Álvaro  Lozano Gutiérrez

Álvaro Lozano Gutiérrez

Friday, 02 November 2018 00:00

¿Qué queda de la Iglesia de los pobres?

El 68 fue un año que marcó la emergencia de grandes luchas revolucionarias: los jóvenes de París decidieron sacar las estructuras a la calle y declararse en rebeldía ante un gobierno anquilosado en la guerra fría. Vietnam enfrentó a sus enemigos imperialistas al igual que incontables naciones africanas que se reconocieron como “los condenados de la tierra” y gritaban por su libertad. Mandela, Fidel, el Che, Lumumba, Mosaddeq, Martin Luther King y Macolm X, dieron su voz a aquellos que siempre habían sido negados por la historia.

Entre tanto, en las selvas de Centro América, en los grandes “Certaos” de Brasil y en los pueblos mineros de Chile y el Perú, nació una nueva manera de leer en evangelio, de reconocer al Dios de los pobres: habría nacido la Teología de la Liberación.

Los comienzos
Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica se puso al día con el mundo moderno, amén de su patente culpa, por acción u omisión, en los males que aquejaron al mundo en las guerras de la primera parte del siglo XX. La Iglesia feudal, escolástica y poderosa, sencillamente no estuvo a la altura de las circunstancias históricas, y peor aún, demostró que estaba muy lejos del compromiso concreto que la fe exigía.

Esta reflexión llegó de manera diversa a América Latina. Si bien la filosofía de las luces guio la reflexión europea hacia una nueva fe madura, atenta a los retos de la mayoría de edad de la humanidad, en nuestro continente fueron las diferencias sociales las que marcaron el rumbo de la nueva forma de comprender el misterio de Dios. Lo que la escolástica tardía denominó la inmanencia, llegó en la Teología de la Liberación a identificarse con el mundo social, este explicado desde las categorías del marxismo. América Latina se vio como un continente en gran atraso económico y cultural, con grandes males como el hambre, el desempleo y la violación sistemática de los derechos humanos. Solo la filosofía de Marx en sus diferentes versiones podía dar cuenta y solución a estas situaciones, denominadas en el documento de Medellín como de “injusticia institucionalizada”.

Teología Acto Segundo
En nuestro continente, gran parte del trabajo intelectual se realizó en las universidades, que en su mayoría se cerraron endogámicamente sin dar cuenta de la realidad que las rodeaba y a la que debían responder con las armas de la inteligencia. El filósofo y el teólogo eran pues intelectuales encerrados en torres de marfil que al fin de cuentas servían al poder desde sus abstracciones, pues eran ciencias divorciadas del mundo. Los años sesenta fueron en América Latina una década de efervescencia de diferentes grupos y reflexiones de militancia política. Entre estos estaban, de manera especial, las Comunidades Eclesiales de Base (Cebs), que como células de organización plantearon verdaderos cambios sociales en los diferentes escenarios donde actuaban. Se puede resumir como un espacio de fe, de reflexión política y de praxis concreta para la liberación.

Esto cambió el lugar del teólogo y el intelectual; la reflexión se convirtió en acto segundo, en cuanto viene después del actuar liberador de la comunidad y el pueblo. La primacía no estuvo en la “ortodoxia”, sino en la “ortopraxis”, en el compromiso encaminado a la trasformación concreta de las realidades injustas. En este sentido, la comunidad no era objeto de la reflexión, o de una lastimera caridad de parte de la Iglesia institucional, sino sujeto mismo que genera saberes y procesos emancipatorios.

La fe encarnada en la historia
La fe se sintetizó como militancia, como identificación con la utopía del Reino de Dios, que no es más que el Reinado de la justicia del Dios liberador sobre la historia, la concretización de las más altas realizaciones humanas con la transformación de la sociedad, a partir de la socialización de la propiedad y la eliminación del pecado, entendido este como la negación del otro, y el egoísmo basado en la acumulación y la propiedad.

Por esto, la fe se comprometió con las luchas del pueblo, y no de manera abstracta. Fe es compromiso, encarnación en el sufrimiento de las grandes mayorías oprimidas. Los movimientos emancipatorios en lugares como Brasil, Nicaragua y El Salvador vieron cómo los cristianos comprometidos estaban en primera fila para encarar las luchas por la tierra, la defensa de los derechos humanos, la democratización, y la lucha contra las dictaduras.

Si consideramos todo el proceso de la Teología de la Liberación, nos encontramos con una diversidad de enfoques, de métodos y de contenidos. Esto se debe a la libertad en la creación, y a que cada teólogo le imprimió su propio talante, desde sus posibilidades y limitaciones, a la iluminación de ese complejo camino histórico que es la liberación del pueblo detrás del plan de Dios. Pero detrás de esa diversidad hay una unidad fundamental que es lo que permite hablar de una Teología de la Liberación. Esa unidad se ha conseguido en la medida en que la Teología de la Liberación se ha construido desde y para el pueblo oprimido, como lugar originario de la reflexión teológica. Esta teología ha estado más interesada en la liberación real que en la belleza formal de sus reflexiones sobre sí misma. Lo que unifica en el fondo a la Teología de la Liberación es la decidida voluntad de ponerse al servicio de la realidad para transformarla, y no meramente explicarla, y menos aún para perpetuarse a sí misma como teología.

Este nuevo modo de hacer teología lo vemos como un modo de superación de las teologías que se han entregado a nuestro continente, y que han sido importadas histórica y geográficamente. También a nivel de teología es una superación de esta, pues el teólogo es capaz, desde su subjetividad, de liberarse de las ataduras teóricas e ideológicas que se le ha impuesto, siendo capaz de explicar la realidad sin a priori, viendo el continente y sus situaciones como son y no como el aparato ideológico dominante quisiera explicarlo para su justificación.

En la Teología de la Liberación, el pueblo explotado toma la palabra para interpretar su realidad y poderla transformar. Hoy, cincuenta años después de la conferencia de Medellín, que reconoce como necesaria la reflexión sobre los pobres de nuestro continente para su emancipación definitiva, será de nuevo en las Comunidades de Base, en los más humildes, en los líderes que dan su vida por el pueblo, donde se mantenga viva la llama de la Teología de la Liberación.

Wednesday, 08 August 2018 00:00

Esta tierra que habitamos

Volvieron a ver su tierra después de muchos años en el exilio. La curva del camino, ya reconocida hace tiempo, les indicó que estaban cerca de la parcela en donde alguna vez fueron felices. Manuel acarició la cabeza de su hijo mientras miraba los ojos melancólicos de Martha, tratando de contagiarle esa esperanza que hoy sin embargo se dibujaba solo como una promesa. Caminaban lentamente como buscando desandar los pasos que la violencia les había obligado a dar, abandonando todo lo que poseían.

Hacía ya un año que la guerra había terminado. La paz se firmó entre los aplausos de unos y la indiferencia y el escepticismo de otros. El perdón y el olvido se impusieron por decreto. Se habló mucho de víctimas y de reparación. Miles de hombres y mujeres colmaron las oficinas del gobierno buscando que el Estado les reconociera sus muertos y les devolvieran la tierra que hacía mucho tiempo los poderosos les habían arrebatado.

–Desde aquí ya queda poco para el rancho. Lo primero será acomodar la cerca, yo me acuerdo que antes se nos metían mucho los animales del compadre José y nos dañaban las matas.

–Estoy cansado y tengo hambre.

–No se preocupe Esteban, apenas lleguemos su mamá nos prepara algo, más bien súbase al caballo y ayúdenos a guiar las demás bestias.

Martha levantó los ojos y vio su antigua casa al final del sendero. Era solo una ruina. Cuatro paredes seguían en pié en medio de una tierra gris que daba testimonio de tiempos de violencia y muerte. Amarraron los caballos y las mulas, entraron respirando largamente como quien despierta de un terrible sueño y ahora solo quiere reconocerse en el mundo de los vivos.

–En esta habitación nació usted.

Martha y Manuel acariciaban las paredes y acercaban el oído como queriendo que estas les reconocieran y les dieran la bienvenida.

–Aquí en este patio mataron a su hermano Julián, le dispararon tres veces.

Se detuvieron mirando un árbol muerto, abrazándose y sabiendo que lo que seguía era lo más duro. Recuperar la tierra también es añorar a los muertos, seguir adelante a pesar de la tristeza.

En la mañana, Braulio y José saludaron desde el recodo del camino. Encontraron a la familia entre herramientas acomodando el techo y descargando las últimas cosas que traían consigo.
–Compadre, esta tierra está enferma. Ya no crece nada. Los de la oficina del Gobierno nos dicen que es mejor venderla.

Manuel miraba un puñado de ceniza que se encontraba bajo sus pies. La tomó en sus manos tratando de olerla.

–Sembraron palma los últimos quince años, el señor que compró todo esto tenía mucha plata, trajo maquinaria, trabajadores y muchos químicos. La tierra se agotó y ahora es un puñado de ceniza. Solo ceniza Manuel, solo eso nos dieron.

– ¿Y entonces que van a hacer ustedes?

–La cosa va muy mal Manuel, con otros hemos decidido vender, veníamos a decirle a usted, para ver si siendo muchos nos pagan un poco más.

– ¿Y nuestros muertos? ¿Los que nos mataron? Esta tierra es nuestra y no la vamos a dejar.

–Compadre, no es cosa de muertos, es cosa de vivos. Si nos quedamos aquí va a ser para morirnos de hambre.

Manuel sintió que el sol castigaba su cuerpo. Miraba con pena a su familia, pero con más pena y dolor a los dos hombres que ahora solo hablaban de vender todo y volver a una ciudad que no les pertenecía, que siempre los había tratado como extraños.

–Gracias compadres pero yo me quedo. Si alguien les pregunta le dicen que prefiero el hambre aquí en mi tierra que en los tugurios de la ciudad. Sí, para mi esa hambre es peor.

Las semanas que vinieron fueron terribles. Efectivamente la tierra agotada se había convertido en un puñado de ceniza y sal. Sembraron primero las semillas que les dio el Gobierno pero ni un brote hacia avizorar que la situación cambiaría. Ahora solo les quedaba el maíz, el mismo que Martha recogió en un tarro el día que mataron a su hijo, el día que abandonaron todo.

Manuel y su hijo tomaron los azadones y cavaron lo más profundo que pudieron. Al fondo la promesa de una tierra negra y fértil nunca los esperó. Todo era igual, un hollín que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Esa tarde una camioneta lujosa se estacionó afuera del rancho. En ella un hombre obeso y una mujer joven, que a Esteban le pareció hermosa, los miraban con desprecio y lástima. No se bajaron del vehículo, no hablaron con nadie, solo esperaban como buitres a ver que la familia cayera, para apoderarse del miserable terreno que habitaban.

–Yo creo que no es la sal lo que mató esta tierra, fue la sangre de tanto muerto. La sangre de su hijo y el mío que nos mataron en este mismo patio.

Sembraron el maíz, lo regaron trayendo el agua de muy lejos porque incluso los ríos se negaban a dar su consuelo. Los días pasaron y solo se veía el mismo paisaje triste. Cuando se agotó el alimento supieron que tal vez habían vuelto a esta tierra solo para morir.

-Martha, amor, ¿qué nos queda?
-Un puñado de harina y unas cucharadas de café.
-Entonces llegó la hora, prepare la comida, después solo nos queda morirnos.

Comieron amargamente, no dijeron nada, solo se miraban pensando que la vida se había ensañado siempre con ellos, que eran los condenados de la tierra. Salieron del rancho y contemplaron las estrellas. Se acostaron en medio del campo y esperaron así que Dios cerrara sus ojos. Cuando despertaron, los primeros brotes se levantaban orgullosos. Habían vencido.

*Miembro colectivo literario Surgente. Texto ganador del primer premio del concurso cuento corto Agenda Latinoamericana 2017

Saturday, 07 July 2018 00:00

Memoria indeleble

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido. En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

En mi caso, por ejemplo, tardé muchos años en entender por qué los noticieros hablaban de bajas de combate. En casa, mi padre los llamaba “comunicados de guerra” y en mi inocencia le preguntaba si iban a atacar nuestra casa o tendríamos que salir con nuestras cosas a la mitad de la noche. En el colegio cantábamos el himno nacional y nos emocionaba la bandera y la escarapela. Simulábamos los combates de la independencia, el paso de Bolívar por los Andes y con amplio dramatismo decíamos el “general salve usted la patria”. Ahora que soy mayor puedo recordar muchas cosas de manera distinta, en realidad ahora lo comprendo. La mitad del país se mataba desde hacía más de cincuenta años, varios de sus municipios recibían el eufemismo de “zonas rojas” y en ellos los actores armados marchaban campantes ante la falta de Estado.

Los noticieros pasaron de los carros bomba del narcotráfico a las imágenes brutales de las masacres paramilitares. La Rochela y El Naya vinieron a colmar nuestras pesadillas, por otro lado, los policías y militares secuestrados pedían un canje atrás de las alambradas de los campos de prisioneros en la mitad de la selva. Pastrana solo, en una mesa de negociación, era la imagen lacónica de un país desesperado por el horror, pero indiferente ante la tragedia.

La “seguridad democrática” emergió como una doctrina salvadora, como un dogma que reunía al país en torno a un mismo proyecto nacional: acabar de una vez con el enemigo interno. Una de estas estrategias se centró en la creación de una nueva imagen de las fuerzas militares: los héroes en Colombia sí existen. De esta manera el proyecto homogeneizador se expresaba en la creación de una nueva lectura de la historia nacional en clave anti-terrorista. Las fuerzas armadas cumplirán una misión no solo de ejercicio de la fuerza sino simbólico. “La gente espera de la iglesia valores, de la televisión entretenimiento y de su ejército autoridad”.

Y un día, en un país donde el conflicto nos había blindado para aceptar lo peor, las noticias nos mostraron que los horrores pueden multiplicarse en los cuerpos de los inocentes. Jóvenes del municipio de Soacha, colindante con Bogotá, aparecieron muertos en combates con el Ejército. La noticia no era nueva, normalmente los guerrilleros venían de zonas pobres, de pueblos donde la falta de oportunidades o el reclutamiento forzado los hacía parte de la cifra de aquellos que hacían de la guerra su forma de vida. El problema comienza cuando diferentes Organizaciones de Derechos Humanos denunciaron el traslado de civiles bajo engaños, que posteriormente fueron presentados como combatientes abatidos. Los falsos positivos hacían su aparición.

La primera vez que hablé con Gloria se disculpaba de no tener más fotos de Luis, su difunto esposo. Durante más de trece años pensó que la había abandonado con su hijo de apenas dos años y una criatura de cinco meses que venía en camino. Con la aparición de una cédula, guardada por un paramilitar confeso, se reveló que este había sido llevado a las afueras de Bogotá y asesinado para encubrir la fuga de dos guerrilleros.

Sandra por su parte me dice que todos los días habla con su hijo. Siente que la escucha desde los objetos que guardan sus recuerdos. Las fotografías recorriendo Monserrate, las sábanas que algún día conservaron su calor, algunos juguetes. Diego la escucha y la acompaña en su lucha por la verdad. Murió hace doce años en Cúcuta, Norte de Santander a manos de un batallón de contraguerrilla. En su caso había partido con la promesa de un trabajo a recoger café.

Raúl Carvajal Pérez, de 63 años, todavía es recordado por exponer el cadáver de su hijo Raúl, de 29 años, en la plaza de Bolívar. Militar de carrera, se había negado a un procedimiento donde se incluía asesinato de civiles. Las insignias con las que alguna vez soñamos de niños ahora cubren el féretro que viaja en un destartalado camión.

Si bien el Fiscal de la nación afirmó en algún momento que esos jóvenes “no fueron a recoger café”, la verdad se hacía patente, escandalosa e incómoda. El filósofo Guillermo Hoyos, una de las glorias del pensamiento colombiano, lo denuncia en unas jornadas académicas en Brasil. Al igual que el jesuita Javier Giraldo que pide a los organismos internacionales presionar al gobierno de Álvaro Uribe Vélez para cesar con los asesinatos de líderes sociales y civiles.
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Y esto es tal vez lo que me llevó a entender lo monstruoso del acto en sí. Estos jóvenes no eran guerrilleros, no eran paramilitares, ni colaboradores, ni simpatizantes, ni líderes estudiantiles o reclamantes de tierras. Muchos de ellos ni siquiera habían registrado su cédula para votar o habían hecho parte de una marcha para exigir algún servicio público. No, solo eran jóvenes que buscaban una oportunidad de trabajar, una manera de colaborar con sus familias que ya en sí vivían una situación precaria en lo económico. Las víctimas podíamos ser todos o cualquiera. Y las estadísticas lo demostraban.

Hoy se sabe que el primer caso de ejecuciones extrajudiales es el de Jeisson Alejandro Sánchez, de 16 años en 1984; que a partir del 2002 obedecieron además a incentivos para los militares que mostraran resultados operativos y que los casos se registraban con más frecuencia en la cercanía de Bases militares estadounidenses. La sociedad civil lo acepta y lo mira como parte del conflicto e incluso políticos ponen de vez en cuando el dedo en la llaga argumentando que los muertos eran un problema para su comunidad y que en muchos casos se agradecía al Ejército.

Mientras miro el Centro de Memoria Histórica en Bogotá, me doy cuenta que estoy muy lejos de armar una historia de la guerra. Los monumentos se han dispersado por el país para crear un pasado glorioso y la apariencia de una nación fuerte y soberana. La verdad es que aquí solo el silencio evoca la memoria de los muertos y nos recuerda que cientos de madres marchan los jueves en la Plaza de Bolívar como testimonio de una verdad negada.

Friday, 01 June 2018 00:00

La esquina

La luz que se colaba por el ancho ventanal reveló el comienzo de un nuevo día. Su mirada se posó en el techo recorriendo las grietas e imperfecciones que tal vez le mostrarían el lugar donde se encontraba. Las paredes de la mina eran angostas y en los paneles el ruido se amplificaba apabullante. Con una bocanada de aire reafirmó que no estaba bajo tierra: ya no habitaba el infierno de Potosí.

Los socavones habían devorado a su padre y a su abuelo, quienes trituraban la piedra para recoger la piltrafa del cobre. Su madre empujó el pesado vagón hasta que un día sus pulmones exagües se negaron a respirar el aire malsano y rencoroso. Todo se lo había arrebatado. Incluso ese fantasma se apoderaba de sus sueños ahogándolo en la incertidumbre de no saber si era libre o estaba enterrado en vida.

Cruzó la frontera hacia el sur. Ahora en una ciudad que no le pertenecía le arrancaba a las calles algunos pesos, que si bien no eran muchos, le permitían el privilegio del sol acariciando su espalda y a veces una comida digna. Había vendido de todo: cigarrillos a las afueras de los salones de baile, dulces en los cinemas, agua en el cruce de los semáforos y calendarios en las rutas de los colectivos. Recorría mil veces las intersecciones y avenidas voceando las noticias de algún periódico o tratando de perder de vista a los policías que le perseguían por su doble delito: vender en el espacio público y ser un extranjero.

–Cuidado negro, a Claudia le quitaron toda la mercancía ayer, vos sabés, la cosa no está para bromas. La aporrearon fuerte y se la llevaron en una patrulla hasta la comandancia en el centro.
–No te preocupes, yo mido a ojo la distancia de los policías y además corro fuerte. Algo bueno me dejó el trabajo en la mina.
–El problema no es el calabozo, es que te saquen del país. Ya ves que por eso de la guerra la gente se pone delicada.
–Si te contara cuántas veces me han echado a Bolivia no me lo crees. La última me pasé seis semanas en la frontera, parece que había problemas con una gente que quería cruzar para escaparse… pero aquí estoy, negro pero cariñoso.

La calle atestada lo recibió entre el trajín de unos y la indiferencia de otros. Sus grandes hogazas de pan entrelazadas en un canasto anunciaban el sustento del día. A su lado una mujer joven vendía agua y más allá otra ofrecía café en grandes termos. En la acera del frente las notas de un bandoneón crepitaban con nostalgia mientas un viejo entonó con voz gastada Arrabal amargo… El ruido y el movimiento de la urbe impregnaron cada espacio de monotonía. Lejos de ser un caos sin forma, todo evocaba una sinfonía compuesta por sonidos opacos, voces alegres, notas musicales y el transcurrir incesante de los automóviles. La vida estaba presente en cada elemento, en la dureza del metal y los árboles que generosos daban su sombra a la mitad del pavimento.

–Negro corre…que se viene la policía.

Todos a uno recogieron sus cosas armando grandes mochilas y trataron de perderse entre la multitud. Las calles se apretaban como un laberinto, el cual recorrió echando nerviosas miradas hacia atrás. Desandando varios trechos trató de superar una empinada acera pero dándose por vencido decidió girar por la esquina hacia el abasto principal. A lo lejos avistó un hombre a caballo… sintió que no tenía escapatoria.

El tercer camión casi lo golpea de frente. Era una fila casi inagotable que abarcaba toda la carretera y se extendía hasta donde permitía la mirada. En los ojos de los militares no se anunciaba la victoria. Uniformes desgastados, caras pálidas y barbas de varios días, manos temblorosas que intentaban articular un símbolo de despedida.

–Che negro, por favor regálanos un pan, tenemos hambre.
Andrés se acercó mientras su mano generosa alargaba una hogaza.
–Héroe, ¿de dónde vienes y a dónde vas?
–Me llamo Leonardo, soy de Chivilcoy y todos venimos de las Malvinas.
–No había comida… frío, mucho frío… atacaban con bombas…yo traté de salvarlo… tenía miedo… la noche asustaba­–, todos venían de un infierno congelado en las Malvinas.

Nunca supo cuántos camiones recorrió o por qué lo hizo. Los panes se multiplicaban junto con los abrazos y las manos que le agradecían. Los nombres de provincias, pueblos pequeños y ciudades se entrelazaban con apellidos y calles donde los que volvían deseaban regresar. Lágrimas o solo silencio, ojos que perdidos en la nada daban testimonio de una guerra donde todo se había perdido desde el principio.

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido.

En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie te dio.

Recordó la jaula que llevaban los mineros a las entrañas de Potosí. Una mina que asesinaba a los hombres o los devolvía convertidos en escoria. La guerra era igual, solo los muertos o los generales se cubrían de gloria, los demás sobrevivían para repetir en sus cabezas los horrores y pasar noches enteras recordando los nombres de los que no estaban.

Los camiones comenzaban a perderse en el horizonte. Las sonrisas devolvieron a esa calle un poco de dignidad antes de que todo volviera al silencio. Ese día Puerto Madryn se quedó sin pan.

El sol se ocultó silencioso, indiferente.

Saturday, 03 February 2018 19:00

Viento y arena

El viento trajo a su memoria aquella libertad perdida. A su alrededor ya no había barrotes ni la incesante voz de los guardias que con golpes y gritos intentaban doblegar su humanidad. Viento y arena, después de cientos de años de habitar la tierra, era lo único que les quedaba a los palestinos. Viento y arena, y una inquebrantable voluntad de hierro.

La espera de su familia afuera de la prisión se hacía interminable. Habían viajado de muy lejos para recibir a su hijo que se había hecho hombre entre las rejas de una prisión israelí. Ojos llenos de sufrimiento que vieron la destrucción de todo lo amado. Lagrimas que brotan cuando el invasor no vigila, cuando entre los muros del hogar se suelta la coraza para recoger lo poco de dignidad que te han dejado. Las manos que han envejecido entre el trabajo y la lucha, entre la resistencia. Todos son viejos en esta tierra porque son su memoria ancestral.

–Papá, allí viene, está más delgado pero es él, es nuestro Yusef, mi hermano, tu hijo…
La casa que atesoraba sus recuerdos había sido derribada dos años antes. Ese día la explanada se llenó de escombros, mientras las máquinas avanzaban entre los gritos de las mujeres y los ojos melancólicos de los ancianos. El ejército marchó apartando a quienes hasta hace poco habían tenido su hogar y que desesperadamente se aferraban a unos cuantos trozos de roca y madera.


El sol castigaba el cuerpo de Yusef, que, a pesar de ser solo un niño, sentía la rabia atravesada en la garganta. Caminaba de un lado a otro obligándose a mirar aquella destrucción que le revelaba cómo el mundo está lleno de sombras y de maldad.

–Algún día un niño como estos izará la bandera palestina sobre el Domo de la Roca.
Las palabras de su abuela resonaban a través del ruido y del polvo. A pesar de los años gastados y el cansancio.
–La historia recordará que aquí los palestinos tenían su tierra y su hogar.
Un grupo de colonos vestidos de blanco los insultaban mientras izaban una bandera como conquistadores.
–Tienen las armas pero nosotros tenemos la valentía, serán olvidados para siempre.

Un soldado se acercó a la anciana con su fusil en alto. Fue en ese momento que sintió una piedra que le atravesaba el rostro. Entre la sangre pudo ver a un niño de no más de doce años que le gritaba en una lengua que temía. Fue solo cuestión de algunos segundos.

Un golpe metálico arrojó al suelo a Yusef, mientras sintió botas que lo pateaban y un interminable dolor en todo el cuerpo. La rencorosa arena preparó un lecho para recibir sus lágrimas que no obstante se negaron a brotar orgullosas. Lo arrastraron hasta una tanqueta entre insultos y maldiciones. Impávido sintió que su niñez había llegado a su fin.

Los meses pasaron en una prisión donde miles de palestinos eran torturados y algunos desaparecían sin dejar rastro. Sus ojos cambiaron cediendo a la nostalgia y al dolor, solo pensaba en su familia sin un techo dónde reconstruir sus vidas. Sus manos envejecieron siglos y ahora su semblante no tenía tiempo.

Un abrazo lo unió con su hermana y su padre. El viaje lo llevó entre las ruinas de lo que fueron barrios, mercados y escuelas. Al detenerse vio un grupo de carpas donde miles vivían como refugiados en su propia tierra. Era la miseria que tanto le dolía y que temía encontrar entre los suyos.

Bebió el té escuchando la voz de su abuela que lo bendecía. Reparó en el samovar y la alfombra, en los cuadros de sus antepasados y en el libro que el profeta recibió del cielo. Cada sonido y olor lo devolvieron a tiempos más felices y borraron de su memoria el dolor de la cárcel y los días perdidos.

Su casa era esta, su casa se llama Palestina.

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