Un lunes en Transmilenio Destacado

Lunes otra vez, abro los ojos, organizo las ideas y las tareas del día. Como muchos bogotanos, trato de permanecer cinco minutos más en la cama para huir del intenso frío de la madrugada. Hoy, especialmente, el día se me hace más gris que los anteriores: pienso en el incremento al valor del pasaje de Transmilenio que ha anunciado durante todo enero la alcaldía de Enrique Peñalosa y la gerente de Transmilenio, Alexandra Rojas. El incremento se propone como un supuesto ajuste del costo del pasaje a la inflación y al aumento anual del IPC.

Ya son cerca de las cinco de la mañana. Tengo exactamente una hora y quince minutos para estar en mi trabajo. Mientras pasan los minutos velozmente, y mamá prepara mi coca con el almuerzo, pienso en lo que está por llegar: miles y miles de ciudadanos periféricos embutidos, pisados, manoseados y hasta robados, pagando 2300 pesos por ese coctel desagradable.

Mientras me despido de mamá, como ya es casi un ritual, empiezo a imaginar la forma en la que pueda de alguna manera –claramente imposible– minimizar los inconvenientes con los que inevitablemente me encontraré: esos pisones, empujones y malos olores que ya se han vuelto parte de mi cotidianidad. De camino a la parada del alimentador que me llevará al portal de Las Américas, saludo a Cristian. Un desganado y fastidiado “¿todo bien?” sale de sus labios; el saludo es seco y es normal, no es agradable iniciar todos los días engullidos en un bus minúsculo, en el cual circulan todas las fragancias y los humores existentes.

Hace un tiempo renuncié a empujar o, de ser posible, tener contacto físico con mis compañeros de desgracia mientras abordo un alimentador o un bus. En eso tratamos de subir al alimentador, y Cristian me grita desde la puerta del medio: “acá hay menos gente”, a lo que respondo con un gesto de compasión, sé que esta igual de lleno, solo que él quiere irse en la mitad del bus para ver a la vecina del conjunto que acaba de ser embutida en ese lugar. Después de un recorrido de 30 minutos llegamos al portal. Valga aclarar que no es muy lejos, pero las calles están atestadas de carros particulares, que por lo general no tienen más de un ocupante.

5:15 a.m. Una fila de más de treinta personas se agolpa en la taquilla en la que nos ha escupido el alimentador; la cara de las personas es casi igual que la de Cristian. Parece que a todos nos hubiesen golpeado antes de salir de la casa, y sí, Peñalosa y su nefasto sistema de trasporte nos golpean todos los días los bolsillos y la dignidad. Luego de diez minutos de fila, encuentro en la taquilla un letrero que anuncia el incremento del pasaje de Transmilenio; en letras grandes y blancas reza: a partir del 15 de enero de 2018 el pasaje de Transmilenio es de 2300 pesos. Qué desgracia.

Recargo la tarjeta con 5000 pesos, que ahora solo suponen dos tristes viajes en el sistema. “Nos pillamos, hablamos más rato”, me dice tímidamente Cristian, a quien la cara de fastidio se le acentúa. Mientras me despido, advierto un detalle particularmente divertido: parece que los bogotanos que usan diariamente Transmilenio optaron por no limpiar sus zapatos y planchar la ropa. No es necesario hacer la explicación. Entonces Peñalosa y las quince familias que se hacen con el 90% de las ganancias de Transmilenio no solo nos robaron la dignidad, parece que también nos expropiaron la posibilidad de vernos limpios.

Y ahora al pogo: es el pensamiento que se me viene a la mente cuando me ubico en la fila –que de fila no tiene nada– para abordar el articulado. Estos buses están diseñados para transportar 160 personas, y en el remedo de fila hay cerca de 500. Dos largos minutos… se aproxima lentamente el bus rojo con su letrero amarillo D-50 PORTAL 80 (este es uno de los servicios expresos). Entre gritos, madrazos y muchos empujones, los primeros en el bulto humano pueden abordar el transmi, no sin la tierna y solidaria complicidad de las personas que cierran las puertas al mejor estilo de acomodadores del metro de Hong Kong.

5:35 a.m. Ya estoy próximo a la entrada del Transmilenio. Siento algo de tranquilidad, no por llegar temprano a mi trabajo, pues ya renuncié a esa posibilidad, sino por no tener que escuchar más los desagradables anuncios que retumban por los parlantes del portal: “Servicios retrasados por accidentes en las vías”. Todos los bogotanos sabemos que esa es una de las mentiras que usan a diario los funcionarios del sistema para justificar su evidente colapso.

Por fin, luego de muchos empujones, golpes y bastantes madrazos, estoy adentro del bus. Son las 5:45 a.m., y a esta hora ya debería estar por lo menos en la mitad del trayecto. Conclusión: otra vez llegué tarde. Cuando las personas suben al bus y se “acomodan” cual tetris, aparecen los celulares y los audífonos; creo que es la mejor forma para huir a la incómoda presencia tan próxima de muchos desconocidos. Mientras tanto, los afortunados que van sentados duermen con el estilo del juego popular colombiano que se conoce como Rana o Sapo.

Pasados 45 minutos, por fin mi destino. La estación de la Calle 26 está a reventar, un grupo de tres policías miran impávidos a un joven que corre como atleta por la Avenida Caracas en dirección al norte, luego de robar el celular de una joven que esperaba un servicio en el tercer vagón.

Salgo de la estación. Ya estoy cansado y hasta ahora va iniciar el día; solo pienso en que el responsable de esta “aventura” diaria es Enrique Peñalosa y sus amigos empresarios, que pisotean a los bogotanos con su sistema de trasporte viejo e ineficiente. Y ahora, más caro que antes, quizá el más caro y pésimo servicio de transporte masivo de Latinoamérica.

Y bueno, a trabajar, hasta ahora es lunes y los bogotanos –en el mejor de los casos– tenemos por delante nueve travesías más por el peor castigo para los habitantes de esta ciudad: Transmilenio.

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