Etnicidades y radicalidad en los orígenes del primero de mayo

Todos los grupos humanos son portadores de etnicidades o lo que es lo mismo, de rasgos culturales como las costumbres, los modos de hablar, las creencias, las religiosidades, las formas de organización familiar o de parentesco, las expresiones de arte y de folclor, entre muchos otros aspectos. Cuando los grupos humanos retoman o hacen conscientes esas etnicidades como elementos preponderantes de una identidad cultural debido a situaciones históricas diversas como, por ejemplo, sus desventajas o menor capacidad de poder frente a otros grupos y, la necesidad entonces de que le reconozcan condiciones de igualdad a partir de sus diferencias étnicas o culturales, aquellos grupos humanos asumen o re-crean una identidad étnica y a través de ésta constituyen grupos u organizaciones étnicas.

En los Orígenes Libertarios del Primero de Mayo, reciente obra compilada por José Antonio Gutiérrez, se destaca el papel que desempeñaron diferentes etnicidades en las luchas obreras en los Estados Unidos de Norteamérica. Estas luchas, en particular las que se dieron en Chicago, desembocaron en los trágicos sucesos de sus ocho mártires, seleccionados claramente de modo vengativo por las fracciones burguesas de la época ante el empuje del movimiento obrero con su reivindicación de las ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de educación y cultura o re-creación.

Fueron protagonistas entre esa obrería y proletariado - con participación destacada también de mujeres, jóvenes y niños que las organizaciones anarquistas de la época se preocupaban por integrar a las luchas -, muy diversas etnicidades como las italianas, inglesas, alemanas, españolas, polacas, francesas, irlandesas, latinas, lituanas y de los llamados Países Bajos, entre otras. Hoy en día, a todas ellas las distinguimos mejor como nacionalidades. Sin embargo, en aquella época (segunda mitad del siglo XIX), tales identidades nacionales como tal apenas se encontraban en los inicios de sus consolidaciones en correspondencia con unos Estados Naciones. Las que se encontraban entonces profundamente arraigadas eran aquellas etnicidades, y fueron uno de los elementos retomados o instrumentalizados por los Estados Naciones para su mayor apuntalamiento o fortaleza.

Tampoco entonces la categoría del ser-ciudadano de un Estado Nación se encontraba en una consolidación como la que se revelaría luego en las llamadas guerras mundiales en 1914 (la Primera) y en 1939 (la Segunda). Aquella característica o situación del incipiente ser ciudadano de un Estado Nación permite también entender la mejor o más ágil fluidez de aquellas etnicidades hacia unas identificaciones obreras o proletarias y, por tanto, su mayor expresión o más radical resistencia a su sujeción o ataduras como ciudadanos/as, tal como lo apreciamos en unas etapas posteriores, incluida la actual. En otras palabras, a aquella obrería de la segunda mitad del siglo XIX no la condicionaban tanto las leyes del Estado Nación como sucederá a partir sí de la primera mitad del siglo XX. Para el primero de esos contextos enunciados (segunda parte del Siglo XIX), la filosofía y política de los anarquismos como su anti-jerarquía (o radical negación de la superioridad o dominación de un grupo sobre otro) y su anti-estatismo (o rechazo radical al Estado Nación), tuvieron un mayor despliegue que en el segundo de esos contextos (primera parte del siglo XX).

Las expresiones de diversas y múltiples etnicidades de las dinámicas obreras y proletarias alrededor de las jornadas emblemáticas por “Los Tres Ochos”, no constituyeron una barrera insuperable o difícil de franquear. Con relativa facilidad los anarquismos de la época fueron compatibles con esas diferenciaciones, transitaron en medio y a partir también de esas diversidades y posibilitaron mucha unidad y mucha fuerza en aquellas luchas.

La International Working People's Association (IWPA) o Asociación Internacional de Personas Trabajadoras (no de Hombres Trabajadores), la primera organización marcadamente anarquista en los Estados Unidos, que nació en octubre de 1883 y fue protagonista indiscutible en aquellas jornadas históricas por “Los Tres Ochos”, publicaba, por ejemplo, sus periódicos en por los menos siete idiomas; y sus dinámicas, tanto de discusiones como organizativas, las desplegaban sobre la base de aquellas etnicidades que incluían, entre muchas otras acciones, los famosos picnics o paseos familiares que contribuyeron decididamente a la formación política y cultural alternativa, tanto de hombres como de mujeres, jóvenes, niños y mayores.

Desde las últimas décadas del siglo XX y hasta la fecha, se presentó una especie de explosión de identidades o grupos étnicos en el mundo, de Pueblos Indígenas y Tribales como, por ejemplo, el Pueblo Negro, Afrocolombiano, Afrodescendiente, Palenquero y Raizal en nuestro medio. Esto ha coincidido indudablemente con una disminución de las expresiones convencionales de la lucha de clases en el mundo (las del proletariado industrial por ejemplo y que son apenas un sector de los explotados/as en el planeta), y ha suscitado en los imaginarios o representaciones mentales, la idea de una supuesta sustitución de la lucha de clases por las luchas étnicas o reconocimiento de unas diferencias culturales en los Estado Nación o al interior mismo del capitalismo. Una consecuencia de todo esto es que ha llevado a oponer o a considerar como mutuamente excluyentes las luchas de clases con las luchas étnicas.

No es esto precisamente lo que nos revelan los orígenes anarquistas del Primero de Mayo. De otra parte, las luchas étnicas o los reconocimientos plenos de las diferencias culturales en la actualidad se plantean en el contexto de una sociedad capitalista; no en otro tipo de sociedad ni tampoco en otro período histórico. Desconocer esto es caer en una postura a-histórica o que no tiene en cuenta la dimensión histórica en las luchas.

También, por otro lado, las luchas desde las fracciones de la clase proletaria no niegan o anulan las luchas étnicas o por el reconocimiento de las diferencias culturales. El carácter de la relación social del Capital es homogeneizante y éste sí es incompatible con el despliegue de las diversidades culturales. Por tanto, las alternativas de superación de la relación social de la apropiación privada del trabajo deben ser ineludiblemente ricas en heterogeneidad cultural. En este sentido, las identidades étnicas en el mundo, los valores que incuban o preservan en algún grado y que son diferentes al individualismo-egoísmo característico de aquella relación social del capital, son fuentes importantísimas de resistencia y una especie de reserva o semilla imprescindible para la construcción de sociedades bien distintas a las hasta ahora predominantes.

Recuperando los orígenes anarquistas del Primero de Mayo, nos corresponde hoy presentarnos y expresarnos de nuevo desde las diferencias étnicas o culturales y de nuevo, también, como explotados o expoliados que seguimos siendo por el capitalismo. Por tanto, articulados o integrados a específicas fracciones de clase social, más allá de “Los Tres Ochos” y por consiguiente, más allá de los Tiempos-Espacios que el capital nos impone, recuperando radicalmente nuestros territorios y tierras, nuestras sabidurías ancestrales u otras formas de saber y de conocer. En últimas, nuestras identidades bien diferenciadas de esa otra identidad absoluta - el ser ciudadano homogéneo en su máxima expresión - que el capital nos quiere imponer indiferenciadamente a los proletarios/as o, Pueblos del mundo.

 

Modificado por última vez el 16/06/2012

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