La tristeza de Cecilio

Cuando Cecilio Rodríguez me contó su historia supe de una vez que no era la única, sino más bien, el ejemplo de muchos colombianos desterrados por los grupos paramilitares, que, por estrategia del régimen, son hoy llamados Bacrim sólo como cortina de humo para hacernos comer el cuento de la seguridad democrática.

 

 

Tímido y callado, la apariencia de Cecilio reflejaba tristeza, angustia, y, sobretodo, temor. Cecilio había llegado a Antioquia proveniente de un municipio de Córdoba, tal vez el departamento más paramilitarizado de Colombia, no con el deseo de encontrar un mejor futuro económico, sino obligado a cuidar su más preciado bien: la propia vida. Cecilio llegó a estas tierras huyendo de la muerte, la misma que le quitó a su hermano y la que ha acosado a su madre y a su viejo, don Álvaro.

Cecilio recuerda que su pueblo siempre estuvo dominado por los paras, incluso cuando él era adolescente. “Se formaban grupos de hasta 100 personas armadas e iban matando a toda una familia si era necesario”,  relata Cecilio. Entre 1996 y 1997 la situación del pueblo se puso bien fea, ya que otros narcos del grupo de “los paisas” entraron al pueblo y se encendieron a plomo con sus colegas del delito. Esta guerra la perdieron “los paisas”.

Los “paras”, que estaban al mando de “Jorge 40”, hacían lo de siempre: traficaban con droga por el río Sinú (esa fue la razón de la pelea con “los paisas”), apoyaban a algún político comprando los votos a $20.000, y al que no quisiera apoyar al candidato de su preferencia lo amenazaban; cobraban vacunas a ricos y a pobres. “Para ellos – dice Cecilio - la cuota que les cobraban era de $120.000 quincenal y los que tenían cultivos estaban obligados a entregar una parte de la cosecha”. Pero los “paras” también participaban en negocios legales. Cuenta Cecilio que el cabecilla de ese grupo, un tal Montaño, se robó y quebró a la E.P.S “Manexka”, entidad promotora de salud que atiende, todavía, a la comunidad indígena Zenú, cuando este fue gerente. Pero lo peor que cuenta Cecilio es que a las familias que tenían varios hijos les exigían el préstamo de estos para trabajar en sus fechorías, ahí fue en donde se enredó Alexis, su hermano, y comenzó el acoso a su familia.

La familia de Cecilio estaba conformada por padre, madre y seis hijos. Para sobrevivir sembraban caña de flecha (con la cual se hace el sombrero “vueltiao” y otras artesanías) y sembraban yuca y maíz. Cuenta Cecilio que Alexis, su hermano mayor, era muy ambicioso y la familia estaba en una situación económica muy difícil; entonces Alexis se metió a “para” por la goma de las pistolas y la tentación del millón de pesos mensuales que le prometieron, que al final sólo fueron 300 ó 400 mil pesos, más la dotación. “Eso sí - dice Cecilio-, se mantenían bien vestidos”. Don Álvaro, el padre, intentó decirle a Alexis que se saliera y hasta habló con el cabecilla del grupo; pero este le dijo que no se metiera en el asunto y que si seguía insistiendo lo mataba. Cecilio tenía en ese entonces 16 años y Alexis 23.

El grupo paramilitar que dominaba el pueblo era el más asesino, según cuenta Cecilio: “esa gente mataba sangrientamente; tenían una finca entre Sucre y Córdoba, cuyo nombre era “cementerio”, y allí enterraban a la gente. Una vez un celador de un colegio se negó a pagar la vacuna o les impidió meterse a robar al colegio, entonces se le metieron a la casa, lo sacaron y antes de matarlo le arrancaron la uñas, le cortaron los testículos, se los metieron en el estómago y, por último, le dieron de tiros”. Todo esto pasaba a pesar de que la Policía del pueblo sabía quiénes eran los “Paras”,  y aún así no hacían nada; y lo peor es que un batallón de la fuerza pública quedaba en Coveñas, apenas a una hora del pueblo.

Siguiendo con la historia de Alexis, Cecilio cuenta que ya habiendo pasado tres años en el grupo de los “Paras”, Alexis se enamoró de una chica, Zoraida. Entonces le dio por volarse para irse a vivir con ella. En la escapada, la pareja va a dar primero hasta  Maicao, y después hasta Valledupar, regresando nuevamente a Maicao, porque al parecer los “paras” los estaban persiguiendo. “Yo me fui hasta Maicao a visitar a mi hermano antes de que lo mataran –cuenta Cecilio-. Allí vivía muy bien, tenía sus cosas de hogar, su t.v., su nevera y su lavadora; vivía feliz con Zoraida. Alexis se estaba ganando la vida de manera sencilla, primero con una chaza que había montado y después como cantinero”.

Cecilio llegó a Maicao un martes a eso de las 10:00 a.m., con un dinero que le había enviado su hermano, Alexis, quien lo estaba esperando en la terminal. Cuando llegó, lo llevó a pasear y le compró cosas para él y el resto de la familia. Al otro día, a eso de las 11:00 a.m., les cogió el hambre rápido y se fueron a almorzar, y cuando terminaron Alexis le dijo a Cecilio que necesitaba ir a la cantina a enfriar la cerveza. Cecilio le preguntó si lo acompañaba, pero el hermano le dijo que no era necesario.


Alexis salió del restaurante, dio la vuelta a la cuadra y dos o tres minutos después se escucharon unos tiros. “Yo me quedé quieto- dijo Cecilio-, pues estaba acostumbrado a escuchar tiros en mi pueblo”. De pronto comenzó a escuchar unos gritos que decían “¡Mataron al Alexis¡ ¡ Mataron al Alexis!”. Entonces Cecilio salió corriendo y encontró a su hermano en el suelo, ensangrentado y moribundo. Alexis murió en los brazos de Cecilio. Y al rato, según cuenta Cecilio, también mataron a Zoraida: antes le cortaron un seno y después la mataron. Cecilio cree que fueron los mismos “paras”.

Con la muerte de Alexis comenzaron los problemas para la familia de Cecilio. La madre de Cecilio, doña Ana, no paraba de llorar; además, para poder trasladar el cuerpo de Alexis hasta el pueblo, el padre de Cecilio tuvo que vender una novilla. Pero eso no fue lo peor. Los “paras” le dijeron a don Álvaro que su hijo, Alexis, se había volado con una plata y que él la tenía que pagar: “son 6 millones y le damos tres meses pa´pagar”- le dijeron. Don Álvaro no pudo pagar las dos primeras cuotas, entonces se le entraron a la casa y le dieron una paliza, además lo amenazaron con que si no pagaba se llevaban a Cecilio de “para”. Ahora al que le tocaba huir era a Cecilio, porque o lo mataban o le tocaba volverse “para”.

Primero huyó hacia Bogotá; allí encontró trabajo en un taller de mecánica, ayudando a limpiar piezas de motor; después consiguió trabajo en un vivero y allí le fue muy bien porque los dueños le cogieron mucho cariño. Ellos eran comerciantes y le propusieron a Cecilio que les administrara un bar en Sincelejo, muy cerca de su pueblo. Cecilio dijo que sí para estar más cerca de la familia, aunque al llegar allá no le dijo nada a esta. Duró 8 meses allí; después, los dueños del vivero le propusieron que se fuera para María la baja, a administrarle un negocio de comidas rápidas. Pero allí duro tres meses, pues al dueño de todos esos negocios lo mataron porque al parecer estaba metido en asuntos sucios. Por último, fue a dar a un corregimiento muy cerca de su pueblo, cuando las cosas al parecer ya estaban más tranquilas, para estar más cerca de su familia. En esas andanzas estuvo Cecilio durante 4 años.

Las cosas en su pueblo se fueron calmando y al fin en el 2009 Cecilio pudo volver, en parte porque los “paras” se fueron matando entre ellos mismos, y en su pueblo la fuerza pública comenzó a hacer más presencia, entonces los campesinos amenazados comenzaron a denunciar a los “paracos”. Aún así las cosas, don Álvaro, el padre de Cecilio, le sugirió que se fuera a estudiar a Medellín, y menos mal que lo hizo porque en febrero de este año intentaron matar a don Álvaro. Se salvó porque se alcanzó a volar.

Cecilio se mantiene triste, con miedo y con ganas de venganza. “Me da miedo salir a cualquier parte en Medellín”, cuenta. Pero a pesar de su miedo y su tristeza Cecilio alberga aún la esperanza de poder compartir nuevamente una vida con su familia, con su hija de 6 años y poder encontrar, en alguna parte de Colombia, un lugar tranquilo donde vivir.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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