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Las Gaviotas que esparcen semillas por el macizo colombiano

¿Cuál es el pedazo que me corresponde?, fue lo primero que le preguntaron varios compañeros a Mesías hace dos años. Pero si lo que queremos es quitar los alambrados. Esto no es de nadie, esto es de todos, les dijo él.

Desde que se hizo cargo de El Dinde –la finca del Comité de Integración del Macizo Colombiano (CIMA)–, Mesías calcula haber sembrado 300 semillas: 10 variedades de yuca, varias de frijol, chía, amaranto, ajonjolí, sacha inchi, palos de guayabas, mangostino, zapallo, yaca, girasoles, guamas, maní, ajenjo, maíz, caña, romero, yerbabuena, y papayuelas; donde solo había café, unas cuantas matas de guineo, aguacate y limón.

A Mesías le han dicho que por qué no deja de jugar y “trabaja como hombre”: por la ganancia; también le han dicho que se “volvió a embrutecer” por dedicar a la agroecología el tiempo que los demás dedican a sobrevivir en el bacanal hiperconsumista. Mesías, su hermana y su cuñado dejaron sus fincas en San Lorenzo, norte de Nariño, porque “queríamos estar en un sitio donde pudiéramos ser más útiles (…) Toda esta inversión es pensando en ellas”, dice refiriéndose a sus sobrinas, dos soles brincones y sonrientes llamados Tania y Sheyla.
Las ondas de cada palada y cada siembra se expanden más allá del nido de semillas de Mesías. En unos años, dice, las 12 hectáreas de El Dinde deben ser un centro de formación y pensamiento propio, un instituto de educación campesina donde al menos 200 jóvenes humeen y aren sus consciencias. Donde se pueda “desaprender, para aprender” que una carga de maíz no vale porque un intermediario esté dispuesto a pagar cien mil pesos por ella, sino por la cantidad de envueltos, panes, arepas, chicha y tazadas de mazamorra que con ella se pueda hacer.

Como nunca pudo ir a la escuela, en su juventud, el cincuentenario Mesías decidió caminar los departamentos de Nariño para que el saber de las y los mayores reemplazara el conocimiento que supuestamente florece en la escuela. Del caminar, la observación atenta y la constante interacción con sus dioses naturales, brotó un macizo taita agroecológico de rasgos aindiados que sabe que los marranos producen poca sangre, y son propensos a enfermar de anemia cuando nacen, si comen hoja de yuca, rica en hierro, mejora la producción de sangre y evitan el paludismo o el raquitismo; que la cascarilla de arroz es rica en silicio, y que los tustes, es decir las quijadas de las vacas, son los huesos más ricos en calcio; que la canavalia y la cáscara de naranja ahuyentan las hormigas; que los girasoles le aportan magnesio al suelo; que si en 100 litros de agua se mezclan dos bultos de humus de lombriz y cuatro kilos de miel de purga, en menos de 4 días está listo un abono orgánico para el café y el frijol; que el mallorquín no es maleza sino una planta que le aporta diversos nutrientes a la vegetación vecina; que la tierra está plagada de microorganismos, el 95% de ellos buenos, el porcentaje restante no tanto, y que los abonos orgánicos hechos con sulfocalcio, caldo de ceniza, estiércol, hojarasca, entre otros elementos, se encargan de multiplicar esos microorganismos y que prospere la llegada de los nutrientes que necesita la planta.

Mientras sembraba un vástago de bore, una planta rica en proteína y capaz de sostener mucha agua durante épocas de invierno para luego liberarla en tiempos de sequía, con su voz lozana, Mesías me cuenta que a sus sobrinas les pide que observen y comparen el apetito de cada animal cada vez que le echan comida a los cuyes. Si alguno come menos que los demás, tal vez tenga problemas estomacales que se curan con agua de apio o con cilantro. Descartado el problema digestivo, posiblemente el animal albergue parásitos que pueden curarse con hojas de paico o pepas de zapallo.

“Esta es una agricultura de proyección para la vida. Que vayamos en búsqueda del buen vivir. Este tipo de agricultura no cumpliría los sueños del agricultor que hoy necesita sembrar y mañana cosechar; que está diciendo yo tengo que hacer competencia, necesito acelerar un proceso para estar allá donde está mi vecino. Siempre pensando en ese afán de que esto deje muchas ganancias para comprar cosas que no tienen importancia en el pensamiento de nosotros”.

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Se llaman gaviotas porque las gaviotas vuelan siempre en manada y en forma de v. Con esa estrategia de vuelvo colaborativo, optimizan energías y se protegen unas a otras. La primera gaviota que intentó alzar vuelo y salir del nido fue Alba, una mujer trigueña y menuda que, como la gente del norte de Nariño, no necesita alzar la voz ni ser histriónica para convencer, ser dulce, cálida, bondadosa y hospitalaria.

En ese entonces las mujeres de San Lorenzo participaban en las reuniones de las Juntas de Acción Comunal, integraban grupos comunitarios dispersos, y eran el pilar del núcleo familiar, a pesar de eso, su incidencia en la toma de decisiones era casi nula. “La mujer siempre [estaba] como en una orilla, casi sin tener voz y voto. Se iba a las reuniones, pero si tocaba decidir algo, simplemente decían yo le aviso a mi esposo, y lo que él diga eso va ser”, así lo recuerda Aura Lucia, otra de las fundadoras de la Red de Familias Lorenceñas Las Gaviotas.

En su fuero interno, Alba reclamaba el merecido protagonismo de las mujeres, y además entendió que si no se juntaba con otras, no podía recuperar todo lo que el machismo les había arrebatado. Alba, Leonor –la personera del municipio–, y Jackeline –quien trabaja en la dependencia agrícola y ambiental– tocaron las puertas de la Alcaldía pero no recibieron la atención esperada, las energías de la institucionalidad y las organizaciones sociales estaban concentradas en el gran paro del suroccidente. A finales de 1999, más de 15.000 personas bloquearon durante veintisiete días varios tramos de la vía Panamericana, la arteria vial que comunica el sur con el centro del país, y a Colombia con Ecuador.

Las primeras gaviotas y sus esposos participaron en esa movilización. Algunas se integraron a los comités de salud o alimentación, otras estuvieron presentes en el lugar de los hechos. Lo vivido en el paro avivó la llama de Alba. Jackeline, Leonor y ella se propusieron hacer una movilización el 8 de marzo del año siguiente en el casco urbano. Realizaron talleres en los 7 corregimientos del municipio para estimular la participación. En ellos hablaban de los derechos de las mujeres, dignificaban su rol social, y reiteraban que el 8 de marzo es la conmemoración de una lucha antiquísima, mas no una fecha que se celebra con copas de vino y rosas.

La Alcaldía aportó 3 millones a la financiación del peregrinaje, “pero resulta que se nos convirtió en otra cosa”, recuerda Alba. Al primer encuentro en Santa Cecilia asistieron 50 mujeres. “Las mujeres quedaron como enamoradas”. Tanto, que finalizó el taller y dijeron queremos ir a El Carmen, la próxima estación de la gira pedagógica. Alba y sus comadres no tenían plata para llevarlas. Vamos las que podamos, llevamos fiambre y que allá nos esperen con un café, un jugo o una chicha; si nos llevan en moto, nos vamos en moto, sino, como está cerquita, nos vamos a pie, respondieron las mujeres. Sorprendida quedó Alba al ver que casi todas llegaron hasta El Carmen. La situación se repetiría en los demás corregimientos. “A las mujeres –dice Alba– como que se les abrió el apetito de estar con las otras mujeres, de conocerse, hablarse, abrazarse, reírse, contarse cosas “.

La semilla germinó en poco tiempo, dos mil mujeres marcharon, lloraron, y se desahogaron en las calles de San Lorenzo ese 8 de marzo del 2000. “Qué les pasó a esas mujeres, se enloquecieron, por qué salieron a gritar a las calles (…) que si era que teníamos hambre”, dice Aura Lucia que decían los hombres y mujeres que veían desde la puerta de sus casas aquella movilización. En el parque principal constituyeron la junta directiva y nació la Red de Mujeres Lorenceñas, organización que en el 2004 sería renombrada como Red de Familias Lorenceñas Las Gaviotas; pues aunque las mujeres siempre han llevado la batuta, hombres como Toño, Rober Elio y Aurelio caminaron junto a ellas en el proceso de gestación. Además, los cambios que la organización provoca en la vida de cada mujer repercuten en toda la familia. “Una tarea que enseña Las Gaviotas a la dirigencia política del país, llámese izquierda o revolucionaria, es el trabajo en familia; que para el izquierdoso, el revolucionario, ha sido muy difícil; acá se ha logrado”, resalta Antonio Alvarado, 'Toño', actual y locuaz presidente del Comité de Integración Social de Macizo Colombiano (CIMA), líder de la guardia campesina del norte de Nariño, y viejo amigo de Alba y otras gaviotas.
Para la Red, la familia es el fin y también el medio. Como tantas otras y otros, Patricia Guzmán llegó a la gran familia Las Gaviotas, gracias a su familia biológica. Raquel, su tía, era una agrosembradora de la organización. Los agrosembradores eran líderes del CIMA que viajaban una semana al Cauca para recibir una formación intensa en temas y prácticas agroambientales. Al regresar debían formar una escuela agroambiental en su vereda y replicar lo aprendido. Entre el 2002 y 2003 Raquel conformó la escuela con sus hermanas, cuñadas, vecinas y sobrinas. En esa escuela Patricia aprendió de huertas, abonos orgánicos, y al mismo tiempo maduró su pensamiento político: “Yo hacía parte del grupo Amas de Casa. Era muy bonito pero le faltaba ese tinte político-organizativo. Muchas de las mujeres que hacían parte de amas de casa se fueron pasando a la escuela agroambiental –recuerda 'Pati', como la llaman las demás gaviotas–. La escuela era ese espacio bonito de reunirse pero también de aprender y enseñar. En uno de nuestros principios que es la formación, decimos que de campesino a campesino se aprende mucho”. Raquel no solo le inculcó a 'Pati' el amor por la tierra que pisa, también la llevaba a las reuniones del equipo de conducción política: “Actualmente soy la secretaria de la organización. Desde que entré a Las Gaviotas y al CIMA ya nunca más me volví a retirar, y creo que nunca lo haré. Yo hacía parte de la pastoral social, y ahí aprendí muchas cosas, una formación personal, comunitaria, pero en el CIMA estuvo la formación ideológica, el sombrerito que faltaba”.

En el caso de José Murillo, no fue un familiar el que lo invitó a volar con Las Gaviotas. El inquieto y errante 'Chepe', como lo conocen en San Lorenzo, buscaba algo pero no sabía que era. Estuvo 3 años en la Policía, 1 año en la curia, y a punto de enfilarse en la guerrilla cuando Andrés Pastrana declaró 'El Caguán' como zona de distensión. 'Chepe' fue de un extremo a otro, y no encontró lo que buscaba. La emoción lo invade cuando recuerda los antecedentes y la suma de circunstancias que lo llevaron a Las Gaviotas. Las manos se inquietan, y su boca resbala tratando de buscar la palabra precisa. Chepe, invitado por 'Toño', participó en el proceso de agrosembradores. Eso lo empezó “a llenar en lo político, lo social, lo económico y lo ambiental. Esta organización es completa en todos los ejes (…) A veces estoy con nadaito de perro, pero estoy haciendo algo que aprendí en la organización”.

Sin la convicción de Chepe y el entusiasmo de Patricia, resulta casi imposible soportar la cantidad de vientos en contra que conllevan 20 años de vuelo. Si hay “arroz” –ósea dinero en lenguaje gaviota– la bandada aumenta su número, en épocas de bonanza San Lorenzo tuvo 52 escuelas agroambientales; si el “arroz” escasea, la familia se encoge. Pero los peores ventarrones que afrontaron Las Gaviotas soplaban desde la institucionalidad. La politiquería local aprovechó la euforia femenina del año 2000 y postuló una mujer de sangre conservadora que ganó las elecciones a la alcaldía de aquel año. Liliana Narváez, que luego repetiría en el 2007, se dedicó a plagiarlas. “Nosotros éramos Red de Mujeres y ella tenía el grupo de Asomujer. Nosotros pasamos a ser Red de Familias y ella le cambió por Asofamilias –recuerda Aurelio Ortiz, líder del corregimiento Santa Cruz que integra Las Gaviotas desde sus inicios–. Nosotros hacíamos huertas y ella también, nosotros hacíamos abonos y ella regalaba abonos, nosotros enseñábamos a hacer mallas con fibra de llanta, y ella les llegaba con rollo de malla de fábrica”. “Algunas no aguantaron, se pasaron para allá porque les daban [plata o insumos], las que eran finas [en la parte ideológica] se quedaron”, complementa 'Toño'.

Las raíces ideológicas importan tanto como las formas de pervivir en el ecosistema. Para que la bandera del CIMA y la de Las Gaviotas sigan creciendo, sus integrantes recurren a la técnica de “mano prestada”: un día levantan entre todos la huerta de un vecino, y a los ocho o quince días repiten el convite en la casa de otra persona. También hacen constante lectura de realidad y actúan en contexto. “El territorio tiene que pensar donde está el conflicto, o donde se visiona que va estar el conflicto. (…) Esa persecución [de la alcaldía de Liliana] era brava porque éramos una organización sin plata. Esa lucha nos permitió adquirir esa vocación, esa habilidad de gestión. Éramos y hemos sido muy creativos –reconoce 'Toño'–. Hemos sido muy claros en la propuesta, propuesta que hacemos, propuesta que pega”.


Las Gaviotas tienen su propio manual. A la hora de cultivar consciencia, Aura Lucia dice que es fundamental “tratar de ser testimonio de lo que tú dices: si nosotros vamos a enseñarle a la gente a tener unas huertas, es porque nosotras vamos a tener huertas”. Mientras que para Patricia, la organización se sostiene sobre el pilar afectivo: “Es muy importante saber que hay afectos muy profundos, amores reales y sinceros entre las personas. Yo tengo más amigos en la organización que en la misma comunidad. Incluso a veces ni con la familia se alcanza a tener sentimientos tan grandes como los que tengo por mucha gente que conocí en el proceso”.

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Todo en El Dinde tiene un sentido cuya explicación es imperceptible a la superficialidad cognitiva del capital. Mesías y Camilo, su vecino y ayudante de sus “locuras”, están construyendo un santuario de semillas. El templo que todavía está en obra negra, fue levantado con la técnica del superadobe, misma técnica con la que está construido casi todo en El Dinde. Una bioconstrucción ancestral en desuso que Mesías conoció en Perú. El santuario son tres domos de estopas superpuestas que contienen una mezcla de cal, tierra y cemento. “Pensábamos que si en algún momento decidiéramos destruirla, es una cosa que fácilmente lo va asimilar la tierra, a diferencia de un ladrillo, una baldosa, un hierro, que no tan fácil se van a descomponer”, explica Mesías.

Uno de los domos va funcionar como oficina. El otro será una capilla decorada con muchas semillas, “donde el visitante podrá hacer su oración y hacer su propia reflexión en torno a ellas”. El tercero será el lugar de almacenamiento de las semillas que estén disponibles para truequear, o, si no queda otra opción, cambiarlas por un billete: “La intención es que quien lleve las semillas, las lleve como una responsabilidad. Nos interesa que las semillas se expandan por el territorio”. El santuario no es un museo de colección, es otra etapa de un proceso que comenzó con la creación de una red de 33 guardianes y cuidanderos de semillas del macizo colombiano.

Las cosas que suceden y se aprenden en El Dinde no tienen precio. La predica de Mesías privilegia el intercambio antes que las relaciones mediadas por el papel moneda. Aunque suene descabellado y la “universidad nos haya enseñado que todo tiene que ser vendido”, su anhelo es que en unos años el ferretero le reciba una gallina criolla y vitamínica –criada con hojas de yuca, amaranto, chías, aceite de sacha inchi, hoja de coca, sorgo, plátano, y maíz–, a cambio de unos metros de plástico.

Según Mesías, el mejor pago por su catedra es una buena cagada: “El sistema es tan malparido que nos vuelve una mierda. Somos los únicos animales que tienen baños organizados. Son 5 o hasta 10 litros de agua por cada miada, por cada cagada. Lo que hacemos es convertir los ríos en unos ríos de mierda”. Los baños secos o letrinas que él tanto defiende suenan a “cantaleta” fuera de lo común, pero las razones que la sustentan son inapelables. Replantear el ritual fisiológico nos obliga a cambiar de postura. Agacharnos unos cuantos grados más para defecar, beneficia músculos y órganos como la próstata. Cambiar el lugar de destino y almacenamiento, permite aprovechar el poderoso fertilizante que cagamos los seres humanos. “Esa cagaita pesa un promedio de 170, 200 gramos. Acá aspiramos a los 300. Por eso nos interesa que ustedes coman harta yuca, harto guineo. Estamos a la espera de esa miadita y esa cagada porque hay unos limones, unos guanábanos, unas veraneras, unos guayabos, unos papayos, un montón de tierra que la tiene encargada”.

Tal como lo hizo en El Dinde, Mesías intenta diversificar el monocultivo de la consciencia, que nos lleva a pensar que “la fruta se acaba en la cáscara”. La vida, piensa él, es el resultado de un tejido de procesos. Modificarlos y desafiar la cadena natural de las cosas, acarrea enfermedades ambientales, éticas, económicas, y sociales. Gústenos aceptarlo o no, la naturaleza es circunstancia y determinante del desenlace. En el ecosistema todos ponen. Mesías cree que nosotros también tenemos algo para poner: una cagada, un bulto de papas, una fórmula para calcular el rendimiento de una planta, o unas cuantas paladas. Él optó por sembrar comida hasta en los techos, y vivir de manera menos parasitaria. Solo demandamos cosas, y natura nos lo da, he aquí una forma de solidaridad ecológica y un mayúsculo gesto de agradecimiento.

 

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Lo del CIMA y Las Gaviotas va más allá de un método. Rober David, quien integra la red desde que Alba lo alimentaba en su vientre, y ahora hace parte del Colectivo Campesino Semillas de Vida, creado por varios hijos de la primera generación, dice que se trata de un “estilo de vida”, una forma de estar en el mundo. “Nosotros somos personas que no estamos acostumbradas a tener riquezas, el oro no nos importa, lo importante es vivir pobres, pero bien; con comida, con agua, con nuestra huerta, con nuestros animales”, dice Patricia. A Las Gaviotas les enorgullece su gen campesino. Ana Murillo –quien también integra el colectivo de jóvenes Semillas de Vida– dice que Las Gaviotas y el CIMA son diferentes y particulares porque trabajan la tierra sin fines monetarios o extractivos.


Donde Las Gaviotas ven el sustento de la vida, otros ven montañas de opulencia. San Lorenzo es codiciado por el narcotráfico, desde sus trochas se puede ver la imponencia de la cordillera occidental, un milagro montañoso que separa a Cauca de Nariño, utilizado como autopista por quienes se sustentan de la droga. San Lorenzo también es un imán para multinacionales que quieren explotar la riqueza hídrica y mineral parida por su escarpada geografía.

Para cuidar el territorio, decidir lo que sucede en él, y cerrarle el paso a quienes pueden poner en riesgo el equilibrio armonioso entre el humano y la naturaleza, el 21 de diciembre de 2015, en San Francisco, vereda de San Lorenzo, declararon El Territorio Campesino Agroalimentario (TCAM), “la línea ideológica de construcción –según 'Toño'–. Un camino, un techo, un plan de vida para las generaciones futuras”. Está compuesto por 17 municipios (14 de Nariño y 3 del Cauca) que comparten cuencas, tejidos montañosos, procesos organizativos, sueños y aspectos culturales. En ese gran territorio, dice Patricia, “queremos que se siembre mucha comida, que se siembre mucha agua, que se fortalezcan las organizaciones comunitarias. Que sea espectacular, que no den ganas de dejarlo dañar por nadie”.

El TCAM no tiene derechos de autor. No es del CIMA ni de Las Gaviotas, es del macizo colombiano. Está, como todo sueño a largo plazo, en proceso de construcción. Su ímpetu es tal, que en poco tiempo puede mostrar resultados. En septiembre del 2016, el TCAM mandató que si en 15 días la institucionalidad no frenaba las 70 máquinas que estaban excavando el río San Bingo, en jurisdicción de Mercaderes, Cauca, la misma gente del territorio tomaría cartas en el asunto; las máquinas fueron incineradas a los 8 días.

La consulta popular contra la minería que se realizó el 25 de noviembre en San Lorenzo, fue votada y aprobada al interior del TCAM, El CIMA y Las Gaviotas se encargaron de materializarla. A pesar de que el Ministerio de Hacienda y la Registraduría aseguraron no tener presupuesto para financiar la consulta, los mismos lorenceños –con el apoyo de la Alcaldía y la Registraduría local– elaboraron sus propios tarjetones, los certificados electorales, la guardia campesina hizo las veces de policía, y la gente se encargó de darle legitimidad democrática. “Los leguleyos dicen: “hay que actuar en derecho”. A nosotros el derecho no nos sirve para nada, porque el derecho lo inventaron para violarnos los derechos. Entonces dijimos: actuemos desde la legitimidad”, explica Toño. 6.660 personas dijeron no estar de acuerdo con que la Anglo Gold Ashanti y otras 4 empresas explotaran oro, plata, coltán, esmeralda y petróleo; de los 12.000 lorenceños que podían votar, 53 personas lo hicieron a favor de las empresas.

Ser autónomos significa decidir cuál es la vocación económica del territorio, y sobre todo decidir que se come en él. Todo lo que se hace en el TCAM tiene sustento y se complementa con otras acciones de mayor y menor envergadura. En 2018 se sancionó el acuerdo municipal mediante el cual San Lorenzo fue declarado “territorio de protección especial libre de productos transgénicos”. La pedagogía previa también fue asumida por Las Gaviotas y la Red de Guardianes de Semillas. Más allá de un acuerdo, ambas redes querían concientizar el consumo y comprometer a las dependencias institucionales en la reproducción y la protección de las semillas nativas, especialmente las del maíz, unas de las semillas más vulnerables, que después de tantas alteraciones químicas y genéticas se ha demostrado su potencial cancerígeno en ratones.

En el desarrollo del TCAM todo cuenta. Ese territorio soñado se alimenta de las pequeñas acciones como las que se ingenia Aurelio en el corregimiento Santa Cruz. En 1998, Aurelio convenció a la comunidad de crear una funeraria comunitaria “para darle un auxilio a las familias de este sector, que es muy pobre económicamente. Cuando muere una persona, la gente del campo tiene su lotecito, su caballito, su ternero y le toca venderlo porque no tiene con qué costear los gastos. El que tiene plática, se aprovecha de la necesidad del otro”. Cinco mil pesos era la cuota de admisión. Con una persona que se afiliara, el resto de la familia tenía derecho al auxilio. Cada vez que fallecía una persona, en el transcurso del mes los afiliados debían dar una cuota de dos mil pesos. El 80% del capital que se recogía con esa cuota, se le entregaba a la familia que lo necesitaba. El otro 20% quedaba para ahorro de la funeraria, que ya no solo auxilia con dinero sino que tiene 100 platos, 100 cucharas, ollas, y una carpa de la que las familias pueden disponer en los novenarios del difunto. “Antes la gente acostumbraba llegar [a los novenarios] con su aporte. Le traían a la familia una panela, una taza de maíz, una taza de maní. Yo tenía ese miedo –dice Aurelio–. Como voy a dar el aporte, entonces ya no llevo nada. Y eso no se acabó. Si estoy en molienda, la persona llega con sus dos panelas, con lo que tenga (…) Ahorita tenemos 300 afiliados, la familia del fallecido está recibiendo novecientos mil”.

En San Lorenzo el todo se transforma por partes. La comida, y el origen de lo que va a la boca; el sustento material y económico; la potestad y capacidad de autogobierno; y la identidad, se le disputan de manera frontal al sistema, a sus convenciones. Cada generación trae sus traumas particulares, sus enfermedades, sus formas, y su fuego transformador, pero el desarraigo identitario contagia tanto a jóvenes como adultos. Los papás les dicen a sus hijos que deben estudiar para ser alguien, como si ser campesino fuera igual a no ser nadie. Y si les preguntan qué quieren ser cuando grandes, los hijos responden cualquier cosa menos campesinos.

“Mi papa todavía está trabajando y luchando. Para él ha sido dura la vida. Supongo que no quería que nos toque la vida así de dura. Él nos enseñó todo el tema del campo, pero nunca nos ha dicho sean campesinos bien bacano, quédense aquí”, analiza Patricia.

“Ahorita hay muchos más jóvenes que tienen problemas psicológicos, o esquizofrenia o algo mental (…) Ahora muchos niños cuando son bebés, los colocan en una cama, les ponen música, o una serie de televisión, y los dejan ahí. Quizás esa formación la están haciendo otros, y esos intereses no están ligados al territorio ni a un proyecto de vida (…) También son núcleos [familiares] jóvenes o de mamás solteras con muchas deficiencias económicas. La primera información que le llega al bebé es la preocupación de dónde voy a sacar plata”, plantea Amanda Martínez, una joven de 27 años que quiere enraizarse en su tierra, y, a diferencia de la nueva generación de niños y jóvenes, su cordón umbilical siempre estuvo conectado al territorio.

El cambio cosechado por Las Gaviotas es drástico y notorio. Las lorenceñas labran su proyecto de vida, participan en la toma de decisiones y en su posterior ejecución, se organizan, transforman plantas y venden productos, compran sus propios vestidos y elementos de aseo personal. Si las agreden, denuncian al agresor, o se van de la casa, pero persiste la violencia machista, especialmente “la económica y psicológica (…) que no es tan escandalosa pero que incluso genera más problemas que un asesinato –asegura Amanda, quien integra las gaviotas desde los 14 años, ahora hace parte de la conducción política, y coordina un proyecto de formación de nuevos liderazgos en el que participan Ana, Rober David y más de 40 jóvenes–. Muchas mujeres no tienen absolutamente nada, están a merced de los papás, del esposo”. El panorama económico empeora al saber que muchos hombres ni siquiera son dueños de la tierra que trabajan, son jornaleros; y los que son dueños, poseen muy poca. “La relación tierra-campesino es muy poca para la cantidad de habitantes. Nariño es un departamento muy ligado al microfundio. Una familia por lo general tiene un cuarto o una hectárea. Los que más tienen, tienen 3 hectáreas. Y esa tierra está titulada a nombre de los hombres, los hijos, los papás, no de las mujeres”.

Amanda entiende y reconoce el contexto, aun así proyecta optimismo. Los jóvenes, dice ella, conservan las ganas de aprender cosas nuevas, “la chispa está, en momentos se activa y se puede lograr mucho. Al norte nunca lo he de ver con minería”.

“Uno sueña muchas cosas –dice Carmen Rosa Córdoba, precursora de Las Gaviotas–, que si nosotros no vivimos, haya personas que lideren estos procesos”, que puedan formar la microempresa de aceites medicinales, y que, al menos, la palabra campesina aparezca en la Constitución.

 

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En las vidas simples hay arte; hacer con guadua lo que otros hacen con hierro y cemento es un arte. Y donde hay arte, hay posibilidad de cambio y armonía.

La televisión y las ecuaciones académicas dicen que debemos operar de otra forma. A mí la de las personas que hablaron aquí es la que me emociona.

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Acerca del Autor

Juan Alejandro Echeverri