El fin de año de la negra

a encontré aferrada a una cerca de madera, a orillas del camino polvoriento en la parte más alta del Morro, apenas a dos pasos de la casa de don Chucho. Cuando la vi, todavía un poco distante y medio cubierta por la oscuridad de la madrugada, una corriente de deseo estremeció mi cuerpo al reconocer la oportunidad. Estaba encendido por el licor que había ingerido y pensé que ella también podría tener una disposición especial por su mismo alicoramiento. Yo salía precipitado de la casa de Chucho, tratando de huirle al aburrimiento, en una noche en que se supone no hay espacio para eso; no pude sacar conmigo a mi hermano, que insistió en quedarse a pesar de reconocer lo mal que estaban tocando los músicos ya borrachos, y a pesar de querer bailar y ver cómo ellos se empeñaban en tocar guasca. Pero él también estaba lo suficientemente borracho como para sentirse a gusto en cualquier parte. Yo apenas tenía en el cuerpo el alcohol necesario para que me empujara a la aventura.

Por eso me aproximé a aquella muchacha. Con cualquier pretexto la iba a arrancar de la cerca para esconderme con ella en cualquier otra parte; pero al verla de cerca cambié súbitamente de idea y hasta me arrepentí de mis intenciones. Supe que si llegaba a soltarse no lograría sostenerse de pie por más de un segundo. Tenía la cara descompuesta por la borrachera, los ojos irritados y el cabello, que le caía apenas un poco más abajo de los hombros, revolcado. Las cargaderas de la blusa salidas de sus hombros y el bluyin, ajustadísimo, sucio en extremo como si se hubiera revolcado en un chiquero.
- Cierto que usted es la hija de Don Antonio - dije al reconocerla.
Ella también me reconoció al instante, lo supe por su mirada, aunque no hizo ni dijo nada.
-Venga niña, yo la ayudó a llegar a la casa- me ofrecí mientras la tomaba por la cintura tratando de levantarla. Pero ella se negó a mi ayuda, moviendo apenas la cabeza.
-Tranquila- insistí-. Yo sé dónde vive, yo la arrimo.
- No- dijo ella apenas con un hilo de voz-. Dígale a Rey que venga. Dígale que venga- terminó al borde del llanto.

Me paralizó de sorpresa su actitud. ¡Tanto dolor reflejado en  aquella súplica! No supe qué hacer y me quedé allí parado al lado de ella, viéndola aferrada a la cerca como si en ello le fuera la vida.

Entonces recordé que ya la había visto, aunque muy sobria, en la primera mitad de la noche. Yo estuve con Rey tomando cerveza en la tienda de Tolima. Cuando el reloj de la pared sonó anunciándonos que eran las doce de la noche, salimos escalas abajo buscando amigos y familiares para darles el Feliz año. Al llegar a la heladería Rey se quejó:
- Mi mamá no bajó. Habíamos quedado en que ella estaba aquí a las doce.
-Tranquilo- lo consolé, sin prestarle mucha atención al hecho de que la mamá viviera más bien retirada, por los lados de la cañada-. Vamos a dar el feliz año a la gente en la carretera y después subimos dónde ella.
Entramos primero a la heladería y al instante entró la negra, como si lo estuviera esperando, y se dejó ir derechita hacia Rey. Se colgó de su cuello y le dio un tremendo beso que no se deshizo al instante. Eso nunca lo esperé de aquella mulata tan seria, retraída y solitaria, que siempre miraba yo como si nada tuviera que ver con la alegría de los jóvenes, aunque no era ella misma más que una adolescente. Al verlos tan a gusto no quise interrumpirlos y me fui solo a buscar los amigos abajo en la carretera. Desde ese momento se me perdió Rey.

La historia, en principio, no parecía triste, aunque Rey lamentaba cómo había sucedido. Así me la había contado Rey hacía poco, una vez que vimos pasar cerca de nosotros a la negra, indiferente con los dos (ya se me había olvidado por lo demás y apenas ahora la recordaba como si acabara de conocerla realmente): “Esa niña fue novia mía hace poquito. Estaba en embarazo, pero el malparido del hermano la hizo abortar. Tenía ya tres meses y él le sacó al muchachito de una paliza que le dio porque no quería que tuviera hijos míos”. Aunque la historia la contaba Rey algo distante, reconocí el tono de tristeza cuando habló del aborto. Muy cruel la paliza y el aborto, creía yo, pero también era cruel el embarazo en la situación de Rey, que tenía esposa, a la cual había recogido ya con tres hijo y después le puso dos más. De todas maneras lo que no pude adivinar en ese momento fueron los sentimientos de Rey hacia la muchacha; tal vez una conquista entre muchas, me dije. Era, en todo caso, un hombre al que parecía no estorbarle los hijos.

En esas reflexiones estaba yo, cerca de la muchacha, sin saber todavía qué hacer, cuando ella insistió en la súplica.

- Dígale a Rey que venga. Qué venga.
Y era como si me dijera: “Dígale que me voy a morir aquí tirada, que si no viene ya no me encuentra más”.

No sé si me conmovió tanto por la misma alteración que me había producido el alcohol o porque su estado en sí era conmovedor.

- Tranquila. Si lo encuentro, yo le digo.
Entonces la dejé confiada a los buenos oficios de la cerca para que la sostuviera mientras Rey subía a rescatarla.

Cuando estaba cercano a la heladería, me enjugué la cara y respiré profundo. Afuera estaba Marta, la mujer de Rey, con otras amigas. Me miró inquisidora, pero yo no la reconocí al primer momento sino cuando ya estaba lejos, entonces no quise voltear. Podía estarme juzgando por algo que Rey le hubiera hecho, como si de todo fuera cómplice yo, o simplemente me reclamaba el saludo. En fin, no quise averiguarlo.

Bajé hasta la carretera, a donde me habían invitado unos amigos para hacer un sancocho de marrano. Aunque ya había amanecido, supuse que apenas lo estarían montando. Pero ni siquiera tenían el revuelto; solo la bulla y la algarabía de ellos. Allí encontré a Rey. Lo tenían dos muchachas, sentado en el andén, agarrado por los dos costados para evitar que se les fuera. Y apenas llegué me lo encomendaron, para ellas poder bailar. Estaba bastante ebrio, pero en realidad no tenía ganas de irse. En ese momento no quise decirle nada, embargado por la emoción; de todas maneras, arriba, encaramada en el barranco del frente, estaba su mujer con sus amigas, vigilándonos. Cuando vi la cosa más tranquila y menguada mi propia emoción, se lo comenté.
- Arriba estaba la negra, con una tremenda borrachera. Me dijo casi llorando que te mandara para allá.
- ¿Sí?- preguntó él sorprendido y emocionado-. Pero si hace nada la estuve buscando por allá. Y ya iba yo para su casa cuando me encontré con Marta, que me estaba buscando. Entonces me tuve que devolver con ella.
Como siempre, no pude intuir los sentimientos de Rey. Me hubiera gustado saber para qué la estaba buscando, pero su tono de voz no dejaba adivinar nada. Posiblemente no quería nada más que lo que yo mismo quería cuando la encontré colgada de la cerca.

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Ruben Darío Zapata

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