De turismo por el Poblado

Vamos caminando por una calle llena de árboles, sin acera a lado y lado de la calle, sólo árboles y cercas, las rejas  que protegen a los habitantes del barrio más prestigioso de la ciudad. No hay más transeúntes, sólo carros y carros de los últimos modelos, casi todos con los vidrios oscuros, ¿qué ocultan?  ¿de quién o de qué se protegen? Nosotros, dos colombianos de a pie y una ciudadana extranjera, decidimos subir al mirador del tesoro caminando para disfrutar del paisaje, pero descubrimos que también en ésta, la “Medellín imparable”, que abre sus puertas al turismo y a los negocios internacionales, es imposible moverse con tranquilidad, pues las llamadas “fronteras invisibles” hacen que ni los habitantes de los mismos barrios puedan moverse de un lado a otro sin ser víctimas de intimidación y violencia por parte de quienes ahora nos hemos dado en llamar los miembros de las Bacrim (en su mayoría, supuestos desmovilizados de grupos paramilitares que continúan operando en los barrios, controlando la cotidianidad de sus habitantes y todo cuanto negocio se mueva en dichos territorios).


En nuestra inocencia, llegamos caminando desde la estación del metro hasta las lomas del Poblado, nos dimos una vuelta, tomamos fotos, comimos helados que estaban regalando a los visitantes del centro comercial El Tesoro y luego empezamos a bajar por la vía que conduce del centro comercial a la avenida El Poblado. Bajamos unas cinco calles, y, cuando ya no hubo más acera, tuvimos que atravesar al otro lado; allí cinco mujeres parecían esperar el bus. De pronto, un hombre delgado, con camisa amarilla y el rostro un poco aturdido y lleno de cicatrices, se nos acercó y nos extendió la mano; mi hermano, que pensó que el hombre quería vendernos algo, sonrió y le dijo: “no, gracias hermano”. El tipo, aparentemente enojado, siguió con la mano extendida y casi nos obligó a saludarle; de repente, se llevó la otra mano a la cintura y con un gesto que enseñaba el revólver que llevaba dijo que quería hacernos unas preguntas. Yo, un poco confundida por la situación, le dije que no. Entonces comenzó a hablar por el móvil y a gesticular  sin dejar de mirarme: “sí, aquí los tengo; tienen las características que usted me dio... Dígame qué hago”.

Volvió a decirnos que fuéramos con él hasta la otra esquina para hacernos unas preguntas y de nuevo sacó el móvil, en ese momento reaccioné y con un  tono desafiante - que no sé de dónde me salió- saqué también mi celular y le dije: “si usted llama, yo llamo”. El hombre se descompuso y empezó a hablar sin parar; decía que cómo así, que a quién iba a llamar, que por qué estábamos asustados, que si era que habíamos hecho algo malo. Respondí que no, pero que ya no me estaba gustando esa situación y que me dijera de una vez por todas qué quería. De nuevo se mandó la mano a la cintura, esta vez por delante y por detrás, y pudimos ver que llevaba otra arma en la parte trasera del pantalón: “Tranquila, sólo son unas pregunticas, usted tiene que entender que nosotros aquí estamos es operando, quédese calladita y no vaya a llamar ni a la policía ni a nadie, mire bien los carros, mire bien las motos y no vaya a hacer escándalo”.

Me quedé callada y observé que, efectivamente, en ese momento pasaba lentamente una camioneta blanca de vidrios ahumados por el carril contrario y entreabrió el vidrio delantero para que yo lo pudiese ver; volteé hacia mi izquierda y vi a cincuenta metros a un hombre parqueado en una moto blanca, que pareció asentir cuando giré. “¿Ya vio? Entonces ya sabe, quédese callada, no llame a nadie y no vaya a salir corriendo”.

De pronto vi un bus que bajaba y con brío dije: “no voy a salir corriendo, pero me voy a subir a ese bus que viene ahí”. No lo pensé ni por un instante, paré el bus y los que estaban conmigo me siguieron; mientras nos subíamos, el hombre amenazó con bajarnos del bus más adelante.

Y sí. Como tres minutos después nos percatamos de que la moto que antes habíamos visto venía detrás del bus persiguiéndonos; en la parte trasera venía el otro hombre, el de la camiseta amarilla, sin casco y con las manos en la cintura. Comencé a sudar; mi hermano y su compañera parecían petrificados. Decidí entonces llamar a mis amigos más cercanos para describir la situación y decirles que en caso de que no nos reportáramos en cinco minutos, prendieran las alertas por lo que estaba pasando. De un momento a otro, en el cruce de un semáforo, la moto giró y ya no volvimos a verla.

¿Quién iba a pensar que nos iban a amedrentar de esa forma? ¡Una tarde de martes, a las cuatro de la tarde, en pleno barrio El Poblado! ¿A quién le estábamos estorbando? ¿Qué querían esos sujetos realmente? ¿Preguntarnos qué? ¿Robarnos? ¿Secuestrarnos? ¿Desaparecernos? Lo único que nos quedó claro fue que en ésta ciudad, quien quiera que sea el que define esas fronteras invisibles es quien determina quién se mueve y por dónde se mueve; son las fronteras invisibles las que nos inmovilizan, son ellas las que hacen de Medellín la “ciudad invivible”.

 

Modificado por última vez el 16/06/2012

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Anyela Heredia

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