John Jairo Duque

John Jairo Duque

Confinamiento, fue la palabra del 2020 según la Fundación del Español Urgente que a su vez agregó otra definición. Todos vivimos su significado cotidiano en una sociedad que se encamina hacia el control de toda forma de vida, donde las palabras relacionadas con “pandemia” (algunos dudan de los criterios usados para llamarle así al Covid), y en este caso, la situación de confinamiento, provienen de la esfera militar. No es raro oír “guerra contra un enemigo invisible”, ver helicópteros y en algunos casos drones encima de los barrios, así como una militarización de la salud pública que debería ser labor de unas instituciones no militares sin financiamiento.

Hablando de la importancia de las palabras y del discurso para generar u ocultar realidades, se podría entrever que la realidad covid y confinamiento es amplificada con una cadena de mentiras y palabras escupidas por los medios masivos que hacen eco de entes gubernamentales, científicos y tecnológicos -como la OMS- y de entes financieros, generando opinión pública que repite sus discursos elaborados para vendernos la vacuna, así como la ideología y la idea de que el Estado y sus fuerzas armadas nos cuidan, y que la ciencia nos salvará mientras el cuerpo se autoinmola y los ”infractores” del autocuidado contagian de “nuevas cepas” a la sociedad, prolongando así las restricciones sobre el contacto social.

El término Confinamiento es cercano a la idea de protegernos y suena más amable que otros como reclusión o prisión, que dejan una sensación más asfixiante y negativa. Sin embargo el diccionario médico de la Universidad de Navarra la define como: “Estancia de un sujeto en un lugar de pequeñas dimensiones, cerrado y no ventilado, en donde se produce la muerte al agotarse el oxígeno”, que no es tan amable y se acerca más a la realidad del confinamiento como una de las manifestaciones de la crisis humanitaria que ha marcado la vida de miles de comunidades y familias en las zonas rurales en medio del conflicto armado.

El Confinamiento pues, va de la mano de la discriminación y los métodos segregacionistas Según Beatriz Montes, en su publicación Discriminación, prejuicio y estereotipos “intentan reducir la capacidad operativa de determinados grupos sociales a través de su confinamiento” generando “graves repercusiones psicológicas como inseguridad, baja autoestima, autoodio y rechazo del propio grupo”
En las narrativas de los grupos armados al igual que las narrativas del brote, a medida que diseminan información, promueven o mitigan la estigmatización de individuos, grupos, poblaciones, localidades y territorios, comportamientos y estilos de vida, y hasta vacían territorios y cambian economías. Confinar ciertas zonas donde las inequívocas tecnologías confirman mayores niveles de brotes y “contagiados” no parece ser diferente a confinar y bloquear regiones señaladas como “nidos de la guerrilla” o de “narcotraficantes” o de “sapos”. Aunque señalamientos como “guerrillero” tienen consecuencias más profundas que señalamientos como “contagiado” o “infractor”, estarían encaminados a fines parecidos.

El confinamiento amable definido en 2020, está muy lejos de la realidad de los barrios marginales donde la mayoría de personas viven de la economía informal, de la necesidad de trabajar en empresas que no paran su producción, de hacer el “recorrido” por otros barrios y plazas de mercado buscando la solidaridad con el alimento. Barrios levantados por familias que fueron arrojadas de su pequeña economía campesina a la urbe, al rebusque, tras vivir confinadas por grupos armados durante años en sus territorios, y muchas arrastrando el lastre y el señalamiento de ser posibles colaboradores de guerrillas, ejército o paramilitares. El confinamiento en medio del conflicto, se da en muchos casos en territorios cercados por el terror, “control social” y las normas impuestas por los actores armados. A los bloqueos alimentarios y de salud, el miedo a ser reclutados o asesinados y a las minas antipersonales, se suma ahora el control y la búsqueda de legitimidad de grupos protectores ante el avance del coronavirus.

Recordemos que la Corte Constitucional en el Auto 219 de 2011, menciona como “causa del desplazamiento y el confinamiento” ciertos intereses económicos de distintos agentes (legales e ilegales) sobre la tierra y los territorios. Según el Informe nacional de desplazamiento forzado en Colombia emitido por el Centro Nacional de Memoria Histórica en el año 2015, algunos de estos agentes son el narcotráfico, la minería ilegal, los proyectos minero-energéticos y agroindustriales y los “inversionistas de tierras”. Se desconoce aún el nivel de despojo que estas actividades generaron en 2020, sin embargo, los datos presentados en el mes de enero por la Defensoría son alarmantes, aumentó en “al menos un 252 % con respecto al 2019” año en que -según informe del CICR- 27.694 personas en el país estuvieron confinados, de los cuales el 83 % correspondieron a Chocó: Bojayá, Carmen del Darién, Riosucio, Juradó.

Entre los casos más visibles en 2020, según lo reportado por la Gobernación están Norte de Santander donde “entre el 27 de marzo y 26 de junio, más de 45.000 personas fueron sometidas a confinamiento forzado”, de las cuales el 70 % en el Catatumbo en medio de la guerra entre ELN y EPL (Los Pelusos); Nariño por combates entre Los Contadores, ELN, AGC y GAOR (Grupos Armados Organizados Residuales); la subregión del Baudó y Pacífico Chocoano por enfrentamientos entre ELN, AGC y GAOR de las Farc. Desde el 31 de diciembre de 2019, las AGC sometieron a confinamiento forzado a cuatro comunidades de Bojayá durante un periodo.

De acuerdo con el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (2016), Granada: memorias de guerra, resistencia y reconstrucción, “Imposibilitar o prohibir la movilidad de los pobladores y sus productos en un contexto rural y de economía campesina, es una de las maneras más atroces de socavar su libertad, autonomía y dignidad” ya que muchas personas pierden el momento de la siembra o de la cosecha, y por consiguiente pierden su fuente de ingresos y de supervivencia, e incluso su cultura y forma de vida.

El confinamiento como una de las estrategias de guerra que cambia hábitos alimentarios y de subsistencia, y genera miedo de ir a cazar, cultivar o salir a comprar, es denunciado por algunos medios de comunicación como el Tiempo y Crisis Group como una de las “principales causas” del aumento en casos de desnutrición infantil y otras enfermedades, incluso muerte en regiones y grupos étnicos de especial protección, como la muerte por inanición de cinco bebés en comunidades indígenas del Carmen del Darién en marzo de 2019.

Es importante traer a colación casos como el de Granada, a dos horas de Medellín, hace un par de décadas donde confinamientos permanentes hasta de dos años, restricciones horarias o la suspensión del servicio de transporte impuestas por los actores armados, generó el “aislamiento” “de las veredas al casco urbano y de este con los municipios cercanos”, así como la limitación del abastecimiento de alimentos, insumos, medicamentos, y de comercializar “lo poco que quedaba”. Y sin poder huir “porque escaseaban los medios para hacerlo”, situaciones que junto al desplazamiento suturaron la economía y vida local campesina. Esta información puede corroborarse en el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica.

La amenaza paramilitar de tomarse el corregimiento de Santa Ana, hecha con volantes desde un helicóptero, y secundada desde la Gobernación de Álvaro Uribe, reforzó el estigma de Granada como pueblo en posición de sometimiento o de connivencia con la guerrilla o “santuario guerrillero” y posibilitó la estrategia contrainsurgente de “quitarle el agua al pez”. La población campesina soportó fuertes presiones, el bloqueo de alimentos y medicamentos a la zona rural, constantes hostigamientos en connivencia de militares y paramilitares y fue obligada “a desplazarse, o en otros casos, a emplazarse en sus territorios”. Aun así algunos labriegos se arriesgaban a pasar comida en mulas y bestias, pero con probabilidad de ser asesinados después y de ser señalados por los paramilitares de llevarle mercado a la guerrilla. Asfixiaron a la población con bloqueos alimentarios, y restricción al máximo la comercialización de productos agrícolas entre la zona rural y urbana, amenazando a mujeres, ancianos y niños que trataban de hacer mercado. (CNMH, 2016)

El comunicado del Comité Comunitario, generado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, resalta que antes que someterse completamente, las comunidades exigían, “que no se moleste al campesino en su movimiento, en su mercado o en los medicamentos”, o “proyectos agrícolas facilitados en gran medida por asociaciones agrarias y redes de comercialización a pequeña escala” como ASOPROA (Asociación de Campesinos y Productores de Oriente Antioqueño), “como respuesta al desplazamiento masivo y al confinamiento”..

En entornos urbanos también hay barrios enteros confinados por fronteras invisibles. Algunos casos conocidos en Buenaventura, el Valle de Aburrá o en el municipio de Bello, donde no se acató la orden de confinamiento y toque de queda nacional sino el encierro como protección ante las balas, asesinatos o desapariciones en medio del conflicto entre bandas narcoparamilitares, situaciones similares vivió el casco urbano de Argelia, Cauca, en medio del paro armado del ELN a fines del año pasado.

En Medellín llama la atención el tratamiento especial y la militarización que la alcaldía dio a la parte baja de las comunas 2 Santa Cruz y 4 Aranjuez como supuesto foco de covid, y curiosamente donde se proyectan desalojos y barrido de barrios para darle continuidad al proyecto Parques del Río y ampliaciones viales.

Aunque el confinamiento es necesario para frenar la “pandemia”, también es un medio para otros fines y “no todos somos iguales frente a esta medida” según afirma Hamza Esmili en entrevista publicada el 12 de abril de 2020 en el artículo de Norberto Paredes "El confinamiento es un concepto burgués": cómo el aislamiento afecta a las distintas clases sociales. El sociólogo argumenta que “es un concepto burgués” con “la idea es que todos tengamos una casa individual”, sin embargo hay muchas personas sin hogar, incluyendo personas desplazadas o desalojadas por conflicto armado y proyectos, además en muchos casos se vive pero en condiciones insalubres y de hacinamiento. También se cuestiona la idea de que todos estamos confinados, pues las multinacionales no han suspendido sus labores de robo de recursos naturales y de mano de obra, y los supermercados y entes financieros han estado abiertos siempre. Concluye Esmili que el confinamiento es como un lujo, una pequeña parte de los habitantes puede abandonar la ciudad en sus autos para refugiarse en sus residencias temporales en el campo, o con sus autos rumbo a sus hogares con despensas llenas, mientras otros se hacinan en el metro y buses en trancones rumbo a despensas limitadas y ven los anuncios publicitarios de “#quedateencasa” y “todo va estar bien” como un lenguaje extraño.

Aunque para muchos no es tan extraña la palabra, o más bien el hecho de confinamiento y los helicópteros encima, son una amarga realidad, una asfixiante realidad que para muchos es un doble confinamiento, confinados como viven desde hace mucho por el conflicto armado.

Tuesday, 03 November 2020 00:00

Carta a la madre que me vio nacer y crecer

Oíme María, no sé si te conté que luego de la crisis asmática, y el mes en terapia de cuidados intensivos, salí del hospital San Vicente y lo primero que recordé es que estaba como dormida, sin poderme mover, ni hablar, ni nada. No recuerdo si te conté, pero era real lo que había visto con ese infatigable fastidio del respirador y los tubos que desde la boca hasta mis entrañas me habían puesto.

Era muy raro ver temblar a mi lado un ataúd entre tantos aparatos hospitalarios. Sí, un ataúd abriendo y cerrándose solo. Madre, ¿te acuerdas que fue a mediados de ese mayo de 2004 cuando te tocó volver a San Carlos a ver por última vez a mi hermano Jesús Antonio? Tu hijo menor, Susito, de cariño.

Ahora que esculco en el paladar de la memoria, evocando las colinas y planes de la vereda Cañaveral, me veo con la panela recién hecha, derretida en la hojota en que la echaban en la estancia donde trabajaba mi apá Israel. Recuerdo que al contrario de mis hermanas, yo no cargaba leña; que en la cosecha se quedó Susito con su compañera de vida, que se balanceaban a lomo de mula o bestia como muchos cafeteros y arrieros, loma arriba por esos culebreantes caminos y canalones. ¿Fue por esos espesos caminos y cañaverales que la terapia de la “lucha antisubversiva” irrumpió? Solo sé que acusándolo de llevar mercado a la guerrilla, a susito le cayeron esos paracos, esos que década antes conocíamos como “macetos” (MAS), ¿cierto Má?

A muchos les acusan de colaboradores de los paras o de los militares, y a muchos como a él, de llevar mercado a la guerrilla. Tremenda y trillada justificación para matar a quien labra cada amanecer un nuevo día para su familia y su región. Me contaste que lo vigilaban cuando llevaba el café a la federación de cafeteros en el parque, y que a tus vecinos les preguntaban que quién era y qué hacía. El tal paraco ese, años después, durante el proceso de desmovilización, disque arrepentido de haberse equivocado, ¡demasiado tiempo ya!

¿Hay alguna justificación para que una persona tan honrada termine así? Quizás por dormir cerca de la piedra El Tabor y por sus cosechas en la finca de bahareque y de nutridos cafetales, arrullada por conciertos de grillos, chicharras y monos aulladores, custodiada por gallinas trepadas en los naranjos. Les parecieron “subversivas” las pupilas que desde magistral vista se estremecían contemplando las bombillas que, hundidas en esa cadena de montañas que descuelgan a Arli (Vocablo de origen Tahami, que significa “Río del pez” o “Río del Bocachico”), se reflejan en sus aguas.

Dedicado al café para el sustento económico, ¿lo recuerdas? Hasta entonces a la guerrilla la había visto en retenes en la vía, tumbando comandos de policía, torres de la energía que ISAGEN y EPM cobran y nos niegan día a día, torres de antemano facturadas a sus usuarios.

En fincas familiares llenas de “piña castilla” y frutos de esta atractiva tierra. Hace varias décadas bajo los embalses de la Central Hidroeléctrica Playas, en límites con San Rafael, ¿quién iba imaginar que hasta en el Magdalena Medio iban a vivir parecido a Israel? No Israel tu difunto amado, sino el Estado de Oriente Medio y el Golfo Pérsico al que, entre humo de tabaco envuelto en hoja, Israel veía por TV mandar terapias de tanques y bombardeos a la población.

Ahora tras el “turismo para la paz”, y reconocimientos como el “municipio piloto en desminado de minas antipersona”, una espiral de dudas convulsiona mi cabeza. No hay duda de que el Estado elimina lo que le contradiga o subvierta, así hizo con esa generosidad de tantos campesinos, ese respeto que no tienen las fuerzas armadas, esos rezagos de valores fraternos que se construyen en muchos lugares “abandonados”.

Viste cómo se multiplican los megaproyectos de desarrollo económico gracias al control que “ilegales” armados impusieron junto a una Fuerza Pública que protege las instalaciones policiales, hidroeléctricas y viales, pero no la vida.

Hoy dudo que con programas de resocialización o castigo a los combatientes, y con terapias psicosociales en la población, alivien un dolor ejecutado desde la cabeza del Estado con esqueleto de chupachupa y dinero. Dudo que los paras y algunas guerrillas estén “al margen de la ley”. Es más, me han dicho que están, no sé cómo, bien adentro de este orden mercantil y mental que necesita de épocas convulsas y terapias de seguridad para mantenerse. Dentro de este juego de lenguaje que tilda de “enemigo interno” a quien no aguanta ya más desigualdad y falta de dignidad, que etiqueta de “ejecuciones extrajudiciales” asesinatos cometidos por “héroes de la patria”, y pretende sumir en el perdón y el olvido del progreso material y energético los crímenes cometidos por Héroes de Granada, Bloque Metro o Cacique Nutibara, quienes se equivocaron con los “presuntos guerrilleros”, como dicen en las noticias, porque la mayoría eran más presuntos que “guerrilleros”.

Si me dedico a morir, que por lo menos la enfermedad de la madre tierra convulsione las conciencias de las empresas. Como ves, sigo en la ciudad dando tumbos por medicamentos y convulsiones heredadas del mal cuidado intensivo. Pero aún sé que me sentiré alentada cuando recupere toda la memoria, encontraremos solución más allá del negocio de las industrias de la salud, las armas, y la industria energética.

Aún conservo la memoria de manos de hermanos, padres, abuelos que quisieron sembrar felicidad, de hermanas que, “desplazadas” en el casco urbano, no ven como única posibilidad romperse las manos como empleadas en una empresa, lejos de ese municipio del Oriente Antioqueño.

Cuando volvas, tráeme fresca la memoria de esos escondidos lugares vaciados a punta de armas y embalses, de líderes de movimientos cívicos y de proyectos agropecuarios alternativos decapitados y arrojados a represas. La memoria de pequeños productores de café y panela sumidos en el olvido pero aferrados a sus proyectos, al aroma cafetal, naranja y cañaveral, a esas chorreras de agua. Tráeme esos aromas que hacen sentir las cosechas, los frijoles todos los días al amparo de tempranas lluvias de estrellas, la memoria de las columnas de caballos maltratados moliendo caña.

Oí a alguien decir: “si no hay memoria ¿sería que nada pasó?". Ahora entiendo tanto medicamento intentándola atrofiar. Hoy busco el cantar de los pájaros. Las voces que gritan “no hay perdón ni olvido” se replican y flotan hasta en alucinaciones. Hoy la lengua me arde por dentro, por fuera no se ve nada, si hay una herida sin cerrar se debe volver digna, saludable y fuerte allá donde quisiste que te sembraran.
Hasta pronto, Madre querida. Dicen que se puede reír, llorar, sentir en silencio, ¡claro, escribiendo!

Del 10 al 14 de octubre, estuvimos en la caravana humanitaria en Campo Rubiales junto a trabajadores despedidos, pensionados, ambientalistas, grupos de mujeres, jóvenes y otros. Rumbo a Campo Rubiales ahogamos las vistas en cultivos de caucho y palma de aceite, mientras un afiliado a la USO (Unión sindical Obrera), señalaba al Meta como el primer productor de palma aceitera y petróleo para el bolsillo de los empresarios. Y el boom petrolero en expansión por los llanos orientales, ya puso Sismica en el Municipio de Puerto López conocido como “el Ombligo de Colombia”. En la cabecera del vecino Puerto Gaitán, nos esperaban muchas familias y mototaxis agrandando la marcha sostenida la noche del 10 de octubre con repentinos apagones de luz.

En el marco de la campaña contra el despojo y con la intención de denunciar su complicada situación humanitaria y reforzar espacios de solidaridad y tejido social, habitantes y organizaciones del Sur de Bolívar, junto a la Red de Hermandad y Solidaridad con Colombia (REDHER) facilitaron la II Caravana Internacional por la Vida y Contra el Despojo en el Sur de Bolívar cumplida del 4 al 12 de agosto pasado, y finalizada en el municipio Santa Rosa del Sur. La necesidad de escuchar a las comunidades directamente y darnos cuenta de su suerte nos llevó hasta allí, donde nos adentramos a los calores que bañan la región del ancho Magdalena Medio.

 

Monday, 17 January 2011 15:23

¿Por qué se inundan los barrios en Bello?

Año tras año observamos que grandes extensiones de terrenos planos son vendidos y ocupados a beneficio de centros comerciales y de empresas inmobiliarias con sus verticales nichos-apartamentos, mientras que los escarpados y pendientes bordes de la ciudad y de las quebradas son tomados por necesidad como sitios baratos para vivir, más que todo por personas que no tienen el lujo de ir a los centros comerciales a comprar y consumir. Sectores como Quebrada La García, El Esfuerzo, San José del Pinal, El Oasis (Santa Rita), Villa La Esperanza, Variante del Río, Altos de Oriente, la Gabriela, entre otros asentamientos subnormales, siguen creciendo en el seno de las montañas y aguas que rodean el municipio de Bello, al norte del Valle de Aburra en el inseparable limite con Medellín.

 

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