Fútbol traqueto

Ha terminado otra versión de la Copa América de Fútbol, y la participación colombiana ha estado acompañada de una mancha vergonzosa, la amenaza de muerte a un futbolista por haber errado un cobro desde el punto penal. Este tipo de violencia en el fútbol se ha convertido en moneda corriente en los últimos treinta años, si tomamos como punto de referencia lo acaecido el 15 de noviembre de 1989, cuando fue asesinado, luego de un encuentro futbolero en la ciudad de Medellín, el árbitro Álvaro Ortega por orden directa del narcotraficante Pablo Escobar, que lo consideraba responsable de la pérdida de un partido del Independiente Medellín.

Desde ese suceso el fútbol en Colombia, como nuestra sociedad, empezó a ser dominado por la lógica traqueta, que hoy lo cubre de la cabeza a los pies. Entre los hechos más vergonzosos se encuentra el asesinato del futbolista Andrés Escobar, que fue ultimado por sicarios en Medellín, en pleno mundial de 1994, cuando había regresado luego de la eliminación de la selección, certamen en el cual Escobar había cometido el “terrible crimen” de hacer un autogol, en un juego que Colombia perdió frente a Estados Unidos por un marcador de 2-1. Esa fue la sentencia de muerte del defensa del Atlético Nacional, quien alguna vez dijo: “A mí me gusta el fútbol, porque a diferencia de los toros en el futbol no matan a nadie”. En 1996 fue asesinado por otros sicarios el exfutbolista Felipe Pérez, campeón con el Atlético Nacional en 1989, quien se había desempeñado como sicario de Pablo Escobar. El listado de futbolistas asesinados es un interminable rosario, entre los cuales pueden nombrarse a Omar Cañas (1993) y Albeiro Usuriaga (2004).

Los asesinatos de un árbitro y de numerosos futbolistas son solo la punta del iceberg, lo más ruidoso del fútbol colombiano, pero el problema es más agudo, en la medida en que la lógica traqueta lo ha invadido completamente, a diferencia de lo que sucede en el resto de países. El fútbol se hizo traqueto desde el momento en que los clubes profesionales fueron comprados y manejados por capos de la mafia, hasta el punto que prácticamente ninguno de esos equipos estuvo al margen de la influencia de narcotraficantes y paramilitares desde mediados de la década de 1980, una influencia que se mantiene a distintos niveles. Esta nueva dirigencia le apostaba a ser ganadora, sin importar lo que hubiera que hacerse para lograrlo, incluyendo matar árbitros y futbolistas. Ganar a como dé lugar, sin importar los medios, podría pensarse que no es exclusivo del fútbol que se practica en Colombia, puesto que en otros países del mundo se ha llevado a cabo. Pero en Colombia el asunto ha adquirido unos ribetes criminales que no tienen parangón con ningún otro lugar, aquí la vida es lo que está en juego, en medio de macabros rituales de violencia.

Dirigentes, dueños de los clubes (a menudo políticos con vínculos directos con narcos y paramilitares), futbolistas, periodistas deportivos, y los propios aficionados han hecho suya esa lógica traqueta, lo cual puede constatarse en los campeonatos internacionales en los cuales participa la Selección colombiana de Fútbol. Ya se ha establecido como una condición que donde juega esa selección algo fuera de lo deportivo tiene que suceder, siempre queda una estela de muerte y violencia (física y simbólica), que nos debería avergonzar ante el mundo. No por azar, las celebraciones de cada victoria en nuestro país, vienen acompañadas de muchos muertos; así sucedió el 23 y 24 de septiembre de 1993, luego del triunfo 5-0 contra Argentina, cuando en la ciudad de Bogotá hubo 120 muertos (en promedio 24 fallecidos por cada gol); en el Mundial de 2014, en cada partido ganado por la Selección hubo un promedio de nueve muertos y decenas de heridos; en el Mundial de 2018, al mismo tiempo que se jugaba el partido entre Colombia e Inglaterra, fueron asesinados en sus casas varios líderes y lideresas sociales.

Un deporte de multitudes que debería convocar a la confraternidad pero se ha convertido en un peligroso espectáculo. Ha dejado de ser un juego, un deporte y un espectáculo. Y aquellos que son considerados responsables de que no se logre un triunfo, en el mejor de los casos se les amenaza, como sucedió con el defensa Carlos Sánchez en 2018, luego de haber cometido una falta penal que significó su expulsión en el partido contra Japón. En esa ocasión, la aleve amenaza, para más señas, vino acompañada con una foto del asesinado Andrés Escobar.

No hay espacio para los perdedores, tenemos que ganar a toda costa, y como en el caso de la sociedad, eso es alimentado por esos sicarios con micrófono que son los locutores y comentaristas de fútbol, que fanatizados con la camiseta de la Selección, presentan un encuentro de fútbol como un duelo a muerte, en donde no hay espacio para reconocer a los contrincantes y en aras de que ganen sus patrocinadores –por ejemplo los productores de cerveza, como Águila–, encumbran artificialmente a la Selección y a sus futbolistas, con lo cual preparan el terreno para que una derrota sea vista como algo injusto, en razón de lo cual hay que buscar culpables de tales pérdidas.

Eso mismo ha vuelto a suceder por estos días, con la amenaza a William Tesillo, sentenciado por haber errado un cobro de penal contra Chile, que a la postre significó la eliminación de la Selección colombiana. En las redes antisociales, ese refugio anónimo de los cobardes le enviaron al jugador y a su familia muestras de cariño de alto nivel, como la que circuló en Instagram: “Perro Hpta espero le pase como Andrés Escobar perro Hpta”. Pero como el carácter traqueto de nuestro fútbol afecta a toda la sociedad, otra muestra es la del ejemplar comportamiento de los aficionados colombianos en los estadios del mundo donde juega la Selección y donde queda una huella imborrable de vergüenza y vulgaridad. En Rusia, aficionados portando la camiseta amarilla hicieron circular por las redes el insulto machista y misógino a una japonesa, a la que supuestamente enseñaban a hablar castellano, con el estribillo, “soy bien perra, más puta”. En Brasil, mientras jugaba la Selección, aficionados colombianos se peleaban e insultaban entre ellos, como muestra de querer solucionar cualquier problema a la colombiana.

Que el carácter traqueto de la cultura colombiana haya colonizado el fútbol desmiente la afirmación del escritor catalán Manuel Vásquez Montalbán, quien alguna vez dijo que “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño". En el caso de Colombia alrededor del fútbol, y por el fútbol, sí que se hace daño, tanto dentro como fuera del país. Ese es el precio que se paga por haberlo convertido en una actividad que forma parte de nuestra cultura traqueta, tan violenta y corta de miras, y por ello se amenaza de muerte a un futbolista que ha errado un penal, dado que para los traquetos hay que ganar siempre porque como en el pensamiento positivo, no se acepta ni la derrota ni el fracaso.

Share this article

Acerca del Autor

Renan Vega Cantor

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.