantor

Renan Vega Cantor

Las selfies son una de las derivaciones de las innovaciones microelectrónicas presentadas como una notable expresión de libertad individual. Una de sus aristas perversas, y del capitalismo en general, es el incremento de muertes por las fotografías extremas. Una investigación realizada en los Estados Unidos registra 259 muertes en el mundo, ocasionadas por tomarse selfies en el período transcurrido entre 2011 y 2017. Esta cifra, que debe ser considerada como conservadora, indica la magnitud de lo que está ocurriendo con la utilización de esta “nueva tecnología” de la muerte. Vale la pena preguntarse qué está detrás de esta epidemia de suicidios, y qué relación tienen con el capitalismo.

La tecnología y la imposición del individualismo compulsivo
El capitalismo representa la imposición del individualismo compulsivo, entendido como la creencia ilusoria de que en la sociedad solo existen los seres individuales, como lo proclamó Margaret Thatcher, una de las vedettes (artistas de espectáculo) del capitalismo realmente existente. De eso se deriva la suposición de que el individuo es el centro del mundo, y nada puede oponerse a sus designios de maximización de ganancias, acumulación, superación y ruptura de cualquier límite.

El individualismo egoísta, posesivo y hedonista es una característica central de la ideología capitalista. Solo existe el “yo” y no el “nosotros”, lo cual quiere decir que mi existencia individual es más importante que cualquier grupo o colectivo humano, y de eso se deriva que a diario se deba (de) mostrar que el “yo” (el individuo) es el centro del universo. No importan los lazos sociales, ni vínculos de solidaridad, fraternidad o ayuda mutua. Eso es cosa del pasado, porque ahora solo vale y existe lo que haga un individuo, el que necesita mostrar a cada rato su presencia, porque de lo contrario se considera frustrado o incompleto.

Para hacerse notar, el “yo” cuenta con dispositivos técnicos que se encargan de potenciar y difundir su presencia en el mundo, y el más poderoso de esos dispositivos técnicos es el celular, por la difusión de imágenes visuales que muestran de manera instantánea y directa todo cuanto hace una persona, hasta sus actos más privados, que ahora son puestos a la vista pública sin pudor alguno. Con la utilización de las nuevas tecnologías se pierde la idea de dignidad, de auto-estima, de respeto, y se proclama que lo privado ya no existe, que cualquier acto de nuestra vida debe darse a conocer a los cuatro vientos, por medio de las fotos que un individuo se tome de sí mismo y difunda a través de las redes. Lo que antes se consideraba de la esfera privada, y hasta de la intimidad de las personas (como su vida sexual), hoy debe compartirse con la pretensión de demostrar que se es importante.  

Por eso, se ha impuesto una especie de voyerismo universal, en que se muestra y se exhibe lo que esté referenciado con el “yo” y una forma expedita de lograrlo es a través de las selfies, que apenas son tomadas se envían para que circulen por las redes y lleguen a los ojos de los amigos, conocidos o admiradores. El “me gusta” es el premio que se le atribuye a quien envía la última foto de cuanta estupidez se le ocurre registrar. Quien tenga una mayor cantidad de “me gusta” y de seguidores en las redes es considerado una estrella. El problema es que esa sensación es efímera y requiere de estarse activando minuto a minuto, lo cual genera frustración, que debe ser superada con nuevas fotos, que aumentan la frustración en una forma patológica, creando un círculo vicioso que no tiene fin.

Las selfies mortales
Como las fotos normales ya no son atractivas y se tornan monótonas, es necesario experimentar con algo inesperado y sorprendente, para evidenciar la centralidad del “yo”. En consecuencia, se debe acudir a experiencias extremas. Aquí es donde las selfies adquieren un rol principal como indicadores de ese individualismo hedonista que caracteriza al capitalismo, y se basa en un principio implícito: para el individuo, como para el capitalismo, no existen límites, todo puede ser sorteado, sin importar los riesgos y peligros que se enfrenten, pero no con el deseo de una realización personal como tal y mucho menos en beneficio colectivo, sino porque eso es compensado con el consumo mercantilista del estrés y de las emociones fuertes, un gran nicho de mercado en el capitalismo de nuestro tiempo.

Al final, el premio es lo que cuenta: que una selfie arriesgada le dé créditos al individuo que osó desafiar hasta la muerte. Ese premio se expresa cuantitativamente en el crecimiento del número de seguidores en Facebook, Instagram, o cualquier red parecida, quienes, como robots amaestrados, solo atinan a escribir “me gusta”. Pero esa acción arriesgada no es placentera sino obsesiva, y requiere nuevos retos extremos, para demostrarse a sí mismo que es importante. Este comportamiento compulsivo aumenta la insatisfacción, porque ya no hay límite que satisfaga el deseo de mostrarse como alguien destacado, como una luminaria del espectáculo.   

Este es un claro ejemplo de la pulsión de la muerte, que no se define solo por el deseo de morir, sino algo peor, según las palabras del escritor inglés Mark Fisher: “encontrarse entre las garras de una compulsión tan poderosa que uno se vuelve indiferente a la misma muerte”. Lo más trágico es la banalidad del contenido de esa pulsión, porque estamos hablando de personas que enfrentan la muerte, sin entender que esa posibilidad existe, por el deseo de figurar como los más arriesgados o intrépidos, como sucede cuando se toma una selfie con una mano en la boca de un cocodrilo, al que otros sujetan, o en el piso 50 de un rascacielos, o cuando se lanzan en un tren en marcha…

Esa intrepidez es la clara demostración de que el capitalismo ha generado la idea de que no existen límites a lo que quieran hacer los sujetos aislados, porque todo puede ser posible con tal de alcanzar la fama y el reconocimiento. Y este comportamiento que origina un espíritu irresponsablemente suicida, es el mismo que caracteriza al capitalismo como un todo, puesto que se basa en la idea de que para la acumulación y el crecimiento económico no existen límites.

Con esa lógica suicida se está destruyendo el planeta, se está alterando el clima y se está poniendo en riesgo la existencia de la humanidad, porque lo que sí es seguro es que vamos directamente hacia el abismo, hacia la muerte como especie, de la misma manera que le sucede al individuo que piensa que puede burlarse de la naturaleza y de las leyes físicas, cuando se toma una selfie junto a un tiburón, al borde de un precipicio, junto a un volcán en erupción, subido en el techo de un tren o con una pistola apuntando a su propia cabeza.

En síntesis, el capitalismo y las tecnologías microelectrónicas que refuerzan el individualismo extremo, que enfatiza la centralidad exclusiva del “yo”, pretenden hacernos olvidar nuestro carácter efímero y perecedero, generando un espíritu de grandeza individual, de vanidad y egolatría, que cree posible evadir la muerte, porque nos ha convertido en sonámbulos tecnológicos, al suponer que en el mundo solamente existe mi “yo” y mis selfies. Esta es la religión del “yo” que prometió el capitalismo, que se ha impuesto a nivel planetario y que cree posible sortear la muerte, aunque se muera en el intento.

Wednesday, 24 October 2018 00:00

La ignorancia contamina

“Alguien dijo que hacer fracking responsable es como decir que a una mujer se la puede violar responsablemente o que le van a dar garantías para ser violada”. Carlos Andrés Amaya, Gobernador de Boyacá.


En los últimos meses hemos escuchado una letanía de estupideces de boca de individuos de las clases dominantes o sus voceros, que denotan su analfabetismo ambiental, tales como decir que para combatir el cambio climático no hay que hacer el amor en días calurosos (afirmación de un funcionario de la Alcaldía de Santa Marta), o que el glifosato es benigno y debe volverse a emplear contra los cultivos de hoja de coca (como lo ha dicho el ahora flamante Embajador ante la OEA, Alejandro Ordoñez). Este analfabetismo se inscribe en el ámbito de justificar la destrucción de nuestro patrimonio ambiental, bajo el pretexto que el “desarrollo” y el crecimiento exigen extraer bienes comunes de tipo natural para mantener su ritmo insaciable, el cual finalmente se materializaría en dinero.

En este artículo recogemos uno de esos embustes, que ilustra el “elevado” nivel intelectual de ciertos personajes que, sin inmutarse y con plena impunidad, contaminan el ambiente con sus insostenibles afirmaciones. Ese embuste es el del pretendido fracking responsable, una afirmación de la nueva Ministra de Minas y Energía que no pasaría de ser una anécdota cantinflesca, un chiste de mal gusto, si no fuera porque legitima acciones que destruyen los ecosistemas y la biodiversidad del territorio colombiano.

La recién posicionada Ministra de Minas y Energía, María Fernanda Suárez Londoño, formada en prestigiosas universidades de los Estados Unidos, inauguró su gestión declarando que el país debe emprender el fracking (fractura hidráulica) para auto-abastecerse de petróleo en los próximos años. Esta afirmación no tiene nada de extraño, puesto que está claro que el proyecto extractivista –impulsado por el bloque de poder contrainsurgente en Colombia– no se va a detener en su carrera suicida por extraer hasta la última gota de petróleo y de gas que se encuentre en nuestros suelos, para entregar gran parte del mismo a las compañías multinacionales.

Lo “novedoso” de la afirmación, como expresión de un pseudo-lenguaje políticamente correcto de tipo ambiental, estriba en que se agrega que puede desarrollarse el fracking de “manera responsable” y “segura” con el medio ambiente, sin “poner en riesgo las fuentes hídricas”. Decir esto, que ya es todo un “descubrimiento” intelectual sobre la extracción de petróleo, se encubre con una retórica en la que se asegura, sin tartamudear, que “el mundo se está moviendo hacia energía más limpia, y tenemos que trabajar en esa misma vía. Es un compromiso con el cuidado del medio ambiente y con el cambio climático”. ¿Cómo así? Qué tal el galimatías de afirmar que se implementa el fracking, una tecnología contaminante que incrementa la temperatura del planeta, y al mismo tiempo se piensa cuidar el medio ambiente y combatir el cambio climático. ¡Seguro que Cantinflas o la Chimoltrufia habrían sido más brillantes y sin necesidad de ser ministros!

El fracking, recordemos, es una tecnología destructora, que arrasa con los ecosistemas, contamina el agua (de la cual precisa de enormes cantidades), y produce terremotos y alteraciones geológicas, como ya está demostrado en Estados Unidos, Canadá, y China. Requiere de costosas inversiones en tecnología para hurgar a varios kilómetros de profundidad en las entrañas de la tierra y hacer explotar las rocas que estén untadas de petróleo. Libera gases tóxicos (como el radón, un radiactivo de origen natural) que producen enfermedades, entre ellas cáncer de pulmón y problemas cardiacos, que afectan directamente a las personas que viven cerca. Esto se ha comprobado en Colorado, donde un estudio demostró que aquellas madres que habitan en zonas próximas a los sitios de fracking son un 30% más propensas a engendrar bebés con defectos congénitos del corazón.

Para quienes hablan de fracking sustentable y amigable con el clima y el medio ambiente, a la cabeza del cual están las empresas multinacionales del petróleo y el automóvil, debe recordárseles que con el fracking se libera el metano, que es un gas de efecto invernadero más contaminante que el dióxido de carbono (CO2), con lo cual la fracturación hidráulica resulta siendo peor que quemar carbón.

Claro que el mal chiste del “fracking responsable” (sustentable ambientalmente) se entiende como parte de la historia de cierto oxímoron que han promovido funcionarios del Estado colombiano, y convertido en propaganda corporativa como la de los “barriles limpios”, cien por ciento ecológicos, con lo que se da a entender que puede existir un “barril de petróleo” producido “sin accidentes, sin incidentes ambientales y en armonía con los grupos de interés”, tal y como lo anuncia Ecopetrol. ¡En ningún lugar del mundo ha habido ni habrá nunca un barril de petróleo limpio, y mucho menos en Colombia donde cada gota de petroleó está untada, además de agua contaminada y de los ecosistemas destruidos, de la sangre de las comunidades arrasadas por la extracción de hidrocarburos!

Wednesday, 05 September 2018 00:00

¡Sicarios con micrófono!

I


El cuatro de agosto durante la celebración del 81 aniversario de la Guardia Nacional se llevó a cabo un atentando contra el presidente legítimo y constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro. El atentado fue frustrado por la acción rápida y oportuna de los equipos de la Guardia Presidencial encargados de inhibir señales, quienes desorientaron y desviaron los dos drones utilizados en la acción criminal, como resultado de lo cual uno fue derribado y el otro estalló fuera del blanco previsto, dejando siete guardias heridos. Los dos costosos drones DJ1 M600, cargados con pólvora y un kilo del explosivo C-4 fueron enviados a la avenida Bolívar, donde se realizaba el acto militar; uno debía explotar en la parte superior de la tarima presidencial y el segundo en la zona frontal. El objetivo era claro: asesinar al presidente de Venezuela, a su esposa, a los miembros del gabinete que se encontraban allí y a los altos mandos militares.

Los dos grupos operativos que manejaban los drones fueron capturados el mismo día del atentado: uno en plena actividad y el otro mientras huía hacia Colombia. Uno de sus miembros confesó que había recibido entrenamientos para manejar drones en la finca Atalanta, ubicada en el municipio de Chinácota, Norte de Santander, y quienes lo adiestraron le ofrecieron 50 millones de dólares y residencia en los Estados Unidos.

En este hecho ha sido evidente la participación de círculos terroristas que operan contra el gobierno venezolano, que se mueven como Pedro por su casa en Estados Unidos y Colombia, donde cuentan con el apoyo abierto o encubierto de los gobiernos de esos dos países. Resulta acaso pura coincidencia que en una de sus últimas declaraciones como presidente, el tenebroso Juan Manuel Santos haya dicho, luego de reunirse con Julio Borges –uno de los implicados en el atentado de Caracas– estas palabras: “veo cerca la caída del régimen de Maduro en Venezuela […] ojalá mañana mismo terminara”. ¿Simples deseos o anuncios de lo que iba a venir?

Este criminal atentado ha puesto de presente una vez más hasta dónde ha llegado el envilecimiento del periodismo por parte de falsimedia mundial, puesto que el hecho no ha sido presentado como lo que es, un acto terrorista, sino que se ha puesto en duda su misma existencia, y los titulares de la prensa y de la televisión hablan de “supuesto”, “pretendido”, “simulado” atentado. Esto indica, además, un doble rasero, porque mientras un accidente de tránsito en Londres o un ataque con cuchillo en Bruselas o París son catalogados como “atentados terroristas”, el intento de asesinar a un jefe de estado es catalogado como algo supuesto, e incluso sus autores son alabados como “rebeldes” o “luchadores por la libertad”.


Tras fracasar el atentado, emergieron las voces que lo reivindicaron sin que nadie los estuviera llamando a declarar, hablando desde dos lugares emblemáticos de la guerra contra Venezuela: Miami y Bogotá. En esta última ciudad, y según lo dice la revista Semana: el “ex preso político venezolano, el ex policía Salvatore Lucchese […] aseguró en Bogotá haber formado parte del plan. 'Teníamos un objetivo y al momento no se pudo materializar', dijo durante la toma de posesión de Iván Duque”. La misma revista dice estar sorprendida porque “Ni Casa de Nariño ni ningún actor de la oposición ha explicado su presencia en Colombia. 'Es el gran misterio', dice una diputada de Voluntad Popular, partido en el que militó el ex policía hasta enero”.

¡Y todavía dicen que los gobiernos colombianos, el de Santos y ahora el de Duque, no tienen nada qué ver con el atentado, si ellos mismos lo están reconociendo a través de noticias como esta que difunde uno de sus principales medios de desinformación, en donde se dice que un individuo que reivindica el atentado contra Nicolás Maduro está presente en la posesión del nuevo presidente de Colombia! ¡Difícil encontrar más cinismo y descaro!

Desde Miami, vino la confesión bomba, hecha de manera voluntaria y deliberada, en lo que puede considerarse como el mejor (o peor) ejemplo de lo que es la cloaca periodística y humana, por la boca del periodista y presentador peruano Jaime Bayly, radicado en esa ciudad de La Florida. Este individuo afirmó que estaba enterado de lo que había sucedido en Caracas, porque había sido invitado a participar en una de las reuniones donde se maquinó el atentado y se comentaron los detalles del mismo: “yo me enteré del plan durante la semana […] y me dijeron 'el sábado vamos a matar a Maduro con drones' y yo les dije 'háganle'”, y les propuso “¿quieren que yo les compre un dron más, avísenme, por favor”. Luego describió con detalles el complot “para eliminarlo, darlo de baja y así tal vez iniciar una nueva etapa de libertad”.

Como para que no quedaran dudas de su apología al asesinato del presidente de Venezuela, ese sicario con micrófono que es Jaime Bayly agregó: “Así que yo estoy con ellos, con los héroes”, porque no son “terroristas ni sicarios, los que hicieron volar esos drones son patriotas, son gentes de honor, son venezolanos ejemplares". En forma despreciativa y haciéndole una vulgar apología al crimen indicó que ojalá Maduro "se vaya a reunir con Chávez". Lamentó que “el atentado no haya tenido éxito”, y añadió, lamentándose por el acto fallido: "Es una lástima [que] los conspiradores hayan fallado esta vez, pero no por eso van a desmayar, van a tirar la toalla, seguramente están ya preparando un próximo atentado".

II


Cuando se amenaza a un periodista se denuncia que se pone en cuestión la libertad de prensa, pero no sucede nada cuando un sicario que hace las veces de periodista, como el peruano de marras, amenaza al presidente de un país, hace una apología abierta del terrorismo criminal, encubre a una banda de asesinos, propaga el odio y el culto a la muerte y al magnicidio. ¿Eso debe defenderse a nombre de la libertad de prensa? Los que ejercen como periodistas pueden amenazar, aplaudir a criminales (como los radicados en Miami y Bogotá) porque los protege el manto de la impunidad, de la misma impunidad que ampara a los asesinos cuando conspiran contra un gobierno que no es del gusto de Washington y sus lacayos de América Latina, como los que están organizados en ese Cartel de Delincuentes que se llama Grupo de Lima.

Por supuesto, ante este vergonzoso ejemplo de indignidad periodística los voceros de la Sociedad Interamericana de Prensa, de Reporteros sin Fronteras y los periodistas de Colombia, Madrid y todos los lugares donde se destila esta campaña de muerte y saboteo contra Venezuela se han quedado callados. Los comentaristas de los medios colombianos no han dicho ni una sola palabra sobre este alevoso atentado y su infame justificación por un sicario con micrófono radicado en Miami.

En el caso de Colombia no nos debemos sorprender, por el tipo de periodismo “independiente” que aquí impera. Uno de los hechos ha sido protagonizado por el abogado de la mafia Abelardo de la Espriella, defensor de paramilitares, criminales, asesinos, y amigo cercano del campeón de los capos y ex presidente de Colombia, quien en columnas de prensa y en un libro ha justificado el asesinato del presidente Maduro. En efecto, en su columna titulada “Muerte al tirano”, publicada en El Heraldo en julio de 2017 señaló: “Los venezolanos de bien y la comunidad internacional en pleno deben entender que la muerte de Nicolás Maduro se hace necesaria para garantizar la supervivencia de la República. No se trataría de un asesinato común, sino de un acto patriótico que está amparado por la constitución venezolana y que resulta, por demás, moralmente irreprochable”. Y en marzo de 2018, ese mismo abogado de la lumpen-burguesía colombiana publicó un libro con el mismo título “Muerte al tirano” en donde vuelve a hacer una vulgar apología del asesinato del presidente venezolano.

Podemos concluir, parafraseando a Alfonso Sastre, en una frase que es necesario citar todas las veces que sea necesario: lo peligroso que resulta un micrófono, una cámara de televisión o un procesador de palabras en manos de cretinos y sicarios morales y sobre todo cuando estos gozan de completa impunidad.

Sunday, 08 July 2018 00:00

Palabras que matan

(ARTÍCULO PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA No. 135 FEBRERO 2018)

El 16 de diciembre de 2017, el Ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, afirmó sin inmutarse que los asesinatos de dirigentes sociales, líderes comunitarios y ex guerrilleros no estaban relacionados con sus actividades, sino que, en su “inmensa mayoría”, “son fruto de un tema de linderos, de un tema de faldas, de peleas por rentas ilícitas”.

Esta afirmación, aparte de ser completamente irresponsable, se convierte en una legitimación de los cientos de asesinatos políticos que siguen sucediendo en Colombia. Declaraciones de este tipo forman parte de la muralla desinformativa que se ha erigido en este país, y la cual no se quiere derribar por parte de los voceros del Estado ni de los grandes medios de incomunicación.

Este tipo de lenguaje denota que la lógica terrorista del Estado no se ha atenuado ni una pizca, a pesar de que se genere una retórica paralela de paz y de concordia, que no logra ocultar las dimensiones del lenguaje contra-insurgente y de enemigo interior que se ha creado en este país durante el siglo XX, y que se niega a desaparecer, como lo muestran las infames declaraciones del Ministro de Ofensa (perdón, de Defensa).

Al respecto, vale la pena recordar en forma rápida algunos de los peores ejemplos del uso de un lenguaje que justifica el crimen de los que son considerados como adversarios y enemigos, y cuyas vidas no tendrían ningún valor en esa lógica criminal de tipo contra-insurgente. El asunto se remite a lo sucedido desde 1918, con las primeras manifestaciones y protestas obreras y artesanales, las cuales fueron catalogadas –como sucedió con las huelgas en la costa atlántica y la masacre de artesanos en Bogotá en marzo de 1919– como producto de la acción del bolchevismo. Utilizar ese mote justificaba la muerte de obreros y trabajadores humildes, a los que se les indilgaban propósitos desestabilizadores que estaban muy lejos de su sentir.

El hecho más lamentable en esta misma dirección fue el de la Masacre de las Bananeras, cuando cientos de trabajadores fueron asesinados en diciembre de 1928 por el Ejército colombiano con el pretexto de que los huelguistas se habían convertido en una “cuadrilla de malhechores” que ponía en peligro la estabilidad del país, como producto de la acción de comunistas y anarquistas.

De ahí en adelante, hasta el día de hoy, esa lógica anticomunista y contrainsurgente se ha mantenido, siendo una de sus manifestaciones esenciales el uso de cierto tipo de lenguaje, descalificador, peyorativo y señalador, para legitimar la muerte o la desaparición de aquellos que deberían ser eliminados física y espiritualmente, porque así lo consideran los “colombianos de bien”.

Lo cierto es que ese lenguaje ha sido reiteradamente usado por presidentes de la República, Ministros, parlamentarios, sacerdotes de las altas jerarquías, militares, empresarios…, siempre con las mismas consecuencias. Los ejemplos abundan.

Cuando en junio de 1954 fueron masacrados varios jóvenes en el centro de Bogotá, los voceros del régimen militar se inventaron la versión de que los militares se defendieron de una agresión realizada por miembros del comunismo internacional y por eso dispararon contra inermes estudiantes. En agosto de 1959, durante una pacífica marcha de trabajadores de la caña de azúcar que se dirigía a Cali, fueron asesinados dos corteros en forma aleve por tropas del Ejército. Inmediatamente, el presidente Alberto Lleras Camargo adujo que “los dirigentes del paro son responsables de la tragedia y el desorden”.

En febrero de 1963, luego de que fueron masacrados doce personas en el municipio de Santa Bárbara (Antioquia), entre ellas una pequeña niña, cuando huelguistas intentaban impedir la circulación de camiones con cemento, la prensa, y los voceros del gobierno de Guillermo León Valencia señalaron que el Ejército se había visto obligado a disparar porque había sido atacado por trabajadores “revoltosos, agitadores comunistas y subversivos”.

En septiembre de 1977, el paro cívico nacional fue reprimido sangrientamente y en la ciudad de Bogotá dejó un saldo de una veintena de muertos, los que fueron calificados por los voceros del gobierno de Alfonso López Michelsen como “personeros de la subversión y traficantes de la inconformidad popular”.

El 22 de marzo de 1990 fue asesinado el candidato presidencial de la Unión Patriótica Bernardo Jaramillo. Dos días antes, Carlos Lemos Simonds, Ministro de Gobierno, señaló: “el país ya está cansado y una prueba de ese cansancio es que en estas elecciones votó contra la violencia y derrotó al brazo político de las Farc que es la Unión Patriótica”. En este caso, el lenguaje oficial se convirtió en una orden para matar a un candidato de la izquierda.


Más recientemente, cuando fueron asesinados varios dirigentes sindicales en Arauca, el cinco de agosto de 2004, el vicepresidente de la República, Francisco Santos, los catalogó como terroristas que habían muerto en combate con el Ejército.

La joya de la corona, por sus dimensiones, cinismo e impunidad, se la lleva Álvaro Uribe Vélez cuando hablando del asesinato de varios miles de colombianos, en lo que de manera eufemística se denominó “falsos positivos”, justificó ese crimen diciendo que los muertos “no estaban precisamente recogiendo café”.

La lista podría extenderse hasta llenar cientos de páginas. Solo se trataba de recordar algunos ejemplos del empleo de un lenguaje agresivo que se usa como un arma de guerra, para destruir física y/o moralmente a los adversarios. Con la utilización de dicho lenguaje ya se siembra duda y cizaña sobre una persona determinada, antes o después de matarla.

Por esa razón, declaraciones como las del Ministro de Defensa simplemente proyectan un comportamiento de larga duración, sustentando en la impunidad que genera cinismo y desfachatez, que recurre a un lenguaje deshumanizante y que bestializa a los adversarios. Si dicho lenguaje no tuviera las consecuencias criminales que conocemos y padecemos en este país, el asunto no pasaría de ser meramente anecdótico, pero por desgracia no es así. Y en tal sentido es una manifestación de una lógica contrainsurgente que impregna el comportamiento de las clases dominantes de este país, reafirmada con las influencias de una lógica traqueta, para la cual la vida de los luchadores sociales y políticos no vale nada.

Para ellos, además, se agrega el estigma que tiene efectos aprobatorios entre la población, de señalar que si a alguien lo matan… por algo será, algo habrá hecho. En el caso que comentamos, simplemente decir que a los líderes sociales los aniquilan por líos de faldas, quiere decir que son crímenes pasionales aislados, y no una práctica genocida y sistemática, en la que tiene una responsabilidad central el Estado, las fuerzas armadas y sus socios paramilitares.

Saturday, 07 July 2018 00:00

Hidroituango y el Smartphone

La construcción de represas, como la de Hidroituango, tiene por objeto generar electricidad para satisfacer el consumo de energía en grandes cantidades, sin la cual no podría funcionar la economía capitalista contemporánea. La producción de teléfonos celulares alcanza niveles escalofriantes, hasta el punto que ya en 2014 había más celulares que seres humanos, tanto a escala global, como en Colombia. Eso puede observarse diariamente, con la esquizofrénica utilización del celular desde que las personas se levantan de la cama, hasta que se acuestan, puesto que gran parte de ellas no puede despegarse ni un segundo de ese invasivo artefacto, una prótesis permanente que acompaña a los seres humanos hasta en los momentos más íntimos: cuando satisfacen sus necesidades fisiológicas o cuando tienen relaciones sexuales.

El Smartphone, el celular más avanzado, es una mercancía de consumo masivo a la que se le atribuye vida propia como si funcionara por sí misma en forma milagrosa, sin necesidad de recurrir a ninguna fuerza externa que lo active. Ese fetichismo se basa en la creencia de que esos aparatos son autosuficientes, máxime que pueden prenderse y apagarse en cualquier lugar, conectarse con el mundo exterior, hablar, enviar mensajes, utilizar aplicaciones, escuchar música, rebasando fronteras y superando los límites territoriales.

Esa sensación de autonomía es un espejismo, puesto que el celular funciona con energía, más concretamente con su forma más común: la electricidad. El Smartphone, por más “inteligente” que sea, opera con una batería recargable que se abastece de electricidad. De ahí que las baterías tengan que cargarse de electricidad en una forma esquizofrénica, como lo apreciamos en los aeropuertos, hospitales, universidades, viviendas, en las que todo el tiempo se enchufan sus cargadores para alimentarlos con electricidad, sin la cual no pueden funcionar.

Puede suponerse que el gasto de electricidad de un celular o un Smartphone es mínimo, porque es un pequeño dispositivo microelectrónico que, se nos dice, entre más inteligente menos electricidad consume. Esto ni siquiera es cierto para un aparato individual, porque diversas investigaciones han comprobado que un nuevo celular consume más energía eléctrica que una nevera de tamaño medio. Así, el refrigerador común y corriente consume 322 Kilovatios hora (kWh) al año, mientras que el nuevo celular consume 388 kWh en el mismo período de tiempo, en lo que se incluyen sus conexiones inalámbricas, utilización de datos, la carga de la batería y el almacenamiento de información.

Una diferencia notable radica en que un hogar cuenta en el mejor de los casos con un refrigerador, mientras que en ese mismo hogar puede haber cinco o más celulares, puesto que se ha vuelto casi normal que una persona tenga dos o tres. El problema adquiere una dimensión crítica si tenemos en cuenta que en el mundo hay unos 9 mil millones de celulares, incluyendo viejos y nuevos modelos, y en Colombia hay más de 50 millones. En pocas palabras, existen más celulares que seres humanos. Y eso origina el problema de cómo garantizar el abastecimiento de electricidad para que funcionen esos aparatejos, en apariencia mágicos.

Y aquí es donde viene el nexo con las represas que generan electricidad, porque estas son indispensables para suministrar una creciente oferta de energía, que se usa de muchas formas, pero que cada vez en mayor cantidad es destinada a los Smartphone, cuya producción es un fabuloso negocio para empresas multinacionales. Si se quiere alimentar el crecimiento exponencial en el consumo de Smartphone (del que se dice que se venden 3.7 millones de unidades por día en el mundo entero) es obvio que debe garantizarse la producción de energía eléctrica. Para hacerlo posible se construyen represas, como la de Hidroituango, las cuales suministran electricidad, una parte de la cual se destina al funcionamiento de los artefactos microelectrónicos, que en conjunto ya consumen el 10% de la generación de electricidad mundial.

Y dentro de esos cacharros microelectrónicos es el Smartphone el que más consume electricidad, por la sencilla razón que se utiliza frenéticamente durante el día y la noche por sus poseedores, en la medida en que el celular ya no se emplea solo para llamar por teléfono y hablar, sino que ahora existen múltiples aplicaciones. Eso requiere que los usuarios tengan que conectar sus equipos dos o hasta tres veces al día, con el notable incremento del consumo de electricidad. El paroxismo en el despilfarro de electricidad con el abuso de los Smartphone se encuentra en la artificial necesidad de mantener siempre cargados los aparatos, porque su descarga es considerada como una tragedia, que genera pánico entre sus usuarios.

Por otro lado, debe recordarse que estos aparatos están untados de sangre por varias vías: por los materiales y minerales necesarios para su producción, que generan esclavitud y guerras por los recursos como la del Congo, con millones de muertos en los últimos años, pero también los asesinados (campesinos y pescadores) en los lugares donde se construyen las represas. Y ese es el caso de Hidroituango. De manera que cada vez que el lector de este artículo utilice su Smartphone debería pensar en la sangre virtual contenida en el pequeño aparato que opera hábilmente con sus manos, porque esa sangre ha sido necesaria para impulsar los faraónicos proyectos de “desarrollo” que como el localizado en el Bajo Cauca antioqueño, finalmente se hacen para generar suficiente electricidad para que el Smartphone suene y suene en forma ininterrumpida, aunque su uso enfermizo también contribuya a recalentar nuestro sufrido planeta.

Friday, 01 June 2018 00:00

Karl Marx siempre está de regreso

En la medida en que la lógica del capital se ha ido expandiendo por el mundo –un proceso que tan solo se ha logrado plenamente en los últimos treinta años–, la mercancía se ha impuesto como la razón suprema de la existencia humana. Aparte de ese hecho incontrastable que ha significado convertir a la tierra en un gran bazar planetario, donde todo se compra y se vende, otra característica del capitalismo realmente existente radica en que las mercancías cada vez duran menos, y tiende a dominar lo efímero, lo fugaz, lo instantáneo. El capitalismo es cultor del presente, dimensión temporal que le sirve para reducir la vida humana a pocos actos: comprar, consumir y contaminar. Los seres humanos en este mundo capitalizado hasta los tuétanos no tenemos ni pasado, ni futuro; estamos encadenados al presente hedonista, sin sueños, utopías, ni esperanzas, salvo que consideremos que el celular es la utopía, que el consumo es el sueño del edén hecho realidad y las esperanzas se reducen a poseer una cantidad de cosas inútiles y dañinas, que lanzan las empresas capitalistas a toda hora para envenenar el alma y el cuerpo y destruir los ecosistemas, con tal de obtener fabulosas ganancias.

Esta realidad capitalista domina el mundo material y la producción de ideas, hasta el punto que estas últimas también se han hecho desechables. Como norma dominante, ya no hay ideas sino ocurrencias y disparates, que se venden como si fueran aportes extraordinarios al saber humano, cuando en el fondo son estupideces, como se ve a diario en las universidades del mundo entero, convertidos en centros de la ignorancia generalizada. Esas universidades se parecen cada vez más a los centros comerciales, donde las ideas se hacen desechables, y aunque no tengan ninguna importancia creadora que beneficie a los seres humanos, a sus promotores solo les interesa enriquecerse, como se demuestra con las tonterías que promueven el “pensamiento positivo” y baratijas por el estilo.

Nada ni nadie parecería perturbar ese “mundo feliz” del capitalismo, que habría logrado auto-reproducirse al infinito, mediante la producción ininterrumpida de mercancías y su consumo generalizado. Nada importarían las desigualdades sociales, ni la explotación intensificada de los trabajadores en los cinco continentes, ni la destrucción de los ecosistemas, porque el dominio del capital marcharía hacia el crecimiento eterno, ahora impulsado por las pretendidas nuevas lógicas de acumulación, basadas en el espejismo del dinero como creador de riqueza (D-D', la ficción dineraria), que generarían las nuevas tecnologías informáticas. Este estribillo fue el que se repitió durante dos décadas, tras el fin del socialismo burocrático y la desaparición de la URSS, cuando el triunfalismo del “nuevo desorden mundial” proclamó que habíamos entrado en una nueva época, de dicha eterna, sin crisis, ni sobresaltos para un capitalismo que llegó hasta proclamar el fin de la historia. En ese momento (1989-2007) aparentemente desapareció el nombre que encarna al principal crítico del capitalismo, Karl Marx, a quien se volvió a declarar muerto y se efectuaron muchos cortejos fúnebres en la década de 1990.

El capitalismo y sus ideólogos mundiales, envalentonados con su triunfo en la Guerra Fría, pudieron respirar tranquilos porque el espectro de Marx y el comunismo había pasado a mejor vida. Como ha acontecido en diversos momentos en la historia del capitalismo desde el siglo XIX, la idea coetánea de la muerte de Marx y la consolidación de un capitalismo sin crisis ni contradicciones, resultó ser una especulación sin sentido. Esos ideólogos de la prosperidad eterna del capital hacían suya la pretensión que el propio Marx criticaba con ironía en su tiempo, hablando de las crisis: “Todos quieren la competencia sin sus nefastas consecuencias. Todos quieren lo imposible: las condiciones de vida burguesa, sin las consecuencias necesarias de estas condiciones”. La crisis capitalista que se inició en el 2007, y se mantiene en estos momentos, puso de presente que Karl Marx en realidad nunca se había ido, que su espíritu crítico y combativo siempre nos ha acompañado.

Una semántica revolucionaria
Marx inauguró una tradición teórica hace 170 años, que sigue viva y se mantiene como un instrumento para luchar por la transformación de la realidad capitalista. Haber construido una semántica social y política, radicalmente crítica, es uno de los aportes imperecederos de Marx, cuyo abandono por parte de importantes sectores de ese híbrido que se sigue llamando “izquierda”, ha tenido consecuencias desastrosas. Porque una cosa es la necesidad de actualizar el contenido de los términos con referencia a las modificaciones del mundo real, y otra muy distinta es su abandono con el pretexto de que la realidad ha cambiado tanto que es otra y que para aprehenderla ya no sirven los términos críticos de la tradición teórica de Marx.

Ese cambio de terminología no es fortuito: es el resultado de una estrategia del capitalismo, tendiente a eliminar de la conciencia de los seres humanos la posibilidad de pensar el mundo de otra forma a las ideas dominantes, generadas por el mismo capitalismo. Dejar de utilizar los conceptos de explotación, capitalismo, clases sociales, lucha de clases, plusvalía –para solo mencionar algunas de las desarrolladas por Marx– no es un cambio decorativo, sino que es una mutación decisiva: significa renunciar a las posibilidades analíticas (no solo descriptivas) para comprender la realidad, y sobre todo políticas para enfrentarla.

Cuando se deja de utilizar el término explotación, por ejemplo, se está renunciado a comprender lo que está sucediendo en el mundo del trabajo a nivel mundial y se pierden los nexos existentes entre generación de valor (que efectúan los trabajadores mediante la explotación) y la ganancia obtenida por los capitalistas y acumulada en forma de riqueza monetaria o de capital físico. El abandono del término explotación impide desentrañar lo que se encuentra tras el dato estadístico (apartemente frío), que denota un contenido aberrante de la sociedad capitalista, como el que suministró la ONG Oxfam a comienzos de 2016, cuando se indicó que solamente el 1% de la población mundial tiene más riqueza que el 99% restante. ¿Cómo entender esta tremenda disparidad si no se habla de explotación? Eso nos remite a lo que sucede con los trabajadores por doquier, una gran mayoría de los cuales soporta las condiciones laborales del siglo XIX, y cuya fuerza de trabajo genera la inmensa riqueza que beneficia a una reducida porción de la población mundial, formada por multinacionales y grandes capitalistas.

Marx nos enseñó a usar unos términos que dotan de identidad a los anticapitalistas del mundo y nos suministran unos instrumentos analíticos y políticos, que deben ser enriquecidos porque no son pétreos e inmutables, con el estudio de la realidad concreta. Renunciar a ese lenguaje es perder un soporte básico en la lucha anticapitalista, es como hallarnos huérfanos, sin una brújula que oriente nuestras luchas y acciones. Perder nuestro lenguaje no es cualquier cosa, es deponer de entrada las armas de la crítica radical para enfrentar al capitalismo.

Un pensador crítico
Marx fue un pensador crítico, en tres sentidos. En una primera dirección, la crítica apunta a desentrañar los mecanismos específicos que caracterizan el funcionamiento de las relaciones sociales capitalistas, como una realidad histórica, que ha sido presentada desde sus orígenes como una relación natural, eterna e inmodificable. A esa labor crítica, Marx consagró la mayor parte de su existencia, sobre la que nos dejó unos cimientos invaluables, que se constituyen en las piezas más notables del anticapitalismo jamás escritas y que, por lo mismo, le granjearon el odio eterno de los capitalistas de todas las épocas.

En un segundo sentido, la crítica devela las adulteraciones ideológicas de la “ciencia económica estándar”, que en su tiempo incluía a lo mejor de la economía clásica. Se trataba de demostrar que, tras las categorías de la economía, se ocultaba la pretensión de presentar como natural al capitalismo, como si no fuera una relación social sujeta a sus propias contradicciones, y como si además el fetichismo de esas categorías no fuera la expresión más profunda del fetichismo de la mercancía y el dinero.

Pero Marx no es un crítico que critica porque sí, como sucede a menudo con los iconoclastas o nihilistas, sino que tiene en mente una sociedad alternativa al capitalismo (aunque, por desgracia, en esa dirección haya avanzado poco, por múltiples y variadas razones), lo que es el tercer sentido de la crítica. La apuesta de Marx es por una sociedad emancipada, en la que los productores asociados rijan sus propios destinos.

De estos tres sentidos del término crítica, sobresale el último, si se consideran los intentos fallidos de avanzar en esa dirección durante el siglo XX. En efecto, la derrota de los proyectos anticapitalistas en el intento de construir el socialismo ha hecho que se acepte en algunos círculos liberales y de izquierda del mundo el sentido de la crítica de la realidad capitalista y de las categorías que los encubren, pero que se dude de la posibilidad de alcanzar el tercer sentido de la crítica, el de construir otra sociedad distinta y superadora del capitalismo.

El fracaso de esos proyectos no invalida la urgencia de construir alternativas al capitalismo, porque ahora esa necesidad es más apremiante ante la crisis civilizatoria, que pone en peligro la supervivencia de la humanidad, la terrible realidad que hoy enfrentamos. Aquí hay un punto discutible o que por lo menos requiere precisar algún tipo de matiz. Nos referimos a la idea de Marx sobre la abundancia en una sociedad futura y alternativa al capitalismo. Habría que aclarar qué se entiende por abundancia, si es simplemente el poseer cosas materiales sin límite alguno –lo cual ya sería característico de los países capitalistas super-desarrollados, empezando por Estados Unidos– o hacer extensivo ese consumo de un 20 o 30% de la población mundial al resto de la gente del planeta (un poco como lo que podemos denominar la delirante “opción China”). Este significado material de abundancia es en la actualidad imposible de alcanzar, porque nuestro planeta tierra, el único habitado y habitable, es finito en recursos y en energía, y de él no se puede extraer materia suficiente para concederle a siete mil millones de seres humanos los lujos y despilfarro que caracteriza al habitante promedio de los Estados Unidos. Para que eso fuera posible, se necesitarían nueve planetas como la tierra, de los que no disponemos.

La idea de abundancia en Marx debe ser entendida en un sentido más profundo, que suponga la satisfacción de las necesidades vitales de los seres humanos, junto con las necesidades históricas indispensables, y disfrutar de tiempo libre para enriquecer las relaciones humanas (abundancia de tiempo y de relaciones y no de cosas). Abundancia, en esta dirección, apunta a construir una sociedad plena de vínculos afectivos, con mucho tiempo libre para disfrutar, y sin que el trabajo sea un castigo, ni una pesada carga alienante.

Un pensamiento revolucionario y vivo
La obra de Marx expresa un pensamiento revolucionario fructífero, vivo y en diálogo permanente y crítico con lo más valioso de la ciencia y el conocimiento de su tiempo. Marx se veía a sí mismo como un “devorador de libros”, con lo cual quería decir que estaba al tanto y le interesaba lo que se produjera en términos de conocimiento. Ese saber enciclopédico que caracterizaba a Marx, y sorprendía a quienes lo conocieron, no pretendía acumular saberes o títulos, algo que caracteriza a los pedantes doctores y profesores universitarios de nuestros días, sino que estaba destinado a convertirse en la materia prima de una elaboración intelectual muy original, cuyo objetivo era alimentar la lucha de los trabajadores contra el capital.

Si bien Marx dialogaba con la ciencia de su tiempo, no era un cientificista convencional, que atesoraba saberes para él, sino que consideraba que “quienes tienen la suerte de poder dedicarse a los estudios científicos deben ser también los primeros en poner sus conocimientos al servicio de la humanidad”. Un saber al servicio de la humanidad es un lema que resume lo que era y quería Marx, y también debería guiar la actividad de los trabajadores del pensamiento y de los militantes revolucionarios que procuran seguir la senda anticapitalista de Marx en nuestros días.

En ese esfuerzo intelectual, Marx fue influido por lo más notable del pensamiento de su época, el fermento que nutre su síntesis crítica, y por supuesto, también por concepciones eurocentristas, progresistas y evolucionistas. Estos son algunos aspectos que resaltan los críticos de Marx, entre los que se incluyen algunos poscolonialistas, desconociendo que gran parte de las afirmaciones eurocentristas y progresistas fueron rectificadas en otras obras, lo que desde luego no implica desconocer algunas páginas desafortunadas como las que escribió sobre Simón Bolívar. Así, para señalar un ejemplo, la afirmación de Marx a comienzos de la década de 1850, sobre las pretendidas bondades del capitalismo inglés en su expansión por la India, son superadas con la demoledora crítica que realiza años después sobre el carácter colonialista y opresor de ese capitalismo, no solo en el continente asiático sino en el propio suelo europeo, como acontecía en Irlanda.

La vida y lucha de Marx demuestra su carácter de revolucionario, comunista y anticapitalista. Hoy no nos sirve un Marx “políticamente correcto”, momificado para regocijo de los apologistas del capitalismo, sino aquel pensador radical que nos invita a sublevarnos en el siglo XXI, como él lo hizo durante el siglo XIX. Por eso, las nuevas generaciones seguirán escuchando el trueno relampagueante de Karl Marx, un pensador que nunca se fue, sino que siempre vivió entre nosotros, en las luchas abiertas o encubiertas que nunca han cesado de librar los trabajadores y los explotados y oprimidos del mundo entero contra el sistema del capital.

Tuesday, 08 May 2018 00:00

La letra con sangre entra

Pedagogía del Lejano Oeste (Far West)

Las masacres en los Estados Unidos se han convertido en un elemento característico de la identidad de los habitantes de ese país. En cualquier lugar y en el momento menos pensado irrumpe algún matón que, a sangre fría, asesina a las personas que encuentre a su paso, en iglesias, cines, discotecas, plazas públicas o en universidades y escuelas. Esos asesinos, Made in USA, son un resultado de esa “cultura de la muerte” que se ha gestado desde hace varios siglos, cuando se permitió la matanza indiscriminada de indígenas y negros africanos esclavizados a la brava. Son tristemente célebres los linchamientos de negros y las masacres de indígenas, para apropiarse de sus tierras, durante la brutal expansión hacia el Lejano Oeste en el siglo XIX. Esa cultura de la muerte se sustenta en el individualismo, en el darwinismo social, en el racismo, en la competitividad, como rasgos esenciales del capitalismo, que en los Estados Unidos se ejercen con inusitada violencia hacia quienes se ven como “enemigos” internos o externos.

Un rasgo esencial de esa cultura de la muerte es el endiosamiento a las armas, a las cuales se les exalta como un instrumento de libertad, hasta el punto que, según la Segunda Enmienda Constitucional, portar armas es un derecho individual, que ni el gobierno federal ni los gobiernos estatales ni locales pueden restringir, es decir, legalmente existe una carta franca para matar.

Ese derecho a matar es propugnado a nombre de la libre empresa por los productores de armas, a quienes beneficia un libre mercado de instrumentos bélicos, como se muestra con algunas cifras en sí mismas contundentes: en 2009 ya habían más armas (310 millones) que habitantes (306 millones) en el territorio estadounidense; en 2012, los civiles tenían a su disposición 114 millones de pistolas, 110 millones de rifles y 86 millones de escopetas, según un informe del Servicio de Investigación del Congreso; en 2013, último año del que hay cifras oficiales, se vendieron 16,3 millones de armas de fuego en ese país, o sea, 44.889 armas al día.

Al mismo tiempo, un poderoso lobby, encabezado por la Asociación Nacional del Rifle, fundada en el siglo XIX, efectúa una campaña permanente para que la libertad de portar armas no sea restringida. Dicha asociación cuenta entre sus principales impulsores a los republicanos y a la extrema derecha civil, así como a muchas iglesias evangélicas, defensoras incondicionales de la utilización de las armas de fuego por parte de sus feligreses.

La venta de armas es libre para cualquier persona en los Estados Unidos, incluso se les vende armas a niños y hasta a bebés. Por ejemplo, en 2007, Howard David Ludwig, alias 'Bubba', obtuvo su permiso de armas en Chicago a los 10 meses de edad. En el documento con el que se le vendió el arma, registrada a nombre de él, pero por supuesto adquirida por sus padres, se precisaba que el tenedor de la licencia tiene una estatura de 68 centímetros y pesaba nueve kilos.

Las escuelas y universidades se encuentran entre los sitios predilectos para realizar matanzas y tiroteos. A raíz de la masacre en una escuela de La Florida, con 17 muertos, han surgido novedosas propuestas “pedagógicas”, que vale la pena comentar por su notable contenido educativo. Así, el presidente de Estados Unidos propuso que los profesores se armaran, no precisamente de valor, sino con armas de fuego, para defenderse de posibles ataques. En concreto sostuvo: “Hay algo que se llama portar armas de forma oculta, y que solo funciona cuando tienes a gente entrenada para ello. Los profesores tendrían un permiso especial, y (la escuela) ya no sería una zona libre de armas”. Para rubricar su propuesta agregó que se podrían enviar “profesionales”, marines, a las escuelas, como forma de enfrentar el problema. Poco después, Donald Trump precisó su “humanitaria” propuesta: "Un 20% de profesores tendría la posibilidad de disparar inmediatamente si un loco salvaje se presenta en un colegio con malas intenciones. Una escuela libre de armas es un imán para la gente malvada”.

La “solución” que propone el presidente de los Estados Unidos es propia de la mentalidad guerrerista predominante en ese país, cuya consigna es solucionar el problema de las armas no mediante su eliminación o reducción, sino con más armas. En el caso de los profesores, eso quiere decir que la idea es darles armas y entrenamiento bélico a 640 mil maestros en todo el territorio estadounidense.

En lugar de proporcionarle a las escuelas y a sus estudiantes y maestros, cosas como bibliotecas, libros, música, arte… se les ofrece armas. De concretarse esa propuesta, se estaría armando con rifles, pistolas y escopetas a un 20 por ciento de profesores, y el 80 por ciento restante quedaría ahora a expensas no solo de estudiantes, sino de sus propios colegas.

Introducir armas en las escuelas tienen un efecto directo en la propia esencia de la educación, que es la de alimentar la diversidad de puntos de vista sobre un tema, discutir, controvertir, dudar, preguntar, sin que eso sea constreñido, menos recurriendo a la violencia física. Nada de eso tendrá sentido con profesores y estudiantes armados. Ningún debate o exposición de algún punto de vista controversial podrá efectuarse, cuando se corre el peligro de que cualquier debate, discusión o diferencia, termine con un duelo armado en la propia aula de clase.

Ya hay evidencia de lo que afirmamos. En la Universidad de Houston, en Texas, se dictan talleres en los que se brindan recomen-daciones a sus docentes de cómo defenderse en caso de algún ataque armado por parte de estudiantes. Y entre las indicaciones que allí se sugieren se encuentra la de “ser cuidadoso a la hora de discutir un tema sensible”, “eliminar ejes temáticos delicados del plan de estudio”, “no intervenir en determinadas situaciones si se está enfadado” o “limitar el acceso de los alumnos fuera de las horas lectivas”. En pocas palabras, ya lo más importante no son las ideas ni la capacidad de argumentación, sino las armas. Armados con esos instrumentos bélicos, en las aulas de clase se van a revivir los duelos del siglo XIX en el lejano oeste, cuando cualquier matón imponía su ley.

En los Estados Unidos se hace realidad uno de los principios rectores de la pedagogía represiva y autoritaria de todos los tiempos, que afirma que la letra con sangre entra, puesto que ahora los profesores pueden educar con el ejemplo de dispararles a sus estudiantes y estos pueden mostrar todo lo que han aprendido matando a sus profesores y a sus compañeros de clase. Como en Estados Unidos todo se mide en sangre, como en la guerra con el body count, el recuento de cadáveres, ahora el nivel y seriedad de la educación se medirá con un nuevo y novedoso ranquin: la cantidad de sangre que anualmente reporta una escuela o una universidad, de acuerdo al número de muertos, profesores y estudiantes, que en ese año se registren. ¡Esa sí que es una novedosa contribución a la cultura universal!

Hay acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, y son cruciales, porque revelan las cosas necesarias para que una sociedad funcione todos los días. Uno de estos acontecimientos ha sido la acumulación de basuras en la ciudad de Bogotá. Este hecho elemental de recoger la basura pone de presente la trascendencia de unos trabajadores nunca nombrados, sin cuya labor silenciosa, anónima y despreciada, no podría funcionar en forma normal una ciudad extensa y superpoblada como Bogotá. Sí. Esos trabajadores, los recolectores de basura, los recicladores, los cartoneros. Sin ellos ninguno de nosotros podría habitar en Bogotá o en cualquier lugar en que se necesite recoger las toneladas de desechos que producimos, como parte de la lógica destructiva y contaminante que caracteriza al capitalismo. Sin esos recolectores, Bogotá apestaría (más de lo que hoy apesta), y las miles de toneladas dejadas de recoger producirían gases tóxicos y líquidos venenosos que en cuestión de semanas causarían una pandemia apocalíptica, que afectaría en forma fulminante el corazón y los pulmones de miles de personas, y frente al cual lo que se cuenta en El diario del año de la peste, la novela de Daniel Defoe (convertida en el Año de la Peste, la película de Felipe Cazals, con guion de Gabriel García Márquez), sería juego de niños.

Sin embargo, pese a su importancia, en esta crisis de basuras los trabajadores no son nombrados, a nadie le importan. Al respecto, en esta coyuntura de desaseo generalizado deberían hacerse cuestionamientos de fondo, relativos a las miserables condiciones de trabajo y de vida que soportan miles de seres humanos que desde las primeras horas del día salen a efectuar un trabajo duro, sorteando peligros diversos, que les pueden costar la vida a ellos y a sus familiares, por enfermedades y contaminaciones que resultan de tratar con desechos orgánicos e inorgánicos. Nadie quiere saber de la existencia de ese proletariado de la basura, solo importa que ellos quiten de nuestros ojos los desechos que producimos, los lleven lejos de nuestra presencia, sin interesar el destino de este enjambre de hombres, mujeres y niños.

Con la crisis de las basuras en la capital de Colombia emerge la figura del recolector de basuras, que trabaja para la empresa Aguas de Bogotá (en proceso de liquidación), cuyos 3700 trabajadores van a ser despedidos por la administración de Enrique Peñalosa, para concederle el negocio a sus amigos. A este personaje y a sus compinches, no les interesa ni la suerte ni la vida de esos miles de trabajadores, cuyo sustento depende de recoger basuras, una actividad sin la cual no podríamos vivir.

Los recolectores de basura de Aguas de Bogotá ven en peligro su futuro inmediato, porque al menos tres mil de ellos van a ser expulsados y no se les renovará contrato. Los otros miles de recolectores, la inmensa mayoría, que trabajan por su cuenta y riesgo, alcanzan escasamente un ingreso diario de 20 mil pesos (menos de diez dólares), por efectuar esta labor de utilidad pública y social.

Pero mientras esto sucede, a través de los medios de desinformación, y principalmente ahora por las redes antisociales, se difunden todos los días y a toda hora, chismes sobre la estrafalaria vida de los “famosos” (James Rodríguez, Falcao García y Shakira…), como si su existencia y las estupideces que a diario dicen o realizan, fueran trascendentales para la vida de todos los colombianos. Mientras que los recolectores de basura son despreciados y tratados como delincuentes y criminales, los medios de desinformación masivos (empezando por los noticieros deportivos y de farándula) adulan a esos famosos, que se han convertido en delincuentes de cuello blanco y de alta alcurnia, puesto que los mencionados arriba son, sin excepción alguna, evasores de impuestos, ladrones del fisco español, hasta el punto que uno de ellos, Falcao García, tuvo que pagar 6.5 millones de euros en multa. Si esa es la multa, no es difícil suponer la magnitud de su delito (que ameritaría cárcel de varios años).

Como muestra de la injusticia del capitalismo local y mundial, mientras que los recolectores de basura se mueren de hambre o subsisten con los mismos desechos que recogen, los “famosos”, cuya actividad es innecesaria, ganan millones de euros en salario, por efectuar cosas que no tienen ninguna importancia para la sociedad. Una sociedad, cualquiera que sea, puede vivir sin las patadas del futbol de James o Falcao y sin los aullidos destemplados de una bailarina que a veces trata de cantar, como Shakira. Si estos dejaran de existir o de hacer lo que hacen, de ninguna manera eso representaría un colapso social, ni mucho menos. Pero con los recolectores y recicladores no sucede lo mismo: sin ellos, literalmente hablando, no podríamos vivir.

El culto a los ricos y poderosos conduce a creer que son estos los que serían imprescindibles, lo que evidencia que en el capitalismo de hoy lo que de verdad cuenta y vale, tiene un precio inversamente proporcional a su valor real para la sociedad. Así, los recolectores de basura, con una función social de primer orden, valen menos que la basura que recogen, mientras quienes como Shakira desempeñan labores baladíes en términos del metabolismo material de la sociedad, obtienen ganancias aberrantes, que no se corresponden para nada con la nula importancia de lo que hacen. Por ejemplo, Falcao y James ganan en forma neta, libre de impuestos y deducciones, 750 mil euros al mes (2625 millones de pesos), mientras que Shakira recibe 4 millones de euros al mes (133 mil euros cada día, equivalentes a 465 millones de pesos). Esta última cifra de los ingresos diarios de una persona como Shakira, corresponden a lo que un reciclador de basuras, suponiendo en forma optimista que devengue el salario mínimo mensual de hoy en Colombia (780 mil pesos, o 260 dólares), ganaría en 50 años. Así de injusto e irracional: el recolector de basura, esencial para todos nosotros, va a ganar en medio siglo, lo que una persona que no desempeña ninguna actividad que sea importante para la sociedad, gana en 24 horas.

Aunque esto sea lo que existe en términos salariales, esa desigualdad demencial no puede ocultar ni negar –como se ejemplifica en estos días de acumulación de basuras en Bogotá– que vale más para la subsistencia de una sociedad recoger basuras que dar patadas a un balón o entonar gritos estridentes. Como lo ha dicho el crítico literario inglés Terry Eagleton, “buena parte de ese trabajo sucio y peligroso […] podría ser realizado por antiguos miembros de la familia real (inglesa)”. A lo que podemos agregar que el trabajo sucio, duro y peligroso, de recoger basura, debería ser realizado por todos nosotros, incluyendo a los “famosos” que no hacen nada importante en la vida, aparte de generar basura material y contaminación espiritual.

Por lo demás, a los trabajadores de todos los sectores, precarizados y explotados en forma intensiva como los recolectores de basura, bien les cabe emprender una lucha organizada y colectiva con la actualización de la célebre formula del Manifiesto Comunista: “¡Basuras del mundo, uníos!”.

Monday, 09 April 2018 00:00

Borrar el pasado

En el mundo entero, y Colombia no es la excepción, la extrema derecha alienta un proyecto negacionista sobre el pasado, que consiste en rechazar la investigación, enseñanza y difusión de los crímenes del capitalismo y de las atrocidades de dictaduras militares y gobiernos colaboracionistas con los grandes poderes imperialistas. Dicho negacionismo busca borrar el pasado e imponer una verdad oficial, a la cual deben sujetarse los ciudadanos de un determinado país, so pena de ser juzgados y condenados por ponerla en cuestión. El hecho más reciente es el del gobierno derechista de Polonia, que el seis de febrero aprobó una ley que castiga con condenas de hasta tres años de cárcel a quienes afirmen que el Estado o el pueblo polaco estuvieron vinculados con los crímenes nazis, cuando ese territorio estuvo ocupado por las tropas hitlerianas.

Esta postura se sustenta en un patriotismo torpe y barato que llega al extremo de prohibir el uso de expresiones como “campos de concentración polacos”, “nazis polacos” y “campos de muerte polacos”, y a criminalizar a quien las utilice, no solo dentro del territorio de Polonia sino en cualquier lugar del mundo.

La turbia persecución y censura ya empezó a operar contra el periódico Página 12 y el periodista Federico Pavlovsky, sudamericano, concretamente de Argentina. En días recientes, una ONG polaca, denominada La Liga Polaca contra la Difamación, cuyo segundo nombre es Reducto del Buen Nombre, y aliada directa del gobierno de extrema derecha, presidido por Andrzej Duda, decidió demandar a Página 12. Esa organización cree que Polonia es tan grande e inmaculada que hasta puede juzgar a cualquier extranjero, sin importar dónde se encuentre, como si las leyes nacionales tuvieran un carácter de extra-territorialidad que permita aplicarla en cualquier sitio del planeta tierra. Además, se supone que esas leyes operan con retroactividad, lo cual indica el rigor intelectual y la sapiencia de sus impulsores. Así, el periódico señalado ha sido demandado porque el 18 de diciembre de 2017 publicó un artículo, con el título de Rostros familiares, que es encabezado por la foto de cuatro cadáveres de la resistencia anticomunista polaca de después de la Segunda Guerra Mundial. Esa ONG acusa a Página 12 de "manipular" la información con el objetivo de "dañar a la nación polaca y la imagen de los soldados polacos" y de "engañar conscientemente" a sus lectores para hacer "creíble la tesis del antisemitismo polaco".

En el artículo se hace referencia a un hecho histórico puntual, que aconteció el 10 de junio de 1941, en el pequeño pueblo de Jedwabne, en la Polonia ocupada por los nazis. En ese pueblo de solo 3000 habitantes fueron masacrados 1600 judíos por el resto de habitantes polacos: “Ese día, mil quinientas personas mataron o vieron matar a otras mil seiscientas, éstas últimas de origen judío, y en el exterminio no hubo ninguna distinción entre hombres, mujeres, niños y ancianos”. Resulta llamativo de esta masacre que no fuera ordenada por los nazis, sino que fuera un crimen colectivo efectuado por “pacíficos vecinos”, comunes y corrientes, que de repente procedieron a torturar y masacrar a quienes eran sus amigos y/o conocidos.

Según el historiador polaco-estadounidense Jan Gross, quien escribió el libro Vecinos, que desnuda este suceso histórico, fue un asesinato en masa “en un doble sentido, por el número de las víctimas y por el número de los verdugos. Los mataron de modo frenético, barbárico, y de múltiples maneras, a unos con herramientas de metal, a otros a cuchilladas, a otros a estacazos”. Según Pavlovsky, “uno de los elementos más perturbadores de esta historia es que rompe el arquetipo de monstruo que comete actos inhumanos”, porque “los verdugos fueron unos polacos normales y corrientes”.

Sin embargo, para el actual gobierno de Polonia, hablar de estas atrocidades es inaceptable porque cuestiona la pretendida pureza y heroicidad de los polacos, nacionalistas, católicos y anticomunistas, de los que ellos se proclaman descendientes.

Pero si por Polonia llueve negacionismo histórico, en Colombia no escampa en materia de borrar el pasado. La prueba más elocuente son las continuas alusiones de la representante del Centro (Anti)Democrático, María Fernanda Cabal, quien ha dicho que “la masacre de las bananeras es otro de los mitos históricos de la narrativa comunista” y que “fueron más los soldados asesinados en esa confrontación, donde el sindicato fue penetrado por la Internacional Comunista”. En cuanto a los asesinatos de Estado, que alcanzaron su máximo nivel en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, los justificó diciendo que “parece que esos muchachos (víctimas de falsos positivos) habían cometido muchos crímenes”.

Estas afirmaciones son producto de la ignorancia, de un desprecio hacia aquellos que fueron asesinados por las Fuerzas Armadas de este país, y de una exaltación de los crímenes que estas han cometido, por defender la santa propiedad privada de la oligarquía criolla. A borrar los crímenes de esas Fuerzas Armadas y de los “hombres de bien de la patria”, como los grandes terratenientes y ganaderos, gremio al que está ligada directamente la mencionada congresista, y a presentarlos como héroes, se dirige ese intento de borrar el terrible pasado, y presente, de la sociedad colombiana. Por ello, tampoco sorprende que uno de los objetivos centrales de la extrema derecha colombiana, en cabeza de un criminal de guerra, cuyos principales amigos son paramilitares, sea el de impedir que no funcione ninguna comisión de la verdad ni que sean juzgados los empresarios patrocinadores de miles de asesinatos, torturas y desapariciones realizadas en Colombia. De llegar a triunfar en las próximas elecciones presidenciales ese sector, no sería extraño que se impulsara una ley por el estilo de la de Polonia.

Para que los colombianos no sepan que en este territorio se han cometido crímenes similares a los de los nazis, como los hornos crematorios (en Antioquia y Santander) para matar y desaparecer a humildes colombianos; que fueron asesinados cerca de diez mil colombianos entre 2002 y 2010 por miembros de las Fuerzas Armadas, cumpliendo órdenes del presidente y los ministros de defensa, solamente para presentar resultados positivos en la lucha contra-insurgente; que durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978-1982) se generalizó la tortura a los presos políticos; o que en la retoma del Palacio de Justicia fueron asesinados y desaparecidos por el Ejército decenas de trabajadores y visitantes de ese lugar…

Como bien lo dice el dramaturgo y novelista Miguel Torres en su libro La invención del pasado, sobre ese intento de borrar el pasado que tanto caracteriza a las clases dominantes, haciendo alusión a los sucesos del Palacio de Justicia: “Solitarias y vestidas de luto en un rincón de la plaza de Bolívar, se ven mujeres levantando los retratos de los empleados de la cafetería que los militares se llevaron del Palacio de Justicia y que hasta hoy no han vuelto a aparecer. Nadie se acerca a ellas. Dicen que eso no es cierto, que no ha pasado nada, que no hay desaparecidos, ni guerra, ni masacres, ni centenares de miles de muertos, que la gente como ha olvidado todo lo inventa todo. Eso es lo que dicen”.

Saturday, 03 February 2018 19:00

Palabras que matan

El 16 de diciembre de 2017, el Ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, afirmó sin inmutarse que los asesinatos de dirigentes sociales, líderes comunitarios y ex guerrilleros no estaban relacionados con sus actividades, sino que, en su “inmensa mayoría”, “son fruto de un tema de linderos, de un tema de faldas, de peleas por rentas ilícitas”.

Esta afirmación, aparte de ser completamente irresponsable, se convierte en una legitimación de los cientos de asesinatos políticos que siguen sucediendo en Colombia. Declaraciones de este tipo forman parte de la muralla desinformativa que se ha erigido en este país, y la cual no se quiere derribar por parte de los voceros del Estado ni de los grandes medios de incomunicación.

Este tipo de lenguaje denota que la lógica terrorista del Estado no se ha atenuado ni una pizca, a pesar de que se genere una retórica paralela de paz y de concordia, que no logra ocultar las dimensiones del lenguaje contra-insurgente y de enemigo interior que se ha creado en este país durante el siglo XX, y que se niega a desaparecer, como lo muestran las infames declaraciones del Ministro de Ofensa (perdón, de Defensa).

Al respecto, vale la pena recordar en forma rápida algunos de los peores ejemplos del uso de un lenguaje que justifica el crimen de los que son considerados como adversarios y enemigos, y cuyas vidas no tendrían ningún valor en esa lógica criminal de tipo contra-insurgente. El asunto se remite a lo sucedido desde 1918, con las primeras manifestaciones y protestas obreras y artesanales, las cuales fueron catalogadas –como sucedió con las huelgas en la costa atlántica y la masacre de artesanos en Bogotá en marzo de 1919– como producto de la acción del bolchevismo. Utilizar ese mote justificaba la muerte de obreros y trabajadores humildes, a los que se les indilgaban propósitos desestabilizadores que estaban muy lejos de su sentir.

El hecho más lamentable en esta misma dirección fue el de la Masacre de las Bananeras, cuando cientos de trabajadores fueron asesinados en diciembre de 1928 por el Ejército colombiano con el pretexto de que los huelguistas se habían convertido en una “cuadrilla de malhechores” que ponía en peligro la estabilidad del país, como producto de la acción de comunistas y anarquistas.

De ahí en adelante, hasta el día de hoy, esa lógica anticomunista y contrainsurgente se ha mantenido, siendo una de sus manifestaciones esenciales el uso de cierto tipo de lenguaje, descalificador, peyorativo y señalador, para legitimar la muerte o la desaparición de aquellos que deberían ser eliminados física y espiritualmente, porque así lo consideran los “colombianos de bien”.

Lo cierto es que ese lenguaje ha sido reiteradamente usado por presidentes de la República, Ministros, parlamentarios, sacerdotes de las altas jerarquías, militares, empresarios…, siempre con las mismas consecuencias. Los ejemplos abundan.

Cuando en junio de 1954 fueron masacrados varios jóvenes en el centro de Bogotá, los voceros del régimen militar se inventaron la versión de que los militares se defendieron de una agresión realizada por miembros del comunismo internacional y por eso dispararon contra inermes estudiantes. En agosto de 1959, durante una pacífica marcha de trabajadores de la caña de azúcar que se dirigía a Cali, fueron asesinados dos corteros en forma aleve por tropas del Ejército. Inmediatamente, el presidente Alberto Lleras Camargo adujo que “los dirigentes del paro son responsables de la tragedia y el desorden”.

En febrero de 1963, luego de que fueron masacrados doce personas en el municipio de Santa Bárbara (Antioquia), entre ellas una pequeña niña, cuando huelguistas intentaban impedir la circulación de camiones con cemento, la prensa, y los voceros del gobierno de Guillermo León Valencia señalaron que el Ejército se había visto obligado a disparar porque había sido atacado por trabajadores “revoltosos, agitadores comunistas y subversivos”.

En septiembre de 1977, el paro cívico nacional fue reprimido sangrientamente y en la ciudad de Bogotá dejó un saldo de una veintena de muertos, los que fueron calificados por los voceros del gobierno de Alfonso López Michelsen como “personeros de la subversión y traficantes de la inconformidad popular”.

El 22 de marzo de 1990 fue asesinado el candidato presidencial de la Unión Patriótica Bernardo Jaramillo. Dos días antes, Carlos Lemos Simonds, Ministro de Gobierno, señaló: “el país ya está cansado y una prueba de ese cansancio es que en estas elecciones votó contra la violencia y derrotó al brazo político de las Farc que es la Unión Patriótica”. En este caso, el lenguaje oficial se convirtió en una orden para matar a un candidato de la izquierda.


Más recientemente, cuando fueron asesinados varios dirigentes sindicales en Arauca, el cinco de agosto de 2004, el vicepresidente de la República, Francisco Santos, los catalogó como terroristas que habían muerto en combate con el Ejército.

La joya de la corona, por sus dimensiones, cinismo e impunidad, se la lleva Álvaro Uribe Vélez cuando hablando del asesinato de varios miles de colombianos, en lo que de manera eufemística se denominó “falsos positivos”, justificó ese crimen diciendo que los muertos “no estaban precisamente recogiendo café”.

La lista podría extenderse hasta llenar cientos de páginas. Solo se trataba de recordar algunos ejemplos del empleo de un lenguaje agresivo que se usa como un arma de guerra, para destruir física y/o moralmente a los adversarios. Con la utilización de dicho lenguaje ya se siembra duda y cizaña sobre una persona determinada, antes o después de matarla.

Por esa razón, declaraciones como las del Ministro de Defensa simplemente proyectan un comportamiento de larga duración, sustentando en la impunidad que genera cinismo y desfachatez, que recurre a un lenguaje deshumanizante y que bestializa a los adversarios. Si dicho lenguaje no tuviera las consecuencias criminales que conocemos y padecemos en este país, el asunto no pasaría de ser meramente anecdótico, pero por desgracia no es así. Y en tal sentido es una manifestación de una lógica contrainsurgente que impregna el comportamiento de las clases dominantes de este país, reafirmada con las influencias de una lógica traqueta, para la cual la vida de los luchadores sociales y políticos no vale nada.

Para ellos, además, se agrega el estigma que tiene efectos aprobatorios entre la población, de señalar que si a alguien lo matan… por algo será, algo habrá hecho. En el caso que comentamos, simplemente decir que a los líderes sociales los aniquilan por líos de faldas, quiere decir que son crímenes pasionales aislados, y no una práctica genocida y sistemática, en la que tiene una responsabilidad central el Estado, las fuerzas armadas y sus socios paramilitares.

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