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Cuando se mira a Medellín desde la distancia de la noche, nos enfrentamos a una panorámica continua, luminosa e incierta. Y ante el vacío que materializa la oscuridad y la montaña, se vislumbra la belleza que estalla en la pupila, a veces desde la vastedad del pequeño valle, otras desde el engaño. Sin embargo, la ciudad en sus entrañas no podrá nunca parecerse a ese reflejo idílico que nos circunda, pues en esta depresión agreste la violencia se acumula como las moscas alrededor de las lámparas artificiales.

Helí Ramírez aparece en el valle con la memoria ya bien herida de una violencia que se perpetuó en todo el país y que, como a tantos otros, le arrebató una parte de su familia y la alegría de su niñez. Cuando llega a la ciudad en manos de su madre, a quien dedica varios de sus textos, se instalan en Belén Rincón, un barrio al suroccidente donde el contraste entre los señores que frecuentan los exclusivos clubes de la ciudad y las casas arrinconadas de los trabajadores corta el paisaje en dos: una grieta inmaterial que atraviesa la ladera. En este espacio, la urbe que se construye como un fractal que repite las desigualdades más evidentes. La fuerza y las supervivencias de sus habitantes es donde el lenguaje del poeta empieza a lanzarse como flechas certeras al corazón de la realidad. Una poesía provocada por el desespero de una vivencia marginal y por la conciencia de transformación del propio espíritu.

La juventud Helí la construyó en el barrio Castilla, en el que, ladrillo a ladrillo, costura tras costura, su madre construyó una casa que con el pasar del tiempo se convertiría en uno de los territorios más particulares de la ciudad. Se paseaba entonces como un bachiller ávido de lectura, en silencio, gastando su energía en el fútbol, dilatando el pensamiento en la poesía, la política y la búsqueda de un mundo libre, coleccionando en papeles sueltos los instantes que el barrio dejaba leer. Este lugar legendario de la ciudad en la base de la ladera noroccidental, al que muchos temen llegar, se configuró con los años en un epicentro en el que la cultura se paró en resistencia frente a las violencias más álgidas, sentando un precedente en los movimientos cívicos y artísticos de la ciudad que continúa su legado. Acertada fue la expresión con la que el poeta describió aquellas calles: la República independiente de Castilla y las Comunas. Es la fundación de un pensamiento sobre la ciudad que dio a conocer en libros como En la parte alta abajo, en el cual el corazón de Medellín palpita desde las periferias.

Una generación de escritores e intelectuales de la ciudad, aquella que recogió los restos de las palabras que los Nadaistas dejaron regadas cuando abandonaron la realidad, recibió los versos de Helí Ramirez. Abriéndose camino mediante una ardua autoformación, la editorial Universidad de Antioquia publica su primer libro en 1975. Apoyado por figuras como el poeta Carlos Castro Saavedra, el profesor y poeta Elkin Restrepo, y el médico y defensor de derechos humanos Hector Abad Gómez, Helí comenzó a trazar un curso que le llevaría a publicar varios títulos y a llevar la vida de la mano de su poesía, convirtiéndose en uno de los forjadores de nuestro pensamiento como ciudad en su momento más germinal.

Medellín creció rápidamente, la apacible villa al lado del río Aburrá se convirtió en un rumor de la memoria que dio paso a los artificiales ritmos de la industrialización, la guerra y el narcotráfico. Creció con contradicciones, de manera mutante y enérgica fue sacando los ladrillos de su propia entraña y cubrió la espesura de las montañas. Pareciera que el poeta, en su silencio, observara ese río de terquedad y dolor que fluye por las calles sin salida de una generación sin futuro: de ahí el vino de su palabra. La escritura entonces se toma como el acto de negarse a la desesperanza de ver la vida pasar sin más, un acto de resistencia en el que se vuelve a la actividad primitiva de observar el mundo y tratar de entenderlo, una búsqueda hacia el interior de las emociones que golpean el asfalto.

El poeta olfatea en los callejones de la ladera como quien se pierde en sus pensamientos, callejones en los que los ladridos de la barriada, sus quejidos de alegría y dolor, configuran un nuevo lenguaje. Lo crudo de la palabra cotidiana del joven que continuamente camina por la encrucijada entre la vida y la muerte, el vigor de esa lucha constante, va creando sin más la cadencia de una poesía continua que habla la lengua de todos, del que en las madrugadas emprende el camino hacia el centro del valle para jugársela por el sustento, del que en la esquina espera sin emoción que el destino lo atrape, del que se niega a la resignación del egoísmo en la ciudad. Todas estas voces aúllan como una sola frente a las luces parpadeantes de la ciudad de Helí. La vida es así ¿qué otro adorno necesita? Si sobrevivimos entre las piedras como la maleza ya poseeremos lo sublime del mundo.

El poeta enseña aunque su carne ya sea ausencia. Y aunque su obra ameritaba grandes reconocimientos, eran rechazados categóricamente por él. En uno de los grandes eventos culturales a los que decidió asistir, compartiendo escena con reconocidos artistas de la ciudad, conmocionó la mente de más de un asistente con su acertada y única intervención: a mí me da pena estar aquí escuchando hablar de literatura, de arte, mientras aquí, a ocho, diez cuadras, hay familias que se acostaron sin comer, lo pronunció, como un juzgamiento necesario a una cultura que ahora observa el barrio desde su esplendor, de lo bonito de sus jardines, lo rico de sus empanadas y lo colorido del frente de las casas, y se olvida sistemáticamente de la violenta desigualdad a la que resisten sus habitantes con cada paso del sol.

Esas fueron las últimas palabras que muchos escuchamos de él, pues poco tiempo después la ciudad de las luces, de las risas maliciosas y de la brega eterna, se cerró ante sus ojos, dejando un legado que se perpetúa en montones de poetas, artistas y pensantes que hoy encuentran en el barrio la sensibilidad de la vida.

Sin duda este es un momento de país en donde hay que asumir retos y hablar claro. Esto va para todas las fuerzas y opiniones políticas, para los partidos, para los gobiernos alternativos, las organizaciones sociales, sindicales y populares; y especialmente para esas nuevas subjetividades que se han mostrado activas en la protesta popular de los últimos tres meses en todo el territorio colombiano. También debería increpar a toda la sociedad que, aunque quiera mirar para otro lado, sabe y siente que las cosas en Colombia están muy mal. En las últimas dos décadas, sensaciones como las que hoy sienten los colombianos y colombianas llevaron a los pueblos de Nuestra América a cristalizar gobiernos de transición democrática que mejoraron el nivel de vida y los indicadores sociales de esos pueblos. Sin embargo, la arremetida del modelo económico y el pataleo de las élites y del imperialismo hoy tienen convulsionada a toda la región. La nota predominante es el auge de la lucha social, pero también la peor arremetida fascista de las burguesías locales y el imperialismo en los últimos tiempos.

Existe desde hace buen tiempo un debate profundo sobre el poder y el gobierno: ¿es lo mismo tener el poder que el gobierno en un país o una ciudad? Este debate se ha profundizado en Latinoamérica, donde los gobiernos progresistas, democráticos o tildados por la derecha internacional y el imperialismo de socialistas o comunistas, han sufrido ataques demenciales contra su forma de gobernar y distribuir su riqueza, o reveses increíbles y sangrientos como el caso de Bolivia, uno de los países con los resultados económicos, sociales y políticos más exitosos de los últimos 15 años, víctima de un golpe de Estado violento, racista, elitista y religiosamente retrógrado; golpe propinado con el apoyo del imperialismo y el silencio pasmoso de los organismos y la prensa internacional.

Están los casos de Ecuador y Chile, que, habiendo transitado por gobiernos progresistas o democráticos, observan como los avances sociales alcanzados fueron rápidamente destrozados por gobiernos de derecha que usan toda la violencia de las fuerzas militares para proteger el sistema y el modelo que tienen a sus pueblos en la ruina, y a las élites nacionales y transnacionales con los bolsillos llenos.

Muchas cosas fueron transformadas en estos países de diferentes formas. Algunas de estas transformaciones tocaron las estructuras moderadamente, otras apenas hicieron reformas sociales dentro del mismo sistema, incluso manteniendo concepciones desarrollistas y confrontándose permanentemente con sus propias bases que rechazaban, por ejemplo, la explotación minero-energética. La coincidencia en todos estos gobiernos progresistas, salvo el caso de Venezuela, es que sus fuerzas militares tampoco fueron transformadas ni orientadas a una concepción democrática. Su doctrina de confrontación a un supuesto enemigo interno, sus prácticas fascistas y su clara tendencia de ultra derecha siguieron intactas esperando el momento de saciar toda esa violencia, reprimida por años, contra su propio pueblo. El poder político y económico de las burguesías reside y se defiende con la fuerza y el poder coercitivo militar del capitalismo.

Por eso, el gobierno chileno en cabeza de Piñera, con apenas un 4% de aceptación, no ha podido ser derrotado a pesar de que los chilenos llevan más de tres meses en las calles. Por eso, la autoproclamada presidenta de Bolivia, la señora Añez, jura sobre la biblia que va a devolverle la democracia al pueblo boliviano que es 70% indígena, y da carta blanca a los militares para que los asesinen. Y por esa razón, gobiernos criminales como el de Brasil y Colombia, con terribles resultados en materia social y económica, con pésimos y mediocres gobernantes, pueden desatar genocidios contra su propio pueblo y seguir orondos a pesar de las encuestas desfavorables.

Es sobre esta realidad que los gobiernos alternativos, los partidos de izquierda, y los movimientos sociales deben trabajar sus propuestas. Hablando y actuando en beneficio de los más desfavorecidos. Tomando partido por sus reivindicaciones sin pretender que maquillando el modelo, estas desigualdades e injusticias se van a resolver. Se requieren decisiones que alteren el modelo, que por lo menos lo fisuren. Se requiere un trabajo permanente, educativo, político, y humanista que debata frontalmente el papel de las fuerzas militares en la democracia, en el respeto por la vida, los derechos sociales, la soberanía, la autodeterminación y el amor por su pueblo y su cultura.

Se necesita leer bien el momento político, valorar los sentires y dolores de todas las capas sociales y populares que de alguna manera se han manifestado en medio de la crisis. Construir unidad en medio de la diversidad y la diferencia. Caminar sin afanes por la senda de la organización de esos procesos y comunidades no alineadas. Desarrollar procesos de formación de nuevos liderazgos, y de intercambio de saberes. Es necesario construir verdaderas redes y consensos alrededor de la defensa de la vida, los territorios y los derechos humanos. Pelear mucho y muy fuerte contra las injusticias. Convencernos que las soluciones pueden estar a la vuelta de la esquina, pero que no se van a encontrar con las recetas de siempre. Que resolver las graves injusticias incubadas durante dos siglos por una oligarquía asesina requiere más que una mesa de negociación y 104 puntos que son apenas un pálido reflejo de las ausencias padecidas por la clase popular que se ha sacrificado, pero no ha logrado ganarse la representación y confianza de esas franjas de la sociedad que hoy podrían ser sus aliadas. La pelea, así le duela a las elites, es por cambiar el país y por darle dignidad a un pueblo que lo merece.

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