El terrorismo financiero de Une

telefono

Me asusté cuando empecé a ver tantas llamadas perdidas de mi hermano en mi celular. Al principio no le contesté, porque generalmente cuando me llama es para jugar billar y yo estaba hasta el cuello de trabajo. Pero tanta insistencia me convenció de que algo grave estaba pasando.

–Es que de Une lo han estado buscando –me explicó–; dicen que usted tiene una saldo grande atrasado y que si no paga esta semana lo van a reportar a la central de riesgos.
–¿Cómo así? ¿Por qué lo llaman a usted y no a mí?
–Yo no sé –se defendió él–. El caso es que es mejor que se ponga pilas con eso.
–Pero, además, yo no tengo ningún saldo con Une, no veo por qué carajos me van a reportar.
–Justamente por eso. Lo mejor es que llame a ver qué está pasando.

La cosa se quedó así. Yo tranquilicé a mi hermano y le prometí que iba a llamar a Une esa semana, pero no lo hice. Yo estaba seguro que no tenía ninguna cuenta con la empresa. No obstante, las llamadas de mi hermano siguieron. Y una vez no me llamó al celular como acostumbraba sino al fijo de la oficina. Era un acto desesperado.

–Hermano, es que ya de Une me tienen cacorro. Me llaman hasta dos y tres veces en el día. Esta tarde me les emputé y les dije que lo llamaran a usted, que para eso tenían el teléfono y todos los datos suyos. Pero ellos me dicen que es que no lo encuentran nunca.
–Yo no he recibido ninguna llamada de esa empresa.
–Pues entonces llame, hermano, a ver qué está pasando. No sea tan descuidado con eso, mire que de pronto resulta bien embalado por alguna pendejada que dejó crecer.

Mi hermano tenía suficientes razones para estar asustado y darle la importancia a este asunto que yo no alcanzaba a verle. Durante más de cinco años lo tuvo amenazado Bancolombia con quitarle la casa por una deuda en la que se había dejado alcanzar. Y estuvo buscando cómo conseguir ese dinero para librarse de la deuda, pero justo el reporte se lo impedía; y cuando quiso alivianar la deuda llevando un avance, el banco se cerró a la banda en que tenía que llevar todo el dinero. Y por cada mes que pasaba sin pagar, la deuda se le multiplicaba con los intereses de mora y los honorarios de los abogados, hasta que se hizo prácticamente impagable. Mi hermano llegó a enfermarse de verdad pensando en que pudiera perder su casa, único patrimonio que había logrado levantar durante más de 25 años de trabajo. Por eso, cuando recibió el retroactivo de su pensión, lo primero que hizo fue correr al banco a entregarle su platica.
Con lo poco que le quedó hizo lo mismo en Coofinep, una cooperativa que literalmente se lo estaba tragando. La deuda no pasaba de cuatro millones de pesos, pero las multas que tuvo que pagar por los atrasos subieron casi hasta millón y medio de pesos. En varias ocasiones reunió una cantidad parecida para pagar las cuotas de mora, pero en el banco le alegaban que eso cubría solamente la multa, y el monto de la deuda permanecía intacto.

Yo intentaba sacudirme la insistencia de mi hermano, diciéndole que ese no era mi caso. Pero no valía.
–Más bien mire a ver –me sugirió– si esa no es una deuda que viene de la última casa en donde usted estuvo viviendo.

Con eso sí me sacudió. Y es que entonces recordé la historia que publicó Angie recientemente en este mismo periódico. Allí contaba cómo cuando, hace unos tres años, se mudó de casa, solicitó a Une que trasladara su línea de televisión e internet a su nueva vivienda, pero los funcionarios nunca cancelaron los servicios de la antigua casa y las cuentas siguieron corriendo. Angie nunca lo supo, porque nunca la llamaron. Sólo se enteró de que debía plata en Une y que estaba reportada por ello cuando, recientemente, quiso alquilar una casa y se la negaron por eso. Nadie le supo dar razón de por qué no habían cancelado el servicio cuando ella lo pidió. Y cuando preguntó por qué no la habían llamado para cobrarle, a pesar de que ella seguía teniendo una línea de teléfono e internet de Une, alegaron que nunca la encontraron y que, en cambio, le habían dejado razón con su hermana. Pero resulta que Angie simplemente no tiene hermanas.

Eso me convenció de que debía llamar a Une, no fuera que resultara en un enredo parecido. Pero no, la niña que me atendió en principio no vio ningún reporte. Me comunicó con el departamento de cobranzas y allí, en principio, tampoco encontraron reporte. Al final vieron que yo tenía una cuenta de dos meses a punto de vencerse.

–¡Y por eso me llaman a amenazarme con un reporte ante las centrales de riesgo!
–Esas son políticas de la empresa, señor –contestó la muchacha que me atendía, intentando aliviar con su amabilidad mi indignación–. Es también para que no se dejen atrasar, pues ya saben que si ajustan dos cuotas sin pagar se les cortan los servicios y automáticamente quedan reportados por el doble de días que permanezcan sin pagar.
–¿En serio? –pregunté con sorna e indignación–. ¿Y a ustedes no les da vergüenza llamar insistentemente a amenazar con un reporte a una persona cuando ni siquiera se ha cumplido su fecha de pago?
–Entienda señor, esta es una política de la empresa, y no busca amenazar al cliente sino advertirle para que se evite la sanción. Porque es que después de que se reporta su historial crediticio queda manchado y ya no puede acceder a crédito en ninguna parte.
No quise alegar más. El caso es que no lograba saber en dónde estaba mi deuda. Los recibos de pago de mi casa yo los tenía al día. Entonces pensé que se trataba de la cuenta de internet que les pagaba a mis hijas, pero esta semana fui por el recibo y comprobé que ni siquiera tenía una cuenta vencida. Entonces me quedé cabezón con eso.

Un rato después, contándole el asunto a Angie, encontramos la respuesta. Recordamos que por la villanía de Une, Angie había quedado reportada y a la hora de instalar los servicios para su casa tuvimos que ponerlos a nombre mío. Miramos entonces los recibos, que tenía en sus manos porque acababa de recibirlos, y comprobamos que la cuenta coincidía con el monto que me habían dado por teléfono en Une, pero el segundo recibo apenas acababa de llegar, y hacía casi un mes la empresa me estaba advirtiendo que no me colgara con el segundo recibo, so pena de reportarme a las centrales de riesgo.

–¡Estos son muchos desgraciados! –exclamamos en coro Angie y yo, conteniendo las ganas de matar que siempre se le encaraman a uno en estas situaciones de abuso descarado y sistemático. Pero contener esas ganas no hace ningún bien, sino que aumenta el estrés y la indignación–. ¿Quién pudiera castigar tanta infamia? –nos preguntamos impotentes.

Share this article

Acerca del Autor

Ruben Darío Zapata

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.