Escribidor neoliberal y corrupto

Mario Vargas Llosa, un vocero e ideólogo incondicional del capitalismo, siempre se ha presentado a sí mismo como un ícono de la libertad, de la “sociedad abierta”, de la democracia. Durante décadas se ha encargado de repetir hasta el cansancio, en una especie de letanía ramplona y aburrida, que el capitalismo es la expresión de la plena libertad, es una economía superior a todas las otras porque funciona con transparencia, se autorregula y está al margen de la corrupción, de las triquiñuelas y de las trampas. Con ese catecismo de economía ortodoxa en mano –que no tiene nada que envidiarle al catecismo del Padre Astete-, Vargas Llosa habla con una buena dosis de moralismo de clase, para justificar las acciones criminales del capitalismo, como las privatizaciones, la explotación de los trabajadores, las guerras, invasiones, ocupaciones, bombardeos de los regímenes capitalistas, de los Estados Unidos a Israel, pasando por Colombia.

Vargas Llosa se ha autoembestido de una aureola de falsa moral, para pontificar sobre su credo antipopular y antidemocrático y justificar su apoyo cínico a los poderosos del mundo entero. No por casualidad, en la conmemoración de su cumpleaños número ochenta, en Madrid estuvieron presentes terroristas, criminales, monárquicos, dueños de pasquines, ex presidentes responsables de terrorismo de Estado y crímenes de lesa humanidad, entre los que aparecían personajes de España, Colombia y Chile. El cumpleaños era un pretexto, porque en realidad fue una cumbre de la extrema derecha del mundo, presidida por su escribidor de cabecera, que ahora forma parte de la podrida realeza de los Borbones, como expresión de su arribismo congénito.

Al mismo tiempo con este cónclave de la extrema derecha salió a la palestra pública un hecho que terminó de una vez por todas con la imagen moralista que Vargas Llosa se había encargado de construir, tan artificial como las mentiras que difunde a diario en sus novelas y en sus escritos periodísticos. Ese hecho es la aparición del nombre del encopetado escritor en los “Papeles de Panamá”. Con esta denominación se han presentado los once millones y medio de documentos pertenecientes a una “fábrica” de sociedades offshore del mundo (compañías radicadas en un “paraíso fiscal”, es decir, que se les aplican ventajas para la evasión de los principales impuestos), del despacho de abogados panameños Mossack Fonseca.

Esos papeles registran transacciones internas de esa firma de abogados desde 1977 hasta diciembre de 2015 y allí aparecen documentos de diversa índole (correos electrónicos, cuentas bancarias, bases de datos, pasaportes y registros de clientes) donde se revela la información oculta de 214.488 sociedades offshore, e involucra a unos 200 países. Esa oficina de abogados es un lavadero de dinero que opera con todas las libertades que se le concede en un paraíso fiscal a esas turbias entidades, como lo es Panamá, para crear empresas de fachada en ese país y en otros paraísos fiscales del exterior, como Islas Vírgenes Británicas o Islas Caimán. Sus finalidades fundamentales no son muy santas que digamos: evadir impuestos, legalizar dineros provenientes del crimen organizado, facilitar el robo a los fiscos nacionales, guardar dineros de dictadores, mandatarios corruptos y empresas transnacionales y cosas por el estilo.

Entre los personajes mencionados en los Papeles de Panamá se encuentran desde presidentes y primeros ministros en ejercicio (como Mauricio Macri de Argentina o David Cameron de Reino Unido), futbolistas (entre ellos Lionel Messi), empresarios, banqueros, cineastas (Almodóvar y uno de sus hermanos), hasta escritores como Mario Vargas Llosa.

Es interesante describir el caso de este último, ya no como escritor, periodista o plumífero del neoliberalismo sino como inversor –de dudoso comportamiento ético y legal- y comprador de una sociedad offshore en Panamá, para percibir la manera como se pasa del mundo de las letras al de los paraísos fiscales, antros del crimen organizado de la mafia capitalista que es dueña del planeta.

El primero de septiembre de 2010, poco antes de recibir el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa y su segunda esposa, Patricia Llosa, adquirieron la empresa offshore Talome Services, al bufete de abogados Mossack Fonseca. Eso se hizo a través de un intermediario, un eufemismo para referirse a un testaferro, de nombre Dave Marriner, directivo de la firma holandesa Pan-Invest Management, que tiene sedes en Chipre y Luxemburgo. Marriner contactó a la firma panameña y llenó la documentación en que se adjudicaban 1.000 acciones de la compañía Talome Services: 500 para cada uno de sus nuevos dueños, el novelista y su esposa. La empresa estaba radicada en las Islas Vírgenes Británicas, que para más señas es considerada por España y la Unión Europea como un paraíso fiscal. Lo llamativo del caso radica en que el 6 de octubre de 2010, exactamente un día antes de anunciarse la concesión del Nobel de Literatura a Vargas Llosa –que otorga algo más de un millón de dólares– el testaferro Marriner anunció cambios en los accionistas de la Empresa de fachada. Y el 12 de octubre, cuando Vargas Llosa ya era Premio Nobel, las acciones en poder del matrimonio Llosa pasaron a manos de dos anónimos accionistas rusos.

El asunto es turbio y genera todo tipo de sospechas, para nada infundadas si se tiene en cuenta la catadura humana y moral del personaje ya mencionado: extraña coincidencia que en el momento en que se le concede El Nobel, desaparezca el nombre de Mario Vargas Llosa y su mujer como accionista de una compañía de fachada; no se sabe el monto de dinero de las acciones de la empresa ficticia, pero puede suponerse que sea una suma cuantiosa por los ingresos de regalías que recibe el escribidor ¿El dinero que por allí circuló e iba a circular forma parte de los pagos que recibe por su servilismo incondicional ante el capitalismo mundial? ¿El escribidor tiene cuentas cifradas en otros paraísos fiscales del mundo?

Todos los que aparecen en estos papeles, como el futbolista Lionel Messi o el Presidente de Argentina, Mauricio Macri, en coro han repetido que ellos no tienen nada que ver con el asunto, lo que se dice en los papeles de Panamá son calumnias y mentiras y sus nombres no deben ser deshonrados asociándolos a los asuntos truculentos del mundo financiero. Vargas Llosa se ha sumado a ese coro, con unos argumentos pueriles, que desdicen de su fama de “maestro de la ficción”. Había podido inventar mentiras más sofisticadas, pero se ha limitado a decir, con poca imaginación, que él está involucrado en “un malentendido” y se le ha calumniado por voceros de la “prensa amarilla” (en la que él escribe y de la que vive). Posando de ser una mansa paloma, sostiene que fue asaltado en su buena fe, y se encuentra sorprendido "porque yo ni siquiera sabía que se había abierto por cinco semanas una cuenta a nombre mío y de mi esposa. Esa empresa existió por cinco semanas. Nunca puse un dólar en esa empresa y nunca hubo el menor movimiento económico". Como suele suceder en estos casos, cuando el pillo es atrapado infraganti, Vargas Llosa procedió a echarle la culpa al testaferro, por sus vergonzantes cuentas espurias en un paraíso fiscal. Pero este, David Marriner, replicó señalando que: “cuando adquirimos la compañía lo hicimos con el requisito de que mis clientes fuesen accionistas directos” y esos clientes no eran otros que la pareja Vargas Llosa.

Adicionalmente, el inconsciente de Vargas Llosa, proclive a justificar los delitos del capitalismo, lo ha traicionado, porque al referirse a la aparición de su nombre en los papeles de Panamá, ha agregado varias perlas, que se suman a la extensa cadena de infamias que repite todos los días, y constituyen una cínica justificación de su comportamiento corrupto. Algunas de estas justificaciones han sido que "hay países donde los impuestos son como expropiaciones y uno comprende que haya empresas, individuos o familias que intentan escapar a lo que perciben como una amenaza terrible para su futuro"; “hay leyes que lo empujan a uno a una transgresión de la ley”; "hay países que progresan gracias a esa situación, como ocurre con Panamá y antes con Suiza"; "Panamá es un país que progresó mucho gracias al sistema que permite la creación de empresas por extranjeros. No es que haya que alegrarse, pero hay que aceptar que es una realidad de nuestros días; hay que combatirla con la ley pero también revisando un poco los impuestos". Como puede verse, estamos ante una verdadera apología del lavado fiscal, de la evasión, del no pago de impuestos y de otros crímenes “económicos” del capitalismo en general y del capital financiero en particular.

En estas condiciones, puede sostenerse que la neoliberal Fundación para la Libertad de Vargas Llosa en verdad resultó ser una Fundación para el blanqueo y lavado de capitales. Vargas Llosa forma parte del pequeño círculo de especuladores, capitalistas, banqueros, artistas, inversores y deportistas que evaden unos 200 mil millones de dólares anuales, a lo que debe agregarse que la élite capitalista del planeta oculta entre 21 y 32 billones de dólares de activos, libres de impuestos. Esto, mientras que millones de niños mueren de hambre y desnutrición, entre otras razones por las privatizaciones de los sistemas de salud, que tanto impulsan los neoliberales como Vargas Llosa.

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