Periferia

Periferia

Por Víctor de Currea-Lugo

En memoria de los colegas muertos por el coronavirus

Gracias al modelo establecido por la Ley 100 de 1993, cuyo senador ponente fue Álvaro Uribe Vélez, y gracias a todos los gobiernos que desde 1990 han impulsado, ya durante 30 años la privatización en salud, nuestro personal está en un terrible escenario para enfrentar la pandemia.

El personal auxiliar de enfermería gana a veces menos que un mínimo, hay médicos en Bogotá que les deben salarios de hace cuatro meses y en las regiones apartadas adeudan salarios desde hace casi un año.  La privatización de la salud ha llegado a tal punto que, mientras un obrero recibe un uniforme de su empleador, ya es usual que el personal de salud compre sus propios uniformes. Las pésimas condiciones de bioseguridad no aparecen con la pandemia, sino que ésta más bien las hace públicas ante una sociedad que sigue sin creer que el derecho a la salud existe.

Las formas de contratación a destajo, por unos pocos meses, sin garantías ni dignidad, son una constante. Algunos colegas viven todavía ilusionados en el ejercicio de una profesión liberal que hoy es más exactamente la de un obrero calificado, que no lleva un overol azul, sino una bata blanca. Por eso algunos le tienen miedo a la palabra “sindicato”, porque nos quita estatus (!). Es la Ley 100 la que, imponiendo modelos de eficacia, obligó a consultas psiquiátricas de 20 minutos, a sueldos precarios y a medición de la calidad médica en pacientes por hora y en menos exámenes de laboratorio.

Con eso enfrentamos ahora una pandemia en la que, según la Federación Médica Colombiana, solo el 45% de los médicos tiene tapabocas, 21% gafas de protección, 5% escudo facial y menos de 3% trajes de bioseguridad. Mientras el personal de salud chino parece un grupo de astronautas, y que (a pesar de la protección) más de 11.000 trabajadores de la salud se han infectado en España, aquí en Colombia los dueños del negocio de la salud, al igual que el Gobierno, señalan a las Administradoras de Riesgos Laborales (ARL), y estas a su vez se escudan para que al final los trabajadores de la salud sigan desprotegidos. Algunos hospitales han hecho firmar, a médicos mayores de 60 años, su renuncia a cualquier reclamo si en el ejercicio de su profesión se infectan.

Yo propuse los aplausos, como una forma de reconocimiento de la sociedad al sector salud, pero con esto no buscaba evitar la discusión sobre las pésimas condiciones laborales, sino generar un primer escalón hacia el reconocimiento de sus derechos. Curiosamente, para algunas personas, el aplauso reemplazaba la solidaridad: entonces podrían aplaudir de noche, mientras de día discriminan al personal de salud, presionándolos para que no les arrendaran, tratando de echarlos de los conjuntos residenciales, colocando letreros en los ascensores para que el personal de salud no los utilizara, prohibiéndoles entrar en los supermercados, no llevándoles domicilios de alimentación o no prestándoles servicios de taxi. Ese es un reflejo de la sociedad que tenemos.

Esa sociedad fue precisamente la que, democráticamente, voto contra la paz, no voto contra la corrupción y eligió a Duque. Ese presidente que ahora hizo un gasto millonario en tanquetas para el ESMAD en medio de la pandemia, el mismo que fue aupado al poder por el creador de la Ley 100, el mismo que quiere aplanar la curva epidemiológica a martillazos. Un país donde se invierte millones en cada miembro del ESMAD, pero solo unos pocos centavos en el personal de salud; así Colombia parece tener recursos para tratar de aplastar el estallido social, pero no para proteger un personal de salud que usa bolsas de la basura para improvisar equipos de bioseguridad. Las comunidades más pobres tendrán un mayor impacto porque la pobreza sigue siendo el principal factor de riesgo en una epidemia. De hecho, el primer caso confirmado del virus en el pobre departamento de Chocó es el de una enfermera.

La pregunta es: ¿Qué tipo de salud queremos? Yo apuesto por uno que salve vidas y que ofrezca un trabajo digno. El que me diga que la Ley 100 está bien escrita pero mal aplicada, es simplemente porque no conoce la Ley 100. Y a aquellos que, siendo trabajadores de la salud, defendían las EPS les hago una última pregunta: Ustedes creen que unas instituciones que los han explotado, precarizado laboralmente, negado sus derechos, limitado al máximo el ejercicio de su autonomía y de su ética como profesionales de la salud, ¿van a portarse de una manera diferente en medio de una pandemia?

Ya en pocas semanas han dado la respuesta: continuación de contratación injusta, propuestas de reducción salarial, amenazas de despido, desvío hacia el propio personal de salud de la adquisición de elementos de bioseguridad, demoras en las transferencias a los hospitales. Entonces ¿Qué supone uno? Fin del comunicado.

 

Foto: semana.com

Saturday, 11 April 2020 00:00

Desde adentro

Texto: Alexander Arboleda

Ilustración: Valentina González

 

Si se piensa como una enseñanza humana, el confinamiento es una técnica que sirve para dimensionar cuáles son los límites físicos y mentales con los que cuenta un individuo o una sociedad. Digo mental porque, en cierta manera, se cree que estos limites pueden ser definidos por voluntad, algo así como El límite está en tu cabeza o cualquiera de esas frases que te hacen crear horizontes momentáneos a corto plazo. Confinarse es establecer un límite frente a algo y actuar en el rango previsto para ello.

Ahora que la situación de salud pública obliga a gran parte de la población mundial a confinarse, hay muchas lecciones que salen de este ejercicio no voluntario de protegerse contra algo que no se ve pero que hace mucho daño, e incluso que puede ser mortal –y Colombia sí que sabe de estas presencias invisibles–.

La primera es la ilusión del límite. Nuestra sociedad tecnológica ha logrado lo impensado: la interacción en tiempo real desde casi cualquier parte del planeta. Esto nos crea la idea de que el límite es solo un concepto que se crea pero que se diluye fácilmente con la evidencia. Por ejemplo, el teletrabajo es una tendencia que, de manera silenciosa, venía transformando la manera de laburar, pero que luego de esta experiencia se quedará definitivamente. Casi todos los empleos urbanos que se benefician directamente de la tecnología están demostrando su adaptabilidad a la circunstancia: clases y trabajos virtuales, oficinistas, estudiantes y docentes que cumplen horario escolar o laboral con la pijama puesta y con el tazón de cereal a un lado de su computador. La presencialidad no se ve en este momento innecesaria, pero sí prescindible para lograr ciertos objetivos. De esta manera, el confinamiento es solo una circunstancia. La vida sigue tanto adentro como afuera de tu límite. La única diferencia, en apariencia, es la frecuencia con la que debes salir a proveerte.

La segunda lección tiene que ver con la angustia del afuera. La última vez que salí a la calle tuve cierta sensación de peligro, de amenaza. No por algún tipo de agorafobia o por miedo, sino por la sensación de que mi lugar, así como el de los otros transeúntes que veía a esa hora –tipo 11 de la mañana– estaba adentro. Pero no sabía exactamente a qué me refería con ese adverbio. Estaba seguro de que no significaba lo mismo para mí que para algunos que veía por ahí. Sabía que mi adentro inmediato era mi casa, mi habitación, era la reunión virtual que tendría a las 3 de la tarde con mis colegas docentes, era el libro de Bolaño que me esperaba para quemarme la cabeza un rato, era la cerveza que iba a tomar en la noche. Sé que el adentro de la señora que cuidaba los carros en la calle por donde vivo es totalmente diferente. En su adentro, hay una habitación que hace las veces de cocina y dormitorio, compartida con otros siete miembros de su familia. Sin lectura. Sin balcón para ver caer el día. Probablemente sin cerveza. Así, el afuera es una opción negada, pero el adentro es una posibilidad dolorosa –y muchas veces horrorosa– para muchos.

La tercera lección –no la última, pero sí la suficiente por este día de cuarentena– es la idea de la incertidumbre. Entre mensajes de moral y esperanza que circulan a diario por redes sociales, radio y televisión, se esconde la sensación de no saber qué va a pasar. Cada quien busca la manera de camuflar esa incertidumbre en optimismos desbordados –como los mensajes de los traders o las oraciones devotas–, o en pesimismos silenciosos, como bombas de tiempo –al mejor estilo de los desposeídos, del trabajador de a pie que no tiene como costear la comida para su familia, de los fatalistas–. Esta incertidumbre solo esconde la certeza de que nada va a volver a ser igual. Cada quien tendrá que descubrir qué cambió, cuando suceda.

Es un momento de shock en todos los sentidos. Se busca ocultar, esconder la fractura, simular un estado (¿Estado?) de control. La gente espera. La gente se confina, a su manera. La que puede.

 

Texto: Sergio Alejandro Calderón Vergara

Ilustración: Valentina González

 

Es cierto que la pandemia ocasionada por el covid-19 nos pone en un lugar difícil como sociedad. El encierro –o también llamado aislamiento preventivo obligatorio– saca al sujeto de su escenario cotidiano de socialización y lo pone en uno totalmente diferente. La reducción de la movilidad social y el estado de excepción son legitimados por las grandes mayorías sociales bajo el argumento de “salvaguardar la vida”.

En este contexto, los estados–nación, en diferentes regiones del mundo –con menos fuerza en Asia–, han declarado los estados de excepción para atender efectivamente la crisis sanitaria global que se manifiesta en sus territorios. Colombia es uno de los países que apela a esta vía y le apuesta, con cierta celeridad, al fortalecimiento de los mecanismos formales de control social a través de la institución militar.

Desde una perspectiva geopolítica, la participación de las fuerzas militares en el modelo de intervención que han venido utilizando los estados-nación, en razón de prevenir la propagación del también llamado “nuevo coronavirus”, no dista mucho entre regiones. La fórmula es la misma: crear pánico y vender seguridad. Mientras se niegan variables socioeconómicas.

Según Giorgio Agamben en su artículo La invención de una pandemia, los decretos y leyes –en el marco de esta contingencia global– aprobados por el gobierno italiano “por razones de salud y seguridad”, “da lugar a una verdadera militarización de los municipios y zonas donde se desconoce la fuente de transmisión de al menos una persona o en que haya un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus”. Argumenta además que “una fórmula tan vaga e indeterminada permitirá extender rápidamente el estado de excepción en todas las regiones, ya que es casi imposible que otros casos no se produzcan en otras partes". En Colombia el escalamiento de las medidas militares se dio de forma precipitada.

En un contexto de desempleo y trabajo informal, con grandes indicadores de injusticia social, la militarización de los territorios en razón de mantener el orden social poco o nada aporta al mejoramiento de la crisis. Escalar el control social formal por la vía de las fuerzas militares sin tomar medidas estructurales que mejoren las condiciones materiales de existencia y garanticen la seguridad humana, el bienestar social, y el cubrimiento de las necesidades básicas, agudiza e intensifica la crisis socioeconómica. Al mismo tiempo que configura un panorama social donde impera el pánico y la histeria colectiva, donde las grandes mayorías sociales –sumidas en el miedo y la ignorancia– no se percatarán de que el estado está dando un tratamiento de guerra a una crisis sanitaria que implica un tratamiento humanista.

La diferencia entre control social formal e informal radica en que el control formal propende por el cumplimiento obligatorio de las leyes, normas o mandatos sociales por parte de la población en general, y dispone de instituciones que despliegan diferentes mecanismos de castigo cuando un sujeto incurre en una conducta “desviada”, es decir, incumple la norma. Generalmente lo ejerce el estado. Por control social informal se puede entender el cumplimiento de las leyes, normas, o mandatos sociales sin acudir a mecanismos de pena o castigo. Lo ejerce la sociedad sin necesidad de que haya vigilancia oficial. Se manifiesta a través de la vergüenza, el sarcasmo, la crítica, el ridículo y la desaprobación.

El gran objetivo del control social es el mantenimiento del orden social, por tanto se hace efectivo cuando el sujeto lo interioriza y se auto-controla en razón de no afectar el orden social en el que vive y se desarrolla.

En consecuencia, lo que está en discusión no es el acatamiento del estado de excepción o no. Sino cómo y en qué contexto se da. Se coincide en que la medida más efectiva para prevenir el contagio y la propagación del virus es el aislamiento. Sin embargo, como ya se ha mencionado en repetidas ocasiones, no todas las personas tienen las condiciones materiales básicas necesarias para la subsistencia digna, por tanto se ven forzadas a salir de sus casas –si es que tienen casa– a buscar el mínimo vital. El estado, por tanto, no puede responder a esta situación con la imposición del control social formal para evitar el desorden –como lo ha venido haciendo con la militarización de los territorios–. Ese es un tratamiento violento e inhumano.

La situación ideal sería una donde la seguridad humana se convierta en prioridad. Es decir, en la que esté asegurado el mínimo vital y las personas no se vean forzadas a incumplir la medida de aislamiento preventivo obligatorio. Donde el control social informal impere. Osea, donde se tengan todas las garantías para utilizar –entre las mismas personas– mecanismos de control social informal (la vergüenza, el sarcasmo, la crítica, el ridículo y la desaprobación) contra la persona que esté incumpliendo la norma porque quiere y no porque le toca. Para ello el estado tendría que replantear su modelo de intervención de la crisis. Tendría que humanizar sus políticas, aumentar el gasto social, ampliar la cobertura pública de derechos básicos (salud, alimentación, vivienda), regular sectores económicos privados, y bajarle a la militarización. El control social formal, inhumano y violento, no sería necesario en una sociedad postcapitalista.

Otras pandemias que se olvidan

Nunca el gobierno colombiano había estado tan preocupado por proteger la vida de los ciudadanos. Como tampoco se había evidenciado tal nivel de exigibilidad social por el derecho a la vida y a la salud. El covid-19 se presentó en nuestra realidad –de forma espontánea– como una amenaza de muerte. Espontanea en el sentido de que no dio chance de preparación. Muy similar a lo que ocurre en los territorios donde ingresan de repente actores armados a realizar “limpiezas sociales”. La gente entra en un estado de pánico colectivo al sufrir un trastocamiento abrupto de su realidad social.

En Colombia hemos vivido pandemias similares. El asesinato sistemático de líderes sociales que ya supera los 70 homicidios en lo corrido del año, es, sin duda, una “pandemia” de las más atroces que vive nuestro país. Hasta ahora, ha matado más personas que el covid-19. Si bien estas dos realidades no son equiparables, sí permiten avizorar hacia donde se inclina la balanza de prioridades estatales y sociales en lo referente a la protección de la vida. El estado no está presente, ni previniendo ni erradicando el virus de la matanza de líderes y lideresas sociales. Como tampoco las grandes mayorías sociales están exigiendo el derecho a la vida de estas personas y sus comunidades.

En este contexto queda claro que unas vidas valen más que otras; que el estado no pudo desentenderse de la pandemia por covid-19 –que no es menor– tan fácilmente como sí lo hizo con el asesinato de líderes sociales –que tampoco es menor–; y finalmente queda claro que el discurso de la empatía tan sonado por estos tiempos, se agota en tanto una realidad no afecte al “yo” directamente. Es decir, la empatía funciona –y se promueve– cuando el yo está en peligro constante, como con el coronavirus, que se sabe que las posibilidades de contagio son simples y se pueden dar en cualquier lugar. Ahí la empatía es efectiva, pero es egoísta.                                                                                

Con el asunto de los líderes sociales funciona a la inversa. Como el liderazgo social no se contagia y mata únicamente a los que lo ejercen, no hay lugar para la empatía, por tanto no se promueve. Los líderes sociales abandonados por punta y punta.

 

Tuesday, 07 April 2020 00:00

El mundo seguirá igual

Texto: Juan Camilo Gallego Castro

Ilustración: Valentina González

 

En mi mesa de noche hay una pila de libros a mitad de camino. Hace casi un año que me cuesta terminarlos. Llego a la casa y estoy demasiado cansado, pareciera que solo los utilizo como un ritual antes del sueño, pues con dos páginas, a veces media, me quedo dormido.

Esto cambió desde que empezó este simulacro de fin del mundo. No paro de trabajar en casa, es cierto, pero tengo espacio para leer de nuevo una historia fascinante sobre ciudad de México, que escribió Juan Villoro, o el perfil del periodista Alberto Donadío. Estar en casa me reconforta, es transitar de nuevo por las hojas de mis libros. Trabajo en una ONG y en una universidad, a lo mejor comprendan por qué en el último tiempo las lecturas de noche fueron esporádicas.

No viajo las tres horas diarias entre mi pueblo y Medellín, ni estoy corriendo para llegar a tiempo a una entrevista o una reunión, ni renegando por que el bus que tomo en la terminal es el lugar más caliente de toda la ciudad. No está el aire contaminado ni el calor sofocante, ni el estrés ni el afán ni el temor de que abran un bolsillo del morral mientras voy en el Metro. Solo en este momento soy consciente de todo eso.

Sigo madrugando como siempre. En la sala encuentro a mi mamá escuchando la misa de las siete. No más empezaba la cuarentena, un bello sacerdote, abrumado ante la iglesia vacía, dijo que le olía a muerte, que le olía a sangre. Debe ser un buen consejero para mantener la calma. Con el paso de los días se la pasa vendiendo cirios, el de cincuenta y el de cien mil.

En la mañana intento escribir o entrevistar a alguien. Mientras, me acompañan un par de perros. El más grande acaba de cumplir diez años y el pequeño, al que llamo Satanás, hoy cumple seis meses. Es un lobo, ya se tragó dos billetes de cincuenta mil y persigue las gallinas de mi abuela como un poseso. Ya desplumó un par de gallos que, por suerte, se salvaron con mi aparición.

Al final de la tarde me reúno con mi familia y jugamos parqués. Es posible que haya pasado una década desde la última vez que estuvimos tirando dados. Mi hermana será mamá en tres meses. Mi sobrina no puede escucharme, pero en esta época de miedo y precaución es un mal momento para nacer; mi mamá está conmigo siempre, pero mi papá está por fuera casi toda la semana, mientras transporta legumbre entre Medellín y Sincelejo. Una vez allá, va hasta Cartagena o Barranquilla. Esta vez le tocó en la capital del Atlántico, en donde lleva dos días esperando que carguen su camión porque la cantidad de carros para cargar es más larga que un viacrucis. El viaje de regreso será eterno.

No mucho ha cambiado en estas semanas, salvo que estoy todo el día en la casa y que mi papá está expuesto todo el tiempo a ese virus del que no paran de hablar en las noticias. Mi única licencia para abrir la puerta de la calle es salir con mis perros a las cuatro de la tarde, luego de comer. Continuamos con las rutinas de siempre, pero con el encierro de nunca. Esto nos tomará varios meses más. El mundo sigue igual de ruin allí afuera. En estos días he escrito sobre personas que perdieron sus trabajos o que les cambiaron el salario de forma unilateral, de campesinos cocaleros a quienes les están erradicando sus matas de manera forzada, aprovechando esta situación, de exguerrilleros que ahora se tienen que ir de Ituango porque este Gobierno no les garantiza su propia existencia, de hidroeléctricas en una región como el Oriente, en donde antes eran guerrillas y paramilitares y ahora son empresas públicas y privadas que quieran quedarse con cada río que encuentran libre.

El mundo seguirá igual. No creo en las encuestas que preguntan si somos más solidarios que antes. No cambiará el sistema, seguiremos en el capitalismo, en la misma depredación de la naturaleza. Cuando todo esto acabe, lamentaremos las vidas que no están, seguirán matando líderes sociales, continuará el amago de presidente y el aire de Medellín volverá a ser la misma mezcla de hollín e ineptitud de algunos políticos y funcionarios públicos.

Mucho han comparado a la Segunda Guerra Mundial con el Coronavirus. Al final de la primera surgió la ONU, se firmaron acuerdos y tratados, el mundo supo lo cruel que era la guerra, pero le siguieron las guerras de Corea y de Vietnam, de los Balcanes y el Golfo Pérsico, de Afganistán y Siria. Igual aprendimos, igual nos seguimos matando. Decimos que nuestras vidas no serán iguales luego de esto, pero, a lo mejor, y como en la guerra, todo seguirá siendo igual.

Tuesday, 07 April 2020 00:00

Habitando la espera-nza

Texto: Joaquin

Ilustración: Valentina González 

 

En los días que supe que la tal pandemia estaba posicionándose en los pensamientos paranóicos de la gente, sólo podía pensar en lo egoístas que estaban siendo algunas personas amigas, al publicar en sus redes sociales sus posturas sobre lo fácil que sería abordar el encierro recurriendo a clases virtuales, trabajar desde las casas y solucionar asuntos médicos vía WhatsApp.

Tengo que decirlo: les odié al leer sus estados porque el quehacer explorado en los últimos años me ha dado la posibilidad de tener la certeza de que en innumerables veredas y municipios de Antioquia, y otras zonas del país, no disponen de medios suficientes y apropiados para poderse cobijar con estas propuestas, que en principio fueron publicaciones en redes sociales, pero que pasados los días se fueron volviendo realidad.

Afortunadamente, la contingencia me agarró en mi pueblo: San Francisco, Antioquia. Aunque inicialmente no supe qué tan positivo fuera eso, pues hace mucho rato no me veía obligado a convivir y habitar constantemente el mismo espacio que mi familia. Las diferencias y ausencias en la interacción y los intereses de cada personalidad siempre nos prohibieron la confianza y los mimos que veo en otras familias.

Y bueno, me dispuse a la discusión constante sobre lo injustas que estaban siendo las medidas propuestas  de encierro y virtualización, cuando una gran parte  de las personas pobladoras del Oriente Antioqueño no tendrían forma de “conectarse” a las dinámicas de digitalización de las vidas. Incluso, habría quienes tuvieran los medios, pero no la facilidad de encarrilarse en el reto complejo de manejar las tecnologías de la información.

Y no, no estaba siendo paternalista. Lo que intentaba era que reconociéramos otras maneras de habitar el mundo; que no tenemos por qué imponer lógicas de una partecita de un universo con discurso citadino, la partecita que dispone de los medios y de la facilidad para manejarlos.

Como pueden ver, hasta el momento estaba en un vaivén, entre lo políticamente correcto y la sensibilidad que siempre quiero mantener con un montón de vidas que me importan y me hicieron reconocerles durante el compartir comunitario y la reflexión colectivizada en los territorios que, con las complejidades del día a día, me pusieron a sonreír y me llenaron de motivación para seguir exigiendo justicias y libertades. 

Aun no pensaba en el virus como algo que trastocara de forma drástica mi cotidianidad. Y al cabo de algunos días me tocó hacer consciencia de dónde estaba yo en la ya nombrada crisis sanitaria. Estaba en casa, con comida suficiente para varios días, sin realmente preocuparme por las medidas de contingencia, y sin reconocer que en mi cuerpo se estaba materializando la impaciencia y el estrés de un nosequé que me producía el encierro. Y aunque a veces me suene grosero, era el encierro con una dinámica familiar que, en otros momentos, fácilmente hacía a un lado con uno de mis viajes a otros territorios.

Aquí me encuentro yo en la mencionada crisis sanitaria: un ser convocado a la deconstrucción de prácticas, comentarios y conversaciones machistas, misóginas, homofóbicas y demás, que al omitir los compartires íntimos me perdí por años de mi familia. Ahí estaba yo, enfrentándome a la realidad que casi nadie quiere ver(se), retarse en la paciencia, el amor y la atención promulgada con personas que casi nunca quieren hacer pasitos en los procesos de reflexión, pensarse cómo hacerse menos grotescas, cómo hieren la sensibilidad de otras, en este caso mi familia.

Ese gran reto que me atravesaba era el no juzgar a mi familia aferrándome de los procesos de divagación que asumí en solitario y que se moldearon día tras día sin las interferencias molestas de esas intimidades familiares de las que quizás muchas de ustedes sí podrán hablar. Se me presentó lo insólito: juzgar y confrontar desde mi posición deconstruible, o comprender, callar e intentar.

Ustedes se imaginarán mi fatiga. No habían sido tantos los días de cuarentena, pero yo no aguantaba más, era demasiada información, noticieros, alocuciones presidenciales cada noche, palabras y frases desprevenidas de mi hermano, alegatos en redes sociales, la inconsciencia de la crisis en la vecindad, llamadas paternas innecesarias, ¡no aguantaba más! ¿En qué momento me dio esta terrible crisis mental y corporal?, ¿Por qué mi rostro estaba cayéndose a pedacitos?, ¿por qué mi mente no paraba de desencontrarse en los pensamientos que antes me frustraban, pero no me generaban tanto desasosiego? ¿Qué?, ¿ahora tengo síntomas? Pues bueno, todo lo anterior, y quién sabe qué más se me escapa, andaba alborotándome fuertemente la cotidianidad, y vivirlo en cuatro paredes era una experiencia que no quería repetir. Los síntomas eran amigdalitis, lo demás no hubo inyección que lo curase.  

En medio de todo esto y otras cosas más, a mi mamá se le ocurrió sugerir una mudanza temporal a una vereda del pueblo. Y yo, con todos los enredos planteados anteriormente, grité –mentalmente– de alegría. Fue un sí rotundo, porque no podía(mos) más. Fácilmente nos dispusimos a empacar lo necesario: mi mamá agarró sus novenas de santos, algunas prendas y empezó a pensar en el mercado que llevaríamos; mi hermano tomó algunas ropas y ya estaba listo; y yo, me demoré un rato decidiendo qué libros no podía dejar, también cogí ropa y ya esperaba la salida.

Realmente fue mucho más complejo que eso, pero en resumen así estábamos. Nos vinimos a la vereda de donde es mi papá: La Esperanza. Un día para lavar, organizar la casa y al siguiente ya empezamos a habitar.

¡Qué diferencia! Aire puro purito, árboles adonde mire, por este lado aguacates, que por este hay plátanos y murrapos, si miro pa’ allí veo guayabas y naranjas, plantas aromáticas por montones y un árbol de deliciosos zapotes, que aunque sin cosecha, me genera un pensamiento de tranquilidad y regocijo que afortunadamente me tienen admirado.

Agradezco infinitamente a la existencia que, en estos días de angustia, por aquí todo fuese como si nada. Compadres y comadres compartiendo alimentos, avisos a los gritos de montaña a montaña, y el constante canto de toda clase de animales que como yo transitan libres entre las trochas y los potreros. Venir de una sensación paranóica y extremista del no contacto a un entorno de abrazos y cuchicheos desprevenidos, me hizo rediseñar los pensamientos y aflorar una esperanzadora sensación de no querer marcharme jamás.

Aquí hay tres métodos pa’ recibir la información: la radio funcional y dispuesta a las masas; los celulares, con des-sincronía absoluta con el mundo virtualizado; y el voz a vos fraterno que en ocasiones tergiversa la veracidad. Si bien la primera está a disposición, quienes se encargan de producir y distribuir la información oficial no estaban diciendo mucho pa’l campesinado y sus dudas frecuentes sobre esta crisis. Me encontraba entonces entre la felicidad de la tranquilidad y la incertidumbre de la amenaza que no nos llegaba dicha, pero va uno a saber si física, si rondaba.

Con todo y los peros señalados –más las disposiciones a la tranquilidad–, sí llegó una noticia abrumante: en San Francisco existe un contagiado de covid-19, y vive en la zona rural. La tranquilidad se volvió carcajada resignada, pero pudo el verde inigualable de los campos y al siguiente día, todo de nuevo a la calma.

En este punto tengo una sensación extraña. Si bien la parte íntima del compartir familiar me pone a “volar en el pelo”, y la contentura de habitar estas tierras florecentes y pintorescas me desbordan de sonrisas el alma, al continuar con la historia, curiosamente tengo que volver con demasiado énfasis a algunas de las vainas nombradas al principio, sumando otras que empeoran el panorama y materializan parte de esas injusticias que se evidenciaban en posturas y textos.

Estando en la vereda La Esperanza tengo que vivir de cerca todo lo que igual he defendido, pero no necesariamente había compartido: los teléfonos celulares no tienen señal (a menos de que se ubique en un lugar équis y no se permita movimiento alguno), sólo la escuela de la vereda tiene red wifi, y son abrumadores los intentos fallidos que se deben hacer para lograr la conexión; los trámites administrativos o médicos se preguntan vía WhatsApp, y si al intentarlo estando en el casco urbano me llevaba pura desilusión y soluciones tardías, no me quiero imaginar las odiseas de quienes vean necesario hacerlo desde esta u otras veredas.

Estando aquí he podido escuchar cómo la institucionalidad, a tan sólo media hora de distancia, no llega efectivamente. Cómo funcionarias y funcionarios se la pasan alardeando, en conversaciones informales y en sus redes sociales, del trabajo tan incansable que realizan cada día, cuando la verdad es que pareciera que se cansan tan fácil y rápido que dejan muchos lugares sin la atención que deberían brindarle.

Durante esta contingencia han hecho videos y emitido decretos, que aparte de que sólo son órdenes y más órdenes (cuando podrían estar explicando de fondo el por qué de las medidas, que son necesarias y deberíamos acatarlas pero las personas no deberíamos hacer las cosas por miedo a la represión o las consecuencias legales, sino por la comprensión real de lo que acontece, que en este caso es un virus mortal que nos puede llegar en cualquier momento). Ordenes sin medidas y propuestas claras pa’l grueso campesino de la población.

Tengo que nombrar otro tipo de acciones de la institucionalidad: unos folletos que explican medidas pedagógicas de prevención y tienen una sección de entretenimiento. Creo que sobra decir que, aunque empezó a circular el 28 de marzo, a esta vereda (a sólo media hora de distancia, repito) no ha llegado, siendo hoy 7 de abril, ¿será que aún le podemos esperar?

No puedo discutir el hecho de que las medidas que han tomado en este municipio no sean funcionales, aplaudo varias; lo que exijo, con lo que me molesto y lo que espero que nunca me deje de mover, es la injusticia en las posibilidades de acceso y en las decisiones de personas que trabajan en espacios de gobierno. Desconocen personas y comunidades que existen y sostienen economías y estabilidades de todo tipo. Pero claro, siempre voy a ser una persona de esas exageradas, problemáticas e incómodas que “sólo le gusta ver lo negativo”; y sí, si nadie más va a nombrar lo que está mal, orgullosamente lo seguiré haciendo, más que por orgullo, porque es necesario pa’ poder seguir soñando con la tal anhelada equidad.

Y ya sé que esto va pareciendo encíclica, pero aún me falta reafirmar que estos días me han puesto en la línea más gruesa del desespero, del desespero por tener un estado incompetente y unas figuras administrativas que se la pasan haciendo los mejores esfuerzos y haciendo “lo que mejor pueden hacer”, que, sin decir que esté mal, no ha sido ni será suficiente si las decisiones sólo se toman desde la lógica institucionalista tradicional.

El campesinado colombiano necesita visibilidad, necesita garantías de vida digna. Así como al personal médico, a los voluntarios que apagan incendios y a los integrantes de la fuerza pública y militar, a la gente del campo también les hemos debido aplausos, pero combinados con intenciones de mejorar sus condiciones y el respeto merecido, anhelado y exigido constantemente.

Lo que es claro es que esta dulce espera-nza me desborda en motivación hacia nuevos retos. Me impulsa a no aplacar la búsqueda de justicias sociales y me invita –o exige– que fortalezca mi consciencia y accionar pa’ que después de que pasen estos lamentos, pueda caminar aguerrido a una dinámica de lucha rural que se compone de procesos comunitarios, conversaciones intergeneracionales y co-habitanza en la exigencia de garantías y dignidades pa’ todas las personas y tierras que no están siendo contadas en la satisfacción de sus necesidades.

 

 

Por Oscar García, integrante de la junta nacional de la USO

 

La economía y los presupuestos colombianos tienen una dependencia creciente del petróleo. En septiembre de 2012, Colombia cambió su indicador de crudo de referencia WTI, la cual usaba desde 1985, al BRENT, alentada por la mayor cotización de este debido a la demanda creciente en Asia y Europa, también por la menor cotización del WTI dada la sobre oferta de petróleo canadiense.

Los efectos que tiene la reducción de los precios de los hidrocarburos en las  economías dependientes de su producción o exportación son diversos: menores ingresos por el valor de sus exportaciones, debilitamiento de la industria local, mayor dependencia de productos manufacturados, lo cual tiene relación con la mayor o menor depreciación del peso ante el dólar, disminución del gasto social y aumento de la pobreza y la conflictividad.

Colombia, por ejemplo, debe importar diversos productos para poder solventar las necesidades del sector productivo y del consumo de la población. Sus exportaciones son deficientes y poco diversificadas, indicador de un claro desbalance de su comercio internacional.

                Elaboración del DANE 

 

Los productos manufacturados ocupan la mayor proporción de las importaciones, seguido por insumos agropecuarios, alimentos y bebidas, y por combustibles y productos requeridos por el sector extractivo.

Colombia es unos de los países más afectados en América Latina por el desplome de los precios del crudo, pues más del 50% de sus exportaciones son combustibles y productos de la industria extractiva, lo cual, aunado a la depreciación del peso, puede llevar al derrumbamiento de su economía. La volatilidad de los precios del petróleo en las últimas décadas ha sido una constante. Basar nuestras exportaciones en la industria extractiva es un doble problema al que Colombia está expuesta.

Estamos asistiendo a una guerra que va más allá del petróleo, sin embargo esté juega un papel de muy importante en la disputa mundial por el control político, económico y comercial.

Esta compleja disputa mundial tiene al petróleo como un arma de guerra para debilitar al contendor. Los actores de la crisis del 2014 vuelen al ruedo: Estados Unidos, La Federación Rusa y Arabia Saudita, ya sea excediendo la producción o pactando alianzas con alguno de sus contendientes que cuente con reservas petrolíferas relevantes. También hay otros países con grandes reservas mundiales, pero su poco o limitado poder, o los cercos políticos y económicos que se le han impuesto, le quitan importancia en el concierto petrolero mundial. Tal es el caso de Venezuela, quien tiene las reservas certificadas más grandes del mundo, y de Irán,  que posee la cuarta parte de las reservas mundiales.

Los países de la región del medio oriente tienen una ventaja sobre muchos otros países productores de petróleo por sus bajos costos de producción petrolera. En Arabia Saudita y Kuwait los costos de producción son inferiores a los 10 dólares, en México ese valor es de 24 a 25 dólares, en Colombia el promedio es de 24 a 29 dólares, y en Rusia es alrededor de 32 dólares. Las ventajas para los saudíes son mucho más alentadoras, pero a largo plazo se complicará su situación económica.

 

 

 Elaboración del DANE

 

Algunos miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), más otros países productores, entre ellos Rusia, a la postre el de mayor peso, propusieron mantener un acuerdo de cuotas de producción para mantener un nivel estable en los precios del petróleo. Sin embargo, Rusia, segundo productor y número seis en reservas mundiales, no estuvo de acuerdo con la reducción, pues ello significaba ceder cuotas de producción a sus contradictores. La respuesta de Arabia Saudita fue el incremento de la producción petrolera, una abierta declaración de guerra a Rusia que generó una presión sobre los precios a la baja.

Adicionalmente, la pandemia del covid-19 constituye una presión adicional, pues la demanda de combustibles y los productos derivados de los hidrocarburos ha disminuido por el confinamiento de los ciudadanos y el cierre de fronteras aéreas, terrestres y marítimas que han adoptado los distintos gobiernos.  

Tal vez uno de los más beneficiados de la crisis sea Rusia, y el mayor damnificado Estados Unidos, quien sufrirá los efectos en la producción de crudos de esquisto. Sin embargo, está dentro de sus cálculos imperiales de dominación, puesto que es un asunto que implica dimensiones comerciales, políticas, mercados laborales y control territorial y militar.  

Los impactos sobre el mercado de trabajo del sector petrolero

Paradójicamente, el sector extractivo no es el que más demanda empleo en Colombia, siendo esta una de las industria que mayor valor agregado genera en una economía siempre y cuando esté desarrollado todo el proceso industrial encadenado. Pero Colombia exporta gran parte de la materia prima que produce, y escasamente procesa sus necesidades relacionadas con combustible y sus derivados, como no desarrolla otras cadenas de valor de esa industria generalmente tiene que importarlos.

Elaboración del DANE

 

El valor agregado de la explotación de minas y canteras representa apenas el 5.55% del PIB nacional, apenas por encima del suministro de electricidad, información y comunicaciones, actividades financieras y de seguros, y actividades artísticas. La explotación de minas y canteras, a la postre, es el octavo sector que genera valor agregado en la economía del país, y en el 2018 fue la décima generadora de empleo.

 

Elaboración del DANE

 

 

Elaboración del DANE

 

Los trabajadores son los primeros afectados en estas crisis. En la de 2014, más de 20.000 trabajadores fueron despedidos o sufrieron recortes de sus derechos laborales, los cuales no lograron volver a recuperar.

En el marco de esta crisis, la Unión Sindical Obrera [sindicato de la empresa estatal petrolera Ecopetrol] no tiene un consolidado de los trabajadores que han sido afectados por diferentes medidas, la gran mayoría trabajadores tercerizados y con contratos precarios. Sin embargo, ya se han tenido noticias de cientos de despedidos, presuntos acuerdos de terminaciones de contratos por mutuo acuerdo, licencias no solicitadas y no remuneradas por los trabajadores, o envíos a vacaciones.

¿Qué plantea la USO?

La USO impulsa la creación de un fondo para ayudar a los trabajadores, interlocuta ante las empresas, principalmente con Ecopetrol, para mitigar las afectaciones a los trabajadores, y vigila el cumplimiento de sus derechos legales y de las convenciones colectivas.

Hasta el momento la USO no ha consolidado una propuesta política para atender esta crisis. Sin embargo, el gobierno no debería aprovechar la situación para adelantar reformas que precaricen más a los trabajadores, pues el confinamiento y el miedo generado por la pandemia del covid-19 restringe la expresión popular en las calles.

Además, ante la crisis de los precios del petróleo, el país y el gobierno deberían contemplar una reforma de la política petrolera que permita generar recursos de impulso para otros sectores de la industria nacional, fortalecer los encadenamientos productivos y diversificar la economía y las exportaciones.  

Con esa reforma, el gobierno también debería impulsar la sustitución de los combustibles fósiles por energías limpias. La misma industria de los hidrocarburos, teniendo en cuenta los recursos que genera, debe ser el motor que promueva el viraje.

Urgente, además, reanudar las conversaciones de paz con el ELN, y las relaciones bilaterales con Venezuela para consolidar una coordinación económica y política en el marco de la solidaridad internacional.

 

Imagen tomada de: sputniknews.com

 En la noche del 29 de marzo de 2020, el país conoció una comunicación oficial del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en la que decretaba un cese unilateral al fuego, entre el 1º y el 30 de abril, el cual caracterizó como “activo” ya que esa guerrilla se arroga el derecho de responder a las agresiones que en medio del cese se puedan presentar contra ellos.

El ELN, sin embargo, no solo se refirió al cese sino que planteó nueve consideraciones de carácter político, social, económico y humanitario. Por ejemplo dijo en su comunicado que la pandemia del coronavirus es una problemática que “va a determinar todo el comportamiento mundial, agravando las crisis estructurales existentes”. También criticó el enfoque que el capitalismo mundial le ha dado a la crisis, privilegiando los negocios y dejando a los más pobres la carga de soportar un confinamiento sin las condiciones básicas para sobrevivir. Condenó las políticas de Iván Duque para enfrentar la pandemia, y criticó las medidas represivas para controlar la cuarentena, la crisis carcelaria y sanitaria; y se refirió al pedido del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, de un cese al fuego mundial en todos los conflictos armados. Y reconoció que organizaciones sociales y políticas también habían hecho solicitudes similares.

El comunicado contiene quince exigencias. Se destaca el llamado al gobierno a reunirse con su delegación que se encuentra en la Habana, Cuba, para concretar, con la presencia de los países garantes, un cese bilateral y temporal. Dentro de las exigencias de carácter social pide que se ofrezcan las pruebas de detección y los requerimientos médicos básicos para enfrentar el coronavirus de manera gratuita; se reforme la ley 100 de seguridad social para que sea pública y cubierta por el estado; apoyos económicos para desempleados, estratos bajos, pequeños y medianos empresarios y campesinos; cobertura de servicios públicos para toda la población; y la creación de un “fondo especial de 30 billones de pesos para atender la emergencia por el coronavirus, mediante el cobro de un impuesto extraordinario, al sistema financiero, a los grandes industriales, comerciantes y empresas multinacionales.

Para analistas como Victor de Currea Lugo, quien no solo conoce de cerca el proceso de negociación con el ELN, sino que ha escrito varios libros sobre el tema, y sobre los perfiles políticos y humanos de sus integrantes, la declaración de cese unilateral es muy importante porque trae un tono especial de gran madurez política, con reconocimiento a la ONU y los procesos sociales, y con alta valoración del momento político y social de la humanidad, con datos acertados y serios al respecto. De otro lado, de Currea considera que la declaración no viene sola sino que es la continuidad de lo que parece ser unos acercamientos discretos, pues están acompañados de liberaciones previas, por parte del ELN, de retenidos en los departamentos del Cauca y Arauca. Estos gestos, al parecer, fueron una respuesta al gobierno por la liberación de Francisco Galán y Felipe Torres, y su retorno a la condición de gestores de paz.

En las organizaciones defensoras de derechos humanos, los procesos sociales y políticos, y las comunidades en los territorios más afectados, el comunicado fue bien recibido y valorado. El movimiento Defendamos la Paz así lo reconoció, al tiempo que valoró también que el gobierno le devolviera el estatus de gestores de paz a Francisco Galán y Felipe Torres, exguerrilleros del ELN. Defendamos la Paz pidió que se hiciera lo mismo con Juan Carlos Cuellar, gestor recientemente detenido y privado de la libertad: “…consideramos como urgente y necesario que el presupuesto que se ha invertido en la guerra sea ahora destinado para cubrir y atender la situación de salud pública”. Además, exigieron al gobierno tomar las medidas necesarias para que cesen los asesinatos contra líderes y lideresas sociales, y se unieron al llamado del secretario de la ONU y el Papa Francisco, para que todos los actores armados en Colombia y el mundo cesen el fuego y paren las guerras. Más tarde, se conoció la reacción favorable del secretario general de la ONU, quien acogió con “beneplácito el anuncio” de cese unilateral del ELN, y pidió a otros grupos armados que hagan lo mismo.  

Organizaciones sociales y políticas como el Congreso de los Pueblos, cuya presencia campesina abarca varios departamentos y regiones donde hace presencia la guerrilla del ELN, se manifestaron complacidos con el anuncio de cese unilateral, por considerarlo un alivio para las comunidades; además deja la puerta abierta para que se dé continuidad a los diálogos de paz, y se acuerden condiciones para adelantar acciones humanitarias en los territorios.

Sería fundamental que no paren los gestos de paz, dice el analista Victor de Currea Lugo, y que el gobierno le concediera la libertad a Juan Carlos Cuellar y se le encomendara la tarea de construir los puentes necesarios para reanudar los diálogos de paz. También, como acto humanitario, y dentro de lo establecido en el decreto de emergencia carcelaria, el gobierno no tendría inconvenientes legales y políticos para liberar presos de esa guerrilla.

Debates de analistas y defensores de derechos humanos y constructores de paz, coinciden con estas apreciaciones, y algunos consideran que este es un momento político diferente que llama a pensar de otra manera, y a ponerse a la altura de salidas que privilegien el valor de la vida, la salud de la gente y del planeta.

Los acuerdos humanitarios en territorios como el pacífico colombiano, especialmente en Chocó, en el departamento del Cauca, y en la zona del Catatumbo del departamento de Norte de Santander, lugares donde las comunidades, los procesos, la insurgencia, los organismos internacionales y el mismo gobierno han tenido experiencias valiosas, son posibilidades más cercanas para que las partes tomen confianza y reanuden el proceso con acciones concretas: desminado, sustitución manual y voluntaria de cultivos de uso ilícito, entrega de retenidos, diálogos territoriales, campañas de salud, planes de vida y autogestión, de soberanía alimentaria, podrían abrir paso a las noticias que esperan los y las colombianas.

 

 

 

 

 

 

Tuesday, 10 March 2020 00:00

Editorial 158: Es tiempo de ellas

El patriarcado ha sido la forma de organización social que nos da la autoridad a los hombres para manejarlo casi todo. Ha sido impuesto y perpetuado durante miles de años en la historia de la humanidad en detrimento de las mujeres, pero también de los bienes comunes y del planeta. La mezcla patriarcado y capitalismo son los responsables de la mayor desigualdad, discriminación, depredación y violencia jamás conocidas contra la humanidad, el planeta y contra las mujeres en particular. Este sistema patriarcal se empeñó en construir un mundo que no fuera apto para las mujeres, uno donde todo estuviera al servicio de nosotros los hombres, en especial el poder político y económico.

Para no ir lejos, en Colombia, desde que se declaró la “independencia”, las mujeres fueron reducidas a los extenuantes trabajos del cuidado de la casa, de la familia, de la alimentación y la limpieza, incluso a duras tareas del campo; durante más de siglo y medio no tuvieron derecho a la propiedad, ni al voto, ni a decidir sobre la política y la economía; pero para ellas nunca faltó la violencia en el hogar y en la sociedad.

Según cifras del DANE, de un total de 48.258.494 habitantes que tiene el país en la actualidad, el 51, 2% son mujeres. Son mayoría y sin embargo los gobiernos sucesivos casi nada han hecho para garantizar condiciones democráticas mínimas para que las niñas, las mujeres y ancianas disfruten de una vida con dignidad.

Cabe destacar que la tasa de desempleo de mujeres en Colombia para octubre del 2019 fue de 12,6 %, mientras que la de los hombres fue de 7,2 %. Sin embargo, el valor de la economía del trabajo doméstico y del cuidado no remunerado, al cual las mujeres destinan 36,5 millones de horas al año, fue de 185.722 millones de pesos en 2018, lo que correspondía al 20% del PIB del país, cifra superior al valor agregado de las actividades económicas más relevantes del país, entre esas la industria minero-energética.

Es evidente la ausencia de medidas estructurales que promuevan el respeto por las mujeres, les brinden la libertad de decidir sobre sus cuerpos, y equiparen sus posibilidades de acceder a empleo y ocupar escenarios decisorios de la vida pública, en el Senado, por ejemplo, representan el 19,7% cuando la ley dice que debería ser mínimo el 30%. Por el contrario, la política pública promueve la naturalización de prácticas discriminatorias en su contra y el aumento de todo tipo de flagelos. Las cifras son aterradoras, 796 mujeres fueron asesinadas entre enero y octubre de 2019. Pero con las cifras de Medicina Legal el panorama es mucho más crítico y preocupante. Su directora manifestó que, de un total de 40.000 mil mujeres valoradas, 20.000 están en riesgo de ser asesinadas por sus parejas o exparejas.

Casi todas las cifras sobre las modalidades de violencias contra las mujeres van en aumento. Además hay que tener en cuenta los subregistros, es decir los casos en que las mujeres no reportan o no denuncian. Entre enero y octubre de 2019, fueron registrados alrededor de 19.000 los casos de violencia sexual, 34.000 casos de violencia de pareja y 13.000 casos de violencia intrafamiliar. Por supuesto que el común denominador es la impunidad, especialmente de aquellas otras violencias que los hombres ni siquiera reconocemos, por ejemplo la violencia sicológica, entre otras que no conllevan violencia física pero que pueden resultar mucho más perjudiciales y agresivas.

Los hombres debemos comprometernos, en el discurso y en la práctica, con la eliminación del patriarcado y sus violencias, a través de la puesta en marcha de prácticas responsables, equitativas, solidarias y cooperativas. Pero el compromiso también tiene que venir por parte del Estado y del modelo económico, agentes que por naturaleza son violentos y opresivos.

Los esfuerzos, luchas y vidas que fueron necesarias para que el 8 de marzo fuera declarado el día internacional de la mujer, hoy siguen siendo luchas importantes y necesarias. Muestra de ello es que actualmente las mujeres son protagonistas de las revueltas populares en el mundo entero. Una revolución sin un replanteamiento de la concepción que tenemos de lo femenino, y también del género, es una contradicción. Desde nuestro lugar nos sumamos a esa demanda actual e histórica. Esta es una edición con un carácter reivindicativo fundamentada en nuestra disposición a que, sin importar el mes, se denuncien las violencias de género, se reivindiquen las mujeres que el patriarcado busca invisibilizar, se propongan medidas y soluciones, y a que se piense y se narre el mundo desde una mirada femenina.

Señor Daniel Quintero: Me dirijo a usted, fiel encarnación de la crisis ética y política del país.

 

El 20 de febrero del 2020, usted, otro de los decepcionantes “independientes”, demostró con quiénes se compromete a la hora de gobernar —evidentemente no con quienes fuimos sus votantes... quienes nos dijimos que “¡era el mal menor!”, así de mal está todo. Es importante explicarle por qué es una barbaridad lo que hizo. Por qué está mal que viole la autonomía universitaria, que viole ese recinto con la violencia de los esbirros del orden por el orden. Que vuelva inseguro el único lugar donde tenemos el privilegio de refugiarnos de la violencia de una sociedad podrida por la muerte.

¿Le preocupa la violencia?, ¿le preocupa el terror? ¿Se da cuenta que le escandalizan más unos explosivos artesanales que el asesinato de un joven de 15 años la semana pasada en San Javier? Eso pasó un par de horas antes del asesinato de un hombre de 30, aparentemente por cruzar una frontera trazada por los violentos que ostentan el poder y que también tienen explosivos. Señor alcalde, ¿por qué no les manda al valiente y heroico ESMAD? Esto en medio de las guerras que no son capaces de detener con todas sus operaciones y que parecen acolitar de [la operación] Orión hacia acá. Mientras desenvuelve su show, a nadie le queda duda de que Medellín está repartida en feudos, fiel y terrible representación del orden en Colombia. Solo se les pide a los respectivos señores que mantengan el control y garanticen cierta seguridad —nunca se fue aquello de la donbernabilidad, con sus respectivos cambios de apelativo. Incluso, permiten que se peleen insignificantes fronteras de sus territorios, pues al fin y al cabo no amenazan el orden institucional, no importa mucho a quién se lleven por delante. La ideología de mantener en orden el negocio (o la vuelta) es la misma y todo está bien mientras se mantenga la apariencia de orden para mostrar, ¿no? Lo que importa es que aquí los muertos no hacen tanto ruido como las papas bomba.

 Compañero, —su sonrisa abierta significa que le puedo llamar así, ¿cierto?— hablemos de la universidad pública. A muchas personas les suena a simple egocentrismo aquello de que es difícil comprenderla si no se la ha habitado. Allí se da algo único que parece no darse en las privadas, instituciones de gran calidad académica, sin duda, pero donde tanto los fines como la composición humana varían significativamente.

Quizás debido a las condiciones materiales de muchos de los que llegamos a ella —por mérito y no por privilegio—, realmente la sentimos como una segunda casa. Uno resulta amando cada espacio de la universidad pública. En la universidad pública se come, se duerme, se hacen amigos, se conversa, se comparten ideas, se debate, se hace pereza, se vive, se ama; pero también pasa que uno se ve confrontado y se siente incómodo: ese es el aprendizaje más significativo. Uno se encuentra con personas de todas partes y siente que tiene un deber con la universidad, que no es simplemente un usuario o un cliente. Uno se siente seguro, seguro como no se siente en su otra casa donde la muerte espera en cualquier esquina.

¡Y claro que estudiamos! ¿Vos lo sabés, no? Siempre presumiste de que venías desde abajo. Estudiamos entre todo lo demás porque quienes crecimos en las barriadas sabemos que solo podemos estudiar en la universidad pública, que ella es nuestra esperanza y nuestro lugar. Y no se trata solo de las condiciones materiales. No me refiero solamente a la incapacidad de pagar una universidad privada; algunos nos ganamos becas estatales que nos permitirían estudiar en cualquier universidad, y aun así la buscamos a ella. Cuando uno ha crecido viéndole la cara poco amable a este país, le cuesta encerrarse en una burbuja bonita, llena de futuro y de salvación individual. Solo la universidad tiene ese ambiente, ese espíritu de creer en que la educación, las ciencias y las artes son la solución —o al menos una gran parte— a los problemas del país; y  pensar que nosotros podemos ser los protagonistas de esa solución, no solo los que siempre han protagonizado el problema. Compañero Quintero, ¿en qué clase te enseñaron que los problemas de esta sociedad se solucionaban con pie de fuerza? Así los vienen “solucionando” hace décadas, ¿siglos? Y nada. Y uno cree en eso de la educación, en eso que creías hace unos meses, porque ve crecer a sus compañeros y llega a creer que esto tiene arreglo. Una ingenuidad. Pero así es la universidad pública, es la utopía que aloja utopías.

¿Creés que vas a solucionar el tropel con un grupo de robots desalmados que entran rompiéndolo todo, que interrumpen toda la existencia universitaria?

Uno aprende a convivir con la manifestación violenta llamada “tropel” porque uno conoce peores violencias. Por ejemplo, la protagonizada por el ESMAD. Cuerpo liderado tras bambalinas por vos, el hombre fresco, aparentemente descomplicado, de camisa y blue jean que parece cercano a todos. Que al medio día es sensato convirtiendo un metro ligero en uno pesado y en la tarde le da por violar la institución que en una democracia liberal tiene la función de ser el caldo de cultivo de la sociedad, y que por tanto debe estar libre de la intromisión de los caprichos del gobernante de turno. ¿Quién te está hablando al oído? Vos y yo sabemos que nadie es independiente, que siempre dependemos de los otros, ese es uno de los aprendizajes de la universidad pública, ¿o vos a qué universidad fuiste? No. Es claro que usted no es mi compañero, ni el de ninguno de los que gaseó hoy en aras del falso orden que rige a esta ciudad. Señor alcalde, muchos decían hoy mientras los gases de su horda nos obligaban a salir llorando de los salones, que usted pasó por la universidad pública sin comprender nada. Esto es evidente ahora que se ha reafirmado en su bárbaro error y ha anunciado que lo repetirá. No ha sido el primero en no comprender... ojalá no sea el peor, pues la macabra competencia es reñida.

Pero déjeme explicarle algo: ¿por qué el estudiantado de la Universidad de Antioquia nunca ha atendido ni atenderá a una orden de evacuación? En el momento en que el ESMAD ingresó, los capuchos ya no estaban. Quizás eran infiltrados, quizás no, lo que importa es que, a pesar de los gases, los estudiantes se quedaron haciendo presencia. ¿Por qué? Porque lo público desarrolla el valor de la responsabilidad con lo público, más allá de las diferencias políticas. Y usted está agrediendo lo público. No está agrediendo a los explosivistas, ellos realizan su acto y se van. Su medida es un mal chiste. Usted está agrediendo uno de los resquicios que ha sobrevivido a la privatización de los espacios de socialización y de desarrollo de lo humano, de un “progreso” que no es solo económico. Usted está agrediendo uno de los únicos lugares donde sabemos que nadie nos va a hacer daño indiscriminadamente, hasta que llegue el ESMAD. Usted “tiene” que garantizar “el orden”, pero para hacerlo está dispuesto a violentar a cientos de personas, ¿qué orden es ese? Usted está agrediendo a las personas que se forman en el espacio que encarna la utopía de un país mejor. ¿Entiende la gravedad de agredir ese símbolo? 

Señor alcalde, uno comprende que no es fácil gobernar en este país, menos en esta ciudad. Que lo deben estar presionando de muchos lados, que debe tener favores por pagar. Algo similar le debe estar ocurriendo a Claudia. Nótese que la ingenuidad me alcanza todavía para tenerles buena fe. El truco de la “independencia”, de la política luego del fracaso de los partidos, es la promesa de complacer a todos.

Pero eso es un riesgo demasiado grande. A las alas retardatarias de la sociedad, ustedes —Claudia, Daniel— nunca les han gustado y nunca lo harán, por más que copien la mano dura y la seguridad demoníaca. Al final siempre se toma partido y siempre se le rinde cuentas a alguien. A diferencia del “Presidente”, ustedes todavía pueden enderezar. ¿Para quiénes van a gobernar? El cuento de “gobernar para todos” parece que solo significa gobernar para los mismos, para los de la billetera gorda y la mano en el pretil.

Señor alcalde: recupere la dignidad y retire ese decreto, se lo pido encarecidamente. Respete la universidad. Recuerde sus años en ese recinto que vigila La mujer creadora de energía, de Rodrigo Arenas Betancourt. Y si sigue en la línea que va, está bien. Entonces las cosas están claras. Usted es uno más, nada ha cambiado. Pero no olvide que algo que tampoco cambia es que aquellos que hemos habitado la universidad pública —habitar es diferente a solo transitar por ella, a usufructuarse de ella— no sabemos qué significa abandonarla, por más que usted, un personaje pasajero, dé orden de evacuar. ¿De cuándo acá a uno le ordenan que se vaya de su casa?

 

Sebastián Castro

Febrero 23 de 2020

Medellín

Sin duda este es un momento de país en donde hay que asumir retos y hablar claro. Esto va para todas las fuerzas y opiniones políticas, para los partidos, para los gobiernos alternativos, las organizaciones sociales, sindicales y populares; y especialmente para esas nuevas subjetividades que se han mostrado activas en la protesta popular de los últimos tres meses en todo el territorio colombiano. También debería increpar a toda la sociedad que, aunque quiera mirar para otro lado, sabe y siente que las cosas en Colombia están muy mal. En las últimas dos décadas, sensaciones como las que hoy sienten los colombianos y colombianas llevaron a los pueblos de Nuestra América a cristalizar gobiernos de transición democrática que mejoraron el nivel de vida y los indicadores sociales de esos pueblos. Sin embargo, la arremetida del modelo económico y el pataleo de las élites y del imperialismo hoy tienen convulsionada a toda la región. La nota predominante es el auge de la lucha social, pero también la peor arremetida fascista de las burguesías locales y el imperialismo en los últimos tiempos.

Existe desde hace buen tiempo un debate profundo sobre el poder y el gobierno: ¿es lo mismo tener el poder que el gobierno en un país o una ciudad? Este debate se ha profundizado en Latinoamérica, donde los gobiernos progresistas, democráticos o tildados por la derecha internacional y el imperialismo de socialistas o comunistas, han sufrido ataques demenciales contra su forma de gobernar y distribuir su riqueza, o reveses increíbles y sangrientos como el caso de Bolivia, uno de los países con los resultados económicos, sociales y políticos más exitosos de los últimos 15 años, víctima de un golpe de Estado violento, racista, elitista y religiosamente retrógrado; golpe propinado con el apoyo del imperialismo y el silencio pasmoso de los organismos y la prensa internacional.

Están los casos de Ecuador y Chile, que, habiendo transitado por gobiernos progresistas o democráticos, observan como los avances sociales alcanzados fueron rápidamente destrozados por gobiernos de derecha que usan toda la violencia de las fuerzas militares para proteger el sistema y el modelo que tienen a sus pueblos en la ruina, y a las élites nacionales y transnacionales con los bolsillos llenos.

Muchas cosas fueron transformadas en estos países de diferentes formas. Algunas de estas transformaciones tocaron las estructuras moderadamente, otras apenas hicieron reformas sociales dentro del mismo sistema, incluso manteniendo concepciones desarrollistas y confrontándose permanentemente con sus propias bases que rechazaban, por ejemplo, la explotación minero-energética. La coincidencia en todos estos gobiernos progresistas, salvo el caso de Venezuela, es que sus fuerzas militares tampoco fueron transformadas ni orientadas a una concepción democrática. Su doctrina de confrontación a un supuesto enemigo interno, sus prácticas fascistas y su clara tendencia de ultra derecha siguieron intactas esperando el momento de saciar toda esa violencia, reprimida por años, contra su propio pueblo. El poder político y económico de las burguesías reside y se defiende con la fuerza y el poder coercitivo militar del capitalismo.

Por eso, el gobierno chileno en cabeza de Piñera, con apenas un 4% de aceptación, no ha podido ser derrotado a pesar de que los chilenos llevan más de tres meses en las calles. Por eso, la autoproclamada presidenta de Bolivia, la señora Añez, jura sobre la biblia que va a devolverle la democracia al pueblo boliviano que es 70% indígena, y da carta blanca a los militares para que los asesinen. Y por esa razón, gobiernos criminales como el de Brasil y Colombia, con terribles resultados en materia social y económica, con pésimos y mediocres gobernantes, pueden desatar genocidios contra su propio pueblo y seguir orondos a pesar de las encuestas desfavorables.

Es sobre esta realidad que los gobiernos alternativos, los partidos de izquierda, y los movimientos sociales deben trabajar sus propuestas. Hablando y actuando en beneficio de los más desfavorecidos. Tomando partido por sus reivindicaciones sin pretender que maquillando el modelo, estas desigualdades e injusticias se van a resolver. Se requieren decisiones que alteren el modelo, que por lo menos lo fisuren. Se requiere un trabajo permanente, educativo, político, y humanista que debata frontalmente el papel de las fuerzas militares en la democracia, en el respeto por la vida, los derechos sociales, la soberanía, la autodeterminación y el amor por su pueblo y su cultura.

Se necesita leer bien el momento político, valorar los sentires y dolores de todas las capas sociales y populares que de alguna manera se han manifestado en medio de la crisis. Construir unidad en medio de la diversidad y la diferencia. Caminar sin afanes por la senda de la organización de esos procesos y comunidades no alineadas. Desarrollar procesos de formación de nuevos liderazgos, y de intercambio de saberes. Es necesario construir verdaderas redes y consensos alrededor de la defensa de la vida, los territorios y los derechos humanos. Pelear mucho y muy fuerte contra las injusticias. Convencernos que las soluciones pueden estar a la vuelta de la esquina, pero que no se van a encontrar con las recetas de siempre. Que resolver las graves injusticias incubadas durante dos siglos por una oligarquía asesina requiere más que una mesa de negociación y 104 puntos que son apenas un pálido reflejo de las ausencias padecidas por la clase popular que se ha sacrificado, pero no ha logrado ganarse la representación y confianza de esas franjas de la sociedad que hoy podrían ser sus aliadas. La pelea, así le duela a las elites, es por cambiar el país y por darle dignidad a un pueblo que lo merece.

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