Lo que deja un desplazamiento forzado: La historia de Denis Sofía

Denis Sofía Pallares es una campesina de Puerto Rico, Sur de Bolívar. Allí nació con sus diez hermanos y juntos crecieron con sus padres, sus abuelos y su tía Rosita. Denis Sofía es una mujer vivaz, inquieta, inteligente y emprendedora; tenía todo para lograr una vida holgada, llena de satisfacciones materiales y espirituales, pero los paramilitares la hicieron abandonar su tierra, con su marido y sus hijos. En varias ocasiones tuvieron que dejar todo tirado: tierra, ganado, afectos, anhelos y proyectos.{jcomments on}

En Puerto Rico terminé el bachillerato. Y como ya a una grandecita le da por buscar la ciudad, me fui para Cartagena. Tenía entonces 18 años. Eso fue como en 1988, y en el 89 se me presentó la oportunidad de viajar a la isla de San Andrés y yo no la desaproveché. Allí trabajé en ventas hasta que conocí al señor Chafft, quien me enseñó a trabajar en la radio: hacía publicidad y terminé haciendo programas para la radio comunitaria en Radio Leda Internacional. Fueron cuatro años deliciosos.

Pero al final me cansé y me vine para Medellín. No sé por qué pero me había dado por recorrer el país, aprovechando que tenía familiares en muchas partes. En Medellín estuve un buen tiempo y después me volví para la finca con mi mamá. Todo eso por allá es una zona minera; pero sobre todo más adentro de la finca, por allá por Casa de Barro. Y para allá me fui. Me casé con un minero independiente y vivíamos muy bien. Lo conocí porque comencé a llevar mercancía de Medellín para vender en los pueblos. Él tenía su entable: los barriles, el socavón, todo completo. Y allá nos organizamos muy cerca de la finca de mi suegro.

Mi suegro llevaba más de 30 años de vivir por allá en Casa de Barro, entonces había colonizado una extensión muy grande de tierra que habían repartido entre él y mi esposo, más o menos 30 hectáreas para cada uno; el socavón quedaba justamente allí. Y llegaban ingenieros de Bogotá a examinar las tierras y encontraban con sus aparatos que prácticamente por toda la finca había oro. Entonces fuimos ampliando el entable, porque cuando un hombre como mi esposo, un minero juicioso, consigue una mujer se organiza mejor. Sacábamos oro del socavón y criábamos animales en la finca. Incluso yo criaba en la casa gallinas y marranos. Allá, mejor dicho, teníamos de todo.

Pero entonces empezaron a merodear por ahí las AUC y comenzaron a hacer sus estragos horribles. Con decirle que en el corregimiento El Coco, de Tiquisio, un corregimiento vecino del de nosotros, hacían muchos estragos, cogían las cabezas de las personas y las arrancaban con motosierras. ¡Hubo en ese entonces tantos muertos por allá! Con decirle que mataron a un muchacho comerciante que llevaba más de doce años de vivir por allá. Le pidieron un vaso de agua y cuando volteó, ahí mismo tas tas, lo mataron. Después dijeron que era cómplice de la guerrilla. Las cosas que hacían eran terribles. Cogían, mochaban el brazo izquierdo de la persona, y con el brazo derecho lo obligaban a llevarlo por toda la calle. Se desangraba, eso era una cosa aterradora. ¿Sabe qué hacía la gente? Cerraba las puertas para no verlo. Le cortaban los testículos a los hombres con las motosierras, los brazos, los picaban pequeñiticos, la cabeza, todo.

Todos lo sabían, pero nadie decía nada porque era poner la propia vida en peligro. Desafortunadamente por eso es que el desplazado no puede denunciar, por salvar su vida, y por eso es que la gente viene a denunciar ya a los 6 o 7 años, y el gobierno no entiende que uno lo hace por protección de uno mismo. Porque lo primero que le dicen a uno es que si denuncia ahí mismo, “vaya donde vaya, lo encontramos y lo matamos”.

Todo empezó porque mi marido compró 6 mulas para poder traer del pueblo las provisiones para la mina y para la casa. Y como un día se negó a prestarles una mula, porque de todas formas las mulas las teníamos era para nosotros, eso fue suficiente para decirle que desocupáramos la zona. Ellos querían las mulas para hacer sus cargas. Muchas veces era para trasladarse de un lugar a otro, porque los caminos son muy largos y allá las mulas son el transporte para todo. También se volvía un lío negarse a cargarles los víveres desde el pueblo o el mercado.

Pero una cosa es que uno cuente y otra cosa es que uno lo viva. Yo me acuerdo cuando hicieron desplazar a mi suegro: el pobre se ensucio en la ropa del mismo susto. Yo estaba embarazada de un niño que tiene 8 años. Eso sí fue un desplazamiento, porque por mucho tiempo nos tocó andar de un lado para otro. Primero nos fuimos para Magangué y allí estuvimos como seis meses. Después nos fuimos para Sincelejo y nos quedamos otros seis meses. Al principio nos íbamos para las plazas a pedir cositas. Pero nosotros lo que estábamos era acostumbrados a trabajar y vivir de nuestro trabajo. La ciudad para nosotros ha sido muy dura, porque en la finca estábamos acostumbrados a tenerlo todo: si usted se quiere comer una gallina criolla, ahí tiene uno su gallina criolla. Que quiere comer huevos, ahí tiene sus huevos criollos y frescos, que si usted quiere un tomate, todo, uno tiene toda la legumbrería ahí fresca y uno no se vara por nada. Que leche, ahí está la vaca, y así sucesivamente, que el cuero, que el queso. En el campo se vive muy bien.

En Magangué pusimos un puestecito de tomate, de cebolla y así. Pero todo nos tocaba comprarlo. Imagínese, de eso vivíamos, con 2000 pesitos diarios que nos dejaba la venta. A Sincelejo nos fuimos buscando un barriecito de invasión donde ya se habían ubicado los suegros. Mi esposo se puso a vender pollitos en cajas, a 2000 pesitos. Pero no nos adaptábamos, porque estábamos pasando muchas necesidades, hambre inclusive. Por eso lo primero que hicimos en Sincelejo fue sacar la declaración de desplazados ante la Personería para inscribirnos en los programas del gobierno, pero en realidad no recibimos ninguna ayuda.

De ahí nos fuimos para Santa Rosa, sur de Bolívar. Pero duramos poquito. De ahí nos fuimos para otra finca minera, Mina Argolla. Ya teníamos como el año de estar ahí cuando llegaron buscándonos. A eso de media noche subió un amigo a avisarle: “Eduard, Eduard – gritó desde la ventana, sin tocar la puerta-, perdete que te están buscando, pero es ya”. Y mi esposo se levantó, se puso encima lo primero que encontró y se echó al monte. Yo me fui a terminar la noche donde una vecina y en la madrugada también salí. Mis pertenencias eran apenas lo que llevábamos encima mi hijo y yo. En Santa Rosa nos encontramos y decidimos que nos veníamos definitivamente para Medellín porque aquí ya no nos perseguirían y porque podíamos llegar donde mis hermanos. Yo estaba ya embarazada de la niña, y el susto tan terrible que viví la afectó tanto que quedó con problemas de lenguaje y bien afectada psicológicamente. Lo peor es que como mi esposo apenas logra trabajar por temporadas en proyectos de construcción, cada que se queda sin trabajo se nos acaba la EPS. Así ni modo de seguirle un tratamiento completo.

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Ruben Darío Zapata

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