Octava clase:Marta Rodríguez, la mujer de cine en Colombia

Es una obviedad que el mundo esté hecho para los hombres, de clase media-alta, blancos, heterosexuales y de “occidente” (esa denominación simbólica en la que se ubica la población que está empezando a vivir como un estadounidense), por eso, lo común es que queden invisibilizados los referentes culturales ubicados fuera de esa normalidad, incluso cuando son algunos de los artistas más influyentes en su oficio, como es el caso de Alice Guy, una de las pioneras del cine a principios del siglo pasado, de quién se hizo un artículo en números pasados de Periferia.

Tan desconocida es Alice como Marta Rodríguez (por lo menos en el ámbito cultural del país), pero aquí, que siempre estamos en el centro de la periferia, hemos decidido hacerle este corto pero valioso perfil de su obra pasada y sus proyectos futuros. Porque Marta está viva y haciendo mucho cine.

Marta Rodríguez nació en Bogotá en el año 1933 y al terminar sus estudios, en 1951, viajó a Barcelona para estudiar filosofía, pero cambió de opinión e ingresó a la facultad de sociología. En 1957 viajó a París y se dedicó especialmente a ver cine y a establecer contacto con los círculos obreros, a conocer las problemáticas sociales por las que pasa el país y Europa. Volvió a Colombia un año después, donde conoció al sacerdote Camilo Torres y juntos llevaron a cabo trabajos de campo en Tunjuelito, Bogotá.

Un año después volvió a París a estudiar cine, conoció a Jean Rouch, uno de los principales referentes dentro del movimiento conocido como “Cinema verité”, una corriente cinematográfica que usaba como materia prima las imágenes reales, los actores reales y las situaciones que viven las comunidades para narrar una historia sincera. Sus primeros trabajos cinematográficos dieron cuenta de una profunda preocupación por lo social, por esos protagonistas marginales, invisibilizados en la cotidianidad, y por los medios tradicionales de difusión.

En 1965 volvió a Colombia a terminar sus estudios en antropología y conoció al fotógrafo Jorge Silva, con quien realizó uno de sus documentales más importantes de la cinematografía nacional: Chircales (1972), un registro etnográfico, casi sin diálogos, de una familia de Bogotá que de manera artesanal y en las peores condiciones laborales hace ladrillos. Las imágenes de Chircales no necesitan palabras; los rostros, las tonalidades, los personajes y el trabajo cotidiano es el hilo conductor de una historia triste que se repite en Colombia todavía hoy (Chircales se puede encontrar en plataformas de video como YouTube y muy seguramente en cualquier biblioteca del país que cuente con videoteca). La pre-producción de Chircales se realizó con varias técnicas de investigación social como la observación participante, estrategias que evidenciaban un compromiso social y un interés teórico práctico; Marta Rodríguez y Jorge Silva asumirían las cámaras como una herramienta de difusión social y de resistencia política.

Antes de que Chircales se terminara de pos-producir, Marta Rodríguez y Jorge Silva viajaron a los Llanos orientales y grabaron el documental de denuncia Planas, testimonio de un etnocidio (1971), sobre las masacres y torturas de los indígenas guahibos. Con él reciben el presupuesto para finalizar Chirchales y ambas películas ganan la Paloma de Oro en el Festival de cine de Leipzig, Alemania.

Sus documentales siguieron dando voz (es decir, escuchando) a las personas reales y en conflicto, entes de un país olvidado y olvidador. Sus siguientes realizaciones fueron Campesinos (1976), La voz de los sobrevivientes (1980), Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (1982), Nacer de nuevo (1987), Amor, mujeres y flores (1989), Memoria viva (1992) junto al documentalista boliviano Iván Sanjinés. Con su hijo Lucas Silva realizó Amapola, la flor maldita (1998), Los hijos del trueno (1999) y La hoja sagrada (2002). Junto a Fernando Restrepo Nunca más (2001), Una casa sola se vence (2004) y Soraya, amor no es olvido (2006).

El trabajo de Marta Rodríguez es sin duda uno de los más importantes en la historia del cine colombiano (y del cine mundial). Su incesante lucha por visibilizar los rostros de Colombia sigue en pie; en este momento se encuentra realizando una campaña para recoger fondos y poder realizar la pos-producción de su más reciente documental: La sinfónica de los Andes. Su obra no es lo suficientemente difundida en un país que olvida fácil, que desdeña la memoria porque sabe que es materia prima de la lucha y la resistencia. Afortunadamente tenemos la palabra, para exigir a los administradores de cultura más difusión y más apoyo a un cine nacional que no pretende vender, sino contar un país con muchas historias pendientes.

 

 

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