Hugo de Jesús Tamayo Gómez

Hugo de Jesús Tamayo Gómez

Friday, 02 November 2018 00:00

Mi sueño

Mónica Hoyos Giraldo siempre se ve sonriente. Al abrir la puerta camina adelante y sube las escaleras de madera como de afán; pero cada dos o tres escalones hace un pare, mira hacia atrás y dice: “Siga por aquí, señor”. Su pieza está al fondo, después de llegar al segundo piso y recorrer el largo corredor de la añeja vivienda. Inmediatamente entra en ella, mira para todas partes. Observa y muestra cuando tenía tres, cuatro y cinco años. También señala las fotos de los grados de jardín y bachillerato, con sus compañeros. Después se detiene en otras donde está con toda, o, mejor dicho, la que era toda su familia. Su pequeña habitación es una llama viva: las paredes blancas son ocupadas por recuadros de colores alrededor de las fotografías, que prácticamente las alumbran. Además, hay cartulinas color fucsia con frases alusivas al amor y a la vida. Luego detiene su mirada en un álbum con más fotos; lo toma y se sienta en la cama, que tiene un tendido rojo con rayas amarillas y un gran peluche sobre la almohada. En esa habitación, en esas fotos y en su alma se esconde esta historia:

***


Cuando mi papá ya no salía al pueblo por causa de la violencia, mi mamá me dejaba enllavada y me decía que no mirara para la calle. Y yo, por una rendijita de la puerta, desde el balcón, me ponía a ver pasar los carros. Y un día vi una volqueta con puros muertos. Otra vez vi que pasaban a caballo, con los que habían matado ahí colgando y moviéndose con el paso; cuando los descargaron al pie de la quebrada, sacaron un hacha y empezaron a partirlos. Pero nada que veía llegar a mi papá.

La última vez que vi a mi hermano, Edis Norbey, y a mi papá, fue un día que mi mamá me llevó a la finca. Estando allá, Norbey se fue a pescar y lo cogió la guerrilla y le dijeron: “O se va con nosotros o lo matamos”. Que ese día lo hicieron andar como tres horas y lo iban azotando por todo el camino. Cuando él me mostró la espalda toda rajada, yo me puse a llorar y mi mamá me dijo que le rogara para que se viniera para el pueblo. Al decirle yo eso, Norbey me contestó: “Y si no le ayudo a mi papá, ¿quién nos va a dar para la comida?”.

Como ya mi papá no podía venir a visitarnos y mi mamá no podía ir a la finca, un día una tía vino aquí a decirle a mi mamá que, cuando mi papá le estaba sirviendo el desayuno a mi hermano, llegaron y le dijeron que se tenía que ir con ellos y que si no los iban a matar a los dos. Que cuando él salió, lo único que le alcanzó a decir a mi papá era que le diera la bendición. Eso fue en marzo de 2004 y desde ese momento no hemos vuelto a saber de él.

Unas dos semanas después de la desaparición de Norbey, ya pasó lo de mi papá… Ahí se volvió oscura mi vida.

Nos íbamos a ir para la procesión de Viernes Santo, y, mientras mi mamá y mis hermanos salían, yo me puse a jugar en la calle; cuando veo que paró un bus al frente de la casa y que venía pura familia de la vereda. Y toda contenta ya me iba a subir al carro, pero el ayudante se bajó y me dijo: “Aquí viene su papá, llame a la mamá”. Y como hacía muchísimo tiempo que no lo veía, toda feliz fui a la carrera a decirle a mi mamá, que se estaba bañando. Y grité: ¡Mamá, llegó mi papá!, y me devolví, sin dejar de correr, a verlo bajar, porque él ahí mismo que llegaba me cargaba y me daba chitos. Al momentico llegó mi mamá, que no sé cómo salió tan rápido del baño; ella también empezó a mirar el bus y, al no verlo, le dijo al ayudante: ¡Dígale que se baje rápido pues! Entonces se le acercó un tío que también venía ahí y le habló pasito: “No, es que a él lo traemos es en la maleta”. Y mi mamá: “¡Qué, como así!”. “Sí, es que lo mataron,” le dijo mi tío.

Mi mamá casi se cae. Se puso a llorar y a llorar. Y me decía: “Ya no va a volver a ver a su papá”. Eso era lo único que entendía en ese momento, que no volvería a ver a mi papá. “Yo que creí que lo iba a ver hoy”, recuerdo que aquel día pensaba eso. Pero lo que no podía entender era cómo hacía yo para que mi mamá no llorara más. Uno de cinco años se pone sin saber qué hacer. El carro siguió y mi mamá ya no se quería arreglar. En la velación, yo era como aturdida, elevada. Mi mamá me miraba y me repetía: “Ya no va a volver a ver a su papá”. Yo solo veía que no paraba de llorar. Y lo enterraron al otro día.

Después de lo ocurrido con mi papá y mi hermano, que eran los que nos sostenían, seguí un tiempo en el hogar donde me tenían antes cuando mi mamá le ayudaba a mi papá en la finca –claro, antes de que ella tuviera que quedarse del todo en el pueblo–. Pero le tocó sacarme porque no tenía con qué pagar.

Como los domingos la parroquia recogía mercados para repartir los lunes a la gente más pobre, mi mamá se madrugaba a hacer la fila. Y ese lunes uno era feliz esperándola en la casa con las cosas. Aunque había veces que traía solo una librita de arroz, porque eran muchas las familias que hacían fila. ¡Uy!, los días que mi mamá me mandaba a estudiar con aguapanela, que era simple simple, porque apenas se veía el agua con un poquito de color, fueron muchos. O incluso con mera agua porque no había nada de panela. ¡Uchsssss!, pasé mucha hambre en ese tiempo.

Después, una señora que se dio cuenta de lo de nosotros, fue y habló con las monjitas en el internado campesino y les dijo que por qué no me recibían allá y que mi mamá les pagaba con trabajo. Y así, ella labrando la tierra pagaba mi comida. Pero a veces era como peor porque sabía que mientras yo desayunaba bien, allá en la casa no tenían con qué comer. Yo no sabía cómo pasar una cucharada pensando en eso. No sé si era más duro pasar hambre o imaginarme lo que ocurría en la casa. Entonces yo guardaba en una bolsa cositas del almuerzo y como mi hermano menor también almorzaba allá y después de que hacía el aseo se iba para la casa, con él mandaba la bolsita. Y cuando las monjas se descuidaban cogía pan o alguna otra cosa y los fines de semana le llevaba a mi mamá.

Ya estando en segundo de escuela llegaron unas muchachas, me sacaron del salón un momentico y me preguntaron que cuánto hacía que habían matado a mi papá y que si quería ir a una reunión donde iba a ver más niños para que compartiera con ellos y jugara.

Yo me fui con Andrés Camilo, mi hermano menor. Estaba muy asustada y con pena, pero al ver tantos niños y otras niñas de mi misma edad que estaban jugando, me familiaricé más fácil. Ese día empezó la Fundación; allá teníamos la oportunidad de hablar con doña Gloria, la sicóloga, y como que iba sanando tanto rencor. Porque como yo sabía que iba a crecer, decía que algún día iba a conocer a los que mataron a mi papá y que yo les iba a hacer algo. La historia que yo contaba allá para desahogarme, como que uno no lo creía. Pero era la realidad. Y me he ido recuperando.

Cuando hablaba con la sicóloga, uffff, eso era muy triste recordar las cosas. Yo empezaba a decir papá o hermanito y ahí mismo se me salían las lágrimas. Lo más duro en la Fundación era el encuentro con doña Gloria. Un día ella me llamó, y como ya me suponía a qué era, yo por dentro temblaba del miedo. Tengo que hablar y no voy a ser capaz, pensaba muy asustada. Cuando me senté, ella me anticipó: “Bueno, Mónica, hablamos o hablamos”. Ese día recuerdo que cuando empecé a contar, lo que más hice fue llorar. Y ya cada ocho días fui contando a poquitos. Creo que hablé de todo lo que me había sucedido como a los dos años.

Y uno, además, como para desahogarse, le contaba a la sicóloga que mi mamá sufría mucho porque no tenía comida para darnos. Que nos mandaba a estudiar con hambre, que lavaba ropa ajena para que le dieran papa o una panela… Pero con eso y todo, con el tiempo me di cuenta que a mí no era a la única que le habían pasado cosas duras, y que era muy afortunada en tener a mi mamá viva, porque varios de mis compañeritos se habían quedado sin los dos. Sin papá y sin mamá.

Eso sí, en la Casa del Niño y la Niña, en tiempos de navidad y de cumpleaños, hacían una fiesta. Eso era increíble. Como que se le olvidaban a uno las tristezas porque éramos desesperaditos, pendientes de los dulces y del regalito que nunca faltaba.

Y en diciembre, como en la Fundación nos decían que le escribiéramos cositas al Niño Dios, yo siempre le pedía en la boletica: “Niño Dios, yo quiero estar con mi hermanito. Niño Dios, yo le pido que devuelva a Edis Norbey o que por lo menos le regresen a mi mamá los huesitos, porque ella sufre mucho. Si usted le da eso, mi mamá deja de llorar”. Y mi mamá también me decía que le pidiera eso al Niño Dios. Los otros compañeros le pedían patines, bicicleta y yo solamente le pedía que aparecieran los restos de mi hermanito. Es que mi mamá lloraba a toda hora.

Cuando nos tocaba ir a la Casa del Niño y la Niña era el día más feliz. La noche anterior, Camilo y yo preparábamos la ropa y lo que íbamos a llevar. Y como nos daban un ratico para jugar antes de empezar las actividades, el que llegara más temprano era el que podía disfrutar de los patines, que así fueran pecuecosos, porque los usábamos varios niños en diferentes días, era lo que más nos gustaba. Y ya los que llegaban tarde se conformaban con las muñecas o los juegos de mesa. Uno ahora se ríe al recordar el olor tan horrible de la pieza cuando uno entraba a coger los patines. ¡Dizque uno disfrutar la pecueca de los demás!

Y por más que uno se sentía bien en la fundación, cada rato volvían los recuerdos. Pero sobre todo cuando salíamos a vacaciones, después de celebrar la navidad. Aunque ya, como al último año, antes de sacar grado, que es hasta el momento que a uno lo admiten allá, dije, no, yo no puedo seguir así. Porque me ponía a mirar a los que se habían graduado: ellos ya con su proyecto de vida, desarrollándolo; y pensaba: cómo seguir quejándome y así con dolor toda una vida. Tengo que salir adelante y ayudar a mi mamá.

Pero eso era como difícil porque hay cosas que no se pueden superar del todo. Uno cree que ya ha olvidado y no es así. Por ejemplo, hace unas semanas fue el día del padre, y saber que no podía compartir con él. Recordar que cuando llegaba de la finca a caballo, con mis amiguitos lo hacíamos bajar y él nos montaba. Ese día me quería encerrar. Aunque sí fui al cementerio.

Y seguí pensando en mi mamá, porque yo la veía que terminaba muerta del cansancio con el trabajo en el hogar campesino y a mí me daba mucho pesar. Entonces un día le dije: “Mamá, retírese, que de alguna forma vemos cómo hacemos para la comida”. Y en esos momentos apareció un “angelito” en la Fundación. Una de las que inició la Casa del Niño me consiguió un padrino que mensualmente aportaba creo que cincuenta mil pesos, y con eso nos daban un bono para mercar. Y a pesar de que sabía que mi mamá descansaba, salí con mucha tristeza, porque yo estaba muy contenta con las monjitas.

Como ocho años después fui con mis hermanos a la finca y desde abajo de la carretera una hermana mía me mostró: “Miré, allá era donde vivíamos”. Estaba todo enrastrojado, en puro monte. Pero el techo sí se alcanzaba a ver. Subimos, vimos en la entrada el contador de la luz, luego entramos hasta la cocina, al baño y después a una pieza, y ahí todavía permanecían algunos afiches de mi hermanito –al ver eso se me salieron las lágrimas–. Y seguimos recordando cosas, pero sin mentar la tristeza, porque nos preocupábamos por contar solo anécdotas bonitas de cuando vivíamos allá y todos nos reíamos. Y hablábamos que qué bueno organizar de nuevo la casa para estar yendo. Pero eso sigue abandonado.

Como el año pasado me gradué de bachiller y técnica en asistencia administrativa con el Sena, desempeño esa técnica con Adepag -el proveedor de los restaurantes escolares de aquí de Granada-, y con ese ingreso le doy plata a mi mamá, pero también quiero ayudar a mi hermanito Camilo, porque él me dice que desde que mataron a mi papá no ha podido perdonar y eso ahora lo tiene sumido en las drogas.

***


Mónica, sentada en su cama, después de haber paseado la mirada por sus diecisiete años de vida a través de fotografías, deja el álbum abierto encima de las piernas y los ojos puestos sobre la foto de los quince años, que está acompañada de una frase. Antes de leerla, dice: “Yo quiero sacar a mi hermano Camilo de donde se encuentra y poner a vivir como una reina a mi mamá. Ese es mi sueño”.

Y leyó en voz alta:
“La vida está llena de pequeñas sorpresas como las que me han brindado Dios y mi familia. Corrí tras el sol, tras el mar, tras las nubes, vestí muñecas de sueños y alcancé el umbral de mi juventud, tengo mi mirada en el presente y me siento mujer, tengo en mi mente un futuro lleno de anhelos, oportunidades y sueños por vivir”.

Saturday, 03 February 2018 00:00

Decidió no vivir más

"Hugo, lo encontraron anoche a las 9:45”. “La primera persona que lo vio fue la mamá”. “Todavía estaba caliente”. Fueron algunas de las palabras que, por su voz entre cortada, me tocó ir hilando, de la interlocutora que me hablaba al otro lado de la línea. La persona a la que llamé era familiar de Sebastián Bolívar Montoya, un joven de veinte años de edad, que decidió quitarse la vida el pasado 28 de noviembre.

En el cementerio de Envigado, mientras los que cargaron el féretro lo iban deslizando hacia el interior de la bóveda, un primo de él, con voz de tristeza y a la vez de reclamo, dijo: “Vea, les pidió ayuda y no se la quisieron dar, ahí lo tienen en un cajón”, y continuó: “No tenían plata para apoyarlo pero sí para un ataúd de dos millones de pesos”.

Sebastián, residente del barrio La Mina del municipio de Envigado (Antioquia), desde muy joven empezó a experimentar los rigores de las necesidades en su hogar. Primero, a los trece años le tocó ver la separación de sus padres. Mas adelante fue testigo de las innumerables demandas que Leydi Montoya, su madre, se viera en la necesidad de hacerle a Juan Fernando Bolívar, su padre, para que cumpliera con la cuota alimentaria y demás obligaciones.

A este adolescente atractivo, de ojos verdes, delgado, coqueto, le fue desapareciendo la sonrisa, y lentamente se fue convirtiendo en una persona que reflejaba en su rostro, en la mirada y en su cuerpo los rezagos que deja el consumo de alucinógenos, que fueron llegando a la par de estas experiencias.

Hacía poco tiempo, unos dos meses atrás –comentó una tía de Sebastián–, le dijo a su madre que no solo por la familia, sino por el bebé –que había tenido su novia hacía seis meses–, “voy a dejar de tirar vicio”. Y se dedicó a buscar empleo. Pero con su aspecto le era imposible.

Leydi estaba contenta por el cambio que había tenido su hijo y le permitió que trajera a la novia con el bebé a vivir a su casa. Pero seguido le decía: ¡Salga a buscar empleo! Y él a menudo atendía el consejo de su madre, sin poder lograr el objetivo. A la vez, con los días la convivencia se puso insostenible, pues cuando Leydi llegaba del trabajo, encontraba la casa peor que como la había dejado en la mañana: sin barrer, la cama de ellos destendida, la cocina hecha un desastre… Entonces les dijo: ¡Vea cómo me tienen la casa!, de ahora en adelante, defiéndanse como puedan. Y se fue.

Familiares y amigos, cuando tuvieron conocimiento que a la vivienda le suspendieron el servicio de gas y entendieron la situación que rodeaba a Sebastián, le empezaron a ayudar. También las tías le decían que fuera a buscar la alimentación donde ellas, pero a él, por falta de empleo, ya le daba pena. Había noches que se acostaba sin haber probado comida en todo el día. Y la madre del bebé, cuando conseguía trabajo, antes de salir, en ocasiones le dejaba algo de dinero para la leche del niño, pero no sin antes recriminarle: ¡Salga a buscar empleo, usted no sirve es para nada, es un inútil!, yo mejor me voy a llevar el niño. Si usted se me lleva a mi hijo, yo me mato, le respondía él. Usted no es capaz de matarse, usted es un cobarde, terminaba diciéndole su novia. Esta fue una de las últimas discusiones que le escucharon a la pareja unos días antes del episodio trágico.

Al mes o mes y medio Leydi regresó a la casa y tres días antes de que Sebastian llevara a cabo el último acto de su vida, le dijo: Mamá, prométame que va a luchar por el bebé. Júreme que usted se va a quedar con él. Al siguiente día, después de la discusión cotidiana con la novia, a esta también le dijo: Yo no me tiro de la moto, porque sé que quedo padeciendo, pero si se me lleva el niño yo me mato. Y esa tarde se lo llevó.

Dos días después, a las 9:45 de la noche, cuando Leydi entró a su casa, vio a su hijo que tenía en el cuello el collar del perro y la cuerda colgaba de un gabinete de la cocina. Los funcionarios oficiales que atendieron el caso, dijeron que llevaba unos cinco minutos de muerto. Es que todavía estaba caliente, dijo la madre de Sebastian.

En medio del levantamiento del cadáver le encontraron en uno de sus bolsillos el recorte de un periódico con los teléfonos subrayados en la sección de ofertas de empleo.

A pesar de que Juan Fernando “le metió dos millones de pesos al ataúd” –como lo comentó uno de los familiares– y, “eso sí, la caja era muy bonita”, –dijo un asistente al entierro–, este padre, hasta muerto le siguió negando cosas, pues no quiso comprar una libra de café que le pidieron para atender los asistentes a las novenas por la memoria del alma de Sebastián.

Thursday, 07 December 2017 19:00

Más allá de las medallas

Aquí, en el municipio de Granada, Antioquia, una mañana, mientras Elizabeth Castro abría su almacén –que es una rutina diaria- para atender a su clientela, Romelia Quintero entraba a mi apartamento para hacer el aseo y ganarse treinta mil pesos, como lo hace otras dos o tres veces por semana en diferentes casas de familia. Claro, a esta última, el día que no la llaman de alguna parte “para hacerles el oficio” –como cuenta ella-, saca una pequeña mesa, al lado pone una freidora y enseguida la pipeta de gas, y con eso se instala en la esquina de la ferretería de la señora Elizabeth y se pone a hacer empanadas.

Las señoras, Elizabeth y Romelia, son las madres de Miguel Ángel Hoyos Castro y Elizabeth Castaño Quintero, respectivamente. Dos ciclistas que a sus quince años de vida ya adornan sus casas de medallas, trofeos y reconocimientos obtenidos por sus hazañas deportivas. Entre ellas, las dos de oro, una de plata y una de bronce logradas en los II Juegos Suramericanos de la Juventud en Santiago de Chile, celebrados del 29 de septiembre al 8 de octubre del presente año.

Doña Elizabeth
La progenitora de Miguel Ángel me recibió en su almacén y para poder conversar conmigo le pidió a su empelada que atendiera a la clientela. “Él tiene trofeos hasta en la escuela de ciclismo, de aquí del municipio, donde lo entrenan y lo apoyan, porque si no fuera por esa institución, mi hijo no estuviera donde está. Mi esposo y yo solos no seríamos capaces. Uno es con las uñas. Afortunadamente Guillermo, mi esposo, fue ciclista, conoce mucho de bicicletas y es prácticamente el mecánico de mi hijo”, afirma la madre de este joven campeón. Y continúa: “Él monta en una bicicleta que al papá le pudo haber costado seis o siete millones de pesos, pero así mismo cuestan los repuestos y accesorios. Y más que él se estiró mucho -creció- y es una lucha porque ha habido que acondicionarle la bicicleta, o vender la viejita para ajustar y comprarle otra. Este deporte es muy costoso”.

Continúa: “Y no solo es el sacrificio económico. También en la alimentación hay que mantenerle una dieta acorde a sus exigencias deportivas. Así él sea consciente qué debe comer y qué no, a uno le toca, que si a los demás hijos se les frita, a Miguel tiene que ser el pollo o la carne asada. A la vez que se le apoya en todo, como por ejemplo cuando va a entrenar y hay una salida, en pos de él nos quedamos en la casa. Son pequeños sacrificios que Miguel va viendo dentro de su formación, que para mí tiene que ser integral.

Uno como madre se preocupa hasta por una gripa. Mire que un día casi no podía ir a correr porque estaba enfermo y le dimos analgésicos. Y al fin le dijo al papá: Ya me siento bien. Bueno, vaya pues corra, lo animó mi esposo. Ganó, fue campeón nacional infantil, pero en la noche me despertaron los gritos de Guillermo porque mi hijo estaba convulsionando. Usted no sabe lo que se siente, mi marido y yo con él cargado para el hospital pensando que mi hijo se me iba a morir. Ese es el peor susto que nos ha pasado, aparte de los aporreones porque a veces llega con las nalgas en carne viva, y así le duela, apreto los dientes y le hago las curaciones”.

La señora Elizabeth me enumeró varias circunstancias que rodean a su hijo y que lo han ayudado tanto en su crecimiento deportivo como en lo personal, pues como dice ella: “tiene trofeos y condecoraciones exhibidas hasta en el Club de ciclismo”, de un sinnúmero de competencias ganadas, pero hasta ahora los logros más grandes para él, han sido los conseguidos en Santiago Chile.

“Con la primera medalla –él se ganó dos de oro y una de plata en dichos juegos-, cuando me la colgaban del cuello, yo sentía que mi corazón se me iba a explotar. Y después que uno se voltea hacia la bandera ¡y empieza a sonar el himno de Colombia!, a mí se me puso la piel como de gallina. Pero en medio de ese sentimiento inexplicable, a la vez era la intriga de saber quiénes serían los próximos contrincantes y cómo me iría a sentir en las demás pruebas que seguían”, comenta Miguel Ángel con un ánimo como si todavía no hubiera salido de esa emoción.

Doña Romelia
A las 6:15 de la tarde me recibió los treinta mil pesos que se ganó por el día de trabajo, y con ellos en la mano dijo: “voy a ir a comprarle unas fruticas a mi niña –a Elizabeth, su hija- porque don Camilo –Martínez, el entrenador del Club de ciclismo- me la recatea mucho que porque está muy subidita de peso”.

Romelia es otra madre que lucha para que su hija triunfe en el ciclismo. Ella me recibió en su casa y desde la entrada no dejaba de sentirse orgullosa al pasearme por la sala, las piezas y un pequeño corredor diciéndome: “Vea, esas son las medallas que ella se ha ganado, los trofeos, cosas de menciones de honor. Por aquí están las que se ganó en Chile, las que se ganó en Cali esta semana en los juegos de Supérate, que ganó tres: dos de plata y una de oro. Ella corre pista y ruta. Estos son los letreros que le pintan los amigos y amigas, que hasta yo le digo que ya no hay dónde poner más, que pegue también en la pieza de atrás”.

Mientras recorríamos su casa íbamos hablando. Y cuando le pregunté por el costo de la bicicleta donde entrenaba su hija, dijo: “Beeeendito, a ella le provoca tener una bicicleta, pero no hay forma. Con los diez o quince mil pesos que me quedan de la venta de empanadas y de dos o tres días a la semana que me llaman para trabajar en casas, ¡de dónde por Dios voy a sacar para una bicicleta, si no más la que le prestan en el Club de ciclismo vale como dos millones de pesos! Si no fuera por ellos, mi hija no podría entrenar ni ganarse todas esas… –y mostraba de nuevo las medallas y trofeos-. Allá solo le dejan traer la bicicleta pa'la casa pa' lavarla”, acentúa la señora Romelia.

Luego nos sentamos en un modesto mueble de la sala donde, ya con más confianza, me empezó a narrar la corta historia de su pequeña Elizabeth:

“Ella estaba haciendo cuarto de escuela y como había olimpiadas escolares, entonces la profesora la puso a competir y el director del Club de ciclismo la vio cómo corría ella y me dijo que él le veía 'buena mecha a la niña'; que por qué no se la llevaba así sea viernes y sábado, para entrenar. Que se le veía muy buen potencial. Y ya, la seguí llevando.

Algo difícil es lo de la comida. Yo le doy lo elemental porque para la dieta uno tiene que tener muy buena plata y don Camilo siempre me ha dicho que la necesita más tallaita. Pero lo más duro es para las salidas, yo le doy lo que haya, si diez hay, pues diez le doy. A veces solo tengo cinco mil pesos y me los recibe calladita. Solo me contesta que mi Dios me lo pague.

Ella un día intentó con el papá –porque hace nueve años que no vive con nosotros- y le dijo que le diera para el uniforme que valía por ahí doscientos mil pesos, y él le contestó que ¡qué va a valer tanto una mecha de uniforme y unos tenis! Después le dijo que le diera veinte mil, o cincuenta mil -no recuerdo cuánto-, para una salida a una competencia y él le dijo que iba a mirar. Y como no apareció con ni un peso, ella no le volvió a decir nada. Sí hay gente que nos ayuda, como los de la colonia de Cali que son muy formales. A uno le da es hasta pena de la manera que lo atienden.

Aparte de los otros trabajos, a veces también cuido niños y ayudo por ahí a hacer almuerzos. Yo sé que con eso nunca voy a poder comprar una bicicleta. Con lo que la apoye el Club de ciclismo, hasta ahí. No sé cómo mi diosito me multiplica esos diez o quince mil pesos de las empanaditas o los treinta mil del aseo en las casas, porque no sé de donde me sale tanta plata. El ciclismo es un deporte muy costoso”.

Y así terminó de narrar la señora Romelia parte de lo que le toca batallar para llevar a su hija a ser la campeona en diferentes competencias y conseguir la medalla de bronce en los Segundos Juegos Suramericanos de la juventud en Santiago Chile. Pero lo dijo sin ningún ánimo de generar lástima y menos quejarse de la vida, porque lo último que salió de su boca fue: “Gracias a Dios en esta casa no nos hace falta nada para vivir”.

El pueblo granadino se agolpó en las calles, puertas y ventanas de las casas para ver entrar y recibir a estos dos deportistas. En el colegio suspendieron algunas de las clases para ir a las calles a seguir la multitud que los escoltaba. “Es primera vez que se ve eso aquí en Granada tan histórico”, dijo Elizabeth. “Yo sí sabía que iba a asistir el colegio, pero nunca pensé que nos iban a llevar en camioneta a recorrer todo el pueblo con toda esa caravana detrás pitando. Eso fue muy vacano”, dijo Miguel Ángel con emoción.

Ya que ningún medio de comunicación regional ni nacional se ocupó de los dos granadinos medallistas de estos juegos, que por lo menos Colombia se entere que detrás de ellos hay unas madres campeonas, luchando toda una vida para que sus hijos consigan estos y muchos otros triunfos. Siempre hay alguien más allá de las medallas.

Tuesday, 28 March 2017 19:00

¡Ya no duele tanto!

La casa de Doña Alicia Giraldo queda a unos cuantos metros de una de las esquinas del parque principal del municipio de Granada, Antioquia. Ella apareció en uno de los cuatro balcones, pocos segundos después de que le toqué la puerta. Al inclinar su cabeza por entre dos materas con flores rojas, que colgaban del herraje metálico de ese balcón, dijo: ¡Ah!, ¿es usted? Espéreme un momentico ya le abro. Las palabras se le escucharon con el deje campesino intacto. Su voz era decidida y con energía, igual que cuando saludó, al abrir la puerta. Como si el tiempo ya fuera otro. Como si el dolor que tuvo que soportar por la desaparición de su hijo y el homicidio de su esposo, hace más de diez años, no lo llevara en su alma. ¡Pase, bien pueda!, me dijo de inmediato.

“¡Noooo, a mí ya no me choca contar eso. Y siendo verdá!”, fue lo primero que contestó doña Alicia, después de que nos sentáramos en un mueble de la sala, cuando le dije que, si le molestaba alguna de mis preguntas, de antemano le ofrecía mis disculpas. Con la misma fuerza en su voz, volvió a decir: ¡Pregúnteme lo que quiera!

Con el primer interrogante, empezó a narrar su historia:
Arnoldito, el esposo mío, me mandó aquí paʼl pueblo para darles colegio a los niños que paʼ que salieran adelante. Entonces yo me vine con los más pequeños y con él se quedó el grandecito. Y de la finca me mandaba revuelto, panela y plata que pa´ que comprara la carne y por ahí cositas. La comida no se embolataba.

Me contaron que un día mi esposo llamó al muchacho del cafetal, que pa' desayunar. Bueno, él fue —como ya le habían dicho en una reunión que el que no colaborara se lo llevaban—, y que había una gente por ahí escondida en la estancia y ahí mismo que llegó lo apelotiaron. Entonces ya dizque el niño se arrodilló, sin desayunar ni nada, y que le dijo: papá écheme la bendición que ya nunca me va a volver a ver. Entonces ese hombre todo asustado le echó la bendición. Ese es Edis Norbey, el que no volví a ver.

Y desesperao se abrió a buscalo. Y al ver que búsquelo y búsquelo y nada, ya en Semana Santa él le habló a esa gente que por favor le entregaran el niño, que estaba cansado de esperarlo. Y que le dijeron, corra pa´llí si ta cansaíto. Y en medio de la iglesia y de onde hay un centro de salud, ahí lo cuadraron y lo mataron.

Hacía como tres meses que no lo veía, entonces le había mandao a decir con mi suegro que si iba a venir a Semana Santa, que si no pa´ mandale la ropita pa´ que estuviera bien pinchaíto. Y la razón fue que él venía. Entonces yo lo estaba esperando y le compré ropa: pantalón, camisa, medias. Y hasta unos zapaticos. Y el viernes santo llegaron con él. ¡Ay!, a mí me dio muy duro eso. Cuando a él lo trajeron matao le eché esa ropa pa´ que se la pusieran. Con la ropita nueva lo enterramos.

Desde que mataron a mi esposo me iba muy mal pa´ la comida. Y lo que más duro me daba era despachar a los muchachitos pa´l colegio sin tomar siquiera traguitos. ¡Ay!, eso era muy duro, uno sin una garra de panela. Yo bregaba que ellos 

no echaran de ver. Yo era callaíta. Pero al ver que mis niños cogían camino a la escuela con hambre, quedaba en un solo llanto.

Y como me daba ese desespero verlos salir así, entonces a veces yo me levantaba, los dejaba arreglándose y me volaba pa' onde mi mamá a ver si tenía un pedacito de panela que me diera. Y ella, hasta bien pobre también, me decía: ahí en la cocina hay una librita, pártala en la mitad y llévese un pedazo pa´ usté. O a veces tenía un par y me decía, coja una enterita. Y ya me venía toda contenta a haceles el desayuno —pues, la aguapanelita— a los niños pa´ despachalos. Y en algunas ocasiones sacaba en la tienda unas tostadas fiadas, pero eso me daba pena hacelo seguido, ¡porque pa´ pagar cuándo por Dios!

De pronto, cuando mi Dios me mandaba un angelito, me daban por ahí mil pesitos o así, iba y pagaba en la tienda. También hacía fila los lunes en San Vicente y allá me daban una panela y una libra de arroz, y muchas veces eso era lo que tenía paʼ los niños en toda la semana. Pero a veces, sin terminase la fila, decían: se acabó todo, no hay más. En otras ocasiones me ponía a lavarle ropa a una vecina y me daba arroz, papa, panela. Plata no, pero mercaíto sí.

Al tiempo que nos pasó todo eso, dijeron que por allí iban a abrir una casa pa´ reunir a los niños huérfanos por la violencia. Y yo me volé a ver qué era, y los inscribí. Y ya yendo allá, vi a mi niña más animaíta, porque ella mantenía muy triste por la muerte del papá y el hermano que no apareció. Mónica era desesperadita pa´ irse el día que le tocaba ir a la fundación la Casa del Niño y la Niña. Y yo también, porque sabía que allá le daban alguna cosita.

Y también metí a la niña al internado por la mera comidita, pa´ yo pagásela a las monjas con trabajo. Tenía que coger moras. Y me ponían a desyerbar esas matas y eso me clavaba las tunas por aquí, por entre las uñas. ¡Más horrible! Después tenía que mochar ese tunero y recogelo en unos costales pa´ uno echáselo al hombro y pasalos pa´ otra parte, pa´ hacer montones y después quemalos. Vea, yo venía a la casa con estas manos todas rayadas y ni qué decir la espalda. Y mi niña me veía así y me decía: Mamá, yo mejor me voy a salir del internado pa´ que usté no le toque matase tanto. No trabaje allá, ¡ah!, qué pesar. Y yo cómo ponía a pasar hambre a mi muchacha.

Allá a mí me tocó hacer de todo: aporcar frijol, me mandaban por canastaos de mierda de esas vacas paʼ que la llevara pa´ unas matas de plátano... Y uno, entre más trabajaba, mejor pa´ esas hermanas.

Al principio me daban el desayuno y el almuercito, pero después me dejaron de dar comida que porque el presupuesto no alcanzaba. Y con esos calores tan machos, ¡bendito!, ni bogao tan siquiera me daban. Yo tenía que llevar, cuando había, porque, cuando no, tenía que aguantar hambre. A veces desayunaba con un trago de agua de panela o si acaso con una tostada y salía a las siete y media de la casa pa´ irme todo el día pa´llá. Y cuando esas viejitas se descuidaban, iba y cogía un vaso de por ahí y les robaba agua y tomaba.

Y a las cinco me iba a ir y me decían: ¿Y es que ya se va? Mire que todavía está de día. ¡Y no les gustaba! A la mandona, la hermana viejita, era a la que más le daba rabia porque me iba a esa hora. Y ya después me les empecé a ir a veces hasta a las cuatro de la tarde, pa´ llegar a hacer alguna cosa pa´ comer, porque yo llegaba muerta del hambre. Y pa´ darles a los otros muchachitos.

Como yo venía a la casa toda reventada estas manos, porque me mandaban a cargar viajes de Kingrass —de esa yerba pa´ las vacas—, y como pica esa pelusa que lo desespera a uno, entonces un sábado —porque los sábados también les trabajaba— le dije a Mónica que yo me veía muy enferma, que “no voy a aguantar, yo me voy a morir en ese trabajo donde ni comidita me dan”. Y ella me contestó: Mamá, yo tengo mucho pesar con usted, mejor sálgase. Tranquila que ahí comemos lo que podamos. Y yo pensaba que qué pesar de mi muchachita, será que otra vez la voy a poner a pasar hambre. Ya llevaba como cuatro años matándome. ¡Ah!, y me salí de allá.

Con eso que aprendí, ya como que uno mantiene más entretenido y se le van yendo los pensamientos malucos. Porque cuando tenía a Mónica en la Casa del Niño y la Niña me citaban a reuniones, pero me daba pena ir, pues allá lo ponen a uno a escribir y yo no sabía. Y no iba. Ya después, cuando ella estaba jovencita, entró a Granada Siempre Nuestra —G.S.N.— como aprendiz, pero ahí sí tenía uno que ir a las reuniones por obligación. Y fui, y en un ejercicio de esos me pasaron un papelito y yo no hacía nada. Entonces la encargada se me arrimó, y le dije pasitico: es que yo no sé escribir. Que es por eso que me daba pena venir a reuniones. Entonces Yaqueline, que es la que dirige en G.S.N., me dijo que si me provocaría aprender a leer y a escribir, y le contesté que yo sí, pero que qué pena. ¡Que yo qué voy a aprender. Uno ya viejo! Entonces me dijo: Le voy a poner una profesora a su gusto.

Cuando fui el primer día, en el camino me acordé cuando hice en la vereda Los Medios el primero de escuela; que era muy rico estudiar, pero a uno le daba miedo de la profesora porque ella cascaba muy duro. Me dejaba estas manos rojitas de los golpes con una regla. Y bueno, entré. Y cuando llegué que a clase, ¡ay!, y vi que era no más yo, ahí mismo dije: ¡Cómo así que a mí me van a enseñar solita. Qué pena! Y la profesora me dijo: No, eso no es delito, venga siéntese. Y yo no era capaz de hacer nada, como achantada. Y yo volvía y le decía que yo qué iba a aprender.

Ya me puso como a juntar letras, palabritas, y yo por hacer una letra hacía otra. ¡Ah!, muy tapada. Me fue muy mal esa primera vez. Y llegué a la casa y le dije a Mónica que yo no iba a volver. Y ella me dijo: Mamá, vuelva. No, qué pena pa´ uno de pronto no llevar las tareas.

Y al otro domingo mi niña me dijo: No mamá, arréglese y váyase. No, que me dolía la cabeza, le dije yo. Que qué mentirosa soy, me dijo, y ahí mismo me empacó la maleta. Y ya la segunda vez salí de estudiar más contenta. Ya estaba segura de lo que me había enseñado Camila, la profesora. Y me dijo que yo aprendía muy fácil.

Entonces ahí sí me alegré. Ya iba más animada. Y como a la tercera clase me pusieron de tarea que trajera los nombres de todos los hijos y del esposo —pues, del finaíto Arnoldo— escritos. Y yo le decía a Mónica: ¿Cómo es que se escribe la primera letra? Que porque dizque la primera letra del nombre tiene que ser más grandecita. Por ejemplo la A, de mi hija Aidé, tiene que ser más grande. Y mi niña toda linda se sentó conmigo a hacer la tarea.

Cuando escribía los nombres pensaba en mis cinco hijos vivos. Después el de mi esposo. Ese fue duro; al escribilo pensé cosas. Pero cuando estaba escribiendo el de mi hijo desaparecido, con ese sí dije por dentro: cuánto hace que no veo a mi niño, saber que me sacaron sangre que por si de pronto resultaba en una de esas fosas que encontraban. Y esperé noticia y nunca me volvieron a decir nada. Hasta pensé: qué rico uno morise, porque dicen que uno en la otra vida se ve con ellos. ¡Ah!, pero qué pesar también dejar a mis otros hijos. Yo no sabía por cuál de los dos lloraba más. Yo pensaba en el uno y en el otro. Pero creo que se sufre más por un hijo, y más que nunca apareció. Bueno, al fin terminé la tarea de anotalos a todos. ¡Bendito sea Dios!

Ya me pusieron a leer en un libro un cuento, y me gustó mucho leelo. Y ya por ahí a los cuatro meses leía de corrido. Ese año estuve contenta y que como ya había aprendido a leer, pa´l otro año me seguían enseñando números y divisiones, dijo la muchacha. Y nunca le falté a la profesora con las tareas.

Ya después me pusieron fue un profesor pa´ los computadores. Y ese me dijo que tenía que aprendeme las tablas que pa´ las otras dos semanas. Y a los quince días le llevé las tablas aprendidas en desorden. Y él también dijo que yo aprendía muy fácil. Yo quedé muy contenta con él también.

Y los otros hijos: Jum, ¡ay, dizque mamá estudiando! Todos contentos venían y me abrazaban. Que tan linda mi mamá. Y yo feliz que mis hijos me abrazaran. Aquí nos entrevistaron a Mónica y a mí. Yo saliendo y ella despidiéndome pa´ irme a estudiar.

Pero yo le di gracias a Dios cuando mi niña sacó los grados. ¡Ay!, yo pensaba que no iba a ser capaz. Uno lo ve y no lo cree. Aunque el menor salió muy rebelde y no quiso estudiar, saqué a todos adelante. Ya tienen su trabajito, unos se casaron… Y Mónica, desde que empezó a trabajar, me da plata y me dice: Vea mamá pa´ que compre lo que necesite.

Ya con mi edad solo le pido a Dios que me dé salud pa´ seguir luchando. Vea que ya tengo el otro esposo. Me da, gracias a Dios, buena vida, y la comidita no se pierde.

Doña Alicia, antes de despedirme, me dijo: “¡Yo ya me he recuperado mucho! Pero ¡ay, Dios mío!, qué rico que aparecieran los restos de mi muchacho”; y fue bajando la voz a medida que pronunciaba esta frase. En ese instante, con la mano derecha impidió que las lágrimas rodaran por su rostro, igual que ocurrió cuando narraba la historia en la que sus niños salían a estudiar. Para contar sus otras experiencias, siempre tuvo la misma energía con que me saludó al abrirme la puerta de su casa, sin que se le notara ningún dolor y, menos, resentimiento.

 

Monday, 28 November 2016 19:00

Perdón

El entierro fue el jueves a las cuatro de la tarde. Ya en el cementerio, cuando fui a empujar el ataúd para guardarlo, miré hacia arriba y vi la Virgen de la Piedad, que está con el señor en los brazos, y dije: “¡Ay, virgencita!, gracias por haberme permitido tenerlo, educarlo, formarlo, verlo crecer... En nombre de Jorgito, pido perdón a todas las personas que él en su corta vida haya ofendido. Y te ofrezco de todo corazón el perdón para los que lo han callado y que creen que segando vidas parará este conflicto que vengo padeciendo desde que tengo uso de razón. Algún día les remorderá la conciencia. Que Dios los bendiga”. Me eché la bendición y me fui.

Al sábado que salí de misa de siete de la mañana, cuando iba girando la esquina para llegar a mi casa, había una persona gritando; renegaba sentado en la acera y había unas señoras ahí paradas, al pie de él, escuchándolo. Le pregunté a una de ellas qué le pasaba a ese muchacho. ¡No, un paraco que está herido ahí!, dijo una de ellas un poco despreocupada. Es un ser humano, le contesté. Luego me le acerqué más y le hablé: Si cambia de vocabulario, yo le puedo ayudar.

Como yo vivo a unos veinte metros, entonces, cuando ya estaba algo calmado le di la mano, lo paré y nos fuimos. Llegué a la casa, abrí la puerta de la calle, lo entré, lo senté en el comedor, fui a la cocina, preparé un café con galletas y queso y lo dejé comiendo. Mientras tanto fui, tomé el teléfono y llamé a María, una enfermera amiga, y le dije: “Por qué no me hace un favor, venite que hay un muchacho con una herida en un pie, lo tiene inflamado y está ardido de la fiebre. Entre a la farmacia y compre una droga, que yo ahora le doy la plata”. Y dijo: Listo. Ya voy.

Cuando el muchacho terminó de desayunar, como lo vi tan sucio, fui a la pieza y le traje una camisa y una pantaloneta de las que quedaron de Jorgito, y le dije que entrara al baño y se cambiara. Luego llegó María con gasa, esparadrapo… y le limpiamos la herida. Cuando lo terminamos de curar, dijo la enfermera: Doña Pastora, ¿que se acueste ahí? ―en el corredor―. No, camine para la pieza, dije yo, entonces lo entramos y se acostó. María le aplicó dos inyecciones en las nalgas y se quedó dormido.

Nosotras seguimos sentadas en un mueble frente a la cama, cuando de pronto él nos interrumpió la conversación y preguntó: ¿Ya me puedo parar? Si no te sientes mareado, pues párate, le dijo la enfermera. Entonces él, muy despacio, se fue enderezando. Y, sentado, apoyó las manos sobre la cama para intentar levantarse, pero apenas alzó la cabeza, vio unas fotos en la pared, y gritó: ¡Uy!, ¡qué hace ese man ahí...! Y se quedó pasmado observándolas. Luego, sin retirar la mirada a la pared, frente a las fotos, volvió y dijo: ¡A ese hijueputa lo matamos antier! Entonces yo le dije: Esa es su cama, donde estás sentado, esta es su alcoba, esta es su casa. Esas son las fotos de grado de Jorgito y yo soy su madre. ¡Ese hijueputa, como usted dice, es mi hijo! Entonces el muchacho inmediatamente entró en shock y se puso a llorar. Y ahí mismo se me vino a la mente la cuenta de cobro que había pensado en el cementerio.

Mientras él, asustado, seguía llorando, mi reacción fue coger de la mesa un teléfono inalámbrico que tenía mi hijo, y le dije: Señor, en algún lugar del mundo hay una madre que llora. Que quiere saber dónde está usted. Llámela. Si le da pena decir qué está haciendo, no le diga, pero dígale que está vivo. Él se quedó hablando y yo me salí con la enfermera para el patio a discutir junto con mis dos hijas el asunto.

¡Hay que matarlo!, decían mis niñas. Con una inyección tiene, dijo la enfermera. ¡Es que mató a mi hermanito!, argumentaban las hijas. ¡Un momentico!, les dije yo. Si ustedes me ponen aquí a Jorgito, y que aparezca vivo, ¡pero que yo lo vea!, pueden picarlo si se les da la gana. Pero eso no va a pasar. Otra cosa, si hacemos eso, ¿cuál es la diferencia entre ellos y nosotros? Igualmente nos convertimos en unos asesinos. ¡Díganme, cuál es la diferencia! Y ellas no querían entender. Todas furibundas repetían: ¡Hay que matarlo! Y por último les insistí: ¿Y qué hacemos con un muerto aquí? ¡Nos volvemos sicarios entonces!

Ya ellas calladitas salieron de la casa y yo quedé con la enfermera que también seguía sin palabras. Y volvimos a la habitación. Ahí él nos contó que lo

 

amarraron, quién había pagado para que lo mataran, quiénes y de qué forma lo violaron: que le echaban sal en… Una infinidad de cosas que se pueda imaginar alrededor de eso. Y cuando terminó de narrar todos los vejámenes que cometieron con mi hijo, el muchacho se paró. Entonces saqué dinero y le dije a la enfermera que le aconsejara qué pastas podía tomar.

Caminó hasta la puerta, se paró en el umbral y todo asustado miraba como un conejo para lado y lado de la calle. Como lo vi tan nervioso e indeciso, le aconsejé: Es mejor que vaya al hospital, porque le puede dar tétano por esa herida. Y váyase tranquilo. Al fin decidió y se fue.

Y cuando se dio la desmovilización de las autodefensas, él era el primero que estaba en las reuniones. Pero no duró demasiado, al siguiente diciembre lo mataron y, cuando vino la mamá a recogerlo, yo le ayudé a hacer los trámites para llevarse el cadáver. Sentí un descanso y una sanación al poder ayudar a esa madre.

Mi hijo decía que cuando fuera grande iba a hacer una inmensa torta para sentar a comer juntos a la guerrilla y al ejército. Él ya es tan grande que está en el cielo y estamos a punto de hacer esa torta.

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