El sueño frustrado del regreso

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Marta nació en un pueblo muy paisa: Peque – Antioquia, una tierra fría, predominantemente cafetera. A los 3 años su papá se llevó la familia para Urabá a una vereda del corregimiento Alto de Mulatos de  Turbo. Allí el abuelo había conseguido cuarenta hectáreas de tierra que decidió compartir con él, su único hijo casado en ese momento, y le entregó diez hectáreas para que trabajara.

 

La añoranza
“Esas tierras de Urabá son hermosas y dan todo lo necesario para vivir -suspira como trayendo a su mente el olor de los sembrados y empieza a enumerar-: yuca, plátano, arroz, maíz, fríjol, pepino, calabaza, piña, berenjena, papaya, tomate, cacao, aguacate”. Recuerda que las familias criaban cerdos y gallinas para comer. Lo único que no llegó a tener su papá fue una vaca, porque cuando ya tenía listo el potrero y estaba a punto de comprarla, murió a causa de una mordedura de culebra, a sus treinta y siete años. Dejó a una mujer joven con sus dos hijas de seis y siete años.

La madre fue siempre una mujer dependiente, acostumbrada a pedir permiso para todo al marido, y tras su muerte no sabía qué hacer. Arrendó el trabajadero para poder sobrevivir; pero no fue suficiente, así que las niñas y ella misma tuvieron que hacer mandados y ayudar en los oficios de las casas vecinas para ganarse la comida. Cuando las niñas tenían catorce y quince años, una tía les propuso ir a trabajar a Medellín y en eso vieron la esperanza. Se fueron primero las dos, y al poco tiempo, la madre, desesperada y sola, decidió vender la tierra para ir a juntarse con ellas: ¡diez hectáreas de tierra en trescientos mil pesos! Y el tipo que le compró ni siquiera se los dio completos, le quedó debiendo cincuenta mil, que nunca le pagó.

De su infancia en Urabá Marta recuerda que el papá era machista y maltratador, pero de pronto empezó a llegar una gente de Bogotá que enseñaba cosas y les daba libros a los campesinos. Su padre se hizo militante de la Unión Patriótica y de alguna forma su comportamiento cambió; era más cariñoso con las niñas, dejó de pegarle a la mujer y pasaba horas leyendo unos libros gordos que tenían fotos de unos señores barbados. De vez en cuando se quedaba extasiado escuchando los discursos políticos de unos personajes que sus hijas mucho después supieron que se llamaban Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo y Pedronel Jiménez. Con frecuencia veían bajar escaleras cargadas de gente, que, como su papá, participaban en manifestaciones en el parque La Martina de Apartadó.

Muchos jóvenes y jovencitas de la vereda se iban con la guerrilla, les parecía natural; habían crecido con ella, eran sus cuidadores y no se sentían presionados. Los demás se quedaron porque no les llamaba la atención cargar un fusil o recibir órdenes. Más tarde, en los noventa, cuando la persecución contra la UP arreció y entraron los paramilitares en escena, cinco jóvenes que habían hecho parte de la juventud comunista tuvieron que irse con la guerrilla, pues no veían otra forma de proteger su vida. Uno de ellos llegó a ser comandante del frente 34 de las FARC en el Chocó, a otros los mataron.

A su llegada a Medellín, Marta y su hermana trabajaron internas en casas de familia, pero el sueldo pírrico y los malos tratos hacían que no permanecieran por mucho tiempo en una casa. Finalmente la hermana se cansó y consiguió un ranchito en un barrio de invasión.

Marta conoció su primer amor, del que quedó embarazada a los 17 años, pero siguió viviendo al lado de su hermana y su madre en las estrechas cuatro paredes de su rancho. Poco a poco se fue poblando el barrio y ellas hicieron amistad con los vecinos, la vida continuaba en medio del trabajo y la lucha por mejorar el rancho y acceder a los servicios públicos.

Hoy Marta sigue viviendo en el mismo barrio con su familia, tiene tres hijos y vive con su marido. La madre murió hace más o menos trece años y con ella, aparentemente, murió también la ilusión de regresar al campo. Sin embargo, la hermana nunca renunció a esa idea y siempre pensó que debía haber una forma de recuperar su tierra, teniendo en cuenta que el señor que la compró no había pagado lo justo por ella y que además les había quedado debiendo plata. En alguna ocasión regresó a la vereda a reclamar lo que era suyo, pero no lo hizo en buenos términos y no obtuvo respuesta del señor.

Actualmente los proyectos de reurbanización de la ciudad amenazan con desplazar a cientos de familias del barrio donde viven y las ofertas de reubicación son terribles, ninguno en la familia puede imaginarse entregar su casa a cambio de unos meses de arriendo o de una caja de fósforos en una palomera, como les llaman popularmente a los precarios edificios que viene construyendo el municipio para reubicarlos. La situación llevó finalmente a las hermanas a tomar la decisión de regresar a Urabá a ver qué podían hacer.

La tierra pal que la trabaja
Por la mañana, antes de las siete, sintió movimiento en toda la vereda, las mujeres de la casa dejaron el desayuno a medias y se fueron a bañar, los hombres volvieron del campo e hicieron lo mismo, todos en fila, con las botas limpias caminaron hacia una finca vecina: “había reunión”.

Frente a ellos, en una fila de hombres armados, Marta reconoció algunos muchachos de los que pasan con frecuencia por la vereda y traen saludos y a veces encargos para las familias de los que se han ido. Hay unos a los que llaman “puntos”, los sapos, armados solo con un radio y una pequeña rula, los que siguen cargan un arma del tamaño de un antebrazo y radio, hay los que portan brazaletes y andan vestidos con camuflado, otros van de civil, pero siempre llevan una camiseta con un escudo o un estampado con frases militaristas; los más audaces se amarran una pañoleta a la cabeza. “Como el de las películas”, dice Marta.

El segundo al mando fue quien saludó a la comunidad en nombre de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, aunque aclaró que prefieren que los llamen solo Gaitanistas. Le dio la palabra al comandante, quien se presentó con nombre, alias y enumeró todas las veredas que se encuentran bajo su control. Después de una larga perorata en la que dijo que estaban allí para garantizar la seguridad y el bienestar de los campesinos, afirmó que están cansados del derramamiento de sangre y continuó su discurso con bonitas palabras acerca de la necesidad de crear sentido de pertenencia por la tierra, de organizarse y “luchar por lo que es nuestro”. Marta y sus familiares se miraban unas a otras y no podían creer lo que estaban oyendo.

El segundo punto era el de los informes. El comandante sacó del bolsillo una lista y dijo: “nos preocupa compañeros que hay una gente que no está asistiendo a las reuniones de la Junta, y si esa gente está presente nos gustaría que dijeran por qué”. Todos sabían que, en efecto, estaban presentes, y alguno explicó que el trabajo no siempre les permite asistir. El comandante sacó una lista del bolsillo: “pero además hay gente que no está yendo a los convites”. La tensión y el silencio se hacían más profundos, ya nadie se atrevía a mirar a otro por temor a delatarlo. “Lo peor no es eso, sino que no están pagando las multas (cinco mil por no asistir a la reunión, veinte mil por faltar al convite) y lo que les digo es que vamos a tener que hablar con cada uno para ver qué es lo que está pasando y tratar de mejorar esa situación”. Insistió en el tema de la participación y la organización y luego dijo que había jóvenes fumando marihuana e instó a los padres de familia a hablar con sus hijos, de lo contrario lo tendrían que hacer ellos o desterrarlos de la zona.

El último informe fue el que más llamó la atención. “Sabemos que hay mucha tierra aquí que no se está trabajando, y queremos saber quién tiene escrituras y quién no; hay que legalizar la tierra porque hay muchos campesinos desplazados que no tienen donde trabajar y hay que darles la oportunidad. Toda esa tierra que no esté produciendo la vamos a poner a producir”. ¿Cómo? ¿La reforma agraria?, pensó Marta. Un vecino le dio una palmadita en el hombro y le dijo que ahora sí, por fin, iba a poder solucionar su situación, “con el aval de esa gente todo queda registrado y nadie le va poder quitar lo que es suyo”.

Marta comprendió. Hacía mes y medio que había llegado de Medellín para hablar con don Manuel, el que le compró a su mamá. Le dijeron que era mejor que todo ese trámite lo hiciera a través de la Junta de Acción Comunal para que llegaran a una conciliación. Citaron a don Manuel dos veces y no llegó. “A la tercera lo mandamos traer”, dijo el presidente de la Junta. Pero no hubo necesidad, el tipo finalmente se presentó. La conciliación fue breve; cual Salomón, el presidente propuso que partieran la tierra por la mitad y Marta feliz aceptó. Después de haber vivido tantos años en cuatro paredes estrechas, cinco le parecían el cielo. Todo mundo la felicitó y le ofrecieron hacer un convite comunitario para construirle un rancho pa´ que se quedara de una vez y mandara traer la familia; pero ella, cuidadosamente, respondió que los niños todavía estaban estudiando y tenía cosas que resolver en Medellín.

El sueño roto
Durante dos meses que estuvo en la vereda pudo reencontrarse con sus familiares y también con muchos conocidos de la infancia. Se quedó unos días en la casa de un primo, el más joven, que le habló de lo duro que estaba el campo, que un jornal valía veinte mil pesos, pero “quitándole la yuca del almuerzo, quedan trece mil”. En cambio, “esa gente” al que menos le da, le da seiscientos mil. Los muchachos al año ya tienen moto, tienen estatus, comen bien y a sus familias no les falta nada. A las mujeres también les ofrecen trabajo cocinando por ochocientos mil pesos mensuales. Le habló de su intención de enrolarse con ellos. Marta alcanzó a preguntarle si no le daba pereza irse por allá a recibir órdenes y él respondió: “pero prima, uno toda la vida de jornalero, dónde es que no está mandao”. A la semana se fue, le dijo a su mujer que se comunicaría constantemente, pero en un mes y medio no supieron nada de él, solo un muchacho “de esos” pasó por la casa para darles razón de que estaba bien y entregarles el celular que había llevado, porque, según él, eso por allá no le sirve de nada y a todos en su dotación les entregan un Blackberry. Al principio la esposa lloraba día y noche, luego se tranquilizó.

Otro primo tiene casi la misma edad de ella, pero se ve un poco mayor. Acostumbrado a trabajar el campo, es quien ha logrado sostener la finca que fuera de su abuelo. Siembra cacao, pasto, tiene vacas y un tesoro sembrado en la parte más alejada de la finca que le muestra a su prima con orgullo: dos y media hectáreas de coca. Dice que por los lados de Nueva Antioquia tiene otro cultivo con un señor, que es el que maneja el negocio en la región. Él les provee los insumos, las semillas y organiza la raspa cada dos o tres meses. “La raspa es la que cuenta prima, por ella pagan ochocientos mil, un millón”. En la vereda también hay un laboratorio.

Marta conoció la pasta de coca y comprendió por qué con frecuencia pasan recuas de mulas cargadas con unas canecas azules y amarillas hacia una parte bien escondida de la vereda. ¿Que si los Gaitanistas saben? Claro, ellos son los que cuidan el negocio. Por eso la vereda ya no es como antes, nadie siembra frijol ni maíz, ya ni el ñame, que era tan común se ve. Indignada cuenta Marta que la gente en las fincas tiene gallinas y marranos pero muriéndose de hambre porque solo les dan cuido de vez en cuando. Un huevo cuesta más que en la ciudad y un tomate ni se diga. Entre lo poco que reciben de ayuda humanitaria y el producto de la raspa la gente se fue acomodando y ya nadie quiere sembrar comida.

El encuentro más significativo fue con su mejor amiga. A los diecisiete años se había ido para el monte, Marta la lloró porque no sabía si iba a volver a verla. Poco tiempo después se enteró de que por allá había conseguido marido y la dio por perdida, pues la mayoría de los que se iban con la guerrilla no volvían. Ahora la veía radiante, bonita, bien vestida y se alegró por ella. La mujer la invitó a su casa, la mejor de la vereda, cancelada en madera, con techos altos de buen zinc y un televisor grandotote. Varias veces la visitó, y en esas visitas su amiga le contó muchas cosas, lo dura que había sido la vida en la guerrilla y que todavía seguía con el mismo marido. Ante las amenazas del Ejército y los paramilitares hacía más de diez años que se habían desmovilizado.

Estando Marta en la casa, un día llegó él, descargó una maleta y un arma sobre la mesa. La amiga le llamó la atención por sus malos modales y siguió conversando como si nada. Marta supo después que se trataba de uno de los comandantes paramilitares: “después de que se salieron de allá era la única forma de protegerse, si no ya los habían matado”, comentaban en la vereda. Supo también que el tipo había ascendido rápidamente porque sirvió de informante y ayudó a capturar y a matar mucha gente. Ahora también ganaba bonos extra por cada muchacho reclutado.

Por fin el cuadro estaba completo, allí estaban los antiguos guerrilleros comandando ahora las autodefensas, con el mismo discurso. Los que un día se fueron, ahora volvían para hacer su “pequeña revolución”, pero esta vez del lado contrario. Allí estaban no para proteger a la población sino para amedrentarla, para ponerla a producir en la tierra, no comida sino coca. Allí estaban ellos para refundar el país y decirle a la gente cómo debe organizarse. En medio de todo estaba ella, Marta, con su ilusión de volver al campo, llena de temores y de preguntas porque tiene dos hijos varones adolescentes a los que no quiere arriesgar. Y porque a estas alturas ya no confía en que pueda volver a su finca para sembrar comida y vivir tranquila y con autonomía, sin tener que cobijarse bajo la sombra de ese árbol maldito que, como ella dice, “nos ha puesto a los pobres a matarnos unos a otros”.

Modificado por última vez el 02/09/2014

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