Viento y arena Destacado

El viento trajo a su memoria aquella libertad perdida. A su alrededor ya no había barrotes ni la incesante voz de los guardias que con golpes y gritos intentaban doblegar su humanidad. Viento y arena, después de cientos de años de habitar la tierra, era lo único que les quedaba a los palestinos. Viento y arena, y una inquebrantable voluntad de hierro.

La espera de su familia afuera de la prisión se hacía interminable. Habían viajado de muy lejos para recibir a su hijo que se había hecho hombre entre las rejas de una prisión israelí. Ojos llenos de sufrimiento que vieron la destrucción de todo lo amado. Lagrimas que brotan cuando el invasor no vigila, cuando entre los muros del hogar se suelta la coraza para recoger lo poco de dignidad que te han dejado. Las manos que han envejecido entre el trabajo y la lucha, entre la resistencia. Todos son viejos en esta tierra porque son su memoria ancestral.

–Papá, allí viene, está más delgado pero es él, es nuestro Yusef, mi hermano, tu hijo…
La casa que atesoraba sus recuerdos había sido derribada dos años antes. Ese día la explanada se llenó de escombros, mientras las máquinas avanzaban entre los gritos de las mujeres y los ojos melancólicos de los ancianos. El ejército marchó apartando a quienes hasta hace poco habían tenido su hogar y que desesperadamente se aferraban a unos cuantos trozos de roca y madera.


El sol castigaba el cuerpo de Yusef, que, a pesar de ser solo un niño, sentía la rabia atravesada en la garganta. Caminaba de un lado a otro obligándose a mirar aquella destrucción que le revelaba cómo el mundo está lleno de sombras y de maldad.

–Algún día un niño como estos izará la bandera palestina sobre el Domo de la Roca.
Las palabras de su abuela resonaban a través del ruido y del polvo. A pesar de los años gastados y el cansancio.
–La historia recordará que aquí los palestinos tenían su tierra y su hogar.
Un grupo de colonos vestidos de blanco los insultaban mientras izaban una bandera como conquistadores.
–Tienen las armas pero nosotros tenemos la valentía, serán olvidados para siempre.

Un soldado se acercó a la anciana con su fusil en alto. Fue en ese momento que sintió una piedra que le atravesaba el rostro. Entre la sangre pudo ver a un niño de no más de doce años que le gritaba en una lengua que temía. Fue solo cuestión de algunos segundos.

Un golpe metálico arrojó al suelo a Yusef, mientras sintió botas que lo pateaban y un interminable dolor en todo el cuerpo. La rencorosa arena preparó un lecho para recibir sus lágrimas que no obstante se negaron a brotar orgullosas. Lo arrastraron hasta una tanqueta entre insultos y maldiciones. Impávido sintió que su niñez había llegado a su fin.

Los meses pasaron en una prisión donde miles de palestinos eran torturados y algunos desaparecían sin dejar rastro. Sus ojos cambiaron cediendo a la nostalgia y al dolor, solo pensaba en su familia sin un techo dónde reconstruir sus vidas. Sus manos envejecieron siglos y ahora su semblante no tenía tiempo.

Un abrazo lo unió con su hermana y su padre. El viaje lo llevó entre las ruinas de lo que fueron barrios, mercados y escuelas. Al detenerse vio un grupo de carpas donde miles vivían como refugiados en su propia tierra. Era la miseria que tanto le dolía y que temía encontrar entre los suyos.

Bebió el té escuchando la voz de su abuela que lo bendecía. Reparó en el samovar y la alfombra, en los cuadros de sus antepasados y en el libro que el profeta recibió del cielo. Cada sonido y olor lo devolvieron a tiempos más felices y borraron de su memoria el dolor de la cárcel y los días perdidos.

Su casa era esta, su casa se llama Palestina.

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Álvaro  Lozano Gutiérrez

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