Editorial 97: La sucia mano del rey midas

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Cuenta la leyenda que el rey Midas soñaba con que todo lo que tocara se convirtiera en oro: esa era la imagen de felicidad que lo animaba. Pero cuando al fin su sueño se le cumplió, se convirtió en su mayor desgracia, pues descubrió que el oro no se come y no es posible dormir en una cama de oro, que definitivamente dicho deseo convertía en inservibles las cosas más cotidianas, pero indispensables para la vida. Con todo y la irracionalidad que se expresa en este sueño, sigue representando el mayor anhelo de la sociedad contemporánea, solo que esta vez agenciado por el mercado, que convierte todo lo que toca en mercancía, hasta las expresiones más elevadas del espíritu humano y toda la cultura en general, las artes, la lúdica, el deporte. Y cuando estas actividades son convertidas en mercancía, sufren la misma transformación de los alimentos (en este caso el alimento del espíritu) cuando son convertidos en oro. El pasado mundial de fútbol acaba de darnos una prueba fehaciente de ello.

El fútbol es, en definitiva, una maravilla. No es sólo expresión de fuerza, velocidad y resistencia; en él hay también magia, lúdica y fantasía, y en tanto es así, el fútbol es un deporte que toca las fronteras del arte, cercano a la danza, el ballet o el teatro; por eso no suena extraño que se diga de tal o cual jugador que es un mago con la pelota o que se apode a alguien como el poeta de la surda. Y lo mejor, el fútbol es una práctica accesible a la mayoría de gente, porque lo que se requiere para ello es tan poco y modesto. Aún así, hoy el fútbol genera más frustraciones que glorias a quienes lo practican, porque a la mayoría de jóvenes que se inician en esta práctica ya no los anima la magia misma del fútbol sino la posibilidad de hacerse profesional, es decir, ingresar en el mercado del fútbol.

Por eso es tan difícil ver hoy el picaito de barrio, donde los jóvenes se desinhibían sólo por el goce de hacer sus mejores jugadas. Hoy los niños y los jóvenes no juegan fútbol sino que entrenan en escuelas de fútbol. Y en cada campeonato están esperando al caza talentos que los descubra y los lleve de una vez a un gran equipo a entrenar allí en espera de su oportunidad.

Un jugador hoy es básicamente una mercancía. Y el mundial es una especie de feria en donde se exhiben esas mercancías para circular luego en el mercado por sumas exorbitantes de dinero. Y por eso desde los primeros partidos del mundial empieza a agitarse la bolsa de jugadores y las transacciones. Y todo ello llega a ser más importante que el mundial mismo.

Con todo y lo contentos que nos ha puesto el fútbol de James Rodríguez en este mundial, su logro más grande fue pasar de valer 35 millones de euros a valer cerca de los 75 millones que ofrece el Real Madrid por él. Serían algo así como 187.500 millones de pesos, de los cuales al jugador le corresponderían, por la mera transacción, entre 30 y 40 mil millones de pesos. No se compara esta cifra siquiera con la bolsa que obtiene el ganador de un Premio Nobel, que para el 2013 fue de 874.000 euros, un poco menos de 2.100 millones de pesos. Y no es la de James ni de lejos la transacción más cara hoy en el fútbol internacional. Mesi fue transado en 140 millones de euros y Cristiano Ronaldo vale 96 millones.

Ello explica que éste sea el sueño de casi todo jugador profesional: llegar, no necesariamente a jugar, sino a ser fichado por el Real Madrid, el Barcelona o el Milán. Porque además en estos equipos el sueldo para un jugador es astronómico. Mesi, por ejemplo, gana 56 millones de dólares al año, más de 100 mil millones de pesos. Cristiano Ronaldo gana dos millones de euros menos. Pero poquísimos llegan allá, la mayoría se queda regada en el camino.

Estas cifras son fantásticas para nosotros en la periferia, que a fuerza de lidias tenemos que sobrevivir con 600 mil pesos mensuales. O cuando nos hemos quemado las pestañas en maestrías y doctorados, recopilado alguna experiencia y dolores por el camino, podemos aspirar a unos cuatro millones de pesos mensuales, menos de 50 millones de pesos en el año.

Esto no habla sólo de las prioridades por las que opta una sociedad determinada, sino de las prácticas más rentables para las grandes multinacionales. Y el fútbol parece más rentable que la ciencia, porque, al ser un deporte que mueve pasiones masivas, se convierte en un vehículo especial para la publicidad de las grandes empresas, multiplicando extraordinariamente sus ganancias en el mercado. Y en ello se apoya la desfachatez de empresas como Pacific Rubiales en Colombia que, ante el reclamo de los trabajadores por las formas inhumanas en que estaban trabajando y los contratos basura y los sueldos de miseria que estaban ganando, movilizó millonadas de pesos en publicidad, patrocinando a la selección Colombia, con el propósito de crea una imagen favorable sin ceder nada a los trabajadores.

Pero el fútbol es efectivo también para los regímenes autoritarios, como lo demostró la dictadura en el mundial de Argentina en 1978, con el que se intentaba matizar el miedo colectivo que provocaba las cacerías del Ejército, las torturas y las desapariciones. En última instancia, el fútbol cumple hoy la misma función que cumplía la lucha de gladiadores en la Roma del pan y circo.

Por eso, la élite política que nos animó a querer con pasión a nuestra selección, no desaprovechó el tiempo del mundial para intentar meternos sus propios goles. Actuó para impedir que la reelección del procurador Ordoñez, representante de la caverna de ultraderecha colombiana, fuera anulada por haberse realizado de manera ilegal. La sección quinta del Consejo de Estado debía tomar la decisión el pasado 14 de julio, pero los amigos del procurador en ese mismo Consejo, se idearon la forma para que tal decisión se pasara a la sala plena, donde el procurador tiene mayorías. De la misma manera aprovecharon para acelerar los debates en el Senado sobre el proyecto presentado en el 2013 por el ministro de defensa para trasladar a la justicia penal militar la facultad de juzgar los delitos relacionados con ejecuciones extrajudiciales, desaparición forzada, violaciones a manos de militares, interceptaciones ilegales, tráfico ilegal de armas, entre otros delitos de los militares.

No tiene esto nada que ver con la naturaleza del fútbol sino con la naturaleza del capitalismo, que estira su mano para convertir en mercancía todo lo que pueda ser rentable, y de los regímenes políticos que se amparan en la industria cultural para impedir la emancipación del espíritu, aquella que puede acabar con todas las formas de opresión, dominación y exclusión y puede elevar al ser humano por encima de sí mismo. Por eso también los músicos, los cantantes, los escritores y los científicos, terminan doblegando en muchos casos su talento y su sensibilidad ante los halagos del mercado, sólo que ninguno tiene tanto poder de sugestión masiva como el fútbol. Y peor cuando las estrategias de la burguesía capitalista se mezclan con las del narcotráfico, que emplea la industria cultural para lavar los activos provenientes de sus acciones criminales. Se nos hace creer entonces que Johnny Rivera y Giovany Ayala son cantantes de verdad. Y cuando los niños y los jóvenes de los barrios llegan a adoptar a estos personajes, o incluso a Juanes y a Chaquira como modelos de la canción, uno cree que definitivamente ya no hay nada qué hacer.

Pero siempre queda algo por hacer. La ventaja del arte, la lúdica o el deporte, de la cultura en general, es que son parte natural de nuestra vida cotidiana. El mercado nos los ha arrebatado y nos ha vendido la idea de que sólo es artista o deportista aquel que se profesionaliza y se vende como tal. Pero la profesionalización del arte y de las actividades culturales son una estrategia de la sociedad de mercado para amputar de las mayorías el espíritu y obligarlas a percibirse únicamente como trabajadoras. De ahí que una gran revolución sea devolver a las masas su posibilidad de disfrute del arte y del juego, de la creación en todos los sentidos. Sin pretensiones mediadas por el mercado. Nada más que por el desarrollo del espíritu mismo. Si desde las organizaciones y los movimientos sociales y políticos logramos insertar de nuevo las manifestaciones creativas del espíritu en la vida cotidiana, no habrá nada que detenga la construcción de un mundo mejor.

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