Editorial 136: Una nueva oportunidad Destacado

De vez en cuando alguna de las imágenes que salen por las redes virtuales resulta sabia o divertida. Una de ellas decía: “¿qué es miopía?”, y respondía: “ver mejor de lejos que de cerca, por ejemplo, ver lo que está pasando en Venezuela y hacerse el loco con lo que pasa en Colombia”. Este es un mensaje muy inteligente y nos sirve para conversar con los lectores frente a los graves perjuicios que le hacen a la democracia las cortinas de humo, los falsos mensajes repetidos muchas veces, las injurias, las calumnias, los fotomontajes groseros, los epítetos y las descalificaciones sin sustento, que los grandes medios y algunos grupos que manejan redes sociales han fabricado para polarizar, llenar de odio y basura los cerebros de la humanidad. Además, contribuir a desmejorar el mínimo de cultura política que nos queda; peor si hablamos de esta práctica en medio de procesos electorales, que para algunos es la máxima expresión de la democracia. Ojo, la culpa no es de las redes.

Pero por las redes se vienen reproduciendo con mayor eficiencia, a través de herramientas audiovisuales ágiles y fáciles de percibir, los mensajes anticomunistas, xenófobos, racistas, machistas, arribistas y conservadores, en contra del cambio y la igualdad, mensajes de las clases políticas más atrasadas, muchas de ellas con gran poder político-militar no solo en Colombia sino en el planeta, y que han promovido una sociedad mundial inculta políticamente y llena de todos estos antivalores y prejuicios. Tremenda estrategia de cuarta generación que viene causando tragedias políticas hasta en los países que se suponían desarrollados como Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Italia, entre otros, en donde la ultraderecha y los grupos fascistas y nazis vienen ganando espacios de poder, en algunos casos hasta la presidencia. Lo peor es que con esta estrategia se logra vaciar de contenido y contexto cualquier debate serio. En últimas la gente puede terminar eligiendo como gobernante al que ofrezca salidas radicales, violentas y excluyentes, que para nada conducen a resolver los verdaderos y cotidianos problemas de los pueblos.

Por ejemplo, en el caso colombiano: ¿Qué es eso del castrochavismo?, ¿que Colombia en manos de ciertos candidatos se convertiría en Venezuela?, ¿es que alguien se ha encargado de hacer cuadros comparativos serios frente a los derechos sociales, económicos y políticos de uno u otro país?, ¿en qué es mejor Colombia que Venezuela?, ¿es honesto el dolor que expresan los grandes medios masivos por los niños que mueren de hambre en Venezuela?, ¿y por qué no les duelen los del Chocó, La Guajira, el Cesar y Ciudad Bolívar en Bogotá?, ¿por qué no fomentan en sus radios y pantallas la rebelión del pueblo contra esas realidades, por qué hacerlo para alguien a miles de kilómetros?, ¿es que no han visto en el centro de las grandes urbes colombianas a niños limpiando parabrisas de carros, y a jóvenes y ancianos escarbando entre la basura en busca de alimentos? Vayan a los basureros, y a las plazas de mercado o galerías en donde se botan los frutos en descomposición a ver cuántas personas hurgan allí en búsqueda de alimento. ¿No será que mientras nos “condolemos” hipócritamente de los pobres y miserables de otras latitudes, los que se roban el país hacen fiesta?

No hay nada más extraordinario y perverso que escuchar a una persona humilde y desposeída de todo lo material, sufriendo por la supuesta expropiación que le harían si sube un candidato de la izquierda al poder. ¿Y qué le podrían expropiar si no tiene nada? Peor escuchar a la clase media que tiene algo de educación enfrentar radicalmente la posibilidad del cambio social parados en argumentos elitistas, “…con Uribe al menos se podía pasear y visitar la finca”, aunque estén debiendo el carro y no tengan finca. Las élites políticas, los que siempre han manejado y administrado mal los recursos del país nos han propinado un golpe en el cerebro, uno muy grave que nos hace pensar en cuerpo y mente ajena, nos han trasladado sus mayores temores, los de ellos, y nos han hecho olvidar el camino de la lucha por la conquista de los derechos sociales y en especial nos han inculcado el desprecio por lo público, porque lo privado no se reparte, y porque lo privado es de ellos.

La reflexión es general. Es un llamado casi de angustia para que dejemos de ceder la responsabilidad de disputarnos el poder palmo a palmo con aquellos que evidentemente han despedazado y entregado el país, por un lado. Por el otro, para desechar los mensajes sin contenido y sin argumento, exigir en todo escenario en donde se presenten discusiones el debate con argumentos y sin violencia; también por las redes y los grupos es nuestra responsabilidad no hacer el juego a los mensajes basura. Hay que llamar la atención a amigos y familiares para que eleven su nivel cultural y cerremos las puertas a la desviación de lo verdaderamente importante. Promovamos por todo medio de comunicación mensajes, educativos, rechacemos el epíteto, la mentira y la exageración. El humor es clave en las relaciones sociales, pero el humor también es de utilidad para pensar, criticar y construir, no para descalificar o insultar.

Preocupémonos por la situación social, económica y política que nos estalla en la nariz, busquemos sus raíces y fundamentos, y tratemos de cambiar esa realidad. En este momento, es clave exigir a los opinadores, a los medios masivos y especialmente a los candidatos que aspiran conducir la Nación, que se refieran sin rodeos frente al derecho que tenemos todos y todas a la salud, la educación, la soberanía alimentaria, el empleo, la vivienda, los servicios públicos. Hay que preguntar en manos de quién están, cuánto producen y para dónde van esos recursos. Es necesario que se nos explique por qué nuestros bienes comunes son explotados por empresas extranjeras, y es menester informarse del destino de los dineros derivados de esas explotaciones económicas. En medio de este debate podríamos descubrir el país que nos han ocultado, el poder popular que tenemos y no hemos sacado de nuestras entrañas. El país que queremos no es el que tenga más minas, más hidroeléctricas y más carreteras 4G, sino el que tenga mejores seres humanos, más educados, y más solidarios; el país en el que ninguno muere peleando las guerras de otros y en nombre de falsos ideales, o mejor en el que a ninguno le interesa que el otro muera.

Como expusimos en el pasado editorial, nos parece que hoy se presenta la oportunidad de votar por los otros y las otras que no han usufructuado el poder. Nada con los conservadores, nada con los liberales, ni con los del centro democrático, los de cambio radical y esos otros partidos nacidos del paramilitarismo y las mafias. Hay que mirar hacia los candidatos y candidatas que provienen de sectores humildes, sociales y que le han dedicado su vida desinteresadamente al fomento de los derechos humanos, a la defensa de la vida y de los territorios, y que tal vez no habían pensado ni siquiera lanzarse a la política electoral. Tal vez sea el primer paso hacia el cambio, por lo menos en materia institucional.

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