Periferia

Periferia

Acumular poder económico, político y militar sin límite y sin escrúpulos para apropiarse de la fuerza de trabajo de los demás, de su conocimiento, y de todos los medios de producción creados por la inteligencia, el esfuerzo de la sociedad, y la propia naturaleza; beneficiarse de su comercialización y de las ganancias individualmente o entre un pequeño grupo de personas, hace parte de un sistema llamado capitalismo, que hoy en día muy pocos cuestionamos como inmoral, antiético e inhumano, y al cuál lamentablemente nos hemos acostumbrado, al punto de practicarlo sin darnos cuenta. De este sistema hacemos parte desde hace más de cuatro siglos, por tanto, es a este que debemos atribuirle las inmensas injusticias que se imponen en todo el planeta.

La forma como los capitalistas han logrado tener poder económico, político, militar, y hasta mediático, se llama modelo de acumulación. Este ha ido desde el atesoramiento de joyas y metales preciosos, hasta la acumulación desbordada de tierras, inmuebles, vehículos, empresas, dinero, bonos y acciones, entre otros.

Convertir los bienes naturales como el agua, los bosques, la salud, las pensiones, la educación, la vivienda, los servicios públicos de acueducto, energía eléctrica, gas o medicinas, en negocios privados, e invertir las jugosas ganancias en el sector financiero, para que los inescrupulosos empresarios de la banca y otros sectores se llenen los bolsillos y defrauden a la nación, es una de las formas o modelos con los cuales los capitalistas nacionales y extranjeros se enriquecen en Colombia, y se llama modelo económico neoliberal, y se profundizó desde los años noventa con la apertura económica y los Tratados de Libre Comercio.

Hoy en día y con la desenfrenada y competitiva carrera por apropiarse del poder y las riquezas del planeta, los capitalistas practican y combinan todas las formas de acumulación posible sin importar que sean antiguas y atrasadas, como la extracción de oro y piedras preciosas, o sofisticadas como las inversiones y transacciones electrónicas de bonos y acciones en el mercado virtual del sistema financiero, que especula con la plata de la salud, la educación, los servicios públicos, las pensiones, es decir con la plata pública.

El problema es que hoy, para los capitalistas, todo es susceptible de convertir en mercancía, y tampoco hay límite en los métodos para hacerlo. Le han puesto valor y mercado a los bienes más sagrados y necesarios para la vida. Ni la fantasía, el ocio y los sueños de la gente han escapado a esta lógica; en su loca carrera están dispuestos a destruirlo todo: páramos, bosques, tierras fértiles, ríos, quebradas, culturas, etnias, en fin. El sistema y sus modelos de acumulación son una amenaza para la supervivencia de las especies, la convivencia entre los humanos y la vida toda. Los responsables de semejante tragedia siguen conduciendo el presente de las naciones y de los pueblos, y planean el futuro ante su mirada frustrada, esquiva, indiferente o complaciente.

Sin embargo, en las últimas dos décadas los procesos sociales, algunos movimientos y convergencias políticas y naciones en Latinoamérica han puesto sobre el tapete este debate y en algunos casos han ganado el corazón y la razón de sus pueblos, permitiendo la oportunidad de cambiar los gobiernos tradicionales por unos alternativos. En Colombia la cosa ha sido más difícil, no obstante también se han desarrollado este tipo de propuestas y recaen en procesos sociales nacionales como la Minga Social e Indígena, el Congreso de los Pueblos, la Marcha patriótica, la Cumbre Agraria; otros regionales y locales, la mayoría de corte ambientalista como Ríos Vivos, Cinturón Occidental Ambiental - COA, Movete, y todos los movimientos espontáneos o permanentes que han enfrentado los megaproyectos extractivistas en el Tolima, el Meta, Cundinamarca, Quindío, Santander, Casanare, entre decenas de ejemplos a lo largo y ancho del país.

También existen partidos como el Polo Democrático Alternativo, los Verdes, los Progresistas, y Mais, entre otros, cuyas plataformas políticas si bien no impulsan transformaciones radicales y estructurales que acaben con el sistema y sus modelos, al menos se circunscriben en reformas que caminan en la vía de recuperar principios democráticos y equidad social.

Los movimientos sociales, las iniciativas populares y los partidos alternativos se empeñan en recuperar el valor de lo público como esencia de la democracia. En ese sentido han logrado generar una opinión importante en los pueblos alrededor de unos mínimos básicos como la defensa del territorio, del agua, la distribución de la tierra, la soberanía alimentaria, el respeto por la diversidad sexual, los derechos de las mujeres, entre otros asuntos que permitan abrir las puertas a una nueva era social y política. En todo caso, lamentablemente, no se puede esperar que esos cambios se den de la noche a la mañana y que sean de carácter estructural, porque falta sumar comunidades, voluntades y compromisos con esas apuestas.

La actual coyuntura electoral en Colombia presenta oportunidades que no se pueden dejar perder para avanzar, así sea levemente. Mucho menos si se valora la crítica situación y el entorno negativo que presenta la coyuntura regional latinoamericana que atenta contra estas propuestas de cambio de modelo económico y de paz. Hay que saber leer el momento político y actuar de manera acertada porque tal vez no se presente en años. Aún hay tiempo para que movimientos sociales, comunidades, procesos e iniciativas democráticas, y todo el espectro político en donde se reflejan o se sienten identificadas estas propuestas, presionen por la base la unidad en torno al candidato que mejor pueda transitar el camino de las transformaciones.

Las élites terminarán como siempre unificadas alrededor de sus intereses comunes, los mismos que han defendido por siglos. Los demás, que no sean o no se sientan de la élite deberían pensar en el pueblo y sus necesidades y menos en sus intereses de grupo. Hay una oportunidad, una que tal vez no resuelva los más graves problemas de Colombia, pero que podría ponernos sobre la ruta acertada, aquella donde nos encontraremos caminando para el mismo lado.

Acumular poder económico, político y militar sin límite y sin escrúpulos para apropiarse de la fuerza de trabajo de los demás, de su conocimiento, y de todos los medios de producción creados por la inteligencia, el esfuerzo de la sociedad, y la propia naturaleza; beneficiarse de su comercialización y de las ganancias individualmente o entre un pequeño grupo de personas, hace parte de un sistema llamado capitalismo, que hoy en día muy pocos cuestionamos como inmoral, antiético e inhumano, y al cuál lamentablemente nos hemos acostumbrado, al punto de practicarlo sin darnos cuenta. De este sistema hacemos parte desde hace más de cuatro siglos, por tanto, es a este que debemos atribuirle las inmensas injusticias que se imponen en todo el planeta.

La forma como los capitalistas han logrado tener poder económico, político, militar, y hasta mediático, se llama modelo de acumulación. Este ha ido desde el atesoramiento de joyas y metales preciosos, hasta la acumulación desbordada de tierras, inmuebles, vehículos, empresas, dinero, bonos y acciones, entre otros.

Convertir los bienes naturales como el agua, los bosques, la salud, las pensiones, la educación, la vivienda, los servicios públicos de acueducto, energía eléctrica, gas o medicinas, en negocios privados, e invertir las jugosas ganancias en el sector financiero, para que los inescrupulosos empresarios de la banca y otros sectores se llenen los bolsillos y defrauden a la nación, es una de las formas o modelos con los cuales los capitalistas nacionales y extranjeros se enriquecen en Colombia, y se llama modelo económico neoliberal, y se profundizó desde los años noventa con la apertura económica y los Tratados de Libre Comercio.

Hoy en día y con la desenfrenada y competitiva carrera por apropiarse del poder y las riquezas del planeta, los capitalistas practican y combinan todas las formas de acumulación posible sin importar que sean antiguas y atrasadas, como la extracción de oro y piedras preciosas, o sofisticadas como las inversiones y transacciones electrónicas de bonos y acciones en el mercado virtual del sistema financiero, que especula con la plata de la salud, la educación, los servicios públicos, las pensiones, es decir con la plata pública.

El problema es que hoy, para los capitalistas, todo es susceptible de convertir en mercancía, y tampoco hay límite en los métodos para hacerlo. Le han puesto valor y mercado a los bienes más sagrados y necesarios para la vida. Ni la fantasía, el ocio y los sueños de la gente han escapado a esta lógica; en su loca carrera están dispuestos a destruirlo todo: páramos, bosques, tierras fértiles, ríos, quebradas, culturas, etnias, en fin. El sistema y sus modelos de acumulación son una amenaza para la supervivencia de las especies, la convivencia entre los humanos y la vida toda. Los responsables de semejante tragedia siguen conduciendo el presente de las naciones y de los pueblos, y planean el futuro ante su mirada frustrada, esquiva, indiferente o complaciente.

Sin embargo, en las últimas dos décadas los procesos sociales, algunos movimientos y convergencias políticas y naciones en Latinoamérica han puesto sobre el tapete este debate y en algunos casos han ganado el corazón y la razón de sus pueblos, permitiendo la oportunidad de cambiar los gobiernos tradicionales por unos alternativos. En Colombia la cosa ha sido más difícil, no obstante también se han desarrollado este tipo de propuestas y recaen en procesos sociales nacionales como la Minga Social e Indígena, el Congreso de los Pueblos, la Marcha patriótica, la Cumbre Agraria; otros regionales y locales, la mayoría de corte ambientalista como Ríos Vivos, Cinturón Occidental Ambiental - COA, Movete, y todos los movimientos espontáneos o permanentes que han enfrentado los megaproyectos extractivistas en el Tolima, el Meta, Cundinamarca, Quindío, Santander, Casanare, entre decenas de ejemplos a lo largo y ancho del país.

También existen partidos como el Polo Democrático Alternativo, los Verdes, los Progresistas, y Mais, entre otros, cuyas plataformas políticas si bien no impulsan transformaciones radicales y estructurales que acaben con el sistema y sus modelos, al menos se circunscriben en reformas que caminan en la vía de recuperar principios democráticos y equidad social.

Los movimientos sociales, las iniciativas populares y los partidos alternativos se empeñan en recuperar el valor de lo público como esencia de la democracia. En ese sentido han logrado generar una opinión importante en los pueblos alrededor de unos mínimos básicos como la defensa del territorio, del agua, la distribución de la tierra, la soberanía alimentaria, el respeto por la diversidad sexual, los derechos de las mujeres, entre otros asuntos que permitan abrir las puertas a una nueva era social y política. En todo caso, lamentablemente, no se puede esperar que esos cambios se den de la noche a la mañana y que sean de carácter estructural, porque falta sumar comunidades, voluntades y compromisos con esas apuestas.

La actual coyuntura electoral en Colombia presenta oportunidades que no se pueden dejar perder para avanzar, así sea levemente. Mucho menos si se valora la crítica situación y el entorno negativo que presenta la coyuntura regional latinoamericana que atenta contra estas propuestas de cambio de modelo económico y de paz. Hay que saber leer el momento político y actuar de manera acertada porque tal vez no se presente en años. Aún hay tiempo para que movimientos sociales, comunidades, procesos e iniciativas democráticas, y todo el espectro político en donde se reflejan o se sienten identificadas estas propuestas, presionen por la base la unidad en torno al candidato que mejor pueda transitar el camino de las transformaciones.

Las élites terminarán como siempre unificadas alrededor de sus intereses comunes, los mismos que han defendido por siglos. Los demás, que no sean o no se sientan de la élite deberían pensar en el pueblo y sus necesidades y menos en sus intereses de grupo. Hay una oportunidad, una que tal vez no resuelva los más graves problemas de Colombia, pero que podría ponernos sobre la ruta acertada, aquella donde nos encontraremos caminando para el mismo lado.

Monday, 09 April 2018 00:00

La vocación más peligrosa en Colombia

Líderes y lideresas, no simplemente cifras
Prisciliano Manuel Mercado García, de 63 años, era reclamante de tierras en el corregimiento de Guaripa, Sucre; él venía exigiendo trazar los linderos en su finca La Concepción, pero la vigilancia privada del exdirector de la Caja de Compensación Comfasucre, William Martínez, se lo impedía. Yolanda Maturana era lideresa social y ambientalista del municipio de Pueblo Rico, Risaralda, y venía desarrollando una férrea lucha contra la actividad minera en esta región controlada por las nuevas bandas paramilitares. Luis Díaz López, de 22 años, era secretario del Cabildo indígena de Tame, en Arauca, y su hermano Miller Díaz López era el fiscal de la comunidad indígena del Juliero de Betoyes. Estos hombres y mujeres tenían una cosa en común y era que ejercían la vocación más peligrosa en Colombia: ser líderes y lideresas sociales. Ahora tienen una dolorosa razón más que los identifica: todos ellos fueron asesinados. En el caso de los hermanos Díaz López, fueron asesinados por el Ejército nacional y presentados como guerrilleros del ELN, según denunció la ONIC.

Estos nombres, con sus luchas y sus vidas, según la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular (CACEP), hacen parte de los más de 220 líderes y lideresas sociales, defensores de derechos humanos y ambientalistas, asesinados desde el momento en que se firmó el acuerdo de paz entre el Gobierno nacional y la ya extinta guerrilla de las FARC, el 26 de septiembre de 2016. Estas muertes causadas por el Estado (Ejército y Policía) y por el neoparamilitarismo, se suman a los 48 excombatientes, luego integrantes del partido político Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, y los 13 familiares suyos también asesinados.

¿Por qué nos están matando?
Cínicamente el ministro de defensa Luis Carlos Villegas señaló un par de meses atrás que estas muertes obedecían a “un tema de linderos, un tema de faldas, de peleas por rentas ilícitas”. Lo que no explica este funcionario encargado de la defensa de las élites económicas del país, es que dichos linderos son los que reclaman los campesinos a grandes hacendados y a multinacionales que se han valido del paramilitarismo y el terrorismo de estado para quitarle la tierra a quien la trabaja; que las faldas envueltas en líos son las de muchas tierras productivas que son arrebatadas mediante la violencia a la gente del campo, para entregarla a compañías mineras; que las rentas ilícitas son las que financian a esas nuevas bandas paramilitares que ejecutan el asesinato de todo líder social. En síntesis, el mismo ministro explica en un lenguaje cifrado y cínico, algunas de las razones por las que se asesina a muchas personas que tienen por vocación liderar causas justas en favor de sus comunidades.

También nos están matando por protestar contra las injustas condiciones laborales que impone el empresariado poderoso del país, por movilizarse por una mejor salud, educación, vivienda digna, por denunciar y evidenciar la criminalidad estatal y exigir garantías de protección de los derechos humanos.

No es algo nuevo
Pero lo más grave es que las razones de fondo se siguen ocultando. Estas tienen que ver con la profunda desigualdad social y económica que impera en Colombia, y que ha sido la causa principal del conflicto armado interno. Aunque el Gobierno dice que estos asesinatos no son sistemáticos, la realidad misma de nuestro país demuestra que estas muertes sí corresponden a un patrón de sistematicidad impuesto por décadas.

Son una práctica histórica de las clases dominantes encabezadas por las viejas castas políticas y económicas (Santos, Vargas Lleras, Pastrana, Ardila Lülle, Santo Domingo, Sarmiento Angulo) y por las emergentes provenientes del narco paramilitarismo (Álvaro Uribe, Cabal, Lafaurie) que se resisten no solo a brindar posibilidades de participación real a los sectores sociales empobrecidos, para que con dicha participación se puedan superar sus problemáticas, sino que también se niegan a reconocer el pensamiento diferente y las formas distintas de construir sociedad. Lo hacen eliminando al otro porque ese pensar y actuar diferente de las comunidades, de sus lideresas y líderes sociales, toca los intereses económicos de esas mismas élites que han gobernado los últimos 200 años.

Tal práctica histórica se recrudece hoy como lo señala recientemente la CACEP en un comunicado: “Hoy nuevamente recordamos que existe un fortalecimiento del paramilitarismo en las regiones, la militarización de los territorios, una guerra contra el movimiento social y popular y falta de diligencia en los deberes de respeto, prevención y protección efectiva y garantía a los Derechos Humanos por parte del Estado Colombiano”.

En un momento en que se habla de paz por el logro de un acuerdo entre FARC y Gobierno, acuerdo por demás hasta hoy incumplido por este último, pero también en un momento de profunda tensión en los diálogos entre Gobierno y ELN en Quito, resulta sumamente preocupante la manifiesta falta de voluntad política de las élites, que se expresa en los incumplimientos mencionados, y también a los acuerdos con el movimiento social y popular, pero sobre todo por el tratamiento de guerra que sigue dando a las luchas populares del campo y la ciudad.

Tal situación se hace evidente en un momento de escalamiento del conflicto armado interno luego de terminado el cese bilateral entre la guerrilla elena y el gobierno de Juan Manuel Santos, cuando ante las acciones de la insurgencia contra la infraestructura petrolera, con la Fuerza Pública y las fuerzas militares al servicio de esas élites, la respuesta del Estado con sus aparatos legales e ilegales se enfila contra el movimiento social, contra los líderes y lideresas en los territorios, para encubrir su incapacidad tanto de contener a la insurgencia, como de cumplirle a las comunidades y a la misma FARC, y se excusa diciendo que las víctimas eran guerrilleros de civil, auxiliadores o en el mejor de los casos cómplices.

La paz es de los pueblos
Tenemos la fuerza, el coraje y la razón desde las clases populares para hacer emerger la posibilidad de vivir en paz, solo si creemos en nosotros mismos, nos juntamos, defendemos y protegemos a nuestros líderes y lideresas, en el día a día de batallar contra las penurias personales y las amenazas permanentes que el terrorismo de Estado impone. Tenemos que cuidarnos mutuamente, no solo porque hacer un líder es un esfuerzo individual y colectivo, sino ante todo porque es una vida al servicio de la gente, y toda vida vale, más cuando está en función del otro.

Monday, 09 April 2018 00:00

Editorial 136: Una nueva oportunidad

De vez en cuando alguna de las imágenes que salen por las redes virtuales resulta sabia o divertida. Una de ellas decía: “¿qué es miopía?”, y respondía: “ver mejor de lejos que de cerca, por ejemplo, ver lo que está pasando en Venezuela y hacerse el loco con lo que pasa en Colombia”. Este es un mensaje muy inteligente y nos sirve para conversar con los lectores frente a los graves perjuicios que le hacen a la democracia las cortinas de humo, los falsos mensajes repetidos muchas veces, las injurias, las calumnias, los fotomontajes groseros, los epítetos y las descalificaciones sin sustento, que los grandes medios y algunos grupos que manejan redes sociales han fabricado para polarizar, llenar de odio y basura los cerebros de la humanidad. Además, contribuir a desmejorar el mínimo de cultura política que nos queda; peor si hablamos de esta práctica en medio de procesos electorales, que para algunos es la máxima expresión de la democracia. Ojo, la culpa no es de las redes.

Pero por las redes se vienen reproduciendo con mayor eficiencia, a través de herramientas audiovisuales ágiles y fáciles de percibir, los mensajes anticomunistas, xenófobos, racistas, machistas, arribistas y conservadores, en contra del cambio y la igualdad, mensajes de las clases políticas más atrasadas, muchas de ellas con gran poder político-militar no solo en Colombia sino en el planeta, y que han promovido una sociedad mundial inculta políticamente y llena de todos estos antivalores y prejuicios. Tremenda estrategia de cuarta generación que viene causando tragedias políticas hasta en los países que se suponían desarrollados como Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Italia, entre otros, en donde la ultraderecha y los grupos fascistas y nazis vienen ganando espacios de poder, en algunos casos hasta la presidencia. Lo peor es que con esta estrategia se logra vaciar de contenido y contexto cualquier debate serio. En últimas la gente puede terminar eligiendo como gobernante al que ofrezca salidas radicales, violentas y excluyentes, que para nada conducen a resolver los verdaderos y cotidianos problemas de los pueblos.

Por ejemplo, en el caso colombiano: ¿Qué es eso del castrochavismo?, ¿que Colombia en manos de ciertos candidatos se convertiría en Venezuela?, ¿es que alguien se ha encargado de hacer cuadros comparativos serios frente a los derechos sociales, económicos y políticos de uno u otro país?, ¿en qué es mejor Colombia que Venezuela?, ¿es honesto el dolor que expresan los grandes medios masivos por los niños que mueren de hambre en Venezuela?, ¿y por qué no les duelen los del Chocó, La Guajira, el Cesar y Ciudad Bolívar en Bogotá?, ¿por qué no fomentan en sus radios y pantallas la rebelión del pueblo contra esas realidades, por qué hacerlo para alguien a miles de kilómetros?, ¿es que no han visto en el centro de las grandes urbes colombianas a niños limpiando parabrisas de carros, y a jóvenes y ancianos escarbando entre la basura en busca de alimentos? Vayan a los basureros, y a las plazas de mercado o galerías en donde se botan los frutos en descomposición a ver cuántas personas hurgan allí en búsqueda de alimento. ¿No será que mientras nos “condolemos” hipócritamente de los pobres y miserables de otras latitudes, los que se roban el país hacen fiesta?

No hay nada más extraordinario y perverso que escuchar a una persona humilde y desposeída de todo lo material, sufriendo por la supuesta expropiación que le harían si sube un candidato de la izquierda al poder. ¿Y qué le podrían expropiar si no tiene nada? Peor escuchar a la clase media que tiene algo de educación enfrentar radicalmente la posibilidad del cambio social parados en argumentos elitistas, “…con Uribe al menos se podía pasear y visitar la finca”, aunque estén debiendo el carro y no tengan finca. Las élites políticas, los que siempre han manejado y administrado mal los recursos del país nos han propinado un golpe en el cerebro, uno muy grave que nos hace pensar en cuerpo y mente ajena, nos han trasladado sus mayores temores, los de ellos, y nos han hecho olvidar el camino de la lucha por la conquista de los derechos sociales y en especial nos han inculcado el desprecio por lo público, porque lo privado no se reparte, y porque lo privado es de ellos.

La reflexión es general. Es un llamado casi de angustia para que dejemos de ceder la responsabilidad de disputarnos el poder palmo a palmo con aquellos que evidentemente han despedazado y entregado el país, por un lado. Por el otro, para desechar los mensajes sin contenido y sin argumento, exigir en todo escenario en donde se presenten discusiones el debate con argumentos y sin violencia; también por las redes y los grupos es nuestra responsabilidad no hacer el juego a los mensajes basura. Hay que llamar la atención a amigos y familiares para que eleven su nivel cultural y cerremos las puertas a la desviación de lo verdaderamente importante. Promovamos por todo medio de comunicación mensajes, educativos, rechacemos el epíteto, la mentira y la exageración. El humor es clave en las relaciones sociales, pero el humor también es de utilidad para pensar, criticar y construir, no para descalificar o insultar.

Preocupémonos por la situación social, económica y política que nos estalla en la nariz, busquemos sus raíces y fundamentos, y tratemos de cambiar esa realidad. En este momento, es clave exigir a los opinadores, a los medios masivos y especialmente a los candidatos que aspiran conducir la Nación, que se refieran sin rodeos frente al derecho que tenemos todos y todas a la salud, la educación, la soberanía alimentaria, el empleo, la vivienda, los servicios públicos. Hay que preguntar en manos de quién están, cuánto producen y para dónde van esos recursos. Es necesario que se nos explique por qué nuestros bienes comunes son explotados por empresas extranjeras, y es menester informarse del destino de los dineros derivados de esas explotaciones económicas. En medio de este debate podríamos descubrir el país que nos han ocultado, el poder popular que tenemos y no hemos sacado de nuestras entrañas. El país que queremos no es el que tenga más minas, más hidroeléctricas y más carreteras 4G, sino el que tenga mejores seres humanos, más educados, y más solidarios; el país en el que ninguno muere peleando las guerras de otros y en nombre de falsos ideales, o mejor en el que a ninguno le interesa que el otro muera.

Como expusimos en el pasado editorial, nos parece que hoy se presenta la oportunidad de votar por los otros y las otras que no han usufructuado el poder. Nada con los conservadores, nada con los liberales, ni con los del centro democrático, los de cambio radical y esos otros partidos nacidos del paramilitarismo y las mafias. Hay que mirar hacia los candidatos y candidatas que provienen de sectores humildes, sociales y que le han dedicado su vida desinteresadamente al fomento de los derechos humanos, a la defensa de la vida y de los territorios, y que tal vez no habían pensado ni siquiera lanzarse a la política electoral. Tal vez sea el primer paso hacia el cambio, por lo menos en materia institucional.

Monday, 09 April 2018 00:00

Editorial 137: El país sí está listo

Lo del pobre no es robado. Esa sería la sentencia popular luego del exitoso resultado electoral del 11 de marzo de 2018, que deja en el mapa político nacional un importante bloque de 20 senadores elegidos de las listas de los Verdes, el Polo Democrático Alternativo, los Decentes, y el Movimiento Alternativo Indígena y Social MAIS, con claras ideas transformadoras y de corte social. Si a este grupo se le suman los cinco senadores de las Farc, cuyas curules fueron parte del acuerdo de La Habana, una eventual alianza podría conformar una bancada alternativa de veinticinco senadores como nunca antes la hemos tenido en Colombia.

A este fenómeno electoral se suma el resultado de la consulta de la Inclusión Social para la Paz, que obtuvo 3.520.583 votos y catapultó a Gustavo Petro como candidato presidencial con una votación histórica. Ningún líder de ideas políticas contrarias al establecimiento, proveniente de una guerrilla, ingresado a la política legal luego de un proceso de negociación y acuerdo de paz, como la que se dio entre el M-19 y el gobierno de Barco, había recibido un apoyo semejante en unas elecciones. En esa materia (la electoral) la mayor votación histórica la había alcanzado el maestro Carlos Gaviria Díaz del Polo Democrático. Tampoco en las últimas siete décadas se presentaba un fenómeno de masas electoral que recogiera simpatía entre diversos sectores de la sociedad colombiana, con excepción de Jorge Eliecer Gaitán.

Sin embargo, lo que a la luz de los hechos significa la posibilidad de derrotar a los partidos tradicionales y a las élites de siempre en los comicios presidenciales de mayo de 2018, no fue visto de igual manera por los y las que fungieron como analistas en los canales de televisión la noche del 11 de marzo. Estos, sin mucha vergüenza, mostraron no sus análisis objetivos sino sus preferencias por los partidos tradicionales de derecha y sus candidatos, incluidos los corruptos que volvieron a ganar curules, ante los cuales guardaron cómplice silencio en sus valoraciones. En especial los analistas mostraron el pánico que les provoca un triunfo popular. Alguno se atrevió a decir que el mejor acto de grandeza de Petro era ceder su aspiración presidencial a Fajardo y sumarse a su campaña.

“Hay que evitar que los extremos suban al poder, no son buenos ni los violentos ni los vengadores”, insinuaron eufemísticamente los “analistas” refiriéndose a Uribe (no a Duque) y a Petro, respectivamente. También enfatizaron en que es el momento para una propuesta de centro. Pero eso mismo no lo dijeron cuando Uribe gobernó durante ocho años con mano de hierro contra los humildes, contra el proyecto social, y con los medios masivos a su servicio. Ahora que la propuesta social puede ascender, para ellos el centro es lo ideal, pero no ahondaron en cuál es concretamente la propuesta transformadora del centro. Ese fue el mensaje que dejaron los “analistas” en la retina de los televidentes. Tal vez les gusta el centro porque no se compromete con las necesidades de los pobres, o porque se parece más a la derecha.

Y esa práctica de apoyar a los poderosos y menospreciar a los críticos y las alternativas populares, aprovechando el poder de los dueños de comunicación, no es nueva. Tampoco lo es el uso y el abuso del miedo como un dispositivo social, que se activa ante la más mínima amenaza de cambio o transformación de las condiciones socioeconómicas del país, así estas no sean estructurales. Es lógico que quien se sienta muy cómodo con las actuales estructuras socioeconómicas y de poder político, o sea los gremios, los grandes empresarios, las transnacionales, los terratenientes, los banqueros, los corruptos, los carteles, etc, hagan hasta lo imposible para evitar el ascenso de un proyecto social y político alternativo, que les dé buen uso a los recursos de la nación y distribuya equitativamente sus frutos. Es muy peligroso para las élites que crezca la simpatía popular hacia una propuesta de esta envergadura.

Lo que no tiene sentido, y constituye el problema a sortear, es que los humildes y los desposeídos hagan suyos los miedos y las angustias de esa élite, y las defiendan hasta con su vida. Es increíble la capacidad que tienen los poderosos para inocular esos miedos y angustias, ese odio contra lo que amenaza sus intereses. ¿Cómo puedes tener miedo de que te quiten una casa que no tienes?, ¿por qué te da miedo que tus hijos e hijas puedan entrar a la universidad gratis?, ¿te asusta que mejoren el sistema de salud?, ¿te preocupa que se proteja el agua y la comida?, ¿te angustia si a un terrateniente le suben los impuestos de sus mil hectáreas?, ¿alguna vez has pensado o soñado un mejor país?

Las reformas propuestas por Petro no pasan limpias a los oídos de la gente, se ensucian en las bocas de aquellos que se sienten afectados por ellas. El mensaje se interfiere en los micrófonos, en las páginas y las cámaras de los medios masivos. Estos claman para que se den alianzas entre las propuestas del centro y de la derecha… en sus cabezas retumban las voces temerosas de los poderosos: que nadie se alíe a Petro, ese es de izquierda, qué tal que gane. Ningún analista se toma el tiempo para explicar que el programa petrista es una mezcla del liberal Alfonso López, del conservador Álvaro Gómez, y del socialista Jorge Eliecer Gaitán. En Colombia la cultura política es tan pobre que una propuesta como la de Petro, basada en reformas liberales que ya se dieron en los países democráticos, se tildan de radicales de izquierda. Asusta que la educación superior sea pública y gratuita, pero a nadie le indigna la infame concentración de la tierra ni el despojo de esta a los campesinos.

Es hora de sacudirnos un poco la ignorancia y el miedo impropios. No necesitamos ventrílocuos ni traductores de las propuestas de los candidatos. Que hablen, que lo hagan por televisión, en horario triple A, y con el tiempo suficiente para que expliquen qué es lo que van a hacer frente a las necesidades concretas de la sociedad. Todos y todas queremos un empleo decente, educación y salud gratuitas y de calidad. Queremos que cese la violencia contra las mujeres. Y también queremos servicios públicos y carreteras para el Pacífico. Queremos que un nuevo Gobierno haga lo que no hicieron en 200 años los de siempre, queremos que devuelvan lo que se han robado. Es a eso que le tienen miedo, ¿es a eso que le llaman venganza?

El país sí está listo para los cambios, para la transición a la democracia; los que no están listos son otros, son los que viven sembrando sus miedos, sus egoísmos y su odio en las cabezas de una sociedad azotada y atolondrada por tantos golpes recibidos.

Desde hace cuatro años la comunidad de este barrio de Medellín exige la reapertura de la biblioteca, este sábado se movilizarán de nuevo por tal motivo

El 29 de octubre del 2014 en la comuna cinco de Medellín, la Biblioteca Pública Comfenalco Castilla cerró sus puertas. El motivo del cierre de sus instalaciones fue una fuerte granizada que azotó a Medellín por esos días y en la cual el techo de la biblioteca no soportó el peso del hielo, generando la pérdida de más de 4.000 ejemplares de libros, entre otros materiales.

Este suceso también fue el final de múltiples procesos comunitarios como clubes de lectura, escritura, cine, lenguaje de señas, exposiciones, música y teatro. Unos de los espacios que perdió la comunidad y más recuerdan fue el Festival de Poesía “Encuentro de poetas” que a raíz de esto cambió su sede al centro de la ciudad, dejando así 16 años de tradición en la comuna, o la Bienal de Artes Plásticas que comenzó en el año 1998.

Posterior a este cierre la comunidad esperó a que las directivas de Comfenalco dieran solución a este trágico suceso, “con más de un año de silencio por parte de las directivas de Comfenalco, se crea un comité cívico por la defensa de la biblioteca, que empezaría a desarrollar una serie de acciones de movilización y pedido de cuentas a Comfenalco”, cuenta Liliana Zapata, lideresa y vocera del comité cívico.  A pesar de esto, la administración de Comfenalco, según el comité, ha respondido de forma laxa a las presiones de la comunidad, argumentando con razones diferentes la ausencia de movimiento en la antigua sede de la biblioteca. A la fecha lo único que ha realizado esta Caja de Compensación, es una sala temporal de lectura que mide 3x4 metros cuadrados, donde las condiciones de hacinamiento y la falta de material de lectura no alcanza una cuarta parte de lo que fue la biblioteca.

Al no haber respuestas contundentes por parte de Comfenalco, la comunidad se ha venido organizando y realizarán el 10 de febrero una movilización por la defensa del Patrimonio Cultural de la comuna, problemática que aqueja a los 500.000 habitantes de Castilla, que no cuentan con otro espacio con dichas características. Dicho evento se llevará a cabo este sábado desde las 3:00 de la tarde  y el punto de encuentro será el en  atrio de la Iglesia San Judas Tadeo.

“La idea de la movilización es mantener viva en la comunidad la necesidad de la biblioteca y presionar a Comfenalco para que la vuelva a abrir para toda la comunidad”, expresa Jorge Hernán Pérez Restrepo, habitante de Castilla y miembro de la mesa de cultura. La urgencia de la reapertura de la biblioteca Comfenalco Castilla para el comité no solo radica en la ausencia de la biblioteca para la comuna “sino que además urge que la biblioteca personifique las otras características por las cuales no cayó en el olvido. Comfenalco Castilla también fue la cuna de diversos proyectos, colectivos y líderes comunitarios. Fue el aula de alfabetización digital de los adultos mayores y la sede de aprendizaje de lenguaje de señas para todo aquel que no escuchara las palabras”, recuerda el comité a través de un comunicado.

Periferia contactó a la delegación de paz del ELN, con el objetivo de conocer sus apreciaciones sobre el cese al fuego bilateral que terminó el pasado nueve de enero, y las perspectivas sobre la mesa de negociación con el Gobierno colombiano. Aureliano Carbonell respondió algunas de nuestras preguntas.

Periferia: ¿Cuál es el balance general del cese al fuego? ¿Qué aspectos positivos y negativos resaltan?
Aureliano Carbonell: Positivo es que por primera vez el ELN, en 52 años, hace un cese al fuego de carácter bilateral, temporal y nacional. Es positivo el clima que se generó en las regiones donde ha sido más agudo el enfrentamiento. Es positivo también el efecto que tuvo sobre el país y el impulso que le dio al proceso de conversaciones. Lo negativo es que después de que hicimos los acuerdos sobre el cese y los protocolos, el Gobierno le dio su propia interpretación, de tal manera que él se eximía de ser examinado en cuanto al cumplimiento sobre los componentes humanitarios. Eso parece que se aplicara solamente al ELN. Por ejemplo cuando se dio la muerte del gobernador indígena del Chocó, ese caso sí era objeto de verificación en el cese. Nosotros reconocimos ese como un error, el Frente de Guerra Occidental así lo planteó, pidió perdón, y sobre todo reconocimos nuestra responsabilidad y nuestra autoría.

El Gobierno no tuvo la misma conducta. Se dieron los hechos de Tumaco donde murieron campesino por disparos de la fuerza pública; también la muerte el ocho de octubre de la periodista del resguardo Kokonuko en medio de un enfrentamiento entre indígenas y ESMAD; así mismo, un tratamiento de guerra a la protesta social que se realizó por parte de los campesinos y de los indígenas a fines de octubre y principios de noviembre. Son hechos graves en los que no se cumple el propósito del cese, de llevar alivios humanitarios a la población, y tampoco el Gobierno aceptó que fuera examinado dentro de los acuerdos de cese al fuego. Nosotros esperábamos que en el cese al menos el Gobierno generase unas medidas especiales, que disminuyeran el número de líderes sociales asesinados en esos tres meses, pero realmente eso no pasó.

El Gobierno en esos meses, especialmente en el último mes, saturó o llevó un gran volumen de tropa a distintas regiones donde nosotros hacemos presencia. Eso alteraba el estado militar y no está dentro del espíritu de lo acordado. Así mismo la fuerza pública asaltó dos de nuestros campamentos en el mes de noviembre, protestando que allí se estaba en flagrancia. Eso contradecía los protocolos y los acuerdos, lo que llevó a que nosotros nos retiráramos del mecanismo de veeduría y verificación, porque este ya no tenía una base para actuar. Sin embargo, decidimos mantener el cese hasta el nueve de enero.
P: ¿Consideran que se lograron alivios humanitarios importantes para la sociedad colombiana?
AC: En las comunidades o regiones donde más agudo es el conflicto, el hecho de que no hubiera una actividad militar mutua, creaba una situación más positiva en la región, y en ese sentido es algo bueno. De todas maneras, por ejemplo el paramilitarismo en distintas regiones seguía actuando, la fuerza pública en muchas de ellas tiene una complacencia con esa actividad, y por eso no había una mejor situación humanitaria.


P: ¿El cese favoreció el avance de la mesa? Si esto fue así, ¿en qué va el primer punto de la agenda?
AC: Durante el tiempo del cese, en el mes de noviembre, se realizaron las que se han conocido como audiencias preparatorias, y eso que es un prólogo, digámoslo así, hacia la participación, la gran participación de la sociedad. Pues es positivo que se haya realizado, porque allí la mesa consultaba a distintos sectores de la sociedad sobre qué propuestas tenían para la participación, cuáles pensaban que eran los mecanismos más apropiados, la metodología, de tal manera que esos elementos jugaran de una manera decisiva en los diseños que vamos a hacer de participación de la sociedad.

P: Falta muy poco para que se acabe el mandato Santos. ¿Cuáles creen que son los avances necesarios para que cuando haya cambio de mandato presidencial se pueda sostener la negociación? ¿Cómo lograrlo?
AC: Efectivamente ya queda este semestre para que termine el mandato del presidente Santos. Con la delegación del Gobierno que estuvo hasta el mes de diciembre, hablamos de tratar de dejar el proceso en un punto avanzado que haga que deba ser continuado por el próximo gobierno, gane quien gane. Esperamos en lo que resta, logremos hacer un diseño como mesa, las dos delegaciones, de lo que sería propiamente la participación de la sociedad, y también esperamos que se haga un primer escalón de esta participación, que se den unos primeros pasos. Vemos que el tiempo se agota, y con estos impasses que se han presentado para iniciar el quinto ciclo, se hace más crítico. La participación como tal no se va a lograr en forma plena, pero si hay voluntad de parte del Gobierno, podemos dar unos primeros pasos, y eso sería positivo porque mostraría un camino, le daría un aliento al proceso, a ese ambiente de participación que hay en algunos sectores.

P: Si se rompen los diálogos, ¿qué piensa hacer el ELN?
AC: En este proceso, y lo mismo sucedió en el caso de La Habana, hay momentos en los que el Gobierno ha querido imponer sus propias condiciones, es decir, asumir un condicionamiento unilateral, e imponer por fuera de las conversaciones de las mesas posiciones y aspiraciones que tiene. Aquí hay dos partes que están enfrentadas, y por lo tanto tiene que regirse por la bilateralidad, igualmente si hay una mesa, entonces los problemas se examinan, se abordan y se resuelven en la mesa, y no por fuera de ella. Ahora pasa que en la medida en la que no prolongamos un cese al fuego, que para nosotros estaba en crisis, y en el cual ellos estaban incumpliendo lo acordado, entonces viene de nuevo el condicionamiento por fuera de la mesa. Un proceso en esa forma no es positivo, no logra sus objetivos.

De todas maneras, nosotros por la situación del país, por la situación en que se encuentra este Gobierno, por la presión que hay desde distintos sectores de la sociedad y de la comunidad internacional, pensamos que esta crisis se va a superar y que el proceso va a seguir para adelante. La paz es algo positivo, que tenemos que seguir buscando. Nosotros estamos en ese camino, pero la paz necesita de transformaciones, necesita de nuevas realidades. Siempre y cuando el Gobierno se disponga a ello, podremos avanzar, y aspiramos a lograr una nueva situación para Colombia, más promisoria, de cambios, de equidad, y por lo tanto de paz.

Sunday, 04 February 2018 19:00

Un arquitecto de sueños

Quienes conocieron a Rodrigo Saldarriaga lo recuerdan como un hombre comprensivo, cariñoso, supremamente tierno, y también, supremamente fuerte y obstinado. Contra viento y marea forjó su carrera política y sobre todo artística, con la que sembró muchas semillas y construyó muchos sueños.

A sus 20 años, cuando estudiaba arquitectura en la Universidad Nacional en Medellín, y militaba en el Movimiento Obrero Independiente Revolucionario -MOIR-, descubrió que lo suyo era el teatro. Omaira Rodríguez, actriz y amiga incondicional de Rodrigo, lo conoció unos seis años después de que naciera Anacleto Morones, de Rulfo, la primera obra escrita y dirigida por Rodrigo, donde las viejitas rezanderas, cuenta Omaira, fueron interpretadas solo por hombres. Con esta obra se despidió del MOIR y fundó el Pequeño Teatro, en el año 1975. También desistió de su carrera como arquitecto, aunque nunca dejó de serlo.

“Yo estaba en quinto de bachillerato. Allá llegó un profesor que se llamaba Jorge Villa. Él nos decía que allá en el Pequeño Teatro había un mono barbado que dictaba clases de lectura, entonces llegamos, yo me madrugaba, venía acá de uniforme y todo. Yo no sé Rodrigo cómo hizo para encarretar a un señor, el dueño de esta casa. Ese señor se enamoró de Rodrigo porque vio que le gustaba Shakespeare, porque lo vio muy interesado en que esta casa era para teatro. El señor era muy intelectual, afortunadamente, entonces (en 1987) Rodrigo le entregó la cédula, y él le entregó las llaves de la casa, con el compromiso que le íbamos pagando de a poquito”, relata Omaira, quien además recuerda a Rodrigo, ese hombre de barba y pelo largos, como un padre.

Algunas de las anécdotas que contaba, y que recuerda Rodríguez, es que comenzando su carrera teatral, Saldarriaga fue expulsado de la Universidad de Antioquia porque se tomaba el teatro Camilo Torres para ensayar sus obras. Pero él ni siquiera era estudiante. “Me expulsaron de una Universidad donde yo no estaba ni inscrito”, decía. Años después, esta Universidad le dio el título honoris causa como Arquitecto, pues aunque abandonó su carrera, toda la vida dibujaba, diseñaba y soñaba con los escenarios. Era una de esas pasiones e ideas obstinadas que tenía Rodrigo, y muchos teatros de la ciudad y de algunos municipios fueron diseñados por él.

Rodrigo estaba empecinado en que las salas del teatro se llenaran. “Hace 15 años estábamos presentando una obra, y resulta que ese día solo vinieron dos niños de un colegio, para hacer una tarea. Habían comprado boletas de estudiante. Rodrigo les decía que entraran a ver la obra, y ellos decían “no, pero es que estamos solos”. Él les dijo, “vayan tranquilos que ellos hacen la obra para ustedes”. Entonces los acompañó y se sentó con ellos a ver la obra”, cuenta Omaira. Fue luego de este episodio cuando a Rodrigo se le ocurrió implementar la idea de entrada libre y aporte voluntario, inspirado en el teatro a la gorra que se hace en otros países. Y así fue, a la semana siguiente empezaron a repartir boletería, y la obra a la que antes habían asistido dos niños, estaba llena.

“Al principio daban monedas, como cuando van a la iglesia. Pero era normal, porque no había educación, entonces iniciamos la formación de públicos”, relata Omaira con alegría, pues esto significó un gran crecimiento para los actores. Ellos buscaban hacer teatro para la gente, y no para las sillas vacías, porque como decía Rodrigo, “una silla no llora, una silla no ríe, una silla no siente”.

A Rodrigo le gustaba leer, cocinar, dibujar, y contemplarse. Era además un gran amigo para quienes estuvieron cerca de él. Gabriela, su primera esposa y madre de su hijo, fue su confidente hasta el final de sus días. También fue así con Cristina Toro, integrante del Águila Descalza, con quien convivió durante 16 años. Rodrigo le huyó muchas veces a la muerte. Su imaginación y su personalidad activa no se detuvieron ni cuando tuvo un derrame cerebral, causado por la presión de las deudas que en algún momento tuvieron en el Pequeño Teatro, ni cuando tuvo problemas de la próstata, o cuando desmayó en el escenario por un problema en el corazón.

Cuando Saldarriaga empezó a recoger los frutos de su carrera teatral, quiso dedicarse a la política porque tenía el sueño de poder cambiar y ayudar a la gente desde este escenario. Fue candidato a la Gobernación de Antioquia en dos ocasiones, y aunque obtuvo mucha votación de amplios sectores alternativos, culturales y sociales del departamento, no lo logró. En el 2014 lo intentó de nuevo, pero esta vez para la Cámara de Representantes, y resultó electo.

Meses antes de viajar a Bogotá para asumir su cargo, a Rodrigo le descubrieron un cáncer linfático y cayó enfermo. Su salud empezó a deteriorar, y días después, a sus 64 años, falleció. Sus últimos deseos fueron que se firmara el compromiso legal, en los estatutos del Pequeño Teatro, para que ese lugar nunca se destine a algo diferente al arte; también deseó ser cremado para que con sus cenizas se sembrara un árbol. Y así fue. Hoy alimenta la vida de un guayacán amarillo que apenas crece en el cerro El Volador.

Rodrigo era un humanista, pensaba en un país donde todos tuvieran los mismos derechos; era un idealista. Siempre, desde los diferentes escenarios donde estuvo, luchó por los obreros, por los campesinos, por la gente pobre. Según Omaira, el principal aporte de Rodrigo fue “crear y dejar este legado, crear este pensamiento de que tenemos que seguir, a través del teatro, manifestándonos, diciendo cosas, tocando corazones, tocando al pueblo; seguir enseñando, a nivel sensitivo y de reflexión”.

Saturday, 03 February 2018 19:00

Un lunes en Transmilenio

Lunes otra vez, abro los ojos, organizo las ideas y las tareas del día. Como muchos bogotanos, trato de permanecer cinco minutos más en la cama para huir del intenso frío de la madrugada. Hoy, especialmente, el día se me hace más gris que los anteriores: pienso en el incremento al valor del pasaje de Transmilenio que ha anunciado durante todo enero la alcaldía de Enrique Peñalosa y la gerente de Transmilenio, Alexandra Rojas. El incremento se propone como un supuesto ajuste del costo del pasaje a la inflación y al aumento anual del IPC.

Ya son cerca de las cinco de la mañana. Tengo exactamente una hora y quince minutos para estar en mi trabajo. Mientras pasan los minutos velozmente, y mamá prepara mi coca con el almuerzo, pienso en lo que está por llegar: miles y miles de ciudadanos periféricos embutidos, pisados, manoseados y hasta robados, pagando 2300 pesos por ese coctel desagradable.

Mientras me despido de mamá, como ya es casi un ritual, empiezo a imaginar la forma en la que pueda de alguna manera –claramente imposible– minimizar los inconvenientes con los que inevitablemente me encontraré: esos pisones, empujones y malos olores que ya se han vuelto parte de mi cotidianidad. De camino a la parada del alimentador que me llevará al portal de Las Américas, saludo a Cristian. Un desganado y fastidiado “¿todo bien?” sale de sus labios; el saludo es seco y es normal, no es agradable iniciar todos los días engullidos en un bus minúsculo, en el cual circulan todas las fragancias y los humores existentes.

Hace un tiempo renuncié a empujar o, de ser posible, tener contacto físico con mis compañeros de desgracia mientras abordo un alimentador o un bus. En eso tratamos de subir al alimentador, y Cristian me grita desde la puerta del medio: “acá hay menos gente”, a lo que respondo con un gesto de compasión, sé que esta igual de lleno, solo que él quiere irse en la mitad del bus para ver a la vecina del conjunto que acaba de ser embutida en ese lugar. Después de un recorrido de 30 minutos llegamos al portal. Valga aclarar que no es muy lejos, pero las calles están atestadas de carros particulares, que por lo general no tienen más de un ocupante.

5:15 a.m. Una fila de más de treinta personas se agolpa en la taquilla en la que nos ha escupido el alimentador; la cara de las personas es casi igual que la de Cristian. Parece que a todos nos hubiesen golpeado antes de salir de la casa, y sí, Peñalosa y su nefasto sistema de trasporte nos golpean todos los días los bolsillos y la dignidad. Luego de diez minutos de fila, encuentro en la taquilla un letrero que anuncia el incremento del pasaje de Transmilenio; en letras grandes y blancas reza: a partir del 15 de enero de 2018 el pasaje de Transmilenio es de 2300 pesos. Qué desgracia.

Recargo la tarjeta con 5000 pesos, que ahora solo suponen dos tristes viajes en el sistema. “Nos pillamos, hablamos más rato”, me dice tímidamente Cristian, a quien la cara de fastidio se le acentúa. Mientras me despido, advierto un detalle particularmente divertido: parece que los bogotanos que usan diariamente Transmilenio optaron por no limpiar sus zapatos y planchar la ropa. No es necesario hacer la explicación. Entonces Peñalosa y las quince familias que se hacen con el 90% de las ganancias de Transmilenio no solo nos robaron la dignidad, parece que también nos expropiaron la posibilidad de vernos limpios.

Y ahora al pogo: es el pensamiento que se me viene a la mente cuando me ubico en la fila –que de fila no tiene nada– para abordar el articulado. Estos buses están diseñados para transportar 160 personas, y en el remedo de fila hay cerca de 500. Dos largos minutos… se aproxima lentamente el bus rojo con su letrero amarillo D-50 PORTAL 80 (este es uno de los servicios expresos). Entre gritos, madrazos y muchos empujones, los primeros en el bulto humano pueden abordar el transmi, no sin la tierna y solidaria complicidad de las personas que cierran las puertas al mejor estilo de acomodadores del metro de Hong Kong.

5:35 a.m. Ya estoy próximo a la entrada del Transmilenio. Siento algo de tranquilidad, no por llegar temprano a mi trabajo, pues ya renuncié a esa posibilidad, sino por no tener que escuchar más los desagradables anuncios que retumban por los parlantes del portal: “Servicios retrasados por accidentes en las vías”. Todos los bogotanos sabemos que esa es una de las mentiras que usan a diario los funcionarios del sistema para justificar su evidente colapso.

Por fin, luego de muchos empujones, golpes y bastantes madrazos, estoy adentro del bus. Son las 5:45 a.m., y a esta hora ya debería estar por lo menos en la mitad del trayecto. Conclusión: otra vez llegué tarde. Cuando las personas suben al bus y se “acomodan” cual tetris, aparecen los celulares y los audífonos; creo que es la mejor forma para huir a la incómoda presencia tan próxima de muchos desconocidos. Mientras tanto, los afortunados que van sentados duermen con el estilo del juego popular colombiano que se conoce como Rana o Sapo.

Pasados 45 minutos, por fin mi destino. La estación de la Calle 26 está a reventar, un grupo de tres policías miran impávidos a un joven que corre como atleta por la Avenida Caracas en dirección al norte, luego de robar el celular de una joven que esperaba un servicio en el tercer vagón.

Salgo de la estación. Ya estoy cansado y hasta ahora va iniciar el día; solo pienso en que el responsable de esta “aventura” diaria es Enrique Peñalosa y sus amigos empresarios, que pisotean a los bogotanos con su sistema de trasporte viejo e ineficiente. Y ahora, más caro que antes, quizá el más caro y pésimo servicio de transporte masivo de Latinoamérica.

Y bueno, a trabajar, hasta ahora es lunes y los bogotanos –en el mejor de los casos– tenemos por delante nueve travesías más por el peor castigo para los habitantes de esta ciudad: Transmilenio.

Periferia contactó a la delegación de paz del ELN, con el objetivo de conocer sus apreciaciones sobre el cese al fuego bilateral que terminó el pasado nueve de enero, y las perspectivas sobre la mesa de negociación con el Gobierno colombiano. Aureliano Carbonell respondió algunas de nuestras preguntas.

Periferia: ¿Cuál es el balance general del cese al fuego? ¿Qué aspectos positivos y negativos resaltan?
Aureliano Carbonell: Positivo es que por primera vez el ELN, en 52 años, hace un cese al fuego de carácter bilateral, temporal y nacional. Es positivo el clima que se generó en las regiones donde ha sido más agudo el enfrentamiento. Es positivo también el efecto que tuvo sobre el país y el impulso que le dio al proceso de conversaciones. Lo negativo es que después de que hicimos los acuerdos sobre el cese y los protocolos, el Gobierno le dio su propia interpretación, de tal manera que él se eximía de ser examinado en cuanto al cumplimiento sobre los componentes humanitarios. Eso parece que se aplicara solamente al ELN. Por ejemplo cuando se dio la muerte del gobernador indígena del Chocó, ese caso sí era objeto de verificación en el cese. Nosotros reconocimos ese como un error, el Frente de Guerra Occidental así lo planteó, pidió perdón, y sobre todo reconocimos nuestra responsabilidad y nuestra autoría.

El Gobierno no tuvo la misma conducta. Se dieron los hechos de Tumaco donde murieron campesino por disparos de la fuerza pública; también la muerte el ocho de octubre de la periodista del resguardo Kokonuko en medio de un enfrentamiento entre indígenas y ESMAD; así mismo, un tratamiento de guerra a la protesta social que se realizó por parte de los campesinos y de los indígenas a fines de octubre y principios de noviembre. Son hechos graves en los que no se cumple el propósito del cese, de llevar alivios humanitarios a la población, y tampoco el Gobierno aceptó que fuera examinado dentro de los acuerdos de cese al fuego. Nosotros esperábamos que en el cese al menos el Gobierno generase unas medidas especiales, que disminuyeran el número de líderes sociales asesinados en esos tres meses, pero realmente eso no pasó.

El Gobierno en esos meses, especialmente en el último mes, saturó o llevó un gran volumen de tropa a distintas regiones donde nosotros hacemos presencia. Eso alteraba el estado militar y no está dentro del espíritu de lo acordado. Así mismo la fuerza pública asaltó dos de nuestros campamentos en el mes de noviembre, protestando que allí se estaba en flagrancia. Eso contradecía los protocolos y los acuerdos, lo que llevó a que nosotros nos retiráramos del mecanismo de veeduría y verificación, porque este ya no tenía una base para actuar. Sin embargo, decidimos mantener el cese hasta el nueve de enero.
P: ¿Consideran que se lograron alivios humanitarios importantes para la sociedad colombiana?
AC: En las comunidades o regiones donde más agudo es el conflicto, el hecho de que no hubiera una actividad militar mutua, creaba una situación más positiva en la región, y en ese sentido es algo bueno. De todas maneras, por ejemplo el paramilitarismo en distintas regiones seguía actuando, la fuerza pública en muchas de ellas tiene una complacencia con esa actividad, y por eso no había una mejor situación humanitaria.


P: ¿El cese favoreció el avance de la mesa? Si esto fue así, ¿en qué va el primer punto de la agenda?
AC: Durante el tiempo del cese, en el mes de noviembre, se realizaron las que se han conocido como audiencias preparatorias, y eso que es un prólogo, digámoslo así, hacia la participación, la gran participación de la sociedad. Pues es positivo que se haya realizado, porque allí la mesa consultaba a distintos sectores de la sociedad sobre qué propuestas tenían para la participación, cuáles pensaban que eran los mecanismos más apropiados, la metodología, de tal manera que esos elementos jugaran de una manera decisiva en los diseños que vamos a hacer de participación de la sociedad.

P: Falta muy poco para que se acabe el mandato Santos. ¿Cuáles creen que son los avances necesarios para que cuando haya cambio de mandato presidencial se pueda sostener la negociación? ¿Cómo lograrlo?
AC: Efectivamente ya queda este semestre para que termine el mandato del presidente Santos. Con la delegación del Gobierno que estuvo hasta el mes de diciembre, hablamos de tratar de dejar el proceso en un punto avanzado que haga que deba ser continuado por el próximo gobierno, gane quien gane. Esperamos en lo que resta, logremos hacer un diseño como mesa, las dos delegaciones, de lo que sería propiamente la participación de la sociedad, y también esperamos que se haga un primer escalón de esta participación, que se den unos primeros pasos. Vemos que el tiempo se agota, y con estos impasses que se han presentado para iniciar el quinto ciclo, se hace más crítico. La participación como tal no se va a lograr en forma plena, pero si hay voluntad de parte del Gobierno, podemos dar unos primeros pasos, y eso sería positivo porque mostraría un camino, le daría un aliento al proceso, a ese ambiente de participación que hay en algunos sectores.

P: Si se rompen los diálogos, ¿qué piensa hacer el ELN?
AC: En este proceso, y lo mismo sucedió en el caso de La Habana, hay momentos en los que el Gobierno ha querido imponer sus propias condiciones, es decir, asumir un condicionamiento unilateral, e imponer por fuera de las conversaciones de las mesas posiciones y aspiraciones que tiene. Aquí hay dos partes que están enfrentadas, y por lo tanto tiene que regirse por la bilateralidad, igualmente si hay una mesa, entonces los problemas se examinan, se abordan y se resuelven en la mesa, y no por fuera de ella. Ahora pasa que en la medida en la que no prolongamos un cese al fuego, que para nosotros estaba en crisis, y en el cual ellos estaban incumpliendo lo acordado, entonces viene de nuevo el condicionamiento por fuera de la mesa. Un proceso en esa forma no es positivo, no logra sus objetivos.

De todas maneras, nosotros por la situación del país, por la situación en que se encuentra este Gobierno, por la presión que hay desde distintos sectores de la sociedad y de la comunidad internacional, pensamos que esta crisis se va a superar y que el proceso va a seguir para adelante. La paz es algo positivo, que tenemos que seguir buscando. Nosotros estamos en ese camino, pero la paz necesita de transformaciones, necesita de nuevas realidades. Siempre y cuando el Gobierno se disponga a ello, podremos avanzar, y aspiramos a lograr una nueva situación para Colombia, más promisoria, de cambios, de equidad, y por lo tanto de paz.

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