De paseo por Bahía Solano

edolcia kalet y edith

El vuelo ha salido de Medellín con dirección Oriente – Occidente;  el avión se encumbra para pasar sobre los farallones de Citará, y en un hermoso tapete de algodón que cubre la exuberante selva de más de 10.000 milímetros de precipitación anual transcurren unos cuantos minutos para dejar descubierta la espectacular selva rica en verdes, fauna, culturas, expresión bondadosa de las diversas formas de vida. Los ríos, en cuyas orillas se adivinan pequeños caseríos dispersos en la inmensidad, serpentean formando semicírculos, tocando la selva con una singular belleza.

Cuarenta y cinco minutos de vuelo. Luego de deleitarnos en el contraste de la selva húmeda con el imperio de las aguas del Pacífico, que en una abrazadora sonrisa cubre las solitarias playas en la bahía que le da nombre a ciudad Mútis o Bahía de Solano, llegamos a “Sal si puedes”, nombre que conserva este aeropuerto ubicado a tres kilómetros de Bahia y 14 kilómetros del corregimiento El Valle y su playa El Almejal.

El avance tecnológico ha permitido mejorar el servicio de transporte aéreo, pues las condiciones meteorológicas han sido históricamente una incondicional amenaza para salida o entrada de aeronaves. Aunque las inversiones en pista y mejoras locativas son insignificantes, igual la carreterita que comunica la cabecera municipal con su principal corregimiento, está pavimentada apenas en un 50%. La población ha tenido la esperanza en las últimas tres administraciones de que éstas terminarán la única vía carreteable del municipio costero: “este sí la va a pavimentar”, se dicen.

La entrega de equipaje es demorada y enredada, el espacio es reducido, los transportadores lo reclaman por el cliente y alivian al pasajero de apretujones y empujones en un ambiente caluroso. Las mototaxis, manejadas en su mayoría por personas venidas del Valle del Cauca o Urabá, con capacidad para tres personas, prefieren a quienes van para Bahia, los pocos automóviles y el camioncito prestan el servicio para el Valle.

Los afros de acá son personas amistosas, prontos para el diálogo y la charla. En el camioncito, que va para el corregimiento EL Valle, entre maletas y algunos surtidos para los negocios, nos acomodamos los cuatro adultos con dos niñas que hacen parte de nuestra comitiva, más dos extranjeros alemanes y dos señores mayores de la región. Pronto llega la ocasión para convocarnos a todos a celebrar los comentarios de las niñas y crear un ambiente de confianza. Me dirijo entonces a uno de los negros para decirle que en unas fotografías que conservo de hace treinta años, tomadas en una comunidad indígena, lo tengo a él, y que cuando estemos en el Valle se las puedo compartir. “Yo no tengo fotos pero a usted lo tengo aquí en mi memoria”, me responde.

Así el reencuentro con William Sanclemente se toma los treinta minutos hasta el Valle. Recuerda cómo se producía arroz para enviar por cantidades a Buenaventaura; eso fue en los años setenta, cuando había trilladoras. El cacao se llevaba a Quibdó atravesando la serranía del Baudó a pié; se cosechó Tagua, el marfil vegetal, que llevaban para otros países. “Producíamos de todo, yuca, plátano, maíz”, recuerda William. “Ahora a la mayoría de los jóvenes no les gusta ni la pesca ni la agricultura. La juventud está esperanzada en pescarse una paca de pasta de coca en el mar y con ella organizarse económicamente. Aquí se sabe cuando una embarcación arroja la mercancía al mar y le calculan cuándo y dónde pueden buscarla; entre varios consiguen la gasolina y se embarcan mar adentro”.

Manuel lleva cuatro años por acá. Hace poco tiene la mototaxi, está muy contento porque ahora se consigue lo de la comida un poco más fácil; ya tuvo suerte al encontrar con un grupo de amigos un paquete de coca del cual le tocaron tres millones de pesos. Pagaron entre varios la gasolina y ya se sabe en qué proporción le corresponde a cada uno. Dice que los aprovechó al máximo.

“Eso se sabe, inmediatamente lo buscan para comprar la merca. Aquí hay muchos vagos que por $ 600.000 trabajan para los narcos, o los paramilitares, los de aquí son las Aguilas Negras de la oficina de Envigado”.

Cuenta William también que entre mayo y junio de este año el territorio se llenó de paramilitares que venían huyendo del sur, en lanchas muy poderosas, dicen que unos de Buenaventura y otros de los lados de Nuquí donde tuvieron enfrentamientos con la guerrilla del ELN. Se juntaron unos quinientos hombres por los lados de la hidroeléctrica de Mutatá, que genera la energía para Bahia Solano, Nimiquía, Boroboro, territorio del parque natural Utría. “Es muy raro, porque el Ejército permanece siempre custodiando esas instalaciones y casualmente el día que llegaron los paramilitares no había ni un soldado. Unos indígenas fueron utilizados como guías”.

El terror se apoderó de las familias; más de la mitad de la población salió de la comunidad y quienes se quedaron no salían de sus ranchos. “Parece que reclutaron a cuatro jóvenes indígenas de la comunidad; pero se les volaron y los paras los están buscando, con otros diecinueve que tienen en una lista”. Los dirigentes indígenas están muy preocupados porque, como los muchachos no tienen fuentes de ingresos, es muy fácil que se dejen deslumbrar por los 600.000 pesos que les ofrecen para que se vayan con ellos. “Y es que dicen que esa gente maneja muchísima plata, que tiene comprado a todo el mundo en Bahía”.

Lo que la naturaleza y la población afro y embera nos ofrecía espontáneamente para disfrutar se opacó por la tensión y desconfianza natural que crea en la población la presencia de grupos que han generado pánico y desconcierto por sus atrocidades. Se mueven como en su casa, sin ninguna limitación. Nadie dice nada, nadie sabe nada; de pronto alguien, en gesto de afecto, te previene para que te muevas con prudencia.

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