Frijolada de resistencia en Bello

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La cita era desde las cuatro de la tarde y nosotros llegamos puntuales, por eso no encontramos la cantidad de gente que esperábamos y que necesitábamos para desagraviar de alguna manera a los jóvenes que habían sido echados de allí mismo el fin de semana pasado. En todo el centro, sobre un montículo de la Meseta, sin embargo, había ya un joven lavando la olla y otro a su lado preparando el fogón. “La gente va llegando poco a poco”, nos tranquilizó John Jairo, otro de los convocados que había llegado puntual.

 

El ritual, según lo explica Junior, uno de los animadores de este “parche”, es el siguiente: todo comienza cuando alguien llega con la olla y la monta en el Morrito; este también es un lugar especial, que se alza único en toda la planicie de la meseta. Ahí es donde se sientan también los músicos a tocar y a cantar. Después empieza a llegar la gente. Alguien, no siempre el mismo, lidera la colecta para el chocolate; otro hace la colecta para comprar la leña y se arma una comisión para ir a traerla.

Otros van por agua mientras los demás arman el fogón. Entre tanto, la gente que lleva instrumentos musicales se parcha a tocarlos y en torno a ellos se van reuniendo los jóvenes. “Ahí estamos toda la noche –concluye Junior-, con muchos cuentos, mucha poesía, mucha música, y siempre entretenidos”.

Y efectivamente, la Meseta se fue llenando poco a poco de gente. Algunos jóvenes llevaron guitarras, otros, flautas, tambores y bongós, y fueron armando el parche en torno al cual la gente empezó a conglomerarse. Otros llevaron bolas, colores, vinilo y papel y empezaron actividades lúdicas con los niños. Cuando anocheció, en medio de la oscuridad, la gente estaba toda en su elemento, la música animaba en distintos parches. En el fogón hervían los fríjoles que nos íbamos a comer esa noche y al lado una fogata elevaba sus lenguas muy alto para calentarnos.

Nadie hubiera creído que ocho días antes, domingo 27 de abril bien entrada la noche, los paracos habían subido hasta la Meseta a amenazar a los jóvenes y a echarlos de allí como si el lugar les perteneciera. Primero empezaron a llegar un montón de motos haciendo ruido y detrás de ellas llegó la camioneta. Cuatro de los recién llegados se acercaron al grupo que departía junto a la fogata; dos se quedaron retrasados y los otros dos avanzaron y a quema ropa y de manera agresiva preguntaron de quién era ese espacio. Un joven les explicó que no era de nadie y quiso contarles que desde hacía tres años los jóvenes venían reuniéndose cada domingo allí para departir, hacer una chocolatada, cantar y leer cuentos y poesía, sin otra pretensión que pasar contentos entre amigos.

Los agresores, entre tanto, iban escribiendo en sus celulares y dando todos los visajes para poner más nerviosos a los jóvenes. Después se retiraron a la camioneta a consultar algo, mientras los jóvenes siguieron en su actividad. Pero en los bordes de la meseta la gente había empezado a evacuar por orden de los recién llegados. Después los mismos tipos del principio volvieron donde los jóvenes de la actividad, y sin atender razones, les dijeron que se tenían que ir.

“Desde luego, nosotros teníamos mucho miedo –comenta Junior-. Ellos no nos mostraron armas, pero no era necesario, nosotros los conocíamos porque eran las mismas personas que nos han sacado de todas partes: nos sacan del parque cuando hacemos las reuniones de los comités barriales, nos sacan de la casa de la cultura y también de los alrededores de la choza de Marco Fidel Suárez, donde nos parchamos a tocar, a cantar, a hacer malabares y otras prácticas de arte juvenil. Sólo aquí en la Meseta habíamos podido estar tranquilos, hasta lo que pasó la semana pasada”.

Los agresores esgrimían como disculpa para tal desalojo el argumento de que en el lugar se estaban presentando muchos robos, violaciones y consumo de droga. Pero al indagar en la comunidad de los alrededores la gente misma se queda sorprendida, pues de eso no hay ni la más mínima noticia. Los rumores entre la población, que tiene por qué saberlo, apuntan hacia otros fines. Al parecer, a la Meseta, que ha sido siempre propiedad del municipio, le resultó dueño, y en los planes de ordenamiento territorial se tiene planeada allí la construcción de un casino.

El asunto es que Bello tiene pocos espacios de esparcimiento para los jóvenes, pocas ofertas culturales y artísticas y pocos escenarios al aire libre donde se puedan hacer actividades alternativas a las que ofrece el comercio y la industria cultural. “Yo, por ejemplo, insiste Junior, subo todos los domingos a la Meseta y le meto el alma a las actividades, porque no me gusta el reggaetón ni todo ese ambiente que se mueve en torno a las discotecas. Entonces llego aquí buscando un espacio donde puedo compartir al aire libre con una música de más mensaje y más contenido artístico, con cuento, poesía y arte en general, y sin molestar a nadie”.

Por esta misma falta de espacio, los jóvenes que gustan del arte y la alegría se concentran con frecuencia en los alrededores de la choza de Marco Fidel Suárez. Pero es un espacio minúsculo que, además, siempre está en disputa. El sitio es frecuentado por barristas, rockeros, folcloristas y punkeros, también por personas adictas a las drogas duras. Con esa disculpa, Espacio Público y los grupos de control ilegal ejercen allí una presión generalizada aunque recargada sobre los pelados que buscan en el arte una posibilidad de esparcimiento. Silvana recuerda cómo, hace unos meses, uno de los paracos que merodeaba por el parque le partió la cara a una compañera que lo confrontó cuando les exigió que se fueran. También le tocó ver hace pocos días cuando uno de esos tipos le echó encima la moto a uno de los jóvenes que estaba entretenido tocando su violín.

Lo más preocupante es que, según los jóvenes y varias personas del municipio, estos agresores son paramilitares desmovilizados que en el día trabajan como funcionarios de Espacio Público y en la noche ejercen como paracos.

Pero esta vez los jóvenes no estaban dispuestos a dejarse amilanar. Y por eso durante toda la semana se dedicaron a preparar el encuentro del domingo siguiente como un acontecimiento histórico. Invitaron a todo el que pudieron y sobre todo a los habitantes de los alrededores, del barrio Pérez. Y en vez del consabido chocolate, esta vez lo que se planeaba era una frijolada especial, que convocó a buena parte del movimiento cultural y a participantes de los comités barriales. Porque agresiones como estas se repiten con frecuencia en la vida política de Bello desde el instante en que, al decir de muchos participantes allí, el paramilitarismo, por el cual está preso el exalcalde Oscar Suárez, se tomó las instituciones. También la resistencia ha crecido justo por la desfachatez con que tal maridaje se sostiene. Por eso en las elecciones de alcalde del 2011 ganó el boto en blanco, y, cuando después ganó las elecciones otro personaje de la misma estructura de los Suárez, se impulsó con éxito la revocatoria. Lástima que no haya ganado, justamente por el temor que, según los impulsores de la campaña como el concejal León Fredy Muñoz, desplegaron las estructuras delincuenciales de Bello, legales e ilegales, sobre los potenciales votantes. Pero ese es tema de otro artículo, que trataremos en la próxima edición.

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Ruben Darío Zapata

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