La terrible historia de Juan

Recuerdo aquellos tiempos en que era un niño; apenas si tenía pocos amigos, casi todos vecinos mío. Pero no era, por ejemplo, amigo de Juan, que también era vecino y vivía en la otra cuadra, por unas escalas. Creció conmigo y nos veíamos casi todos los días; hicimos la primaria en la misma escuela una escuela muy humilde, pequeña, con apenas ocho salones. Después la tumbaron y construyeron en su lugar un edificio más grande con tres pisos y una placa deportiva, y lo convirtieron en colegio. Pero en aquel tiempo, unos diez años atrás, teníamos que terminar nuestros estudios de bachiller en el Colegio Félix Henao Botero,  a la entrada del barrio Villatina. Allí fuimos Juan y yo, pero nos tocó en grupos distintos. Por eso, tal vez, tampoco en el colegio hicimos amistad.


Tengo una lista de compañeros en la memoria que estudiaron conmigo, pero ya no sé de la mayoría. Curiosamente, me he enterado más de la vida de Juan que de los otros. He visto como mis compañeros, algunos del colegio y otros de la escuela, han tomado diferentes rumbos, algunos ya han formado su familia, otros se han dedicado a la vagancia, la droga y el relajo, otros se han vuelto paracos y pocos han seguido sus estudios, yo entre estos últimos.  Juan estudió hasta séptimo grado; no sé si fue porque perdió el año o porque no quería estudiar más. El caso es que se fue del colegio y se dedicó a la calle, en un barrio terrible.

La Sierra, desde que la conozco, ha vivido en conflicto. Pero en ese tiempo de mi infancia la guerra era para nosotros como un mito, siempre vivíamos en nuestras cosas de niños y no nos dábamos cuenta de nada, o no lo dimensionábamos. Por otro lado, Villaturbay, que es el barrio en donde Juan y yo crecimos, siempre fue y sigue siendo la trinchera de guerra entre los de Tres Esquinas y la Sierra, paso intermedio, lugar de confrontación. Por las noches nunca faltaba la balacera; a veces se prolongaba hasta la mañana y por eso no teníamos clase en la escuela. 

El papá de Juan tenía una tienda al lado de la carretera que sube a la Sierra. Allí lo veía yo, a Juan, con un aspecto demacrado como si no durmiera; ojos cansados drogados y rojos, ya no tenía mejillas. Se había ganado la fama de drogadicto y yo lo creía, pues se relacionaba con los marihuaneros y periqueros de la cuadra, un grupito integrado por los más viciosos. Actualmente todos son paramilitares.

Juan estaba cada vez más acabado. No hacía nada más que parcharse por ahí viendo qué pasaba. Todo el mundo se dio cuenta cuando empezó a robar dinero de la tienda del papa; empezó con chichiguas, pero a lo último se robaba todo lo que encontraba en la registradora. Hasta el mismo papá, a quien le decían Mamon, lo mandó amarrar de los paracos. Entonces la práctica era (y sigue siendo) que  a los ladrones se los llevaban a los Pingüinos, un sitio que da a la salida de la carretera que sube por la Sierra y desemboca en la de Santa Elena, llamado así por el nombre del estadero que queda en toda la salida. Allí, en medio del bosque de pinos, los pateaban hasta el cansancio y luego los amarraban dejándolos así hasta el otro día. Eso fue lo que hicieron con Juan. Ellos, los asesinos, los más delincuentes, ladrones y viciosos, queriendo hacer justicia y sentar normas morales contra el vicio y el robo.

Juan no aprendió la lección. Luego de unos días volvió a casa, y volvió a la misma historia. Ya era peor; no solo robaba en la tienda sino en la casa: se robaba hasta los platos; era tal su desesperación, que no se hallaba, necesitaba dinero a chorros para comprar el perico.

Sus padres ya estaban muy preocupados,  no sabían qué hacer y no vieron otra salida que mandarlo  a un centro de rehabilitación. Pero allí duró poco, al mes ya se había escapado y había vuelto a Villa Turbay para seguir en las mismas. Ya se le había advertido, pero no hacía caso.

Sus padres ya no lo dejaban vivir en la casa, le sacaron todo para el corredor; allí desayunaba, almorzaba y comía. A veces era la tía la que se compadecía y le daba comida. También le sacaron la ropa, le tenían prohibido la entrada, porque siempre se robaba algo.

Así duro muchos días, hasta que de pronto pasó una semana y nadie sabía de Juan, había desaparecido. Una semana después  unos muchachos lo encontraron muerto por los lados de Los Pingüinos, lo habían matado. Primero lo habían aporreado hasta el punto de que no se reconocía; luego le metieron varios tiros mientras estaba amarrado. Esa es la justicia de los paracos de la Sierra. Lo peor es que todos en el barrio parecen pensar ahora que Juan se había ganado esa muerte, que eran justificados los motivos. 

La mamá de Juan casi se vuelve loca. Muchos días pasó sin que dijera una sola palabra: lloraba gritaba en las noches; tal vez fue el remordimiento de no haber podido hacer nada por él.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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Diego Martinez

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