Imprimir esta página

Una cuadra secuestrada por “El Chomo”

En el Francisco Antonio Zea de Castilla, al noroccidente de Medellín, apenas a unos 20 minutos a pie del centro, un grupo de maleantes mantiene desde hace ya más de año y medio a toda una cuadra secuestrada, la calle 92DD entre la 71A y la 72. El asunto es más sorprendente si se tiene en cuenta que en la esquina de dicha cuadra está ubicada la Subestación de policía La María, aparte de otros tres puestos de policía muy cercanos en los alrededores y varias cámaras de seguridad instaladas en el sector.

 

{jcomments on}

Ya en noviembre del año pasado, aquí, en este mismo periódico, realizamos la denuncia de la situación. Parecía, y sigue pareciendo, inaudito que a media cuadra de una estación de policía un tipo convierta la cuadra en un expendio de drogas al de tal y al por mayor, al tiempo que lo la ofrece como escenario de consumo desenfrenado; que reúna, además, en torno suyo, un grupo de malandrines, ladrones, deshuesadores de carros y motos, y asesinos; que de repente convierta la cuadra en un escenario de guerra en donde la plomacera estalla en el momento menos imprevisto; todo esto sin que la policía, que está a media cuadra y regada por los alrededores, parezca percatarse. Pero más inaudito resulta todavía que, a pesar de las múltiples denuncias ante distintas autoridades a las que los vecinos han acudido, éstas no se den tampoco por enteradas y no tomen medidas serias para resolver el problema. Entre tanto el poder criminal y de intimidación de Juan David, alias el Chomo, dueño de la plaza de vicio en la cuadra, se incrementa.

Este 26 de junio, por ejemplo, en medio de una juerga monumental, despertaron a todos los vecinos (también tuvieron que haber despertado a los policías que dormían) a eso de las dos de la mañana. Movidos por la curiosidad los vecinos se asomaron por las ventanas y vieron toda una asamblea de maleantes, más o menos 16 o 18 tipos, animados todos por la voz cantante del Chomo. Estaba encolerizado el tipo con los vecinos de la cuadra supuestamente porque no colaboraban.

-Más bien deberían agradecernos- decía en medio del escándalo de sus compañeros-, pues si no fuera por nosotros aquí ya se habían metido los Mondongueros (la “bacrim” del barrio vecino).

El motivo de la furia era una reja que habían puesto unos vecinos en una casa, de tres pisos, para protegerse. Las casas son independientes y antes no le habían puesto siquiera puerta a las escalas, contando con la tranquilidad histórica del barrio y la confianza entre los vecinos después de muchos años de vivir juntos. Pero Cuando el Chomo montó allí su plaza de vicio y convirtió la cuadra en un lugar sagrado para el consumo de droga, el andén y las escalas de esta casa se convirtieron en la guarida perfecta para seguir la juerga a pesar del agua, el viento o el frío de la noche. Al otro día no quedaban sino las botellas de whisky, las colillas de los baretos y las bolsitas limpias de coca regadas por las escaleras.

-Se van a tener que meter las rejas por el culo- decía el Chomo casi gritando, mientras miraba hacia la casa a ver quién se atrevía a responder.

Como nadie respondió, entonces agarró la reja a pata y junto con sus compinches la abrieron y se metieron a consumir vicio y a irrespetar a los habitantes de las casas.

-Y es que hoy no como de nada- insistía, mientras de una manera energúmena le daba palmadas y golpes al sillín de una moto parqueada en media cuadra-. Y van a ver de lo que soy capaz, porque estoy loco, endemoniado.

Después se arrimó a una casa en la mitad de la cuadra; miró a todos sus secuaces que lo seguían embrutecidos por el alcohol, la droga y la rabia, señaló hacia adentro, y dijo como si dictara una sentencia.

-Este viejo cacorro, hijueputa, no paga las cuotas de la barrida y no colabora. También hay que matarlo.

Y es que el séquito del Chomo acostumbra a dejar después de sus juergas, los recuerdos en toda la cuadra: las botellas de licor regadas, las colillas del cigarrillo y la marihuana en los andenes y en las ventanas de las casas, las bolsas de cocaína inundando los desagües, etc. Y después mandan a alguno de sus compinches a barrer y a cobrarles a los vecinos por el trabajo. El vecino al que ahora señalaba el Chomo se había resistido todo el tiempo a pagar. Una vez se atrevió a decirle al compinche cobrador: “Señor, es que yo ya pagué la cuota de aseo; esa viene en la factura de Empresas Varias. Si yo le puedo servir de otra manera, a la orden; pero no con una cuota de aseo que ya pagué”.

El caso es que después de las dos de la mañana de ese 26 de junio nadie pudo dormir en la cuadra. Y no sólo por la bulla y la algarabía, sino por el miedo: El Chomo de verdad parecía enloquecido y se dedicó a insultar, denostar y a amenazar prácticamente a toda la cuadra porque supuestamente no colaboraba.

-Definitivamente, si no colaboran hay que quitárselos de encima, hay que matar aquí a más de uno- repetía.

Y otros lo seguían, uno de ellos repitiendo como autómatas lo que ha sido representativo de las prácticas paramilitares en Colombia: Yo mato, pico y embolso. Yo mato, pico y embolso… Con esta jerigonza queda claro que no se trata de un vulgar jíbaro sino de un paramilitar, pues no sólo se dedica a vender su droga, sino que tiene toda una banda que lo respalda, y tiene experiencia en organizar toda una serie de actividades delictivas, que van desde el cobro de vacuna hasta el asesinato por encargo.

Por eso, esta cantaleta caló hondo en los vecinos, que ya saben lo que los malandrines son capaces de hacer. Una noche, tal vez una semana antes, en medio de una juerga parecida los escucharon planear cómo le iban a cobrar la vacuna a la ruta de buses 263 del 12 de Octubre. Los vecinos los escucharon hacer el plan de cómo iban a proceder con los conductores que no pagaran, qué celada les iban a tender para matarlos.

Esta misma noche, o tal vez otra, al fin y al cabo cada fin de semana, y muchas veces en semana, las noches en el barrio Lenin terminan igual, los vecinos escucharon hablar al grupo de delincuentes sobre un negocio. “un muñeco por encargo”, como lo llaman ellos.

-Parce, yo no voy a matar a ese hijueputa, porque están pagando muy poquito y, además, me caliento mucho.

Las vacunas son generalizadas. Por ejemplo, en la calle 93 con carrera 72, un hombre muy humilde del barrio se ha dedicado a reciclar la basura para ganarse su sustento. Pues a este señor le cayó la banda del Chomo y desde entonces tiene que pagarle cinco mil pesos semanales de vacuna para poder seguir reciclando. La panadería de la calle 93 con la carrera 72 también está pagando. En general, las tiendas, revuelterías y carnicerías del sector están vacunadas por esta banda.

Y como en la mayoría de las veces esta juerga terminó en una balacera: entre siete y media y ocho de la mañana, se entraron dos tipos en una motocicleta por la carrera 72 hasta la calle 92E; el parrillero le hizo varios disparos a la ventana de la casa del Chomo; después la motocicleta volteó a la izquierda por la 92E, pero como iban con tanta velocidad, se cayeron, y sin pensarlo dos veces se levantaron y echaron a correr porque ya los otros iban detrás disparándoles. Heridos en su amor propio, porque los mondongueros se les habían metido hasta sus narices, la emprendieron con la moto que los otros dejaron botada. La desbarataron a punta de roca, mientras gritaban los improperios más altisonantes casi llorando de rabia.

Y todo esto sucedió sin que los policías que viven a media cuadra se enteraran. Y, por supuesto, sin que la administración de Medellín parezca tener noticias del terror que hace año y medio está sembrando el Chomo y su banda en esta cuadra.

 

Modificado por última vez el 16/06/2012

Share this article

Acerca del Autor

Ruben Darío Zapata