Entrégueme a mi esposo o dígame dónde está su cuerpo

“Ya tenía vejigas en las manos de tanto escarbar”, dice doña Natalia refiriéndose a la angustiosa labor de abrir huecos en una extensión de tierra denominada Los Pinos, en Tibú, Norte de Santander, en donde los paramilitares del Bloque Catatumbo, bajo el mando de Salvatore Mancuso, acostumbraban llevar a sus víctimas para enterrarlas. En esa gigantesca fosa común ella duró meses escarbando, buscando el cuerpo de su esposo William asesinado y desaparecido por los paramilitares en el año 2001.

William Wallens era vallecaucano y llegó a finales de los años 70 a Tibú, para trabajar en Ecopetrol, empresa a la que ingresó gracias a las recomendaciones de un primo suyo, ingeniero de la petrolera. William empezó como perforador y pronto se afilió a la Unión Sindical Obrera de la industria del petróleo, fue buen activista, pero no llegó a ser directivo del sindicato. Un par de años después sufrió un accidente grave en su labor de perforador de pozos y tuvo que ser reubicado en la sección de seguridad como vigilante - alcabalero.

William, además de trabajar para Ecopetrol, era amante de la buena salsa, hincha furibundo del América de Cali, árbitro de fútbol aficionado y un hombre bueno y solidario que disfrutaba organizando a los chiquillos en equipos de fútbol, y dirigiendo un programa de radio sobre deportes.

Doña Natalia recuerda casi todos los detalles de su vida familiar con William, y estaba muy al tanto de los ires y venires de la región en materia de orden público y de conflictividad laboral. Aunque William se sentía muy tranquilo, a ella siempre le inquietó su seguridad por trabajar en Ecopetrol y estar afiliado a la USO, por eso tiene mucha claridad de los hechos que antecedieron a su desaparición. Ella es una mujer campesina, muy inteligente y con carácter, que no ahorró esfuerzos para encontrar toda la verdad, así como los autores materiales y determinadores de la desaparición y trágica muerte de William.

Por ejemplo, recordó el 29 de mayo de 1999, cuando llegaron los paramilitares provenientes de Urabá y perpetraron la masacre de ocho personas en pleno centro de Tibú, a pocas cuadras del comando de Policía y de todas las instituciones estatales. Ese sería el preámbulo de una serie de crímenes abominables contra los campesinos de la región, e inexplicablemente el hecho que fijaría el conteo regresivo para la tranquilidad de la familia Wallens y para el ocaso de la vida de William.


El 17 de julio de 1999, a pesar de la alerta que las autoridades tenían por la llegada de los paramilitares y la masacre perpetrada en sus propias narices, estos arremetieron de nuevo. En pleno corazón de Tibú asesinaron a siete personas señaladas de ser auxiliadoras de la guerrilla, y se llevaron en camiones a otraspersonas del pueblo. Cuenta doña Natalia que esa misma noche, muy lejos de allí, William se encontraba trabajando en su turno de vigilante en la alcabala número dos. Allí observó la llegada de unos camiones de los que se bajaron hombres uniformados y armados, exigiéndole que abriera el paso y les orientara el camino hacia La Gabarra, una vereda del municipio de Tibú.

Ingenuamente, William prestó resistencia, y les dijo que no les podía abrir porque ese era un campo petrolero de propiedad de Ecopetrol, y que además por esa ruta no llegarían a La Gabarra. Los hombres ofuscados lo insultaron y lo obligaron a quitarse la ropa para verificar supuestas marcas que dejan los equipos y las armas en los cuerpos de los combatientes, acusándolo de guerrillero. Al no encontrar las marcas procedieron a raptarlo para que les sirviera de guía, y horas más tarde lo dejaron a kilómetros de allí, amenazándolo por la suerte que pudieran correr en su camino hacia La Gabarra. William regresó a pie a Tibú para contar su historia.
William advirtió la presencia de gente tirada boca abajo en el piso de los camiones en que los paramilitares se lo llevaron secuestrado esa noche. Lo que no supo sino hasta el día siguiente, era que los habían asesinado vilmente en el mismo camino donde fue abandonado en la oscuridad. Muchos días después de esa horrible noche se enteró que una de las víctimas de la masacre había sobrevivido, milagrosamente, al hacerse el muerto tras un disparo que le propinaron cerca de su oído derecho. Sería ese hombre, llamado Andrés Bermonth Martínez, quien destaparía un escándalo que para los pobladores de Tibú ya no era ningún secreto: los paramilitares del recién nacido Bloque Catatumbo venían actuando con la complacencia de las autoridades policiales y militares, y con el apoyo de empleados de Ecopetrol.

De hecho, Bermonth Martínez señaló la complicidad del vigilante de la alcabala que esa noche dejó pasar sin problema los camiones hacia el interior del campo petrolero, por donde ingresaron al batallón del Ejército para torturar a las víctimas, antes de llevarlas por el camino a La Gabarra donde fueron ultimadas. William fue llamado por la Fiscalía para que rindiera su testimonio de los hechos y despejara dudas frente a su posible complicidad esa noche, pero el propio Bermonth Martínez dejaría claro que William nada tenía que ver, porque el vigilante cómplice estaba en la alcabala uno y William trabajaba en la dos. Casi un año después fueron puestos tras las rejas varios oficiales del Ejército y de la Policía vinculados a estos grupos paramilitares y a las masacres.

Sin embargo, no fueron esos terribles hechos los que le costarían la vida a William dos años más tarde. Doña Natalia, con mucha seguridad, sostiene que durante ese tiempo estuvieron muy tranquilos en su casa y sobrellevaron el ambiente de violencia desatado en toda la región. Aunque el control paramilitar seguía a ojos de todos, a William no lo molestaron para nada.

– ¿Entonces qué pasó doña Natalia, por qué se llevaron a William y por qué lo mataron?
–No sé, no sé, William no tenía líos con nadie –responde ella entre sollozos–. El último día que lo vi era un 29 de mayo de 2001, me dijo que pediría permiso en el trabajo porque esa noche jugaba el América en la Copa Libertadores, y a él le gustaba ver los partidos en casa conmigo y con los niños, pero pasó el primer tiempo, y el segundo, y los niños se quedaron dormidos esperando a su papá. Jamás regresó, pero mi esperanza era que estuviera en el hospital, porque andaba con una molestia en su pierna y yo antes de salir de casa ese día lo regañé, le exigí que fuera al médico. Me dije a mí misma: eso fue que lo dejaron hospitalizado, mañana iré a llevarle las chanclas y una pantaloneta para que esté cómodo.

A la madrugada, Natalia se levantó a preparar las cosas para llevarle a William al hospital, pero cuando iba saliendo notó algo raro: uno de sus compañeros, Fernando Contreras, al que le decían el tailandés, llegó a su casa con el uniforme de trabajo, lo que suscitó algo de extrañeza en ella. El tailandés le preguntó por William y Natalia le respondió que él no estaba, y que por qué venía tan temprano y con uniforme de trabajo, pero este la evadió y con excusas se fue retirando. Luego, en el camino hacia el hospital, se encontró con un jefe de William, quien desde su carro la abordó y le preguntó por él y por sus amigos más allegados, ella aún más extrañada le dijo que iba para el hospital a buscarlo, el jefe se ofreció a llevarla y le dijo que habían rumores de que William se había ido al bar América a ver el partido y se había emborrachado, pero ella le dijo que eso era imposible, conocía muy bien a William y esas no eran sus costumbres. Él sí tomaba, pero en la casa, enfatizó doña Natalia. Fueron al bar, pero su moto no estaba allí. El jefe se ofreció a verificar: William no estaba allí. El jefe insistió que la noche anterior había salido con un amigo de apellido Cantor. Luego fueron al hospital, pero allí tampoco dieron noticia de su esposo.


Fueron donde Cantor, con quien supuestamente había salido en la moto la noche anterior, y él confirmó que cuando salieron de la empresa otro compañero de trabajo llamado Armando Montaño lo había llamado para decirle algo en privado, y como se demoró y William estaba afanado para ver el partido, se fue solo en su moto. A partir de ese momento empezó el calvario. Los amigos, que eran muchos, organizaron grupos de búsqueda, sospechaban de los paramilitares. Natalia no dudó, agarró a sus niños y se fue directo para la casa de alias Mauro, jefe de los paramilitares, quien vivía en barrio Barco en el casco urbano de Tibú. Todo el mundo sabía que esa era su casa, y según dice doña Natalia, la Policía cuidaba a los paramilitares cuando iban a disfrutar en el río.

Doña Natalia se metió a casa de alias Mauro sin permiso y sin mediar palabra le dijo:
–Entrégueme a mi esposo o dígame en dónde está.
–Nosotros no lo tenemos–, respondió.
–Desde que llegaron a esta región, ustedes son los únicos que matan y desaparecen aquí, entréguemelo o dígame dónde está su cuerpo.
–Voy a investigar y la mando a llamar – dijo alias Mauro y le pidió a un guardaespaldas que la sacara junto con sus hijitos.

Antes de salir, doña Natalia le advirtió a “Mauro” que no descansaría hasta encontrar la verdad, y que algún día él mismo le tendría que decir dónde estaba el cuerpo de su esposo, por qué lo habían matado y quiénes estaban detrás de su desaparición y muerte.

Como si fuera un designio, esa campesina casi iletrada, pero de abundante inteligencia y llena de valor y de amor, fue a todo lado a denunciar y a preguntar. Llegó el día en que la Ley de Justicia y Paz le dio la posibilidad de encontrarse cara a cara con alias Mauro, pero esta vez sería Natalia quien llevaría las riendas. “Mauro” no se había sometido, sino que fue capturado con sus secuaces. En la audiencia ella le habló firme, le recordó el episodio de su casa en Tibú, y le exigió ante los reproches del juez que le confesara todo. “Mauro” aceptó que él dio la orden de asesinarlo, y que sus hombres lo habían raptado, torturado y asesinado por ser guerrillero, pero que luego, cuando ya era tarde, se dieron cuenta que era una buena persona. Además, manifestó que los determinadores eran tres empleados de Ecopetrol, uno de ellos de alto rango, pero que no sabía sus nombres. Señaló a alias El Oso como el autor material y dijo que él sabía el nombre de quienes habían determinado su muerte.

Un año más tarde doña Natalia encaró a “El Oso”, y este finalmente confesó que los tres determinadores de su asesinato eran el ingeniero Juan Carlos Chamorro, y los empleados Fernando Contreras apodado el tailandés, y Armando Montaño, el mismo que engañó a Cantor el día de la desaparición de William para que este se fuera solo en su moto. Ellos informaron falsamente a los paramilitares que William era jefe guerrillero y organizador de paros armados. “El Oso” señaló el presunto lugar donde habían enterrado los restos de William: Los Pinos, el terreno donde una y otra vez Natalia escarbó con sus uñas dentro de la tierra buscando a su compañero inerte.

Solo hasta septiembre 11 de 2009, después de agotar casi por completo las esperanzas, Natalia no solo encontró el cuerpo de William, sino el de muchas otras personas. Natalia se convirtió en una suerte de sabuesa a la cual seguían otras personas que también buscaban a sus seres queridos. Días antes también había encontrado la moto de William enterrada en otro lote que estaba en construcción, y había descubierto las verdaderas causas de la desaparición y muerte de su amado. Una noche, William halló un cargamento de armas y uniformes que pretendía ingresar Armando Montaño en una camioneta para guardarlos en el club de Ecopetrol, el mismo club donde los paramilitares eran atendidos como reyes, y hasta usaban la ropa oficial de los ingenieros de Ecopetrol. Esa noche, en desarrollo de sus funciones, William exigió revisar la camioneta que conducía Montaño, y aunque este se negó, finalmente se vio en la obligación de dejarlo. William encontró armas y uniformes, y le advirtió a Montaño que eso quedaría consignado en su libro de control. Con esto William firmó su sentencia de muerte.

A pesar de las confesiones de los paramilitares, los determinadores de la muerte de William nunca fueron procesados; al parecer fueron trasladados por la empresa Ecopetrol y gozan de libertad. Natalia aún llora desconsolada en medio de los amargos recuerdos, su voz se entrecorta cada que menciona el nombre de William y cada vez que recuerda que le faltaban solo meses para salir pensionado. Sus planes frustrados eran regalar su casa de Tibú a una familia humilde que él ya había escogido, e irse para Cali a vivir con su padre viudo en compañía de su inseparable Natalia y sus pequeños hijos.

Share this article

Acerca del Autor

Olimpo Cárdenas Delgado

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.