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Editorial 138: Caminar para el mismo lado

Acumular poder económico, político y militar sin límite y sin escrúpulos para apropiarse de la fuerza de trabajo de los demás, de su conocimiento, y de todos los medios de producción creados por la inteligencia, el esfuerzo de la sociedad, y la propia naturaleza; beneficiarse de su comercialización y de las ganancias individualmente o entre un pequeño grupo de personas, hace parte de un sistema llamado capitalismo, que hoy en día muy pocos cuestionamos como inmoral, antiético e inhumano, y al cuál lamentablemente nos hemos acostumbrado, al punto de practicarlo sin darnos cuenta. De este sistema hacemos parte desde hace más de cuatro siglos, por tanto, es a este que debemos atribuirle las inmensas injusticias que se imponen en todo el planeta.

La forma como los capitalistas han logrado tener poder económico, político, militar, y hasta mediático, se llama modelo de acumulación. Este ha ido desde el atesoramiento de joyas y metales preciosos, hasta la acumulación desbordada de tierras, inmuebles, vehículos, empresas, dinero, bonos y acciones, entre otros.

Convertir los bienes naturales como el agua, los bosques, la salud, las pensiones, la educación, la vivienda, los servicios públicos de acueducto, energía eléctrica, gas o medicinas, en negocios privados, e invertir las jugosas ganancias en el sector financiero, para que los inescrupulosos empresarios de la banca y otros sectores se llenen los bolsillos y defrauden a la nación, es una de las formas o modelos con los cuales los capitalistas nacionales y extranjeros se enriquecen en Colombia, y se llama modelo económico neoliberal, y se profundizó desde los años noventa con la apertura económica y los Tratados de Libre Comercio.

Hoy en día y con la desenfrenada y competitiva carrera por apropiarse del poder y las riquezas del planeta, los capitalistas practican y combinan todas las formas de acumulación posible sin importar que sean antiguas y atrasadas, como la extracción de oro y piedras preciosas, o sofisticadas como las inversiones y transacciones electrónicas de bonos y acciones en el mercado virtual del sistema financiero, que especula con la plata de la salud, la educación, los servicios públicos, las pensiones, es decir con la plata pública.

El problema es que hoy, para los capitalistas, todo es susceptible de convertir en mercancía, y tampoco hay límite en los métodos para hacerlo. Le han puesto valor y mercado a los bienes más sagrados y necesarios para la vida. Ni la fantasía, el ocio y los sueños de la gente han escapado a esta lógica; en su loca carrera están dispuestos a destruirlo todo: páramos, bosques, tierras fértiles, ríos, quebradas, culturas, etnias, en fin. El sistema y sus modelos de acumulación son una amenaza para la supervivencia de las especies, la convivencia entre los humanos y la vida toda. Los responsables de semejante tragedia siguen conduciendo el presente de las naciones y de los pueblos, y planean el futuro ante su mirada frustrada, esquiva, indiferente o complaciente.

Sin embargo, en las últimas dos décadas los procesos sociales, algunos movimientos y convergencias políticas y naciones en Latinoamérica han puesto sobre el tapete este debate y en algunos casos han ganado el corazón y la razón de sus pueblos, permitiendo la oportunidad de cambiar los gobiernos tradicionales por unos alternativos. En Colombia la cosa ha sido más difícil, no obstante también se han desarrollado este tipo de propuestas y recaen en procesos sociales nacionales como la Minga Social e Indígena, el Congreso de los Pueblos, la Marcha patriótica, la Cumbre Agraria; otros regionales y locales, la mayoría de corte ambientalista como Ríos Vivos, Cinturón Occidental Ambiental - COA, Movete, y todos los movimientos espontáneos o permanentes que han enfrentado los megaproyectos extractivistas en el Tolima, el Meta, Cundinamarca, Quindío, Santander, Casanare, entre decenas de ejemplos a lo largo y ancho del país.

También existen partidos como el Polo Democrático Alternativo, los Verdes, los Progresistas, y Mais, entre otros, cuyas plataformas políticas si bien no impulsan transformaciones radicales y estructurales que acaben con el sistema y sus modelos, al menos se circunscriben en reformas que caminan en la vía de recuperar principios democráticos y equidad social.

Los movimientos sociales, las iniciativas populares y los partidos alternativos se empeñan en recuperar el valor de lo público como esencia de la democracia. En ese sentido han logrado generar una opinión importante en los pueblos alrededor de unos mínimos básicos como la defensa del territorio, del agua, la distribución de la tierra, la soberanía alimentaria, el respeto por la diversidad sexual, los derechos de las mujeres, entre otros asuntos que permitan abrir las puertas a una nueva era social y política. En todo caso, lamentablemente, no se puede esperar que esos cambios se den de la noche a la mañana y que sean de carácter estructural, porque falta sumar comunidades, voluntades y compromisos con esas apuestas.

La actual coyuntura electoral en Colombia presenta oportunidades que no se pueden dejar perder para avanzar, así sea levemente. Mucho menos si se valora la crítica situación y el entorno negativo que presenta la coyuntura regional latinoamericana que atenta contra estas propuestas de cambio de modelo económico y de paz. Hay que saber leer el momento político y actuar de manera acertada porque tal vez no se presente en años. Aún hay tiempo para que movimientos sociales, comunidades, procesos e iniciativas democráticas, y todo el espectro político en donde se reflejan o se sienten identificadas estas propuestas, presionen por la base la unidad en torno al candidato que mejor pueda transitar el camino de las transformaciones.

Las élites terminarán como siempre unificadas alrededor de sus intereses comunes, los mismos que han defendido por siglos. Los demás, que no sean o no se sientan de la élite deberían pensar en el pueblo y sus necesidades y menos en sus intereses de grupo. Hay una oportunidad, una que tal vez no resuelva los más graves problemas de Colombia, pero que podría ponernos sobre la ruta acertada, aquella donde nos encontraremos caminando para el mismo lado.

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