Periferia

Periferia

La contienda por las elecciones parlamentarias y presidenciales de 2022 ha arrancado con inusitada fuerza desde los primeros días de este año. En medio de la profunda crisis humanitaria y el genocidio en curso auspiciado por el gobierno de Uribe Vélez-Iván Duque; la profundización de un modelo de despojo que niega los derechos de las mayorías mientras le genera mejores condiciones a las multinacionales, a los banqueros y grandes empresarios para llenar sus bolsillos; y el desprecio por la vida demostrado por este gobierno con el perverso manejo de la pandemia y sus constantes mentiras frente a las vacunas. El país político se ha movido para perfilar, desde distintas orillas, las candidaturas y apuestas electorales que se hagan al gobierno y el poder el próximo año.

 Es tal la inconformidad e indignación que genera el gobierno uribista de Duque, que pareciera cocinarse un ambiente en el que los diferentes sectores políticos están listos para asumir las riendas del gobierno en cualquier momento. El Uribismo, desde luego, va perfilando desde un delfín como Tomás Uribe, hasta una posible alianza con la casta de los Char que pueda garantizar la continuidad de la impunidad, el despojo, la mafia y la mentira en el ejercicio de gobierno. Por su parte, los partidos tradicionales, venidos a menos, pero comprometidos con los intereses del gran capital, aún deambulan entre continuar a la sombra del Ubérrimo, o tratar de canalizar a sectores democráticos para revestirse de decencia y mantenerse en el poder. A su vez, el amplio espectro de los sectores denominados alternativos, aparece, por un lado, con una convergencia de los mismos con las mismas, pero predicando un discurso de “centro” contra los extremos para mantener las cosas en el mismo lugar, y por el otro, una confluencia de partidos políticos y movimientos sociales que hoy más que nunca puede abrir posibilidades para alcanzar reformas y transformaciones históricamente aplazadas y negadas por la violencia estatal y paraestatal. Esta última se ha presentado al país como el Pacto Histórico.

Sin lugar a duda la figura de Petro emerge con un protagonismo notable para este escenario, y mientras desde el denominado “centro” se ha cerrado toda posibilidad de una alianza con su proyecto, este ha insistido en una consulta sin vetos y en la construcción de un programa que se piense los cambios que el país requiere. Más allá de su figura, muchos de los sectores que hoy le apuestan al Pacto Histórico —en el que están el Polo Democrático, Mais, La UP y diversas plataformas sociales— son quienes han logrado propiciar esta convergencia que busca no solo ganar la presidencia sino ser mayorías en el Congreso.

Todo el escenario anteriormente descrito impulsa hoy distintos referendos: los revocatorios de alcaldes, el referendo campesino y el Chao Duque, instrumentos para potenciar listas, nombres y votos; cálculos políticos propios de los afanes electorales. Algunos de estos referendos, como el campesino o el que busca remover a Duque, tienen propósitos válidos y levantan algunas banderas necesarias, como mejores condiciones para la producción agrícola, renta básica universal y mejoras en las leyes de salud, sin embargo, son insuficientes –quizás contraproducentes- para canalizar el descontento popular y los deseos de cambio. En síntesis, es preocupante que todo el escenario de las luchas sociales por vida digna y paz se limite al carril de una institucionalidad viciada y limitada.


Por ello es necesario que ese Pacto Histórico que hoy se cocina desde sectores democráticos, alternativos y de izquierdas, se llene de contenido y, sobre todo, de protagonismo popular. Urge tejer el Pacto Histórico desde las periferias, desde las comunidades excluidas y marginadas, con el papel protagónico de las mujeres, desde la juventud, las y los estudiantes que han estado en las calles reclamando un país para el presente y el futuro, desde los movimientos sociales, desde el campesinado, los pueblos indígenas, los pueblos negros, desde las barriadas y la fábrica, desde el puesto ambulante y los pasillos de hospitales donde el personal de salud se está muriendo por preservar la vida de millones. Las continuas movilizaciones, paros, plantones, cacerolazos y caravanas que han estado en el espíritu de lucha y resistencia de los pueblos por años. Estos deben seguir siendo el camino privilegiado por los sectores del campo democrático y popular para organizar, hacer pedagogía, recrear las propuestas, construir el programa y definir los horizontes de disputa institucional.

El Pacto Histórico no puede quedarse en un ejercicio de acuerdos por arriba para buscar arrebatar unos escaños a la débil y engañosa democracia colombiana, sino que debe trabajarse en función de construir desde abajo, con la gente y para la gente; el músculo social y político capaz de confrontar la gran maquinaria de los que siempre han mal gobernado. La presencia en las urnas es necesaria y clave en esa disputa, pero insuficiente si no se teje en la cotidianidad de las mayorías ese nuevo país que soñamos y merecemos. El protagonismo tiene que ser plural, que incluya a los hoy ignorados, negados y humillados. Si el peso de figuras relevantes como Petro, Francia Márquez, Iván Cepeda, María José Pizarro, entre otras, es para potenciar ese protagonismo popular, bienvenido sea.

Mención especial merece el anuncio del Pacto Histórico (por ahora electoral) de establecer listas al Congreso de la República con mayoría de mujeres. Es un avance importante y necesario, pero debe ir más allá de los números. El Pacto Histórico desde abajo, para ganar elecciones y para construir en lo cotidiano, es fundamental que se piense en serio desde una perspectiva y práctica antipatriarcal y anticapitalista que contribuya a superar de una vez y para siempre las diferencias e inequidades que nos han mantenido separados y separadas. Vamos a hacer historia.

“Un país donde el Ministro de Defensa muere de covid-19, debe invertir más en salud y menos en defensa”, escribió acertadamente el tuitero @arfisica el día que falleció Carlos Holmes Trujillo, conocido negacionista del conflicto armado y guerrerista de la élite que gobierna a Colombia.

El mensaje de twitter es una buena e inteligente síntesis que nos permite afirmar que el país sigue manejado por una casta a la que le importa poco la vida, pero mucho el dinero y la guerra. Mientras el presupuesto en salud, a pesar de ser el rubro de mayor incremento, es de 32,3 billones, el de Defensa y policía es de 33,5 billones; y eso que el actual gobierno se encontró con un país que acababa de firmar un Acuerdo de Paz.

Prácticamente todos los gobiernos que lo antecedieron han hecho lo mismo, pero Duque se ha esforzado por ganar el primer lugar en cinismo, nepotismo y corrupción. No solo roba abierta y descaradamente metiendo las manos sucias en toda clase de contratos, incluyendo el de las vacunas, sino que nombra funcionarios sin las cualidades necesarias y cuyo único mérito para ocupar el cargo es hacer caso y facilitar los planes del gobernante y sus aliados.

Si repasamos los nombramientos de Duque, confirmamos lo que hasta aquí se ha dicho. En primera instancia, este gobierno echó mano de los cargos diplomáticos para pagar favores a quienes apoyaron su tramposa campaña presidencial. Se dejaron de lado funcionarios y funcionarias con idoneidad, que se han preparado por años en la carrera diplomática para representar el país y fueron reemplazados por uribistas pura sangre. Esto ha generado un detrimento al erario público, pues se han invertido recursos en la formación de estos funcionarios o han sido nombrados en Bogotá sin estar ejerciendo en el exterior. Por ejemplo, para la embajada de Egipto nombró a la señora Ana Milena Muñoz, exesposa de César Gaviria, quien de manera traidora apoyó a Duque y dejó en la mayor vergüenza al partido liberal. Le concedió la principal responsabilidad de la embajada en USA a un uribista tan inepto como Francisco Santos y la de la OEA al ultraderechista Alejandro Ordóñez. En la lista también aparecen Angelino Garzón, Viviane Morales, Gloria Inés Ramírez, la tuitera Erika Eliana Salamanca y Ubeimar Delgado quien se posesionó en la embajada de Suecia a pesar de no saber inglés ni sueco.

También es reprochable y delictivo el respaldo de Duque al exfiscal Néstor Humberto Martínez a pesar de la tonelada de pruebas que lo incriminan con el escándalo de Odebrech, las chuzadas a la oposición, el enriquecimiento ilícito y el asesinato del señor Jorge Pizano y su hijo Alejandro. También es reprochable el nombramiento del actual fiscal, Francisco Barbosa, reconocido amigo y seguidor del uribismo que no genera la más mínima confianza y transparencia. O el respaldo al exembajador en Uruguay, Fernando Sanclemente, partícipe en la producción y tráfico de cocaína; o el silencio ante la demostrada relación de la vicepresidenta y su esposo con el narcotraficante Memo Fantasma. Entre otras acciones antiéticas y oscuras, se encuentra el nombramiento, sin mérito alguno, de Diego Molano como Ministro de Defensa, el apoderamiento de organismos de control como la Procuraduría, la Defensoría del pueblo y la Contraloría, sumándole casi toda la junta directiva del Banco de la República, de la que ahora hace parte la hija de su amiga y embajadora ante la ONU Alicia Arango. Faltarían páginas para seguir enumerando los despropósitos y la desfachatez del gobierno en este sentido, por ejemplo, en las Fuerzas Militares y la Policía.

A estos actos de corrupción y clientelismo, hay que sumarle las recientes acciones que confirman el enfoque clasista y segregacionista del gobierno. El salario mínimo solo aumento un 3.5 %, es decir, $18.000; mientras que a los congresistas les incrementó lo correspondiente a dos salarios mínimos, quedando su salario en más de $32´000.000. Duque además se niega reiteradamente a establecer una renta básica universal para las personas que no tienen empleo ni posibilidades de sobrevivir en una cuarentena, no ha ordenado a las instituciones del Estado, ni a los particulares de la salud, que se pongan al día con los salarios y deudas que tienen con los trabajadores de ese sector y que han puesto su vida al servicio de todo el país.

Los billones que Duque destinó a palear la crisis económica provocada por su inexperiencia e ineficacia y ahondada por la pandemia, fueron a parar a las arcas de los banqueros, los empresarios ricos del país y las transnacionales. Además, prefirió endeudarse con el Banco Mundial e incrementar una deuda externa que ya es impagable, y que hoy tiene comprometidos más de 51, 3 billones de pesos del presupuesto general de la nación

Mientras tanto, el país se cae a pedazos. Aumenta el desempleo y el genocidio contra líderes y lideresas sociales, defensores y defensoras de derechos humanos, y excombatientes de las Farc en proceso de reincorporación. Los montajes judiciales contra organizaciones que han presentado resistencia y oposición al régimen de Duque también han aumentado, entre ellos el Congreso de los Pueblos. Siguen las masacres, que en 2021 ya suman 11, y desde que Duque llegó superan las 100. Los jóvenes siguen siendo víctimas de la brutalidad policial como ocurrió en Soacha, donde 8 de ellos fueron incinerados vivos ante los ojos de sus familiares.

Si el país, la ciudadanía, los movimientos sociales, los partidos y todos los que queremos vivir en paz con justicia social no nos ponemos las pilas, no nos sacudimos y cambiamos este infierno, seguiremos otros cuatro años de muerte, desolación y corrupción.

Friday, 13 November 2020 00:00

Editorial 162: Primero la vida

Los periódicos y noticieros colombianos vuelven a ser un espectáculo sangriento. Volvió la horrible noche. Los días y los años en los que nos dedicamos a tabular asesinatos. Vuelve el miedo a gobernar en esos rincones que nunca quiso copar el “Estado”.

La muerte y la violencia volvieron a ser nuestro pan de cada día. Llevamos 71 masacres en 45 semanas. Los miles de líderes sociales y defensoras de derechos humanos asesinados ya no nos caben en las páginas. Y aunque los excombatientes de las FARC no firmaron la paz para que los asesinaran, van 237 farianos y farianas asesinadas violentamente.

Una representativa porción de la sociedad colombiana está cansada de este guión macabro. En los primeros meses del año, cientos de personas peregrinaron desde varios rincones del país para denunciar la crisis de seguridad que se avecinaba. Y hace unas semanas, la Caravana Humanitaria al Cañón del Micay y la Minga indígena, afro, campesina, y popular, nos recordaron que no se deben estimar esfuerzos para reinvindicar la esperanza y el valor sagrado de la vida.

Hoy más que nunca está vigente eso de que solo el pueblo salva –cuida y protege– al pueblo. Somos una nación acéfala, huérfana. El (des)gobierno sigue negándonos la posibilidad de caminar por la calle tranquilas y tranquilos. Pasan los años y el discurso bélico que se publicita desde la Casa de Nariño sigue siendo el mismo. Hay razones de sobra para decir que el derramamiento de sangre es sistemático y vilmente planeado.

Sabemos que se seguirá criminalizando y atacando a quien defienda la vida. Pero ante la muerte y el discurso del odio instaurado en nuestra sociedad por medio de los canales de comunicación “masivos”, no sigue quedando la alternativa de recurrir a la resistencia, palabra dulce y dadora de vida. Atender y escuchar el llamado de nuestros hermanos indígenas, negros y campesinos que durante años han intentado mostrarnos hasta el cansancio que es posible caminar de otras formas más armónicas, más sentidas y profundas, por medio de la autonomía y los planes de vida colectivos. Más al sur lo chilenos también nos demostraron que es posible enterrar el legado sangriento de cualquier dictadura.

En el 2022, tendremos la oportunidad de escoger un gobierno y un Congreso que se parezca a lo que en realidad somos: un pueblo capaz, festivo, diverso, solidario, fraterno, que respeta la vida y recursivo. Mientras llega ese día, tenemos que perseverar en nuestras pequeñas acciones. Hablar y denunciar todo aquello que desde chiquitos nos dijeron que no se podía llevar a la mesa, y ser conscientes del poder político y transformador del voto.

Los procesos sociales y la ciudadanía organizada no retroceden porque primero siempre está la vida.

Thursday, 15 October 2020 00:00

Retrato de otro acoso policial

Las tres y media de la mañana caminaban sobre el reloj. El miedo y la angustia ahogaban mi respirar. Mi mente seguía proyectando imágenes intermitentes de la sevicia perpetrada por los agentes de la policía contra la ciudadanía días atrás, principalmente en la ciudad de Bogotá. Estas denuncias expuestas en los vídeos difundidos por las diferentes redes, parecían un río caudaloso que seguía mostrando el horror y la barbarie de los “agentes protectores del Estado”. No lograba dormir, aún seguía pensando en cuántas personas siguen siendo torturadas y asesinadas en este instante, mientras nuestros cuerpos intentan descansar y luchan con la frustración e impotencia. ¿Cómo es posible que no podamos hacer nada para detenerlo?, ¿cuántas personas más amanecerán muertas a manos de la policía?, ¿quién nos puede proteger de ella?

Hago parte del consejo editorial de este periódico que viaja por sus manos, amigo lector. Aquella tarde del 10 de septiembre, a las 3 de la tarde, se desarrollaba el consejo para planear la edición del mes de octubre. Como es costumbre evaluamos el proceso de la edición pasada, hicimos análisis de la coyuntura y proyectamos los artículos para el siguiente mes. Cerca de las 5:30 culminó el consejo, en ese instante, un estallido de aturdidoras y el galope de los caballos de los carabineros retumbaron en la oficina. Nos asomamos por las ventanas, pero no veíamos nada. Esperamos un rato a que menguaran los sonidos y luego nos despedimos.

Salí en compañía de otro compañero, y, en nuestro ejercicio legítimo de periodistas, reportamos lo que estaba sucediendo en la Avenida Oriental del centro de Medellín. Nos colocamos nuestras credenciales y observamos la marcha que avanzaba de forma pacífica desde el Parque de los Deseos y subía, en ese momento, por la avenida La playa, la manifestación era acechada por los carabineros y el Esmad. Un rato después mi compañero decidió retirarse de la zona y dirigirse para su casa ya que podíamos correr riesgo y él perder su transporte. Llamé a mi pareja para que me recogiera cuando saliera de su trabajo, no quería caminar sola a casa en medio de ese caos.

Andrés me recogió cerca de las Torres de Bomboná, sentí un alivio al verlo llegar. Empezamos a caminar hacía Buenos Aires, parecía estar todo en calma. Íbamos por la calle El Palo, al fondo había un cordón de policías, cerca de veinte agentes y auxiliares. Nos dio un poco de temor, sin embargo, continuamos por esa cuadra, pues la gente transitaba sin dificultad. Delante de nosotros caminaba un grupo de seis personas que salían de sus trabajos, sus edades oscilaban entre los cuarenta y los cincuenta años más o menos. Cuando ellos pasaron los policías ni se inmutaron. En cambio, cuando nos vieron a nosotros, nos rodearon seis policías, como un metal siendo atraído por un imán, eran cinco hombres y una mujer. Dos de ellos y la mujer me acorralaron, los otros tres empujaron a Andrés contra la pared. Sin dar un saludo, la policía me dice: “¿Qué tiene en el bolso?”, y empieza a manotearlo. Uno de los agentes se hace detrás de mí y otro adelante, mientras a Andrés lo siguen acosando con estrujones y frases como: “Quítese la gorra. Abra el bolso. ¿Qué está haciendo acá?”

Mi respuesta inmediata fue decirle a la mujer: “Tranquila, no tiene que estrujarme, ni manotear el bolso”. Y, mirándolos a todos, les dije: “Podrían saludar, y con mucho gusto me dispongo para la requisa. No es necesario la intimidación, ¿por qué nos tienen que tratar mal?”, pero la agente seguía halándome el bolso.
– “¿Qué hacen acá?” –seguían preguntando los policías.
—Salimos de trabajar, vamos para la casa —respondí mostrando mi credencial—. Soy periodista del periódico Periferia.
Cuando dije eso, la mujer policía abrió los ojos como un búho, me sacudió con más fuerza el bolso, y extrajo cinco ejemplares de la edición de septiembre. La portada tenía una caricatura de “Duque el incompetente”, realizada por el colectivo grafico Puro Veneno. Sentí que iban a asesinarme. Internamente recordaba el terror de las noches anteriores y pronostiqué un final escalofriante, sin embargo reafirmé:
—Soy periodista y este es justamente el periódico. Pueden llevárselo para que lo conozcan y lo estudien, creo que me alcanza un ejemplar para cada uno, este medio existe hace quince años y se distribuye por todo el país…
La mujer policía dejó caer varios ejemplares al suelo y rompió la caratula de uno de ellos.
—No le gusta Duque —me dijo con tono agresivo.
No me gusta su gestión. Los ciudadanos tenemos derecho a disentir sobre los procederes de nuestros gobernantes, le respondí. Al decir esto, el policía que estaba detrás de mí me estrujó y Andrés gritó: no la empuje, respete. Inmediatamente otro agente sacó su bolillo y se abalanzó contra Andrés. Yo solté el bolso y me puse delante del policía: no, no lo golpee, usted es un ser humano, tienes familia, eres hijo o hermano, tal vez padre, por favor, recuerde su humanidad. Por fortuna el policía no accionó su arma, y otro agente preguntó: ¿Ya los requisaron?, déjenlos ir. Mis nervios me inundaron de más palabras: por favor no pierdan de vista su humanidad, la vida es sagrada. Cállese, vaya para su casa, no se busque problemas, me respondió el policía que había ordenado dejarnos ir.

Seguimos en silencio, había pasado cerca de media hora; minutos que se sintieron como un tren avasallante, cargado de muerte. Llegamos a la plazoleta de San Ignacio y nos sentamos. Un torrente de lágrimas se tumbó sobre mi rostro. Tanta indefensión de la ciudadanía frente a estos atropellos del Estado. Cómo es posible tal deshumanización de los agentes policiales y demás fuerzas militares.

Al otro día recordando el acoso que habíamos sufrido, agradecí al cosmos que no hubiera pasado algo más grave. El suceso me generó varios interrogantes: ¿por qué nos detuvieron a nosotros y no al grupo de personas que venían delante?, ¿por qué la requisa fue tan selectiva, acaso ser joven, tener una mochila de hippie y una gorra volteada son señales de ser criminales?, ¿será que la única forma de protegerse es vestirse de corbata o tacones, o ponerse una peluca blanca y estar de acuerdo con el partido de gobierno?

Thursday, 15 October 2020 00:00

Editorial 161: Levantarse y Construir Nación

El 22 de septiembre, la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia ordenó al Ministerio de Defensa, en representación del gobierno nacional, que en un plazo máximo de 48 horas pidiera perdón por el exceso de fuerza que las autoridades desplegaron durante las marchas de noviembre de 2019. Además, ordenó al Esmad dejar de usar escopetas calibre 12, cuya munición fue la causante de la muerte del joven Dylan Cruz el 23 de noviembre del año pasado. También, ordenó a las fuerzas militares y de policía publicar la sentencia en sus portales.

El gobierno respondió de manera evasiva, como es su costumbre, y en términos leguleyos, engañosos y confusos, trató de dar preponderancia al salvamento de voto de uno de los magistrados, como si eso sirviera de algo legalmente hablando. Para alargar el enredo, manifestó que pediría la revisión del fallo a la Corte Constitucional, aunque el gobierno no tiene ningún recurso legal para pedir la revisión del fallo, y es su obligación cumplir las órdenes de la Corte, mientras eventual o extraordinariamente ésta revisa el fallo.

Es muy fácil advertir la intencionalidad de Duque de desconocer y atacar la institucionalidad que tanto se esfuerza, supuestamente, en defender. Como era de esperarse, una vez se agotaron las 48 horas, el ministro Holmes Trujillo salió de manera cínica e insensible, con eufemismos y trucos gramaticales, a desconocer y burlar las órdenes de la Corte Suprema. En suma, no pidió perdón, más bien justificó lo ocurrido, y dejó en el ambiente que seguirían usando la fuerza y la letalidad cuando lo crean conveniente.

Si no fuera porque la vida de los liderazgos sociales y los bienes comunes de los territorios están en inminente riesgo por la mano de hierro y el autoritarismo del Centro Democrático, el papel de Duque causaría risa y desconcierto por su ineptitud. Sin embargo, lo que sienten los procesos sociales, la oposición, los líderes y lideresas en los territorios, los excombatientes, y los jóvenes en Colombia, es una mezcla de miedo e indignación, una combinación explosiva que el ilegítimo gobierno seguramente va a enfrentar como lo ha hecho hasta ahora: a sangre y fuego.
La sociedad y el movimiento social deben estar alerta, las intenciones de vieja data del patriarca en decadencia hoy son astutamente alcanzadas por Iván Duque, quien ha logrado el sueño de todo dictador: concentrar el manejo casi absoluto de las tres ramas del poder y de los organismos de control, el Fiscal General, la Procuradora y el Defensor del Pueblo, son funcionarios de bolsillo, alfiles del gobierno. Además, cuenta con el respaldo de unas fuerzas militares poderosas, genocidas, corruptas, y anticomunistas, que aún se mueven bajo la doctrina del enemigo interno y de la seguridad nacional. Y, lamentablemente, cuenta con la alcahuetería de los medios de comunicación corporativos, que son propiedad de sus amigos multimillonarios, y que le ayudan a levantar cortinas de humo cada que los escándalos y las pruebas lo incriminan y lo relacionan con el narcotráfico, el paramilitarismo y la mafia.

Iván Duque quiere concentrar el poder judicial en una “supercorte” que le permita ser juez y parte, sueño que contempla en estos momentos en que su mentor se encuentra en líos con la justicia. Duque aprovecha los fallos de las Cortes que le exigen respeto constitucional al derecho humano a la protesta, para imponer protocolos que permitan atacarla, violentarla y prohibirla.

Ojalá no sigamos viendo, en vivo y en directo, los asesinatos de líderes de la talla y honradez del profesor Campo Elías Galindo, hombre unitario y amigo de todos, torturado y acuchillado en su propia casa en Medellín, al cual rendimos homenaje. O de jóvenes, con los cuales se ha ensañado la violencia estatal, ni de mujeres valientes y con carácter como las que salen a marchar a diario, ni de indígenas valerosos defensores de la madre tierra, ni de negros y negras defensoras del territorio y la cultura.

La Nación, esa que está por construirse colectivamente bajo referentes y valores humanos, solidarios, patrióticos, soberanos, y autónomos, debe levantarse, reivindicar sus derechos humanos para dignificar la vida, transformar el país, construir poder popular y demostrar que si hay otras formas de gobernar y de conducir la patria con humanidad.

Tuesday, 22 September 2020 00:00

Con las botas puestas

Este contenido hace parte de #HablemosDeConsumidoresDeDrogas, una conversación promovida por @MutanteOrg, que busca hablar, comprender y actuar frente a las violencias sufridas por los consumidores de drogas en la historia reciente colombiana. Es también un proyecto producido gracias al apoyo del Fondo para Investigaciones y Nuevas narrativas sobre Drogas de la Fundación Gabo.

 

Texto: Juan Camilo Gallego Castro

Ilustración: María Duque

23 de agosto de 2004. Lunes.

Reinel se ríe en la cocina mientras escucha a un hombre que pregunta por él a su hermana Gladys.

¿Dónde está el Pájaro?

Espere muchacho, yo miro si vino a amanecer.

Reinel suelta el pegante de su boca y se ríe. El hombre lo ve debajo de la mesa.

No no no, muchacha, ya lo encontré.

Luego sabrán que le dicen Chacho al hombre que toma de un brazo a Reinel y le dice que lo necesita para descargar unas llantas. 

Salen por el patio de la casa, entre alambres de púas. Reinel mira hacia atrás por última vez. Está su hermana Gladys. Ella piensa que quiere decirle algo. Lo ve cruzar el potrero, a las 6:15 a.m., con los pies descalzos, y saber que él siempre cantaba que moriría con las botas puestas, como dice la canción de los Ángeles del Infierno.

Con las botas puestas.

*** 

Tómese el último tinto, Pajarito le dice Chacho a Reinel al entrar a una cafetería.

Una tía de Reinel sale a buscarlo y lo encuentra a media cuadra. Se acerca al negocio y disimula tocar la puerta de otra casa. Se miran. Él levanta una de sus manos y le dice adiós. Ella llora de inmediato y comprende que no lo verá de nuevo. 

Salen sin pagar de la cafetería y el dueño reclama. Chacho le dice a un vigilante que pague por ellos. Se dan cuenta que Chacho es uno de los paramilitares del pueblo, en La Ceja, Antioquia, a unos 42 kilómetros de Medellín

A Reinel lo ven marcharse descalzo y amarrado. Lo ven perderse en una camioneta oscura. 

*** 

Mija, ¿dónde está mi muchacho? le pregunta a Gladys su mamá, postrada en la cama, enferma de cáncer.

Amá, está jugando por ahí fútbol.

Mija, ¿dónde está mi muchacho? insiste más tarde.

Amá, está lavando un carro.

Han pasado dos días y Reinel no regresa a casa. A Gladys le dicen que lo vieron en la cafetería, que lo vieron por el barrio Payuco, en la salida al corregimiento San José,  donde los paramilitares del Bloque Héroes de Granada tienen su base. Que lo tienen los paracos, que lo tiene Cachama, que lo tiene Polocho, que lo tiene Jhon.

Mija, búsqueme mi muchacho suplica la madre al saber que se llevaron a su hijo.

Gladys toma una bicicleta y busca a Reinel en los caños, en las calles, en el hospital. En la cantina donde atiende, van Cachama, Polocho y Jhon, los duros del pueblo. Qué iba a saber que ese relato de muertos y desaparecidos que les escuchaba entre tragos también puede incluir a su hermano. 

Sale de La Ceja en bicicleta en la dirección en la que vieron la camioneta oscura, y la carretera se empina. La vía se extiende 43 kilómetros hasta Abejorral —otro pueblo de la región— pero se detiene en los primeros kilómetros, en un sitio que llaman Rancho triste, no cree que Reinel haya ido muy lejos. Ahí está el comandante Jhon, el jefe del grupo..

Pájara, ¿usted que hace por acá? Usted se está metiendo en terreno ajeno.

Jhon, estoy buscando a mi hermano porque mi mamá se está muriendo también sin saber dónde está. 

Pájara, tranquila, que nosotros se lo vamos a mandar.

*** 

Aló, ¿está Claudia? pregunta Dragón por teléfono. 

Claudia, la prima de Reinel, toma la bocina. 

¿Ya apareció el Pájaro? pregunta el paramilitar.

No. ¿Usted por qué sabe mi nombre, por qué me está llamando?

El hombre se ríe y cuelga.

Llama tres veces por día durante tres días. ¿Ya apareció el Pájaro? ¿Ya apareció el Pájaro? ¿Ya apareció el Pájaro?

Gladys y Claudia más se angustian. Un conductor cercano a la familia les dice el sábado, cinco días después de la desaparición, que en su viaje a Abejorral supo que el Ejército presentó dos guerrilleros muertos. 

¿Cómo que guerrillero? le contesta Gladys por teléfono, si el Pájaro no es guerrillero. 

Les sugiere que llamen al comando de Policía para que averigüen. Ese no es nuestro hermano, se dice Gladys. Aun así llama al final de la tarde, al otro lado de la línea alguien le escucha la historia: Reinel, la búsqueda, los paramilitares. El policía pregunta por sus características.

Él tiene 24 años, es flaco, mide 1.75, es mono, tiene varios tatuajes: un indio piel roja, su nombre y el apodo.

Mona, según parece, sí es, porque el que teníamos acá en Abejorral decía Reinel y en la otra mano decía Pájaro, los tatuajes que usted dice que tenía ese muchacho. Pero ese cuerpo ya se lo llevaron para Rionegro. 

*** 

Si a Reinel se lo llevaron los paramilitares, cómo es que el Ejército termina con él y lo presenta como guerrillero, se pregunta Gladys. No entiende qué pasó en esa semana. 

¿Guerrillero? Si Reinel no sale del barrio Fátima, si está consumiendo pegante y marihuana desde hace varios años, si está bien flaco, si se mantiene trabado, si ya ni se baña ni trabaja.

Gladys lo comprenderá con el tiempo cuando un abogado le diga que lo de su hermano fue un falso positivo. Esa práctica en la que los militares asesinan a sus víctimas y las presentan como guerrilleros muertos en combate, los visten con prendas militares, les dejan armas de fuego y material de intendencia para simular un combate.

El informe La responsabilidad del hombre de atrás en ejecuciones extrajudiciales habla de la manipulación generalizada de la escena del crimen, la adulteración de las evidencias y el despojo de la identidad de las víctimas; el traslado de los cuerpos a los cascos urbanos de los municipios, no precisamente donde ocurrieron los hechos. 

En el oriente de Antioquia, hubo 97 ejecuciones extrajudiciales en menos de un año, entre el 17 de diciembre de 2003 y el 27 de noviembre de 2004. Entre esas víctimas estaban nueve menores de edad, siete mujeres y 90 hombres, como Reinel. De todas estas, 18 aún no han sido identificadas, por lo que a esto se le suma otro delito: la desaparición forzada.

Los responsables de esas muertes, según este informe, fueron varios batallones de la Cuarta Brigada:  Batallón de Artillería No. 4 Coronel Jorge Eduardo Sánchez (Bajes), Grupo de Caballería Mecanizada No. 4 “Juan del Corral”, Batallón de Ingenieros No. 4 Pedro Nel Ospina, Batallón de contraguerrilla Granaderos No. 4-BCG04-, Batallón Especial Energético y Vial No. 4 BG Jaime Polanía Puyo, y el Gaula Oriente.

Pero volviendo a esa semana de agosto de 2004, Gladys no sabe por qué mataron a su hermano, sigue pensando por qué lo llamaron guerrillero, por qué terminó en Abejorral, por qué le quitaron la vida. 

Gladys madruga el domingo y recorre 18 kilómetros hasta Rionegro, el municipio más grande e importante de esa región. Le dicen que vaya al día siguiente, que el médico forense está descansando, que no la puede atender la Fiscalía ni Medicina Legal. Vuelve, entonces es 30 de agosto, ocho días desde que Reinel desapareció. 

La acompaña su prima Claudia. Piden un permiso en Fiscalía y luego van a Medicina Legal, en donde les muestran un libro donde están las fotografías de las personas sin identificar. Lo primero que nota Claudia es que Reinel ya no tiene cabello, está a ras. El médico le explica que cuando lo recibió vio que le habían cortado el cabello con una cuchilla, por eso las cortadas, las líneas rojas que vio en su cabeza. Reinel no tenía uñas, Reinel recibió un disparo que por poco le desprende un brazo, Reinel tenía una cortada en el cuello, Reinel tenía marcas de ácido en su cuerpo. 

El cuerpo de Reinel, les dicen, fue torturado. El protocolo de necropsia dice que tenía heridas en todo su cuerpo y que le dispararon a una distancia de un metro y veinte centímetros.

Su cuerpo, como el del otro supuesto guerrillero, los ubicaron en dos bóvedas del cementerio de Rionegro marcados como NN. 

Desde que el gobierno de Álvaro Uribe inició en 2003 la Operación Marcial en el oriente de Antioquia para acabar con las guerrillas Farc y ELN, no han parado de llover cuerpos que traen los helicópteros del Ejército hasta ese cementerio. Monseñor Adolfo Duque le pide al Ejército que dejen de llevarles los cuerpos de los supuestos guerrilleros muertos en combate que llegan desde pueblos como Sonsón, San Francisco o Granada, pues en el último año ha tenido que trasladar parte de esos cuerpos hasta el cementerio de San Antonio de Pereira, también en Rionegro. 

En el cementerio municipal hoy, tres lustros después, están los cuerpos de 165 personas sin identificar y el de dos personas identificadas que no fueron reclamadas. Entre tanta tragedia, a lo mejor es una fortuna encontrar a Reinel en ese cementerio el 30 de agosto de 2004, exhumarlo y trasladarlo hasta la bóveda 104 del cementerio de La Ceja, el pueblo del que se lo llevaron descalzo.

*** 

Han pasado 16 años. Gladys dice ahora que 2004 fue el peor año de su vida. El peor.

El cuerpo de Reinel lo enterraron en el cementerio del pueblo y al día siguiente hicieron una misa. Su papá, el que los abandonó siendo adolescentes, desapareció en una creciente del río Arma, que desemboca en el río Cauca, cuando iba de camino al entierro de su hijo. 

La mamá de Reinel dejó de comer, renunció a vivir, se resignó a llorar la ausencia de su muchacho. Al final, el cáncer la venció y en octubre de ese año, un par de meses después del entierro de su hijo, la familia regresó al cementerio a juntar en la misma bóveda los restos de Reinel, su mamá y su abuela. 

*** 

El informe elaborado por el Sargento Viceprimero Pedro Tobías Apolinar Guevara describe la supuesta muerte en combate de dos personas. Dice que el 27 de agosto de 2004 hubo un enfrentamiento entre una tropa del Grupo de Caballería Mecanizado No 4 "Juan del Corral” de Rionegro, al mando del teniente Juan Pablo Hurtado Mariño, y el Bloque Héroes de Granada en la vereda El Morrón de La Ceja. Que dieron de baja a dos personas. Uno de ellos identificado como Reinel de Jesús Osorio Ríos y el otro, apodado como Currulao. Que se les incautó “un fusil AK 47, 11 cartuchos calibre 7.39 mm, 52 cartuchos calibre 5.56, 7 proveedores para fusil AK 47, una escopeta de repetición charanga 12mm Nro.1009898, 2 cartuchos, calibre 12mm, 1 granada tipo piña, 2 minas antipersonal, 1 brazalete AUC "Héroes de Granada” y equipo de compañía".

Pero en 2008 y 2010, ante los fiscales de Justicia y Paz, varios ex paramilitares dijeron que entregaron sus víctimas al Ejército y que este luego las asesinó y las presentó como “positivos”. 

Jhon Mario Cardona Rico reconoció que él era Chacho, el que se llevó con engaños a Reinel. Fue condenado a 18 años de cárcel.

Edwin Yamit Alzate Correa, conocido como Cachama o Monaín, dijo que ese día en la noche lo llevaron a una casa abandonada en la vereda La Loma, en donde lo mantuvieron amarrado y vigilado. Fue condenado a 18 años de cárcel.

Luis Alfonso Sotelo Martínez, alias John, dijo que ordenó la muerte de Reinel y Currulao, quien había sido miembro de su grupo. Fue condenado a 24 años de cárcel.

Julián Esteban Rendón, alias Polocho, y alias Javier, entregaron al Ejército a Reinel y Currulao. Polocho contó que las personas que le entregaban a los militares eran del barrio Obreros de Cristo, conocido como Palenque, uno de los más pobres y con más drogadictos del pueblo, por eso justificaban la captura y desaparición de los “desviados”, como homosexuales y drogadictos. 

En la sentencia del Bloque Héroes de Granada uno de los paramilitares dice que “la orden mía era hacer limpieza, cinco o seis diarios”. Por eso la sentencia del Tribunal Superior de Medellín concluye que los miembros de ese grupo asesinaron indiscriminadamente “a personas con base en señalamientos sociales que los tildaban de colaboradores de la guerrilla, consumidores de estupefacientes, de haber cometido hurtos u otra clase de relatos”, por lo que “sentenciaban” a sus víctimas a morir. 

Reinel encajaba en ese perfil. Fátima, el barrio en el creció, es uno de los más humildes del pueblo y donde también asesinaron a varias personas por consumir droga, entre ellos tres amigos que consumían pegante. Razón tiene Walter, un amigo del barrio, cuando dice que en Fátima “siempre ha habido consumidorcitos”, además porque el expendio de drogas del pueblo, Palenque, estaba a tres cuadras.

Cuando internaron a Reinel en Medellín en 2002 para que dejara la droga ya era tarde. Al día siguiente apareció en La Ceja y le dijo a la familia que él no estaba loco como para que lo encerraran. Gladys supo que no había vuelta atrás, “ya no había nada que hacer, uno le decía ‘Pájaro, venga coma’, pero ni la comida le hacía falta”.

Él se sentaba al lado de una virgen en la entrada del barrio o se quedaba bajo la mesa de la cocina inhalando el pegante y escuchando a los Ángeles del Infierno.

Ha llegado el momento / De que hablemos de una vez / De que esmeres tu lenguaje / Y que te comportes bien.

*** 

Te pide que seas buen chico / Y tengas educación / Que no salgas por las noches / Y ser en todo el mejor. 

Con la versión de los paramilitares, en abril de 2011 el Consejo Superior de la Judicatura dijo que Reinel no pertenecía ni a la guerrilla ni a los paramilitares y que no había razón para que este crimen lo siguiera investigando la Justicia Penal Militar. 

En el 2016 la Fiscalía detuvo al mayor Juan Pablo Hurtado Mariño y lo llamó a juicio. Más de dos años después, el 2 de octubre de 2018, se sometió a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), a quien le describirá la historia de Reinel.

Gladys y su familia fueron indemnizados por el Estado, y con ese dinero remodelaron sus casas. Sentada en la sala, Gladys aún recuerda a su hermano escuchar la canción Con las botas puestas, sobre todo cuando dice: Digas lo que digas / Hagas lo que hagas / No les importa / En esta cadena nunca habrá final.

El ser adicto a las drogas, el ser una persona “desviada” como decían los paramilitares, ubicaba a Reinel fuera del orden y, en consecuencia, en alguien que debían eliminar.

El día que los paramilitares se lo llevaron, Reinel tenía una camisa anaranjada, un jean claro y caminaba descalzo.

Él no más escuchaba esa canción Moriré con las botas puestas y murió con las botas puestas, porque murió con unas botas pantaneras de guerrillero.

Monday, 14 September 2020 00:00

Editorial 160: GENOCIDIO

Más de trescientos mil muertos de la violencia bipartidista de los años 50, casi cien mil desaparecidos, más de ocho millones de desplazados, más de tres mil sindicalistas asesinados, casi diez mil asesinados y presentados como guerrilleros muertos en combate por las fuerzas militares, miles de presos y detenidas políticas hacinados en las cárceles, mil líderes y defensoras de derechos humanos asesinados, 225 excombatientes firmantes de la paz asesinados, más de 105 masacres en territorios militarizados, pero abandonados socialmente por el Estado.

La tragedia humanitaria que cubre con su manto de muerte a Colombia desde hace dos siglos, se recoge en un concepto: genocidio. Una avalancha de la cual no se conoce su origen y tampoco su final, pero se sabe que su objetivo es el exterminio de todo lo que huela a renacimiento, cambio, revolución, transformación, humanismo. Una gigantesca ola de lodo manejada por poderosos criminales que lanzan escombros y esquirlas mortales, que despojan, torturan, desplazan, masacran, desaparecen, encierran, matan, señalan, estigmatizan, espían, producen miedo. Una tecnología de poder que combina, de manera refinada, todas las modalidades de violencia para reorganizar el Estado y adaptar una hegemonía a la medida de sus intereses egoístas y neofascistas.

Las prácticas genocidas han sido diseñadas en el Palacio de Nariño, en los batallones y escuelas militares, en los organismos de inteligencia y “seguridad”, en las oficinas de los entes de investigación y judicialización, en los escritorios de los jueces y las cortes, en los campamentos paramilitares, en las escuelas de sicarios y de militares del comando sur de los Estados Unidos. Todos los que ven amenazados sus privilegios, conseguidos gracias al despojo, la corrupción y la muerte, desatan toda su imaginación para perseguir y exterminar por cualquier medio al que pone en riesgo esos privilegios.

Lo peor del genocidio, de esta tecnología de poder, y del refinamiento de las prácticas genocidas, es que se naturalizan en la sociedad, la cual termina justificando la violencia y el proceder de los poderosos. Es tal el andamiaje ideológico, político, jurídico, mediático y militar, que los genocidas terminan siendo héroes y mesías de sus pueblos.

El negacionismo y la banalización de los graves hechos genocidas por parte de los representantes éticos y morales de la sociedad, bastan para ocultar la magnitud de la realidad y crear una paralela donde los crímenes pasan desapercibidos e impunes. La burla a las víctimas destroza su moral y aspiraciones de justicia. El negacionismo, el engaño y las mentiras de los gobernantes son reproducidas por los medios de comunicación corporativos que posicionan narrativas y relatos afines a su ideología racista, segregadora, violenta, y clasista. Los genocidas se cuidan y apoyan entre ellos.
De nada sirve señalar la torpeza e incapacidad de los gobernantes que han pasado por la casa de Nariño, unos más lúcidos que otros, más o menos brillantes, pero casi todos perversos ante sus compatriotas, débiles ante las provocaciones del dinero, y sumisos ante el poder del imperio yanqui y las transnacionales. Duque no es un tonto como parece, tampoco lo han sido los demás presidentes y sus equipos de gobierno. Todos y cada uno de ellos fueron puestos allí con un propósito. Han entregado el país a pedazos, lo han destrozado culturalmente, no han permitido la construcción de una Nación con referentes éticos y valores humanistas, ni se inmutan ante la muerte o la depredación de la biodiversidad, por el contrario, la justifican.

Las colombianas y los colombianos no podemos seguir dejándonos embaucar por las jugaditas de los que han tomado el poder a la fuerza. Es fundamental empezar a llamar las cosas por su nombre, no son homicidios colectivos, ni falsos positivos, ni líos de faldas, son prácticas genocidas, son masacres. No es un gobierno, es un régimen dictatorial. No luchan contra el narcotráfico, llegan al poder gracias a él. No son águilas negras, son las fuerzas militares encubiertas. Es un gobierno ilegítimo.

Es necesario retomar la calle y darle continuidad a la rebeldía popular que la pandemia enfrió. Hay que denunciar de todas las formas el genocidio. Apoyar masivamente las denuncias internacionales y nacionales que diferentes grupos y procesos han emprendido. Adelantar nuevas denuncias ante la Corte Penal Internacional, y participar con convicción y fuerza en el Tribunal Permanente de los Pueblos que sesionará en febrero de 2021 en Colombia. Apoyar a la Corte Suprema de Justicia y exigirle respeto a los que de manera oportunista la descalifican. Defender la memoria histórica y la verdad de las víctimas del genocidio. Juntarnos, a pesar de las diferencias, para que en 2022 llegue a la Casa de Nariño un gobierno de transición hacia la democracia, esa que no hemos podido saborear jamás. Además, es un deber ético pedir la renuncia de un gobierno traqueto y cómplice del genocidio.

Tuesday, 15 September 2020 00:00

El país de los 3.240 sindicalistas asesinados

Por Juan Alejandro Echeverri

Brasil, Bangladesh, Egipto, Honduras, India, Kazajstán, Filipinas, Turquía, Zimbabue, y Colombia son clasificados por la Confederación Sindical Internacional (CSI) como los peores diez países del mundo para los trabajadores y las trabajadoras.

Entre 2019 y el primer semestre de 2020, la CSI contabilizó cuatro intentos de homicidio contra sindicalistas, una desaparición forzada, 198 amenazas de muerte, y 14 líderes sindicales asesinados en nuestro país. El asesinato y la violencia antisindical son un mal del país. A Alcides de Jesús Cotes Jurado, miembro de la Comisión de Quejas y Reclamos del Sindicato de Trabajadores de Transportes de Valores (Sintravalores), lo asesinaron el 14 de abril de 2016 cuando iba a abastecer un cajero automático de Bancolombia en Santa Marta; Alcides sufrió acoso y amenazas por parte de su jefe, el director de la sucursal de la Compañía Transportadora de Valores Prosegur le había dicho que debía “cuidarse en la calle” si no renunciaba al sindicato. A Hernán Ayala Melo, quien trabajó durante 19 años en el Inpec y era jefe de la Policía Judicial de la cárcel de Cúcuta, lo asesinaron el 23 de octubre de 2018; Hernán era reconocido por su activismo sindical, había descubierto procedimientos irregulares en la cárcel y había denunciado amenazas de muerte en su contra. A Óver Enrique Fuentes Villalba, presidente de la subdirectiva de Apartadó del Sindicato de Trabajadores de la Agroindustria (Sinatra), lo atacaron cuatro veces entre 2016 y 2017, el 23 de febrero de 2016 atacaron su casa y debajo de la puerta le dejaron dos balas y un panfleto en el que le ordenaban abandonar el municipio y el Urabá antioqueño.

Los conflictos armados duelen. Rompen sociedades, crean traumas colectivos que cuesta generaciones reparar. Los conflictos no son monocromáticos y las víctimas son diversas y, a veces, duele mirar a las que no son "las tuyas". 

El sindicalismo ha sido uno de los colectivos más victimizados y con mayor cantidad de cicatrices causadas por el conflicto armado interno colombiano. Hasta el cansancio las víctimas han dicho que sin verdad no hay justicia, y que sin justicia no hay paz. Nunca antes, según el comisionado de la verdad Carlos Beristain, una comisión de la verdad en el mundo había recibido memorias recopiladas por el movimiento sindical. El 17 de agosto el sindicalismo le compartió a la Comisión de la Verdad su versión y su interpretación de los hechos. La Escuela Nacional Sindical, centrales sindicales, y otras organizaciones sindicales de base hicieron entrega formal de 13 informes para que algún día Colombia reconozca al sindicalismo como sujeto colectivo de reparación y sujeto clave en la construcción de la paz y la democracia.

 

*****

 

La Comisión Colombiana de Juristas y la Escuela Nacional Sindical definen la violencia antisindical  –violencia que es de naturaleza política– “como el conjunto de los actos que buscan, a partir de la elección de las víctimas, someter, reducir, asimilar y cooptar el sujeto y la acción sindical a partir de la destrucción violenta, el daño emocional o el exterminio físico”.

Desde principios del siglo XIX, empleadores y gobernantes han engendrado un relato y un armazón jurídico que desacredita, sataniza, estigmatiza, rechaza, y sugiere que el trabajador sindicalizado, y por ende los sindicatos, son potenciales agentes desestabilizadores que deben ser corregidos y condenados.

La violencia contra el sindicalismo muta y se adapta con el pasar de los años, también el lenguaje y los imaginarios que son combustible de esa violencia. En la década del cincuenta, por ejemplo, los profesores afiliados a la Asociación de Institutores de Antioquia (ADIDA) eran tildados de “liberales” “alborotadores”, “masones” y “comunistas”, palabras que treinta años después serian reemplazadas por términos como “marxista leninista”, “revolucionario” y “guerrillero”. Un líder sindical de ADIDA cuenta en el informe de la ENS que: “Los maestros conservadores trabajaban en las escuelitas que había aquí en el centro de Medellín y los que eran liberales eran sinónimo de masón, comunista y revoltoso; se iban para la escuela de Niquitao, que era muy lejos del centro en esa época. Yo entrevisté a un director conservador y me dijo que él no recibía sino maestros liberales en esa época para colaborarles porque los iban a echar, pero que le tenían que dar un peso para la cuota del partido conservador […] Y hubo municipios castigo, por ejemplo, los municipios de Urabá y Puerto Berrio, donde el maestro llegaba y la primera semana no compraba toldillo, paludismo fijo”.

En la década del sesenta, y especialmente a inicios de los 70´s, surgieron numerosas organizaciones sindicales en sectores como la agroindustria, la salud, la educación, entre otros. Patronos y gamonales políticos regionales respondieron a tal auge con mecanismos de presión como los procesos disciplinarios, suspensiones, despidos, detenciones arbitrarias, infiltración y militarización de las movilizaciones y las huelgas. El clima se hizo mucho más hostil a finales de los 70's con la emergencia del “enemigo común” y el “enemigo interno”, una doctrina de seguridad que atizó las manifestaciones de violencia física, allanamientos, y amenazas contra los movimientos sociales y sindicales involucrados en protestas y movilizaciones. Julio Cesar Turbay, quien fungió como presidente de 1978 a 1982, sentó las bases de la retórica y la práctica belicista gubernamental al comparar la movilización social y el sindicalismo con palabras y frases como “terroristas”, “subversivos”, “tribu salvaje”, “crimen”, “anarquía”, “revolución social”, “derrumbe del Estado de derecho”.  

En 1990, el presidente Cesar Gaviria ordenó a las centrales obreras suspender el paro programado para noviembre de aquel año, y amenazó con suspender la personería jurídica de los sindicatos que apoyaran el paro y con enviar a la cárcel a sus promotores. Además, su gobierno autorizó que los empresarios despidieran a los empleados que participaran en las movilizaciones y prohibió a los medios de comunicación transmitir información sobre el paro; medios que se dedicaron a difundir y reforzar los imaginarios negativos sobre las actividades sindicales y las protestas ciudadanas.

Las memorias de la ENS y los demás sindicatos demuestran que los apoderados del Estado son los principales responsables de la violencia sindical que vivió y vive el país. Desde el 1 de enero de 1973 hasta el 31 de diciembre de 2018, se registraron, según la ENS, 14.992 violaciones a la vida, la libertad y la integridad física de los sindicalistas, 3.240 de esas agresiones fueron homicidios que victimizaron a más de 480 sindicatos.

Violaciones a la vida, libertad e integridad física de los sindicalistas entre 1971 y 2018, según tipo de violencia.

Tipo de violencia

Mujeres

Hombres

Total general

Amenazas

1.878

5.439

7.317

Homicidios

335

2.905

3.240

Desplazamiento forzado

879

1.072

1.951

Detención arbitraria

58

710

768

Hostigamiento

105

577

682

Atentado con o sin lesiones

47

364

411

Desaparición forzada

17

233

250

Secuestro

23

166

189

Tortura

8

101

109

Allanamiento ilegal

15

57

72

Homicidio de familiar

1

2

3

Total general

3.366

11.626

14.992

Fuente: Sistema de Información de Derechos Humanos, Sinderh, ENS.

 

El homicidio de sindicalistas arreció a partir de 1979. El informe de la ENS plantea que entre 1979 y 1984 se registraron de 2 a 7 asesinatos cada año. La cifra de asesinatos aumentó de manera sostenida con el pasar de los años, hasta llegar a un primer pico de 138 homicidios en 1988. Este primer periodo se caracterizó por los asesinatos selectivos a gran escala, al tiempo que paramilitares, Ejército y guerrillas se disputaban la hegemonía en territorios como el Magdalena Medio, el Urabá antioqueño, entre otras regiones.

Casi diez años después, entre 1996 y 1997, se vuelve a presentar un pico de casi 300 homicidios, el cual coincide con un aumento exponencial de las amenazas y con la consolidación de las Autodefensas Unidas de Colombia, el proyecto armado del paramilitarismo que tuvo un alcance nacional. A partir del 98, los asesinatos mermaron significativamente, y en el 2002 vuelve a presentarse un repunte de este tipo de violencia letal. El informe permite identificar como en los distintos momentos en que mermaron los homicidios, incrementaron las amenazas y el desplazamiento forzado. A partir del quinquenio 2008-2012, a excepción del hostigamiento que experimentó su máximo pico en el 2014, las demás formas de violencia mermaron. Aunque la tendencia es decreciente, si se compara con el total histórico, la base de datos de la ENS muestra cómo la violencia letal se incrementó entre el 2014 y el 2018.

Sindicatos más victimizados en Colombia, 1971-2018.

Sindicato

Mujeres

Hombres

Total

Fecode

2.624

3.568

6.192

Sintrainagro

43

984

1.027

USO

8

775

783

CUT

45

479

524

Fensuagro

103

737

840

Anthoc

136

301

437

Sinaltrainal

16

384

400

Sintraunicol

28

246

274

Fuente: Ibidem

Violaciones a la vida, libertad e integridad física cometidas contra sindicalistas en Colombia, según departamento, 1971-2018.

Departamento

Mujeres

Hombres

Total general

Antioquia

1.340

3.361

4.701

Valle

393

1.505

1.898

Santander

128

1.248

1.376

Cesar

318

689

1.007

Bogotá D.E.

117

659

776

Cauca

112

589

701

Arauca

156

304

460

Bolívar

32

407

439

Atlántico

46

375

421

Caldas

172

243

415

Tolima

56

257

313

Risaralda

104

203

307

Norte de Santander

53

197

250

Magdalena

52

194

246

Fuente: Ibidem 

Con respecto al lugar dónde se registraron los hechos victimizantes, Antioquia, Valle del Cauca y Santander encabezan la lista de departamentos más peligroso para los sindicalistas colombianos. En 1986 los asesinatos se concentraban en siete departamentos, Antioquia aportaba el 80% del total nacional. En 2010 la violencia antisindical se había extendido a 30 departamentos. Del análisis territorial, la ENS detecta una “dinámica de violencia antisindical dramática y heterogénea en (…) los territorios donde tradicionalmente se ha concentrado el crecimiento económico del país”, mientras que los homicidios cometidos entre el 2016 y el 2018 se concentraron en los departamentos del suroccidente: Cauca (27), Nariño (6), Putumayo (5) y Valle del Cauca (4). 

Violaciones a la vida, libertad e integridad física cometidas contra sindicalistas en Colombia, según sector económico.

Sectores económicos

Total General

Educación

6.768

Agricultura, caza y pesca

2.344

Minas y canteras

1.182

Otros servicios comunales y personales

993

Industria manufacturera

938

Empresas y entes territoriales, municipales y oficiales

708

Salud

603

Electricidad, gas y agua

566

Transporte, almacenamiento y comunicaciones

380

Construcción

156

Judicial

141

Financiero

103

Comercio

98

Actividad económica no especificada

12

Total general

14.992

Fuente: Ibidem.

En la Colombia rural los hechos demuestran que la violencia antisindical pretendía erradicar reivindicaciones relacionadas con la democratización de la tierra, la economía rural, y la oposición a la implementación de megaproyectos de corte extractivo y a lógicas agroindustriales que, además de concentrar tierra, alteran los ritmos de trabajo “marcados por los ciclos de la naturaleza”.

En los contextos urbanos los hechos violentos están vinculados a conflictos laborales motivados por las precarias condiciones de trabajo y las estrategias de sub-contratación con las que se pretenden ahorrar costos de producción, es decir que “las acciones de los grupos armados han perseguido intereses de disolución o reducción del conflicto en provecho de terceros”. También hay evidencia de que muchos trabajadores han pagado con la vida el hecho de denunciar malos manejos presupuestales u oponerse a la privatización y reestructuración de entidades públicas.

Una de las personas que compartió su testimonio para el informe recordó que todas las subdirectivas antioqueñas del Sindicato de Trabajadores Oficiales y Empleados Públicos de los Municipios (Sintraofan) fueron atacadas, “pero la región del suroeste sufrió más daños en términos de amenazas y renuncias colectivas. De 10 seccionales que existían en esta región, llegaron a quedar 3 (Urrao, Venecia y Andes). […] En el año 1999, los trabajadores de la subdirectiva Concordia fueron obligados a renunciar. Asimismo, los trabajadores de la seccional Betania; allí los trabajadores hicieron caso omiso a la amenaza, después fueron citados algunos integrantes de la Junta Directiva, solamente asistieron tres, los cuales fueron asesinados. Tras los hechos, el presidente se desplazó a Medellín a pedir protección a los organismos estatales, quienes le dijeron que podía regresar y cuando iba de regreso lo bajaron del carro y lo asesinaron”.

 

El informe también sugiere que la violencia en las zonas rurales es mucho más sangrienta y se expresa a través de la tortura, las decapitaciones y los descuartizamientos, mientras que en lo urbano “suelen tener métodos más directos de exterminio o intimidación”.

A pesar de la literatura que existe al respecto, en el país perviven silencios sistemáticos y vacíos de verdad respecto a la violencia contra el sindicalismo, según la ENS, en el 65% de los casos aún no se ha identificado al responsable. Ahora es responsabilidad de la Comisión de la Verdad esclarecer y revelarle al país quiénes son los responsables, quiénes auspiciaron y se beneficiaron de la sistemática violencia y la cultura antisindical.

El Sistema de Información de Derechos Humanos de la Escuela Nacional Sindical (Sinderh) es un insumo de consulta obligada para lograr el propósito mencionado. Según el Sinderh, los grupos paramilitares son el actor armado con mayor cantidad de acciones perpetradas contra el movimiento sindical colombiano.

La forma de violencia más utilizada por los paramilitares fue la amenaza y el desplazamiento forzado. En la década del noventa, el paramilitarismo logró infiltrarse y cooptar cargos públicos e instituciones estatales. Así sucedió en el departamento del Atlántico, los gerentes de varios hospitales, que en realidad eran alfiles del paramilitarismo, promovieron procesos de reestructuración y malversaron dineros públicos. Varias víctimas del paramilitarismo son precisamente aquellos sindicalistas que denunciaron y se opusieron a la cooptación de los servicios públicos.

Violaciones a la vida, libertad e integridad física cometida contra los sindicalistas, según presunto responsable.

Presunto responsable

Total general

No identificado

9.313

Paramilitares

3.862

Organismo estatal

 

Policía

487

Guerrilla

466

Ejército

449

Otro organismo estatal

111

Delincuencia común

110

Empleador

104

CTI

41

DAS

33

Armada

7

Gaula

6

Organismos de Seguridad Privada

3

Total general

14.992


Después de los paramilitares, el Estado, a través de sus organismos y tropas de seguridad, es el segundo mayor victimario del sindicalismo. El testimonio que deja al descubierto los vínculos entre Estado y grupos paramilitares, fue el de Edgar Ignacio Fierro Flórez, alias “Don Antonio”, quien en 2007 reveló “un plan de exterminio a líderes sindicales orquestado por algunos altos funcionarios del DAS y paramilitares”. Por su parte, Rafael Enrique García, exdirector de informática del extinto Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), confirmó que esa institución entregó una lista con nombres de varios líderes sindicales que pertenecían a sindicatos como Sindeagricultores, Fensuagro, Sintraelecol y Anthoc, entre otros, líderes que luego fueron asesinados por los paramilitares. El DAS también interceptó ilegalmente las comunicaciones de sindicalistas, entró a sedes sindicales y sustrajo información que utilizaba como material de inteligencia, hostigó sindicalistas a través de funcionarios que hacían parte de los esquemas de protección e incluso los utilizó para crear falsas pruebas en procesos judiciales. 

Los grupos guerrilleros también hostigaron y asesinaron a sindicalistas con el propósito de imponer directrices o líneas políticas a las organizaciones sindicales.

****

Desde el 2018 para acá es evidente un rebrote de la violencia en todas sus manifestaciones y contra todo tipo de mujeres y hombres imprescindibles. La paz entró en un estado de incertidumbre, Colombia está haciendo memoria en medio del conflicto. El día que dejemos de contabilizar sindicalistas asesinados y podamos escucharlos en vida, ese día nuestra democracia dejará de ser una fruta podrida.

Por María Gallego - Huelguista de la Universidad de Antioquia

En medio de una situación no contemplada llamada covid-19, la desigualdad social, la precarización laboral, la violación a los derechos humanos y la represión encontraron camino para agudizarse; el hambre, la angustia y la muerte alimentan con mayor intensidad ese modo de producción que prioriza el capital incluso cuando la vida de quienes lo sostienen está en riesgo. Sobre todo en un país como Colombia, donde el gobierno de turno había “ejercido” la mitad de su mandato en medio de constantes protestas de todos los sectores sociales debido al impulso de políticas neoliberales y la violencia paramilitar.

La pandemia llegó a Colombia tiempo después de las manifestaciones que se presentaron en el país desde lo que se conoció como “El 21N”, protesta  que desbordó cualquier tipo de expectativa y permitió levantar banderas de lucha y exigencias que inundaron las calles de indignación; sin embargo, las medidas, necesarias de bioseguridad  y distanciamiento no permitieron continuar con la movilización  popular. El convocar y participar de acciones en la calle fue algo que no se contempló por los 3 primeros meses del confinamiento, a pesar de los trapos rojos en cada territorio, las herramientas digitales y los debates virtuales que ocuparon la agenda de los procesos sociales. Mientras tanto las políticas implementadas por el Estado, además de ser insuficientes, han priorizado el sector privado y la corrupción imprime su firma en cada mediocre intento por alivianar cargas económicas en los hogares, que no significan soluciones reales mientras no se asegure una renta básica.

El movimiento social tuvo que replantearse los mecanismos para reactivar la  movilización, era indispensable buscar las formas para protestar y la virtualidad, a pesar de su potencial viral, no lo era. Por lo tanto se comenzaron a desarrollar ejercicios de movilización que en lo posible se ajustarán a las condiciones de salubridad para poder denunciar, convocar y manifestarse, mientras nos cuidábamos.

Así es como la Marcha por la Dignidad arrancó desde Popayán, Barranca y Arauca por la vida de nuestros líderes y lideresas sociales;  trabajadores de Ecopetrol se encadenaron en lo que proclamaron el “Machín de la Resistencia” por la defensa de sus derechos laborales; y  estudiantes de la Universidad Industrial de Santander, Universidad del Valle y Universidad de los Llanos instalaron huelgas de hambre exigiendo medidas para evitar la deserción y garantizar el derecho a la educación, también garantías académicas, herramientas de conexión y sobre un coste cero en la matricula.

Las noticias sobre las victorias de estas huelgas inundaron los espacios nacionales, y un movimiento estudiantil que históricamente se ha movilizado por la educación pública y gratuita comenzó lentamente a presionar y pedir al gobierno nacional recursos que permitiera garantizar la gratuidad de la matrícula en todas las Instituciones de Educación Superior (IES) del país. Es en ese contexto que se instala también la huelga de hambre en la Universidad de Antioquia, a la cuál decidí unirme y con la cual logramos la matricula cero para nuestra Alma Mater. Esta protesta se replica en la Universidad del Tolima, el Politécnico Jaime Isaza Cadavid, la Universidad Surcolombiana, Universidad Nacional  y  actualmente se mantiene en la Universidad Pedagógica Nacional y la Universidad del Quindio. Sin importar los resultados en las demás IES, demostramos que era una reivindicación en la cual teníamos la capacidad de unidad de acción en todo el territorio nacional.

Mi cronometro inicio en cero el día 8 de julio del 2020, las horas comenzaron a pasar, y claro, yo las comencé a contar.

En mi experiencia pude reflexionar que la mayoría de nosotras a diario realizamos varias acciones que tenemos muy naturalizadas,  esas que no tienen la necesidad de atravesar por un pensamiento o una decisión para hacerse, básicamente están tan incorporadas que son mecánicas; lo paradójico es que son estas acciones las que nos permiten mantenernos con “vida”, si así podemos llamar el hecho de respirar, comer y dormir en un mundo donde hay que defender lo obvio, luchar por lo que nos pertenece, un mundo donde comer para muchos no es tan habitual y por lo mismo dormir no es un descanso.

En este mundo, algunos y algunas estamos eligiendo no comer para exigir nuestros derechos; de manera irónica ponemos nuestro mayor derecho, el derecho a la vida, a disposición y voluntad política de los poderosos para presionarlos a garantizar otros derechos, en mi caso, el de la educación. Por absurdo que suene, no es lo más lamentable, hay personas que ni siquiera pueden elegir y el hambre es su única opción. Este era el pensamiento que me daba vueltas, yo lo estaba eligiendo de forma voluntaria, no me estaba alimentando en un mundo donde hay tantos y tantas tan familiarizados con la sensación de hambre que yo sentía. Nada más me rondaban en la cabeza esas primeras horas de ese miércoles que será imposible de olvidar.

Respirar.
Comer.
Dormir.

Cómo subvaloramos estas acciones, a pesar de ser vitales y necesarias, por el simple hecho de ser tan rutinarias. Notar que precisas hacerlas parte sobre todo de lo que sientes cuando no las realizas por un corto tiempo, quedas sin aire, tienes hambre y estas agotada. Pasadas las 72 horas, no es lo único que reconoces, te das cuenta que para ti pesan más las horas que para el indiferente que solo significa un fin de semana más.  

Cerca de 100 horas pasaron para que sintiera realmente afectada mi salud, se inflamaron algunos cartílagos del pecho; el dolor era intolerable, la incertidumbre insoportable y la preocupación innegable, mi vida estaba en riesgo en el país donde no se asigna dinero para la educación superior, pero si para carros blindados,  publicidad de los mandatarios y para garantizar la represión cuando se eligen otras formas de lucha. 100 horas y el tiempo lo contaba ya también en minutos.

Cada hora me obligaba a no llevar la cuenta en mi cabeza que tenía tan clara en mi estómago; y aun así: 130, 154,181… no podía dejar de hacer cuentas porque estaba contando números vitales para mi salud. Una hora más resistiendo, era una hora menos que podría resistir. “El tiempo es oro” podría resumir la esencia de nuestra relación con el dinero, pero para mí el tiempo era vida.

Fue una situación que no contemplé hasta que fue una realidad. Completé 202 horas de huelga de hambre, fue la forma de protesta más radical en la que he participado, y en la que hoy participan mis compañeros y compañeras en otras universidades.  Fue una forma de gritarle a este mundo que no nos conformamos con respirar, comer y dormir, que lucharemos hasta que nadie se tenga que enfrentar al hambre, que estamos dispuestas a hacerlo desde todas las formas de lucha y que ahora contamos las horas para volver a las calles.   

Tuesday, 08 September 2020 00:00

Hasta la mierda del marrano vale

El día en que Acened Higuita y su familia llegaron a la movilización buscando hacer vales sus derechos violados por la construcción de Hidroituango, nunca se imaginaron que había otra forma de producir energía, sin necesidad de construir grandes represas que traen impactos y huellas llenas de dolor que se quedan en los territorios.

Al pasar los días y los años, tanto Acened como todas las familias articuladas a las Comunidades Sembradoras de Territorios, Aguas y Autonomías (SETAA), decidieron de manera ferviente que la lucha es por la vida digna en los territorios. Y así fue que empezaron a surgir reflexiones sobre lo que les motivaba a pertenecer a un proceso social y ambiental como el que integran. Entre el compartir el dulce de arroz con leche, que es una apuesta para el fortalecimiento económico de la organización, fueron recordando la cantidad de árboles que han sembrado y la mejoría notable en la cantidad de agua de las fuentes hídricas a las que ahora pueden acceder. “Cuando escucharon que tendrían la posibilidad de tener un biodigestor, no imaginaban lo qué era, ni sus beneficios. Entendimos que era algo que producía energía pero más que todo, nos animó porque queríamos tener los cerdos”. 

Cuando llegó el día de la instalación del biodigestor, se hizo de manera colectiva, buscando que generara apropiación y conocimiento para todas las personas. Fue un momento muy importante de participación comunitaria y como se le llama en el territorio: de manos cambiadas. Muchas de las personas que participaron en el montaje expresaban que hasta la mierda del marrano vale plata. Y claro es muy difícil creer que de la mierda de los cerdos pueda salir gas y así poder cocinar. Pero además, otro beneficio, es que del biodigestor también se puede obtener abono líquido o biol, lo que es supremamente útil para abonar los cultivos y así tener cultivos agroecológicos, evitando, en lo posible, que se pierda la producción, pues con Hidroituango hubo cambios extremos en el clima que afectan los cultivos.

Llegada la hora del almuerzo, empezaron a preguntar si con el gas que se iba a generar se podría hacer un sancocho como el de hoy,  y así, entre pregunta y chiste, en cada una de sus cabezas se iban imaginando cuántos comensales podrían tener en su casa, sin tener que deforestar, pasar muchas horas en la cocina inhalando el humo del fogón o gastar plata en la pipeta del gas. Había risas de sorpresa, como cuando se está en frente de algo desconocido, se les escuchaba decir: ¡Eh de eso tan bueno no dan tanto! Pensar que es posible producir su propio gas para cocinar sus alimentos y no tener que pagar por el gas es una gran alternativa que les mejora sus condiciones de vida en el territorio: se ahorran los gastos del gas y del abono, tienen a los cerdos que, en cierto momento, pueden ayudarles con su autonomía alimentaria y, por qué no, económica. También generan autonomía respecto al modelo energético, un modelo que está arrasando con el ambiente, que genera desarraigo, despojo de tierras, fragmenta las relaciones ancestrales de las comunidades y genera pérdida de oficios en los territorios, entre otros impactos.

En las conversas se trató el tema y se llegó a la conclusión colectiva de que la “autonomía energética es poder manejar mi energía sin que me genere un cobro. Nos parece muy importante tener nuestra propia energía y esperamos que llegue el día en que se le pueda decir a la empresa: ¡Quíteme esa energía, llévesela!”.

Esta experiencia nos muestra que desde el ámbito comunitario es posible desarrollar acciones para solucionar necesidades locales y mejorar las condiciones de permanencia en los territorios que fortalecen la perspectiva de entender la energía como Derecho Humano y no como mercancía.

Entusiasmada, la familia Higuita Torres con su biodigestor van a participar en la Exhibición Virtual de Energías Alternativas en América Latina y envían este mensaje: “Invitamos a las personas a tomar consciencia sobre la naturaleza y decir no a la deforestación, no a los proyectos minero energéticos, no a las energías producidas para el capitalismo. Hay alternativas energéticas que no desplazan a la población. Por eso, con mucha felicidad los y las invitamos a inscribirse a la Convocatoria de la Exhibición Virtual de Proyectos Comunitarios de energías”.

 

Mayor información en:

www.transiciones.info o escribe al correo: energíThis email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

Comunidades SETAA – Sembradoras de Territorios, Aguas y Autonomías

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