Caminando entre la miseria

Eran las 10:30 de la noche, hacía mucho frió, me encontraba al frente de un bar, por la Avenida Primero de mayo esperando el bus de Robledo, tres cuadras debajo de donde parquean. Ya estaba cansado y decidí esperarlo. Aunque solo había vagabundos y borrachos, me parecía peligroso subir. EL ambiente era pesado, pasaban muchos buses menos el que yo esperaba, a mi lado estaban dos señores esperando, no me percaté de uno de ellos que se me acercó y me dijo:

– Qué bus está esperando. Yo estoy muy cansado de caminar y tengo mucha hambre, bendito sea Dios. Mire hombre, ya no sé qué hacer, estoy desesperado, me estoy volviendo loco. Discúlpeme no le voy a hacer nada.

Ya uno no le cree a nadie y pensé de pronto que me iba a atracar. Me quedé callado sin decir nada, el me siguió hablando y yo no le puse atención. Empezó a hablar de su trágica situación  y de sus hijos, luego noté que no tenia intensiones de robarme, lo detallé bien y le notaba lo cansado, estaba muy delgado y ojeroso. Me atreví a preguntarle de dónde venía.

– Bendito sea mi Dios, vengo caminando desde San Javier. Estoy que me desmayo del cansancio, estoy por acá mirando a ver qué me puedo rebuscar, mis hijos deben tener hambre, los dejé con un conocido mientras me buscaba cualquier cosa que llevarles.

La verdad sentí mucha lástima de él, no sabía qué hacer, apenas tenía 5.000 pesos en el bolsillo pero al día siguiente tenia que volver al centro y necesitaba pasajes. Por eso nada más le di 1000 pesos, me lo agradeció tanto, le cambio la cara.

- Mijo, gracias. Estos mil pesitos son sagrados, los tengo que cuidar mucho.

Mientas yo esperaba con paciencia escuchaba que me decía:

 -Esta situación está muy dura, nunca me había tocado así, solo Dios sabe. Ni agua le dan a uno, a los únicos que sí les dan son a esos viciosos, a ellos sí les dan plata para el vicio. Pero bueno, qué más se va hacer, nadie sabe lo de uno, a nadie le importa, este es un sufrimiento muy berraco.

Fueron palabras muy profunda, pero ya las  he escuchado antes. Me he hecho fuerte o más bien me he insensibilizado con aquellas personas que están en una situación crítica. Me imagino que hay mucha gente así y ya no me sorprende. Sin embargo, traté de alentarlo pero no encontraba palabras, la verdad ahí, como estaban las cosas, no se podía hacer nada. Entonces le dije:

–Yo lo veo muy cansado a usted, no le digo que me acompañe a mi casa porque, ¿después como se devuelve? Lo único que le puedo decir es que busque dónde pueda quedarse esta noche, se que es difícil pero no falta quien tenga buen corazón, o devuélvase para san Javier, yo le doy los pasajes. Descanse y mañana será otro día, mire a ver si donde tiene a los hijos le pueden prestar dinero. No sé, pero así como está en estos momentos no va a hacer nada.

Esas palabras no fueron muy reconfortantes, la verdad tal vez ni él podía hacer eso. La plata que tenía era para el agua de panela, y es que los conductores no lo llevarían gratis. Luego de escucharme me dijo:

– Tranquilo mijo, ahí yo miro a ver que hago, ¿usted donde vive?:

- En Robledo. Pero estoy preocupado de que ya no haya más buses a esta hora; ellos recogen a la gente más arriba, sino que me da pereza subir.

- Venga vamos -me dijo –yo lo acompaño hasta allá, esto por acá es muy peligroso y no vaya a ser que le pase algo.

Cuando se prestó a acompañarme pensé un montón de cosas malas, pero luego me despreocupé. La tristeza y aburrimiento que tenía en los ojos se le notaban, era inofensivo, en la forma en que caminaba parecía que se fuera a desmayar.

- ¿Usted qué estudia?- me preguntó

- Derecho en la Universidad de Medellín- le dije.

- Yo he trabajado muchos años de mesero, pero ya estoy muy viejo, y a esa gente no le sirven ya las personas viejas. En estos momento necesito trabajar en lo que sea; un señor de la minorista me dijo que si me conseguía 10 mil pesos me daba un bulto de limones para vender, pero yo de dónde 10.000 pesos, eso es mucha plata para mi.

Cuando llegamos al bus, antes de despedirme le di unas monedas que tenía, aunque sé que no le servirían de mucho, al otro día estaría igual o peor. Pero yo no tenía otra forma de ayudarlo. Además, sé que no es el único y que las limosnas no los ayudan mucho. Solo es el sentir que aun soy sensible y que me duele la realidad de los que están en la miseria, aunque con una limosna no los pueda ayudar.

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Diego Martinez

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