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El último librero

Marcación de espacio - tiempo: Centro de Medellín, 9 de enero, 2018. Nota diagnóstica: antídoto para el olvido. Ser humano: don Fernando Navarro

De pie, jugando yoyo en el semáforo de Sucre con la playa, meditaba acerca de cuál sería mi nuevo empleo; amortiguando un poco la ansiedad, en cada sube y baja imaginaba los diferentes escenarios. Estaba harta de ser mesera aguantando borrachos y horarios extremos para poder terminar la universidad.

Como una bruma de sol, recordé mi anhelo de trabajar en una librería, rápidamente me fui del semáforo a buscar un internet. Buscando librerías de la ciudad, encontré una que me llamó la atención por un fragmento de su portafolio: “Venta de textos con énfasis en promover la educación del pueblo colombiano…”. Se trataba de la Librería América, que para mi sorpresa había sido fundada en el año 1944. Me dije: ¡carajo! 74 años en la ciudad, allí es donde quiero laborar.

Al día siguiente, con mi currículo en mano, tomé rumbo a la Librería América, ubicada en el pasaje Boyacá. Me recibió un señor muy amable de ojos tenues y sonrisa contagiosa: don Fernando Navarro; me preguntó qué necesitaba, le respondí: “quiero trabajar en su librería”. El caballero esbozó un huracán en su rostro y dijo: “mija por dios, cierro en tres meses”.

Me quedé un poco paralizada y triste. Creo que don Fernando notó mi desanimo y trató de alegrarme diciendo: “no puedo darte empleo pero puedo enseñarte del oficio de ser librero y todo lo que quieras saber de esta librería”. Di un saltico interno y le respondí: “¿en serio?, ¿cuándo podemos comenzar?”, “de inmediato”, aseveró don Fernando.

Antes de iniciar sus historias y enseñanzas, don Fernando preguntó cuál era mi interés por trabajar en una librería; le respondí que siempre había soñado con un trabajo donde pudiera aprender y leer durante la jornada y no aburrirme. Después de mi respuesta, don Fernando inició a contarme: “para ser un buen librero es necesario tener una memoria prodigiosa para recordar los títulos y sus autores, ser paciente y de mente muy abierta para escuchar las diferentes opiniones, a todos no les gusta lo mismo; además comprender que vender libros no es como vender zapatos, el libro se debe sentir como un portal a otros mundos, sentir la curiosidad por las letras en sus páginas, no percibirlo como un objeto sin vida. Un libro es un antídoto para el olvido. El oficio de ser librero se va construyendo con aprendizaje y magia, magia para inducir a los lectores en pasajes secretos que los ayude a formarse y a divertirse”.

Luego agregó: “Me convertí en librero hace 55 años por herencia de mi padre, Jaime Navarro, un gran hombre enamorado de la lectura, fundó esta librería el mismo año en que yo nací; cumplimos los mismos años cada vuelta al sol, la librería y yo”. Lo interrumpí con un leve ademán para preguntarle qué clases de libros vendía, cómo era la comercialización de los libros cuando inició su oficio y si había conocido muchos escritores.

“En la librería América se encuentran toda clase de libros en idioma español, desde filosofía, medicina, novelas, hasta textos escolares. Las editoriales exportadoras en lengua hispana provienen de España, Argentina y México en ese orden de importancia. Cuando inicié este oficio los encargos de libros se hacían por correspondencia, las editoriales mandaban sus catálogos con las novedades y tocaba hacer pedidos grandes que justificaran el costo del transporte, ya que se traían en barco desde España, en avión era muy costoso; al año se hacía máximo dos pedidos. Ahora es muy sencillo, en pocos días puedes tener el libro que quieras, antes las personas debían esperar hasta ocho meses para obtener un libro y además cubrir los altos costos del transporte.

Las librerías en mi época y hasta más o menos los años 90 nos encargábamos de enriquecer y renovar el inventario de libros de las bibliotecas públicas de la ciudad; actualmente ellas se contactan directamente con las editoriales, perdimos esa labor con las instituciones.

Muchos intelectuales y escritores me visitaban. Personas como el señor Aguirre, Joaquín Vallejo, Gonzalo Arango, Aura López, William Ospina, venían a realizar sus compras de libros y a enterarse de las novedades. Me gustaba ayudar a los escritores que no eran tan conocidos ofreciendo sus obras y promocionándolas, solía decirles en muchas ocasiones una frase que inventé para animarlos y sacarles una sonrisa: no sé quién es más Quijote, si usted que los escribe o yo que los vendo”.

Me reí al instante por la frase. Estaba sorprendida con cada detalle que iba escribiendo aquel personaje con su voz: un sobreviviente, un verdadero maestro. Sentía que leía un libro con mis oídos, con mis ojos, al escuchar sus palabras, al observar sus gestos dispersos en el aire.

Le pregunté con insistencia, ¿don Fernando, las librerías de tu época aún existen? ¿Por qué motivo vas a cerrar la tuya? “Mija, las librerías que fueron fundadas en el centro, contemporáneas con la América ya no están; la Nueva, la Pluma de Oro, la Continental, la Omega, la Aguirre, la Anticuaria… todas ellas cerraron; la América es la última de mi época que queda en la ciudad. Y esta librería no es la única que he cerrado, tal vez sí la ultima; tuve otras dos librerías asociado con familiares por este mismo sector, una se llamaba Don Quijote y la otra América 2, ambas las cerré hace unos quince años.

Voy a cerrar la librería porque ya no tengo cómo sostenerla, las ventas no compensan los gastos. Además van a vender el local, no podría pagar una renta. Son diversos los factores que conllevan a esta crisis. En primera instancia el deterioro del centro, anteriormente, este pasaje lo llamaban la Calle Real, hoy es la Calle del bullicio, las personas dejaron de venir, ya no es un espacio agradable para visitar; por otro lado, tenemos la piratería, los bajos salarios de las personas en Colombia para acceder a los libros, el costo del papel, la devaluación de la moneda colombiana en referencia a los libros exportados, el poco interés de las personas por la lectura en nuestro país, la revolución digital, esa sí que nos ha afectado a todos los libreros; pero de algo si estoy seguro, el libro impreso no va a desaparecer, es más saludable para los ojos, práctico para portarlo y no se descarga.

Es una tristeza inmedible, es inexpresable la sensación que me produce el cierre de mi última librería. Lo mejor es no pensar, que se acabe el pensamiento. He querido tanto este lugar y mi labor; el poder aportar a las generaciones un conocimiento. Ser librero es de los oficios más bellos que he conocido, te visitan personas con diferentes formas de pensar y te dejan sus inquietudes, sus huellas impregnadas en sus mentes por las páginas leídas”.

“Tal vez no sea la última librería que vas a tener, don Fernando”, le dije, “de pronto encontremos apoyo de organizaciones para conseguir un espacio donde tener la librería, y de paso yo pueda cumplir mi sueño de ser librera”.

 

¡Tierra de muchas aguas Guainía!,
(significado en lengua indígena)

El Guainía, departamento al extremo oriente de Colombia, entre los ríos Guaviare, Atabapo y Negro, es un territorio de selvas y paisajes exuberantes. La mayor parte de su población es indígena (65%, según datos del censo de 2005), pero los gobernantes y administradores son mestizos. Para llegar allí, se puede viajar desde Bogotá o Villavicencio en Satena, o en aviones de carga DC3 Douglas, dados de baja desde los años 30's en la segunda guerra mundial, y que hoy llevan carga y pasajeros a los lugares más recónditos del país.

A pesar de la belleza de sus paisajes, en los cuales se aprecia la selva, las formaciones rocosas, la alfombra verde que forma el Carurú, y los ríos junto a la manigua que se entremezcla con las comunidades indígenas, este territorio hoy afronta un desolador panorama social. Su población está inquieta por los conflictos que se avecinan a causa de la explotación de recursos minerales como el coltán, el oro y el uranio, y las comunidades han empezado a juntarse.

Con grandes esfuerzos económicos y logísticos, debido a las precarias vías de comunicación y a los altísimos costos del combustible, necesario para navegar decenas de kilómetros por río, realizaron a finales del 2017 el Primer Encuentro de Saberes de los Pueblos, en la ribera Atabapo. Allí participaron delegados de las comunidades asentadas a lo largo de los cinco principales ríos que surcan el departamento: Guaviare, Guainía, Inírida, Atabapo y Negro, así como capitanes y gobernadores de las etnias Sikuani, Puinave, Piapoco, Curripaco, Guariquena, Baniva, Piaroa, Yerales, Guanano, Piratapuyo, Tukano, Cubeo y Desano. También hicieron presencia invitados fraternales, los líderes U'wa y Betoy de Arauca, delegados del vecino departamento del Vichada y del Congreso de los Pueblos, capítulo Centro Oriente.

Este espacio de Encuentro permitió recordar y compartir las experiencias de organización y lucha; analizar y reflexionar sobre la realidad actual de Colombia, de la región y del departamento de Guainía. Fue un espacio para reconocer colectivamente el territorio, identificando sus principales elementos y los conflictos e intereses que hay sobre él; así mismo, retomar la sabiduría ancestral para continuar la defensa y la permanencia en el territorio.
Durante tres días de compartir, la Guardia Indígena fue ejemplo de disciplina y trabajo. Eran los encargados de la seguridad del evento y quienes traerían el pescado, casabe y mañoco, alimentos propios de la cultura nativa.

El trabajo humanitario en Guainía
En el marco del encuentro, se realizó también una misión humanitaria. Mientras mucha gente estaba pensando en la llegada de diciembre y sus festividades, un grupo interdisciplinario conformado por médicos, abogados, comunicadores sociales, hombres y mujeres de la región Centro Oriente, Congreso de los Pueblos y acompañantes internacionales, llegó a Guainía con la única misión de compartir su conocimiento con las comunidades indígenas, principalmente en temas relacionados con la salud. La labor inició en el resguardo de Siare, la comunidad más alejada del Guainía, y continuó en los resguardos Carpintero, Palomas, Concordia, Altamira, Cumaral, Cumaralito, Guaco Bajo y Laguna Cejal.

El panorama no es el mejor. El abandono por parte del Estado se ve reflejado en los niños indígenas que padecen enfermedades respiratorias, parásitos, desnutrición y anemia, entre otras. La lista de niños para ser atendidos era extensa, pero la misión humanitaria solo contaba con medicamentos para atender alrededor de 700.

El paisaje, y esa mezcla única entre naturaleza y seres humanos no deja más que la motivación de seguir defendiendo el territorio y su belleza ante la arremetida de los proyectos minero-energéticos y el abandono estatal.

Periferia contactó a la delegación de paz del ELN, con el objetivo de conocer sus apreciaciones sobre el cese al fuego bilateral que terminó el pasado nueve de enero, y las perspectivas sobre la mesa de negociación con el Gobierno colombiano. Aureliano Carbonell respondió algunas de nuestras preguntas.

Periferia: ¿Cuál es el balance general del cese al fuego? ¿Qué aspectos positivos y negativos resaltan?
Aureliano Carbonell: Positivo es que por primera vez el ELN, en 52 años, hace un cese al fuego de carácter bilateral, temporal y nacional. Es positivo el clima que se generó en las regiones donde ha sido más agudo el enfrentamiento. Es positivo también el efecto que tuvo sobre el país y el impulso que le dio al proceso de conversaciones. Lo negativo es que después de que hicimos los acuerdos sobre el cese y los protocolos, el Gobierno le dio su propia interpretación, de tal manera que él se eximía de ser examinado en cuanto al cumplimiento sobre los componentes humanitarios. Eso parece que se aplicara solamente al ELN. Por ejemplo cuando se dio la muerte del gobernador indígena del Chocó, ese caso sí era objeto de verificación en el cese. Nosotros reconocimos ese como un error, el Frente de Guerra Occidental así lo planteó, pidió perdón, y sobre todo reconocimos nuestra responsabilidad y nuestra autoría.

El Gobierno no tuvo la misma conducta. Se dieron los hechos de Tumaco donde murieron campesino por disparos de la fuerza pública; también la muerte el ocho de octubre de la periodista del resguardo Kokonuko en medio de un enfrentamiento entre indígenas y ESMAD; así mismo, un tratamiento de guerra a la protesta social que se realizó por parte de los campesinos y de los indígenas a fines de octubre y principios de noviembre. Son hechos graves en los que no se cumple el propósito del cese, de llevar alivios humanitarios a la población, y tampoco el Gobierno aceptó que fuera examinado dentro de los acuerdos de cese al fuego. Nosotros esperábamos que en el cese al menos el Gobierno generase unas medidas especiales, que disminuyeran el número de líderes sociales asesinados en esos tres meses, pero realmente eso no pasó.

El Gobierno en esos meses, especialmente en el último mes, saturó o llevó un gran volumen de tropa a distintas regiones donde nosotros hacemos presencia. Eso alteraba el estado militar y no está dentro del espíritu de lo acordado. Así mismo la fuerza pública asaltó dos de nuestros campamentos en el mes de noviembre, protestando que allí se estaba en flagrancia. Eso contradecía los protocolos y los acuerdos, lo que llevó a que nosotros nos retiráramos del mecanismo de veeduría y verificación, porque este ya no tenía una base para actuar. Sin embargo, decidimos mantener el cese hasta el nueve de enero.
P: ¿Consideran que se lograron alivios humanitarios importantes para la sociedad colombiana?
AC: En las comunidades o regiones donde más agudo es el conflicto, el hecho de que no hubiera una actividad militar mutua, creaba una situación más positiva en la región, y en ese sentido es algo bueno. De todas maneras, por ejemplo el paramilitarismo en distintas regiones seguía actuando, la fuerza pública en muchas de ellas tiene una complacencia con esa actividad, y por eso no había una mejor situación humanitaria.


P: ¿El cese favoreció el avance de la mesa? Si esto fue así, ¿en qué va el primer punto de la agenda?
AC: Durante el tiempo del cese, en el mes de noviembre, se realizaron las que se han conocido como audiencias preparatorias, y eso que es un prólogo, digámoslo así, hacia la participación, la gran participación de la sociedad. Pues es positivo que se haya realizado, porque allí la mesa consultaba a distintos sectores de la sociedad sobre qué propuestas tenían para la participación, cuáles pensaban que eran los mecanismos más apropiados, la metodología, de tal manera que esos elementos jugaran de una manera decisiva en los diseños que vamos a hacer de participación de la sociedad.

P: Falta muy poco para que se acabe el mandato Santos. ¿Cuáles creen que son los avances necesarios para que cuando haya cambio de mandato presidencial se pueda sostener la negociación? ¿Cómo lograrlo?
AC: Efectivamente ya queda este semestre para que termine el mandato del presidente Santos. Con la delegación del Gobierno que estuvo hasta el mes de diciembre, hablamos de tratar de dejar el proceso en un punto avanzado que haga que deba ser continuado por el próximo gobierno, gane quien gane. Esperamos en lo que resta, logremos hacer un diseño como mesa, las dos delegaciones, de lo que sería propiamente la participación de la sociedad, y también esperamos que se haga un primer escalón de esta participación, que se den unos primeros pasos. Vemos que el tiempo se agota, y con estos impasses que se han presentado para iniciar el quinto ciclo, se hace más crítico. La participación como tal no se va a lograr en forma plena, pero si hay voluntad de parte del Gobierno, podemos dar unos primeros pasos, y eso sería positivo porque mostraría un camino, le daría un aliento al proceso, a ese ambiente de participación que hay en algunos sectores.

P: Si se rompen los diálogos, ¿qué piensa hacer el ELN?
AC: En este proceso, y lo mismo sucedió en el caso de La Habana, hay momentos en los que el Gobierno ha querido imponer sus propias condiciones, es decir, asumir un condicionamiento unilateral, e imponer por fuera de las conversaciones de las mesas posiciones y aspiraciones que tiene. Aquí hay dos partes que están enfrentadas, y por lo tanto tiene que regirse por la bilateralidad, igualmente si hay una mesa, entonces los problemas se examinan, se abordan y se resuelven en la mesa, y no por fuera de ella. Ahora pasa que en la medida en la que no prolongamos un cese al fuego, que para nosotros estaba en crisis, y en el cual ellos estaban incumpliendo lo acordado, entonces viene de nuevo el condicionamiento por fuera de la mesa. Un proceso en esa forma no es positivo, no logra sus objetivos.

De todas maneras, nosotros por la situación del país, por la situación en que se encuentra este Gobierno, por la presión que hay desde distintos sectores de la sociedad y de la comunidad internacional, pensamos que esta crisis se va a superar y que el proceso va a seguir para adelante. La paz es algo positivo, que tenemos que seguir buscando. Nosotros estamos en ese camino, pero la paz necesita de transformaciones, necesita de nuevas realidades. Siempre y cuando el Gobierno se disponga a ello, podremos avanzar, y aspiramos a lograr una nueva situación para Colombia, más promisoria, de cambios, de equidad, y por lo tanto de paz.

El viento trajo a su memoria aquella libertad perdida. A su alrededor ya no había barrotes ni la incesante voz de los guardias que con golpes y gritos intentaban doblegar su humanidad. Viento y arena, después de cientos de años de habitar la tierra, era lo único que les quedaba a los palestinos. Viento y arena, y una inquebrantable voluntad de hierro.

La espera de su familia afuera de la prisión se hacía interminable. Habían viajado de muy lejos para recibir a su hijo que se había hecho hombre entre las rejas de una prisión israelí. Ojos llenos de sufrimiento que vieron la destrucción de todo lo amado. Lagrimas que brotan cuando el invasor no vigila, cuando entre los muros del hogar se suelta la coraza para recoger lo poco de dignidad que te han dejado. Las manos que han envejecido entre el trabajo y la lucha, entre la resistencia. Todos son viejos en esta tierra porque son su memoria ancestral.

–Papá, allí viene, está más delgado pero es él, es nuestro Yusef, mi hermano, tu hijo…
La casa que atesoraba sus recuerdos había sido derribada dos años antes. Ese día la explanada se llenó de escombros, mientras las máquinas avanzaban entre los gritos de las mujeres y los ojos melancólicos de los ancianos. El ejército marchó apartando a quienes hasta hace poco habían tenido su hogar y que desesperadamente se aferraban a unos cuantos trozos de roca y madera.


El sol castigaba el cuerpo de Yusef, que, a pesar de ser solo un niño, sentía la rabia atravesada en la garganta. Caminaba de un lado a otro obligándose a mirar aquella destrucción que le revelaba cómo el mundo está lleno de sombras y de maldad.

–Algún día un niño como estos izará la bandera palestina sobre el Domo de la Roca.
Las palabras de su abuela resonaban a través del ruido y del polvo. A pesar de los años gastados y el cansancio.
–La historia recordará que aquí los palestinos tenían su tierra y su hogar.
Un grupo de colonos vestidos de blanco los insultaban mientras izaban una bandera como conquistadores.
–Tienen las armas pero nosotros tenemos la valentía, serán olvidados para siempre.

Un soldado se acercó a la anciana con su fusil en alto. Fue en ese momento que sintió una piedra que le atravesaba el rostro. Entre la sangre pudo ver a un niño de no más de doce años que le gritaba en una lengua que temía. Fue solo cuestión de algunos segundos.

Un golpe metálico arrojó al suelo a Yusef, mientras sintió botas que lo pateaban y un interminable dolor en todo el cuerpo. La rencorosa arena preparó un lecho para recibir sus lágrimas que no obstante se negaron a brotar orgullosas. Lo arrastraron hasta una tanqueta entre insultos y maldiciones. Impávido sintió que su niñez había llegado a su fin.

Los meses pasaron en una prisión donde miles de palestinos eran torturados y algunos desaparecían sin dejar rastro. Sus ojos cambiaron cediendo a la nostalgia y al dolor, solo pensaba en su familia sin un techo dónde reconstruir sus vidas. Sus manos envejecieron siglos y ahora su semblante no tenía tiempo.

Un abrazo lo unió con su hermana y su padre. El viaje lo llevó entre las ruinas de lo que fueron barrios, mercados y escuelas. Al detenerse vio un grupo de carpas donde miles vivían como refugiados en su propia tierra. Era la miseria que tanto le dolía y que temía encontrar entre los suyos.

Bebió el té escuchando la voz de su abuela que lo bendecía. Reparó en el samovar y la alfombra, en los cuadros de sus antepasados y en el libro que el profeta recibió del cielo. Cada sonido y olor lo devolvieron a tiempos más felices y borraron de su memoria el dolor de la cárcel y los días perdidos.

Su casa era esta, su casa se llama Palestina.

"Hugo, lo encontraron anoche a las 9:45”. “La primera persona que lo vio fue la mamá”. “Todavía estaba caliente”. Fueron algunas de las palabras que, por su voz entre cortada, me tocó ir hilando, de la interlocutora que me hablaba al otro lado de la línea. La persona a la que llamé era familiar de Sebastián Bolívar Montoya, un joven de veinte años de edad, que decidió quitarse la vida el pasado 28 de noviembre.

En el cementerio de Envigado, mientras los que cargaron el féretro lo iban deslizando hacia el interior de la bóveda, un primo de él, con voz de tristeza y a la vez de reclamo, dijo: “Vea, les pidió ayuda y no se la quisieron dar, ahí lo tienen en un cajón”, y continuó: “No tenían plata para apoyarlo pero sí para un ataúd de dos millones de pesos”.

Sebastián, residente del barrio La Mina del municipio de Envigado (Antioquia), desde muy joven empezó a experimentar los rigores de las necesidades en su hogar. Primero, a los trece años le tocó ver la separación de sus padres. Mas adelante fue testigo de las innumerables demandas que Leydi Montoya, su madre, se viera en la necesidad de hacerle a Juan Fernando Bolívar, su padre, para que cumpliera con la cuota alimentaria y demás obligaciones.

A este adolescente atractivo, de ojos verdes, delgado, coqueto, le fue desapareciendo la sonrisa, y lentamente se fue convirtiendo en una persona que reflejaba en su rostro, en la mirada y en su cuerpo los rezagos que deja el consumo de alucinógenos, que fueron llegando a la par de estas experiencias.

Hacía poco tiempo, unos dos meses atrás –comentó una tía de Sebastián–, le dijo a su madre que no solo por la familia, sino por el bebé –que había tenido su novia hacía seis meses–, “voy a dejar de tirar vicio”. Y se dedicó a buscar empleo. Pero con su aspecto le era imposible.

Leydi estaba contenta por el cambio que había tenido su hijo y le permitió que trajera a la novia con el bebé a vivir a su casa. Pero seguido le decía: ¡Salga a buscar empleo! Y él a menudo atendía el consejo de su madre, sin poder lograr el objetivo. A la vez, con los días la convivencia se puso insostenible, pues cuando Leydi llegaba del trabajo, encontraba la casa peor que como la había dejado en la mañana: sin barrer, la cama de ellos destendida, la cocina hecha un desastre… Entonces les dijo: ¡Vea cómo me tienen la casa!, de ahora en adelante, defiéndanse como puedan. Y se fue.

Familiares y amigos, cuando tuvieron conocimiento que a la vivienda le suspendieron el servicio de gas y entendieron la situación que rodeaba a Sebastián, le empezaron a ayudar. También las tías le decían que fuera a buscar la alimentación donde ellas, pero a él, por falta de empleo, ya le daba pena. Había noches que se acostaba sin haber probado comida en todo el día. Y la madre del bebé, cuando conseguía trabajo, antes de salir, en ocasiones le dejaba algo de dinero para la leche del niño, pero no sin antes recriminarle: ¡Salga a buscar empleo, usted no sirve es para nada, es un inútil!, yo mejor me voy a llevar el niño. Si usted se me lleva a mi hijo, yo me mato, le respondía él. Usted no es capaz de matarse, usted es un cobarde, terminaba diciéndole su novia. Esta fue una de las últimas discusiones que le escucharon a la pareja unos días antes del episodio trágico.

Al mes o mes y medio Leydi regresó a la casa y tres días antes de que Sebastian llevara a cabo el último acto de su vida, le dijo: Mamá, prométame que va a luchar por el bebé. Júreme que usted se va a quedar con él. Al siguiente día, después de la discusión cotidiana con la novia, a esta también le dijo: Yo no me tiro de la moto, porque sé que quedo padeciendo, pero si se me lleva el niño yo me mato. Y esa tarde se lo llevó.

Dos días después, a las 9:45 de la noche, cuando Leydi entró a su casa, vio a su hijo que tenía en el cuello el collar del perro y la cuerda colgaba de un gabinete de la cocina. Los funcionarios oficiales que atendieron el caso, dijeron que llevaba unos cinco minutos de muerto. Es que todavía estaba caliente, dijo la madre de Sebastian.

En medio del levantamiento del cadáver le encontraron en uno de sus bolsillos el recorte de un periódico con los teléfonos subrayados en la sección de ofertas de empleo.

A pesar de que Juan Fernando “le metió dos millones de pesos al ataúd” –como lo comentó uno de los familiares– y, “eso sí, la caja era muy bonita”, –dijo un asistente al entierro–, este padre, hasta muerto le siguió negando cosas, pues no quiso comprar una libra de café que le pidieron para atender los asistentes a las novenas por la memoria del alma de Sebastián.

El 2017 fue otra vez un año importante para la cinematografía nacional, hubo una gran participación de producciones nacionales en varios de los festivales más influyentes de la industria, y muchos festivales regionales y comunitarios se fortalecieron en el territorio colombiano.

Según Jerónimo Rivera, se estrenaron el año pasado 41 películas producidas o co-producidas en Colombia, entre las que se destacan géneros como la comedia o el terror y estilos narrativos como el documental. Entre estas producciones resaltan la más reciente película de Víctor Gaviria: “La mujer del animal”, una necesaria y cruda historia sobre el papel de la dominación y el terror al que puede ser sometido un cuerpo; también el último documental de Nicolás Rincón Guille: “Noche herida”, el cual pone en evidencia, frente a la cámara, sin pretensiones ni puestas en escena (más allá de la puesta en escena de la vida misma), la realidad represiva de la periferia bogotana.

También hubo momentos para el buen humor, la psicodelia desenfrenada y el sinsentido desesperado en una película que no deja indiferente a nadie: “Sin mover los labios”, del director Carlos Osuna; además hubo una obra que retrató de manera un poco institucional el fin de los diálogos de paz entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, uno de los temas coyunturales que mayor protagonismo tuvieron en los últimos años en el país: “El silencio de los fusiles” de Natalia Orozco.

Más allá de las realidades comunes y las experiencias compartidas como país, se presentaron relatos íntimos y personales como “Amazona” de los directores Clare Weiskopf y Nicolás Van Hemelryck, o “Epifanía” de Oscar Ruíz Navia y Anna Eborn. “La defensa del dragón” de la directora Natalia Santa fue la única película colombiana que participó en Cannes, en la sección de la Quincena de realizadores. Por último, resalta el reciente documental de Rubén Mendoza: “Señorita María: la falda de la montaña” –del cual se han escrito ya algunas palabras en Periferia–, un documental que va más allá de lo evidente, una historia del campo colombiano y del abandono por parte del Estado a cosas tan necesarias y simples como el derecho a construir una propia identidad.

Estas películas ofrecen un panorama no solo de lo que fue el cine nacional el año pasado, sino que además plantean interesantes preguntas de cara a lo que se viene en el futuro. Las mujeres tuvieron un papel protagónico en la dirección; los protagonistas fueron de nuevo personas comunes y corrientes, más agobiadas por la cotidianidad o la vida misma que por cuestiones heroicas; la experimentación en las películas de ficción cada vez se logra de manera más orgánica y natural; y los documentales vuelven a tener una relevancia única, no porque retratan la realidad sino porque dan voz (o escuchan) a aquellos personajes de la vida que poco descubrimos.

Vale la pena mencionar también algunos de los festivales regionales que mayor relevancia tuvieron y que se han fortalecido, ofreciendo mucho cine a las comunidades donde participan y ampliando las posibilidades que el séptimo arte tiene para enseñar. Uno de los más destacados es el Festival Internacional Cine en la Isla que este año cumplió su cuarto certamen. Se lleva a cabo en Isla Fuerte, Córdoba, y vale la pena mencionarlo porque a diferencia de varios festivales del país, en este se trabaja fuertemente para que los protagonistas sean los habitantes del territorio; este año la programación incluyó un taller de Stop motion para niños, uno de tradición oral y cuentería, un seminario de Cine y pedagogía, taller de cine para jóvenes, taller de dirección de no actores y una programación e invitados que cualquier gran festival envidiaría.

Otro festival que ha tomado una fuerza imbatible es el Festival Internacional de Cine de Cali. Su director, el cineasta Luis Ospina, ha hecho de este un escenario sin igual, basta decir, por ejemplo, que en noviembre pasado uno de los invitados especiales fue Barbet Schroeder director de “La virgen de los sicarios” (2000) o “Reversal of Fortune” (1990), película con la que fue nominado al Oscar como mejor director.

Por último, la versión 6 del Festival Audiovisual de los Montes de María, cuyo slogan fue “A son de paz”, se estableció como una ventana para descubrir esa Colombia sistemáticamente olvidada, allí la memoria y la construcción de identidad son los protagonistas, y la voz de las víctimas se alzan imponentes ante el silencio.

 


Un lunes en Transmilenio

Lunes otra vez, abro los ojos, organizo las ideas y las tareas del día. Como muchos bogotanos, trato de permanecer cinco minutos más en la cama para huir del intenso frío de la madrugada. Hoy, especialmente, el día se me hace más gris que los anteriores: pienso en el incremento al valor del pasaje de Transmilenio que ha anunciado durante todo enero la alcaldía de Enrique Peñalosa y la gerente de Transmilenio, Alexandra Rojas. El incremento se propone como un supuesto ajuste del costo del pasaje a la inflación y al aumento anual del IPC.

Ya son cerca de las cinco de la mañana. Tengo exactamente una hora y quince minutos para estar en mi trabajo. Mientras pasan los minutos velozmente, y mamá prepara mi coca con el almuerzo, pienso en lo que está por llegar: miles y miles de ciudadanos periféricos embutidos, pisados, manoseados y hasta robados, pagando 2300 pesos por ese coctel desagradable.

Mientras me despido de mamá, como ya es casi un ritual, empiezo a imaginar la forma en la que pueda de alguna manera –claramente imposible– minimizar los inconvenientes con los que inevitablemente me encontraré: esos pisones, empujones y malos olores que ya se han vuelto parte de mi cotidianidad. De camino a la parada del alimentador que me llevará al portal de Las Américas, saludo a Cristian. Un desganado y fastidiado “¿todo bien?” sale de sus labios; el saludo es seco y es normal, no es agradable iniciar todos los días engullidos en un bus minúsculo, en el cual circulan todas las fragancias y los humores existentes.

Hace un tiempo renuncié a empujar o, de ser posible, tener contacto físico con mis compañeros de desgracia mientras abordo un alimentador o un bus. En eso tratamos de subir al alimentador, y Cristian me grita desde la puerta del medio: “acá hay menos gente”, a lo que respondo con un gesto de compasión, sé que esta igual de lleno, solo que él quiere irse en la mitad del bus para ver a la vecina del conjunto que acaba de ser embutida en ese lugar. Después de un recorrido de 30 minutos llegamos al portal. Valga aclarar que no es muy lejos, pero las calles están atestadas de carros particulares, que por lo general no tienen más de un ocupante.

5:15 a.m. Una fila de más de treinta personas se agolpa en la taquilla en la que nos ha escupido el alimentador; la cara de las personas es casi igual que la de Cristian. Parece que a todos nos hubiesen golpeado antes de salir de la casa, y sí, Peñalosa y su nefasto sistema de trasporte nos golpean todos los días los bolsillos y la dignidad. Luego de diez minutos de fila, encuentro en la taquilla un letrero que anuncia el incremento del pasaje de Transmilenio; en letras grandes y blancas reza: a partir del 15 de enero de 2018 el pasaje de Transmilenio es de 2300 pesos. Qué desgracia.

Recargo la tarjeta con 5000 pesos, que ahora solo suponen dos tristes viajes en el sistema. “Nos pillamos, hablamos más rato”, me dice tímidamente Cristian, a quien la cara de fastidio se le acentúa. Mientras me despido, advierto un detalle particularmente divertido: parece que los bogotanos que usan diariamente Transmilenio optaron por no limpiar sus zapatos y planchar la ropa. No es necesario hacer la explicación. Entonces Peñalosa y las quince familias que se hacen con el 90% de las ganancias de Transmilenio no solo nos robaron la dignidad, parece que también nos expropiaron la posibilidad de vernos limpios.

Y ahora al pogo: es el pensamiento que se me viene a la mente cuando me ubico en la fila –que de fila no tiene nada– para abordar el articulado. Estos buses están diseñados para transportar 160 personas, y en el remedo de fila hay cerca de 500. Dos largos minutos… se aproxima lentamente el bus rojo con su letrero amarillo D-50 PORTAL 80 (este es uno de los servicios expresos). Entre gritos, madrazos y muchos empujones, los primeros en el bulto humano pueden abordar el transmi, no sin la tierna y solidaria complicidad de las personas que cierran las puertas al mejor estilo de acomodadores del metro de Hong Kong.

5:35 a.m. Ya estoy próximo a la entrada del Transmilenio. Siento algo de tranquilidad, no por llegar temprano a mi trabajo, pues ya renuncié a esa posibilidad, sino por no tener que escuchar más los desagradables anuncios que retumban por los parlantes del portal: “Servicios retrasados por accidentes en las vías”. Todos los bogotanos sabemos que esa es una de las mentiras que usan a diario los funcionarios del sistema para justificar su evidente colapso.

Por fin, luego de muchos empujones, golpes y bastantes madrazos, estoy adentro del bus. Son las 5:45 a.m., y a esta hora ya debería estar por lo menos en la mitad del trayecto. Conclusión: otra vez llegué tarde. Cuando las personas suben al bus y se “acomodan” cual tetris, aparecen los celulares y los audífonos; creo que es la mejor forma para huir a la incómoda presencia tan próxima de muchos desconocidos. Mientras tanto, los afortunados que van sentados duermen con el estilo del juego popular colombiano que se conoce como Rana o Sapo.

Pasados 45 minutos, por fin mi destino. La estación de la Calle 26 está a reventar, un grupo de tres policías miran impávidos a un joven que corre como atleta por la Avenida Caracas en dirección al norte, luego de robar el celular de una joven que esperaba un servicio en el tercer vagón.

Salgo de la estación. Ya estoy cansado y hasta ahora va iniciar el día; solo pienso en que el responsable de esta “aventura” diaria es Enrique Peñalosa y sus amigos empresarios, que pisotean a los bogotanos con su sistema de trasporte viejo e ineficiente. Y ahora, más caro que antes, quizá el más caro y pésimo servicio de transporte masivo de Latinoamérica.

Y bueno, a trabajar, hasta ahora es lunes y los bogotanos –en el mejor de los casos– tenemos por delante nueve travesías más por el peor castigo para los habitantes de esta ciudad: Transmilenio.

Periferia conversó con Benedicto González, antes conocido como Alirio Córdoba, del bloque Martín Caballero de las FARC-EP, hoy Fuerzas Alternativas Revolucionarias del Común. Habló, entre otras cosas, de los incumplimientos del Estado y la falta de garantías para la reincorporación a la vida civil de exguerrilleros.


PO: ¿Cree que el Estado les ha cumplido los acuerdos pactados en La Habana, y desde su punto vista cómo cree que lo ven los elenos en estos momentos de negociación?
BG: Este momento de implementación, nosotros preferiríamos denominarlo como una suerte de renegociación de los diferentes compromisos adquiridos por el Estado colombiano en ese pacto de paz. Es así como temas cruciales, como el presupuesto de la paz, hoy tiene una suma inferior a la expectativa, no solamente de las Farc sino el del pueblo colombiano. Ese presupuesto ha sido recortado, y en contradicción con el aumento del presupuesto de guerra para el año 2018 que se ha incrementado. Eso demuestra que no existe una voluntad política de avanzar hacia la paz de Colombia, que no existe una decisión de la clase política de atacar las condiciones sociales, económicas y políticas que han generado este conflicto. No existe ningún propósito, ninguna intención de ceder sus fortunas, lujos, poder, que han caracterizado a esta oligarquía. Es una situación lamentable y delicada porque no solo el proceso con las Farc podría fracasar, sino que en vísperas de un acuerdo con el ELN, desmotiva e invita a esta organización insurgente a mirar con desconfianza un posible acuerdo.

PO: ¿Por ejemplo, en lo jurídico y económico se está cumpliendo lo pactado?
BG: Hay inseguridad jurídica, y un ejemplo de ello fue el gran operativo policial por aire y tierra que se desarrolló en la variante, en la antigua zona veredal hoy espacio de capacitaciones y reincorporación Ariel Aldana, en Tumaco, donde lidera nuestro querido compañero Edilson Romaña. Con cualquier pretexto, y acusado por narcotráfico fue capturado uno de nuestros compañeros, integrante del partido que acabamos de fundar, Fuerzas Alternativas Revolucionarias del Común, y existe la posibilidad y la amenaza de la extradición. Eso hizo que más de ciento cincuenta hombres y mujeres militantes de las Farc abandonaran el lugar, porque se sienten amenazados, sienten que no hay garantías.

En materia de seguridad socio económica para la reincorporación, tenemos la ausencia no solo de recursos sino de medidas y políticas para que los antiguos combatientes puedan adelantar las diferentes actividades que se requieren en una adecuada y exitosa reincorporación, por ejemplo en materia educativa, en materia de salud, y fundamentalmente socioeconómica, en la producción o la puesta en marcha de los proyectos productivos que incluyen la necesidad de la disposición de tierras, para que esta población del prolongado conflicto tenga sus propios sustentos de manera sostenible y digna.

Por otro lado, en cuanto al proceso, el Gobierno dijo que dispondría de ciento 29.5 billones de pesos a quince años para poner en práctica cada uno de los mandatos de la reforma rural integral, participación en política, fin del conflicto, sustitución de cultivos, y derechos de las víctimas. Según cifras publicadas por Fedesarrollo, solo para la implementación del primer punto del acuerdo de la reforma rural integral del nuevo campo colombiano, se requerirían 20 billones de pesos anuales. Entonces estamos encontrando la contradicción y la falta de decisión de la clase política colombiana para acabar con esa gran brecha de desigualdad y pobreza que reina en el país.

PO: ¿Qué pasa con las zonas donde tenían presencia, y cómo ven las garantías de seguridad?
BG: Es lamentable que esos territorios en los que ejercíamos control político y militar, una vez que hiciéramos el repliegue de nuestra fuerza hacia las llamadas zonas veredales, hoy espacios territoriales de capacitaciones y reincorporación a la vida civil, estén siendo copados y tomados por bandas y grupos paramilitares que actúan de manera libre, con la mirada cómplice del Estado colombiano. Estos grupos ponen en riesgo la seguridad y la vida de la población y en especial la de estos dirigentes. Es lamentable porque se demuestra que el Estado colombiano tiene una incapacidad para garantizar la seguridad y que sus mayores esfuerzos se han dado a combatir las movilizaciones y la protesta social de los trabajadores, de los campesinos, de los estudiantes, que exigen garantías, seguridad social, salarios dignos, educación pública y apoyo a la labor rural. Cuando se hacen esas exigencias, hace presencia ese gran componente que pasa de los quinientos mil efectivos, ese pie de fuerza no se destina a garantizar la seguridad de los territorios sino a reprimir la protesta social.

PO: ¿Cómo interpretan los homicidios de sus miembros y los más de 120 asesinatos a líderes de derechos humanos y sociales desde que se inició el proceso de paz?
BG: En materia de seguridad física personal, los ejemplos abundan, no solamente se atenta contra la vida de líderes sociales, defensores de derechos humanos, reclamantes de tierras, sino que se viene atentando contra la vida de antiguos combatientes con la falsa matriz de que los hechos criminales provienen de las llamadas disidencias. Es una estrategia del estado gobernante para sabotear los esfuerzos de paz, de esperanza y de reconciliación de la mayoría de los colombianos.

PO: ¿Cree usted que después de los acuerdos existe alguna estrategia por parte del Gobierno para diezmarlos en el terreno político?
BG: En conclusión, para cerrar este primer capítulo, todo indica que la política y estrategia del Estado, del gobierno de Juan Manuel Santos y de la clase política es la de dispersar nuestra fuerza, es la de fragmentar, desunir, romper la cohesión de nuestra organización y sus militantes, aplicando o retomando sus estrategias de la desmovilización y la reinserción que tanto hemos debatido, porque para las Farc como organización, y para nosotros como integrantes, como individuos, no existe una desmovilización dado que nunca fuimos vencidos en la guerra, en la confrontación, igualmente en el tema de las armas, pues se trata de su no uso, pero no una entrega de las mismas. El acuerdo todo es el resultado de un consenso, de un pacto y por lo tanto es nuestra plataforma para nuestra movilización política

PO: ¿Cuál es la exigencia de los acuerdos de parte de los del común frente al paramilitarismo?
BG: Este es el punto del acuerdo que contiene las medidas, las garantías para el desmonte del paramilitarismo y la creación de una unidad especial dedicada a su investigación y desmantelamiento, la creación de un cuerpo élite de policía dedicado a combatir el paramilitarismo y las medidas para encontrar la verdad del conflicto, que deben garantizar que no se repita este periodo oscuro en Colombia. Todo eso está contenido en el tercer punto del acuerdo que se llama fin del conflicto. Lo único es que estas medidas han encontrado enemigos poderosos como el propio fiscal Nector Humberto Martínez y otros sectores de la vida militar en Colombia que no aceptan que se esté viviendo un momento histórico, que Colombia sigue anhelando la construcción de una paz estable y duradera, y la no repetición del conflicto.

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